Ruperto “Conejo” Hernández cumple 120 años

En 2006
Ruperto “Conejo” Hernández cumple 120 años

• Reside en Ticuantepe, un Municipio y Ciudad contiguo a Managua, la Capital de Nicaragua

• Llegó a Ticuantepe (“Cerro de las Fieras”), procedente de “La Meseta de los Pueblos Blancos”, cuando este pueblo todavía no se había fundado

• Fue cortador de café, “machetero”, fabricante de cususa y combatiente liberal en la época del patriota Benjamín Zeledón Rodríguez

• Su hija menor tiene 65 años y el mayor sobrepasa los 90 años

• Aclaración indispensable: “Conejo” Hernández López falleció a finales del año 2006. Este reportaje fue realizado cuando él estaba vivo y con motivo de la elaboración de mi libro “Ticuantepe, Suelo siempre Codiciado”

Pablo E. Barreto Pérez

En Nicaragua tenemos un abuelo o tatarabuelo que este año (2006) cumple 120 años, lo cual nos indicaría que es el hombre vivo más viejo del mundo. Se llama Ruperto “Conejo” Hernández López.
Se ha informado que el puertoriqueño Emilio Mercado del Toro tiene, supuestamente, 117 años, es decir, tres años menos que Ruperto “Conejo” Hernández López.

Con su esposa, María Calero Ortíz, procreó 10 hijos, entre otros: Guillermo, quien actualmente tiene 94 años; Petrona, 84 años; Francisco, 79 años; Romelia, 64 años; y los más jóvenes, todavía vivos como él, son: Luz, Lucila, Porfirio y Alejandro.

María Calero Ortíz, su esposa, falleció de 109 años hace 15 años, según informó el mismo Ruperto “Conejo” Hernández López, en su casa en la sede del Municipio de Ticuantepe, situado en un valle del lado Norte de la Cordillera o Las Sierras de Managua, en cuya cúspide de 925 metros de altura, se encuentran varios volcanes, entre otros: el Masaya y Las Nubes.
Sus hijos, familiares y amigos aseguran que “Conejo” Hernández López cuenta con más de 300 nietos, bisniestos, tataranietos y sobrinos.
El promedio de vida en Nicaragua es de 64 años en los hombres y 69 en las mujeres.

Esto indicaría que “Conejo” Hernández López al 2006 tiene 55 años por encima de ese promedio de vida en Nicaragua.

¿Cuál es el secreto para vivir 119 años?

¿Cuál es el secreto de “Conejo” Hernández para haber vivido 120 años? Según el mismo “Conejo” Hernández López: “No hay ningún secreto. Desde siempre traté de comer lo justo, nunca más de la cuenta; tampoco dejaba de comer aunque fuese sólo tortilla con sal en las épocas más difíciles de mi vida, especialmente cuando cortaba café, hace más de 90 años”.

Añade: “Además, siempre dormí lo necesario, jamás anduve “trasnochando” en fiestas interminables, ni en pleitos. Siempre anduve trabajando en el campo en jornales diarios al machete, sembrando frijoles, maíz, trigo, chagüites, cafetos, piñas, y también cazando animales silvestres para comérmelos”.

¡Dejó de trabajar a los 94 años!

Sus hijas e hijos aseguran que tampoco fue mujeriego. Petrona, una de sus hijas, de 84 años actualmente, asegura que “Conejo” Hernández dejó de ir a trabajar en el campo cuando ya tenía 94 años, “pues ya era notorio que no escucha bien, aunque tiene buena la visión, pero los hijos e hijas tomamos la decisión de impedirle que siguiera yendo al campo, a labores de jornalero a sueldo, porque él nunca tuvo propiedades”.

Petrona indica que desde siempre, desde cuando se juntó con María Calero Ortíz, “Conejo” Hernández López llegaba a su casa, al finalizar la quincena o el mes, con el salarito de jornalero y le decía a su esposa: “Aquí está el salario… sólo me quedo con este poquito para echarme un par de tragos”.
Nunca dejaba de trabajar, mucho menos por borrachera, y tampoco se iba de “parranda” a ningún lado. “Conejo” Hernández López asegura que en vez de ir a fiestas alborotadas, llenas de pleitos y borracheras, él prefería quedarse platicando con amigos en el vecindario, cerca de su casa.

Sin embargo, también se cuentan anécdotas históricas de su participación en guerras civiles y en la defensa de la Soberanía Nacional, por ejemplo, respaldando militarmente a Benjamín Zeledón Rodríguez (general y abogado liberal) cuando el gobierno de Estados Unidos agredió el país en 1912, después de derrocar al presidente liberal José Santos Zelaya López, a quien “Conejo” conoció personalmente en aquellos días aciagos para Nicaragua.

“Conejo” Hernández recuerda que estaba muy chavalo cuando le tocó, precisamente, empuñar rifles, fusiles y machetes para detener el avance de la agresión militar norteamericana, en Managua, Masaya y Catarina, tres poblaciones cercanas al sitio en que ya vivía Ruperto “Conejo” Hernández López.

Según datos históricos, investigados y recogidos por este servidor mediante un libro titulado “Ticuantepe, Suelo Siempre Codiciado”, se indica que este pueblo nació tímidamente en 1891, cuando se instalaba un tubo para conducir agua potable del Río Jordán, entre un cañón de Las Sierras de Managua, o de El Crucero, y la Ciudad de Masaya, situada a casi 20 kilómetros al Este de Ticuantepe.

“Conejo” llegó al hoy territorio de Ticuantepe, en compañía de su padre, procedente de la Ciudad de San Marcos, ubicada a unos 25 kilómetros al Suroeste. Tenía “Conejo” 17 años. Asegura que ambos se dedicaban a cortar café en las fincas cafetaleras, situadas en los faldones, cañones y por encima de la Cordillera de Las Sierras. Federico Morris, de origen alemán, era uno de los propietarios de las fincas cafetaleras, y se ha dicho que también Rosario Murillo (“La Garza Morena”, esposa del poeta Rubén Darío) era propietaria de una de esas haciendas cafetaleras.

Compró terrenito cuando tenía 20 años

“Conejo” Hernández relata que producto de sus trabajos como cortador de café, cultivador de maíz, frijoles, trigo, yucas, etc., logró reunir 200 córdobas cuando tenía apenas 20 años y se compró un pedazo de terreno, donde construyó una casita, que es donde viven hoy él, la mayor parte de sus hijos e hijas, nietos, bisnietos y tataranietos. En ese sitio se han construido cuatro casas, todas grandes, aunque con paredes de madera y “minifaldas”, en el casco urbano de Ticuantepe.

Además de trabajar como jornalero en el campo, “Conejo” Hernández López se construyó una carreta, que halaba con bueyes. Según él, con alguna frecuencia viajaba al casco urbano de Managua en carreta, en compañía de su esposa y sus hijos mayores, con el fin de buscar comida en fines de semana, cada quince días o cada mes.

A la carreta le ponían candiles en el yugo de los bueyes. Su hija Petrona recuerda que una vez esta carreta le pasó encima a “Conejo”, en el estómago, pues se cayó del pértigo de la misma, porque acostumbraba engancharse en ese sitio mientras la carreta rodaba por los caminos viejos entre Managua y Ticuantepe.
“Conejo” Hernández López no oye, es necesario gritarle para que entienda lo que uno le dice, y en este sentido juega un papel determinante su nieta Lucía, quien logra comunicarse con él de manera más fluida, sin gritarle.

Entre sus andanzas o hazañas, “Conejo” relata que en tiempo de crisis, hace más de 60 años, se dedicó a fabricar cususa, una especie de licor “hechizo”, hecho de cereales o granos como el maíz.

¿Tenía “pacto” con el diablo?

Por este motivo, en varias ocasiones, fue perseguido por guardias nacionales de la dictadura de la familia Somoza. En una de esas ocasiones, se vio obligado a rodar, para huir, por el barranco vertical en el Cerro Ventarrón, que es parte de la estructura geológica del Volcán Masaya y de las Sierras de Managua.
Como era bueno al machete y a los jornales en general y por la fabricación de la cususa, se llegó a decir que era “brujo” o que tenía “pacto con el diablo”.

Este personaje de 120 años nunca tuvo seguro social porque jamás fue empleado formal, pues a los jornaleros de Nicaragua raramente se les reconoce este derecho vital, para la atención médica y la jubilación. Por estos motivos, “Conejo” Hernández López no es jubilado.

Cualquiera diría que después de vivir 120 años, “Conejo” Hernández López estaría postrado en una cama o silla de ruedas. Sin embargo, es sorprendente llegar a su casa humilde, sencilla y en pobreza, y ver cómo este anciano se levanta a las cinco de la mañana, se baña él solo, se viste solo, se amarra los zapatos, pide su desayuno consistente en huevos fritos, queso, “gallo pinto” (frijoles y arroz revueltos), su tortilla caliente, su vaso de agua y una taza de café negro caliente.

Después de bañarse y desayunar, toma una cuchilla de rasurar y se rasura frente a un espejo que sitúa en el tronco de un árbol. Después, toma los cuchillos de cocina y el machete y los afila en un molejón (piedra) que la familia mantiene permanentemente en un tronco viejo seco, en el patio.

Especialmente Lucía, su nieta, se asegura de que se haya amarrado bien los zapatos, “para que no se caiga”. Lucía se sienta a su lado, ambos en una mecedora cada uno, y le da a conocer las noticias familiares, municipales (si las hay) y nacionales, porque al “Conejo” Hernández le gusta estar informado.

Todos los días visita a sus hijas

Asimismo, Lucía se asegura de que el bastón de “Conejo” esté limpio y a la mano de don Ruperto Hernández López.
Terminada esta rutina, casi ceremoniosa, “Conejo” Hernández sale a la calle principal de la pequeña Ciudad de Ticuantepe, por donde camina ágilmente, apoyado de vez en cuando por su bastón, rumbo adonde sus hijas Petrona y Romelia, a quienes visita todos los días, con el fin de “dar una platicadita con ellas”.

Ambas viven a pocas cuadras, cerca de la Iglesia y de la Alcaldía de Ticuantepe, donde funcionarios, concejales y el Alcalde viven pendientes de la vida de “Conejo” Hernández López. Con frecuencia lo invitan a actividades oficiales, porque está convertido en orgullo y personaje popular principal del Municipio.

“Conejo” Hernández López regresa entre la una y una y media de la tarde a su casa. Juega con nietos y bisnietos, y en la noche come o cena muy poco, para no causarse molestias en el estómago, señala Lucía, su nieta preferida.

La noticia de que es, seguramente, el ciudadano más antiguo de Nicaragua, y es posible que del mundo entero, ya atrapa la atención de los ciudadanos de Ticuantepe y de otras partes del país.
Según Lucía, en una ocasión, hace tan sólo tres años, encontró subido a “Conejo” Hernández López en el tronco de uno de los árboles de la casa. Se subió a cortarle una rama al árbol y después no se podía bajar. Fue necesario colocar una escalera y ayudarlo a que se bajara de una altura que no sobrepasaba los tres metros de altura.
A toda la familia de don Ruperto Hernández López se la conoce en Ticuantepe con el sobrenombre de “Conejos” y “Conejas”. Entre ellos (y ellas) hay profesionales, técnicos, obreros y jornaleros del campo, como fue “Conejo” desde adolescente hasta los 94 años.

Managua, 13 de agosto del 2006.

Nota: Este escrito lo revisé una vez en agosto del 2006. “Conejo” Hernández todavía estaba vivo. Falleció a finales de ese año 2006. Fue sepultado en el Cementerio de Ticuantepe. El Municipio o Alcaldía de Ticuantepe le hizo numerosos homenajes oficiales, mientras el gobierno central, presidido entonces por Enrique Bolaños Geyer, no le hizo ni un solo saludo. Esta Historia del “Conejo” Hernández se publicó en mi libro “Ticuantepe o Cerro de las Fieras, Suelo siempre codiciado”.

Pablo E. Barreto Pérez: periodista, editor, investigador histórico, Cronista de la Capital, fotógrafo, Orden Independencia Cultural Rubén Darío, Hijo Dilecto de Managua, Orden Servidor de la Comunidad del Movimiento Comunal Nicaragüense, Orden José Benito Escobar Pérez de la Central Sandinista de Trabajadores (CST nacional) y Orden Juan Ramón Avilés de la Alcaldía de Managua.

Residente en la Colonia del Periodista No. 97, frente al portón principal del parque, en Managua. Teléfonos: 88418126, 88466187 y 22703077.

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Acerca de Pablo Emilio Barreto Pérez

Pablo Emilio Barreto Pérez es: *Orden Independencia Cultural Rubén Darío, *Orden Servidor de la Comunidad e Hijo Dilecto de Managua.
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