Hervideros de San Jacinto: “Chorros” misteriosos, llenos de “ceguas”, “cadejos” y “monas”

“Chorros” misteriosos de San Jacinto

Pablo Emilio Barreto Pérez

*”Ceguas”, “Cadejos”, “Monas” y otros espantos terríficos en estos “Chorros de San Jacinto”

*El Río, pequeño, es conocido con dos nombres

*Es un Río de trayecto corto, y muere en un terreno fangoso de El Apante y Bella Vista

*Circula entre cañones y montañas del Cerro o Volcán de Rota, el más antiguo de la Cordillera de los Maribios

Unos cuantos centenares de metros al Este de los famosos Hervideros de San Jacinto y del Tizate, están ubicados los llamados “Chorros de San Jacinto”, allá en el Norte del Municipio de Telica, en el Departamento de León, Nicaragua.

Los Hervideros de San Jacinto y del Tizate brotan con aguas saltarinas y olores a azufre en el comienzo de las faldas del Volcán San Jacinto o Santa Clara, ubicado colindante y en realidad en la misma masa geológica del Cerro o Volcán Rota, el más antiguo de la Cordillera de los Maribios, según el doctor Jaime Incer Barquero, científico y principal geógrafo de Nicaragua.

Hasta los “Chorros de San Jacinto” llegan esos olores a azufre y calores intensos de los Hervideros o solfataras de San Jacinto…

Los “Chorros de San Jacinto”, situados en el extremo Norte del poblado de San Jacinto, son en realidad el nacimiento de un río pequeñito, lleno de misterio desde el inicio de su recorrido por entre cañones y grandes masas de rocas vivas, y desplazándose entre montañas poco elevadas del Cerro de Rota.

Estos “Chorros” de agua cristalina caliente eran potentes hace unos 20 años, porque brotaban de las paredes rocosas por medio de unos tubos plásticos.

En realidad, los “Chorros de San Jacinto” brotaban y brotan por rajaduras de rocas vivas, lisas, muy antiguas, cuyas paredes se elevan verticales casi diez metros al Norte del poblado de San Jacinto, el cual cuenta con un poco más de 2,500 habitantes.

Las aguas claritas y calientes caen en “chorros” por esas paredes de rocas vivas, lisas, llamadas “piedras de ríos” por los campesinos, y que en realidad es una roca muy antigua, enclavada en estos sitios cercanos a los Hervideros de San Jacinto, situados al Norte del Municipio de Telica, en la orilla de la Carretera León-San Isidro.

“El Río San Jacinto” lo llaman los pobladores de San Jacinto y una comunidad llamada de El Terrero, ubicada un poco al Este de su nacimiento.

“Chorros” rodeados de misterio

Digo que estos “Chorros de San Jacinto” estuvieron en el pasado rodeados de misterios, especialmente en la época del apogeo de los cultivos de algodón, pues allí bajo esos “chorros” y en las cercanías de noche se les aparecían las llamadas “Ceguas” a hombres y mujeres del campo, de allí de San Jacinto y de los caseríos de los alrededores, provocándoles pánico o miedo de llegar a ese sitio en la noche o de madrugada, a pesar de que debían ir hasta ese lugar a buscar el agua para beber, los quehaceres hogareños y bañarse.

Era de tal envergadura la actividad laboral de San Jacinto en la época algodonera (décadas 50-60-70), que inclusive los negociantes algodoneros destructores de suelos y bosques de esos días, hasta instalaron una desmotadora en el Sur del poblado de San Jacinto, exactamente frente al Cementerio, en la orilla de la Carretera León-San Isidro, cuyo pavimento está en la orilla del poblado de San Jacinto y entre dos masas geológicas del Cerro o Volcán de Rota.

La fama de las “Ceguas” creció como la espuma. Los “chorros” hacían el ruido típico del agua cayendo sobre un manto de piedras y de una “poza”, y al mismo tiempo se escuchaban “los silbidos”, “los chillidos”, “el alboroto de las “ceguas” asustando a hombres y mujeres, según se oía entre los vecinos y entre mis familiares campesinos, pues mi padre Octavio Barreto Centeno (ya fallecido), mi madre Rosa Pérez Juárez, mi tía Teresa Barreto Quintero, mis hermanos: Julio, Ángela, Josefina, Mauricio, Leopoldo, Anita y Calimela y mis primos: Hilario, Evenor y Alfonso, vivíamos en las fincas El Tizate y El Apante, ambas propiedad de mi abuelo Domingo Barreto Fonseca (ya fallecido), y teníamos que pasar por los “chorros” de día y de noche, y recorrer casi todos los días el trayecto del Río San Jacinto desde su nacimiento hasta donde desaparece entre la Finca El Apante y Bella Vista, ubicadas al Este.

Yo estaba niño cuando ocurría este asunto de las “ceguas”, las cuales eran descritas por los campesinos de la zona como supuestas “mujeres-espantos”, vestidas totalmente de negro, con dientes brillantes muy grandes, ojos saltones, cabellos largos sueltos y enredados, livianas o delgaditas al extremo de que saltaban como en vuelo de pájaro y se te situaban en la parte trasera del caballo.

Supuestamente, esos “silbidos”, “chillidos” y “alboroto”, provocaban mucho miedo, debido a lo cual muy poca gente campesina se atrevía a visitar los “chorros” cuando era de noche o en la madrugada.

Mito agujereado a balazos, y “Ceguas” quedan en silencio

“Eso es puro “mito” creado por la mentalidad sencilla de nuestros campesinos y por “vivianes” interesados en meter miedo en esta zona…Vos y yo vamos a pasar hoy a media noche, y les vamos a volar bala a esas hijas de puta “ceguas”, y ya verás que las silenciamos y se van”, me dijo Octavio Barreto Centeno, mi padre, un día de tantos.

Mi Padre acostumbraba llevarnos “de caza” de noche y madrugada, portando un rifle 22, varios machetes y linternas potentes de tres y cuatro baterías. Era común, aún estando niños, que con Octavio Barreto Centeno camináramos por potreros, cerros, cañones y hervideros, porque, además, a él le gustaba ir personalmente de noche a revisar que no se robaran el ganado de mi abuelo Domingo Barreto Fonseca.

Efectivamente, una noche ensilló el caballo blanco, alto, fuerte, acostumbrado a estas lides, y nos montamos en él rumbo a los “Chorros de San Jacinto”. “Vamos a encontrarnos con las “ceguas”, me dijo. “Estaremos allí cerca de las doce de la noche, y luego nos iremos a dormir a la Finca de El Tizate”, añadió.

Efectivamente, fuimos a situarnos frente a la mole de piedras lisas en que brotaban y caían los “chorros” de agua. La silbadera estaba en lo fino. El sonido del chiflido era agudo, parecido al de una mujer. Parecían ser muchas mujeres chiflando al mismo tiempo. El sitio estaba oscuro, porque ese sitio es bajo como un hueco y entonces estaba rodeado de muchos árboles altos y pequeños.

Nos bajamos del caballo. Yo tenía miedo. Mi Padre más bien parecía estar seguro de conocer que aquello era algún truco de “vivianes”. Me dio el rifle 22 para que lo cargara. Él desenfundó su revólver 38, calibre largo, y disparó varias veces hacia los “chorros”. Los disparos produjeron fogonazos y explosiones en la oscuridad, y también los ruidos que hacían las balas al rebotar en las rocas.

Sobrevino un silencio profundo, inquietante. No hubo más silbidos, ni “chilladera” ni “alboroto”. “Te fijás. Esas son gentes como vos y yo que se han dado a la tarea de meterle miedo a los demás en este pueblo de San Jacinto”, me comentó. Nos montamos en el caballo y nos fuimos. Al siguiente día se escucharon los comentarios en los alrededores de que Octavio Barreto Centeno había “asustado” a las “ceguas” en su propio “nido” de los “Chorros de San Jacinto”.

Otros espantos: cadejos, monas y latas arrastrándose

Además, era común oír hablar en aquellos días sobre otros “espantos” aterrorizantes en estas comarcas de los Municipios de Telica y Malpaisillo. Otro de esos “espantos” era uno que presuntamente cuando hombres y mujeres campesinos caminaban por la orilla del Río, ya fuese de día o de noche, escuchaban que por encima de los Cerros y en el centro de cañones geológicos, se movían como latas arrastradas por algo muy potente, provocantes de ruidos atronadores, cuya imagen física nunca se hacía visible para los aterrados pobladores.

Algunos campesinos trasnochadores aseguraban que veían “luces misteriosas, brillantes, azuladas”, desplazándose de un árbol a otro, o sobre las aguas del Río; también afirmaban haber visto al “Cadejo”, tanto negro como blanco, y quizá lo más descabellado es que algunos aseguraban que una “mona”, con cuerpo de mujer, se les había lanzado a la montura del caballo desde las ramas del árbol de guapinol (un árbol muy antiguo, ramudo, sombroso, con ramas encima del río), situado en un sitio cercano a la Casa de Toño Mena, todo en la orilla del Río San Jacinto o del Apante.

Los habitantes de la Comarca El Apante lo llaman a este Río San Jacinto: “Río del Apante”. Las aguas de este Río se desplazan por la orilla de un camino pedregoso, carretero, de “a caballo” y de “a pie”, entre cañones y montañas poco elevadas del Cerro o Volcán de Rota, durante unos cuatro kilómetros entre los “Chorros de San Jacinto” y El Apante.

“El Apante” es el nombre de una comunidad situada a la orilla del Río y el nombre de una finquita, pequeña, ganadera y agrícola, que fue de mi abuelo Domingo Barreto Fonseca, quien se la heredó a mi tía Teresa Barreto Quintero.

Después de llegar a El Apante, las aguas del Riíto de San Jacinto o El Apante se internan por fincas ganaderas privadas, pequeñas, hasta esparcirse en un terreno semifangoso de las cercanías de “Los Cerros Cuapes”, vecinos del Cerro de Rota, ubicados unos 500 metros al Norte del Cerro de Rota, separados por la Carretera León-San Isidro.

Río totalmente seco en verano

Hay épocas, especialmente en “verano”, que el Río San Jacinto o El Apante se seca completamente.

En esa zona de los “Cerros Cuapes” existe otra finquita llamada “Bella Vista”, de menos de 100 manzanas, la cual le heredó mi abuelo Domingo a mi padre Octavio Barreto Centeno, y es parte del terreno semifangoso.

El Río pequeño se explaya y muere en ese suelo fangoso. Sólo logra vencer ese escollo fangoso cuando se produce una llena por lluvias intensas y entonces sus aguas giran casi en redondo hacia el Oeste, pasando por el lado Norte de los Volcanes San Jacinto y Telica, rumbo al Golfo Chorotega o de Fonseca, en el Océano Pacífico, perteneciente a Nicaragua, Honduras y El Salvador.

El fenómeno de los llamados “espantos de las ceguas” y del sonido de “las latas arrastrándose en los cerros”, más las supuestas monas en los árboles de guapinol, desaparecieron por completo al triunfar la Revolución Popular Sandinista, en 1979.

Elaborado en el año 2003 y actualizado en marzo del 2010.

Pablo E. Barreto Pérez: periodista, investigador histórico, fotógrafo, Cronista de Managua, Orden Independencia Cultural Rubén Darío, Hijo Dilecto de Managua, Orden Servidor de la Comunidad del Movimiento Comunal Nicaragüense, Orden José Benito Escobar Pérez de la Central Sandinista de Trabajadores (CST nacional) y Orden Juan Ramón Avilés de la Alcaldía de Managua.
Residente en la Colonia del Periodista No. 97, frente al portón del parque, en Managua. Teléfonos: 88466187, 88418126 y 22703077.

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Acerca de Pablo Emilio Barreto Pérez

Pablo Emilio Barreto Pérez es: *Orden Independencia Cultural Rubén Darío, *Orden Servidor de la Comunidad e Hijo Dilecto de Managua.
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