Estudiantes masacrados

Estudiantes masacrados

*En el propio “campo de batalla”, los policías antimotines mataron a Ernesto Porfirio Ramos Villareal, e hirieron gravemente a otros 35 estudiantes universitarios.

*Gobierno chamorrista, neoliberal salvaje, proyanqui, pretendía eliminar el 6 por ciento de las universidades estatales.

Pablo Emilio Barreto P.

Era el 13 de diciembre de 1995, más o menos a la una de la tarde.

El antimotin enmascarado giró un poco a la izquierda y disparó su
Fusil AK con “balas de alta velocidad”.

Se escuchó un sonido extraño, parecido a una explosión, al instante en que la bala destrozaba la cabeza de Ernesto Porfirio Ramos Villareal, cuyos sesos se esparcieron por el aire, mientras su cuerpo caía como en cámara lenta, frente al espanto de centenares estudiantes universitarios y de vecinos frontales al edificio de PETRONIC, situado en los antiguos escombros de Managua, allá a pocos metros de donde se construye el publicitado “monumento a la paz”.

La sangre de Ernesto Porfirio salpicó los muros metálicos y de concreto de PETRONIC. Un silencio largo se apoderó del sitio después del disparo masacrador.
Pasado el pánico impuesto por el tiro mortal, los compañeros estudiantes se abalanzaron hacia el cuerpo de Porfirio, para explorar si continuaba o no con vida.
Imposible. “La bala de alta velocidad” le había partido en dos la cabeza y su cerebro ya no existía. Los policías antimotines, uno de ellos en particular, se lo habían arrancado “por órdenes superiores”, ¿acaso de la misma presidenta Violeta Barrios Viuda de Chamorro?, quien no hizo absolutamente nada por evitar la masacre contra los estudiantes universitarios, que en número de quince mil habían reclamado ese 13 de diciembre, una vez más, el seis por ciento constitucional de las universidades estatales a los diputados mezquinos, ramiristas (MRS) y somocistas, y al gobierno chamorrista.

El cuerpo quedó inerte sobre el suelo ya polvoso por el verano o época seca.
Los vecinos humildes de casas de tablas y cartones, temerosos, asomaron sus cabezas más allá de las puertas inseguras de sus viviendas, donde el asombro los transportaba a épocas genocidas ya fallecidas, ya borradas al desaparecer la Guardia Nacional y los “escuadrones de la muerte” de la tiranía somocista.

Allí estaba, sin embargo, el cuerpo de Ernesto Porfirio Ramos Villareal masacrado, sin vida, ultimado al mejor estilo de los somocistas, como cuando los genocidas masacraron a Mauricio Martínez, Erick Ramírez, José Rubí y Sergio Saldaña, el 23 de julio de 1959, en la Plaza del parque central de León.

Julio Orozco Molinares, presidente de los estudiantes, estaba mudo frente al cadáver de Ernesto Porfirio Ramos Villareal.

Él y casi un centenar de estudiantes habían visto el giro rápido del policía criminal, un poco a la izquierda, y vieron “la bala de alta velocidad” volando como centella hacia la cabeza generosa de Ernesto Porfirio, produciéndole un corte perfecto en el cuero cabelludo y el hueso, como el que hace un filosísimo cuchillo de matarife.

Los criminales, los antimotines que masacraron a Ernesto Porfirio “por órdenes superiores”, huyeron bajo la protección de otras unidades militares, causantes de otros 35 heridos de “bala de alta velocidad”, encarcelados y golpeados aquel fatídico 13 de diciembre de 1995.

Entre heridos graves, con “balas de alta velocidad”, se contaban, a la una y media de la tarde, a Bismarck Santana, Jerónimo Urbina y Neil Somarriba, quienes con los demás lesionados, saturaban las camas del Hospital Antonio Lenín Fonseca, situado al Oeste de Managua.

Bismarck Santana quedó sin una pierna.

El disparo criminal contra Ernesto Porfirio fue la fase final de la masacre, iniciada por los antimotines minutos después de las once de la mañana, frente a la Asamblea Nacional y la Presidencia, supuestamente “por órdenes superiores”, según jefes policiales, al explicar públicamente el tiroteo de ese día.

En medios periodísticos nacionales, entre otros El Nuevo Diario, se publicaron testimonios e investigaciones al tercer día, indican que un tal Erwin Romero, oficial de la Policía y a cargo de una parte del operativo policial contra los estudiantes universitarios, habría sido quien dio la orden de disparar, mientras el jefe nacional de la Policía, Fernando Caldera Azimitia, admitía la masacre por los niveles de represión registrados y lo atribuyó a la “tensión” entre policías y estudiantes.

Ese mismo día 13 de diciembre fue también golpeado, en ese mismo sector, Adrián Meza Soza, vicerrector de la Universidad Popular de Nicaragua (UPONIC).

Varios estudiantes lloraron de rabia y dolor frente al cadáver de Ernesto Porfirio, trabajador universitario, muerto por reclamar un derecho constitucional universitario, atropellado con toda la maquinaria de poder por los gobernantes que todos los días se inflaban la boca y el cerebro con el manoseado y prostituido “Estado de Derecho”, proclamado jubilosamente por los gobiernos neoliberales o de extrema derecha, a partir de 1990.
Los testigos presenciales de la muerte a tiros de Ernesto Porfirio, cargaron su cadáver y lo llevaron en manifestación hacia el lado de la Loma de Tiscapa, donde cantaron el Himno Nacional y bajaron a media asta la bandera del Paseo del mismo nombre, en señal de luto patrio.

Este episodio criminal se produjo, repito, el 13 de diciembre de 1995.
La guardia genocida somocista practicaba frecuentemente este tipo de masacres en el país.

Los jefes de “La Estirpe Sangrienta” no dialogaban jamás con estudiantes “revoltosos”, decían los genocidas, lo que al parecer admiran los gobernantes chamorristas de este momento, pues ese día 13 de diciembre los policías antimotines dispararon “por órdenes superiores”, según se “lavó las manos” como “Pilatos” el jefe policial Fernando Caldera Azmitia.

Como en los viejos tiempos de la tiranía somocista, varias decenas de miles de estudiantes tuvieron que lanzarse a las calles en defensa de las universidades, y especialmente ahora que el gobierno chamorrista intentaba ahogar a estas casas de estudios superiores por la vía de arrebatarles el presupuesto legalmente establecido en la época del gobierno revolucionario sandinista por medio de la Constitución Política de la nación.

En una actitud mezquina, mientras tanto, algunos sectores de diputados gobiernistas, ramiristas (MRS) y somocistas, se dedicaron a una labor de “interpretación autentica” de la ley o simplemente a seguir rastreramente el discurso demagógico del gobierno de que no había dinero para pagar ese seis por ciento.

El ministro de Finanzas, Emilio Pereira Alegría, repitió una y otra vez: “No hay dinero”, y al mismo tiempo lanzaban a sus diputados serviles para ponerle zancadillas al seis por ciento al momento de aprobar el presupuesto general de la nación en la Asamblea Nacional.

Los reclamos se fueron poniendo al rojo vivo, pues cuando se discutía el Presupuesto General de la Nación en la Asamblea Nacional era evidente que algunos diputados rastreros intentaban arrebatar el seis por ciento, además, para destinarlo a otras universidades que nada tienen que ver con las estatales, porque son privadas.

En otras palabras, gobernantes y algunos diputados se estaban manifestando como enemigos de los centros de educación superior estatales y de los estudiantes universitarios, que representan el futuro relevo profesional para dirigir “los destinos de la Nación”.

Los estudiantes, entonces, y las autoridades universitarias subieron la parada frente a las canalladas de gobernantes y diputados matreros.

“Si hay dinero para robar, pues que haya también para estudiar”, proclamaron decenas de miles de estudiantes universitarios, para darle sentido de fondo a la lucha del seis por ciento legal, constitucional.

Se multiplicaron las asambleas y los mítines explicativos en las universidades en esos primeros días del mes de diciembre de 1995.
Doce estudiantes estaban ya en una huelga de hambre en reclamo del seis por ciento constitucional.

Esta acción de protesta fue instalada frente a la Asamblea Nacional, de donde los doce huelguistas fueron desalojados posteriormente por los presuntos defensores del “Estado de Derecho”.

Los estudiantes salieron a las calles, como en aquellos viejos tiempos, desde Mariano Fiallos Gil en León, en que se defendía con la presencia física callejera aquella lucha por la Autonomía de la Universidad Nacional frente a los fusiles genocidas bárbaros tanto en León como en Managua.

En la Asamblea Nacional también se puso hirviente el reclamo del seis por ciento, pues un sector de los diputados, especialmente los sandinistas, los del Frente Sandinista de Liberación Nacional, se pusieron de frente en defensa de las universidades estatales y de los estudiantes.

En la Comisión Económica del Parlamento, jefeada por la MRS Dora María Tellez, se congeló un dictamen sobre el seis por ciento, debido a que irresponsablemente varios diputados de la extinta UNO y de la Democracia Cristiana se negaron a firmarlo, aduciendo que primero debían negociar (??) con el gobierno.

Supuestamente, los gobernantes chamorristas habían propuesto pagar el seis por ciento en “abonos suaves”.

En ese momento eran 280 millones de córdobas los que debía pagar el gobierno a las universidades estatales por el reclamo del seis por ciento, pero obstinadamente no fue entregado.

“Nosotros hemos dicho que no pretendemos que el gobierno entregue el monto total del seis por ciento de una sola vez.

La forma de pago podemos negociarla, pero el gobierno se niega a reconocer el principio constitucional del seis por ciento y cómo llenar la brecha sin afectar sus planes generales”, informó el día doce Ernesto Medina Sandino, quien fungía como presidente del Consejo Nacional de Universidades.

En la Asamblea Nacional, como se ve, el asunto estaba empantanado, dependiendo de las veleidades del gobierno derechista, neoliberal, conservador y proyanqui, y de algunos diputados oportunistas.

Los virtuales enemigos de las universidades estatales creyeron que los estudiantes se iban a cruzar de brazos, apostaron a que son “muchachitos cómodos”, que tal vez nunca oyeron decir nada de sus antecesores cuando luchaban por causas parecidas en 1959 y otras épocas.

La lucha se escaló a niveles singulares, sin embargo, cuando varios centenares de estudiantes en forma espectacular, sorpresiva, desarmados, sólo con el corazón y la osadía por delante, se tomaron las instalaciones del Aeropuerto Sandino, la mañana del 12 de diciembre, un día antes de la bárbara masacre chamorrista, porque las órdenes eran “superiores”, según Caldera Azmitia, el jefe policial.

Luciendo la rapidez juvenil y la audacia propia de los decididos a acometer acciones rayantes en el heroísmo, esos centenares de jóvenes coparon el Aeropuerto Sandino ante la impavidez de numerosos militares, agentes policiales y civiles, algunos de los cuales intentaron disparar sus fusiles, pero fueron hábilmente desarmados por los jóvenes universitarios.

Eran las once de la mañana. Una masa estudiantil sigilosa avanzó rauda desde la Universidad de Agronomía hacia el Aeropuerto Sandino.

Desplazándose como gacelas rápidas y gatos saltarines en techos, los estudiantes coparon en segundos el Aeropuerto Sandino, tanto por debajo como en el segundo piso y la torre de control.

Se produjo una tremenda tensión entre los militares y policías,
que amenazaban con disparar sus fusiles. Uno de esos militares fue desarmado, pues intentó disparar el arma automática, de “balas de alta velocidad” contra los estudiantes.

“Si hay dinero para robar, que haya para estudiar! Seis por ciento ya!”, gritaban los estudiantes dentro del Aeropuerto Sandino, lo cual arrancó nutridos aplausos de centenares de personas que estaban esperando aviones o despedían a familiares en la sala de espera.

Esta reacción de apoyo cerrado entre los visitantes del Aeropuerto Sandino hacia los estudiantes, produjo desconcierto entre militares y policías, pues evidentemente se trata de una causa justa, que arranca admiración y respeto entre la gente más sensata del país.

Los dirigentes estudiantiles de ese momento, Julio Orozco Molinares, Edgard Galo y Carlos Montalván, mientras tanto usaban megáfonos para explicar por qué motivos se estaban tomando el Aeropuerto Sandino, lo cual se resumía en llamar la atención hacia la causa justa del seis por ciento para las universidades estatales.

La tensión aumentó, sin embargo, porque los jóvenes estudiantes hacían explotar pólvora, que podía calentar el ambiente y activar la gasolina de aviones de los alrededores en el Aeropuerto.

Algunos estudiantes fueron encerrados y golpeados ese día en la Torre de Control del Aeropuerto Sandino, lo cual indicaba, al mismo tiempo, un preludio peligroso de lo que ocurriría al siguiente día 13 de diciembre.

Comenzaron las negociaciones para que los estudiantes abandonaran el Aeropuerto Sandino. Ellos mismos sabían que habían conseguido impactar nacional e internacionalmente con la toma del Aeropuerto Sandino.

Al Aeropuerto llegaron representantes del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos, encabezados por su presidenta, Vilma Núñez de Escorcia (entonces defendían causas justas), quienes levantaron un acta sobre el estado en que quedaba la instalación aérea cuatro horas después de la toma y posterior abandono de la misma.

No hubo heridos, sólo golpeados y el susto de que uno de los militares quiso disparar contra la masa estudiantil.

Los estudiantes se fueron a continuar la lucha frente a la Asamblea Nacional y a las propias universidades estatales.

El pantano de intereses de gobernantes incapaces y desleales, y algunos diputados oportunistas mantenían atascado el seis por ciento en la Comisión Económica del Parlamento (de 1990 al 2006), donde han sido fabulosos los negociados en los últimos años.

En el gobierno chamorrista, proyanqui-somocista, y el Parlamento se estaba jugando con fuego.

Se estaba atropellando un derecho constitucional que ponía en pie de lucha a toda una masa estudiantil y a las autoridades universitarias.

Los estudiantes, después de concluido el episodio del Aeropuerto Sandino, continuaron presionando frente al Parlamento, donde ya había un cordón policial impresionante, que había colocado vallas metálicas en todas las entradas, y según se informó en medios periodísticos unos 1,000 policías antimotines custodiaban el Parlamento y la Presidencia, ubicados entonces en el mismo predio de los “Escombros de Managua”.

Por el congelamiento descarado en el Parlamento, los estudiantes anunciaron una nueva marcha hacia la Asamblea Nacional, donde también estaba la Presidencia enfrente.

De allí habían desalojado a los doce huelguistas de hambre, todos estudiantes, porque le daban un espectáculo feo a los “padres y madres de la patria”.

Los estudiantes abandonaron ese sector y se marcharon hacia los recintos universitarios estatales. Para entonces, ya estaban en Managua amplias delegaciones de los centros universitarios de León, Rivas, Estelí, Chinandega, Jinotepe, etc.

El ambiente político pasó tenso esa noche del 12 de diciembre.

Los estudiantes hicieron mítines masivos en los recintos universitarios para explicar lo que había pasado ese día 12 y qué harían el 13 frente al Parlamento o Asamblea Nacional.

La represión gubernamental era ya notoria y desproporcionada, se estaba montando en gran escala.

La oposición obstinada del gobierno chamorrista al seis por ciento, era demasiado ostensible.

El gobierno, en resumen, se mostraba como enemigo de las universidades estatales y sus estudiantes.

El Parlamento y la Presidencia amanecieron acordonados por centenares de policías antimotines ese 13 de diciembre, día de la masacre.

Los estudiantes acudieron temprano a sus centros de estudios superiores, especialmente a las Universidades Centroamericana y de Ingeniería, de donde saldría la marcha estudiantil, según el plan.

“Voy mañana a la marcha. Llevo limones, varios pañuelos y agua, por si los policías antimotines nos atacan con bombas lacrimógenas”, me dijo Santiago Pasos, el 12 en la noche.

Santiago presentía el nivel de represión gubernamental que les esperaba frente al Parlamento, pero no imaginaba la lluvia de disparos con “balas de alta velocidad” contra los estudiantes.

Con pancartas, grandes rótulos con el seis por ciento dibujado en números, algunos portando lanzamorteros caseros, cohetes, megáfonos, mochilas con poquitos de agua dentro, algunos llevando dos, tres, cuatro, cinco córdobas, o nada en los bolsillos, en número de unos quince mil, comenzaron a marchar los estudiantes, encabezados por los rectores universitarios Francisco Guzmán, Ernesto Medina, Arturo Collado y Javier Gorostiaga.

Esa masa estudiantil de 15,000 jóvenes universitarios, salieron un poco después de las nueve de la mañana de los predios exteriores de la Universidad Centroamericana y de la Universidad de Ingeniería.

La nutrídisima marcha salió rumbo al Norte, hacia el Tope de la Loma de Tiscapa; giró a la izquierda, bordeó el Hospital Militar Alejandro Dávila Bolaños, tomó la Avenida Bolívar hacia el Norte, rumbo al Lago de Managua, pasó por el monumento a Simón Bolívar, y finalmente llegó unos minutos antes de la doce del día al llamado semáforo de la Asamblea Nacional, donde los policía antimotines, quizás unos mil en total, tenían “estirado” un “cordón militar” en torno al Parlamento y la Presidencia, con vallas que impedían la entrada.

Al llegar a las cercanías del semáforo mencionado, los estudiantes (hombres y mujeres, todos jóvenes) y autoridades universitarias llegaron frente al Parlamento, donde estaban los “padres” y madres de la Patria”, fueron recibidos con bombas lacrimógenas y “balas de alta velocidad”, disparadas “por órdenes superiores”, según Caldera Azmitia, jefe policial en ese momento, y entonces, la sangre estudiantil, de 35 estudiantes, joven, y de trabajadores universitarios, tiñó el pavimento de rojo oscuro y con esas “balas de alta velocidad” guillotinaron ese mismo día 13 de diciembre, la vida de Ernesto Porfirio Ramos Villareal, quien fue sepultado en medio de grandes movilizaciones de protesta en su Ciudad Natal, Rivas.

Este artículo lo escribí en el año 2005, basado en las publicaciones de periódicos locales y en recuerdos personales, con el fin de que esta otra masacre de los gobiernos derechistas, neoliberales salvajes, conservadores y proyanqui, no quede en la impunidad histórica.

Escrito en 2005

Pablo E. Barreto Pérez: periodista, editor, investigador histórico, fotógrafo, Cronista de la Capital, Orden Independencia Cultural Rubén Darío, Hijo Dilecto de Managua, Orden Servidor de la Comunidad del Movimiento Comunal Nicaragüense, Orden José Benito Escobar Pérez de la Central Sandinista de Trabajadores (CST nacional) y Orden Juan Ramón Avilés de la Alcaldía de Managua.

Residente en la Colonia del Periodista No. 97, frente al portón del parque, en Managua.
Teléfonos: 88466187, 88418126 y 22703077.

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Acerca de Pablo Emilio Barreto Pérez

Pablo Emilio Barreto Pérez es: *Orden Independencia Cultural Rubén Darío, *Orden Servidor de la Comunidad e Hijo Dilecto de Managua.
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