Rigoberto López Pérez: ajusticiador de Anastasio Somoza García y Secreto familiar peligroso

ANASTASIO SOMOZA GARCÍA AJUSTICIADO EN 1956

Rigoberto López Pérez: Secreto familiar peligroso

Octavio Barreto Centeno (mi padre, ya fallecido), Julio “Julión” Barreto Fernández (primohermano) y la tía Delia Barreto Centeno, me revelaron hace apenas dos años (1996) que Rigoberto López Pérez, el célebre ajusticiador del fundador de la tiranía sanguinaria del somocismo genocida, era hijo de Julio Barreto Fonseca, conocido médico de León, hermano de Domingo Barreto Fonseca, mi abuelo.

Pablo E. Barreto Pérez

¿Cómo?, pregunté sorprendido. “Sí, Rigoberto López Pérez era hijo de mi padre Julio Barreto Fonseca, el médico famoso de León, también mujeriego como el viejo Domingo Barreto Fonseca”, añade “Julión” Barreto Fernández.
“Rigoberto López Pérez era uno de los 32 hijos que dejó regados mi padre en numerosos sitios de León, sólo reconoció a cuatro o cinco de nosotros”, indica “Julión” Barreto Fernández, quien tiene ubicada su residencia ahora en Honduras.´

Ambos, Domingo y Julio, tenían fama de mujeriegos, pero, además, eran famosos porque negaban a sus hijos, a los cuales casi nunca les dieron nada, incluido mi padre Octavio Barreto Centeno, quien logró “colarse” como mozo (peón) en una de las fincas de mi abuelo, que entonces se llamaba “La Lanceña”, ubicada en El Tololar, a pocos kilómetros al Noreste de la Ciudad de León.
Julio Barreto Fonseca, el médico, siempre tuvo una clínica o consultorio de la Iglesia de San Juan dos cuadras al Sur y media al Este, adonde mi madre (Rosa Pérez Juárez) llegó dos veces, según me cuenta ahora, a solicitar empleo como trabajadora doméstica.

Rigoberto López Pérez

“No hay”, le dijo el elegante médico, vestido impecablemente de blanco. Julio Barreto Fonseca también hacía labores de médico en el famoso Hospital San Vicente de León, el más antiguo centro asistencial de esta “Ciudad Metropolitana”, donde mi madre, Rosa Pérez Juárez, lo conoció cuando me parió a finales de agosto de 1947.

A pocas cuadras de su clínica había una panadería que se llamada “León Dorado”, propiedad de Terencio Barreto Fonseca, hermano de estos dos personajes mencionados.
Muy cerca de esa clínica, en el Barrio El Calvario de León vivía doña Soledad López Pérez, la madre de Rigoberto, quien era el hijo mayor de Soledad “Shola” López Pérez.
Doña Soledad era propietaria de una pulpería fuerte, donde se vendían granos básicos, pan, jabón, caramelos, aceite, todo lo que se debe vender en un negocio pequeño de este tipo.
Además, Doña “Shola” (así le decían) era famosa por sus dones altruísticos o generosos o solidarios, pues era bien sabido en los vecindarios aledaños que ella ayudaba a enfermos pobres y aportaba dinero para la vela y la caja mortuoria, cuando alguien se moría en El Calvario o San Juan, donde tenía su clínica el doctor Julio Barreto Fonseca.
Doña “Shola” era casada con un hombre de apellido Meléndez, padre de Efraim, Salvador y Margarita, hermanos menores de Rigoberto López Pérez.
Era, al mismo tiempo, un secreto a voces, que antes del matrimonio de Doña “Shola” con Meléndez, Soledad había sostenido un idilio con Julio Barreto Fonseca, del cual nació Rigoberto López Pérez, pero ninguno de los dos quiso hablar nunca del asunto.
“El padre de Rigoberto murió”, era la única explicación que daba Doña “Shola”. Rigoberto, poeta, periodista, mecanógrafo y trabajador de la salud en El Salvador, por su parte, se firmaba simplemente: Rigoberto López Pérez.

“Doña Shola era muy generosa, pero a la vez tenía un carácter fuerte. Sobre estos asuntos no decía nada, pero era notorio que ella tenía algunas preferencias o deferencias especiales con algunos de los hijos “legítimos” de mi padre, entre ellos yo, pues cuando llegaba a la pulpería, me daba de comer, me regalaba golosinas, preguntaba por el doctor Julio Barreto y mandaba saludes a mis otros hermanos”, revela “Julión” Barreto Fernández.

Octavio Barreto Centeno confirma versión de “Julión”

Octavio Barreto Centeno (mi padre) secunda estas afirmaciones de “Julión”. “De todos nosotros, los hijos del médico Julio Barreto Fonseca y de Doña “Shola”, la que estaba plenamente informada de este secreto era Fidelina Barreto Fernández, quien lo sabía con seguridad, pero lo guardaba celosamente por temor de que la Guardia Nacional nos mandara a matar a todos”, dice “Julión” Barreto Fernández.

“Entre algunos de nosotros, los hijos de Julio Barreto Fonseca y Domingo Barreto Fonseca, sabíamos del secreto de que Rigoberto López Pérez era hijo de Julio Barreto, del médico, pero ninguno comentaba en público este “secreto a voces” por temor a que la guardia y los somocistas de León nos mandaran a matar. Acordate que todos nosotros, los hijos de Julio y Domingo, vivíamos en Barrios y Comarcas de León, en prácticas agrícolas”, me dijo Octavio Barreto Centeno, mi padre, cuando lo entrevistaba en 1997 sobre otro personaje: Francisco “Pancho Ñato” Juárez Mendoza, quien era “hijo no reconocido de Domingo Barreto Fonseca”, y que un poco antes, de 1948 a 1952, se enfrentó exitosamente a tiros contra guardias nacionales somocistas en comunidades de León, entre otras: San Jacinto, El Tololar, Telica, Malpaisillo, El Terrero, La Cruz, El Apante, Los Pocitos, Palo de Lapa, etc.

“Varios de nosotros los Barreto sabíamos que Rigoberto era hijo de Julio, mi tío, el médico. Sí, teníamos conocimiento, pero no comentábamos nada en público por temor a la guardia. Vos sabés cómo eran de criminales esos guardias somocistas”, añadió Octavio Barreto Centeno cuando lo entrevistaba sobre “Pancho Ñato” Juárez Mendoza, su “hermano de padre no reconocido”.

“Ideay…igual pasó con “Pancho Ñato” Juárez Mendoza. Nosotros sabíamos que era hijo de mi papá Domingo Barreto Fonseca. En este caso era menos el rechazo, porque “Pancho Ñato” Juárez Mendoza llegaba de vez en cuando donde mi Tata Domingo, quien lo protegía y en “secreto” le daba dinero y apoyo, porque “Pancho Ñato” también fue perseguido por la guardia”, me expresó Octavio Barreto Centeno.

¿Apreciación equivocada?

“Pienso ahora que Fidelina Barreto Fernández, mi hermana, estaba un poco equivocada en su apreciación de que entre los representantes de Somoza García y Somoza Debayle no lo sabían, pues una “oreja” de León, llamada Erlinda Maradiaga, siempre sostuvo que Rigoberto era hijo de Julio Barreto Fonseca.
“Las facciones físicas de Rigoberto López Pérez son similares a las del viejo Julio Barreto”, afirmaba siempre la “oreja” Erlinda Maradiaga, según recuerda “Julión” Barreto Fernández.
Margarita Meléndez López, la hermana menor de Rigoberto, hija de Doña “Shola”, asegura también que un día Fidelina Barreto Fernández le sugirió, sin revelarle plenamente el secreto, que Rigoberto era hijo de Julio Barreto Fonseca.
Por todo lo que ya se maneja entre algunos miembros de ambas familias, Margarita se convence cada vez más de que Rigoberto era hijo del viejo Julio Barreto Fonseca, fallecido en 1982, tres años después del Triunfo de la Revolución Popular Sandinista y dos años después de que Anastasio Somoza Debayle fuese ajusticiado en Asunción, Paraguay.
Quizás una de las razones por las cuales tampoco se revelaba ese secreto es porque el viejo Julio Barreto Fonseca, se afirma, era liberal, aunque no somocista, mientras Domingo Barreto Fonseca (mi abuelo) decía ser “apolítico”.
Margarita me dijo hace poco tiempo que le llamó la atención una reacción airada de “la tía” Fidelina Barreto Fernández cuando después del triunfo de la Revolución Sandinista, apareció un hombre, ya muy entrado en canas, afirmando que era el padre de Rigoberto López Pérez”.

Este hombre tenía por apellido Pérez y le sacó provecho, especialmente, al comandante Tomás Borge Martínez, uno de los más generosos dirigentes de la Revolución, asegura Margarita Meléndez López.
“Ese hijo de p…es un impostor. El padre de Rigoberto es Barreto, mi padre”, habría dicho Fidelina Barreto Fernández, pero no quiso ampliar a fondo el asunto con Margarita, hermana menor de Rigoberto.
Margarita comprende hasta ahora por qué motivos en algunos círculos se decía que Rigoberto tenía algún parecido físico con el viejo Julio Barreto Fonseca, quien llegó a ser uno de los médicos más prestigiosos de León.

“Si vos te fijás con detenimiento, Rigoberto tenía mucho parecido con Julio Barreto Fonseca, mi padre”, comenta “Julión” Barreto Fernández, para reafirmar el asunto.

¿Impostores? ¿Con qué intereses?

“Mi hermano Salvador y yo tampoco aceptamos nunca que algunos impostores aparecieran diciendo que “soy el padre de Rigoberto. ¿Por qué no lo dijeron cuando fuimos perseguidos, torturados y sitiados por la guardia somocista?”, pregunta Margarita.
A Margarita no se le han olvidado las imágenes de terror desatadas contra su madre, su hermano Salvador y ella misma aquella noche del 21 de septiembre de 1956, noche en que Rigoberto ajustició al asesino mayor, al fundador de “La Estirpe Sangrienta”, al jefe de la maquinaria de masacradores genocidas: Anastasio Somoza García, quien desde joven se inició como falsificador de billetes y ladrón en San Marcos, Carazo; y después se alió con el gobierno genocida de Estados Unidos para matar al General Sandino y crear la Guardia Nacional o ejército interventor permanente del gobierno norteamericano en Nicaragua hasta el 19 de julio de 1979.
Rigoberto, de oficios mecanógrafo, sastre, periodista y poeta leonés, de 33 años, no había mostrado ningún cambio en su conducta, ni externado planes políticos, mucho menos que dijera que esa noche del 21 de septiembre de 1956 ejecutaría el acto de justicia popular más excepcional de la Historia de Nicaragua.
No se pudo bachillerar por la pobreza de su madre, pero vivía leyendo intensamente en la soledad de su casa y en círculos de amigos de la Ciudad Metropolitana o León.
Su diploma de mecanógrafo donde Silviano Matamoros, lo sacó en un año, en vez de los dos años estipulados en el curso. Su nivel de inteligencia era también excepcional.
La lectura escogida y sistemática lo hizo capaz de escribir para los periódicos leoneses El Cronista y El Centroamericano, de donde lo despidieron en 1950.
Este desempleo lo obligó a emigrar a El Salvador, donde consiguió trabajo como empleado de salud. Sus hermanos menores no sabían dónde vivía en El Salvador.

Rigoberto preocupado por opresión tiránica

En los días anteriores a la ejecución del tirano, Rigoberto se mostró tranquilo. No se le vio armado, ni se le oyó hablar de nada anormal, asegura su hermana Margarita.
Mediante su trabajo como periodista en El Centroamericano y El Cronista de León, Rigoberto mostró sus sufrimientos personales por los pobres de León, donde los latifundistas algodoneros, incluidos los Somoza, explotaban salvajemente a más de 300 mil obreros agrícolas e intoxicaban las tierras y aguas con plaguicidas, los cuales, al mismo tiempo, mataban animales y seres humanos.
En sus poemas dejó traslucir cómo sufría por los pobres en aquellos días de orfandad revolucionaria después del vil asesinato de Sandino, de la desarticulación mortal del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional y el exterminio masivo de los combatientes que habían acompañado en las jornadas heroicas antiintervencionistas y antiimperialistas al General de Hombres Libres, Augusto C. Sandino.
Esos vientos de rebeldía de Sandino y del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional contra los invasores yanquis, me imagino motivaron de manera profunda a numerosos personajes que surgieron en León, entre otros, los que acompañaron a Rigoberto y otro campesino llamado Juan Santos Urbina, defensor de pobres, que fue asesinado por Obando “Pipilacha”, uno de los asesinos de la tiranía somocista en León.

Convencido personalmente de que va a jugar un papel decisivo para comenzar “el principio del fin de la tiranía”, Rigoberto anda conspirando contra la dictadura y su jefe el tirano Anastasio Somoza García, pero en su casa nadie sabe nada.
Además, durante seis años había trabajado en la “sanidad” de El Salvador, país que le servía, en esos días, de medio de empleo y exilio por el terror que imponía Somoza García, su pacotilla de guardias genocidas y los latifundistas algodoneros, que eran respaldados abiertamente por el aparato criminal del somocismo y de los gobernantes norteamericanos.

Rigoberto trabajaba sigilosamente, con un grupo de conspiradores, en el más estricto secreto, en su proyecto de ajusticiar al tirano Anastasio Somoza García, para iniciar lo que él mismo llamó “he decidido ser yo el que inicie el principio del fin de esa tiranía”.

Sin fanfarronadas, sin hacerse el Héroe, ni el Mesías, simplemente considerando un deber ineludible de patriota revolucionario, Rigoberto ya tenía tomada la decisión histórica del ajusticiamiento cuando ingresó al país de vacaciones, aprovechando las fiestas patrias centroamericanas, aquel septiembre de 1956.

Rigoberto andaba tranquilo ese 21

De su acción heroica puedo interpretar que Rigoberto López Pérez tomó absolutamente en serio el asunto de ajusticiar a Somoza García, sin pretensiones suicidas, y creo que fue más a fondo que todos los otros implicados en la conspiración histórica-revolucionaria.
Igual que en otras ocasiones, producto de las ganancias de su trabajo “en la sanidad de El Salvador”, Rigoberto trajo consigo ropa, zapatos, golosinas y otros regalitos para sus hermanos y su madre, Doña “Shola” López Pérez, pero a nadie le comentó absolutamente nada sobre sus planes de ajusticiar al fundador del aparato genocida de los yanquis en Nicaragua.
A Nicaragua, Rigoberto venía cada seis meses, particularmente en diciembre, y siempre traía esos regalos cariñosos para sus hermanos y su madre. Esta vez, había llegado a León, aprovechando las fiestas patrias de septiembre.
El propio día 21 de septiembre de 1956 estuvo, como siempre, tranquilo, conversó con su madre y sus hermanos menores en la casa, hoy convertida en monumento histórico sandinista de León.
Almorzó, se vistió de riguroso azul y blanco y ya bastante tarde le dijo a su madre, Doña “Shola”, que iría a Managua a arreglar unos papeles personales, de orden migratorio, debido a que pronto, supuestamente, debía regresar una vez más a El Salvador.

Como siempre, se despidió cariñosamente de su madre. Se ajustó la camisa, ante la mirada escrutadora de sus hermanos y su madre, traspuso la puerta de salida a la calle y deslizó sus pies hacia la calle polvorienta de El Calvario, mientras se le notaba pensativo.

Se detuvo en la calle, donde unos niños jugaban béisbol y por un buen rato estuvo haciendo de “juez”, lo cual acostumbraba frecuentemente desde cuando era periodista en El Centroamericano y El Cronista, relata Margarita, su hermana menor.

“Me voy, tengo que irme, voy a hacer un “volado”, les dijo Rigoberto a los chavalos jugadores de béisbol, ya avanzada la tarde. Esta palabra “volado” es común en El Salvador, pues los salvadoreños la usan mucho cuando desean expresar que van a hacer, como decimos nosotros, “un mandado”, “un trabajo importante”.

Cuando la tarde avanzaba hacia la noche, su hermano Salvador Meléndez lo vio en el Estadio y se acercó a Rigoberto para pedirle que le regalara un helado, pero el Héroe le pidió que se fuera, no le dio nada. “Andate de aquí”, le dijo.
“No quería que nos vieran junto a él, quizás para no involucrarnos en su plan de ajusticiar a Somoza García”, analiza Margarita.

El jefe de los genocidas, el jefe de la pandilla que asesinó al General Sandino, mientras tanto, festejaba en el Club Social de León su “nominación” como candidato presidencial, lo cual era, en realidad, una nueva imposición armada, un nuevo asalto gansteril contra la nación, contra la patria de Sandino, Rubén Darío y Tino López Guerra.

Los amigos del plan secreto de Rigoberto al mismo tiempo, ponían en práctica lo acordado, que serviría de colchón para que Rigoberto ajusticiara al tirano con un revólver calibre 38.
Según los que conocieron a Rigoberto, este patriota excepcional era sereno como una roca, calculador de precisión matemática en lo que andaba haciendo.

Había seguido a Somoza García en varios sitios, sin que hasta ese momento hallase la oportunidad de ejecutar su trascendental acto justiciero de trascendencia histórica especial.

Se informó que, inclusive, Rigoberto siguió a Somoza García hasta Tipitapa, cuando el tirano llegó a ese sitio a colocar “la primera piedra para construir la Cárcel Modelo de Tipitapa”, donde después estarían presos dirigentes revolucionarios como Tomás Borge Martínez, Daniel Ortega Saavedra, Lenín Cerna Juárez, Jacinto Suárez Espinoza, entre otros.

Se sabía que Somoza García estaba en el Club Social de León, con “la crema y nata de la sociedad burguesa” y políticos rastreros de la Ciudad Universitaria.

Por compromiso populista, el tirano decidió ir un rato a la “Casa del Obrero”, donde sindicatos afines a la tiranía le rendirían homenaje por su “candidatura presidencial”, proclamada ese mismo día durante una “Gran Convención del Partido Liberal Nacionalista”, el partido militarizado de la dictadura somocista, de la Guardia Nacional genocida y de los yanquis, también genocidas..

Rigoberto ya estaba allí, vestido como cualquier paisano, mientras el revólver calibre 38 le era pasado secretamente por una amiga, que había logrado introducirlo escondido. Vestía de azul y blanco, como el pabellón patrio, el que siempre mantuvieron manchado de sangre los criminales somocistas desde 1934 hasta 1979.

“…El principio del fin de esa tiranía”

Se afirma que hacía mucho tiempo había tomado la decisión de lo que él mismo llamó: “He decidido, aunque mis compañeros no querían aceptarlo, ser yo el que inicie el principio del fin de esa tiranía. Si Dios quiere que perezca en mi intento, no quiero que se culpe a nadie absolutamente, pues todo ha sido decisión mía”.

Rigoberto se había convencido de que era la única manera de iniciar “el principio del fin de esa tiranía”, especialmente al revisar cómo asesinaron vilmente a Sandino y a todos los que andaban con él, más el fracaso de más de 33 movimientos conspirativos ahogados en sangre por Anastasio Somoza García y la Guardia Nacional, de 1934 a esa fecha de 1956, incluyendo los llamados “Sucesos de Abril de 1954”.

El tirano llegó a la Casa del Obrero después de las ocho de la noche. Con su actitud y cinismo criminal, Somoza García andaba repartiendo sonrisas y abrazos hipócritas dentro de aquella Casa o Club de Obreros, situada en el Oeste de la ciudad de León.
La casa fue invadida por centenares de guardias criminales, agentes de la Oficina de Seguridad (de los Somoza), “orejas”, “jueces de mesta” y demás fauna de asesinos que le custodiaban. Rigoberto se siguió mostrando tranquilo, mientras el genocida bailaba dentro de la Casa del Obrero.

De pronto, se dijo que el fundador de “La Estirpe Sangrienta” ya se iba. Esto, de alguna manera, terminaba con los planes de Rigoberto, pues un grupo estaba listo para apagar las luces en las calles, a una hora determinada, desde la Planta Eléctrica.

Con la decisión histórica ya echada sobre sus hombros del tamaño de la patria, Rigoberto ajustó inmediatamente su máxima decisión al momento imprevisto, con ese valor que sólo tienen los Héroes latinoamericanos del tamaño de Simón Bolívar, San Martín, Sucre, José Martí, Céspedes, Sandino, Farabundo Martí, Ernesto “Che”Guevara, Fidel Castro Ruz, Emiliano Zapata o Pancho Villa.

Antes que se le fuera de las manos, con plena iluminación mental, Rigoberto se acercó lo más que pudo donde estaba el asesino de Sandino y de los miembros del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional, desenfundó el revólver calibre 38 y comenzó a dispararlo certeramente al pecho del jefe de “La Estirpe Sangrienta”: Anastasio Somoza García.

Ejecución justiciera ante asombro de sicarios

Aquel acto justiciero espectacular ocurría ante el asombro de no menos de un centenar de asesinos que cuidaban al genocida mayor, al que ya en ese momento había matado a decenas de miles de nicaragüenses por oponerse, precisamente, a la tiranía sangrienta, jefeada por él y sostenida con dinero, armamentos y asesoría directa por el gobierno criminal de Estados Unidos de América.
Un diluvio de balas impactaron sobre la humanidad de Rigoberto López Pérez, quien a pesar de estar ya herido de muerte, en fracciones de segundos se tiró al suelo y desde abajo siguió disparando a la ingle del masacrador de Sandino y de los hombres del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional en Las Segovias.

El jefe de “La Estirpe Sangrienta”, Somoza García,  cayó al piso de la Casa del Obrero, herido de muerte, mientras los sicarios somocistas seguían disparando centenares de tiros contra la humanidad de Rigoberto, cuyo cadáver, también fue desaparecido, como había hecho el mismo tirano con el cuerpo asesinado de Sandino el 21 de febrero de 1934.

El cadáver pasconeado de Rigoberto fue arrastrado dentro y fuera de la casa.
La sangre generosa, patriótica, heroica y fértil de Rigoberto López Pérez salpicó de heroísmo libertario a toda la nación, reincendió la chispa revolucionaria que ya había avivado Sandino con su Ejército Defensor de la Soberanía Nacional y acabó con el mito de la invencibilidad del tirano y de la tiranía genocida del somocismo, una de las dictaduras militares genocidas organizadas por el gobierno criminal de Estados Unidos en América Latina.

Luis y “Tacho” convirtieron país en cárcel

El país entero fue convertido, inmediatamente, en una inmensa cárcel por los dos genocidas, Luis y Anastasio, hijos “herederos” del tirano cruel y perverso. Echaron presos a más de 3,000 ciudadanos, a los cuales convirtieron en “sospechosos” del ajusticiamiento, pero en realidad con ello continuaban imponiendo el terror en el país.

Y también el país entero fue la sepultura de Rigoberto López Pérez.

Ya tenían prisioneros al también periodista leonés Armando Zelaya Castro, a Emilio Montes Rodríguez, al comandante Tomás Borge Martínez y otros opositores conocidos de la Ciudad de León o Metropolitana.  También hicieron prisionero a Carlos Fonseca Amador, entonces estudiante de Derecho en la UNAN de León.
Zelaya Castro conocía a Rigoberto, porque una hermana suya “jalaba” con el poeta ajusticiador. Zelaya le confirmó a Doña Shola que Rigoberto había ajusticiado a Somoza García.
Aquel ambiente de represión brutal masiva, era realmente tenebroso.
Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, Enoc Aguado y Enrique Lacayo Farfán (conservadores opositores los tres) se contaban entre los prisioneros inocentes de esa noche.

Para los herederos del asesino Somoza García, Luis y Anastasio Somoza Debayle, Doña Shola y sus hijos Salvador y Margarita no podían quedar fuera de la inmensa redada criminal, a pesar de que Rigoberto dejaba claro que aquella decisión de ajusticiar al asesino mayor era una determinación muy personal suya, pero de enorme contenido histórico y de vindicta popular.
El ajusticiamiento fue un poco después de las diez de la noche y una hora después, las puertas de la casa de Doña Shola López Pérez, que era la misma de Rigoberto en El Calvario, estaban siendo derrumbadas a patadas por los guardias genocidas y los “orejas” de la Oficina de Seguridad de la dictadura.

¿Qué pasa? ¿Por qué tanta vulgaridad al golpear la puerta?, interrogó desde adentro Doña Shola. Salvador se disponía a abrir la puerta, pero Soledad, que conocía bien a los guardias, se adelantó y le dijo: “Yo abro, hijo”.
¿Qué pasa?, volvió a preguntar Doña Shola. Los guardias le dijeron que “Rigoberto mató al presidente”.

“Imposible. Rigoberto anda en Managua. Se fue a arreglar unos papeles personales”, respondió doña Shola, entre sorprendida y nerviosa.

Soledad “Shola” y sus dos hijos fueron sacados a empujones de la casa, la cual fue abierta y saqueada totalmente por los guardias genocidas somocistas.
Ese era el estilo genocida: matar y robar todo a las víctimas, hasta las gallinas, los huevos, los cerdos y matarles a sus perros también.

Doña “Shola” y sus hijos en ergástulas somocistas

Doña Shola y sus dos hijos fueron llevados a un jeeps patrulla de la Guardia Nacional. Los dos Somoza Debayle (Luis y Anastasio), “herederos”, aprovecharon la oportunidad para demostrar a balazo limpio, con más asesinatos y encarcelamientos masivos, que “los nuevos amos del país”, eran ellos.

Doña Shola y sus dos hijos fueron llevados, inicialmente, a las cárceles de El Hormiguero, en Managua, donde se encontraron a centenares de presos por la misma causa.

Doña Shola fue llevada varias veces a las ergástulas de la Oficina de Seguridad somocista, entonces conocida como “Las cárceles de la Loma de Tiscapa”, donde estaba la cueva principal de los feroces asesinos de “La Estirpe Sangrienta”.

Empezaron las interrogaciones y torturas. Doña Shola regresaba bañada en sudor a El Hormiguero, recuerda Margarita. Sus hijos le preguntaban por los interrogatorios, pero no respondía nada, igual que con el secreto sobre la paternidad de Rigoberto.

Finalmente, Doña Shola y sus dos hijos fueron conducidos a las Cárceles de La Aviación, donde vieron a Edwin Castro Wasmer, Cornelio Silva y Ausberto Narváez, a los cuales la dictadura los había implicado en el ajusticiamiento de Somoza.

Los tres fueron asesinados posteriormente en la misma cárcel mediante la “ley fuga”, que en realidad era como la aplicación de la “pena de muerte” sin que esto tuviera respaldo legal ni mediara sentencia judicial alguna. “Intentó fugarse”, era la explicación que daban los Somoza Debayle y su guardia de asesinos después de aplicada la “ley fuga”. En realidad, obligaban a los presos a correrse y les disparaban balas de fusiles garand, M-16 u otras armas de reglamento de la guardia genocida somocista.

Doña Shola, Salvador y Margarita fueron puestos en libertad el diez de noviembre del mismo año 1956.
Continuaban el “Estado de Sitio” y la represión generalizada, impuesto también por los dos Somoza Debayle Luis Anastasio y Anastasio, lo cual duró casi dos años.

Casa saqueada por guardias genocidas

Como pudieron, al raid, volvieron a León. Al llegar a la casa en que había vivido toda su corta existencia Rigoberto López Pérez, encontraron que los guardias genocidas se habían robado todo: los granos básicos, el dinero, los muebles, la ropa y también habían semidestruido la vivienda, la cual continuaba rodeada por “orejas” y criminales del comando GN de León.

Especialmente para Margarita, de apenas quince años, aquello era espeluznante.
Doña Shola era mujer probada. No renegó de su hijo en las cárceles de la Oficina de Seguridad somocista y no tenía por qué hacerlo ahora.

Además, a pesar del “estado de sitio” y de estar sitiada su casa por guardias y “orejas”, una multitud de vecinos la esperaban con manifestaciones de solidaridad, lo cual era como la cosecha de lo que ella había hecho por centenares de personas en los Barrios de El Calvario y San Juan.

No tenían nada. Ni dinero, ni ropa, ni comida, ni muebles, ni platos, ni vasos, pero aquellos vecinos, venciendo el miedo a la represión, se acercaron con ropita, frijoles, trastos de cocina y sillas para que se sentaran.

Se afirma ahora que hasta el viejo Julio Barreto Fonseca mandó algunos muebles a Doña Shola López Pérez.

El sitio criminal a la casa continuó por un año. Aquel negocio o pulpería de Doña Shola ya no volvió a ser el mismo, pero como pudo lo reactivó y puso a estudiar a Salvador y a Margarita.

Una tragedia más la envolvería en esos días. Su hijo Efraim estaba en México cuando los sucesos del ajusticiamiento del tirano Anastasio Somoza García.
Nunca más volvieron a saber de Efraim. No supieron jamás qué pasó con él. No hubo comunicación por carta, teléfono, nada, según Margarita.

Doña Shola falleció en febrero de 1970. Nunca quiso hablar del padre de Rigoberto López Pérez, uno de los hijos dilectos de la Patria rojinegra de Sandino y del Frente Sandinista de Liberación Nacional; por el contrario repetía: “El padre de Rigoberto, murió”.

Salvador Meléndez López fue Alcalde de León por un tiempo en la época de la Revolución Sandinista, mientras Margarita también desempeñó algunas funciones públicas municipales leonesas.
En febrero de 1997 (cuando hice esta investigación histórica), ambos estaban desempleados. Salvador andaba vendiendo gaseosas. Margarita vendía mangos y cualquier otra cosa en la casa en que vivió Rigoberto López Pérez.

Este artículo fue escrito en marzo de 1997, en Managua, después de leer documentación en León y una entrevista que le hice a Margarita Meléndez López en la casa en que vivió Rigoberto López Pérez, y conversaciones con mi padre Octavio Barreto Centeno, Julio “Julión” Barreto Fernández y Teodolinda Barreto.

La casa en que vivió Rigoberto López Pérez fue declarada patrimonio histórico de León.

Pablo E. Barreto Pérez: periodista, editor, investigador histórico, fotógrafo, Cronista de la Capital, Orden Independencia Cultural Rubén Darío, Hijo Dilecto de Managua, Orden Servidor de la Comunidad del Movimiento Comunal Nicaragüense, Orden José Benito Escobar Pérez de la Central Sandinista de Trabajadores (CST nacional), Orden Juan Ramón Avilés de la Alcaldía de Managua. Teléfonos: 88466187 y 22703077.

Residente en la Colonia del Periodis4a No. 97, frente al portón del Parque, Managua.

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Acerca de Pablo Emilio Barreto Pérez

Pablo Emilio Barreto Pérez es: *Orden Independencia Cultural Rubén Darío, *Orden Servidor de la Comunidad e Hijo Dilecto de Managua.
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2 respuestas a Rigoberto López Pérez: ajusticiador de Anastasio Somoza García y Secreto familiar peligroso

  1. juan moncada dijo:

    Grasias por compartir esa historia que les pertenece y le pertenece al verdadero pueblo de nicaragua….Grasias..
    Podria tomar algunos datos historicos de su redaccion? Estoy construyendo un libro sobre la biografia de mi familia en wiwili,seria un honor poder anexar algunas lineas de su biografia?…atte juan..E-MAIL: juanmonc7@hotmail.com

  2. Saul Betanco Osorio dijo:

    Soy un hondureno de San Pedro Sula, lector de la biografia del heroe que acabo con
    ese tirano. Si usted, Don Pablo, me pudiera obsequiar un libro sobre el heroe, se lo
    agradeceria mucho.

    Colonia Felipe Zelaya, Bloque 2, Casa 13, San Pedro Sula, Honduras.
    Teléfonos: 2555-1945, 2555-2896, Movil: 9748-8773.

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