Octavio Barreto Centeno y Rosa Pérez Juárez, progenitores de ocho Barretos de León

Octavio Barreto Centeno y Rosa Pérez Juárez, progenitores de ocho Barretos de León

Octavio Barreto Centeno está cumpliendo, en los próximos días, seis años de fallecido. Sus ocho hijos procreados con Rosa Pérez Juárez, lo han estado recordando. Fue sepultado en el Cementerio de la Ciudad de Telica, muy cerca de donde nació, en la Comarca El Jicarito, ubicado en el costado Norte de Telica, situado a ocho kilómetros al Norte de la Ciudad de León, Nicaragua.

Sus ocho hijos todavía vivos, son: Pablo Emilio, Ángela, Julio, Josefina, Mauricio, Anita, Leopoldo, Calimela, todos de apellidos Barreto Pérez.

Rogelio se contaría como el hijo número nueve. Falleció cuando tenía siete años, atropellado con un automóvil en la Avenida Debayle (así se llamaba antes del Triunfo de la Revolución Sandinista), sí atropellado por un cura o sacerdote que se dio a la fuga y fue protegido por la guardia somocista genocida, en León.

Octavio tenía 84 años al morir. Un padecimiento prostático le causó complicaciones y falleció tempranamente, debido a que no fue atendido diligentemente. Sus hijos han estado lamentando que pudo vivir, al menos 15 años más, algo parecido a la edad de su padre, Domingo Barreto Fonseca, quien falleció cuando rondaba los 100 años.

Octavio Barreto Centeno era hijo de Domingo Barreto Fonseca y Amelia Centeno, campesina, quien residía en el caserío o comunidad de El Jicarito, comarquita en la orilla Norte de Telica, en la orilla de la Carretera León-San Isidro.

Domingo Barreto Fonseca era originario de la Ciudad de León. Se le atribuyen 32 hijos con numerosas mujeres campesinas de comarcas periféricas de León: El Tololar, El Jicarito, El Apante, La Cruz, y también en la Ciudad de Malpaisillo.

Domingo se convirtió en matarife de León, y por lo ventajoso del negocio de venta de carne se fue convirtiendo en propietario de las fincas conocidas como: La Peineta, donde vivía; La Lanceña, Tizate (en los Hervideros San Jacinto-Tizate), Bella Vista, y una más en El Apante, todas en jurisdicción municipal de Telica.

Según contaba Octavio Barreto Centeno, él inicialmente llegó a la finca La Lanceña, propiedad de su padre Domingo Barreto Fonseca, en calidad de mozo, cuidador de ganado, sembrador de cultivos diversos, campisto, carretero, leñador, cazador de venados, guardatinajas, conejos y garrobos, y poco a poco se fue convirtiendo “en hombre de confianza” de su padre Domingo, quien finalmente lo puso como jefe del cuido de sus fincas: La Lanceña, Tizate, Apante y Bella Vista.

Cuando ocurrieron estos hechos, Octavio se conoció con Rosa Pérez Juárez, también campesina del Valle de las Zapatas, en el Municipio de Posoltega, territorio del Departamento de Chinandega.

Ya juntos, ambos se coordinaban para cuidarle las fincas mencionadas a Domingo Barreto Fonseca. Además de cuidar ganado en las cuatro fincas, de un poco más de 100 manzanas cada una, Octavio también fue siempre cazador nocturno y diurno de oficio, para la comida de sus hijos y algunos trabajadores; era gallero ocasional y también mujeriego como su padre Domingo, pues engendró otros siete hijos con otras mujeres, igualmente campesinas.

Esto fue generando contradicciones con Rosa Pérez Juárez y sus ocho hijos vivos, hasta que se separaron en 1969. Todos estos ocho hijos trabajaban con Octavio en las fincas referidas, cuidando el ganado (no era mucho, pero había), haciendo todas las labores del campo para sembrar maíz, frijoles, trigo, y cosecharlos;  guate y pasto para el ganado, ordeño de las vacas y el pastoreo correspondiente.

Rosa Pérez Juárez tomó el rumbo de Malpaisillo con sus ocho hijos, quienes para sobrevivir con ella, Pablo Emilio, Julio, Ángela, Mauricio, Josefina, Anita, Leopoldo y Calimela, todos adolescentes y niños aún, se dedicaron a cortar algodón, a hacer labores de cultivos en los algodonales propiedad los Reyes, Alfaros, Gurdián, Galo y Langrand, en Malpaisillo.

Hacían estas labores de campo, de jornaleros, ganando cinco y diez córdobas diarios, desde las seis de la mañana hasta la una de la tarde. Ya en la tarde y de noche iban a estudiar a los colegios locales.

Pablo Emilio pronto se convirtió en trailero (cargador de trailers con algodón hacia las desmotadoras de Malpaisillo, San Jacinto y ANSCA de Telica), después en tractorista, luego en chofer de una camioneta de acarreo de algodón; en cobrador de la camioneta de transporte de pasajeros de Timoteo Flores y Alberto Salinas, entre Malpaisillo y la Ciudad de León, y finalmente en conductor  de taxis interlocales entre la misma Ciudad de Malpaisillo y la Estación del Ferrocarril, en la Ciudad de León.

Cuando ya era taxista interlocal, al mismo tiempo Pablo Emilio se convirtió en Corresponsal del Diario LA PRENSA. En el mismo año 1969, con rapidez enorme, se convierte en reportero cotidiano de las Radioemisoras Darío y Progreso de la Ciudad de León, lo cual le obliga a dejar el taxi que conducía entre Malpaisillo y León.

Ya estando en León, y posando donde amigos y de paso durmiendo de vez en cuando dentro del Cementerio de San Felipe, por la agilidad reporteril en recoger noticias de todo tipo en León y mandarlas ya escritas al Diario LA PRENSA en Managua, el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, director entonces de este periódico antisomocista, ordenó que a Pablo Emilio lo nombraran Corresponsal de Occidente y viajero en todo el país.

Esto duró muy poco, de enero a mayo de 1970. En los primeros días de este mes de mayo de 1970, Pablo Emilio Barreto Pérez fue llamado por Pedro Joaquín Chamorro a su despacho en LA PRENSA, donde le comunicó que se le nombraba Redactor de Planta del Diario, a partir del cinco de mayo de 1970.

Pablo Emilio se instaló en Managua. Le dio posada por un tiempo su compañero de labores Manuel Salazar, fotógrafo famoso, quien vivía en una casita con piso de tierra en el Barrio La Fuente, donde explotaba gente Héctor Argüello con la venta de lotes costosísimos.

Ya empleado en el Diario LA PRENSA, Pablo Emilio pronto consiguió una vivienda al crédito de largo plazo en el Reparto Bello Horizonte.

Mientras tanto, su madre Rosa Pérez Juárez y sus hijos Josefina, Julio, Mauricio y Anita, se vinieron a Managua, detrás de Pablo Emilio, a correr suerte juntos en la Capital nicaragüense. En Malpaisillo, El Tololar y la propia Ciudad de León se quedaron Ángela, Leopoldo y Calimela.

Pablo Emilio hizo gestiones para conseguir una casa en la Colonia Diez de Junio, para su madre Rosa Pérez Juárez. En ella se ubicaron inicialmente los cuatro hermanos mencionados, quienes poco a poco obtuvieron sus casas respectivas.

Rosa Pérez Juárez sigue viviendo con Anita en la casa de la Colonia Diez de Junio.

Mientras tanto, surgieron otras contradicciones entre Octavio y su padre Domingo Barreto Fonseca. Domingo, finalmente, separó a Octavio de la jefatura de las fincas Tizate, Apante y Lanceña, y lo dejó ubicado sólo en Bella Vista, donde vivió  hasta su muerte hace seis años, en 2006. Allí vivió con parte de sus otros hijos.

Los hermanos y hermanas Barreto Pérez recuerdan con especial cariño “al viejo Octavio Barreto Centeno” por aquellas  centenares o miles de cosas prácticas, objetivas, sutiles, los llamados a la reflexión, a tener paciencia, al análisis cuidadoso de cómo hacer mejor los trabajos en el medio rural o campesino en las fincas mencionadas.

“Antes de llenarse de miedo, o temores infundados, investiguen lo que realmente está pasando”, insistía ante incertidumbres de sus hijos. Por ejemplo, cuando se alborataba el gallinero a medio noche o en la madrugada, “no deben quedarse paralizados por el miedo, deben ir con un foco, un machete y la compañía de los perros, porque casi siempre se trata de la presencia de zorros o de gente del vecindario que anda buscando cómo robarse las gallinas o los gallos”.

Casi todos los días, a las cinco de la mañana, cuando íbamos a traer las vacas para ordeñarlas, los bueyes para uncirlos e ir al arado de la tierra para siembras, y ensillar los caballos para irnos en ellos a diligencias diversas, sí casi todos los días, “bajo la sombra oscura del caimito de donde Damiana Rivera”, nos aparecía un llamado “espanto blanco”, que sembraba el terror en el vecindario campesino.

Octavio Barreto Centeno propuso organizarnos en grupo, acompañado de perros y portando machetes y palo, “para desalojar de allí y hacer huir ese tal espanto”,  dijo Octavio una noche, y efectivamente se fueron al caimito, enfrentaron al “espanto”, el cual, para sorpresa de todos en el vecindario, salió corriendo veloz por el camino, le dieron una seguida de más de un kilómetro con perros rozándole los talones, y, por supuesto, jamás volvió a aparecerse en los alrededores de la Finca La Lanceña. Esta acción vecinal, encabezada por Octavio, venció un mito de años.

“Eso de los “espantos”, “ceguas”, “cadejos”, “hombre sin cabeza”, o la “mona roba gallinas”, en realidad son “vivianes” que se visten de tal modo y que al amparo de la noche siembran terror, con el fin de desatar miedo y de ese modo andar cometiendo fechorías”, afirmaba Octavio Barreto Centeno.

Y lo mismo era en cuestiones prácticas en las siembras y cosechas de frijoles, maíz, trigo, ayotes, pipianes, sandías, melones, cultivo de plátanos y guineos, granadillas, para todo esto tenía en su memoria conocimientos prácticos y trucos sobre cómo hacerlo mejor, sobre cómo no ser vencido. “Uno tiene que ser astuto, paciente, analítico, cuidadoso”, decía siempre.

Y lo demostraba a cada paso. Una vez, Pablo Emilio, Julio, Mauricio y Ángela, luchaban juntos para derrumbar al suelo un novillo joven, para curarlo de una herida infestada. El ternero o novillo ya estaba amarrado, lazado, pero no se dejaba curar.

“Fíjense en este truco”, dijo. Tomó un mecate extra y se lo amarró al ternero en las patas de un lado opuesto. Luego tomó  en sus manos la cabeza del ternero, se la giró hacia un lado y pidió que sus hijos tiraran del mecate amarrado en las patas delantera y trasera del ternero. De inmediato, el ternero o novillo cayó al suelo. “Ahora tiren del mecate por encima del cuerpo del ternero, lo mantienen quieto, mientras lo curan con criolina”, añadía.

Un caballo, o un yegua arisca, se amansan primero dándoles de comer, ganándose su confianza, nunca mediante la fuerza. Lo mismo ocurre con un perro, un gallo, un cerdo, una gallina”, expresaba de manera educativa.

¿“Querés hacer un surco recto con el arado halado por los bueyes?  Trazá primero una línea recta con mecates de un extremo a otro de la tierra en que harás los surcos. Ponés estacas, y de ese modo vas sacando rectos los surcos, y que quedan bonitas las hileras de maíz, frijoles, trigo, ajonjolí, guate, ayotes, sandías, pipianes, melones, o el algodón mismo”, indicaba Octavio.

En la cacería de venados, cusucos, mapachines, conejos, para comida de todos sus hijos y familiares, también usaba numerosos trucos. Se iba de caza temprano en la noche y regresaba entre las doce de la noche y la una de la mañana. “No debo desvelarme mucho, porque debemos trabajar al siguiente día”, razonaba.

Eso y así era Octavio Barreto Centeno. Son las cosas que más recuerdan sus ocho hijos mencionados.

Estas y muchas otras anécdotas familiares son contadas por Pablo Emilio Barreto Pérez en su libro: Criminales sin Castigo, en el cual relata cómo vivieron en estas fincas y a la vez denuncia la destrucción masiva de los bosques en esa zona de Telica y Mapaisillo, para dar paso a los cultivos de algodonales, los cuales dejaron destruidos los suelos y atosigadas de venenos las aguas subterráneas de León y Chinandega.

Domingo y Octavio siempre se opusieron a la destrucción de los bosques, pues eso acabó con la fauna local, los frutales, los árboles maderables, lo que generó la pobreza extrema de los campesinos.

Este libro “Criminales sin Castigo” está ubicado en todas las Bibliotecas de la Alcaldía de Managua, las Bibliotecas Nacional Rubén Darío y Roberto Incer Barquero o del Banco Central de Nicaragua y en la Biblioteca de Malpaisillo.

 

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Acerca de Pablo Emilio Barreto Pérez

Pablo Emilio Barreto Pérez es: *Orden Independencia Cultural Rubén Darío, *Orden Servidor de la Comunidad e Hijo Dilecto de Managua.
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