Holocausto o matanza de aborígenes o indígenas en América Latina, “Día de la Raza”, “Día de la Hispanidad”, el 12 de octubre, ¿por qué?, ¿tenemos algo que celebrar?

*Holocausto o matanza de aborígenes o Indígenas en América Latina, ”Día de la raza”, “día de la Hispanidad”, el 12 de octubre, ¿por qué? ¿Tenemos algo que celebrar?

Posted on 27/08/2009

Colonizadores españoles, ingleses y portugueses, mataron a 51 millones de nuestros abuelos aborígenes o indígenas

*Holocausto o “santa inquisición” aplicada por reyes católicos en América colonizada

 *Nos esclavizaron durante 300 años. Se convirtieron en amos de todo lo nuestro, nos robaron cantidades fabulosas de oro,  destruyeron nuestra cultura, descuartizaron a niños y mujeres, y todavía quieren que los elogiemos

*Ya antes habían matado a centenares de miles de seres humanos en Europa y Asia, con la “Santa persecución” de ocho “Cruzadas” contra los “infieles”, por el supuesto de que no respetaban los lugares Santos del Cristianismo

 Pablo E. Barreto Pérez

 (Este artículo fue escrito en junio del 2007)

El Papa Benedicto 16 volvió a encender la hoguera de la “Santa Inquisición”, en este caso en América Latina, donde estuvo hace poco tiempo, en esta oportunidad en Brasil, para encabezar la reunión del CELAM.

En medios periodísticos internacionales se ha publicado y sostenido que este Papa “moderno” ha sido un “fiel guardador de la “doctrina de la fé”, o sea, un seguidor de la Santa Inquisición que impusieron los Papas o jefes de la Iglesia Católica medieval, desde Gregorio XI (1233) y algunos imperios coloniales, entre otros: Francia, Alemania e Italia, para matar mediante la hoguera a todos aquellos que ellos (Papas, Reyes, monarcas y sus compinches) consideraban “herejes” o “infieles”, especialmente musulmanes, judíos y los que supuestamente debían “convertirse” al cristianismo en toda Europa y en otros países o territorios colonizados, masacrados y convertidos en esclavos sus seres humanos por “incivilizados”.

Vale recordar que el Vaticano o los Papas y estas potencias coloniales mancornadas con la religión Católica, Apostólica y Romana, emprendieron y llevaron a la práctica ocho Cruzadas o guerras o “expediciones militares” contra los “infieles”, para reconquistar Santos Lugares que habían caído (¿?) en manos del poder musulmán.
Estas ocho Cruzadas comenzaron en 1096 (más de mil años después de Cristo) y finalizaron en 1254, es decir, se persiguió a los “infieles” con cutachas o espadas, hogueras (quemados vivos), matanzas diversas, encarcelamientos,  durante más de 100 años.

Una de estas Cruzadas más famosas fue la registrada entre los años 1189 y 1192 porque en ella participaron los reyes de Francia e Inglaterra (Felipe Augusto y Ricardo Corazón de León, respectivamente, y el Emperador de Occidente, Federico Barbarroja) y porque, irónicamente, en esta oportunidad todos estos autores y actores de matanzas humanas por causas religiosas y políticas, se vieron derrotados y obligados a firmar la paz con Saladino, jefe musulmán, que había reconquistado estos sitios sagrados a favor de los musulmanes, seguidores de Mahoma, creador del Corán, “el último profeta, sucesor de Cristo”, sostienen los musulmanes.

Después de las derrotas en estas ocho Cruzadas católicas, la “Santa Inquisición”, o persecusión religiosa con castigos en la hoguera, en la horca y en las cárceles, disminuyó en toda Europa, debido a que los Papas y algunos Reyes o Emperadores criminales también perdieron poder.

Sin embargo, los Reyes Católicos de España la revivieron oficialmente mediante acuerdo imperial en 1478, es decir, 14 años antes del llamado primer viaje de Cristóbal Colón a América, adonde desgraciadamente llegó este personaje criminal para que comenzara el Holocausto o matanzas de indígenas o aborígenes (originarios) en nuestras tierras.

Algunos historiadores aseguran que el reavivamiento de la “Santa Inquisición” en España se debió a que los Reyes católicos consideraron que debían ser “castigados” con fuego (debían quemarlos), otra vez, a musulmanes y judíos que practicaban sus religiones en secreto, en territorio español. En otras palabras, las mismas víctimas de las ocho Cruzadas católicas, pero esta vez en territorio español.

Los mismos historiadores señalan que los Reyes Católicos españoles nombraron Inquisidor a Tomás de Torquemada, en 1482, diez años antes del primer viaje de Cristóbal Colón “a las Indias Orientales”, que resultó llegando, lamentablemente, a nuestras tierras americanas porque perdió el rumbo, que en realidad era hacia la India.

Esto indica que los llamados “descubridores”, “colonizadores”, “encomenderos” y primeros Curas evangelizadores que vinieron con Colón, Francisco Pizarro, Hernán Cortés, Pedro de Alvarado, Vasco Núñez de Balboa, Pedrarias Dávila, Francisco Hernández de Córdoba, Gil González Dávila, Hernando de Soto, Almagro, etc., todos ellos, incluyendo el Obispo Valdivieso y los hermanos Contreras de León Viejo, en Nicaragua, sabían perfectamente que se había restablecido la “Santa Inquisición” en la nueva representación poderosa de la Iglesia Católica, esta vez en España.

La “Santa Inquisición” o “Tribunales eclesiásticos establecidos para la búsqueda y castigo de los herejes”, tenía objetivos bien claros: someter a la hoguera o a la horca a hombres, mujeres, ancianos y hasta niños considerados enemigos o renuentes a aceptar la doctrina religiosa católica.

Para los “conquistadores”, “colonizadores”, “encomenderos” y Sacerdotes católicos acompañantes de los invasores y agresores españoles en América, estaba todo bien claro: todo sujeto que se negara a aceptar la religión católica, fuese culto o “indígena inculto” o “salvaje” o “rebelde” como nuestros abuelos en América, pues debían aplicarles ese instrumento de terror, especialmente considerando que nada debía interponerse en el camino de conseguir miles o millones de toneladas de oro, otros metales, encomiendas, poder político y militar, recursos naturales diversos, conquistar la mayor cantidad de tierras posibles,  etc.

Además, los conquistadores españoles llegaron portando una enorme cantidad de armas de fuego: eran pistolas, también espadas o cutachas, cuchillos o puñales, cadenas y grilletes, perros grandes entrenados para descuartizar seres humanos y animales, caballos impactantes para echárselos encima a los aborígenes o indígenas u oriundos nuestros, orden de robar cuanto oro y otras riquezas encontrasen, orden de poner a funcionar la “Santa Inquisición” a todos aquellos que se negaran a aceptar la religión católica, aunque los indígenas no entendieran nada del lenguaje de los invasores y agresores.

Entre los Curas que venían en los primeros viajes de los conquistadores-colonizadores, estaba el jovencito Fray Bartolomé de las Casas, quien acompañó a su padre en el tercer viaje de Cristóbal Colón. Y en los siguientes años, ya se quedó nombrado para acompañar a los “colonizadores”.

En los primeros años, entre 1502 y 1513, fueron de observación cuidadosa de lo que ocurría por donde iban llegando los cruelísimos, sanguinarios, abominables y brutales colonizadores, que, por supuesto, actuaban en nombre del Rey de España, en nombre de Dios y de las Tres Divinas Personas.

Este Sacerdote, honrado, justísimo, solidario y defensor de los aborígenes indígenas de América hasta las últimas consecuencias, fue testigo personal entre 1502 y más o menos hasta 1532, de cómo los “conquistadores”, “colonizadores” y “encomenderos” comenzaron las matanzas masivas y selectivas de seres humanos indígenas o autóctonos nuestros, primero en la Isla La Española (Hoy Haití y República Dominicana), luego en Jamaica, en Cuba, en México, en Guatemala, en El Salvador, en Perú, en Ecuador, en Nicaragua, etc.

En su “Brevísima relación de la Destrucción de las Indias”, Bartolomé de las Casas, que fue Obispo de Chiapas (México), señala que presenció cómo los “colonizadores”, jefes y subordinados hispánicos, mataban a los indígenas desarmados de distintas maneras: con balazos disparados desde una pistola; decapitándoles las cabezas, cortándoles las manos o los tobillos con la espada o cutacha, ensartándoles el puñal en la garganta, en el pecho o en el abdomen; o los capturaban y los amarraban y envolvían en cáscaras secas y les prendían fuego.

El mismo Sacerdote de Las Casas relata que estos “colonizadores” infames, cruelísimos, asimismo, daban de patadas, bofetadas o con objetos sólidos en los cuerpos desnudos de los indígenas, tanto en mujeres, hombres, niños y ancianos, especialmente cuando descubrían que algunos de ellos tenían guardado algún poquito de oro en su humilde ranchito de paja. Para los aborígenes o indígenas, el oro era tan sólo para adornos, decoraciones. Para los españoles, significaba riqueza, poder, ostentaciones, muchos lujos…

Indica que otro medio de presión cruelísima, sanguinaria, era que personalmente los jefes “colonizadores” agarraban de los pies a los niños y niñas aborígenes o indígenas y les estampaban las cabecitas contras las piedras, hasta que quedaban completamente desbaratadas.

En centenares y miles de casos, añade en sus relatos el sacerdote Bartolomé de las Casas, los colonizadores les montaban una celada a los pobres indígenas, los rodeaban en sus poblados, los apuntaban con pistolas, les mostraban las cutachas o espadas, les enseñaban los grilletes, les decían que los quemarían a todos por “herejes” (palabra que no entendían los aborígenes o indígenas), y finalmente les echaban los perros entrenados para matar seres humanos y animales ¡y comérselos! También les quemaban sus poblados y comenzaron a robarles las tierras comunales.

En otros casos, ahorcaban a los aborígenes o indígenas de manera masiva si lograban capturarlos a todos, o especialmente a sus jefes o Caciques, aunque éstos no hayan puesto resistencia alguna, ni hayan ofrecido pelea con flechas a los invasores genocidas españoles.

La decisión de quemar en la hoguera a los aborígenes o indígenas se generalizó por todas las Provincias y Ciudades fundadas por los españoles, después que a los indígenas les fueron destruidas sus casitas originales y robadas, como digo, sus tierras comunales.

Al mismo tiempo, estos cruelísimos, infames y sanguinarios conquistadores iban destruyendo libros, monumentos, escritos y todo lo que reflejara los conocimientos científicos que tenían las sociedades originarias o aborígenes indígenas como la Inca, la Araucana, la Mapuche, la Ecuatoriana, la Boliviana, la Maya, la Mejicana, la nicaragüense, Chorotega, Subtiaba, Maribia, Nagrandana, Chontal, etc., donde, por ejemplo, echaron al fondo del Lago Cocibolca los monumentos y petroglifos de la Isla de Zapatera. Los Mayas, por ejemplo, habían avanzado enormemente en conocimientos astronómicos, matemáticos y en construcciones monumentales como las más de 400 pirámides y templos funerarios y de actividades religiosas y culturales,  ubicados en Guatemala, Belice, Honduras y El Salvador, más influencias mayas en Nicaragua y Costa Rica.

Es conocido cómo Francisco Pizarro, por ejemplo, al conocer de la enorme cantidad de oro que había en el Cuzco, planificó cuidadosamente cómo dividir a los indígenas o aborígenes  para apropiarse de esas riquezas en oro, que para los voraces, cruelísimos y ambiciosos españoles tenía significado especial, para enriquecerse a costa de las riquezas de otros pueblos, tal como siempre hicieron estas potencias coloniales crueles y sanguinarias como sus “enviados conquistadores”.

En cada incursión mataron una enorme cantidad de aborígenes indígenas, los cuales perecían diariamente, en los primeros años de la conquista española (y portuguesa en Brasil, e inglesa en territorio norteamericano y atlántico nicaragüense), como mueren los insectos por la influencia mortal de los insecticidas de hoy en día.

De las Casas y otros autores críticos de la Colonización Española, sostienen y aportaron abundantes pruebas, de que, por ejemplo, los indígenas, convertidos en esclavos encadenados y con grilletes en los tobillos, eran sencillamente asesinados cuando ya no soportaban una carga pesadísima, impuesta durante un larguísimo trecho o camino, por ejemplo, una carga de oro entre la Mina del Limón y León Viejo, en Nicaragua.

¿Cómo los mataban? El indígena más agotado iba en media fila de encadenados (esclavos y cargueros). Para que no hubiera atraso, el jefe de los “colonizadores”, procedía a cortarle el cuello, las manos o los tobillos con una cutacha o espada, mientras la sangre salpicaba a los demás aborígenes o indígenas, que horrorizados presenciaban su muerte y se preguntaban: ¿Quién será el siguiente?

Como ocurrían todas estas crueldades inauditas, las mujeres indígenas se negaron a seguir pariendo hijos, porque ya sabían que se los matarían los “civilizados” “colonizadores” y “piadosos” evangelizadores españoles. Asimismo, los hombres aborígenes indígenas más jóvenes decidieron huir a las montañas, dejando abandonados sus poblados o ciudades, como parece que ocurrió en el Mundo Maya.

Algo similar ocurrió en El Salvador, en las cercanías de donde es hoy Suchitoto, adonde llegaron Hernán Cortés y Pedro de Alvarado en busca de acorralar a los aborígenes o indígenas pipiles salvadoreños. Los pipiles huyeron del Valle de Las Hamacas hacia el Cerro de Las Pavas, para impedir ser cazados por estos cruelísimos sanguinarios Cortés y Pedro de Alvarado.

En Nicaragua ocurrió algo parecido en Rivas, concretamente cuando llegó Gil González Dávila y se produjeron los enfrentamientos con el Cacique Diriangén y su gente, que propinaron la primera derrota a los españoles en territorio nicaragüense, como se sabe en condiciones muy por debajo de la capacidad de fuego de los invasores españoles. González Dávila tuvo que huir despavorido hacia el Darién o Panamá, donde lo esperaba su jefe sanguinario Pedrarias Dávila.

Como se sabe, estas “hazañas sanguinarias” de los españoles son interminables en nuestros territorios latinoamericanos.

Sin embargo, distintos historiadores y especialistas señalan que los “colonizadores mataron a 51 millones de indígenas o aborígenes en el territorio de América Latina en los primeros 30 años” de colonización.

De Las Casas indica en su “Brevísima relación de la Destrucción de las Indias” que en los 14 años observados personalmente por él, pudo establecer que habían muerto 24 millones de aborígenes o  indígenas en Santo Domingo (República Dominicana), San Juan, Jamaica, Lucayas y otras Islas; Nicaragua, Honduras, México, Guatemala, Costa de Paria, en Perú…

Lo detalla de la siguiente manera en su “Brevísima relación de la Destrucción de las Indias”: Santo Domingo, 3 millones; San Juan, Jamaica, Cuba, Lucaya y otras Islas, 3 millones; Nicaragua, un 1 millón; México, 4 millones; Honduras, 2 millones; Guatemala, 5 millones; Costa de Paria, 4 millones; Perú, 4 millones.

Estos informes de Las Casas sobre las matanzas de los indígenas no les gustaron para nada a los “colonizadores” y a sus jefes en España, especialmente al más grande defensor de la Colonización española el doctor Gines de Sepúlveda, casi enemigo a muerte de Fray Bartolomé de las Casas porque éste defendía sin vacilaciones a los aborígenes o indígenas,  abuelos nuestros.

Este complicado asunto de las matanzas de indígenas, obligó a los colonizadores y al Rey de España a modificar su comportamiento, sin abandonar, por supuesto, sus crueldades abominables y sanguinarias, pues se apresuraron a emprender el plan de mezclarse genéticamente con los aborígenes o indígenas, lo cual hacían mediante violaciones masivas a las mujeres.

Asimismo, trajeron más esclavos negros de África y otros extranjeros europeos, con las mismas finalidades de emprender un mestizaje que les sirviera para repoblar las comunidades diezmadas por el genocidio u Holocausto, o matanzas masivas,  practicado contra nuestros 51 millones de aborígenes o indígenas asesinados en los primeros años de la colonización española.

Esto de las poblaciones diezmadas por las matanzas en contra de los aborígenes o indígenas nuestros, pude comprobarla al escribir la Historia del Municipio de Mateare, ubicado en el Oeste de Managua. Resulta que según un informe oficial de uno de los cronistas de los colonizadores que llegaron a León Viejo, en 1528, Mateare en esos días tenía “13 mil almas” (pobladores). Ese mismo cronista español asegura que diez años después en Mateare prácticamente no había nadie, y él mismo despeja el asunto cuando afirma que el Cacique Matiari y su gente abandonaron el poblado y se subieron a Las Sierras, huyendo de los españoles, a quienes consideraban gente demasiado malvada.

Posiblemente por este motivo es que los Filones de Las Sierras de El Crucero, que terminan en arco en Mateare, encontré unas cuevas que los pobladores aseguran que pertenecieron a los aborígenes  o indígenas de Mateare.  (Las Sierras, o Cordillera montañosa de Managua, formando un Arco al Sur de la Capital nicaragüense,  comienzan en el Complejo Volcánico de Masaya y terminan en el borde Oeste del poblado de Mateare, en el Lago Xolotlán o de Managua).

Los españoles “conquistadores”, “colonizadores” cruelísimos y sus “encomenderos” abominables, mantuvieron a nuestros abuelos sometidos a sangre y fuego durante más de 300 años, durante los cuales, efectivamente, mataron a esa enorme cantidad de indígenas, nos robaron todo el oro y otros metales que pudieron, se robaron las tierras comunales y numerosos recursos naturales, nos mantuvieron 300 años de esclavos, nos destruyeron nuestra cultura originaria y nuestros libros de ciencias, y si interpretamos bien al Papa Benedicto 16, pareciera que todavía estamos obligados a darles las gracias por habernos masacrado en nombre de los Reyes Católicos españoles y del Papa de turno en el Vaticano.

Managua, 3 de junio del 2007.

Pablo E. Barreto Pérez: periodista, editor, investigador histórico, Cronista de la Capital, fotógrafo, Orden Independencia Cultural Rubén Darío, Hijo Dilecto de Managua, Orden Servidor de la Comunidad del Movimiento Comunal Nicaragüense, Orden José Benito Escobar Pérez de la Central Sandinista de Trabajadores (CST nacional) y Orden Juan Ramón Avilés de la Alcaldía de Managua.

Residente en la Colonia del Periodista No. 97, frente al portón del Parque, en Managua. Teléfonos: 22703077 y 88466187.

Correos electrónicos: pablo_e2005@hotmail.com, pabloemiliobarreto@yahoo.com

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