Criminales sin Castigo, Criminales sin Castigo

Criminales sin Castigo

Pablo Emilio Barreto P.

Primera Parte

Me conducían metido en una alforja, amarrado a las coyundas de la albarda, al trote forzado de una mula, rumbo a los entonces misteriosos y legendarios Hervideros de San Jacinto, mientras el Volcán Cerro Negro vomitaba kilométricas lenguas rojas brillantes de fuego, que aterraban a finqueros y pobladores nerviosos  en zonas urbanas y rurales leonesas, en un mes no precisado de l950.

Los retumbos aterradores y las explosiones relampagueantes del Cerro Negro sacudían el aire enrarecido del medio ambiente. La lava ardiente, con sus dos mil grados rojizos resbalándose por la boca cratérica infernal, como ríos de fuego en distintas direcciones, encendía una gigantesca hoguera encumbrada hacia el cielo, que iluminaba unos 2O kilómetros a la redonda.

Tenía yo apenas un año de nacido, según mi madre Rosa Pérez Juárez.

 El pánico contagioso llenó de histeria colectiva a campesinos y finqueros del Tololar, Pocitos, Lechecuagos, Urroces, Palo de Lapa, Hatillo, Zanjón de Santo Cristo, Rota  y Peineta, comunidades periféricas del Suroeste y Oeste del Cerro Negro, fundadas

supuestamente unos 35 años antes de esta aterrorizante erupción del coloso más chaparro de la familia de la Cordillera Volcánica Maribia, con calderas largas como inmensos surcos subterráneos de fuego de la falla peligrosa de los Maribios

Era la octava erupción del Cerro Negro, diminuto en el horizonte, negro azulado como los pijules, parecido a una casa de campaña oscura, extendida entre matorrales y una sábana de

puntiagudas piedras malpai, ubicado al Este de León, donde parecía brotar con fuego divino intenso de miles de grados centígrados las presiones colosales de las placas tectónicas de

los Cocos y Caribe, que se manifiestan en el infierno terrestre desde el mítico y violentísimo Cosigüina, vigía eterno del Golfo de Fonseca o Chorotega, hasta el Volcán Concepción en la Isla de Ometepe, refugio centenario de nuestros gloriosos indígenas antepasados.

Squier, diplomático inglés-norteamericano, vio nacer en 1850 este Volcán negro azulazo, cuando vomitaba lava en la cúspide de una colina de apenas 50 metros de alturas, y vio entonces cómo ese río rojo de fuego tomaba rumbo adonde es hoy Malpaisillo, ubicado tan sólo a un poco más de cinco kilómetros al Norte. Los ríos de fuego se convertían pronto en una piedra negra, que hoy permanece como colchón de puntiagudos filos en el costado Sur de Malpaisillo.

El espanto producido por los rugidos explosivos del Cerro Negro presagiaba una nueva desgracia colectiva para los pobladores pobres de comarcas o comunidades rurales periféricas leonesas y a la propia Ciudad Universitaria, escenario reciente de  crímenes de la “Estirpe Sangrienta” (tiranía somocista).

En ese momento, yo era el único hijo. En la mula asustada iban colgadas gallinas, perros pequeños, la escasa vestimenta campesina familiar. La angustia, provocada por la erupción volcánica, se transformaba en prisa por abandonar Tololar, Comarca ubicada casi al pie Oeste del peligroso y legendario Cerro Negro, renombrado volcán tan oscuro como la

sombra de arenas y humo vomitados por él,  extendidos como sábana mágicamente tenebrosa sobre la Ciudad de León, Telica, Quezalguaque, Posoltega, Chichigalpa, Corinto, Chinandega y la misma ciudad de Malpaisillo.

Los  árboles, matorrales y hierbas crecidas, los siembros de maíz, frijoles, ajonjolí, trigo, pipianes, ayotes, sandías, melones, pitahayas, granadillas de bejuco y de árboles; chagüites (plátanos, guineos cuadrados, bananos caribe y corrientes), tomates, chiltomas, hierbabuena, pastizales para el ganado, algodón y yuca, se cubrían de arena fina caliente, molesta como una lija en los ojos y la piel, salida de las entrañas rocosas de la Caldera volcánica, del magma hirviente y gases explosivos del Cerro Negro.

El destructivo cultivo de algodón todavía no arrasaba los bosques de tololos, pochotes, corteses, guayacanes, guayabos, tigüilotes, coyoles, cedros, guanacastes, guapinoles, ojoches, caimitos, mangos, almendros, naranjos, zapotes, limones, guayabos, aguacates, caimitos, zapotes, zanzapotes, limones dulces y agrios, naranjas, nancites, papaturros, anonas, guanábanas, jocote jobo, grosellas, mimbros, caraos, toronjas, jocotes, de cuyos ramas emprendían vuelo espantado y desorientado miles de pajaritos y aves de rapiña, hacia el Norte o el Sur, donde se viera el Sol claro, por alguna “ventana” entre la tierra estremecida y el cielo expectante por esta séptima erupción del Cerro Negro.

Nadie lo había “toreado”, pero el Cerro Negro bañaba de cenizas y arena las fincas de agricultores y ganaderos que todavía no habían sido arrebatadas por los voraces geófagos empresarios del algodón, amamantados al amparo de la tiranía sanguinaria  genocida de los Somoza.

Los vómitos de fuego y rocas de varias toneladas, y especialmente las explosiones roncas en las entrañas del coloso chaparro y negro oscuro como el contil, también sacaban de sus refugios o cuevas o madrigueras a garrobos, cusucos, conejos, guardatinajas, guatusas, ratones y serpientes, que despavoridos buscaban otras cuevas en  árboles y en el suelo.

Los conejos y codornices corrían en busca de los matorrales más nutridos de “cola de pato” o en espinos negros al ras del suelo, porque ellos no podían ir tan lejos como los pájaros y las aves de vuelo largo.

Los retumbos histerizaban a caballos, y los destellos relampagueantes de descargas eléctricas en el cono del Volcán Negro provocaban más espanto entre mulas, terneros y vacas, que temblaban como máquinas perforadoras de patas a cabezas.

Mi madre había cubierto mi rostro infantil aterrorizado con un pedazo de sábana rota, para que la arena y cenizas no cayeran en mis ojos.  Montada en una yegua nombrada “Saraza” iba mi madre, Rosa Pérez Juárez;  y mi padre, Octavio Barreto Centeno, jineteaba el inquieto Caballo Blanco, un brioso corcel de patas pintas, entrenado para arriar partidas de ganado, entre  las fincas del Tololar, Tizate y Apante, propiedades de mi abuelo Domingo Barreto Fonseca, ubicadas a casi 2O kilómetros al Norte, en los Municipios de Telica y Malpaisillo, y Tololar en la periferia de la Ciudad de León, respectivamente.

Con la ayuda de obreros agrícolas y familiares,  íbamos aquella noche trágica, más oscura que de costumbre por la nube negra terrífica de arena y cenizas, con una partida de unas 9O reses, caballos y terneros hacia la finca Tizate, un kilómetro al Norte de los Hervideros de San Jacinto, con el fin de protegerlos de la erupción dañina y violenta del Cerro Negro, pues los pastos y cosechas quedarían liquidadas por varios meses –según lo demostraba la experiencia de erupciones pasadas- debido a los materiales eruptados por el arrogante y soberbio Volcán chaparrito azulado.

En dos carretas, jaladas por bueyes, iban las jícaras, molinillos, la piedra de moler las tortillas, las ollas de barro para el agua, los comales, tinajas y tinajones, sacos de maíz y trigo, más los chanchos, gallinas y los perros grandes.

El terror era mucho más manifiesto en los animales. Las gallinas cacareaban sin cesar, las vacas balaban con tono de terror, no acostumbrado en ellas, los caballos relinchaban y querían correr mientras eran mantenidos al trote, y los bueyes resoplaban como si las carretas los molestaran en exceso.

Para muchos campesinos, llenos de espanto, aquel diluvio de arena y cenizas, era “un nuevo castigo divino” porque muchos “impíos” no iban a la Iglesia de la Ermita de Dolores, del

Tololar, de donde  íbamos huyendo. Para algunas mujeres, especialmente ancianas beatas, aquella erupción era el “juicio final”, para limpiar la tierra de tanta maldad.

Éxodo a San Jacinto

Igual que nosotros, centenares de familias campesinas tomaron sus carretas, caballos, mulas, perros, chanchos y gallinas y caminaban sin destino fijo, porque no poseían otras fincas, pero igual que los pájaros iban buscando las “ventanas” con Sol, Tierra y Cielo abierto.

Nosotros, en cambio, teníamos dos fincas adonde ir: Tizate, contiguo a los Hervideros de San Jacinto; y Apante, cercano a Malpaisillo  (Municipio al Noreste de León), ambas propiedades de mi abuelo Domingo Barreto Fonseca, pero controladas por mi progenitor

Octavio Barreto Centeno, mozo y esclavo de su padre en aquellos tiempos.

Los caballos, mulas y ganado vacuno “conocían” bien el camino polvoriento y de zanjones hacia ambos lugares. La travesía comenzó al anochecer, pero con una partida de ganado asustado el avance es lento, complicado y peligroso. Les colgaba la lengua a los terneros cansados, mientras nosotros, íbamos amarillos oscuros por el polvo, especialmente yo, que, según mi madre, lloraba por la incomodidad en la alforja amarrada a las coyundas de una albarda “perfumada” a olor ácido de caballo sudado durante todo el día.

Era un éxodo forzado de campesinos, no registrado por periódicos, ni literatos leoneses curiosos, duró la noche y casi  todo el día.  Las arenas y cenizas quedaron atrás, caían sobre las comarcas y ciudades del Oeste del Cerro Negro. Habíamos logrado alcanzar una “ventana” entre el cielo y la tierra martirizada en este sector poblacional rural de León.

El ganado, finalmente, se repartió entre las fincas Tizate y Apante, ambas ubicadas territorialmente en el Municipio de Telica. La romería de finqueros y obreros agrícolas salidos del Tololar, Los Urroces, Pocitos y Palo de Lapa,  hacia el Norte, se ubicó cerca de los calurosos, misteriosos y legendarios Hervideros de San Jacinto, lo que originó el nacimiento de este poblado, cubierto de un manto rocoso y rodeado de Cerros, Volcanes y montañas, desde entonces tan pobre y solitario como aquellos pueblos olvidados de Macondo, según una de las novelas de Gabriel García Márquez.

Entonces circulaba la leyenda aterradora de que a media noche se escuchaban gritos desgarradores de un campisto, relinchos asustados de un caballo y los balidos amenazantes de un toro, que hacía poco tiempo se habían precipitado a hoyos de agua hirviente y llenos de fuego de los Hervideros de San Jacinto, considerados ventanas o entradas infernales a las entrañas magmáticas del Volcán Santa Clara o San Jacinto, ubicado al pie de los Hervideros famosos.

Pero resultaba más peligroso el Cerro Negro vomitando fuego, lava, arena y cenizas, que los Hervideros de San Jacinto, donde el agua hirviente salta danzarina entre caprichosas

bocanadas de vapor plomizo o blanco elevándose al cielo, mientras deja un olor azufrado como si estuvieran presentes allí el mismo demonio católico o un ser mítico popular como Cadejo..

El terreno junto a los Hervideros de San Jacinto es rojizo, verde y negro en algunas partes, pestilente con sabor a lodo azufrado, con vapor afixiante en algunos momentos y resbaloso, lo que facilitaba -decían campesinos- que toros, caballos, vacas y cerdos se deslizaran a los huecos hirvientes, donde morían, sin que nadie se atraviese a buscar cómo salvarlos por

temor a correr la misma suerte que estos animales.

Pancho Ñato en San Jacinto

Circulaba también la leyenda de que ese Hervidero era refugio nocturno de un misterioso personaje llamado Francisco “Pancho Ñato” Juárez Mendoza, un hombre chaparro, delgado, morenito, de nariz ancha, convertido ya entonces en una leyenda tan grande, pavorosa y terrífica contra las bandas de guardias somocistas asesinos, asaltantes y ladrones de la tiranía somocista en este sector del país.

Este “Pancho Ñato” Juárez Mendoza poseía puntería precisa de franco tirador móvil

justiciero  muy fino y se decía de él: “donde pone el ojo, pone la bala”, especialmente contra sus perseguidores –guardias y orejas de la GN- jefeados por un tal Balto Alvarado. Habían intentado matarlo “en mil ocasiones”, sin lograr siquiera herirlo de refilón o capturarlo, porque (afirmaban en los caseríos) se convertía en chagüite, en piedra, venado, búho, lechuza, en cueva de Hervidero o en guácimo ternero.

Un maestro, llamado Roberto Ponce, investigando por curiosidad científica los Hervideros, se había precipitado en uno de los profundos huecos hirvientes.  Resultó quemado en ambas piernas, lo cual aunmentó el temor de quienes pasaban por allí, pues decían que arrimarse era seguro resultar con el cuero arrancado por el agua hirviente o muerto.

Los más audaces y aventureros por la necesidad apremiante del hambre, afirmaban que en las aguas hirvientes cocían huevos de gallinas y metían allí las varas de guácimo ternero (árbol), para pelarlas y usarlas después‚ como chuzo para bueyes o en el sostén de los cañizos (paredes de paja) en las carretas.

Junto a aquella leyenda impresionante se fincó San Jacinto, sobre un filón de rocas lisas extendidas dos kilómetros de Sur a Norte, al pie de los Volcanes Rota y San Jacinto, con los comarqueños llegados allí huyendo del Volcán Cerro Negro, cuya historia eruptiva había comenzado exactamente un siglo antes, en 185O.

 Tizate es una finca repleta de piedras, de peligros mortales por las cascabeles y corales venenosos, de terrenos llenos de cárcavas, influidos por la configuración geográfica de los Volcanes Telica y San Jacinto, donde hoy (año 2000) existen varios pozos geotérmicos de la Empresa de Energía Eléctrica (ENEL).

Los terrenos del Tizate son también calientes, magmáticos, como la boca rojiza del infierno, porque la casa-hacienda está sobre los mismos Hervideros de San Jacinto.  Los especialistas afirman que en este suelo existe mucho hierro.  Existe allí una casa-hacienda tan vieja, que sus soleras y horcones parecían petrificados, olientes a moho y polvo pegajosos, de siglos, en aquellos días.

Durmiendo en el cráter del Hervidero

Mi madre, sin saberlo, me ubicó debajo de un tapesco colgante de quesos ahumados en la casona, donde hoy,  precisamente, existe abierto uno de los pozos geotérmicos más potentes de los Hervideros del Tizate.

Es decir, me sentaron y durmieron exactamente encima de un sitio, que de estar abierto, me hubiera pulverizado con su calor magmático y convertido en leyenda similar a la del toro y del caballo en los Hervideros de San Jacinto, situados a menos de 500 metros al Sur.

Un poco al Norte, en la misma finca del Tizate, estaban situados no menos de cinco Hervideros, en los cuales, se decía, unos alemanes habían intentado usarlos para producir electricidad, más o menos en 1940, unos 10 años antes del éxodo de los alrededores del Cerro Negro hacia San Jacinto.

Los alemanes dejaron tubos enterrados en estos Hervideros, por medio de los cuales salía vapor blanco con olor a fango podrido y azufre y se escurría agua caliente hacia hondonadas profundas en la masa geológica del Volcán San Jacinto o Santa Clara.

En aquel 195O, el verde de la arboleada, con matices de todos los colores del arcoiris, parecía alfombra mágica al amanecer envuelto en espesa neblina, que volaba como viajante misterioso entre las ramas de los  árboles y de paso “sobaba” los cuernos y el cuero de las vacas, mientras en los seres humanos producía una sensación helada de alegría por la presencia de las lluvias, o de temor cuando las cañadas y los ríos empezaban a crecer bulliciosas y amenazantes.

Muy de mañanita me llevaban a bañarme en las aguas tibias de un “ojo de agua cristalino” cercano, visitado también por venados, tigrillos, cusucos,  pavos y perdices, palomas alas blancas y pataconas, guardatinajas, coyotes, guatusas y ganado silvestre. O también me llevaban a los llamados “Chorros de San Jacinto“, donde nacía un río pequeño de aguas cálidas, llamado San Jacinto, que hacia el Este era nombrado “Terrero” y “Apante”.

Los “Chorros de San Jacinto” eran famosos y temidos también porque se afirmaba que sus aguas recién paridas por la tierra eran preferidas de ceguas, seres terríficos que espantaban a mujeres y hombres campesinos, especialmente obreros agrícolas, pero nunca asustaban a los latifundistas de León. ¿Por qué  sería?

En la maraña de las ramas de árboles encumbrados cantaban alcaravanes, zenzontles, zanates, güises, palomas y se escuchaban interminables los cantos de pajaritos y la bulla de los chocoyitos, cotorras, lapas y alaridos denunciantes de urracas de colores azul y blanco intenso.

En el campo, cubierto de  árboles, arbustos y hierbas, donde se movían serpientes venenosas, alacranes, arañas “pica caballos”, venados, conejos, cusucos, guardatinajas, codornices, perdices, pavos, tigrillos, etc., uno podía encontrar también frutas silvestres como anonas, coyoles, piñuelas, jocote jobo, pitahayas, nancites, jocotes tostados, el guácimo “tapaculo”…

Así era la vida en pleno apogeo silvestre en gran parte de León, Chinandega y en el Tizate, adonde me habían llevado en escape precipitado por la erupción aterrorizante del Cerro Negro.

En los horcones viejos de los corredores de la casona de tejas mohosas y “nacidas”, casi centenarias, del Tizate, se colgaban las hamacas de cabuya y de sacos de bramante y las tijeras de lona crujían en los pasillos de suelo húmedo, lodoso y  disparejo, donde brincaban las pulgas sedientas de sangre humana o de cualquier otro animal, especialmente de perros.

El humo oscuro danzarín de candiles carreteros ponía más negras las tablas o los tapescos en que se guardaba el queso, la cuajada y la mantequilla vaquera de costal.  El relincho nervioso de los caballos, el rebuznido horario de los burros, el balido desesperado de vacas y terneros al momento del ordeño, el canto apurado de gallos por el amanecer próximo, el vuelo corto de las gallinas de los árboles al suelo al empezar a filtrarse el sol por las ramas, la deliciosa cumba de pinol con leche al pie de la ordeñadera, la llenada de mierda y de lodo en el corral…toda esta alegría era parte del ambiente típicamente campesino en las fincas Tizate y Apante, cercanas al municipio de  Malpaisillo, aunque en territorio de Telica (León), donde de esas maravillas de la “opulencia campesina”, sólo quedan piedras peladas, suelos desnudos de vegetación e intoxicados por plaguicidas y el calor insoportable por falta de  árboles y hierbas.

Pastos cubiertos de arena y cenizas

Un mes después, pasado el terror impuesto por el Cerro Negro, volvimos al Tololar, a la inolvidable finca “Lanceña“, donde encontramos los techos de las casonas de tejas y los ranchos campesinos aplastados por el peso de la arena y las cenizas del Volcán Cerro Negro.

Los pastos igualmente estaban cubiertos de arena. Los vientos fuertes y lluvias pasajeras se encargaron de lavar hierbas y ramas de los  árboles. El suelo vegetal tenía más o menos un metro de arena encima.

La alegría de niños y adultos tenía ecos de campanas grandes, pues pronto se regó la noticia de que habían vuelto Damiana Rivera y sus hijos, doña María Jerez, los “Socorreños”, los Carvajales, los Urroces, los Ruices y los Centeno.

El pito estruendosamente ronco del tren, el humo negro de su Chimenea alimentada por trozos de leña en la caldera, volvió a meter bulla alegre y ajetreo comercial en la Estación de un sitio llamado Pocitos, donde subían y bajaban los agricultores (finqueros) y los obreros agrícolas con sus compras.

A pesar de la reciente erupción del Cerro Negro, las carretas rústicas repletas de sacos llenos de maíz, frijoles, millón, ayotes zazones, sandías maduras deliciosas, aves de corral y

cerdos, eran puestas en fila, para subir esa producción a las góndolas o a los vagones de carga, con destino a la Ciudad de León, ubicada tan sólo a seis kilómetros al Suroeste.

Se subía también leña, canastos repletos de mangos maduros, zapotes rojos por dentro, zanzapotes, apetitosos limones y naranjas dulces, nancites olorosos, aguacates afrodisíacos, guayabas con perfume penetrante, mamones en racimos enormes, guanábanas, granadillas amarillas, guineos y plátanos maduros, esperados diariamente como almíbares en el Mercado de León.

 De la Estación del Ferrocarril de Pocitos, “las compras” o mercancías se transportaban lentamente a pie, en caballos, mulas y en carretas, jaladas por bueyes, hacia las comarcas sombrosas del Tololar, Peineta, Zanjón de Santo Cristo, Palo de Lapa, Hatillo, etc, todas con ubicación de víctimas al oeste del Cerro Negro.

 Así era la vida cotidiana y productiva agrícola de estas comarcas alegres, no obstante las heridas dejadas por la apocalíptica erupción del Cerro Negro. En esos momentos todavía abundaban las palomas molinillas, las codornices, los conejos y los garrobos, cuyas manadas ya eran diezmadas por las fumigaciones con plaguicidas mortales, intoxicadores de suelos y aguas subterráneas y alteradores del orden ecológico por los algodonales vecinos, extendidos como peste maldita por burgueses geófagos de León contra la voluntad de los finqueros pequeños y medianos.

Los Gurdianes, Silvio Argüello Cardenal, Oscar Galo, Marcelo Langrand, los Venerio, entre otros, empezaron los despojos en forma organizada y también la destrucción criminal de los suelos y de los animales silvestres y domésticos.

No importaba la oposición de los finqueros pequeños y medianos. Había una orientación de los comerciantes y monopolistas yanquis de que Nicaragua debía convertirse en productora de algodón, como fuese, y muy obedientes Somoza y su camarilla de explotadores locales criminales, iniciaron el despojo de tierras por la vía “legal” (compras forzadas, o mediante hipotecas amañadas) o con tropeles de guardias somocistas genocidas  contra los que se opusieran.

Los  árboles de tololo, de mangos, guayabos, coyoles, cocos, jocotes, guayacanes, laureles, pochotes, robles, caían derrumbados por un torbellino de cuchilladas descomunales de tractores con palas mecánicas y por las hachas, que hacían silbar en el aire los mozos de los algodoneros infernales.

 La finca “Lanceña” perteneció a un hombre al que le apellidaban Reyes y a su mujer Socorro Lanzas. Por este apellido le decían “Lanceña”. Mi abuelo se había quedado con esa finca, porque Reyes y Lanzas no le pudieron pagar una hipoteca, por unos mil córdobas de aquellos días.

 

Era de las pocas fincas a salvo de la destrucción algodonera, pues mi padre y mi abuelo se oponían al riego de plaguicidas en forma indiscriminada, y protestaban cuando aparecían muertas las aves silvestres, las gallinas, cerdos y vacas, porque habían sido víctimas de poderosos venenos, plaguicidas o insecticidas, que entonces se conocían como “orgafosforados” como el DDT, Toxafeno, Aldrina, Clordano, Heptacloro, los cuales eran fabricados un poco al Norte de la Ciudad de León, en la orilla de la Carretera León-Chinandega, por la infame y diabólica empresa trasnacional norteamericana MONSANTO.

 

También murieron envenenados numerosos trabajadores, seres humanos, que los propietarios de algodonales usaban como “banderilleros” de los pilotos fumigadores. Estos “banderilleros” eran bañados por el lanzamiento cernido desde los aviones fumigadores, los cuales también echaban el veneno encima de otros trabajadores de algodonales, por ejemplo los que andaban “deshijando”, cortando hierbas con machetes o asadones.

Seres humanos y animales morían por montones, pero todo esto quedó en total impunidad. Más adelante voy a hablar al detalle de este asunto, pues por estos motivos es que yo llamo a estos algodoneros infames como Criminales sin Castigo.

 

El Cerro Negro, como astuto camaleón, había cambiado de negro a azulito intenso y sin vegetación en la parte más encumbrada, por la lava o magma, piedras y cenizas que él mismo se había echado encima. Mi padre y otros campesinos retornaron del éxodo forzado también parte del ganado, las gallinas, los gallos, los perros y las carretas a estas fincas en el Tololar, Comarca regada de potreros extensos, arboledas de tololos, tigüilotes, caimitos, mangos, guayabos, zapotes, zanzapote, limones dulces, naranjas, jocotes, cocos, mandarinas, anonas, guanábanas, nísperos, mamones, aguacates, ceibones, genízaros, guanacastes, cedros, caobas, jobos, pochotes, jícaros, guayacanes, robles, madroños y sacuanjoches.

 

Aquella “Lanceña” tenía unas 120 manzanas de extensión. La mayor parte de las tierras estaban destinadas a potreros, donde se alimentaban las vacas, toros, terneros, los bueyes, los caballos, mulas, yeguas y burros.

 

En el resto del terreno se sembraba maíz, frijoles, trigo, yuca, chagüites,ayotes, pipianes, melones, granadillas, papayas, tomates, chiltomas y sandías. Además, existía una especie de corral inmenso, para que pusieran huevos unas 100 gallinas.

 

Las dos casonas no muy antiguas de la finca estaban en el centro de una extensión aproximada de cuatro manzanas de tierra, repleta de  árboles frutales, que servían de alimento para los animalitos y los seres humanos.

 

Aunque no hubiese sueldo o empleo, siempre teníamos comida, porque los alimentos se producían con esfuerzo humano y en forma natural, con cultivos rústicos, pero seguros, como el maíz y los frijoles, la extracción de la leche de las vacas, la recogida de los huevos de gallina y la selección de las frutas en los  árboles frondosos, convertidos en casas sombrosas de zenzotles, pájaros carpinteros, zanates, pijules, codornices, palomas, gavilanes, güises, tijeretas, alcaravanes, garrobos, chocoyos, cotorras y lapas.

 

Eran normales, entonces, las cacerías artesanales de conejos, garrobos, cusucos, venados, guardatinajas, codornices, palomas, perdices, lo que se hacía con tiradoras de hule balas de rifles calibre 22, en medio de matorrales y bosques, donde asimismo se alojaban serpientes venenosas como las cascabeles, corales o la “castellana”.

 

De esa forma variábamos la comida cotidiana campesina, sencilla, sin las complicaciones de los suculentos almuerzos o cenas de los millonario egoístas latifundistas explotadores de

León, en aquellos tiempos anunciadores de la tragedia ecológica y económica de hoy. Se cazaba para comer, nunca para vender animales ni vivos ni muertos, pues mi padre, Octavio Barreto Centeno, se oponía rotundamente y además nos educaba sobre cómo cuidar inclusive a los animales silvestres.

 

Mi padre, Barreto Centeno, era un especialista en tiro 22.  Los trabajadores jornaleros  se habían especializado en usar la tiradora con piedras, coyoles zazones o guayabas tiernas, con las cuales se bajaban los garrobos de las ramas de los  árboles o las palomas en vuelo nutrido de centenares cuando asustadas movían las alas hacia el cielo.

 

Aún cuando estaba muy niño, ya de cuatro a cinco años, recuerdo la algarabía nocturna cuando íbamos de cacería de cusucos, mapachines y perezosos con una pandilla de perros formidables, entre los cuales se destacaban “Kaiser”, “Zapoyol”, “Chingo”, “Canelo”, “Susana”, “Veloz” y “León“.

Todos eran canes cazadores espectaculares. Si el cusuco, el venado, la guardatinaja eran agarrados fuera de su madriguera, no corrían muy largo. Los cusucos encuevados eran olfateados y encontrados. Ellos mismos rascaban la cueva y finalmente los sacábamos, aunque hubo ocasiones en que nos salía encuevada una víbora “castellana”.

 

En estas cacerías, mi padre y yo éramos acompañados por vecinos y trabajadores de las fincas. La tirada de los venados era igualmente rifles 22, se hacía  sin perros, ya fuera de noche o de día, porque se buscaba el máximo de silencio, para no ahuyentar a los venaditos. Además, mi padre, siempre decía: “Cazo un solo venado. Nunca dos ni tres. Porque buscamos caza para nuestra comida cotidiana, nunca para vender animales ni domésticos ni silvestres”. En esto mi padre, Octavio Barreto Centeno, era categórico. Inclusive afirmaba: “Jamás cazo hembras, sólo machos, incluyendo en los garrobos, pues hay que garantizar que las hembras nos den más animales silvestres y domésticos”.

 

Los perros eran llevados a rastrear un venado “mal tirado”. Esos perros no eran llevados con nosotros cuando íbamos a atrapar palomas alas blancas y pataconas en las copas de los  árboles de espino negro, para lo cual usábamos tiradoras de hule y las correspondientes piedras y guayabas verdes, más el foco manual en la mano o acomodado en la cabeza.

 

En cambio, cuando queríamos atrapar codornices, conejos, zahínos, mapachines o garrobos, era esencial llevar la pandilla de perros compañeros nuestros en la casa-finca y en el campo.

Comencé a asistir a la escuela en la Ermita de El Tololar, mientras al mismo tiempo mis ojos de chavalo inquieto empezaron a ver con preocupación que aquel mundo natural, de abundancia de comida para animales y seres humanos, empezaba a hundirse por la expansión algodonera, que en 1967 alcanzó más de 200 mil manzanas entre León, Chinandega, Managua, Granada, Rivas, y parte de Masaya, y unos 350 mil obreros agrícolas, temporales y fijos, explotados salvajemente por estos mismos fatifundistas algodoneros.

 

Chinandega y León se convirtieron, en esa época, en los centros principales de explotación laboral, de pauperización de los campesinos, “de barrida de la propiedad pequeña y mediana”, lo cual también contribuía a la alteración ecológica y social.

 

Infierno burgués o criminales sin castigo

 

Era el infierno burgués ensañándose en la Naturaleza y contra los campesinos pobres. Los linderos de las fincas pequeñas y medianas continuaron desapareciendo por presiones directas, con las amenazas de los guardias somocistas sanguinarios genocidas, o simplemente por miedo a enfrentarse a don Silvio Argüello Cardenal, a los Callejas, a Gurdián, Oscar Galo, Marcelo Langrand, Félix Pedro Alfaro, Benigno Reyes Palacios, los Venerio Plazaola, Federico Argüello, etc.

 

En numerosas ocasiones, mi abuelo Domingo Barreto Fonseca fue presionado, pero resistió. Sin embargo, dentro de las finquitas Lanceña y en Apante, más cerca de Malpaisillo, comenzamos a ver con dolor a miles de aves muertas por el accionar de los plaguicidas en el ambiente.

Con movimientos epilépticos, las palomas se balanceaban en las ramas de los árboles, movían las alas con mareos evidentes y finalmente caían fulminadas por los venenos, después que pasaba raudo un avión tirando los plaguicidas desde el aire y rociándolo sobre los árboles y los potreros colindantes con los algodonales.

 

Se hizo frecuente encontrar terneros y vacas muertas, porque comían el pasto envenado. Esto nos obligó, en las fincas, a impedir que el escaso ganado nuestro se acercara por donde había estado pasando el avión fumigador una y otra vez durante varios días.

La maestra en la escuela, mientras tanto, nos alertaba a no comer frutas rociadas con plaguicidas, pues las noticias se regaban acerca de que centenares de obreros agrícolas morían también por la acción mortal de los venenos. 

 

La mayoría de los muertos eran los llamados “banderilleros”, que con una bandera blanca, amarilla o roja indicaban al piloto del avión porque franja de surcos del algodón debía tirar

el veneno en su paso mortal. Los campesinos no sabían, entonces, que el veneno se les podía introducir por la piel y las vías respiratorias. “No te va a pasar nada”, decían los capataces a los “banderilleros”.

 

“Cuidado les cae veneno encima cuando vayan de regreso a sus casas!, o cuidadito van a comer tigüilotes o papaturros de los potreros!”, recomendaban las maestras a los niños y niñas en la escuela de la Ermita del Tololar.

 

Una de aquellas maestras, aparentemente infatigable lectora, nos relataba a manera de cuento cómo los conquistadores españoles habían matado a más de 50 millones de nuestros indios en México, Perú, La Española (República Dominicana) y Nicaragua, porque se habían opuesto gallardamente con sus flechas y piedras a la intromisión de invasores criminales, que venían vomitando balas y fuego por toneladas en nombre de Dios, las Tres Divinas Personas y el rey de España, y dando de filazos con sus espadas con cruces en los cuellos y lomos de nuestros indígenas.

 

Aquella maestra, cuyo nombre no recuerdo, me dijo entonces que Cristóbal Colón sembró primero una inmensa cruz en Martinica (pequeño territorio del Caribe) y poco tiempo después el personalmente inició la matanza de sus pobladores indígenas,

todo en nombre de Jesucristo, quien, por supuesto, jamás pidió masacres en nombre de “Mi Padre” cuando era crucificado por los emperadores genocidas romanos en la Colina del Gólgota.

 

Esa misma maestra de escuela me decía que en Nicaragua los españoles habían matado a no menos de un millón de indígenas o aborígenes, encabezados por el Cacique Diriangén, valeroso guerrero patriota, que dio muestras de dignidad y patriotismo sin precedentes en ese momento, pues prefirió morir (autoinmolarse) a ponerse de rodillas frente a los invasores europeos sanguinarios, crueles, despiadados y genocidas.

 

En aquellos momentos yo no lograba entender, pero me decía que seguramente igual suerte habían corrido los Indios Imabites en las cercanías del Volcán Momotombo, donde en León Viejo había reinado uno de los más sanguinarios y criminales gobernadores españoles: Pedrarias Dávila y su yerno Rodrigo Contreras.

Esos mismos españoles invasores -me añadía- se robaron casi todo nuestro oro, la madera más fina y se repartieron, desde entonces, las tierras a su antojo, lo cual dio origen a los latifundios en el país; mientras las Comunidades Indígenas empezaban a quedarse  sin nada.

 

“Esos criminales no recibieron su castigo por semejantes atrocidades, por el contrario aquí dentro de Nicaragua hay  intelectuales, poetas (como Pablo Antonio Cuadra), historiadores y maestros que los defienden, alegando en favor de esa defensa, que fuimos “culturizados”,

“civilizados”, cuando en realidad aniquilaron nuestra civilización, la cultura y conocimientos nuestros extendidos desde el Río Bravo (México) hasta la Patagonia en el Sur de Argentina”, añadía sentenciosa esta maestra cuando hablaba con nosotros en la Escuela de la Ermita del Tololar.

 

“Cómo es posible que sigan diciendo que fuimos culturizados por  la “madre patria España”, cuando en realidad destruyeron los imperios azteca e incaico y al mismo tiempo destrozaron nuestras culturas centroamericanas, nuestro mundo organizado, y que a esa destrucción infame le llamaron “nuevo mundo”, protestaba la maestra, mientras molesta hojeaba los libros de historia oficial leídos en la escuela.

 

Ella, aquella maestra genial, indicaba a los niños que había leído “Las Brevísimas Historias” relatadas por Fray Bartolomé de las Casas, quien como misionero espiritual de los colonizadores denunciaba las atrocidades cometidas por los bárbaros criminales, rubios europeos, malandrines e infames, que habían entrado como demonios a destruir en los Imperios Azteca e Inca, por ejemplo, y se paseaban como “Alibabá  y los 4O ladrones”, robando todo el oro nuestro y las preciosidades que poseían los indígenas en sus territorios.

 

Estos criminales españoles, genocidas que estremecieron al mundo con sus crímenes, no pagaron nunca por estos atropellos y robos, que para unos pocos serviles rastreros medievales nicaragüenses es una página gloriosa de la “Madre Patria España”, pero en realidad se trata de una de las infamias más trágicas de la Historia Humana”, me decía la maestra.

 

“¿Cuánto nos deben por lo robado? ¿Nos deben el equivalente a unos 100 ó 200 billones de dólares? ¿En qué se gastaron todo ese dinero robado e nuestras tierras, donde mataron a más de 50 millones de nuestros abuelos?”, pregunta la maestra, cuyo nombre no recuerdo.

 

Ante los “chigüines” campesinos, esa profesora se lamentaba también de que, mientras tanto, aquella unidad latinoamericana acariciada y reclamada por Simón Bolívar, José Martí y Augusto C. Sandino, General de Hombres Libres; no fuera posible todavía por el servilismo aldeano de políticos burgueses desvorganzados en América Latina, destrozada por las agresiones militares norteamericanas y el neocolonialismo yanqui en estas repúblicas bananas atrasadas, debido, precisamente, al nuevo saqueo de nuestros recursos naturales, financieros y laborales, practicados ahora por neocolonialistas estadounidenses, ingleses y europeos..

Carga mortífera

 

Crecí en el inicio de aquel infierno de destrucción ecológica, de mortalidad humana y de fauna silvestre provocadas por comerciantes inescrupulosos, amparados en la rapiña somocista, encabezada por los Somoza, jefes de “Estirpe Sangrienta”.

 

El veneno mortal de la docena maldita, prohibida por infernal en los mismos Estados Unidos, como el Nemagón, DDT, Eldrin, etc., quedaba pegado como pintura en los  árboles, en los alambrados, en los postes, en las casas, en las carretas, en los lomos de los caballos y en la piel curtida de los campesinos, que con frecuencia no podían evadir el paso del maldito avión fumigador, que partiendo el aire echaba su carga mortífera sobre los campos sembrados y  árboles, entonces todavía de un verde intenso, llenos de vida.

 

En el suelo, especialmente en las pistas en que cargaban los aviones, y donde se ubicaban los barriles para echar el veneno líquido y en polvo en motomochilas (cargadas en la espaldas por seres humanos), quedaban los charcos pestilentes de plaguicidas, que se hundían e infiltraban en el suelo, hasta mezclarse con las aguas subterráneas de León y Chinandega, hoy también siguen  contaminadas, según informes de organismos oficiales gubernamentales.

 

Estos venenos y fertilizantes también eran arrastrados por correntadas pluviales hacia ríos y costas marítimas, en época de invierno, lo cual también provocaba mortandades de peces, camarones y langostas.

Yo mismo empecé a manipular insecticidas, porque era necesario echarle venenos a los plantíos de maíz, frijoles, trigo, pipianes, ayotes, sandías, y a las mismas frutas de los árboles, pues las plagas del algodón se habían trasladado, como anuncio apocalíptico, a las milpas también.

 

Protestar era exponerse a represalias de los burgueses algodoneros, de los somocistas sanguinarios genocidas y de sus matones a sueldo. Era preciso quedarse callado, según decía mi padre “por conveniencia, hijo”, pero mi “arrechura” fue creciendo, porque

aquellas arboledas nutridas y manadas de pájaros y la fauna silvestre en general, iban desapareciendo ante mi vista y razonamiento asombrados.

 

Virtualmente quedaban  árboles frutales y maderables sólo en las fincas de “Los  Socorreños”, de los Carvajales, donde Damiana Rivera y María Jerez, donde los Centeno, los Ruices, los Urroces, en la Estación de los Pocitos, en las finca de los Barreto, etc., que se negaban a ceder espacio al destructivo monocultivo del algodón.

 

Desde muy pequeño tuve que aprender todas las tareas propias del campo, desde ordeñar las vacas, enrejar los terneros, montar en caballos, uncir los bueyes, arar la tierra, sembrar con espeque,  echar en el suelo arado las semillas de maíz, millón, ayotes, sandías, pipianes y yuca; cultivar guineos y plátanos, aporrear el trigo, frijoles y el ajonjolí, desgranar el maíz con conchas marinas secas (y cuchillos colocados en las manos), circular lleno de miedo entre espantos nocturnos o madrugadores con un candil carretero y un machete en la mano, mientras al mismo tiempo debía recorrer todos los días el trayecto de tres kilómetros hacia la escuela de la Ermita de Dolores.

 

Antes mis ojos se deslizaba una película imcomprensible, que con mi mentalidad infantil no entendía, especialmente porque los jefes de la tiranía somocista sanguinaria hablaban de democracia, respeto a los derechos humanos y naturales, pero seres humanos y animales caían fulminados en los campos algodoneros de 3OO mil manzanas de León, Chinandega, Managua, Granada y Masaya, sin que nadie protestara.

Con sus conocimientos empíricos, pero muy prácticos, mi padre, Octavio Barreto Centeno, decía: “No creo en esa democracia, porque los ricos roban siempre a los pobres, y además los guardias nos reprimen como se les antoja, por ejemplo cuando Rigoberto López Pérez mató a Somoza en 1956, los campesinos de aquí fueron también reprimidos como si algo hubiesen tenido que ver en esa ejecución justiciera”.

Las maestras advertían de los peligros mortales a los niños, pero no se referían a los causantes de estos crímenes organizados desde los centros de poder yanquis, y ejecutados

por sus obedientes serviles burgueses locales.

 

La vida campesina y las relaciones de dominio empezaron a golpearme muy rápido. Como era “letrado”, el hijo mayor de una plebe de ocho, era el virtual director de los trabajadores jornaleros y del quehacer de las fincas, a pesar de mis tan sólo doce años, época en que ya había cursado, con honores, el sexto grado y me iniciaba en la secundaria.

 

A pesar de esta condición de “jefe” y letrado, caminaba yo mayoritariamente descalzo, o con los pies arropados por caites de hule de llanta de tractor o ensartados los pies en zapatos burros, unos que tenían unos clavos con cabezas redondas, que hacían mucho ruido al andar sobre las piedras en el campo, pavimento y andenes en las ciudades.

 

Iba yo con la carreta cargada de ajonjolí, maíz, trigo, ayotes, sandías o pipianes, a venderlos a León, generalmente acompañado de uno o dos de mis hermanos menores: Julio, Mauricio o Rogelio. Este último apenas tenía ocho años, y era uno de los alumnos más brillantes en la Escuela Ermita de Dolores.

 

Matan a mi hermano Rogelio

 

Por esas malas jugadas que le juega repentinamente el “destino” a uno, un sujeto comerciante, cuyo nombre olvido, no me pagó la venta de un ajonjolí y maíz, que le habíamos vendido en León.  Mi padre me dijo que ese dinero era vital para pagarle una semana de labores a los ocho trabajadores de la finca Lanceña, y me insistió en que fuese a cobrarlos.

 

Rogelio era muy “pegado” conmigo y para no ir solo, acepté su compañía. Nos fuimos en un caballo blanco, alto, brioso, pero casi siempre manso y muy “educado” con nosotros.

Trotamos tranquilamente los seis kilómetros entre la Comarca Tololar y la Avenida Debayle (hoy Héroes y Mártires), en el sector Norte de la ciudad de León. Bajé y fui a cobrar el dinero, dejando el caballo amarrado a uno de los  árboles de Laurel de la India, ubicado en el centro del bulevar de la avenida, a unos 2O metros del sitio que iba a visitar.

 

Rogelio había quedado cerca del caballo, cuidándolo, para que no se lo robaran. Nunca supe exactamente qué pasó, pero cuando retorné, unos dos minutos después, un remolino de gente se había formado en el lado derecho de la avenida.

 

Fui a meterme por curiosidad, y para sorpresa mía, Rogelio yacía sobre el pavimento bañado en sangre, sin vida, con el cráneo partido y varias fracturas en las piernas. Versiones de algunos testigos me indicaron que el caballo –que había estado en ese sitio no menos de 3O veces- se había encabritado y que Rogelio trató de controlarlo.

 

Supuestamente, el caballo lo había obligado a salirse del bulevar a la calle, en el momento en que pasaba como bólido meteórico un automóvil, conducido por un cura de la Iglesia La Mercede de León. El sacerdote no estaba allí, cuando yo llegué. Además, nunca lo vi, pero todos decían que “un cura lo mató”.  No hallaba qué hacer. Levanté del pavimento el cadáver de mi hermano con intenciones de llevármelo en el caballo, que irónicamente estaba tranquilo, todavía amarrado en el mismo árbol en que lo dejé.

Varios hombres no identificados me arrebataron el cuerpo sin vida de mi hermano y se lo llevaron al Hospital San Vicente de León, de donde lo llegó a sacar mi padre más tarde. Lo que ocurrió después fue todavía más duro, pues para ocultar el crimen, a mi padre le ofrecieron dinero a cambio de silencio, lo que, por supuesto, fue rechazado.

 

Aquel crimen también quedó sin castigo, pues se trataba de un “honorable” cura y frente a él, la vida de un campesino, la de mi hermano Rogelio, valía menos que un barril de plaguicidas para seguir matando a seres humanos y animales.

 

Aquel hecho me golpeó muy fuerte y seguramente me marcó sicológicamente para toda la vida. Surgieron otros problemas, al mismo tiempo, que demostraron que mi abuelo y mi padre sólo pretendían usarme como virtual jefe de los trabajadores, pero sin darme nada a cambio.

 

El abuelo tramposo y la chancha “comida por el coyote”

 

Trabajaba como bestia. Sin embargo, no tenía zapatos decentes, andaba tan sólo con uno o dos pantalones rotos, tenía que ponerme los caites y los zapatones burros.  Eso sí debía estar levantado a las cuatro de la mañana, hora en que junto a los demás jornaleros debíamos ir en busca de los bueyes a los potreros fangosos, llenos de víboras y zancudos, para uncirlos e ir a las labores propias del campo, después de dejar, también, ordeñadas las vacas.

 

Una de las labores del campo más duras era la de campisto, consistentes en lazar vacas, toros, bueyes, terneros, usando una soga de mecate o de cuero, en carrera abierta de caballo y sorteando espinas, zarzas o ramas de  árboles, que podían estamparse en la cabeza de uno.

 

Era plancentero para mí la tapisca del maíz o el corte del millón, porque me lo comía crudo, o la recogida de sandías, naranjas, limones dulces, zapotes maduros, jocotes zazones, mangos ya madurando, por el deleite de comerlos hasta quedar con el estómago “transparente”.

 

En las tapiscas nos echábamos a quién llenara más rápido el zurrón con mazorcas, mientras la “pica pica” nos barrenaba todo el cuerpo con su aguijón volátil. Una de esas competencias más aleccionadoras para mí fue la que siempre libraron “el sordo Santiago” con Pedro Reyes, quienes sanamente libraban batallas por ser los mejores en deshierba del maíz, limpia del ajonjolí, en la tapisca, en el ordeño o en quien anduviera “más lujosos” los cañizos de las carretas, o el ensillado de los caballos, o el aseo de una yegua, a la cual le revisaban bien sus patas antes de salir al campo o a la huerta de cultivo de granos básicos.

 

Me resultaba divertido arar la tierra con bueyes, para siembra de maíz, frijoles, trigo, ayotes, pipianes, guate, o sandías, porque siempre competíamos por hacer los surcos más rectecitos, aunque tuviéramos que capear troncos, piedras,  árboles de coyoles, genízaros, laureles, madroños y tololos, dejados a propósito para sombra de nosotros los seres humanos y para los bueyes y animales en general.

Las tareas más duras y entrincadas eran las chapodas antes de las siembras en mayo, junio, julio y agosto, o las socolas de las tediosas rondas antes de prender fuego al zacate seco en

abril, con el fin de que el incendio no se pasara a otra propiedad vecinal.

 

Era también duro derrumbar a punta de hacha un  árbol, en la montañita, que tal vez necesitábamos para reforzar los horcones y soleras de los ranchos y de las viejas casonas del Tizate, Apante y Lanceña. O buscar leña, picarla con hacha y cargarla a pie dos o tres kilómetros entre zanjones o abismos peligrosos.  Un día mi abuelo me prometió una chancha engordada, para que yo la vendiera y pudiera comprarme unos zapatos buenos y ropa nueva.

Unos dos meses después de la promesa, le fui a pedir la chancha. “A la chancha se la comió un coyote”, me dijo, lo cual, por supuesto, era falso. De modo que se volvió a burlar de mí, como era su costumbre de viejo absolutamente “pinche”.  Rogelio tendría unos seis meses de muerto, cuando me ocurrió otro suceso especial, similar al del caballo encabritado en León.

 

Arrastrado por caballo y prensado por carreta

 

Como de costumbre, fui a arriar el ganado lechero del potrero al corral, situado ambos a una distancia de unos dos kilómetros. Iba descuidado sobre el lomo del caballo, cuando este saltó un matorral de zarzas, lo que me provocó desequilibrio y resbalé por las ancas del brioso corcel, lo que le asustó mientras mis pies, enfundados en espuelas, se enredaban en el mecate, que servía de riendas.

El caballo iba ya en veloz carrera, asustado, al tiempo que yo caía al suelo y era arrastrado sobre matorrales y hierbas de considerable altura.

 

El brioso corcel no paró de correr, hasta que el mecate se reventó, mientras yo quedaba con el cuerpo escoriado y herido en varias partes, unos 3OO metros de donde se había originado

el incidente.

Tardé casi un mes en recuperarme. Apenas superada esta crisis, me tocó conducir, una vez más, con dos yuntas de bueyes, una carreta cargada de maíz por el abrupto camino pedregoso, de subidas y bajadas pedregosas, entre las fincas Tizate y Apante. Iba solo.

 

Los bueyes, aparentemente asustados, agarraron carrera en una bajada cubierta de lodo resbaloso, piedras y zanjones, lo cual provocó el volcón de la carreta. En el aire intenté evadir los sacos llenos de maíz que se derrumbaban conmigo, pero finalmente varios me cayeron encima.

 

Duré por lo menos diez minutos haciendo esfuerzos sobrehumanos para librarme de los sacos, mientras los bueyes, espantados, seguían dando tirones a la carreta volteada.

 

Usando a los mismos bueyes, logré desvoltear la carreta y cargarla nuevamente en la soledad de una montañita llena de misterios, porque decían que por allí asustaban las ceguas y  se aparecían espantos terríficos.

En esa época era común que me diera tropezones dolorosos en las piedras, o curándome heridas dejadas por enconadas espinas de coyol, cornizuelos, bledos, limones, zarzas y espinos negros, y también por clavos metálicos y astillas de madera.

 

En mi vida estudiantil campesina cotidiana se volvieron tradicionales las competencias de  Geografía e Historia de Nicaragua, los cortes de mangos maduros y también los pleitos a patadas y “puñetazos limpios” a la hora del recreo.

 

Era también propio del campo la competencia de quiénes llevaran más llenos de guayabas, mangos y limones los saquitos de bramante, o digamos la “lonchera” campesina, en la cual

colocábamos un “taco” de pozol con un delicioso pedazo de dulce de rapadura y sal para la tortilla. O una buena dosis de pinol que mi madre elaboraba en el fuego y en una máquina moledora manual.

 

Chapalear lodo, cruzar zanjones, sortear serpientes venenosas, jugar “chibola” en el camino,  sentir frío, calor afixiante, hambre, sudar hasta el agotamiento, era parte del quehacer cotidiano de los chavalos campesinos en estas Comarcas periféricas de León.

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Impresionante y regocijador resultaban ver centenares de miles de palomas migratorias sentarse sobre los plantíos de millón, mientras los venados y mapachines al mismo tiempo se comían los elotes tiernos del maíz.

Los conejos se devoraban los frijoles aún en vainas verdes y las vacas se metían a los plantíos de plátanos, bananos y chagüites, para comerse la cosecha, antes que los malditos algodonales acabaran con aquella vegetación verde y densa en León y Chinandega, donde todavía eran famosos los extensos plantíos de naranjas, a las cuales cantó magistralmente el chinandegado-leonés Tino López Guerra.

 

No éramos nisiquiera acomodados, pero los campesinos manteníamos “contento” el estómago aunque fuese sólo con frutas y consumiendo carnita de animales del campo, producto de la caza esforzada de un venado, y las peripecias para atrapar un cusuco, un garrobo, pescados en los ríos locales o después de luchar para capturar palomas alas blancas y “molinillas” con una “tureca” o trampas hecha con varitas de la misma naturaleza.

 

Los años se fueron deslizando inexorables en el espacio planetario, mientras el sudor de los campesinos iba quedando regado en los caminos y en las huertas de siembra, pues el uso del machete y del arado, lo hace a uno botar por los poros y la vejiga todo el agua bebida en la mañana y durante la jornada laboral bajo sol ardiente o soportando lluvias en pleno invierno o época seca, como dicen los meteorólogos.

 

En esas fincas aprendí a conducir un jeep de mi padre, Octavio Barreto Centeno, en el

cual de vez en cuando salía yo de paseo. Los algodoneros voraces, arrasadores de  árboles y

contaminadores de suelos y aguas, se enriquecieron rápidamente por el boom algodonero de León y Chinandega, mientras unos 3OO mil obreros agrícolas y finqueros pequeños fueron envueltos en la neblina negra de la pobreza extrema.

 

Los potentados algodoneros levantaban nubes de polvo con sus camionetas y carros de lujo. Los pobres, en cambio, tenían que soportar las enfermedades graves, ocasionadas por los venenos y las plagas originadas en los algodonales, además de caminar por caminos polvosos, lodosos, o llenos de piedras y espinas, mientras sus pies iban sobre caites de hule de tractor y zapatos burros. Otros caminaban con los pies desnudos sobre piedras, alambres, troncos y espinas.

 

Enfermé gravemente un día, a los quince años, y fui a parar al Hospital San Vicente, donde me extrajeron la apéndices ya madura.  Después de un amplio interrogatorio, uno de los médicos dijo que demasiados abusos había cometido al echarme al hombro sacos de dos quintales, jalar agua en los pozos a puro pulso, o cargando tucas de madera solo o con otros compañeros obreros agrícolas, y que esto podía ocasionarme una hernia también, según los regaños. Desesperado, me salí del Hospital cuando todavía no me habían dado de alta.

 

Pistolas brillantes en la oscuridad

 

La herida larga estaba fresca y los dolores eran intensos. Sin embargo, tomé una camioneta de pasajeros y llegué en ella hasta San Jacinto (donde están los Hervideros), por donde todavía se escuchaba el ruido y movimientos mecánicos de las máquinas con que se construía la carretera León- San Isidro, en 1968.

 

La noche estaba oscura cuando llegué a San Jacinto. Tuve que irme a pie hacia la finca Apante, en un trayecto solitario, de guindos y acompañado sólo por las luciérnagas y el aleteo ruidoso de las lechuzas y pocoyos.  Cuando iba por un sitio llamado “Las Cuestas“, repentinamente me sentí encañonado y con la amenaza: “Si das un paso, te pasconeo con esta escopeta”.

 

-Soy Pablo Emilio Barreto, el hijo de Octavio Barreto-, dije con voz temblorosa de miedo. “Ah…es muy peligroso andar solo por estos lugares”, dijo el hombre emboscado, que resultó ser Alfredo Chavarría Carvajal, uno de los más famosos criminales-matones-asesinos de Occidente.

 

Recientemente, Chavarría Carvajal había sostenido un enfrentamiento a tiros con doce miembros de la familia López en la Avenida Debayle, varios de los cuales quedaron tendidos, muertos, a la orilla de los rieles del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua.

 

Aquel acontecimiento dejó atónitos a leoneses, porque Chavarría se enfrentó a toda la pandilla de los López, mientras él disparaba con un revólver calibre 38 desde una acera opuesta, pero disparando serenamente, tiro a tiro, contra los que le arrojaban un diluvio de balazos. Se especuló entonces que Chavarría Carvajal se habia emboscado en uno de los árboles de la Avenida Debayle (hoy de los Héroes y Mártires), para atacar con escopetas y pistolas a los López.

En realidad ocurrió que los López, aliados de la Guardia Nacional somocista genocida y residentes en la Comunidad San Ildefonso, periférica de la Ciudad de Malpaisillo, atacaron a Chavarría Carvajal cuando éste estaba descargando sacos de algodón que llevaba en su jeeps, para venderlos allí en la Avenida Debayle.

Cuando sintió silbar las balas cerca de su rostro, Chavarría  Carvajal se tiró al piso de una acera, se parapetó en las ruedas de su jeeps, y desde allí, como acostumbraba, disparó calmadamente, apuntando cuidadosamente, tiro a tiro, con un revólver calibre 38 y un rifle 30-30, y de uno en uno mató a cinco de los López ese día. Su fama de tirador certero creció como reguero de pólvora ese día.

Aquel hombre temido, a quien yo había visto rodar por el suelo, mientras acertaba numerosos disparos a otro que intentó matarlo en Malpaisillo, bajaba en la oscuridad el calibre de la escopeta, allí en Las Cuestas cercanas al Apante, y se la acomodaba en el hombro, mientras extraía, al mismo tiempo una pistola calibre 45, niquelada, de pavón brillante….

“Vos no debieras andar solo por aquí”, me reprendió, “porque esta carretera es usada por algunos criminales, que se dedican a matar por gusto”.  Al identificarnos y estar cerca, pude notarle encima la pistola y un cuchillo, cuyas cachas brillaban en la oscuridad.

 

“Iré a dejarte hasta tu casa, porque Octavio es mi amigo”, dijo convencido. En el camino fangoso y pedregoso hacia la Comunidad del Apante, me explicó que él jamás había querido matar a nadie, pero que los López y otros no le dejaban alternativa, “pues en varias

ocasiones  han intentado matarme, sin que yo antes les hiciese nada”.

 

Antes de este episodio, mi padre me metió en otro lío de balazos cruzados entre rivales feroces por juegos de gallos.  Como en otras ocasiones, me llevó a una gallera de Palo de Lapa (un poblado y Estación del Ferrocarril), adonde llevó un gallo giro, que yo mismo le había cuidado.

 

Por el gallo nuestro se interesó vivamente un tal Roberto Reyes, un chele, quien con aire de “superman” “perdonavidas” cargaba en la cintura un revólver reluciente, calibre 38. Este hombre era famoso en las comarcas vecinas, porque decían habían matado a varios. “Ya tiene su cementerio”, era el comentario generalizado.

 

Gallos crucificados a navajazos, ¡clavan el pico¡

 

La pelea del gallo fue amarrada con un tal Eusebio Sevilla, otro sujeto famoso por sus “hazañas” de matar gente. Su imagen permanece viva en mi cerebro, pues el tipo este andaba una cutacha atravesada como cruz en el pecho y una escopeta calibre 16, colgada hacia atrás, en los hombros.

 

Se formaron dos grupos opuestos por el asunto de los dos gallos, los cuales fueron ennavajados en el centro de un redondel en que ambos debían quitarse la vida sangrientamente para divertir al numeroso grupo de hombres, que reían, gritaban eufóricos, o casi lloraban cuando estos animales teñían de sangre el suelo polvoso de la gallera.

 

Por los cuatro costados de la gallera, relucían los calibres de revólveres 38, escopetas 12, 16 y 20; pistolas 45, rifles 3O-3O y cutachas con el filo brillante, y también abundaban las botellas de licor y las cervezas.  Los dos grupos “amarraron” una apuesta cercana a los cuatro mil córdobas, lo cual resultaba excepcional. Se hacía sólo cuando ambos gallos eran buenos peleadores, según la concepción de estos sacrificadores mortales de gallos en estas comarcas de León.

 

El gallo nuestro era bravo, diestro en la pelea, astuto para golpear a su rival.  Se nombraron dos jueces, y con miradas escrutadoras, fueron revisadas las navajas largas, filosas, puntiagudas y brillantes de los dos gallos.

 

En medio de aquella tensión al rojo vivo, los dos gallos fueron soltados en la cancha redonda construida de madera, y cerrada. Los hombres, la mayoría de ellos armados, se situaron en las orillas de la gallera, mientras los dos jueces permanecían cerca de los gallos, que con patadas voladoras se cortaban las plumas y se hundían las navajas en sus desventurados cuerpos.

La pelea se volvió eterna, sangrienta, por la resistencia a las cuchilladas de ambos animales.

La sangre había enrojecido el suelo polvoso, y jadeantes, moribundos, los dos gallos continuaban alzando sus picos y lanzándose patadas filosas el uno al otro.

 

Aquella crueldad cavernaria, inhumana y de martirio mortal para ambos gallos, duró más de 4O minutos. Finalmente, ambos quedaron desfallecidos, uno sobre el otro. El nuestro tenía el pico encima del otro gallo.

 

Era evidente que ninguno había vencido. Había sido una pelea de titanes, empujados hasta la muerte por los fanáticos sangrientos que estaban apostando alrededor de la gallera. Los dos jueces no se atrevían a dar un veredicto, ni lo podían dar, era muy difícil, porque a lo mejor  les llovían a ellos los tiros.

 

Guerra a tiros deja varios muertos

 

El grupo aliado con mi padre rompió el silencio tenso: “Nosotros ganamos, porque el gallo rojo quedó con el pico encima”.  Los otros sostenían que el gallo nuestro había “clavado” primero el pico en el suelo. La discusión fue subiendo cada vez más a gritos, y las escopetas, revólveres, pistolas y machetes empezaron a ponerse en posición de combate.

 

Los gritos insultantes continuaban. Se acusaban mutuamente de robo de la pelea, al mismo tiempo se replegaban hacia lo  árboles, en busca de parapeto, para el comienzo del titoreo, lo cual ya era una costumbre en estas tierras de León, diezmadas también por las balaceras de este tipo y las vendetas entre familias como las de los López contra Chavarrías, Carvajales y “Socorreños”, etc.

 

De repente, empezaron a tronar los disparos. !Quedé atrapado en medio¡ Me tiré al suelo y comencé a deslizarme a rastras, hasta alcanzar el camino, mientras la guerra campal continuaba. Mi padre hizo lo mismo, pues él, a pesar de ser gallero, nunca agarraba “partido” a nivel de balazos.

 

Apenas salimos del círculo de fuego, nos fuimos por el camino corriendo para la finca Lanceña, ubicada a dos kilómetros del escenario del tiroteo. Hubo tres muertos y unos 2O heridos, según supimos después. Por supuesto, no resultaron lesionados los dos personajes famosos, los pistoleros descritos arriba, pues estos eran expertos en tirar y capearse de los balazos y machetazos.

 

Éxodo a Malpaisillo y pleito con los “amos” algodoneros

 

Quizás por mis intenciones recónditas de no quedarme ignorante, pues ansiaba seguir estudiando, empecé a entrar en contradicciones con mi padre, después de esta operación quirúrgica mencionada, porque él (Octavio Barreto Centeno) consideraba tercamente que lo principal era dedicarse al trabajo del campo y “nada más”.

 

Tenía razón, pero yo quería no quedarme envuelto en el celofán oscuro de la ignorancia. Las contradicciones eran fuertes, pues se empecinaba en enviarme a trabajos pesados, mientras la herida adolorida no me había sanado.

Por otras razones, ya se había peleado con mi madre, quien huyó con mis hermanos menores hacia Malpaisillo, Ciudad convertida en esos días en un emporio comercial, gracias al maldito y destructor “boom algodonero”, impuesto desde afuera por comerciantes inescrupulosos norteamericanos, japoneses y otros, mancornados con los de aquí en Nicaragua.

 

Mi padre y yo, el hijo mayor de ocho hermanos, nos peleamos un medio día y sin analizar más las contradicciones, tomé camino a Malpaisillo, sin más ropa que la puesta encima y un par de zapatos con las suelas rajadas por el uso.

 

Llegué a Malpaisillo con las plantas de los pies llagados, pues las suelas de los zapatos terminaron de arruinarse en los piedrines del trecho de diez kilómetros de carretera, entonces macadanizada, entre la comunidad del  Apante y Larreynaga-Malpaisillo..

 

Aquí comenzó una fulgurante nueva etapa para mí, llena de sorpresas, tristezas profundas y alegrías sin límites también.  Mi madre me recibió en Malpaisillo como al hijo extraviado en la montaña. En la misma semana de mi llegada, fui a apuntarme como cortador de algodón en la finca de Benigno Reyes Palacios, el alcalde somocista y miembro del “escuadrón de la muerte”, y uno de los patrones algodoneros más brutales de Malpaisillo.

 

Casi todos mis hermanos y yo, empezamos a levantarnos a las cuatro de la mañana (a lo cual estábamos acostumbrados), para estar a las cinco y media cortando algodón, mientras al mismo tiempo se comentaban los “sustos” de la noche anterior, pues algunos cortadores llegaban relatando sus supuestos encuentros con una “cegua”, “mocuana” o la “carreta nagua”.

 

La nueva tarea de cortador de algodón resultaba fácil para mí, porque en las fincas “nuestras” habíamos hecho trabajos más duros.  Las tierras estaban todavía pujantes y las matas de algodón nos cubrían todo el cuerpo. El Sol calcinante y el calor del algodón, nos ponían al borde del desmayo cuando iban a ser las doce del día.

 

El calor de los sacos, los pinchazos de las conchas del algodón, el rasquín de la “pica pica”, el arañazo en el ojo, piquetes agudo de insectos, la posibilidad real de ser mordido por una serpiente venenosa…

 

Este ambiente electrizante fue como salirse del camino transitado al abismo, al infierno de los pobres, impuesto por los pocos ricachones algodoneros, quienes tenían un monopolio absoluto sobre el más grande mundo laboral explotadísimo de Nicaragua, entonces, situado, mayoritariamente, en León y Chinandega. No menos de 3OO mil obreros agrícolas, eran los cortadores de algodón, muchos de ellos, inclusive, venidos de El Salvador y Honduras.

 

La advertencia del capataz algodonero era brutal: “!Cuidado le echan basura o piedras a los sacos de algodón. Los jodo, hijueputas, si hacen eso…”, todo formaba parte del ambiente sofocante en las fincas algodoneras, donde, por supuesto, nadie tenía beneficios sociales, ni alimentación, ni agua potable, pues todos cortábamos “por quintal” y los mozos  andaban “al día” y “según arreglo convencional”, vendiendo su fuerza de trabajo por unos cuantos centavos y en condiciones deplorables.

 

Era yo uno de los mejores cortadores de algodón, pues me cortaba entre tres y cuatro quintales diarios, a siete córdobas cada uno. Eso sí, cuando eran las doce del día ya no aguantaba el pellejo de la cintura de tanto arrastrar sacos llenos de algodón entre la ramazón del algodonal y a veces sobre hierbas altas espinosa como bledos y “pica pica”, que al cortador le impedían el paso.

Cada cortador o cortadora, cargaba su dotación de sacos, entregada por capataces mal encarados y armados de escopetas a las cinco de la mañana, mientras los “operarios” hacíamos filas indias interminables en la casa-campamento o dentro del algodonal, mientras una gruesa capa neblinosa, envuelta en humo de las quemas de potreros, se mezclaba con la claridad despuntante, anunciadora de la salida del Sol.

 

En estos algodonales nos encontramos juntos, en el mismo afán jornalero de cortadores de algodón Santiago “Pan de Rosa” Páiz Chavarría, músico y cantautor campesino ya famoso, porque cantaba no menos de 25 canciones de autoría suya, además de que tenía un dominio se diría completo de las canciones mejicanas de moda en esos momentos, como las de Pedro Infante, Miguel Aceves Mejía, Eulalio “Lalo” González (“Piporro”), etc.

 

La canción más famosa de Pan de Rosa Páiz Chavarría en ese momento era una dedicada al también famoso Francisco “Pancho Ñato” Juárez Mendoza, quien se había enfrentado solito y de forma exitosa  una banda de guardias somocista sanguinarios genocidas entre 1948 y 1952 en estos territorios del Norte del Departamento de León.

 

Por órdenes de Anastasio Somoza García, “Pancho Ñato” era oficialmente perseguido por esa banda de guardias, jefeada por un tal Balto Alvarado. La acusación que le hacían era que abigeo y que lo robado lo repartía entre gente muy pobre de comunidades como San Jacinto, Apante, San Ildefonso, Malpaisillo, Terrero y Momotombo. En estos enfrentamientos mató a unos 20 guardias. Siempre se escapaba en un su caballo muy veloz, que saltaba alambrados y se conocía todos estos caminos.

Finalmente, lo capturaron a traición en Malpaisillo con otros 200 campesinos, que fueron acusados de ser sus cómplices. Fueron asesinados en el Fortín de Acosasco en la Ciudad de León, donde el jefe de la GN somocista genocida era el coronel esbirro Pedro Nolasco Romero. Esta historia la  relato en otro libro, porque “Pancho Ñato”, además, era hijo de mi abuelo Domingo Barreto Fonseca.

Vuelvo a “Pan de Rosa” Páiz Chavarría. Era un hombre alegrísimo. Siempre andaba su guitarra dentro de un saco para cortar algodón. Cuando era la hora del almuerzo, en pleno medio día, “Pan de Rosa” cantaba y de forma contagiosa lograba que los demás cortadores de algodón cantáramos y bailáramos con él en medio algodonal, donde por este motivo se levantaba mucho polvo.

Recuerdo aquí que “Pan de Rosa” Páiz Chavarría era analfabeta y se alfabetizó durante la Cruzada Nacional de Alfabetización y compuso aquella famosa canción, alegrísima, dedicada a la Alfabetización y que él en actividades masivas la nombraba: “!Péguele Juego…¡”. “Pan de Rosa” Páiz ya con la Revolución viajaba mucho a Managua en autobús por invitación de programas oficiales de radioemisoras capitalinas. En uno de esos viajes hubo un choque de autobús en que él viajaba y murió, lamentablemente, porque tal como iba pudo convertirse en uno de los mejores artistas nacionales.

 

Sigo, entonces. Al aproximarse las cuatro de la tarde, cada uno de los cortadores cargaba con sus sacos hasta “la pesa”, donde casi siempre le robaban a uno diez y hasta 2O libras.  Pronto “caí mal” porque protestaba por estos robos y debido al trato de desprecio dado a los cortadores de algodón por capataces y los dueños cuando éstos se aparecían.

 

Al verme  ágil en la carga de sacos de algodón, me contrataron como “trailero”, con el fin de cargar los tráilers halados por tractores y camiones, para transportar el algodón a las desmotadoras del mismo Malpaisillo, San Jacinto y la famosa ANSCA de León. Pienso que más bien temían mi consolidación como posible dirigente sindical.  En este trajinar de trailero, pronto me enteré de cómo los propietarios le prendían fuego al algodón transportado en camiones y tráileres jalados por tractores, con la finalidad de cobrar los seguros.

 

Esta modalidad, este negocio sucio y criminal de quemar algodón, era similar a la de los mafiosos “turco-circuitos” en Managua, consistente en prenderle fuego a tiendas comerciales, para cobrar el seguro de millonadas de córdobas después.

 

Por este trabajo, me pagaban un poco mejor. Pronto pasé a manejar un tractor, pues había aprendido a conducirlos mientras permanecía en las fincas de mi abuelo Domingo Barreto Fonseca. Con el tractor anduve un par de meses, porque me pasaron a conducir un camión pequeño.

Pronto me contrarió este nuevo empleo, pues yo deseaba, estudiar, leer libros, revistas, escuchar noticieros y aquello en pleno campo algodonero no me lo permitía. Pasé a trabajar de cobrador de una camioneta de pasajeros de Timoteo Flores. Trabajaba duro, cargaba canastos y sacos de fanega dentro y en el techo de la camioneta, pero ahora estaba en contacto con estudiantes, profesionales, comerciantes e intelectuales de Malpaisillo.

 

López matan a un guardia

 

El chofer de la camioneta de pasajeros era Alberto Salinas, quien una noche me invitó a una fiesta, un baile campesino por unos quince años en la Comunidad de San Ildefonso, sitio de residencia de los famosos matones llamados López. San Ildefonso es una comunidad rural que pertenece al Municipio de Malpaisillo, por su lado Oeste, al pie de las faldas del Volcán Rota.

 

Estando en la fiesta llegó una guardias somocistas genocidas. Era finales del año 1968. Los guardias genocidas llegaban con intenciones de desarmar a los López, pues estos habían matado a alguien en esos días.  Nos pusieron en fila y comenzó el registro. Los guardias, portando fusiles garand y pistolas de reglamento,  casi metían los calibres de sus armas en las narices de la gente.

 

Cuando uno de ellos llegó donde uno de los López, este le disparó con una pistola de abajo hacia arriba, dándole en la garganta. El guardia moribundo cayó a mis pies. Los López desarmaron al resto de guardias y se llevaron los fusiles con rumbo desconocido. Los soldados genocidas montaron, después,  un operativo para desarmar a los López, pero al final no les hicieron nada, pues la tiranía somocista se entendía de maravillas con estos criminales.

 

Por recomendaciones de ricachones, fui a dar como chofer de un viejo somocista malvado, llamado Raúl Valle Molina. Era el diputado del somocismo genocida por Malpaisillo.  Con este somocista recalcitrante y ladrón sufrí en toda su dimensión el desprecio de los burgueses y latifundistas contra los “mozos”.

 

Tenía unas dos semanas de andarle manejando un jeeps lujoso, cuando me llevó, conduciendo el vehículo, hasta Diriamba (meseta de Carazo), donde hacía mucho frío en aquellos días. De regreso, se metió a una cantina de putas de lujo en Managua y me dejó en la calle, dentro del vehículo, sin comer todo un día, una noche, y hambriento le conté a unas vendedoras de comida, las cuales se compadecieron y me dieron unos bocaditos.  Al pasar por León, de regreso, ocurrió lo mismo, pero allí contaba con amigos y los fui a buscar para poder comer.

 

En cuanto retorné a Malpaisillo, le dije a este somocista miserable: “No deseo seguir trabajando con usted”.   Entonces, me amenazó: “Pues te voy a recomendar mal, y no trabajarás en ninguna parte”, me amenazó como era costumbre en el comportamiento de estos criminales del somocismo genocida.

 

“Le agradezco por su amabilidad”, le respondí secamente. “En un ratito me ha enseñado las entrañas del infierno burgués”, y le tiré encima las llaves del jeeps. La noticia se regó en el pueblo, pues a aquel somocista nadie le respondía de aquella manera. Un amigo, Inocencio Martínez, me dijo: “Yo necesito un chofer para el taxi interlocal entre Malpaisillo y León”, pues él mismo me catalogaba como un conductor responsable.

 

Taxista por necesidad entre León y Malpaisillo

 

Comencé mi nuevo y fugaz trabajo de taxista cuando apenas tenía 17 años cumplidos. La pandilla de choferes de taxis me bautizaron como “Recién nacido” por lo jovencito. Pronto me hice famoso, porque al llegar a ambas “paradas de taxis”, en la Estación del Ferrocarril en León y Malpaisillo, me dedicaba a leer libros, revistas, periódicos, novelas,  y claro está, también daba una conversadita con los demás choferes de taxis interlocales.

Para la mayoría de aquellos conductores, o taxistas, yo estaba “loco” por eso de vivir estudiando dentro de un carro taxi. En cambio, una gran cantidad de estudiantes, comerciantes cultos, productores, gozaban viajando conmigo, pues conducía despacio el taxi y entablaban conversaciones de todo tipo conmigo.

En el Diario LA PRENSA salían anuncios sobre cursos especiales por correspondencia. Tomé uno de Mecánica Automotriz y Diesel, y lo terminé en unos seis meses, incluyendo los exámenes. Recuerdo que pagué por este curso el equivalente a 100 dólares. Era relativamente barato.

Yo soñaba con convertirme en periodista. Con frecuencia salía también publicado un anuncio de Radio Difusora Panamericana, de Argentina, la cual ofrecía un curso de Periodismo por correspondencia. Lo tomé. Por este pagué el equivalente a 150 dólares. Igual me lo estudié en unos seis meses.

 

Con este cursos de Periodismo el asunto fue especial, porque igual que en la Universidad, debía estudiar y practicar. Me compraba el Diario LA PRENSA y el Semanario Extra, que entonces dirigían Rolando Avendaña Sandino y Manuel Espinoza Enríquez. Tomaba los datos más esenciales de las informaciones de estos medios informativos, y ensayaba yo mis propias notas informativas, reportajes, reseñas, artículos y crónicas, todo dentro de mi taxi mientras esperaba en las paradas o terminales de León (frente a la Estación del Ferrocarril) y Malpaisillo.

 

Para profundizar sobre estas prácticas, me compré varios libros en la Librería Recalde, de León: Redacción Periodística, Ortografía Básica, un Diccionario de Lengua Española (era un diccionario de casi 2,000 páginas), los libros de Historia de Nicaragua de Alejandro Cole Chamorro y Carlos Cuadra Pasos; la Historia de la Ciudad de León y de León Viejo, un Diccionario de Biografías Breves de personajes de todo el mundo; Revistas como Life en español, Mecánica Popular, Gente de Argentina, Vistazo de Panamá (de la cual me convertí en corresponsal posteriormente), Bohemia de Cuba.

Todas estas publicaciones las estudiaba dentro del carro taxi. Las andaba dentro del automóvil. Mis compañeros taxistas decían que “ese anda loco” porque me veían leyendo. Comencé al mismo tiempo a escuchar programas educativos como “Escuela para Todos del Instituto Centroamericano de Extensión de la Cultura (IECU), ubicado en San José, Costa Rica.

Cuando ya consideré oportuno, comencé a recoger informaciones cotidianas del mismo Malpaisillo y también las redactaba dentro del vehículo, porque en la noche, en la casita de mi madre no podía, debido a que nos alumbrábamos con un candil. No teníamos luz eléctrica.

 

 

 

También ocurrió que me llegaba a ver en el parqueo de los taxis interlocales una joven llamada Perla Marina Vindell, hija de uno de los políticos somocistas más conocidos del casco urbano de Malpaisillo.

Este asunto se hizo conocido pronto, pues esta joven, muy bonita, era considerada como asunto “vedado” para hombres como yo, que no pasaba de ser el cortador de algodón, el cobrador de camionetas y ahora el taxista. Es decir, según la concepción burguesa provinciana, Perla Marina debía ser novia y casarse con alguien de su mismo nivel social o superior al suyo.

La familia de ella me rachazó de inmediato y me lanzaron una campaña realmente odiosa. Esta familia Vindel, incluyendo una profesora llamada Zoila Vindell, vivían en una de los dos calles principales, en una esquina frente al parque, por donde yo pasaba diariamente a pie o en el vehículo porque mi casa estaba en el extremo Sur de esta calle, frente al tanque de agua para todo el poblado.

“Para colmo de males”, como indica un dicho popular, una mañana yo iba conduciendo el taxi de Inocente Martínez, siempre a baja velocidad, cuando repentinamente desde la casa de los Vindell salió corriendo un cerdo, el cual fue a estrellarse al carro que yo conducía. Nunca supe si el cerdo se murió, o qué, el asunto es que la represalia contra perlita Vindell fue terminante: le arreglaron todo y la mandaron donde familiares suyos en Puebla, México. No la volví a ver, ni supe nada de Perla Marina Vindell. No sé si todavía vive.

 

Me iba mejor que como cortador de algodón, trailero, tractorista, cobrador de camionetas o de chofer del viejo mañoso de Raúl Valle Molina. Era todavía 1968. La actividad algodonera comenzaba su declive y de repente, otra erupción del Cerro Negro.

 

De trailero a reportero radial en León

 

Me vestía mejor, ayudaba un poco más a mi madre y a mis hermanos menores. Además de estudiar lo más que podía dentro del taxi, en la noche iba donde un gran amigo, Octavio Madriz, quien me prestaba su máquina de escribir Remington, para que aprendiera a manejarla. Claro, también me había comprado un libro de Mecanografía y Taquigrafía.

 

Me entrenaba en redactar noticias dentro del taxi y en la noche, donde Madriz. Escuchaba con atención esmerada noticieros radiales famosos como La Verdad, Extra y Radio Informaciones, respectivamente de Joaquín Apsalón Pastora, Rolando Avendaña Sandino y Rodolfo Tapia Molina.

 

Leía el Diario LA PRENSA y devoraba revistas y libros, que compraba en varias librerías de León, como ya dije. Un día de ese 1968 se me ocurrió escribirle al periodista Eugenio Leytón,  entonces jefe de los corresponsales de LA PRENSA. Le había enviado varias informaciones noticiosas, redactadas en la máquina vieja Remington  de Octavio Madriz, y para sorpresa mía, salieron publicadas tres días después de haberlas remitido en autobuses interlocales de León a Managua, específicamente al Mercado Böer.

Entonces no había teléfonos celulares y tampoco Internet. La correspondencia debía viajar entre ciudades y pueblos mediante el correo oficial o pagando uno que se la llevaran por medio de autobuses interlocales o taxis interlocales.

 

A los cuatro días recibí una carta de Leytón, en la que me decía que le habían gustado las noticias enviadas a su despacho en Managua, porque se referían al mundo de explotación salvaje en los algodonales de Malpaisillo.

 

También me decía que por instrucciones del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, quedaba yo convertido en corresponsal de LA PRENSA en Malpaisillo, lo cual causó expectación en esta pequeña Ciudad leonesa, que virtualmente nunca había figurado en las páginas de un periódico.

En muy poco tiempo me volví famoso, pues las denuncias periodísticas se volvieron cada vez más impactantes. En el día manejaba el taxi e investigaba noticias, en la noche las escribía donde Octavio Madriz y posteriormente las enviaba en sobres cerrados por medio del autobús hacia LA PRENSA, en Managua.

Reitero, que entonces no habían teléfonos celulares, ni correo electrónico, ni correo ordinario eficiente, y para que un trabajador cualquier pudiera comunicarse con Managua debía ir “al Correo”, “en horas de oficina”, “en días de semana”, “con previa cita”, para poder hacer una llamada telefónica, en este caso mía al Diario LA PRENSA.

 

Como esto era complicado, yo opté por escribir mis informaciones en la noche, y durante el día me las llevaba a León en el taxi, y desde allí mismo en la parada frente a la Estación del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua, en sus respectivos sobre las ponía “en encomienda” en autobuses interlocales que viajaban, precisamente, entre la Estación del Ferrocarril y el Mercado Böer en la Managua de antes del Terremoto de diciembre de 1972.

 

Todo corría por mi cuenta, pues LA PRENSA no me pagaba, pero frecuentemente elogiaban mi trabajo periodístico. Ya convertido en corresponsal, empecé a chocar, precisamente, con mis antiguos patrones, los somocistas Raúl Valle Molina, diputado,  y Benigno Reyes Palacios, el Alcalde, pues se mostraban rabiosos por las denuncias, hechas por un ex-esclavo de ambos, me imagino ahora.

 

Reyes Palacios mandó cartas “aclaratorias” y acusatorias en mi contra al Diario LA PRENSA. Le respondí con más denuncias sobre atropellos a obreros agrícolas y por abusos en la Alcaldía de Malpaisillo, lo cual me fue respaldado por el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal,  Director del Diario LA PRENSA.

 

Tiempo después supe de los supuestos planes de Antonio Urbina, Benigno Reyes Palacios, Raúl Valle Molina  y Eleazar Moraga Cruz (jefe político, alcalde, diputado y juez, respectivamente) para que un par de matones me secuestraran y me fueran a matar a los filones del Cerro de Rota. Cuando yo estaba todavía en Malpaisillo ya se especulaba que estos sujetos y el “oreja” de la Oficina de Seguridad, llamado Antonio Villegas, de la Comunidad de Rota, eran los integrantes del “escuadrón de la muerte” en Malpaisillo.

 

Nunca supe por qué motivos no pudieron ejecutar esos planes, pues los matones a sueldo del somocismo sanguinario genocida funcionaban a la perfección en estas tierras de León, al amparo de la feroz tiranía somocista sanguinaria.

 

Para los choferes de taxis, había dejado de ser “un loco”, ahora era el “intelectual”, “el periodista provinciano”. Pronto “salió a bailar” nuevamente el asunto de mi enamorada Perla Marina Vindell, quien también se hizo más famosa, porque sus padres la “deportaron” a Puebla, México, para que no fuese a cometer la tetupidez de casarse conmigo.

 

El nombre de Perla Marina Vindell era objeto de muchas conjeturas, y al mismo tiempo las opiniones se dividieron entre quienes defendían el supuesto noviazgo de la joven Vindell conmigo, y, por supuesto, quienes se identificaban con los Vindell y el somocismo local de Malpaisillo, condenaban la actitud de Perla Marina por “acercarse a un sucio jornalero, cortador de algodón, deshierbero, trailero, cobrador de camionetas de pasajeros, tractorista, garrobero, en fin, un sujeto cuyo origen era oscuro y desconocido…”.

Quienes defendían aquel supuesto noviazgo entre Perlita y yo, sostenían que yo era hombre joven muy esforzado y ella muy sencilla, y hasta decían que esta joven no estaba de acuerdo en muchas cuestiones políticas somocistas de su familia Vindell. Perla Marina, por supuesto, tenía preparación académica muy superior a la mía.

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Cerro Negro erupta nuevamente y…!venite ya, jodidó¡

 

Una nueva erupción del Cerro Negro volvió a teñir de arenas, cenizas y humo y una extensa sombra apocalíptica se extendió sobre León, Telica, Quezalguaque, Posoltega y Chinandega. Cuando estaba en Malpaisillo, con el taxi o dentro de la casita de tablas de mi madre, podíamos ver las columnas de fuego relampagueantes hacia el cielo nocturno, aunque durante estas erupciones el coloso negro azulado no dañó a la Ciudad de Malpaisillo, ubicada al Norte, mientras sí ocasionaba destrucción en comunidades cercanas a sus faldas como Rota, Urroces, Pocitos, Monte Redondo, Peineta, Tololar, Monal, etc.

 

Los retumbos subterráneos y los movimientos sísmicos estremecían el suelo cercano de

Malpaisillo y las explosiones de gases dentro de la cavidad magmática y  en el aire, formaban juegos pirotécnicos impresionantes. En esta ocasión, los eruptos violentos del Cerro Negro me molestaban cuando traspasaba Telica conduciendo mi taxi y llegaba a la Estación del Ferrocarril en León.

Seguía escribiendo noticias,  reportajes y crónicas, las cuales se trasmitían también en radioemisoras de León. Un día repentino, en los primeros meses de 1969, no recuerdo la fecha, el director de noticiero de una radioemisora, llamada Radio Phillips, cercana a la Estación del Ferrocarril, me dijo: “Necesitamos un reportero. Te necesitamos. ¡!Venite  ya,  jodidó¡¡”.

 

En la noche de ese mismo día tomé la decisión de aceptar la invitación y al dueño del taxi le dejé dicho: “Me voy a trabajar como periodista en León”. Aquella decisión fue una gran sorpresa, para mis compañeros taxistas, pues no esperaban que tan pronto yo diese un salto de tanta envergadura.

 

Más dificultades económicas y de alojamiento

 

Comenzaron otras dificultades para mí.  La primera fue conseguir dónde vivir en León.  Mi abuelo, Domingo Barreto Fonseca, tenía más de  40 casas en la Ciudad de León, pero conseguir una con él era difícil, misión imposible, porque yo no fui de sus privilegiados y mi padre, Octavio Barreto Centeno,  tampoco.

 

Conseguí que mi tío Alfonso me diera donde quedarme en un alerito exterior de su casa, en el patio del fondo, en  el Barrio San Felipe, ubicado en el Noroeste de la Ciudad de León. Una de mis primeras tareas fue conseguirme una máquina vieja Remintong, mecánica, para escribir, lo cual hacía en las tardes bajo un sombroso  árbol de níspero y en la noche en el corredor, iluminado por una bujía de 25 watts. Me había conseguido un colchón portátil, enrollable y amarrable, el cual tenía sobre los ladrillos de barro de ese alero de la casa de mío tío Alfonso.

 

Me fue fácil abrirme paso entre los colegas de León, en las radioemisoras Radio Circuito, Radio Darío, Radio Progreso y Radio Atenas, porque en las páginas de LA PRENSA me había hecho famoso.

 

Pronto llegó lo contradictorio, pues como reportero radial redondeaba apenas 8OO córdobas mensuales, laborando para dos noticieros radiales, a los cuales les aportaba no menos de diez noticias diarias a cada uno. Ganaba mucho más dinero trabajando como chofer de taxi, pero no estaba arrepentido de haber dado aquel paso audaz. El estipendio escaso apenas me daba para comer, mientras las escasas cuatro “mudadas” se ponían descoloridas y los zapatos ya tenían hoyos por debajo.

 

Viajaba a Malpaisillo los fines de semana, para ver a mis hermanos, hermanas y a mi madre, la mayoría de los cuales estaban pasando calamidades tremendas. Puesto en León, tenía oportunidad de escribir más noticias, crónicas y reportajes para LA PRENSA, lo cual se hizo notorio muy pronto.

Publicaba también noticias originadas en Chinandega, Corinto, Chichigalpa, lo cual me granjeó elogios numerosos de la Dirección del periódico, pero también algunas críticas de los corresponsales de LA PRENSA en León y Chinandega. Decían que yo les había invadido su campo de operaciones. Sin embargo, ocurría que las noticias se les iban a ellos de las narices.

Mi sacrificio diario incluía conseguir papel bond para escribir y enviar diariamente las noticias a LA PRENSA, por medio de la Agencia de Distribución que tenía el Diario en León.

 

Corrido de don mi tío y durmiendo en el Cementerio de San Felipe

 

Cuando uno anda rodando y no tiene posesiones donde vivir, le ocurre lo del pobre perrito callejero. Lo corren, lo sacan a empujones cuando ya estiman que uno es un estorbo. Una tarde, mientras regresaba muy cansado, la esposa y mujer de mi tío Alfonso Barreto me estaba esperando en la puerta de su vivienda para decirme que debía irme de su casa, ¡inmediatamente¡, “porque Alfonso ya no quiere que estés aquí”.

 

Pedí permiso, entonces, para ir a recoger el colchoncito derruido y amarrado que tenía en el corredor que mencioné antes; tomé en mis manos una bolsa plástica en que tenía guardados dos pantalones, tres camisas, calzoncillos y mi máquina vieja Remington.

¿Para dónde cojo?, fue mi gran pregunta. Conocía bien la Estación del Ferrocarril, donde había numerosas bancas en el exterior para los pasajeros, y pensé en irme a ese lugar, pero reflexioné sobre que allí podían descuartizarme algunos delincuentes que allí frecuentaban y dormían.

Tenía a tan sólo dos cuadras el Cementerio de San Felipe. Lo conocía bien también. “Allí puedo dormir tranquilo, pues la inmensa mayoría de la gente le tiene miedo a los cementerio, y, por tanto, allí nadie me molestará”, pensé. Ya era de noche y me fui a meter al Cementerio de San Felipe. Acomodé mi colchoncito sobre una loseta amplia de una tumba, me metía dentro de un saco de bramantes que siempre andaba, para resguardarme del frío. Hice una almohada con ramas y hojas verdes, y me dormí.

 

Llegó la mañana siguiente. ¿Para dónde me voy? Andaba todavía un poco de dinero, y fui a buscar qué comer y a la vez a localizar a un amigo que dormía dentro de la Iglesia de San Felipe. Le conté lo que me pasaba y me invitó a quedarme con él en la Iglesia. Era de confianza del cura, porque le ayudaba en cuidar y en algunos quehaceres de la Iglesia.

 

Allí dormí cinco días. Dije antes que mi abuelo Domingo Barreto Fonseca tenía más de 40 casas en León, las cuales eran administradas por León Rivas Barreto, profesor de inglés en institutos de secundaria de León y malandrín de primera. Como él mismo decía que era mi tío, lo fui a buscar al Barrio El Calvario, donde vivía él en una de esas casas.

 

Le conté por la dificultad que estaba pasando por falta de alojamiento, y a “regañadientes” me dijo: “Acomodate en aquel corredor”, el cual daba al patio trasero. Fui a San Felipe a traer mi colchón, la máquina de escribir y la bolsita plástica con ropa. Esta casa de El Calvario era enorme. Tenía numerosas habitaciones y casi todas estaban vacías.

 

En ese corredor había una buena luz y unas bancas que me servían de asiento y de mesa cuando llegaba en la tarde. Era una casa solitaria, silenciosa. Rivas Barreto llegaba ya a eso de las seis de la tarde. No me dirigía la palabra, para nada, a pesar de mis saludos e intentos de entabla pláticas con él. Allí yo leía mucho y practicaba lectura en voz alta, cuando Rivas Barreto no estaba y después de mi llegada de los noticieros radiales de León.

 

Estuve allí unos cinco meses. Me bañaba en una pila que había al fondo y salía a buscar mi comida en ventas callejeras de comidas en la Estación del Ferrocarril y en el Mercado situado al Este de Catedral. Después me iba al reporteo cotidiano a juzgados, mercados, terminales de autobuses, Tribunal de Apelaciones, Comando de la Guardia Nacional somocista genocida, en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, a las manifestaciones callejeras contra la dictadura somocista, etc.

 

Un día de tantos, no recuerdo fecha, fue al final de esos cinco meses, Rivas Barreto llegó temprano y me recibió con un mensaje terminante: “Mi sobrino Francisco Barreto, hijo de Daniel, quien funge como representantes de estas casas, me pidió comunicarte que te vayas inmediatamente de aquí, porque van a traer a alojar una gente en esta casa”.

 

No tuve tiempo de reflexionar. Tomé mis pocas cosas y nuevamente me fui caminando y cargando donde el amigo de la Iglesia de San Felipe, donde fui alojado solidariamente de nuevo. Allí estuve hasta mi traslado en enero de 1970, a Managua.

 

Elogios del Diario LA PRENSA

 

Convertido en corresponsal en todo Occidente

 

Un día de mediados de 1969, LA PRENSA me sorprendió con una página entera de elogios. En esa página publicó noticias curiosas que yo había encontrado, y decían que esto demostraba un grado de interés elevado por arrancar informaciones periodísticas donde pocos las veían.

 

Al final, LA PRENSA  me ponía como ejemplo a todo su personal en Managua. Detrás de aquellos elogios, llegó un nombramiento que me causó asombro.   Por órdenes del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, según me explicaba Eugenio Leytón, me habían nombrado Corresponsal en Occidente y todo el país”, nombramiento que jamás se lo habían dado a nadie, ni lo dieron posteriormente.

 

Además, me anunciaban por primera vez que me pagarían por noticias publicadas. Aquello fue sensacional para mí, porque pronto empecé a ganarme unos dos mil córdobas mensuales, por cantidad de informaciones, reportajes y crónicas publicadas en el Diario LA PRENSA.

 

Incorporado a Redacción central de LA PRENSA

 

Habrían transcurrido unos tres meses de aquel nombramiento, cuando recibí una carta del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, a finales de de diciembre de 1969, en la cual me urgía a presentarme en la Redacción central de LA PRENSA.

Aquello fue otra sorpresa, y realmente estaba asustado, pues creía yo que me llamaban para echarme una regañada de primera o decirme, “prescindimos de tus servicios”, pues otra vez en las páginas de LA PRENSA  en esos días me había acusado Benigno Reyes Palacios, por noticias publicadas en su contra por sus abusos en la Alcaldía de Malpaisillo y también abusos contra trabajadores jornaleros en sus fincas.

 

Estaba realmente asustado, pues no conocía LA PRENSA, ni me imaginaba cómo era, y por Managua solo había pasado de paso, en condiciones crueles, con el diputado somocista Raúl Valle Molina, cuando le servía como chofer o conductor.

 

Tomé la decisión de enfrentar cualquier problema. Abordé un autobús interlocal y me fui a bajar en la parada del Mercado Böer, en la Managua vieja, la Capital concentradita, destruida después por el Terremoto de  diciembre de 1972.

No hallaba hacia dónde coger, a pesar de que por teléfono Leyton me había dicho hacia dónde debía caminar. Abordé un taxi de aquellos Hilman, chiquitos como gallos miniaturas, y por sus ventanas fui viendo sorprendido aquellas calles estrechas con sus casas de adobe o taquezal, mezcladas con las vitrinas lujosas del comercio, mientras un mar de gente caminaba presurosa por las vías comerciales, asunto a lo cual no estaba acostumbrado yo, proveniente de las ciudades occidentales provincianas entonces.

 

Al llegar a LA RPENSA, ubicada al lado de aquel edificio llamado entonces “Zacarías Guerra”, subí por una escalera estrecha a un segundo piso, donde me topé con una mujer delgada, de uñas largas, labios gruesos, de gestos amables… era Rosario Murillo Zambrana.  Me identifiqué. No esperé ni medio minuto, cuando Rosario retornó con una invitación: “Dice el doctor Chamorro que pase usted adelante”.

No conocía personalmente a Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. El célebre director de LA PRENSA, se levantó de un sillón negro, giratorio, y se encaminó efusivo a encontrarme: “Bienvenido. Estás en tu próximo centro de trabajo”, me dijo sin rodeos, lo cual me dejó perplejo, pues yo esperaba otra cosa, sí, a lo mejor una “puteada” de primera.

 

Después de los saludos, de las preguntas sobre salud, estado de la familia, cómo me había ido en el viaje, me dijo secamente: “Te mandé a llamar, porque quiero que trabajés en la Redacción Central de LA PRENSA. Ya sé que no sos graduado de la Escuela de Periodismo, pero vos has mostrado en poco tiempo que sos bueno. Tenés un olfato natural de periodista”, y continuó elogiándome, sentado en su sillón, mientras fumaba una pipa.

 

Me imagino que vio sorpresa en mi rostro. “Calmate -me dijo-, ya he mandado que te compren almuerzo, pero eso sí, debés responderme ahora mismo, para dar instrucciones de que te faciliten todo al venir a instalarte como reportero”.

 

Quedé pensativo. Dar aquel salto me parecía un imposible en tan poco tiempo, pero no vacilé más y le dije: “Está  bien. Me vengo el cinco de enero del próximo año,  en la mañana”. “Trato hecho”, agregó  Pedro Joaquín Chamorro y se volvió a levantar y me abrazó.

 

Esa misma mañana ordenó que me dieran 5OO córdobas en efectivo. “El día que vengás en la mañana, te vamos a presentar al personal”, señaló. Sería la una y media de la tarde, cuando iba de regreso a tomar el autobús en la misma terminal del Mercado Böer. Iba contento.

“!!León, León…vamos de viaje¡¡”, era el pregón sistemático que gritaban los colectores  o cobradores de los autobuses interlocales en el Mercado Böer. Conocía yo muy bien este pregón, pues había sido cobrador en camionetas de pasajeros y taxista interlocal después.

 

“!Enchiladas a dos pesos¡ ¿Le doy una, marchante?, me preguntó casi a gritos una de las numerosas vendedoras ambulantes, muy bulliciosas de aquel mercado de las cercanías del Estadio Rigoberto López Pérez, entonces llamado “Estadio General Somoza”, en honor al jefe de los asesinos de la tiranía del somocismo genocida.

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Mientras el autobús se desplazaba raudo por la llamada “Carretera Nueva a León”, como una película natural desfilaban ante mis ojos las olas lentas, “pacíficas” del Lago de Managua, los  árboles de sus orillas, la Isla de Momotombito, el Volcán Momotombo (“ronco y sonoro”), León Viejo en la lejanía, La Paz Centro en la orilla de la Carretera, la Presa de Izapa, el Río de La Leona y finalmente la Ciudad de León, conocida entonces como “Ciudad Universitaria” y “Metrópolis de Nicaragua”.

 

En aquellos días corrían las noticias como explosiones de un reguero de pólvora por el país. Una pacotilla de asesinos genocidas de la guardia somocista había asesinado a numerosos campesinos en El Cuá , Jinotega, donde también torturaron y violaron mujeres, entre ellas Venancia Hernández, una anciana de 98 años. Los campesinos asesinados eran Juan González, Juan Hernández López, Gabino Hernández y Juan Hernández Sánchez, y esta nueva masacre somocista era, tal vez, la número 2OO.

 

En esos días había caído preso Germán Pomares Ordóñez, uno de los fundadores y miembro de la Dirección Nacional Histórica del FSLN, a quien los somocistas pretendían llenar de vergüenza por su participación guerrillera en Patuca y Pancasán.

 

Lo más doloroso para mí en esos días fue la caída de Luisa Amanda Espinoza y Enrique Lorente, descubiertos por los guardias somocistas genocidas en León gracias a los infames “orejas” de la Oficina de Seguridad de la tiranía somocista. Les comunico a mi madre y hermanos de mi viaje a Managua. En León no digo nada. Simplemente abandono mis empleos radioperiodísticos en las radioemisoras leonesas.

 

Llegué a LA PRENSA el cinco de enero de 197O. Había salido a las cinco y media de la mañana en un autobús de León a Managua. Debí tener parecido a campesinos ambulantes, pues mi escasa ropa la portaba en una bolsa plástica.

 

Me recibieron efusivamente Eugenio Leytón, “Koriko”, Anuar Hasan Morales,  Rosario Murillo Zambrana, Jorge A. Cárdenas, Manuel Salazar, Ángela “Angelita” Saballos y Agustín “Chirizo” Fuentes Sequeira. Muchas miradas curiosas escrutaban dentro de la Redacción de LA PRENSA, me imagino, mi rostro ingenuo, mi cuerpo flaco y un aspecto de jovenzuelo demasiado acentuado ante los rostros con luces experimentadas de gente como Koriko, Eugenio Leytón, el “Chirizo” Agustín Fuentes, Danilo Aguirre Solís, Anuar Hassan Morales, Hermógenes Balladares, Iván Cisneros Uriarte, Manuel Salazar, Jorge A. Cárdenas y el mismo doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal.

Aquella presentación poco protocolaria se vio envuelta en la distribución del trabajo mañanero, mientras el doctor Chamorro Cardenal  exhalaba humo de su pipa y los fumadores eternos como Danilo Aguirre Solís echaban también bocanadas blancas hacia los ojos y narices de los demás.

 

En el infierno de las calles de Managua

 

La distribución del trabajo reporteril-periodístico fue rápida esa mañana. El doctor Chamorro Cardenal se dirigió directamente a Hermógenes Balladares, uno de los reporteros más experimentados, para que me condujera por las entrincadas calles estrechas de Managua.

 

“El periodista es hombre o mujer de la calle”, era la lección esencial grabada en mi memoria. En ese mismo ratito, me dijeron que debía compartir una máquina de escribir, mecánica, con Balladares y otros compañeros, y que al día siguiente me darían la mía y un ladito en un escritorio.

Dichosamente, Balladares tenía buenas referencias mías. Salimos al exterior de LA PRENSA, y con los aires de un sabio frente al neófito, o novato, Balladares recorrió con su mirada los edificios altos que rodeaban el Diario LA PRENSA y me dijo: “Yo te voy a mostrar hoy laberintos, recovecos, oficinas, personajes, calles y caminos, para que después hagás solo los recorridos reporteriles”.

 

Subimos en su automóvil y comenzó a desplazarlo por la Carretera Norte, también llamada “Calle del Triunfo en aquellos días”, por la cual yo nunca había circulado. Me puse en plan de grabarme lo más que pudiera de nombres de edificios y lugares. “Allí son las cárceles de La Aviación”, me dijo apuntando con un dedo, mientras el carro se desplazaba.

 

No pude ocultar que me revolvía de coraje en el asiento, porque La Aviación me recordó inmediatamente parte de los crímenes horrendos de la tiranía somocista, pues allí habían matado hacía poco tiempo a Ajax Delgado, a Cornelio Silva, Edwin Castro Rodríguez y otros.

Llegamos a la oficina de Aduanas, donde me presentó y a la vez buscó información. Después me fue a mostrar la Plaza de la República, la Catedral, el Palacio Nacional, el Distrito Nacional (o Alcaldía), la Escuela de Arte, y luego fuimos al Hormigureo (cárceles) y la Central de Policía de la Guardia Nacional somocista sanguinaria.

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“Aquí fue donde el tirano Somoza García tuvo al General  Sandino antes de asesinarlo por el Aeropuerto Xolotlán”, le dije a Balladares. “Aquí no andés hablando de esas cosas, porque te pueden joder”, me advirtió Hermógenes Balladares. Me vi obligado a callar.

 

Entramos a las oficinas del Hormiguero, donde se buscaba información. En unos quince minutos, Balladares pudo entrar donde estaban dos coroneles de la Guardia Nacional genocida, por cierto “muy amables”: Nicolás Valle Salinas y Alesio Gutiérrez, este último ya famoso por las represiones callejeras contra maestros, estudiantes, sindicalistas y sandinistas. Me presentó y les dijo que yo empezaría a llegar de reportero a la Central de Policía.

 

Me detuve, sin embargo, a contemplar aquel “torreón” encumbrado del Hormiguero, que era como una “joroba” elevada de las paredes enormes de piedras canteras sobresalientes por el lado Norte y Este, es decir, frente a la Compañía Automotriz y la Academia Militar de la guardia sanguinaria del somocismo genocida.

 

Hermógenes siguió recogiendo información dentro de la oficina, mientras yo me fui a buscar gente a los pasillos, donde encontré mujeres llorando y gente protestando, lo que me dio para las primeras notas informativas rojas y de contenido social.

 

De regreso, Balladares me llevó por una de las complicadas avenidas centrales de Managua. Era ya el corre y corre, porque antes del medio día, los periodistas debían estar terminando de escribir para la edición de la tarde. “Como gallo comprado” entré nuevamente ese día a la Redacción buscando máquina de escribir. Había una. Escribí las primeras notas rojas, chorreando sangre, lo cual le encantaba a Anuar Hassan Morales, el responsable de la “Página de Sucesos”.

 

Mis noticias sobre problemas sociales y rojas salieron, al siguiente día, desplegadas a ocho y seis columnas en el Diario LA PRENSA, entonces situado frente al parquecito del hoy TELCOR, casi frente al Monte de Piedad (sitio de despiadada explotación de ricos contra pobres), en un costado del Edificio Zacarías Guerra, a un ladito de la Radio Centauro, en fin, muy cerca de la orilla del Lago de Managua.

Managua me pareció muy estrecha, apretujada como una caja de fósforo, apenas comencé a conocerla, pues la León Universitaria, Metrópoli, me lucía más sobria, de calles más anchas y con menos hipocresía en su población.

Esa Managua que empecé a conocer, me lució dividida en tres grandes bloques: los capitalistas millonarios y los burgueses “de medio pelo”, los cuales se veían con mucho lujo encima y en sus casas y con mucha corrupción dentro de sus filas; los profesionales, unos arrastrados ante este grupo de capitalistas oligarcas y otros, muy pocos por cierto, metidos de lleno en la lucha contra la feroz tiranía somocista sanguinaria; y por último la inmensa masa de pobres, siempre afanados en busca de justicia, empleo, mejoras sociales, económicas y de salud, con graves problemas de viviendas, caminando el calvario diario impuesto por la pacotilla de asaltantes del gobierno somocista.

 

Yo no tenía preparación política formal, pero mi instinto de proletario explotado en el pasado reciente me era suficiente escuela para entender lo que estaba pasando en la Managua maquillada con edificios bonitos, centros comerciales superiluminados y muchos miles de luces de neón parpadeando de noche para regocijo de la burguesía hipócrita, especialmente en las Avenidas Roossevelt y Central, en las Calles Quince de Septiembre, Momotombo, Triunfo y Colón, donde, al mismo tiempo, centenares de niños semidesnudos, descalzos, sin bañarse, más ancianos, ciegos y renquitos andaban pidiendo limosna.

 

Estas fueron parte de los aspectos que más me impactaron en cuanto llegué a la Managua soñada por los provincianos como yo, que nunca habíamos salido de Malpaisillo, de Telica, Quezalguaque o la misma Ciudad de León.

 

Cloacas impresionantes y “Malecón” deslumbrante con prostitutas

 

En el mismo primer día de trabajo periodístico, motivado por la curiosidad, en la tarde, me fui a los barrios costeros del Lago de Managua: “Tejera”, “Quinta Nina”, “Miralagos”, “Pescadores” y “Acahualinca”.

Fue impactante para mi, que soñaba distinta a la Managua-Capital, presenciar cómo desembocaban, como riachuelos procedentes de El Crucero, los torrentes de aguas negras, las cuales salpicaban a las casitas de cartones, plásticos negros y madera podrida de las orillas del Lago Xolotlán o de Managua.

Al llegar al Norte del “Matadero de “Acahualinca”, pude ver cómo centenares de zopilotes se disputaban desperdicios (vísceras y huesos) con decenas de mujeres, hombres y niños y también con perros.

Los desperdicios salían de una de las doce grandes “cloacas” de las aguas negras de Managua. Asqueroso aquello, y más asco me dio el saber de boca de estos seres humanos humildes que los intestinos de vacas y cerdos los usaban para empacar “chorizos”, después de limpiarlos y secarlos.

 

Las calles de todos estos barrios, especialmente de “Miralagos”, “Pescadores” y “Tejera”, estaban anegadas de un lodo hediondo, salpicado en parte por los desperdicios de las “cloacas”.  En la noche de ese mismo día, me fui al “Malecón de Managua”, situado al borde de las aguas del Lago Xolotlán, cuyas aguas salpicaban sus instalaciones hacia dentro de algunos centro turísticos.

Ese “Malecón” era la viva expresión de la alegría desenfrenada de muchos managuas o capitalinos. Allí abundaban las prostitutas,  delincuentes de toda laya, tahúres, casinos, juegos de azahar, apuestas de todo tipo,  bebidas alcohólicas por toneladas y pude notar que al menor descuido “los carteristas” sacaban las carteras de los bolsillos, arrancaban relojes, pulseras, cadenas, dinero, etc., y nadie podía decir nada porque estos delincuentes, mayoritariamente, era aliados de guardias somocistas genocidas.

 

Esa noche fui a hospedarme en un hotelito del Barrio San Antonio, situado en los alrededores del edificio de telecomunicaciones. No recuerdo el nombre de ese hotelito, pero no se me olvida su ruidoso piso de madera “del segundo piso”.

 

Inicié una carrera contra el tiempo entre laborar en la Redacción de LA PRENSA, las oficinas gubernamentales somocistas, las calles y vecindarios, como digo todos apretados uno sobre otros, y mi afán de conocer la Managua pequeña, concentradita, de antes del Terremoto de diciembre de 1972,  como diese lugar.

 

Para esto último me encontré a alguien “perfecto” como compañero de trabajo. Era Manuel Salazar, quien había sido guardia por el peso del desempleo, panadero por necesidad, mujeriego por deporte y uno de los más celebrados fotógrafos del Diario LA PRENSA,  en aquellos días.

Manuel Salazar, “Indio Salazar”, le decían en LA PRENSA, era un hombre que se conocía Managua en  todos sus rincones y por los cuatro costados. El mismo Anuar Hassan Morales, responsable de la Página de Sucesos, consideró que hacíamos “una buena pareja profesional para labores periodísticas”.

Al cuarto día de estar laborando yo en LA PRENSA, Salazar dispuso enseñarme la ciudad en su camionetita roja. Apenas salimos de la jornada rutinaria de la tarde, comenzamos a circular por las principales calles y avenidas, y por  último hacia la periferia Suroriente que entonces andaba por el Colegio Cristo Rey; Monseñor Lezcano por el Oeste; San Judas por el Sur;  Colonia Centroamérica y La Fuente, que era un Asentamiento ya lejano  en el Oriente de Managua.

 

“Hacia la Montaña” en la Vieja Managua

 

“Si vas al Sur, se dice “hacia la montaña” y si vas al Norte, decís “hacia el lago”, o “de la Tortuga Morada”, “del Gato Abraam”, de la Librería Argeñall, del Cine Trébol, del Cine América, del Mercado Böer, del Mercado Oriental, de la Iglesia San José, del Hotel Balmoral “hacia el lago”, de Carlos Cardenal, del Lacmiel, del Gran Hotel, del Club Social, de la Catedral, de La Caimana hacia el Este, de la Litografía San José,  de los Dormitorios Públicos, de Julio Martínez, de LA PRENSA, del Edificio Zacarías Guerra, del Destilatorio, del Monte de Piedad, de la Cruz Roja, de la “Mecatera para el Sur”, del Cuerpo de Bomberos, de la Central de Policía, del Hormiguero, de la Automotriz, de la Academia Militar, del Registro de la Propiedad, de la Corte Suprema de Justicia, del Diario NOVEDADES, de la Radiodifusora Nacional de Nicaragua, de la  Estación X, del Canal Cuatro, del City Club, de la Ciudad del Vicio, de la Casa Amarilla, de Transportes Vargas, del Cine México, del “putero” de los Transportes Vargas, del Hospital del Seguro  Social, del Hospital El Retiro, de la Loma de Tiscapa, del Diario Oficial La Gaceta, del Mercado San Miguel, del Mercado Central, de Emitesa, de Transportes Río Sol, de la Biblioteca Nacional,  del Barrio Frixiones o “Maldito”, del Mercado San Miguel,  etc.

 

Eran parte de la direcciones que uno debía aprenderse para recorrer la Capital nicaragüense. Managua no era así “grandota”, con extensión parecida a la forma de un abanico como ahora. Salazar me prometió que  me enseñaría todos esos rincones lo más rápido posible.

 

Manuel “Indio” Salazar me llevó a su casa, metida “en la montaña” en un sitio remoto, entonces, de Managua, llamado La Fuente, donde entonces un tal Héctor Argüello, lotificador malvado, hacía de las suyas explotando salvajemente a familias pobres con el asunto de los terrenos o lotes de 12 por 15 varas.

 

Salazar tenía un pleito con él, porque pretendía quitarle el lotecito debido a que había un

“atraso de tres meses en los pagos”.  Para llegar hasta allí a esa casita, se circulaba por un camino repleto de polvo. Al paso de buses o camionetas se levantaba una inmensa nube de polvo, que dejaba afixiándose a los habitantes de algunas casitas de la orilla.

 

Vi aquellos buses destartalados y le propuse a Salazar que me acompañara dentro de esos buses para hacer un reportaje periodístico, con el fin de que él hiciera las fotos. Nos montamos en uno de la empresa “Emitesa”, donde es hoy el Mercadito Periférico Jonathan González, frente al Cementerio Oriental.

 

Un viaje al infierno por las calles de Managua

El Nuevo Colón que descubrió Managua

 

Aquel viaje fue espectacular, pues pudimos ver cómo se metía el polvasal dentro del autobús y cómo del humo gaseoso del escape del vehículo también se metía al interior en que iban los pasajeros desesperados cubiertos con pañuelos para que el polvo no se les metiese a las narices, con el pelo amarillo y los labios resecos y duros, una capa de polvo en las espaldas y las piernas.

 

“Un viaje al infierno por las calles de Managua”, fue el sugestivo titular que le puso al reportaje Agustín “Chirizo” Fuentes Sequeira, entonces jefe de Redacción de LA PRENSA.

 La respuesta virulenta de “Estirpe Sangrienta: Los Somoza” no se hizo esperar y el Diario NOVEDADES, propiedad los jefes de la dinastía de asesinos, publicó al siguiente día un artículo titulado: “El Nuevo Colón que descubrió Managua”, refiriéndose a mi reportaje sobre los peligros de salud y de accidentes enfrentados por los pasajeros, virtualmente abandonados.  Despotricaron, pero a los pocos días el Distrito Nacional (Alcaldía) estaba metiendo tractores, camiones y hombres, para

mejorar el camino.

 

Siguiendo la ruta del asesinato de Sandino

 

En esos mismos días, por ahí de mediados de mayo de 1970, le expresé a Salazar mis deseos de conocer personalmente dónde los somocistas sanguinarios genocidas Anastasio Somoza García y los yanquis habían asesinado al General Augusto C. Sandino y varios miembros del Estados Mayor del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional.

 

“Esa mierda… es peligrosa, pero si querés, !vamos¡”, me dijo Salazar. En esos días estaban ya en boga los ataques cada vez más furiosos de los somocistas terroristas contra el clandestino Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), el que había recibido un revés militar en Pancasán, pero que estaba obteniendo un sonadísimo triunfo político al hablarse de su accionar guerrillero al más alto nivel de la dictadura y en toda la sociedad burguesa, especialmente en la mojigata de Managua.

 

Abundaban también los tribunales militares de la dictadura Somocista contra presos políticos sandinistas, o jueces civiles y penales,  “orejas” de la Oficina de Seguridad y de la Guardia Nacional genocida, “jueces de mesta” (estos especialmente en el campo o zonas rurales), que se prestaban a condenar y perseguir a los revolucionarios rojinegros. Noel Estrada Martínez era uno de esos jueces “orejas” de la Guardia Nacional genocida.

 

Hice el reportaje entre vecinos del Barrio Larreynaga y algunos residentes en la Loma de Chico Pelón, donde algunos vecinos ya entrados en años me dijeron que “oyeron” las descargas de fusilería aquella noche del 21 de febrero de 1934 hacia el lado del Aeropuerto Xolotlán, el cual estuvo ubicado donde es hoy el Seguro Social y un asentamiento nuevo, en las cercanías de la Loma de “Chico Pelón”. Es el mismo Aeropuerto que utilizaron los yanquis para bombardear poblados del Norte de Nicaragua y a los miembros del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional. Uno de los pilotos yanquis era de apellido Bruce.

 

Mi reportaje se publicó en LA PRENSA con autorización del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal y al poco tiempo fue reproducido en un libro de varios autores, titulado: “El asesinato de Sandino”.

 

Por supuesto, yo era (y quizás sigo siéndolo) ingenuo,  en relación al mundo de los buitres y venaderos consumados del periodismo en Managua, haciendo las excepciones correspondientes. Esto lo comencé a palpar en los primeros meses de trabajo periodístico en Managua. Les cuento sólo tres hechos para ilustrar este asunto.

 

Los “buitres” o “venaderos” del periodismo

 

Tenía pocos meses de estar en Managua, cuando Manuel “Indio” Salazar y yo nos topamos con un carro Chevrolet antiguo, de los años 40, en una calle de Managua. Aquello era una joya, por lo menos para mi curiosidad reporteril. Resultó que el carro viejo era del viejo Julio Martínez, famoso burgués comerciante capitalino, importador de carros y usurero al momento de revenderlos al crédito y al contado en el país.

 

Escribí un bonito y pintoresco reportaje con fotos de Salazar. Agustín “Chirizo” Fuentes  Sequeira, Jefe de Redacción en LA PRENSA, le dedicó una página entera al trabajo periodístico. Unas dos semanas después, por una necesidad de repuestos para la camioneta de Salazar, fuimos a la Casa Distribuidora de Julio Martínez, donde nos tropezamos en uno de los pasillos con el gerente de la empresa distribuidora.

 

“Recibieron ustedes el dinero (tres mil córdobas en 1970) que les mandamos por el reportaje del carro?”, le preguntó el gerente a Salazar, quien era conocido suyo.  Sorpresa para nosotros. Otros habían cobrado por un reportaje que nosotros hicimos por vocación y buenos deseos de elaborar trabajos curiosos para el periódico.

 

El siguiente fue más grande. No recuerdo en que mes de 1971 fue la primera huelga del transporte colectivo por la famosa subida de 25 a 30 centavos en el pasaje.  Los empresarios privados querían subida del pasaje, mientras los usuarios se negaban a pagar ese aunmento. Salazar y yo nos fuimos a meternos a los garajes de Transporte Río Sol y Emitesa, y al siguiente día publicamos un reportaje demoledor en que demostrábamos cómo se daba mal servicio y que en realidad no era necesario el aunmento del pasaje.

 

El reportaje se publicó en primera página. Asústense. Al siguiente día, se publicó otro reportaje diciendo todo lo contrario de lo que yo había dicho, o escrito,  mediante un trabajo

periodístico firmado por uno de mis colegas de la Redacción de LA PRENSA.

 

No pude conseguir las pruebas correspondientes, pero después supe que los empresarios supuestamente pagaron once mil córdobas por ese “desmentido”. Nadie me dijo nada en la Redacción de LA PRENSA, pero era evidente que algunas cosas que yo empezaba a escribir no eran del agrado de un sector de la burguesía más explotadora de Managua.

 

Movido por deseos de conocer y curiosidad profesional, en esos mismos días me fui a Ocotal (Capital de Nueva Segovia), donde me encontré con que una empresa maderera de empresarios gusanos cubanos estaba arrasando los pinares de Dipilto, sin sembrar ni solo  árbol nuevo. ¡Abrase completo¡

 

Escribí otro extenso reportaje con declaraciones de gente conocida de Ocotal, que denunciaban la barbarie al amparo de la dictadura militar somocista. Al tercer día, en la misma primera página se publicó otro reportaje, firmado por otro colega del mismo periódico, mediante el cual se ponía a los gusanos cubanos como la ultra maravilla, que ejecutaban planes de reforestación, que le ayudaban con dinero a los campesinos…en fin, sólo alabanzas, que chocaban frontalmente con la realidad.

 

Presuntamente, que por este otro reportaje pagaron cinco mil córdobas. Me dolió, francamente, porque esta labor de sapa la hacían mis compañeros de la Redacción, donde yo era nuevecito, neófito, novato. no  sabía “cómo funciona el sistema”.

 

Hubo una huelga en la Simens, empresa alemana de telecomunicaciones. Recuerdo que le hice entrevistas a dirigentes sindicales y empresariales, las cuales se publicaron en LA PRENSA. La segunda parte y el “venado” de este asunto lo conocí hasta hace poco, en 1996, por boca del periodista Ignacio “Nacho” Briones Torres, quien confesó en una rueda de periodistas en el Consejo Supremo Electoral que mi material periodístico le sirvió a él para hacerle una entrevista “a fondo” al secretario general del Sindicato.

 

Presuntamente, “la entrevista” era comprometedora y se la llevó al gerente, quien, según “Nacho” Briones Torres, le dio casi 200 mil córdobas, con lo cual se compró una casa en el Reparto Santa Clara.  “Eso lo logré, gracias a Pablo Emilio Barreto”, confesó “Nacho” Briones Torres ante una rueda de periodistas. ¿Qué les parece?

 

Segunda parte

 

Uno de los acontecimientos inolvidables para mi fue el traslado de gente muy pobre de “Miralagos” al llamado OPEN III (Operación de Emergencia Nacional No. III) a raíz de una tremenda inundación ocurrida en octubre de 1970.

 

Al sitio me llevó la periodista Ángela “Angelita” Saballos, quien francamente me protegía mucho en esos primeros meses de labores en LA PRENSA, y de ella se decía que era mi “madrina”, es decir, protectora. Además de reportear diariamente para LA PRENSA, Angelita escribía una columna muy conocida en esos días: “Mis Preguntas”. Ángela y yo fuimos, acompañados por el infaltable Manuel “Negro” Salazar, para hacer un reportaje sobre aquel drama, que se repetía una vez más en 40 años y que ahora el traslado sería definitivo.

 

Escribimos juntos el reportaje. Yo volví al escenario de “Miralagos”, en la tarde, bajo un copioso aguacero, mientras centenares de pobladores humildes y sus enseres domésticos podridos, sucios y la ropita mezclada con lodo, eran subidos a camiones del entonces llamado “Departamento de Carreteras” del régimen del somocismo sanguinario genocida.

 

Me monté en uno de los camiones de volquete con una de las familias damnificadas, las cuales fueron llevadas a unos terrenos llenos de matorrales, lodo, hierbas abundantes y víboras de cascabel, propiedad de Julio Blandón García, pipito de Anastasio Somoza Debayle, ubicados en el kilómetro doce y medio, donde es hoy Ciudad Sandino.

 

Cuando llegué al llamado OPEN III eran las cinco de la tarde. Decidí quedarme allí, viendo cómo se desarrollaba aquel drama humano, provocado por la Naturaleza y la dictadura  del somocismo, pues sobraban terrenos planos y limpios a la orilla de la entonces ciudad de Managua.

No cesaba de llover. Hombres, mujeres y niños, usaban los machetes para hacer hoyos en el suelo fangoso, con el fin de sembrar pedazos de madera secos o verdes, y sobre ellos colocaban tucos de plásticos, bajo los cuales se refugiaban del agua aquella tardecita.

La noche con su manto oscuro fue cayendo. Algunas familias encendieron candiles carreteros bajo los plásticos mencionados, donde al mismo tiempo encendían fogoncitos para hacer café, con el fin de calentarse un poco, porque hacía frío.

Mi presencia allí llamaba la atención, porque no era vecino conocido. Me identifiqué, y pronto hice amistad con Gilberto Barberena Hurtado, a quien le decían “Barata”, hoy convertido en dirigente comunitario conocido y Orden Servidor de la Comunidad del Movimiento Comunal Nicaragüense.

Esa misma noche conocí al padre católico Pedro Miguel García, quien atendía religiosamente a la comunidad de “Miralagos” en la orilla del Lago Xolotlán o de Managua.

 

Aún en medio de los aguaceros de esa noche, los zancudos no dejaban en paz a niños, hombres, mujeres y ancianos.

Los hombres se preocuparon porque las mujeres y los niños de algún modo estuviesen, al menos, protegidos de la lluvia, mientras al mismo tiempo alternaban solidaridad en  hacer hoyos para sembrar los horcones de las casitas.

Los hombres, encabezados por “Barata” Barberena Hurtado, no durmieron esa noche del ocho de octubre de 1970.

 

Yo tampoco dormí.

 

Al amanecer, me regalaron café y un boyito de pan. “Barata” Barberena Hurtado  me dijo que ese día irían a firmar los contratos” de compra-venta de los terrenos por tres mil, cuatro mil y cinco mil córdobas con Julio Blandón García.

 

Esa misma mañana comencé a conocer dos verdades terribles para la pobre gente: 1) el drama de ellos en la inundación y el traslado oficial a ese lugar era parte de un negocio fabuloso de venta de terrenos que apenas comenzaba con la complicidad plena de Anastasio Somoza Debayle; 2) puestos en esos terrenos sin ninguna mejora, nadie les estaba ayudando; 3) comenzaban a hipotecarse de por vida con Julio Blandón García, uno de los lotificadores más voraces de Managua (invito a leer mi libro “Ciudad Sandino: 30 años”).

 

Amanecer allí me permitió hacer otro reportaje, más dramático que el anterior, pues allí me di cuenta que además del “contrato” mencionado, también era necesario comprarle el agua a los Blandones, y a estas familias se les planteaba un reto muy duro: el transporte desde el kilómetro doce y medio de la Carretera Nueva a León hasta el casco urbano de la Capital (Managua), ubicada, precisamente, doce kilómetros al Este.

Esa misma mañana, “Barata” Barberena Hurtado salió a la carretera a las seis y media de la mañana para tomar una camioneta, la cual lo llevó hasta “La Ceibita”,  en  el Barrio Monseñor Lezcano, de donde continuó a pie hasta su trabajo en una venta de vehículos llamado Julio Martínez.

 

Después me contó que llegó casi a las nueve de la mañana a su puesto de trabajo.

Ese día pude ver a los hombres afanados, primero, en hacer fila para firmar los contratos enfrente de la casona-finca de los Blandones, y después comenzaron los trabajos para levantar los mamarrachos de casitas en aquel montarascal sin caminos, sin calles y llenos de víboras. Cerca de medio día yo estuve en la Redacción de LA PRENSA con mi nuevo reportaje. Después seguí yendo al OPEN III, de lo cual hay numerosos reportajes publicados en el Diario LA PRENSA.

 

Barrio “La Fuente” polvoriento

 

Francamente no recuerdo por dónde era la casa del Negro Manuel Salazar en el Asentamiento “La Fuente”, la cual entonces era una enorme extensión de tierras, propiedad de Héctor Argüello, quien la estaba lotificando también en ese momento. “La Fuente” era lo que es hoy el Barrio Ariel Darce Rivera.

No lo recuerdo, lo cual era contradictorio con mi insistencia permanente para que Salazar me mostrara la Ciudad Capital por los cuatro costados.

 

Para ir a la casa de Salazar, ambos pasábamos, abordo de su camioneta, por caminos polvosos y solitarios, en medio de arboledas, sí arboledas existentes a partir del Gancho de Caminos.

Siempre me llamó la atención, por ejemplo, la ubicación solitaria del Colegio Cristo Rey, ubicado a la orilla del llamado Camino Viejo de Santo Domingo, el cual entonces era éso, un camino lleno de hoyos, montes y árboles bonitos en el trayecto hacia la colonia Centroamérica.

 

Yo dormía sobre un camastro de madera en una bodeguita y gallinero, situado en el patio de la casa de Manuel “Negro” Salazar. Esto para mí fue una salvación en los primeros tres meses de estadía en Managua.

En septiembre de 1970 fui a un hotelito sin nombre, ubicado en el Barrio San Antonio, donde hice un arreglo de pago mensual con desayuno y cena, porque durante el almuerzo andaba reporteando en la calle.

 

Para sorpresa mía, en ese hotelito encontré casi solo estudiantes universitarios, más a una mujer llamada María Elizabeth Mejía Rivas, profesora, salvadoreña, y estudiante universitaria, quien se convirtió en mi primera esposa.

 

Era tranquila la estadía en ese hotelito. Estaba cerca de LA PRENSA, lo cual me favorecía para trasladarme muy de mañana y regresar ya de noche, porque estaba a tan sólo cuatro cuadras del Diario LA PRENSA.

Como siempre, utilizaba la noche, antes de dormirme, para leer libros, periódicos, revistas, informes especiales, y pronto también se produjeron tertulias entre los estudiantes, María Elizabeth y yo.

 

“Si querés conocer Managua de mejor manera, debemos hacerlo a pie, calle por calle”, me dijo Salazar cuando yo ya estaba en el hotelito mencionado.

Dedicamos un fin de semana para recorrer las calles 15 de Septiembre, Colón, Momotombo, 27 de Mayo, Calle del Triunfo, y las avenidas Bolívar, Central, Roossevelt, más todas las calles y avenidas adyacentes.

Fue así como conocí casi al detalle el centro y la periferia de la Managua de antes del Terremoto del 23 de diciembre de 1972.

En esos meses de 1971 era ya fabuloso el negocio combinado de construcciones de Colonias y Repartos con las casas de préstamos hipotecarios leoninos, en las cuales estaban metidos Anastasio Somoza Debayle, sus familiares; también generales, coroneles y allegados al somocismo genocida.

 

Estaban siendo construidos  Repartos y Colonias como: Altamira, Cuidad Jardín, Bolonia, Bosques de Altamira, Los Robles, Xolotlán, Primero de Mayo, Santa Clara, Mántica, El Carmen, Las Colinas, Cinco de Diciembre, Satélite Asososca, Vista Hermosa, Colonia Proyecto Piloto y Bello Horizonte, entre otros.

 

Fui primero a tomar una casa de dos pisos en la Colonia Proyecto Piloto, al crédito, por medio del Banco de la Vivienda, entonces conocido como el Instituto Nicaragüense de la Vivienda (INVI).

A los pocos meses, la casita, de buena construcción, no me gustó porque quedaba muy lejos de mi trabajo en LA PRENSA. Estaba situada al Sur de la Colonia Catorce de Septiembre, construida unos 10 años antes de 1971. Por este motivo, cometí un error: abandoné la vivienda, se la devolví al INVI.

Arrastrado por la publicidad de VIVISA, promotora de las casas de Bello Horizonte y aliada de la Centroamericana de Ahorro y Préstamo, ambas empresas de los Somoza Debayle, Somoza Urcuyo y de los Lacayo-Terán, obtuve al crédito la casa No. H-II-20.

 

Esta era una casa un poco mejor construida, pero con techo de losas inmensas, lo cual la convertía en un enorme peligro. Lo veremos más adelante al hablar del Terremoto del 23 de diciembre de 1972.

La obtención de esta vivienda en el Reparto Bello Horizonte marcó mi rumbo en la historia de lucha social y política, pues me puso, casi inmediatamente, de “estorbo” en los planes de explotación de Anastasio Somoza Debayle, el jefe de la tiranía sanguinaria del somocismo genocida y también jefe de la “Estirpe Sangrienta”.

 

Ese mismo año de 1971, recuerdo, la lucha callejera popular comenzó por las subidas en las tarifas del transporte urbano colectivo, de la leche pasteurizada y por los cobros en los que se llamaron “parquímetros” en los estacionamientos de instituciones como en el Instituto de Telecomunicaciones, ubicado, precisamente, entonces, frente al Diario LA PRENSA y esquina opuesta al “Monte de Piedad”.

 

Este asunto del alza en el transporte urbano, de 25 centavos a 30 centavos, no se me olvida porque sin proponérmelo descubrí algo realmente feo.

Recuerdo que habían unas rutas llamadas EMITESA, los Río Sol y unos “autobuses pelones”.

El fotógrafo Manuel Salazar, uno de los mejores en LA PRENSA, me sugirió que fuésemos a ver el estado mecánico, de los asientos  (tapizado) y la carrocería en los autobuses Río Sol, propiedad, como casi todos, de allegados de Somoza Debayle y generales y coroneles de la guardia somocista.

Hicimos un reportaje escrito y fotográfico del mal estado de los autobuses y de lo poco justificado del aumento de la tarifa, aprobada por la Dirección de Transporte de la tiranía genocida del somocismo.

 

Aquel reportaje mío se publicó destacado en primera página en el Diario LA PRENSA, pero mi sorpresa fue mayúscula al siguiente día al publicarse otro escrito del periodista Filadelfo Alemán Robleto, del mismo periódico, sosteniendo todo lo contrario de lo que yo había escrito.

 

Después pude establecer que los propietarios de las rutas de autobuses le pagaron 11,000 córdobas por decir todo lo contrario en la misma primera página del Diario PRENSA.

 

Para entonces, ya conocía, un poco nada más, de cómo funcionaba el “venadeo” en el periodismo nicaragüense, en Managua en particular y en especial dentro del Diario LA PRENSA, donde varios de los más connotados (“estrellas”)  periodistas recibían cheques mensualmente en instituciones como el Ministerio de Economía, INVI, Ministerio de Educación, en la  Federación de Deportes, etc, mientras el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, Director de LA PRENSA, se enfrentaba abiertamente a la tiranía militar somocista.

 

Ese año 1971 comenzó agitadísimo, pues casi al mismo tiempo fueron asesinados los sindicalistas campesinos Pedro Guerrero y Máximo Martínez Sánchez;  y Fernando Agüero Rocha apareció firmando con Somoza Debayle el llamado “Pacto o Kupia Kumi”, después de haber masacrado a centenares de pobladores del campo y la ciudad en la Avenida Roossevelt el 22 de enero de 1967.

 

Pactos y lucha del Frente Sandinista

 

Ese pacto se firmó el 27 de marzo de 1971. Ese mismo día fueron asesinados por la guardia  del somocismo genocida los directivos sindicales del SCAAS Efraim González y Rommel López.

El 13 de octubre, como parte de las protestas populares, fueron tomadas varias iglesias por jóvenes estudiantes, mujeres y hombres. La Catedral Metropolitana fue invadida por la guardia somocista en Managua.

 

Fueron detenidos, entre otros militantes sandinistas: Germán Pomares Ordóñez, fundador del FSLN y miembro de su Dirección Nacional Histórica; Doris Tijerino Haslam, Filemón Rivera y Catalino Flores, por cuya libertad se estaban haciendo jornadas populares en contra de la tiranía  somocista.

 

En ese marco político y social convulso llegué yo a Bello Horizonte, donde las casas estaban construidas como “en tierra de nadie”, sin verjas, sin árboles, sin perros siquiera, a disposición de pandillas de ladrones.

Lo más grave fue descubrir que los techos eran losetas pesadísimas, convertidas en una trampa mortal a la hora de un Terremoto.

Por las denuncias públicas, pronto me convertí en secretario de la Asociación de Vecinos de Bello Horizonte, la cual comenzó a confrontarse con los representantes de Somoza Debayle en la Centroamericana de Ahorro y Préstamo, VIVISA, AISA, el INVI y el propio Anastasio Somoza Debayle. El presidente de la Asociación de Vecinos era Guillermo Baltodano Serrano, uno de los dirigentes del Partido Socialista Nicaragüense. Baltodano Serrano fue siempre muy solidario conmigo y se convirtió en primer maestro político, en Managua.

 

En este mes de octubre se publicaron mis reportajes sobre Francisco “Pancho Ñato” Juárez Mendoza, famoso personaje de las comarcas aleñadas a León, donde solitario se enfrentó exitosamente a la guardia somocista entre 1948 y 1952. Mató a numerosos guardias y “orejas” de la Oficina de Seguridad del sistema dinástico somocista, hasta que lo capturaron a él con otros 200 campesinos, todos los cuales fueron fusilados en el Fortín de Acosasco por el coronel somocista sanguinario genocida Pedro Nolasco Romero.

 

El fatídico Terremoto del 23 de diciembre de 1972, fue precedido por las luminosas auroras lanzadas al espacio nacional por Carlos Fonseca Amador, jefe de la Revolución Popular Sandinista, quien publico en los primeros días de enero: “Sandino, guerrillero proletario”, “Reseña de la secular intervención norteamericana en Nicaragua” y “Notas sobre la carta testamento de Rigoberto López Pérez”.

 

En esos mismos días yo escribí un reportaje sobre la búsqueda de los restos del General Augusto C. Sandino en los alrededores de lo que fue el Aeropuerto Xolotlán, frente a las Lomas de Chico Pelón. Este reportaje de búsqueda de Sandino se convirtió, como ya dije,  en parte de un libro de varios autores, llamado: “El Asesinato de Sandino”.

 

El 24 de enero estalló la Huelga de Hambre de los Reos Políticos sandinistas en la Cárcel Modelo de Tipitapa, los cuales eran respaldados por sus madres.

La lucha crecía en contra de la tiranía, y por ese motivo el 5 de febrero se produce la Huelga de las Auxiliares de Enfermería de Managua, las cuales solicitan se les resuelven 15 peticiones, entre otras aumentos salariales, cese de las represiones internas, y la guardia genocida del somocismo responde agrediendo a culatazos, patadas y puñetazo a las enfermeras, médicos y auxiliares de enfermería del Hospital del Seguro Social, ubicado entonces de la Iglesia San Antonio hacia el sur, como quien iba rumbo a la Policlínica Central, todo lo cual relato detalladamente en mi libro: FETSALUD Heroica, Escuela de luchadores rebeldes.

 

Se registraron Huelgas de Hambre de las auxiliares y enfermeras en varios departamentos; los taxistas de León se fueron a paro por aumento de precio en la gasolina, la guardia somocista asesinó a los campesinos Carlos Alberto Martínez y Sergio González Dávila,  en El Crucero, Managua.

 

En el mes de octubre comenzó un movimiento de las Madres de Reos Políticos Sandinistas, las cuales pedían una “Navidad sin reos políticos”, exigencia que tuvo amplia resonancia en los medios de comunicación nacionales, incluido NOVEDADES, cuyos periodistas acusaban a los presos de “sandino-comunistas”, “terroristas”, “agentes de comunismo internacional”.

Las protestas se generalizaron por el país porque la guardia del somocismo incendió centenares de ranchos campesinos en Pantasma, Potosí  (Noroeste de Chinandega en el Golfo de Fonseca), Jinotega y Matagalpa. En este último Departamento estas acciones criminales eran jefeada por Juan Palacios, “Jueces de Mesta”, “Orejas” de la Oficina de Seguridad y la misma Guardia Nacional somocista genocida.

“Jueces de Mesta” sujetos campesinos, hombres y mujeres, muy leales al régimen somocista, que presuntamente hacían de “amigables mediadores en conflictos de ganaderos y propietarios de fincas”, y que en realidad eran espías, informantes de la Guardia Nacional y de la Oficina de Seguridad (OSN), e integraban “escuadrones de la muerte” y mataban gente por su propia cuenta.

“Orejas” eran espías o informadores oficiosos (pagados) y adhonorem de la Guardia Nacional y la OSN, especialmente en las ciudades departamentales y municipales en que hubieran actividades políticas o protestas opositoras al régimen militar somocistas, especialmente para denunciar a los militantes y simpatizantes del Frente Sandinista de Liberación Nacional, por supuesto, totalmente clandestino en ese momento. Estos “orejas” eran mayoritariamente militantes del Partido Liberal Nacionalista, jefeado por Anastasio Somoza Debayle.

 

El país se conmocionó más cuando el 10 de noviembre una abundante manifestación de pobladores pobres bajó de las Lomas de El Crucero, específicamente de Torres Molina y Loma Linda (hoy Camilo Ortega y Sierra Maestra), para denunciar la bárbara explotación a que estaban siendo sometidos por el lotificador somocista Humberto Torres Molina, quien para obligarlos a pagar “contratos leoninos” les había cortado la tubería de agua potable. Humberto Torres Molina era uno de los fieles aliados de Anastasio Somoza Debayle.

 

En el mismo mes de noviembre se formó el Comité Nacional Pro-Libertad de Reos Políticos, el cual lanzó la campaña de “Navidad 72 sin Reos Políticos”. A mediados de diciembre de 1972 estalló la Huelga de Reos Políticos, entre los cuales estaban: Daniel Ortega Saavedra, Tomás Borge Martínez, Lenín Cerna Juárez, Jacinto Suárez Espinoza y José Benito Escobar Pérez. Borge Martínez y Escobar Pérez eran fundadores del FSLN y Daniel Ortega Saavedra ya era miembro de la Dirección Nacional Histórica del FSLN clandestino.

Estos mismos reos políticos del cada vez más potente Frente Sandinista político-militar se declaraban en huelga de hambre por segunda ocasión, debido al trato brutal, de torturas y hambre impuesta a que estaban siendo sometidos por el régimen de la “Estirpe Sangrienta” de los Somoza y la Guardia Nacional somocista sanguinaria genocida, creada, entrenada, financiada y sostenida como Ejército interventor permanente por el gobierno criminal de Estados Unidos desde antes del asesinato del General Augusto C. Sandino.

 

Encarcelado  horas antes del Terremoto

 

El propio día del Terremoto del 23 de diciembre de 1972 fui a parar a las cárceles fatídicas del “Hormiguero”, uno de los sitios de torturas preferidos por oficiales de la GN del somocismo. Estas cárceles eran dirigidas personalmente por el coronel genocida Nicolás Valle Salinas.

 

“Hormiguero” era una cárcel con características rústicas y brutales. Las Paredes externas, especialmente por los lados Norte y Este, frente a la Academia de la guardia somocista genocida y de la Compañía Automotriz, eran de “piedra cantera”.

Frente a la Compañía Automotriz, la enorme pared del “Hormiguero” tenía una especie de “joroba” y huecos, por donde los presos lanzaban a la calle cartuchos amarrados con mecates o hilos, mediante los cuales pedían cigarros, comida o enviaban mensajes escritos a la calle.

 

Una de mis fuentes cotidianas de búsqueda de información eran los Mercados Central y San Miguel, situados entonces de donde es hoy el Edificio de PETRONIC hacia el Oeste-sur.

 

Eran las nueve de la mañana del 22 de diciembre de 1972. Me fui a la Librería Argeñal, ubicada en una esquina de la Calle 15 de Septiembre, en busca de algún libro para leer.

 

Iba a pie y solo, con mis dos cámaras fotográficas colgadas, una grabadora chiquita, una libreta, dos lapiceros y más de 500 córdobas en los bolsillos.

Estaba buscando libros, cuando repentinamente vi un gran bochinche callejero frente a la Sección de Policía de la Guardia Nacional en el Mercado San Miguel. Caminé presuroso hasta el sitio, donde me di cuenta que eran varios productores-comerciantes discutiendo acaloradamente por el precio de numerosos quintales de frijoles que uno de ellos había vendido a otros. Uno de ellos alegaba que le habían robado. El grupo se fue haciendo cada vez más grande y más bullicioso.

 

Del cuartel o Sección de Policía salió un teniente GN, quien bajo amenaza de cárcel obligó a los bochincheros a que pasaran dentro de la unidad militar.

 

Yo me fui detrás del grupo de pleitistos hacia el interior de la Sección de Policía. Ya estando dentro, me subí a una especie de “tabanco” o “tapesco”, desde donde comencé a hacer fotografías del pleito, mientras el guardia escuchaba.

 

Los relámpagos o luces del flash no le gustaron para nada a otro oficial de la guardia somocista genocida, quien se subió al tabanco garand en mano y con él empezó a darme de culatazos, patadas y bofetadas, hasta que me tiró al suelo.

 

Me arrebató las cámaras y la grabadora y las estrelló contra el piso, donde se quebraron. Con lujo de violencia, tal como estilaban siempre, me lanzaron a patada limpia hasta una celda hedionda, llena de defecaciones, donde sólo había un hoyo al ras del piso para defecar.

 

El incidente conmigo prácticamente dispersó a los productores comerciantes embochinchados, los cuales buscaron la calle, según pude ver desde dónde me habían metido.

 

Me imagino que esta misma gente me identificó y llamó telefónicamente al Diario LA PRENSA, donde el doctor Danilo Aguirre Solís, el licenciado Agustín Fuentes Sequeira, la Angelita Saballos, Manuel Salazar y Anuar Hassan Morales comenzaron a moverse para que me pusieran libre. También denunciaron mi prisión en noticieros radiales  como Radio Informaciones, Noticiero Extra y La Verdad, dirigidos, respectivamente, por Rodolfo Tapia Molina, Rolando Avendaña Sandino y Joaquín Apsalón Pastora.

 

Eran las once de la mañana cuando me trasladaron en una “zaranda” (microbús-cárcel rodante) de la Guardia Nacional hacia las cárceles del Hormiguero, ubicadas esquina opuesta a la Academia Militar de la Guardia y de la Compañía Automotriz, relativamente cerca del Mercado San Miguel.

 

Me metieron a una de las horrendas celdas del Hormiguero, las cuales, por dentro, eran unos huequitos rectangulares, construidos de piedra cantera, una  sobre de otra, sin hierro, pero con verjas de hierro en cada una de las entradas a las celdas.

Esas cárceles del Hormiguero eran famosas en Managua, pues en ellas metían presos comunes, prisioneros políticos como Daniel Ortega Saavedra y Tomás Borge Martínez, quienes fueron torturados allí por el célebre torturador Gonzalo Lacayo, uno de los hombres más feroces y atroces de la Oficina de Seguridad de Anastasio Somoza Debayle.

 

Por haber leído sobre el asesinato de Sandino por parte de Anastasio Somoza García, la Guardia Nacional, o ejército interventor,  y los yanquis invasores en febrero de 1934, yo sabía que en ese sitio habían metido también al célebre General de Hombres Libres después de capturarlo a traición en la bajada Norte de la Loma de Tiscapa.

Asimismo, debido a que yo, en mi calidad de reportero del Diario LA PRENSA, visitaba casi diariamente esta cárcel en medio de la bulliciosa Managua, donde también estaban las Oficinas de la Central de Policía, encabezada por Nicolás Valle Salinas en esos días.

Serían las dos de la tarde cuando me pasaron un guineíto verde, cocido, con un puñito de arroz y frijoles y un montoncito de sal en un lado de los frijolitos. Me llevaron asimismo un vasito con agua, el cual bebí ansioso, pues no había bebido agua desde que me echaron preso a las nueve de la mañana.

Esas cárceles hedían como a barraco por los orines y defecaciones humanas. Estaban presos centenares de delincuentes, especialmente carteristas.

 

Estaba buscando cómo acostarme en la piedra mugriente de la cárcel, a las nueve de la noche, cuando repentinamente escuché la voz sonora, arrogante, de un guardia frente al portón de la celda: “¿Quién es Pablo Emilio Barreto…? El Coronel Valle Salinas quiere verlo”. Valle Salinas era el Jefe de la Policía de la Guardia Nacional en Managua.

El guardia abrió la verja de la celda y me dejó salir. “Venga conmigo”, me dijo. Me llevó hasta la oficina de Valle Salinas, donde estaban  varios funcionarios del Diario LA PRENSA, quienes llegaron después de las gestiones hechas por Agustín Fuentes Sequeira, Hermógenes Balladares y el mismísimo doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal.

“Aquí te vienen a traer…te dejamos libre, para que veas cómo es de generosa la Guardia Nacional, a pesar de las acusaciones frecuentes del Diario LA PRENSA”, me expresó Valle Salinas.

 

¿Por qué me echaron preso?, le pregunté a Valle Salinas. “Por invasión a un cuartel o Sección de Policía de la Guardia Nacional”, me respondió. “Ah…”, le respondí.

Por supuesto, ni tocar el tema de las cámaras fotográficas y la grabadora destruida, ni de los 500 córdobas que me habían sacado de la bolsa, ni de los apuntes en mi libreta.

 

Los afiliados de la Asociación de Vecinos de Bello Horizonte me estaban esperando, preocupados primero y alegres al verme retornar, lo cual fue aprovechado para un brindis en el parquecito Sur, bautizado después con el nombre de Marta Lucía Corea. Eran ya casi las doce de la noche. Me fui a mi casa H-II-20, donde también me esperaba María Elizabeth Mejía Rivas, mi primera esposa, quien estaba cuidando a Pedro Pablo, mi primer hijo de apenas 10 meses de nacido.

 

Rescatando muertos en los escombros

 

Había hambre, desempleo generalizado, pobreza extrema, prostitución, corrupción, fabuloso enriquecimiento de la familia Somoza y sus allegados, cuando repentinamente, a las doce y media de la noche del 23 de diciembre de 1972, el subsuelo de Managua, las Fallas Geológicas de los Bancos, la del Estadio, la de Chico Pelón, comenzaron a corcovear, poniendo a la Capital contra el suelo, llena de miles de muertos, heridos, golpeados y en confusión total, mientras se iniciaban los incendios incontrolables…

 

Salí corriendo de la casa, semidesnudo, con mi hijo Pedro Pablo en brazos. A María Elizabeth casi le cae encima la pesada loseta de cemento del techo.

La loseta se resbaló por la pared del lado norte y quedó sostenida en la misma pared y en los muebles. Antes de que ésto ocurriera, en segundos, yo había ganado el patio delantero de la vivienda.

Al producirse la réplica, la loseta terminó de caer, pero María Elizabeth y yo, con Pedro Pablo, ya estábamos en la calle, mientras el miedo, el pánico, los gritos de dolor, los gemidos de angustia se multiplicaban en Managua, en medio de polvaredas, incendios y electrocutamientos.

 

En Bello Horizonte no hubo muertos. Hicimos un recorrido rápido, de unos diez minutos, por las casas de los amigos, vecinos y afiliados de la Asociación de Vecinos y pudimos comprobar que estaban vivos.

Llamé por teléfono a mi madre, ubicada en la Colonia Luis Somoza (hoy Diez de Junio), para saber cómo estaban ella y mis hermanos: Josefina, Ángela, Mauricio, Leopoldo, Julio y Anita. “Dichosamente, aquí la casa sólo se rajó en las paredes…no se cayó. Estamos bien. Estamos en los patios delantero y trasero de la casa”, me respondió mi madre, Rosa Pérez Juárez.

“Temo que mi madre y mi hermana hayan muerto”, me dijo Guillermo Baltodano Serrano, presidente de la Asociación de Vecinos, cuando finalizábamos el recorrido por las calles de la ciudadela de Bello Horizonte.

 

“Acompañame al centro de Managua, a la Calle Quince de Septiembre”, me pidió Baltodano Serrano. Los gemidos humanos se mezclaron con el silencio impuesto por el Terremoto a las radioemisoras locales.

El sacudión terráqueo de 6.2 había sido horrible. No sabíamos cómo estaba el centro de Managua. Me aseguré de que Elizabeth y mi hijo Pedro Pablo quedaran resguardados, en compañía de los vecinos más cercanos que ya estaban acomodados en el Parque Sur, hoy conocido como Marta Lucía Corea Solís.

 

Cuando íbamos por la Iglesia de El Calvario empezamos a ver el desastre. Casas de taquezal y edificios en el suelo, postes de los tendidos eléctricos y telefónicos cruzados, oscuridad completa, llantos de dolor como en un valle de lágrimas, una nube de polvo inmensa ascendía al cielo y hacia el Oeste pudimos ver que largas lenguas de fuego ascendían al espacio con columnas de humo negro y blanco.

 

Aullaban los perros todavía vivos. Aquellos aullidos eran como un lamento interminable de los perritos que emitían gemidos de dolor porque una solera les había caído encima.

La angustia y el dolor inmenso estaban apoderados de al menos de un centenar de miles de personas. Las casas de taquezal, de bloques, de tablas o ranchitos, estaban en el suelo, como que hubiesen sido triturados, desbaratados por un gigante, y debajo de los escombros estaban los seres humanos muertos, los heridos, los enseres domésticos desbaratados… y también los animalitos domésticos, como perros, gatos, loras, pajaritos, cerdos, asimismo estaban muertos, o aullaban del dolor por estar igualmente prensados por soleras y paredes.

 

Quienes habían quedado vivos, se sentían dichosos, pero la angustia y el miedo les destrozaban el alma mientras con cobas, macanas, palas y machetes intentaban mover una solera, un horcón, una pared, un ropero, una cama, una refrigeradora, para sacar el cadáver de la madre, del padre, del abuelo, de la tía, de la hermana, la sobrina, al pariente, al amigo, aquello era sencillamente dantesco.

 

Llevábamos una lamparita de mano. Apenas íbamos caminando, sobre escombros, reglas, tablas y paredes partidas, sobre clavos parados y acostados, sobre tejas de barro o láminas de zinc, sobre postes y alambres eléctricos, y la gente, de todas las clases sociales, suplicaban: “Alúmbrenos, ayúdenos, ¡socorro!, nuestros familiares quedaron enterrados”.

En el pedazo entre la Iglesia El Calvario y El Abanico ayudamos a no menos de 20 familias angustiadas a sacar  sus muertos de los escombros. Allí en El Abanico pude ver el semblante de Guillermo Baltodano Serrano lleno de temores.

 

Llevábamos una coba, un machete y un hacha. “Apresurémónos”, me dijo angustiado, “lleguemos adonde están mi madre y mi hermana”.

Dejamos de ayudar cuando eran más o menos la una y media de la mañana. Caminando sobre escombros, machucando cadáveres y hasta heridos, no deteniéndonos ante las súplicas de socorro, nos guiamos por lo que conocíamos de la Calle Quince de Septiembre.

Mientras caminábamos, a mí me lucía aquello un verdadero infierno de dolor, lágrimas, desolación e impotencia de no poder hacer nada, porque de nada servía rescatar gente viva, porque no habían médicos, ni medicinas, ni agua siquiera para lavar las heridas.

Vi cómo estaba en el suelo la llamada Iglesia del Nazareno. Me causó impacto profundo ver cómo había quedado, como un sánguche, el Hotel Reisel, donde casi siempre se mantenía lleno de gente hospedada y que visitaba cotidianamente su restaurante.

Este Hotel tenía varias pisos, los cuales quedaron como que los hubieran comprimidos de arriba hacia abajo, y los cadáveres colgaban prensados en la mitad del cuerpo. Aquellas escenas horribles me indicaban que los huéspedes intentaron lanzarse por las ventanas cuando el sacudión geológico derrumbó todos los pisos del Hotel Reisel.

 

Los cadáveres, más de 15, presentaban un aspecto tétrico, de horror reflejado en el rostro convulsionado.

Baltodano y yo sólo veíamos una partecita del drama colosal por  donde  íbamos caminando, mientras a esa hora ya se elevaban columnas de fuego, las cuales salían, mezcladas con explosiones, de los dos antiguos Mercados Central y San Miguel, y de los comercios de turcos y personajes nacionales, cercanos al Hotel Reisel.

Al Oeste, en medio de la oscuridad llena de lamentos, de olor a sangre y vibrar de explosiones, pude ver que asimismo salían lenguas de fuego del Hotel Balmoral, un edificio nuevecito, de varios pisos, relucientes de lejos, pues por el cobre de las ventanas parecía estar revestido de oro.

 

Un poco al oeste del Reisel, en la misma Calle Quince de Septiembre, no recuerdo exactamente dónde, estaba la casa de la mamá y hermana de Guillermo Baltodano Serrano.

 

Casi todas las viviendas de taquezal y edificios de este sector estaban en el suelo, y se oían los lamentos interminables, mientras se veían por millones las cucarachas y ratones cuando uno dirigía la lamparita hacia el suelo.

 

Llegamos. Quedamos mudos al ver la casa derrumbada en unas partes y en pie otras. “Deben estar muertas…seguramente”, exclamó Guillermo con voz temblorosa. “Tal vez no”, le respondí yo, en un intento de darle ánimo.

La puerta de entrada estaba entrampada completamente. La derribamos con la coba, el hacha y un machete. Con los mismos instrumentos metálicos, a paso muy lento y con desesperación, nos fuimos abriendo paso hacia el aposento en que estaban las dos mujeres: la mamá y hermana de Baltodano.

Era evidente que las soleras, horcones y tejas se les habían venido encima. Luchamos hasta llegar donde estaban los cadáveres. Ya no había nada qué hacer. En la oscuridad, pude ver que gruesas lágrimas cubrían el rostro de Baltodano Serrano.

Desconsolados y a la vez convencidos de que la desgracia dantesca era general, nos dedicamos a ayudar a decenas de familias de allí de los alrededores del Hotel Reisel, cuando ya eran más o menos las tres de la mañana.

 

Bajo toneladas de escombros, fuimos encontrando que centenares de familias ya tenían preparados sus regalos, y los arbolitos navideños para ese 24 de diciembre de 1972.

 

A las cuatro y media de la mañana decidimos caminar sobre escombros hacia el Oeste, para el lado de las cárceles del Hormiguero.

 

Primero giramos hacia dónde fue la Farmacia Managua, donde con espanto pudimos ver que el segundo piso estaba fundido con el primero, y en las orillas sobresalían unos diez cadáveres de personas que al parecer intentaron salvarse en veloz carrera hacia la calle.

Debajo y encima de los escombros del Hormiguero habían centenares de cadáveres de los que estaban presos, unos aplastados por los derrumbes y otros pasconeados a balazos cuando intentaban huir hacia la calle. Allí estaba preso Francisco “Chico Garand” Guzmán Fonseca, quien logró evadir los derrumbes y el diluvio de balazos de los guardias contra los presos.

“Chico Garand” Guzmán Fonseca había sido guardia, francotirador de la GN. Había sido enjuiciado y condenado a prisión por sus simpatías con David Tejada Peralta, quien era teniente GN y abogado  cuando asesinado personalmente por el Mayor Óscar Morales Sotomayor. “Chico Garand” al 79 estaba convertido en uno de los jefes de la Insurrección Sandinista en Managua, para derrocar a la dictadura militar somocista genocida.

 

Según pudimos observar, las descargas de balazos fueron hechas desde los torreones de vigilancia, los cuales habían quedado en pie. En esos torreones estaban los guardias somocistas genocidas que vigilaban hacia adentro y fuera de las cárceles del Hormiguero.

Giramos hacia el Hotel Balmoral, en la Avenida Bolívar, donde bomberos y cruzrojistas intentaban apagar el incendio y auxiliar a centenares de huéspedes de este moderno hotel capitalino.

El Mercado Böer había caído como naipe. El Colegio Divina Pastora, de varios pisos, regentado por monjitas, estaba también en el suelo, el edificio de la Corte Suprema de Justicia estaba dañado, pero en pie.

Dimos la vuelta por el lado del Cine Blanco, por donde no menos del 90 por ciento de las casas y edificios estaban en el suelo, mientras la Tierra seguía corcoveando con réplicas sísmicas, acentuando el terror, el miedo profundo, de que éramos víctimas los managuas sobrevivientes del Terremoto de aquel fatídico 23 de diciembre de 1972.

 

Vimos en el suelo el Monte de Piedad, la edificación de Radio Mundial, los Dormitorios Públicos, el Centro Destilatorio Nacional (guaro  lijón), la Casa del Partido Liberal Nacionalista (somocista de los Somoza), el local de la Radio Centauro…

…Y finalmente, el mundo se me terminó de venir encima al ver cómo había quedado el edificio del Diario LA PRENSA, donde yo laboraba y me ganaba el sustento cotidiano.

En medio de los escombros pude ver a numerosos trabajadores ya luchando por rescatar algunas máquinas, entre otras los linotipos, los levantadores de texto, la fotomecánica, los equipos del Cuarto Oscuro o laboratorio fotográfico.

 

Aquella alucinación realista no terminaba para mí, pues caminando hacia el Parque Central pude entererarme de que el Club Terraza había quedado como un sánguche aplastado y con decenas de personas dentro, las cuales bailaban y bebían al momento del portentoso Terremoto del 23 de diciembre de 1972.

Parte de la Catedral desplomada, el arrogante edificio del Club Social de la Burguesía igualmente en el suelo, el estupendo Ayuntamiento del Distrito Nacional había caído como castillo de naipes, la Escuela de Bellas Artes derrumbada, y enrumbando por la Avenida Roossevelt, estrechísima como el resto de avenidas y calles de aquella Managua Vieja; pudimos que habían postes atravesados, la mayoría de edificios y centros comerciales derrumbados o muy dañados, y lo más sorprendente, casi todo el edificio del Banco Central en el suelo, mientras el edificio del Banco de América se veía intacto, ¿qué pasó?, me pregunté yo y le pregunté a Guillermo Baltodano Serrano, “Ah, me respondió, es que el Banco de América fue bien construido porque es de la gran oligarquía, en cambio la construcción del Banco Central es del Estado, y en estos casos si una columna necesita 10 varillas de hierro, le colocan sólo tres o cuatro, el resto se lo roban. Así de simple es la explicación, hermano”.

“Por este motivo, más la construcciones de taquezal, es que ves la mayoría de las casas y edificios caídos. Si todas las casas y edificios hubiesen sido construidos como el Banco de América, los daños hubieran sido muchísimo menores”, me argumentó Baltodano Serrano mientras seguíamos impactándonos cada vez con aquellas imágenes horrible de la Managua pequeña y concentrada, en el suelo, desbaratada por el Terremoto.

 

¿10 mil muertos? ¿20 mil muertos?

 

En la misma madrugada comenzó el saqueo de los centros comerciales dañados por el Terremoto. Hombres, mujeres y niños, “terremoteados” o no, desafiando el peligro entraban a los edificios comerciales destruidos o semidestruidos, mientras se producían las réplicas violentas del Terremoto.

 

El mayor peligro para ellos estuvo cuando aparecieron centenares de guardias somocistas sanguinarios genocidas en el escenario de destrucción, después de que, se suponía, Somoza Debayle había perdido el control de los cuarteles de la Guardia Nacional en Managua.

Con el pretexto verbal de impedir el saqueo, los guardias, encabezados por Ronald Sampson, cuñado de Somoza Debayle, disparaban a quienes iban cargando electrodomésticos, ropa confeccionada, joyas, muebles, etc. y, por supuesto, esos guardias se quedaban con lo saqueado.

 

Los bomberos y socorristas de la Cruz Roja, estos últimos jefeados por Guillermo Balmaceda, no daban abasto para rescatar tanta gente de los escombros y tampoco ajustaban sus recursos y cantidad de elementos humanos para  dar atención primaria a los heridos mortales y leves.

 

Los heridos más graves los iban colocando en sitios abiertos como en el Instituto Loyola, porque los Hospitales El Retiro, Fernando Vélez Páiz  y del Seguro Social estaban en el suelo, y también habían provocado una mortandad al quedar como sánguches contra el suelo conmovido de Managua.

En medio del caos y del valle de lágrimas, aparecieron, camiones y palas mecánicas del Distrito Nacional, cuyo edificio, llamado entonces Ayuntamiento de Managua, estaba asimismo derrumbado frente al Parque Central.

 

También aparecieron camiones volquetes del que se llamaba entonces Departamento de Carreteras, cuyas edificaciones y planteles quedaron en pie en las cercanías del Estadio Nacional.

Al mismo tiempo, más o menos a las ocho de la mañana, empezaron a ponerse de manifiesto las dudas o confusiones acerca de los muertos, cuyos rostros eran irreconocibles porque estaban destripados o debido a que centenares de cadáveres no eran reclamados por nadie en aquel mar de escombros, de incendios, cenizas, olor a sangre y muertos y de llantos incontenibles.

Esa misma mañana, con el Sol alumbrando imperturbable a  159 millones de kilómetros de distancia  de nuestra Madre Tierra, y mientras la Tierra sequía girando sobre sí misma y trasladándose alrededor del Astro Rey a 107 mil kilómetros por hora en el Universo Infinito, las angustias multiplicadas por seres queridos se convirtieron en arranques de histerismo colectivo al conocerse que centenares o miles de hombres, mujeres, ancianos, niños y jóvenes, estaban atrapados vivos bajo toneladas de escombros.

En algunos casos resultó ser real que estaban atrapados vivos en decenas de toneladas de escombros, pero en la mayoría de las situaciones estaban muertos bajo las soleras, paredes de adobes y concreto, o porque un horcón les había caído encima cuando corrían buscando la calle.

Esa misma mañana ya se decía que la cantidad de muertos podrían ser 20 mil, otros decían 10 mil y los más audaces hablaban de 30 mil muertos.

Me parecían alucinantes las escenas que comencé a ver cuando trabajadores del Distrito Nacional y personas “voluntarias” empezaron la labor de echar los cadáveres en los camiones de volquetes, ya fuese con grúas o lanzados como fardos con brazos fuertes y sin miramientos hacia el fondo metálico de los automotores.

 

Tumbas colectivas

 

Casi al mismo tiempo, con ritmo acelerado de piochas, fueron abiertas tumbas colectivas en el Cementerio Occidental, donde los cadáveres, vestidos unos y desnudos otros, eran echados por decenas o centenares.

 

Decidí retornar a Bello Horizonte, yéndome a pie por el Gancho de Caminos.  Me fui encontrando con rajaduras muy largas y anchas en el pavimento y en el suelo por donde fue la “Mansión Somoza”, después bautizada como Casa Ricardo Morales Avilés.

 

Mientras más caminaba hacia Ciudad Jardín,  Paraisito, El Edén, Barrio Santa Bárbara, la Colonia Salvadorita (hoy llamada Cristian Pérez Leiva), Maestro Gabriel, Nicarao, Catorce de Septiembre, Barrio Santa Rosa y el mismo Bello Horizonte, la destrucción por el Terremoto, por supuesto, era menor.

Al llegar a Bello Horizonte, ya tarde, hambriento, sediento, con olores a sangre y muertos, me encontré con que las mujeres del vecindario, ya tenían “dormitorios” y cocineros en las calles, para no meterse dentro de las casas, muchas de ellas semidestruidas.

Mi primera esposa, María Elizabeth Mejía Rivas, estaba desesperada, nerviosa. “Sólo falta que la tierra se hunda con nosotros”, expresó al verme regresar. Pedro Pablo, tierno, no paraba de llorar al ver asustados a los vecinos y su madre.

Ese mismo día había comenzado un éxodo gigantesco de los managuas “terremoteados” hacia sitios como Masaya, Tipitapa, OPEN III (hoy Ciudad Sandino), Granada, La Paz Centro, León, Chinandega, Diriamba y Jinotepe, entre otras ciudades cercanas y lejanas de la Capital destruida.

 

En la calle de mi casa en Bello Horizonte vivía una profesora cuya familia residía en Masaya. Ella misma me ofreció su casa en Masaya, hacia donde nos fuimos al tercer día del Terremoto.

Para entonces, al mismo tiempo, se habían formado filones de damnificados pidiendo comida, ropa y alojamiento en las cercanías de la Explanada de Tiscapa, donde tenía su sede principal la Guardia Nacional de la dictadura  del somocismo genocida.

Dos de los acontecimientos inolvidables de aquellos días fueron los hechos de que los primeros en llegar con ayudas fueron cubanos, y que entre Puerto Rico y Managua había caído el avión en que venía el famoso pelotero Roberto Clemente, quien venía con ayuda para los damnificados de la Capital nicaragüense.

Los cubanos fueron los primeros en llegar con ayuda al Aeropuerto Sandino, entonces llamado “Las Mercedes”. Recuerdo que Somoza Debayle  se vio obligado a aceptar las donaciones y ayudas médicas cubanas, pero inmediatamente el “Chigüin”, Anastasio Somoza Portocarrero, trató de impedir el acceso de los médicos cubanos a la zona destruida por el Terremoto.

Los médicos cubanos fueron enviados a la Colonia Máximo Jerez, que no había sido dañada gravemente, como una forma de impedir su vinculación con los heridos y damnificados, pero éstos de todas maneras llegaron a buscarlos.

 

A Masaya sólo llevamos ropa, unas cuantas colchas, nada de dinero, porque no hubo tiempo de que nos pagaran el salario en el Diario LA PRENSA, pues estaba previsto que nos dieran el sueldo el 24 de diciembre.

Empecé a viajar a Managua en autobuses, los cuales llegaban hasta la periferia por el lado del Camino de Oriente.

 

De allí era necesario caminar hasta el centro capitalino “terremoteado”, en torno al cual fueron apareciendo los famosos cercos de alambres, instalados por empleados del Distrito Nacional y guardias nacionales somocistas por órdenes de Anastasio Somoza Debayle y su cuestionado Comité de Emergencia Nacional, que se convirtió en su principal instrumento de robo en aquel momento dramático para los managuas.

 

La ayuda para los damnificados comenzó a llegar por miles de toneladas y centenares de millones de dólares desde Estados Unidos, Canadá, México, Europa, el Caribe, Centroamérica y América del Sur, toda la cual era centralizada y robada por Somoza Debayle y su pandilla del Partido Liberal y de la Guardia Nacional somocista genocida.

Mientras yo iba y venía de Masaya, las cuadrillas del Distrito Nacional y del Departamento de Carreteras demolían los escombros, recogían todo lo que encontraban, incluyendo cadáveres de seres humanos y animales, los cuales eran demolidos también y echados a los camiones basureros del fenecido Ayuntamiento de Managua.

 

Apareció, inclusive, en medio de la demolición y llantos de la gente humilde, una compañía de demolición, propiedad de Somoza Debayle, destinada a hacer negocios hasta con la demolición, independientemente de que les gustara o no a los propietarios de casas, edificios y centros comerciales de la vieja Managua.

En Masaya,  el profesor Ricardo Trejos Maldonado y yo, escribimos un periodiquito de cuatro páginas, en las cuales informábamos de los daños causados por el Terremoto y de cómo se estaban ya robando las ayudas para los casi 300 mil damnificados.

El gobierno corrupto, de ladrones y opresores de Somoza Debayle, inició el año 1973, para ser más exactos el 10 de enero, con la promulgación de un “decreto de emergencia para la reconstrucción”, mediante el cual se derogaban varios artículos del Código del Trabajo, particularmente el relacionado a las 48 horas laborales semanales y algunos días feriados.

Somoza Debayle ordenó que la jornada laboral subiera de 48 horas a 60 horas semanales, lo cual significaba un retroceso extraordinario en las conquistas sociales de los trabajadores, quienes, precisamente, han caído asesinados, torturados, “penqueados” o despedidos en el pasado por andar reclamando a los capitalistas la reducción de la jornada laboral de 60 horas semanales a 48 horas semanales.

 

Esto metió al país en una jornada interminable de protestas populares (según veremos más adelante), las cuales se acrecentaron por otro decreto del 23 de enero, mediante el cual Somoza le daba “golpe de Estado” al vergonzoso triunvirato con su “zancudo” Fernando Agüero Rocha, quien llevó al matadero a decenas de miles de personas el 22 de enero de 1967,  día en que la guardia genocida del somocismo mató a no menos de 400 ciudadanos en la Avenida Roossevelt, la vía más importante de Managua antes del Terremoto de 1972.

Casi al mismo tiempo, los periodistas Edgard Tijerino Mantilla y Annuar Hasan Morales me incluyeron en la elaboración de una revista nueva, en la cual se publicaron reportajes sobre la pobreza extrema en el país, datos escalofriantes sobre el Terremoto y una querella en contra del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, Director del Diario LA PRENSA.

 

La querella, incoherente por cierto, era porque no nos habían pagado el salario mencionado de diciembre y las prestaciones sociales respectivas.

Por supuesto, la publicación irritó al doctor Chamorro Cardenal y las relaciones se agriaron, al extremo de que al reabrirse el Diario LA PRENSA, en condiciones muy difíciles, en marzo de 1973, aparentemente, el doctor Danilo Aguirre Solís, jefe de Redacción, había decidido no incluirme en la nómina de periodistas.

 

Tuve que ir a dialogar personalmente con el doctor Aguirre Solís para que me aceptaran nuevamente, porque la verdad fue que yo no tenía intenciones de pelearme con el doctor Chamorro Cardenal.

Una vez más comencé a trabajar bajo la jefatura del doctor Chamorro Cardenal, de Horacio Ruíz Solís, Agustín Fuentes Sequeira y del mismo Danilo Aguirre Solís.

 

Esta vez, recuerdo, comencé a escribir historias dramáticas de seres humanos que estuvieron atrapados en los escombros de Managua. Aquellas historias eran alucinantes, inverosímiles, llenas de horror, llantos y heroísmo humano.

 

También acudía yo a darle cobertura a las reuniones del Comité de Emergencia Nacional, inventado y dirigido por Somoza Debayle, para acopiar las ayudas a los damnificados, centralizar las inversiones nacionales y extranjeras en la reconstrucción de Managua, que en realidad, no se proyectaba como “reconstrucción” en el mismo sitio sino como la construcción de una nueva Managua creciendo como abanico hacia la periferia, tanto al Oeste (OPEN III), al Sur, al Oriente y al Norte.

 

Negociados de Somoza por Terremoto

 

Antes del Terremoto los negociazos de Somoza Debayle y su familia estaban relacionados con las construcciones de repartos, financiamientos de las casas a largo plazo, por medio de empresas, por ejemplo, como VIVISA y Centroamericana de Ahorro y Préstamo.

 

Ahora, por medio del Comité de Emergencia y mil hilos ocultos, Somoza Debayle seguía echándose millonadas de córdobas y dólares a los bolsillos mediante la llamada “reconstrucción” de Managua.

 

Por estos robos sin cesar, descarados, más los pésimos salarios, malos tratos de las jefas y jefes, y la elevación de la jornada laboral a 60 horas semanales, las auxiliares de enfermería y enfermeras se fueron a Huelga el 5 de junio de 1973 en el Hospital Fernando Vélez Páiz, de Managua, e inmediatamente se sumaron el resto de afiliados y simpatizantes del Movimiento de Trabajadores Hospitalarios en todo el país.

 

El 11 del mismo mes de junio, cinco mil trabajadores de la construcción también se fueron a huelga indefinida contra las 60 horas de Anastasio Somoza Debayle, quien le había dado, además, “golpe de estado” al “triunvirato” o Junta de Gobierno fantoche que él mismo había organizado hacía poco tiempo, para lo cual usó al traidor de Fernando Agüero Rocha.

La huelga de la construcción y de las auxiliares de enfermería y enfermeras duró 29 días. Lograron que se derogaran las 60 horas. En ambos casos lograron aunmentos salariales de hasta el 30 por ciento.

 

En este mismo año de 1973 menudearon los escándalos en relación a las casas mal construidas en repartos y colonias como Bello Horizonte, Altamira, Los Robles, Primero de Mayo, Diez de Junio (Luis Somoza, se llamaba), Cinco de Diciembre, Ciudad Jardín

En el caso de Bello Horizonte me tocó comenzar una pelea frontal contra las compañías de la familia Somoza Debayle porque no nos quería quitar las aterradoras planchas o losetas que las viviendas tenían como techos, y que habían caído provocando el derrumbe de las paredes de concreto armado.

La pelea la encabezamos Guillermo Baltodano Serrano, el doctor Álvaro Ramírez González y yo, en representación de la Asociación de Vecinos de Bello Horizonte, una de las más ejemplares organizaciones populares de aquellos días aciagos en Managua.

En noviembre de ese año 1973 desde una avioneta regaron decenas de miles de papeletas en que a Baltodano Serrano y a mí se nos acusaba de “subvertir el Orden Público” y de ser “comunistas” porque estábamos demandando el cambio de los techos al ser reconstruidas las casas, que en ese momento estaban siendo pagadas a “Centroamericana de Ahorro y Préstamo”, empresa propiedad de la familia de Somoza Debayle.

Este tipo de papeletas las habían lanzado (desde avionetas) antes contra nosotros dos, en diciembre de 1971. Entonces nos acusaban de estar azuzando a los vecinos a no pagar “intereses” leoninos por el pago de las casas.

Después establecimos claramente que en el primer caso la papeleta fue elaborada por el periodista tránsfuga Ignacio Briones Torres por encargo de Somoza.

 

En el segundo caso, que en realidad fue el primero, las papeletas fueron elaboradas e impresas por el periodista Julio “Venado” Vivas Benard, quien estaba al servicio completo del General Somoza Debayle.

 

Posteriormente, Ignacio “Nacho” Briones Torres confesaría en rueda de periodistas: “Gracias a las actividades de Pablo Emilio Barreto en Bello Horizonte, a mí me regalaron, en el Banco de la Vivienda, una casa valorada en 250 mil córdobas… Esa es mi casa en el Reparto Santa Clara”.

 

Los vecinos de Bello Horizonte, la mayoría profesionales, respondieron con gallardía y exigieron respeto a Somoza Debayle, pues se sentían agredidos por el dictador o tirano del somocismo genocida.

Niños escolares estudiando en Honduras

 

En esos días de noviembre, recuerdo como ayer, me tocó viajar en camioneta de pasajeros y a pie hasta la Comarca Palo Grande, ubicada a la orilla del Río Negro, fronterizo con Honduras por el Norte de Chinandega, en las cercanías del Guasaule. La camioneta de pasajeros me dejó en un sitio que no recuerdo. El conductor y el cobrador me indicaron el camino que debía seguir, el cual resultó ser de unos 10 kilómetros para llegar a la Comarca Palo Grande, cercana a la también Comarca Cuatro palos, donde después, en 1980, una banda contrarrevolucionaria yanqui-somocista asesinó a Georgino Andrade Rivera.

Viajé solito hasta allí porque casi un centenar de niños pequeños estaban cruzando el Río Negro para ir a escuelas primarias hondureñas, debido a que el gobierno somocista no garantizaba la enseñanza en el lado de Nicaragua.

 

Llegué a ese sitio un poco después de las cinco de la tarde. En la comunidad me estaban esperando un sacerdote, amigo del doctor Chamorro Cardenal, madres de familia y unos 40 niños, que eran quienes cruzaban diariamente el Río Negro (frontera común) para ir a escuelas hondureñas. Al siguiente día, el cura me montó en un caballo y él fue conmigo a dejarme a la Carretera para que abordara el autobús hacia la Ciudad de Chinandega y de Chinandega a Managua.

 

Por orientaciones del doctor Chamorro Cardenal, el reportaje sobre los niños se publicó con un titular enorme en primera página, más fotos en que se veía a los niños cruzando el Río Negro y dentro de una Escuela en Honduras, más un despliegue explicativo amplio en la contraportada.

 

Esto puso más furioso a Somoza Debayle en mi contra. Me mandó a llamar por medio de su secretario de prensa, un tal Rafael O. Cano. Comuniqué  el asunto a la Junta de Vecinos de Bello Horizonte y ésta decidió que fuesen conmigo el ingeniero Eudoro Espinoza Rojas y otro de apellido Espinoza.

Al llegar a la Hacienda El Retiro, donde Somoza Debayle residía en esos días y tenía la Oficina del Comité de Emergencia Nacional, nos estaban esperando, nos registraron y nos hicieron pasar hasta donde estaba “Tacho”.

 

No se me olvida que en la propia entrada, por un pasillo estrecho, estaba un escolta de civil con fusil en mano, una pistola y un cuchillo al cinto, donde al mismo tiempo tenía varios magazzines llenos de tiros.

 

A unos diez metros de caminar hacia el Sur, llegamos a un tope, donde había otro hombre armado con armas parecidas. Caminamos y llegamos a otro tope, ahora hacia el Este, donde igualmente estaba otro gendarme.

De allí doblamos nuevamente hacia el Sur, donde nos topamos con dos hombres armados junto a una puerta de vidrio gruesa y enorme. Los dos hombres, ya informados, nos registraron nuevamente antes de abrir la puerta. “Pasen”, nos dijo secamente uno de ellos.

 

Al entrar por la pesada puerta de vidrio, pudimos ver que  en el techo de una sala de espera había un enorme tapiz de colores variados. Una mujer desconocida para mí salió a la sala. “Buenos días, don Pablo… El General Somoza lo está esperando. Pasen adelante”, expresó la mujer con tono de amabilidad que yo no esperaba.

Nos hicieron pasar a una oficina espaciosa, grandota, donde Somoza Debayle estaba sentado en un sillón negro al frente de una mesa transparente (de vidrio también).

 

Somoza Debayle se lavantó del asiento. “Adelante. Siéntense”, dijo mientras extendía la mano y nos saludaba de uno en uno a los tres. “Venimos a su llamado, General Somoza”, le dije yo adelantándome a cualquier comentario suyo.

“Te agradezco por acudir”, expresó. “Mirá… te quiero comunicar que la gente que no quiera planchetas en Bello Horizonte…se les van a cambiar. Eso sí, esos nuevos techos les van a ser financiados por el Banco de la Vivienda. Eso incluye tu casa”, expuso Somoza.

 

“…pero, además, te quiero decir…yo no le quiero quitar el bocadito a Alvarito Ramírez González ni a Guillermo Baltodano… son comunistas…mejor no andés vos con ellos”, añadió dirigiéndose a mí directamente.

 

“Mire, General Somoza, los asuntos políticos nada tienen que ver con los reclamos de los vecinos de Bello Horizonte por el asunto de los techos de las casas mal construidas en este reparto de Managua. Le agradecemos por recibirnos, pero no admitimos esa vinculación que usted hace con los intereses del vecindario de Bello Horizonte”, le agregó Eudoro Espinoza.

Somoza Debayle me invitó a estar presente en una reunión del Comité de Emergencia, efectuada poco después de habernos recibido en su despacho.

Cuando Somoza entraba al local del Comité de Emergencia, yo estaba en medio pasillo buscando dónde sentarme. El tirano se acercó, puso su mano derecha sobre mi hombro izquierdo y me reclamó por la denuncia acerca de los niños que iban a estudiar a Honduras.

“Pedro Joaquín Chamorro te está utilizando…debieras, mejor, trabajar en NOVEDADES. Te vamos a pagar bien”, me dijo. “Le agradezco por el ofrecimiento de empleo, pero estoy bien en LA PRENSA, donde me pagan un salario modesto, pero que me da para pagar la casa y la comida de mis hijos…eso de los niños cruzando el Río Negro hacia Honduras es un problema que está allí esperando ser resuelto por su gobierno”,  le respondí, mientras un grupo de sus custodios se acercaba al sitio en que estábamos en medio del pasillo.

En LA PRENSA se estilaba una distribución de las “Fuentes Informativas” a cada uno de los periodistas. En mi caso, me tocaba atender una parte de la “reconstrucción” de Managua, sesiones del Comité de Emergencia, la Cruz Roja, Bomberos, Policía, Ministerio de Salud, Mercados, Turismo, Judicatura de Policía (a cargo del malvado coronel Luis Ocón), Juzgados Penales y Civiles y juicios famosos por crímenes y robos; Corte Suprema de Justicia, Tribunal de Apelaciones de Managua, Aduanas, el Distrito Nacional, el INCEI (granos básicos), Supermercados privados, Centro Comercial-Managua, el Sistema de Ahorro y Préstamos, Comercio en general, el Departamento de Carreteras, el Departamento de Urbanismo, Centrales Sindicales como la CAUS, CUS, CGT (i); la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, particularmente el Centro Universitario de los estudiantes (CUUN Y FER); la Universidad Centroamericana, Juntas Comunitarias en Managua, construcciones de Repartos y Colonias, Jefatura de Tránsito de la Guardia, Central de Policía, Accidentes de Tránsito callejeros, Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua, inundaciones en las calles en época lluviosa, incendios de todo tipo en Managua, las manifestaciones callejeras de protestas, actividades políticas de organizaciones opositoras cívicas como Unión Democrática de Liberación (UDEL).

 

“Inverosímil” y “Plasmaféresis”

 

De vez en cuando me enviaban a darle cobertura a las sesiones del Congreso Nacional (Cámara de Diputados y Cámara del Senado). La Cámara de Diputados era presidida por Cornelio H. Hüeck Sálomon, uno de los elementos somocistas más nocivos que haya conocido y al servicio pleno de la dictadura del somocismo genocida.

Pues allí en esa Cámara comenzó a conocerse uno de los escándalos más sonados del régimen somocista, relacionado con los negociados interminables de la “reconstrucción” de Managua, después del Terremoto.

 

Fue conocido este escándalo como “La Inverosímil”. Fue uno de los tantos “destapes de la olla podrida de la corrupción descarada del somocismo”, después del Terremoto, porque hubo muchos, entre otros la compra-venta de sangre humana de “Plasmaféresis”, una empresa propiedad de Anastasio Somoza Debayle y del cubano-gusano Pedro Ramos.

Cuento ésto, porque como periodista del Diario más opositor a Somoza Debayle y su dictadura militar, me vi involucrado en las denuncias sobre operaciones “inverosímiles” cada vez más descaradas de los somocistas en este asunto de la “reconstrucción” de la Capital “terremoteada”.

En esos días, el país entero se quedó asombrado al conocerse que Cornelio Hüeck Sálomon, hombre de confianza de Somoza, había comprado en 13 mil córdobas las tierras en que se estaban construyendo las Colonias Américas I, Américas II, Américas III y Américas IV.

 

Estas tierras eran algodonales antes del Terremoto del 23 de diciembre de 1,972. Estaban ubicadas al Oriente y Norte, allá “en la montaña”, como era conocido todo lo que estaba más allá de la periferia de la Managua destruida por el Terremoto del 72.

 

Hüeck Sálomon, consumado ladrón al amparo del régimen de oprobio y de infamias incontables, vendió el mismo terreno en 13 millones de córdobas al Banco de la Vivienda de Nicaragua, donde estaba a cargo otro hampón llamado Fausto Zelaya Centeno.

Lo más increíble de “La Inverosímil” fue que un organismo estadounidense regaló varias miles de casitas de madera, sólo de armarlas, para colocarlas en los terrenos de las Américas, destinadas a damnificados del Terremoto del 23 de diciembre de 1972, en  Managua.

 

Sí, regaladas, pero se las vendieron a los damnificados. Y en ésto se pusieron de acuerdo Hüeck Sálomon y Zelaya Centeno. Es decir, además de robarse 13 millones de córdobas en la operación de la compra-venta del terreno algodonero, también le robaron a los donantes y a los pobres damnificados del Terremoto del 23 de diciembre de 1972.

 

Tengo el honroso privilegio de haber visto “nacer” las Américas y centenares de Repartos de burgueses, de profesionales y de “gente medio pelo”, Colonias populares, Barrios Progresivos y Asentamientos Humanos Espontáneos, un poco antes y después del Terremoto de Managua en 1972.

Vi cuando los terrenos de las Américas eran chapodados por los damnificados, y cómo éstos desafiando víboras, alacranes, hormigas y otros insectos peligrosos, se dedicaban, de día y de noche, a emparejar sus terrenitos repletos de lodo, unos, y otros de polvo.

 

Las casitas de madera, de apenas 32 metros cuadrados, brotaban como hongos en terrenos sin emparejar. El gobierno tan sólo mandó a trazar líneas para callejones estrechos, convertidos en callejuelas con el paso del tiempo.

 

En las cuatro Américas, por órdenes del Banco de la Vivienda, fueron instalados puestos de agua colectivos y “baños públicos”, en los cuales había también lavaderos o lavanderos de uso masivo.

El agua salía por las tuberías sólo cuando al ENACAL no se le olvidaba que estos miles de damnificados estaban allí creciendo en una nueva vida. En el día, las mujeres se turnaban para bañar a los niños, lavar la ropa. Para obtener el agua en bidones o baldes, mientras  hacían filas interminables bajo el Sol ardiente.

 

El baño, en la madrugada, era todo un drama. Mujeres y hombres, especialmente los que debían estar listos a las seis de la mañana para irse a sus empleos (0 quehaceres de cualquier tipo), hacían filas larguísimas en espera de tener la oportunidad de bañarse al término de 5 minutos, pues si no lo hacían en ese tiempo comenzaban las protestas y por último los sacaban del interior del baño. Era como estar de “turno al baño” en un cuartel militar.

 

Esos baños cuartitos de madera, con piso de tablas y encima un chorro sin ducha. El agua sucia se amontonaba en sitios bajos dejando sabor a contaminación ambiental. Así comenzaron las Américas I, Américas II, Américas III y Américas IV, hoy conocidas como Américas I, Villa Revolución, Villa Venezuela y Villa José Benito Escobar Pérez.

Este escándalo de las Américas fue explotado, periodísticamente hablando, por el Diario LA PRENSA, por orientaciones directas de su director, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal.

 

Paralelamente surgió otro escándalo, y es que mientras el Director de LA PRENSA, antisomocista convencido y de siempre, inclaudicable, actuaba a fondo contra el régimen de Somoza Debayle,  un grupo de periodistas venaderos del mismo Diario LA PRENSA, recibía dinero de Fausto Zelaya Centeno, director del Banco de la Vivienda, con el fin de callar o minimizar las denuncias que cada vez ponían más entre dicho la “reconstrucción” de Managua.

Cornelio Hüeck Sálomon, Somoza Debayle y toda la pandilla de Generales, Coroneles y Mayores de la Guardia Nacional genocida, funcionarios de alto nivel del régimen somocista sanguinario,  y ricachones (burgueses grandotes) relacionados con el mundo de la construcción, en aquellos días aciagos, posteriores al Terremoto, robaron, robaron y robaron sin cesar, descaradamente, lo que dio motivo a que, inclusive, se hicieran canciones de denuncias del saqueo como “Panchito Escombros”, de Carlos Mejía Godoy.

 

En los primeros meses de año de 1973, Somoza Debayle y su pandilla de ladrones procedieron, además, a dinamitar edificios y casas, con la finalidad de ocultar las pésimas construcciones permitidas por la Dirección de Urbanismo del gobierno somocista, tanto las que estaban destinadas a comercios como viviendas y oficinas en Managua.

 

Ladrones borran vestigios

 

Buscaban cómo borrar vestigios, porque grupos de ingenieros nacionales y extranjeros cuestionaban y denunciaban, mediante análisis físico-matemáticos fríos, acerca de que las construcciones eran pésimas, pues no tenían las especificaciones técnicas en el uso del hierro, el cemento, la arena y las prácticas elementales, por ejemplo, de poner las vigas correspondientes arriba, abajo, en medio y en las columnas correspondientes, tal como indicaran los diseños para las construcciones.

(Guillermo Baltodano Serrano, sociólogo y filósofo, me dijo mientras andábamos rescatando cadáveres al ocurrir el Terremoto: “Hermano, este derrumbe general se produjo porque las construcciones de casas, edificios, comercios, etc., fueron diseñadas sus columnas, por ejemplo, para ponerles 10 varillas de hierro en un punto determinado y sólo le pusieron tres o cuatro varillas, el resto se lo robaban los propietarios de las compañías constructoras o los ingenieros a cargo de las obras de construcción…así de sencillo es el asunto. Por eso hubo tantos muertos, heridos y destrucción generalizada”).

 

Hasta se llegó a denunciar, por ejemplo, que si una columna necesitaba 10 varillas de hierro, al estudiarla se encontró que sólo tenía dos o tres varillas, lo cual era una práctica común de los constructores de esos días, con la finalidad de robarse la mayoría de los recursos financieros destinados a que las construcciones fuesen resistentes a Terremotos y otros desastres naturales.

 

Apareció también la bola de hierro colgada de un enorme cable de acero y movida por una grúa potente. Aquella bola de hierro era estrellada en los edificios y casas semidestruidas, y de esa forma terminaban de caer, para que las huellas desaparecieran por siempre.

 

Por supuesto, de esa manera se evitaba el juicio civil, criminal o penal correspondiente a los responsables de las malas construcciones de casas y edificios de la Managua tumbada por el Terremoto del 23 de diciembre de 1,972.

 

Es indispensable destacar en esta parte de la Historia de que los edificios bien construidos, no fueron derrumbados por el Terremoto del 23 de diciembre de 1972.

 

Por ejemplo, el llamado Edificio del Banco de América, donde hoy se alojan las Bancadas de Diputados y otras oficinas del Estado.

Asimismo, no se cayeron algunos otros edificios como la antigua sede de Julio Martínez, en Monseñor Lezcano; el Edificio Carlos Cardenal, donde estaba la “escalera eléctrica”; el Edificio del Seguro Social, el llamado Edificio Zacarías Guerra; el antiguo Cine González, el Palacio Nacional, el antiguo Gran Hotel, el antiguo Cine Alcázar, el Cine Aguerri, el Cine América, el antiguo Banco Nacional, el antiguo Caley Dagnall, el Edificio nuevo que se estaba construyendo esquina opuesta al Gran Hotel, el Edificio Armando Guido, el Edificio de la IBM…

 

En cambio, se cayeron estrepitosamente edificios como: La Protectora, Banco Central de Nicaragua, las instalaciones en que funcionaba la Radiodifusora Nacional de Nicaragua, el Colegio Calazanz, el Colegio Divina Pastora, el Hotel Reisel, el Club Terraza, el Club Social de la burguesía capitalina, el Ayuntamiento o Alcaldía de Managua, la Escuela de Bellas Artes…

¿Cuáles fueron las razones técnicas? Sencillas. La mayoría de los edificios que no se cayeron por el corcoveo del Terremoto, fueron construidos bajo la dirección de ingenieros alemanes, quienes, por supuesto, tenían elevados niveles éticos para su profesión y escrúpulos para no aparecer como irresponsables y criminales ante la Historia Humana y en particular ante la Historia de Managua.

 

Por el derrumbe de muchísimos de estos edificios y viviendas de barrios enteros, murió una enorme cantidad de gente en Managua, cuyos familiares perfectamente pudieron acusar a estos criminales por la mortandad en la Capital, pero Somoza Debayle, quien era jefe del gobierno, jefe de la tiranía somocista y jefe de la Guardia Nacional, prefirió hacer más negocios encima de los cadáveres y de las desgracias de los capitalinos, sumidos en un valle de lágrimas mientras Alí Babá y sus 40 ladrones cargaban con todo el dinero que llegaba de los “sésamos” o gobiernos amigos del extranjero, que piadosamente nos enviaban ayudas.

 

Esto es lo que yo llamo criminales sin castigo.

 

Este asunto de las responsabilidades civiles, criminales o penales fue echado al “olvido” planificado por la tiranía, seguramente en un afán de proteger a sus compinches en los negocios mafiosos de la construcción en Managua.

Entre los Repartos y Colonias posteriores al Terremoto se pueden mencionar: Villa Progreso, Villa Rubén Darío, Villa San Jacinto, Villa Libertad, Villa Flor, Villa Fraternidad, Colonia Colombia, Colonia Don Bosco, Villa La Sabana, Reparto El Dorado, Reparto Valle Dorado, Villa Flor Norte y Sur, la Cuarta Etapa de Bello Horizonte, la parte norte de Linda Vista…

Se ensancharon vecindarios como el OPEN III (hoy ciudad Sandino), Tipitapa, los Barrios ilegales como Torres Molina (Camilo Ortega), Camilo Chamorro, La Fuente (Ariel Darce), Barrio Urbina (Pablo Úbeda), el Sur de San Judas, Loma Linda (Sierra Maestra), Villa Roma, El Rodeo, Santa Julia, el Santa Bárbara (Barrio Venezuela), Ducualí, El Edén, La Tejera, Quinta Nina (Benedicto Valverde), Costa Rica, Santa Rosa, Monseñor Lezcano, aparece el hoy llamado Barrio Cuba, se ensancha también Acahualinca, Santa Ana, Altagracia, y seguían brotando los Asentamientos espontáneos, dándole forma de abanico a Managua hacia su periferia.

 

Casi al mismo tiempo, el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal denunció en LA PRENSA el nuevo negociado de Somoza Debayle y del cubano-gusano Pedro Manuel Ramos Quiroz: la compra de sangre a gente miserable por medio de una compañía asquerosa llamada “Plasmaférisis”, la cual tenía su sede en la Fábrica de Hilados y Tejidos El Porvenir, propiedad del tirano, a quien sus serviles llamaban “El señor presidente de la República, General de División, Don Anastasio Somoza Debayle, protector de las humildes”.

Pedro Manuel Ramos Quiroz era un  médico cubano gusano, fugado de Cuba después del Triunfo de la Revolución en 1959. Instaló una clínica médica en Miami, donde al mismo tiempo se dedicaba al negocio vampiresco de comprar la sangre de gente humilde por menos de cuatro dólares, y luego la revendía en su clínica hasta en 40 dólares o más.

Esta sangre era sacada a centenares de personas desempleadas, hambrientas, que hacían filas muy de mañana en las afueras de Plasmaférisis. Les pagaban el litro a 20 y 30 córdobas. Esa sangre era vendida, supuestamente, a compañías extranjeras, radicadas en Miami y otras ciudades de Estados Unidos.

 

Somoza Debayle y Pedro Ramos Quiroz no soportaron las denuncias. Por medio de Pedro Ramos Quiroz, el doctor Chamorro Cardenal fue acusado en los Juzgados, los cuales funcionaron en la Escuela Josefa “Chepita” de Aguerri, ubicada al Suroeste del Reparto Ciudad Jardín.

Relato ésto también porque me vi involucrado directamente en la cobertura de este caso bochornoso, mediante el cual quedó evidenciado cómo eran de cínicos Somoza Debayle y toda su pandilla de ladrones, asesinos, opresores y socios suyos extremadamente sucios y malvados como este Pedro Manuel Ramos Quiroz, quien fue, además, señalado como uno de los autores intelectuales del asesinato del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, hecho ocurrido el 10 de enero de 1978.

Mientras Managua crecía anárquicamente, hacia cualquier lado en forma de abanico, después del Terremoto de 1972, en los llamados escombros, sólo iban quedando los recuerdos de “aquí fue el Hotel Reisel”, “Aquí estuvo el Hotel Balmoral”, “En este lugar fueron las cárceles del Hormiguero”, “Allá, en aquel predio fue la Compañía Automotriz, enfrente estaba el Colegio Pedagógico de Managua; allí fueron NOVEDADES, el Club Terraza, el Club Social, el Club Internacional, el Lacmiel, Tortuga Morada, “Charco de los Patos”, Tienda Carlos Cardenal, Librería Argeñal, “Mecatera”, el Cine Tropical, el Cine América, el Cine Luciérnaga, El Abanico, la Iglesia del Nazareno, Radio Centauro, Radio Mundial, la Radio Difusora Nacional de Nicaragua, Hospital del Seguro Social, Iglesia San Antonio…

 

Por los cercos de púas, uno no podía pasar más allá de ciertos lugares.

 

LA PRENSA, en marzo de 1973, al mismo tiempo, trasladó su maquinaria en regular estado hasta las instalaciones que tiene hoy contiguo a la Ferretería Richardson en la Carretera Norte, donde para su historia, su personal y yo mismo se inició una nueva etapa, siempre relacionada con la vida aterrorizada de Managua y del resto del país.

 

Reportero de la Media Noche

 

El hambre, el desempleo masivo, las angustias, la inseguridad sobre un futuro incierto, crecían en Managua y todo el país. Decenas de miles de familias se habían ido en busca de lotes y casas, fuera de Managua, a Masaya, Granada, León, Tipitapa, Ticuantepe, El Crucero, “OPEN III” (hoy Ciudad Sandino) y, de paso, comenzaron a aparecer los Asentamientos Humanos Espontáneos o los Barrios promovidos por lotificadores sin escrúpulos, en los rumbos del Oriente, Norte, Oeste, Sur, dándole a la nueva Managua un aspecto francamente anárquico, en forma de abanico, sin planificación alguna,

 

Este fenómeno se inició en febrero de 1973. Cuando el Diario LA PRENSA reapareció, en marzo de 1973, ya instalado en el sitio en que está hoy en el año 2004, tituló: En 30 segundos…Sólo Hiroshima y Managua”.

Era una crónica y mezcla de artículo y reportaje magistral de Horacio Ruiz Solís, un maestro del periodismo nicaragüense, con quien después tuve problemas serios, debido a que, supuestamente, era agente de la CIA.

 

Al retornar a LA PRENSA, le propuse al doctor Danilo Aguirre Solís, entonces jefe de Redacción del Diario, que me permitiera efectuar labor reporteril de noche, argumentando yo que nadie le daba cobertura a acontecimientos nocturnos, relacionados con sucesos, reuniones científicas, asambleas comunitarias, mítines políticos, conferencias de todo tipo, fiestas populares, accionar cotidiano normal de las Universidades, procesiones religiosas, dormidas de pobres en Mercados, aceras, iglesias y en Dormitorios Públicos, funcionamiento de Hospitales Públicos y Privados, escándalos en prostíbulos y cantinas, el servicio de las gasolineras, accidentes de tránsito, el Malecón de Managua, crímenes callejeros, la falta de luces y oscuridades en las calles, la ausencia de transporte nocturno, circos en patios capitalinos, los centros laborales en que se laboraba de noche, las inundaciones o desbordes de cauces en las noches, los estragos de las lluvias en la media noche o de madrugada…

Para entonces, por necesidad, ya me habia convertido en fotógrafo y le hacía también al manejo de las filmadoras sencillas. A pesar del pleito público que habíamos tenido, el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal se mostró contento por mi regreso a la Redacción de LA PRENSA.

 

Uno de los primeros gestos del doctor Chamorro Cardenal, fue que en esos primeros días de marzo de 1973, me acompañó, en su automóvil Volswaguen, al Mercado Oriental, donde yo estaba visitando a gente en estado de miseria, que dormía en los callejones oscuros o bajo los aleros de algunos tramos.

 

“Me imagino que te da algún miedo andar cerca de la Ciudad del Vicio y en estos sitios, que son nido de delincuentes”, me comentó el doctor Chamorro Cardenal mientras caminaba conmigo hacia el interior del peligroso Mercado Oriental.

 

Efectivamente, lo llevé hasta la “Ciudad del Vicio”, donde abundaban los prostíbulos, cantinas con “tragos de a peso” y “escupidas en aserrín”, mientras se respiraba un tufo agrio y una sensación de peligro cercano a la muerte.

 

En la misma primera semana se vio la notoriedad de hacer periodismo nocturno en las calles de Managua. Mis reportajes, crónicas y fotografías nocturnas, comenzaron a llenar la portada, contraportada, Página de Sucesos y páginas interiores del Diario LA PRENSA.

 

Recogía yo informaciones sobre conferencias científicas, acontecimientos culturales, Santo Domingo de Guzmán, el ambiente lleno de luces, y oscuridades, las dificultades de la gente por falta de transporte para llegar a sus casas, inundaciones, atascamientos de vehículos comerciales en las calles fangosas de la Capital, acontecimientos artísticos, descarrilamientos de trenes del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua, choques automovilísticos mortales, asaltos, operativos represivos nocturnos de la guardia del somocismo genocida, el comercio minorista madrugador en el Mercado Oriental, asesinatos, homicidios, pleitos callejeros, jurados famosos en el “Supermercado de las injusticias” o Corte Suprema de Justicia, incendios ocasionados, mayoritariamente, por los comerciantes turcos, debido a lo cual los capitalinos les pusieron el “mote” de “turcocircuitos”, etc.

 

También al gerente de LA PRENSA, Jorge A. Cárdenas, le agradó la idea de este trabajo nocturno y le dio respaldo pleno, al extremo de que ordenó que el Diario me financiara la obtención de un automóvil nuevo, un carrito DATSUN 100A, de dos puertas, con el cual comencé a moverme por el laberinto de calles que iban dejando como huellas los nuevos rumbos o formas de la Managua posterior al Terremoto del 23 de diciembre de 1972.

 

En total, por el carrito pagué 21 mil córdobas en tres años, mientras al mismo tiempo pagaba la mensualidad por mi casa H-II-20, en Bello Horizonte, situada casi contiguo a la Doceava Sección de Policía de la guardia del somocismo sanguinario, enclavada en el parque Sur de Bello Horizonte, que nosotros bautizamos después con el nombre de Marta Lucía Corea Solís, una de las Combatientes Populares de la Insurrección Final en contra de la dictadura sangrienta de los Somoza.

 

La grandísima realidad era o fue que trabajaba de día y de noche, llenaba páginas enteras del Diario LA PRENSA con crónicas, reportajes, noticias, crónicas y fotografías, porque recogía mucha información, la gente me llamaba por teléfono de los vecindarios, de la Cruz Roja, del Cuerpo de Bomberos e informadores oficiosos que yo tenía, y también debido a cierta haraganería de mis compañeros de trabajo, pues algunos hasta decían: “!!…que vaya Pablo Emilio…a él le toca ese asunto!!”.

 

Aunque no me tocara atender cualquier asunto noticioso, yo iba, porque la gente lo estaba demandando. De ese modo, en esta nueva modalidad en periodismo me hice más conocido y popular, al extremo de que el periodista Oscar Leonardo Montalván (contrarrevolucionario después de 1979) me hizo un reportaje titulado: “El Reportero de la Media Noche”.

 

Efectivamente, a media noche andaba “husmeando” por las calles de Managua, mayoritariamente en compañía de Don Shabelo”, un vecino mío en Bello Horizonte, que se encariñó conmigo y cuya experiencia me fue valiosísima porque era viejo conocedor de Managua, conocía a muchos guardias nacionales, era “baqueano” de cantinas, se sabía los “recovecos” de La Ciudad del Vicio, de los prostíbulos, de cómo llegar adonde la Teresa Alfaro, donde era prostituta la Dinorah Sampson, que después fue la famosa querida de Somoza Debayle.

Don Shabelo conocía hasta casas de diputados somocistas, de ladrones, etc. Y eso también me permitió hacer reportaje escandalosos de algunos de estos sujetos. A Don Shabelo lo iba a traer yo a las cinco y media de la tarde y lo regresaba a las doce de la noche a su casa, ubicada exactamente detrás de la mía en Bello Horizonte.

 

Mientras tanto, yo regresaba a las instalaciones del Diario LA PRENSA, a revelar las fotos tomadas esa noche y escribir los reportajes, informaciones y crónicas diferentes. Ocurrió por  miles de veces, que mientras estaba escribiendo o relevando fotos en el Laboratorio Fotográfico, me llamaban de la calle para decirme que había un choque, una balacera, una inundación de un barrio o en las calles de la nueva Managua, y debido a esto, volvía a la calle y retornaba al Diario, al extremo de que eran las ocho de la mañana del siguiente día, o las diez de la mañana, y yo estaba todavía escribiendo.

 

Dormía poco, pero era apasionante este trabajo, pues inclusive me permitió conocer la Managua posterremoto por sus cuatro costados. Por este accionar cotidiano y nocturno, fui uno de los primeros en conocer el sensacional acontecimiento político militar de la toma de la Casa de “Chema” Castillo Quant, por parte del Frente Sandinista de Liberación Nacional, el 27 de diciembre de 1974.

 

“Pablito… se oyeron tiros dentro de la casa de “Chema” Castillo, funcionario del gobierno, y ya está un despliegue militar salvaje…a la Cruz Roja no la dejaron entrar. Debieras ir a ver qué pasa”, me informó por teléfono Guillermo Balmaceda, jefe de Operaciones de la Cruz Roja Nacional en ese momento.

La guardia somocista, sus “orejas” y agentes de la Oficina de Seguridad de Somoza, encabezados por Samuel Genie Amaya, Chéster Escobar y otros asesinos a sueldo, impidieron la entrada de periodistas y curiosos a este sector del Reparto Los Robles, en la misma noche del asalto del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

 

Recuerdo que esa misma noche, temprano, casi me echan preso los guardia somocistas sanguinarios porque le estaba dando cobertura a un mitin de la Unión Democrática de Liberación (UDEL), en el Barrio Acahualinca, al Noroeste de Managua.

 

En UDEL se había agrupado la oposición burguesa antisomocista, incluyendo algunas agrupaciones sindicales de tendencia socialista, como la CGT independiente. Hacía poco tiempo, la guardia somocista había invadido y puesto al revés las oficinas de la CGT independiente, entonces ubicadas en la orilla de la Pista de la Resistencia Sandinista (Bypass), a lo cual también le fui a dar cobertura periodística.

 

La cobertura del asalto, ya en el día, le fue asignada a varios reporteros diurnos. Sin embargo, por supuesto, yo seguí con atención cuidadosa el asunto de las negociaciones entre el Comando Juan Quezada del FSLN, jefeado por Eduardo “Comandante Cero” Contreras Escobar, entre cuyos acompañantes estaban Germán Pomares Ordóñez, Joaquín Cuadra Lacayo, Olga Avilés, Leticia Herrera, Hilario Sánchez…..

Me emocioné profundamente al conocer que el Comando Juan José Quezada había liberado prisioneros, que había logrado el rescate solicitado y que salía victorioso por el Aeropuerto Las Mercedes (hoy Augusto C. Sandino), con todos los rehenes, con destino a Cuba. El FSLN había roto el silencio, después de una silenciosa acumulación de fuerzas en la más rigurosa clandestinidad.

 

El Frente Sandinista guerrillero, clandestino, potente, ya con evidente habilidad militar y potencia de fuego, estaba allí, poniendo en tembladera al sistema opresor del somocismo sanguinario genocida.

Lo más emocionante para millares de pobladores capitalinos, fue cuando ya el Comando Juan José Quezada tomó rumbo al Aeropuerto Sandino (entonces llamado “Las Mercedes”), por la Carretera Norte, en autobuses y microbuses, mientras Banderas rojinegras del FSLN eran azotadas por el viento fuera de las ventanas de los vehículos, lo cual ya se quedaba grabado para siempre en la memoria popular de los pobladores de Managua.

Inmediatamente después de finalizado el operativo del Comando Juan José Quezada, la guardia genocida del somocismo, todo el inmenso aparato opresor de la dictadura, jefeada por Somoza Debayle, su criminal Oficina de Seguridad (espionaje descarado) y los “escuadrones de la muerte” del mismo Somoza Debayle, desataron una verdadera cacería en Managua, donde invadieron domicilios, encarcelaron a centenares de jóvenes, a dirigentes sindicales, a opositores legales, mandaron a cerrar noticieros radiales, cercaron colegios y universidades, le daban persecusión en las calles a estudiantes y jovencitos y yo personalmente fui detenido y registrado varias en las calles, mientras andaba haciendo mi labor periodística nocturna.

En una ocasión, inclusive, a don Shabelo y a mí, una patrulla BECATS de la guardia, jefeada por Ronald Sampson (hermano de Dinorap, querida de Somoza), nos sacó del carro Datsun 100A, azul, nos patearon, nos pusieron boca abajo en plena vía pública por donde es hoy la Rotonda Cristo Rey, Santo Domingo o David Tejada Peralta.

 

“Ustedes son colaboradores, cómplices, de los “sandino-comunistas-terroris2tas”, gritaba histérico Sampson, mientras amenazaba con disparar su fusil-ametralladora que esgrimia con una mano en forma amenazadora.

En los primeros meses de enero de 1975, centenares de ciudadanos aparecieron presos unos, otros desaparecidos, y una buena cantidad denunciaban que habían sido detenidos sin orden judicial y que los había “encapuchado” y torturado a patada limpia, o les habían colocado un “chuzo eléctrico”, o los había metido de cabeza dentro de un barril lleno de agua y con estiércol de animales.

El Diario LA PRENSA y otros medios radiales opositores al régimen genocida informaban de las capturas masivas, pero no se podía hacer  mucho a favor de los detenidos por el nivel de represión imperante, ya que Somoza Debayle y su tiranía estaban con su venganza en apogeo por la humillación sufrida por ellos durante el asalto a la Casa de “Chema” Castillo Quant el 27 de diciembre de 1974.

En ese mes de enero de 1975, la guardia genocida y la Oficina de Seguridad somocista llenaron las cárceles, llamadas también “mazmorras” de la OSN en la que fuera Casa Presidencial, de la Loma de Tiscapa, donde sometían a los reos, acusados con una figura legal inexistente, acomodada, de “sandino-comunistas- terroristas”, “subvertidores del Orden Público”, por “asociación ilícita para delinquir”, mientras en realidad a nadie le habían probado absolutamente nada, pero el arrogante y brutal jefe político del régimen, conocido como Coronel Luis Ocón, gritaba a todo pulmón: “¡Son terroristas!”

Los reos, sacados de sus colegios, universidades, capturados en las calles, en los mercados, en el Estadio Rigoberto López Pérez (Estadio General Somoza García, le decían sus hijos tiránicos asesinos), después de interrogarlos y torturarlos salvajemente, eran llevados ante Ocón en unas instalaciones provisionales o galerones que estuvieron situados en las cercanías del Arbolito, en el Barrio del Arbolito, en la periferia de la Iglesia Santa Ana.

 

Después de este circo ante Luis Ocón, los mismos reos eran llevados a la Corte Militar de la Guardia Nacional, la que funcionó en otros galerones de las cercanías de la Academia Militar y del Hotel Intercontinental.   A esa Corte Militar  fueron llevados, entre otros: Tomás Borge Martínez, Daniel Ortega Saavedra, Lenin Cerna Juárez, Marcio Jáen, José Benito Escobar Pérez, René Núñez Téllez, Charlot Baltodano, Carlos José Guadamuz Portillo, Denis Moncada Colindres…

 

En medio de aquella represión omnímoda de la dictadura, que motivaba miedo por todos lados, me llamaba poderosamente la atención la valentía también infinita con que estos jóvenes sandinistas acusados se enfrentaban a la tiranía somocista sanguinaria y de cómo sus abogados, Aquiles Centeno Pérez y Manolo Morales Peralta, conmovían el ambiente represivo con análisis legales y sociológicos también valientes sobre el por qué la juventud se rebelaba contra el sistema de opresión y genocidio del somocismo.

 

Eran cotidianos los comunicados de la Guardia Nacional, firmado por el coronel Aguiles Aranda Escobar, a quien le población le puso el sobrenombre de “Aquí les miento”,  porque precisamente, esos comunicados contenían una sarta de mentiras y manipulaciones de la dictadura para justificar la represión mortal, los robos sin cesar y el desmedido sometimiento del régimen somocista al gobierno criminal de Estados Unidos. A pesar de las protestas públicas, huelgas de hambres y los argumentos de los abogados defensores, casi todos los reos fueron condenados a larguísimas penas por delitos que nunca cometieron.

 

En medio de enormes medidas de seguridad, los reos condenados fueron llevados a la llamada “Cárcel Modelo de Tipitapa”, a mediados y finales de 1975, que fue considerado uno de los años más represivos por parte de la tiranía genocida del somocismo contra los pobladores y especialmente contra el FSLN.

En ese mes de enero de 1975, mencionado, el pánico y la arrechura popular parecían caminar de la mano, mientras la tiranía somocista, como dije capturaba y condenaba a centenares de colaboradores, fundamentalmente, pues los grupos guerrilleros ya estaban operando exitosamente en las montañas y en zonas urbanas, entre otros, los que eran jefeados por Henry Ruiz Hernández, Carlos Agüero Chavarría, Óscar Turcios Chavarría, Pedro Aráuz Palacios, Germán Pomares Ordóñez, Bayardo Arce Castaño, William Ramírez Solórzano, Jacinto Hernández, Víctor Tirado López,  Edgard “Gato” Munguía y Filemón Rivera.

 

En ese mismo mes de enero, la guardia somocista genocida asesinó en las montañas del norte de Matagalpa a los campesinos:

Ernesto Amador, Luis García, María Felicia de García y su hijo de siete meses; Lucío Martínez, Abelina Muñoz de Martínez, Andrés López, Miguel Angel Pozo, José Montenegro, Alfonso Florián, Teresa Zeledón y Domingo Dávila.

 

Como respuesta inmediata a estos crímenes y nivel brutales de represión genocida, el FSLN guerrillero procede a ajusticiar “jueces de mesta, “esbirros”, “orejas” y paramilitares de la tiranía en numerosos lugares del país, pues por el accionar de estos elementos centenares de pobladores caían presos, eran torturados y asesinados.

 

Además, el FSLN guerrillero se toma el campamento antiguerrillero de la guardia somocista en Waslala. La acción fue dirigida por Carlos Agüero. El nueve de enero de 1975, cae en combate René Tejada Peralta, precisamente en las cercanías de Waslala.

 

En Santa Rosa del Peñón, Municipio de León, la guardia somocista genocida obliga a los pobladores a concentrarse en la placita local, donde procede a fusilar a numerosos campesinos, a quienes acusa de colaboradores del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Hubo una conmoción en las filas de la dictadura cuando un grupo guerrillero se tomó Radio Corporación (de derecha siempre) y emitió un comunicado contra la represión somocista y llamado a la unidad popular.

 

El dos de agosto se produjo la noticia dolorosa de la caída en combate, en El Sauce (León), de los y las militantes sandinistas Arlen Siú Bermúdez, Mario Estrada, Gilberto Rostrán, Julia Herrera de Pomares, Mercedes Reyes, Juan y Leónidas Espinoza y Hugo Arévalo.

El 9 de septiembre cae en combate Jacinto Hernández y el 13 de octubre muere peleando Filemón Rivera, hermano mayor de Francisco “Zorro” Rivera. He citado lo anterior para mostrar cómo la guardia somocista sanguinaria genocida, brazo armado de la dictadura, desató un nivel de represión mortal y a la vez cómo se movía el Frente Sandinista guerrillero después de romper la etapa de silencio y de acumulación de fuerzas.

Por supuesto, esa represión generalizada en todo el país y mortal, ya no paró hasta que el régimen sanguinario somocista fue derrocado para siempre el 19 de julio de 1979.

 

Preso Tomás Borge Martínez

 

El cuatro de febrero de 1976, temprano en la noche, se escuchó un tiroteo nutrido en el cauce que divide en dos a la Colonia Centroamérica. Minutos antes, dos patrullas GN genocida habían rodeado un vehículo en el que viajaba clandestinamente el Comandante Tomás Borge Martínez, uno de los fundadores del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

 

Con la arrogancia que les caracterizaba a los oficiales asesinos y torturadores de la guardia genocida del somocismo, precisamente, un alto oficial de la GN caminó como si fuese “rambo” contra un gato, se paró de frente apuntando  adonde iba el Comandante Borge Martínez, quien se movió rápido, sin perder tiempo,  y disparó su pistola desde la incomodidad en que iba clandestino.

El arrogante y brutal oficial GN somocista genocida se tambaleó y fue cayendo al suelo, mortalmente herido, como en “cámara lenta”. Borge Martínez aprovechó el desconcierto del resto de guardias, se lanzó del vehículo y emprendió veloz carrera por dentro del cauce mencionado.

Los oficiales y soldados de la GN desataron una balacera que parecía un diluvio de tiros en dirección Sur, no importando que hubiesen casas en ambas orillas del cauce y al fondo Sur de la Colonia Centroamérica. A pesar de la balacera que armaron, los guardias se desplazaban llenos de pánico por encima del cauce, pues ya estaban convencidos de que Borge Martínez los podía liquidar, tiro a tiro, a cada uno de ellos, según habían podido comprobar minutos antes.

El jeeps en que Borge Martínez iba fue inmediatamente ametrallado por la guardia, mientras la dulce Midred Abaunza Gutiérrez lograba resistir unos segundos el combate, para que el Comandante Borge, miembro de la Dirección Nacional del FSLN y encargado de las Operaciones Militares en Managua, lograba huir hacia el lado de la Carretera a Masaya, específicamente al Camino de Oriente.

 

Mildred Abaunza Gutiérrez cayó abatida a tiros en las cercanías de la Iglesia de la Colonia Centroamérica.

Borge Martínez salió a la Carretera a Masaya, por donde fue La Morita, frente al Camino de Oriente. Al ingresar al Camino de Oriente, frente a los llamados CINEMAS I y II, detuvo, pistola en mano, el automóvil de una pareja (un hombre y una mujer). El Comandante Borge Martínez vaciló en llevarse el automóvil, porque notó que la mujer estaba con embarazo muy avanzado.

 

En ese momento, varios agentes de la Oficina de Seguridad de Somoza y numerosos soldados de Brigadas Antiterrorista (BECATS) rodearon el vehículo y procedieron a capturar al Comandante Borge Martínez.

“¡¡Soy Tomás Borge, militante sandinista, miembro de la Dirección Nacional del FSLN!!”, gritó el Comandante Borge Martínez, para que lo oyesen en el bullicio de gente, pues la costumbre del régimen  somocista genocida era hacer desaparecer a los prisioneros, después de someterlos a torturas brutales.

 

Relato este hecho asimismo porque este acontecimiento inmediatamente conmovió a la Capital, porque en esos momentos, la dictadura acentuaba los asesinatos, torturas, persecusión masivas, aunmentaba el terror en todos los niveles y continuaba enjuiciando a centenares de sandinistas y opositores  en lo que fue la llamada Corte Militar de la Guardia Nacional.

A pesar del gran alboroto por la captura del Comandante Borge, el tirano Anastasio Somoza Debayle, no aceptaba admitirlo públicamente, hasta que en una conferencia de prensa se lo preguntó el periodista Silvio Mora Mora.

 

A Somoza se le deformó grotescamente el rostro cuando se le hizo la pregunta, pero al final admitió la captura de Tomás Borge, pero haciendo comentarios cínicos al mismo tiempo: “Aquí hay democracia…aquí no se matan prisioneros como en Cuba”, comentó Somoza Debayle, mientras retorcía los ojos hacia donde Silvio Mora Mora.

 

1976 fue un año muy duro, de pruebas de fuego para el Frente Sandinista de Liberación Nacional, especialmente después de la caída del Mildred Abaunza Gutiérrez y la captura del Comandante Borge Martínez. El 30 de abril cae el compañero Augusto César Salinas Pinell en Ocotal, Nueva Segovia (Salinas era de Somoto, Madriz); luego, el 14 de septiembre caen en Yaosca, Matagalpa, Edgard “Gato” Munguía Álvarez, miembro suplente de la Dirección Nacional del FSLN; el 5 de noviembre caen Leonardo Real Espinales y Jorge Matus Téllez,

 

Cae Carlos Fonseca Amador

 

El ocho de noviembre de 1976 cae en combate absolutamente desigual el comandante jefe de la Revolución Popular Sandinista, Carlos Fonseca Amador, quien recorría montañas del Norte de Nicaragua en misión de coordinar las acciones combativas y de la Unidad del Frente Sandinista en montañas y  ciudades. En esos mismos días caen también, en situación militar desventajosa, Eduardo Contreras Escobar, miembro de la Dirección Nacional del FSLN; Silvio Reñazco y Rogelio Picado, en Residencial Satélite Asososca; y Carlos Roberto Huembes Ramírez, miembro suplente de la jefatura del Frente Sandinista, quien igualmente en condiciones desventajosas cayó en el Reparto El Dorado.

El 25 de noviembre cae preso Marcio Jaen Serrano, cuyo encierro político se convirtió en permanente agitación política popular en Managua.

Menciono estos hechos políticos y militares porque en la lucha ya cotidiana en contra de la tiranía  del somocismo genocida o ejército de ocupación permanente del gobierno criminal de Estados Unidos, se calentaba cada día más y más, al extremo de que en 1977 era la conversación obligada diariamente, pues los guardias, Somoza, la Oficina de Seguridad, los escuadrones de la muerte o “mano blanca”, los AMROCS, los orejas, jueces de mesta de la guardia, los matones, los asesinos a sueldos de la tiranía, los coimeros, los ladrones vestidos de legalidad=impunidad, también miembros del Partido Liberal Nacionalista (PLN) imponían el terror generalizado en todo el país, especialmente en zonas rurales y montañosas.

La muerte de Carlos Fonseca Amador fue un golpe demoledor para el FSLN, en noviembre de 1976. Eduardo Contreras Escobar, era asimismo, uno de los mejores cuadros militares, políticos e ideológicos del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Y para colmo, el año 1977 se inició con igual dureza, porque cayeron centenares de compañeros Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares. El precio en vidas valiosísimas era demasiado elevado. Y al mismo tiempo la lucha se agigantaba en Managua y todo el país.

El año 1977 se inició con la caída, en condiciones totalmente desventajosas, de Claudia Chamorro, en un cañal de Jinotega, mientras le cubría la retirada a Francisco “Zorro” Rivera. El 10 de febrero, patrullas de guardias somocistas allanan el Recinto Universitario “Rubén Darío” de la Universidad Nacional en Managua, donde operaba, mayoritariamente, el Centro Universitario de la Universidad Nacional (CUUN), coordinado en esos momentos por Miguel Bonilla Obando.

 

El 7 de abril el FSLN pierde a otro de sus grandes dirigentes militares y políticos, en este caso a Carlos Agüero Echeverría, miembro de la Dirección Nacional del Frente Sandinista en la clandestinidad. Ese mismo día 7 de abril, la Escuadra Urbana “Selim Shible” se toma las radios Mundial (Managua) y una en León, para difundir comunicados del FSLN, llamando a la lucha armada popular para demoler el sistema dictatorial somocista.

 

Todos estos meses y años han sido, para mí, de andar recogiendo datos, investigando sobre la robadera sin parar de los funcionarios y burócratas del sistema somocista y especialmente, los robos colosales ejecutados cotidianamente por Somoza Debayle, su familia de ladrones, los generales, coroneles, mayores y los que aparecían como jefes de su Partido Liberal Nacionalista.

 

En medio de este ambiente de terror impuesto por la dictadura, nosotros: periodistas, fotógrafos, corresponsales, editores y trabajadores en general, departimos por última vez con el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, director de LA PRENSA antidictatorial, el 24 de diciembre de 1977, en la tardecita y en la noche, en las instalaciones del Diario, en la Carretera Norte, en el mismo sitio en que está ahora. Como siempre, el doctor Chamorro Cardenal se quedó hasta muy tarde conversando con nosotros, mayoritariamente los periodistas.

 

La campaña de difamaciones de Somoza Debayle en contra de Chamorro Cardenal eran cada vez más violentas, al extremo de que algunos de nosotros ya estábamos convencidos de que podían mandarlo a matar. En torno a estas sospechas giraron parte de las conversaciones de nosotros con el doctor Chamorro Cardenal, ese 24 de diciembre de 1977.

Pedro Joaquín Chamorro Cardenal acostumbraba invitar amigos para departir con él en su casa de Las Palmas, adonde nos invitó a varios de los periodistas. Allí en su casa continuamos hablando de los peligros que le acechaban, pero Chamorro Cardenal continuó empecinado en que nada le pasaría.

Me parece que confiaba en que Somoza Debayle y su pandilla respetarían el abolengo burgués del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal.

 

En mi caso personal, yo tenía vacaciones acumuladas de varios años de trabajo nocturno y diurno en LA PRENSA, y entonces por orden del jefe de Personal, me mandaron de vacaciones de un mes el mismo día 23 de diciembre, las cuales, por supuesto, no tomé.

El propio 10 de enero de 1978, día en que asesinaron al doctor Chamorro Cardenal, muy de mañana, yo me dí cuenta de que lo habían mandado a matar por una radioemisora nacional, mientras iba yo a hacer unas gestiones familiares a la Ciudad de Rivas.

Al conocer la trágica noticia por radioemisoras locales, giré en redondo mi carrito Datsun 100A, y cuando retorné a Managua, al medio día del 10 de enero, la Capital nicaragüense parecía un hervidero o un polvorín político a punto de estallar.

El cadáver pasconeado del doctor Chamorro Cardenal, por balines de escopeta, estaba ya siendo preparado en la morgue del Hospital “Manolo Morales Peralta”, mientras su sangre ya salpicaba todo el país, y el dedo acusador de centenares de miles de nicaragüense se dirigía inequívocamente hacia el dictador, Anastasio Somoza Debayle, su aparato opresor de la Guardia Nacional, la Oficina de Seguridad, el Servicio Anticomunista de Somoza, los “escuadrones de la muerte” o “mano blanca” del mismo Somoza, hacia sus matones oficiosos como orejas asquerosos, jueces de mesta también asquerosos, burócratas gubernamentales, jefes del Partido Liberal Nacionalista y también hacia algunos mercenarios siempre a sueldo de la tiranía genocida del somocismo.

 

En la medida en que el Sol se deslizaba hacia el Poniente u Oeste, también se calentaba el ambiente político, mientras la presencia del cadáver acribillado a balazos del doctor Chamorro Cardenal, era como el fuego ardiendo con toneladas de gasolina y pólvora en las calles de Managua, especialmente en la Carretera Norte, en las cercanías de las instalaciones del Diario LA PRENSA.

 

El cadáver del doctor Chamorro Cardenal, ya dentro de un ataúd y envuelto con la bandera nacional, fue llevado a las instalaciones del Diario LA PRENSA, adonde llegó seguido por decenas de miles de capitalinos, cuyos seres vibraban de pies a cabeza de arrechura por todo lo que estaba pasando en cuanto a la represión imparable del aparato opresor mortal del somocismo sanguinario genocida, que era lo mismo que decir gigantesco aparato de opresión yanqui, oligárquica  fascistoide.

Un poco después de las cinco y media de la tarde, comenzaron a aparecer decenas de fogatas e incendios de automóviles en la Carretera Norte, especialmente en las cercanías del Diario LA PRENSA, del cual Chamorro Cardenal era su director.

Un trecho largo de la Carretera Norte estaba lleno de gente del pueblo, mientras al mismo tiempo crecía la agitación, y de repente fue incendiado Hilados y Tejidos El Porvenir, propiedad de Somoza, ubicado de LA PRENSA hacia el Oeste, en la misma Carretera Norte. Fueron incendiados otros edificios, automóviles de simpatizantes del somocismo genocida y, en general, la Carretera Norte se convirtió en una colosal fogata desde los semáforos de Portezuelo hasta por la Planta Eléctrica de Managua, colindante con el INCEI.

 

A las instalaciones de LA PRENSA entraban y salían millares de personas que querían “ver por última vez el rostro del doctor Chamorro Cardenal” y que al mismo tiempo llegaban a indagarse sobre detalles del asesinato.

A eso de las diez de la noche, se produjo un tremendo alboroto dentro de las instalaciones del Diario porque presuntamente había algunos sujetos intentando secuestrar el cadáver de Chamorro Cardenal.

La del doctor Chamorro Cardenal fue una vela de trascendencia nacional e internacional, y de tensión política y militar en la Carretera Norte, pues la guardia del somocismo genocida intentó varias veces sofocar la rebeldía popular callejera de esa noche.

 

El entierro del doctor Chamorro Cardenal en el Cementerio Occidental de Managua, estuvo precedido de una manifestación política enorme, que, igualmente, la guardia somocista genocida intentó dispersar y no pudo. Pero reprimieron gente en los alrededores de la procesión fúnebre.

Los afiliados a la Unión de Periodistas de Nicaragua (UPN) fueron reprimidos por la Policía GN de Managua, encabezada por el criminal esbirro coronel Alesio Gutiérrez, cuando le celebraban una misa al doctor Chamorro Cardenal en el sitio en que fue asesinado por los sicarios del somocismo, días después del crimen.

 

Yo seguí laborando de noche en el Diario LA PRENSA. El asunto no volvió a ser igual porque la confianza de muchos trabajadores era con el doctor Chamorro Cardenal y no con el resto de propietarios, que casi nunca llegaban a las instalaciones del Diario ni se comunicaban con los periodistas y resto de empleados.

 

Política y militarmente, la situación también se agravó en las calles de Managua porque las patrullas antiterroristas de la guardia somocista genocida, de la Oficina de Seguridad de Somoza, de los “escuadrones de la muerte” o “mano blanca”, de los AMROCS, “orejas” y jueces de mesta”, se dedicaron a  represión y asesinatos generalizados en todo el país, al extremo de que ya en esos momentos existía pánico en los cuatro puntos cardinales de Nicaragua.

Personalmente, mientras era acompañado por “Shabelo”, nos tocó sufrir esa represión de los gendarmes somocistas en las calles capitalinas, especialmente de las patrullas antiterroristas jefeadas por Alberto “Macho Negro” Gutiérrez, Ronald Sampson (cuñado de Somoza) y Bandor Bayer.

 

Estos sujetos criminales me encañonaron varias, me colocaron boca abajo en distintos sitios de Managua, mientras me acusaban de que andaba apoyando a los “sandino-comunistas del Frente Sandinista”.

Casi todo 1978 fue sangriento, mortal, pues Somoza Debayle con su guardia y demás instrumentos represivos, no cesaron de matar, capturar jóvenes y adultos, campesinos, obreros y a todo aquel sospechoso, que después de capturados eran torturados salvajemente y finalmente asesinados.

 

Ese 1978 fue un año agitadísimo: manifestaciones políticas masivas, quemas de vehículos como autobuses, camiones, camionetas y automóviles, mítines, fogatas, tomas de fincas de los somocistas, paros o huelgas obreras y de trabajadores en general, todo en repudio a la dictadura sangrienta de los Somoza Debayle, su guardia genocida y en contra de los “escuadrones de la muerte”, conocidos en Nicaragua como Mano Blanca (¿¿por qué??).

La manifestación religiosa del primero de enero en Managua, por ejemplo, fue convertida en manifestación política, de reclamo por la desaparición forzada de 64 campesinos en el norte del país y por la libertad de los presos políticos sandinistas.

El 15 de enero, cinco días después del asesinato de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, comenzó la heroica huelga de hambre de los trabajadores de la salud o Movimiento Hospitalario.

El 22 de enero comenzó asimismo el llamado paro empresarial en todo el país. El 25 de enero un grupo de mujeres ocuparon la sede de las Naciones Unidas en Managua, exigiendo justicia y libertad por la desaparición de más de 300 campesinos desaparecidos forzadamente por elementos de la guardia genocida del somocismo y sus escuadrones de la muerte.

El 27 de enero el llamado sector privado pide la renuncia de Somoza Debayle, quien responde: “Ni me voy ni me van” Ese mismo día 27 de enero, la guardia genocida agrede a 250 obreros textiles que se encontraban en una concentración en el Barrio o Colonia Américas II (José Benito Escobar Pérez), los cuales apoyaban, con esa acción, las demandas de las mujeres ocupantes de la sede de las Naciones Unidas.

 

La columna sandinista Pablo Úbeda ocupa militarmente el poblado de Río Blanco, zonas de las minas, y controla la guarnición somocista del lugar, el 29 de enero. El mismo día 29, la misma Columna guerrillera Pablo Úbeda también ataca exitosamente otra guarnición somocista en Boaco.

El “Chigüin”, Anastasio Somoza Portocarrero, hijo criminal del tirano, ataca el 30 de enero la concentración pacífica de mujeres en las Naciones Unidas. Ese mismo día 30 de enero, la guardia somocista genocida impide una manifestación estudiantil y bombardea por 2 horas el Recinto Universitario Rubén Darío de la Universidad Nacional Autónoma (UNAN), en Managua.

Por este motivo de agresión a la Universidad Nacional, en León se produjeron enfrentamientos entre estudiantes universitarios y la guardia somocista genocida, lo que dejó decenas de heridos y varios muertos.

El 31 de enero, Venezuela, presidida en ese momento por Carlos Andrés Pérez, decreta embargo de petróleo a la dictadura del somocismo. Otro hecho especial fue que ese mismo día 31 de enero, los trabajadores de la Refinería ESSO paralizaron sus labores en Managua, en solidaridad con la lucha callejera.

En Peñas Blancas, Rivas, cayó heroicamente en combate el exraso GN Humberto Cruz Guevara, sandinista, el 2 de febrero de 1978.

Ese mismo día 2 de febrero son tomadas las ciudades de Granada y Rivas. El ataque a Granada estuvo encabezado por Camilo Ortega Saavedra, quien ya era conocido como el apóstol de la Unidad Sandinista. Uno de los jefes del ataque a Rivas fue el Padre Gaspar García Laviana.

 

En operativos simultáneos, escuadras del Frente Sandinista atacaron ese mismo día los poblados de La Vírgen, Peñas Blancas, en el Sur de Nicaragua; Mozonte y El Rosario, en el Norte.

Mediante una audaz movilización militar por hondonadas y elevaciones gigantescas, un contingente guerrillero, encabezado por Germán Pomares Ordóñez, Daniel Ortega Saavedra y Víctor Tirado López, atacan el campamento antiguerrillero somocista de Santa Clara, en Nueva Segovia.

 

Se produjeron grandes movilizaciones masivas en León, el 6 de febrero, donde guerrilleros sandinistas pusieron nerviosa a la guardia somocista genocida al colocarle barricadas en las calles de la Ciudad Universitaria.

Escuadras guerrilleras sandinistas, ese mismo día, efectuaron 6 recuperaciones de dinero en asaltos a sucursales bancarias de Nagarote, León; y en La Trinidad, Departamento de Estelí.

Fue asesinado el 10 de febrero de 1978 el compañero Lorenzo Díaz Vásquez, en Monimbó, Masaya, lo cual fue como la “chispa” incendiaria para que explotara la Insurrección de Monimbó el 19 de febrero de 1978.

De esa forma, llegamos al 9 de septiembre, a la insurrección de septiembre de 1978, cuando centenares de Jefes Guerrilleros, Combatientes Populares, pobladores urbanos y campesinos se insurreccionan en contra de la tiranía somocista, lo cual constituyó un calentamiento previo a la Insurrección Final de junio de 1979.

Había huelga general, mientras el caso de Nicaragua estaba siendo conocido por la Organización de Estados Americanos, la misma que fungía en esos momentos como “ministerio de colonización yanqui”, según denunciaba el Comandante Fidel Castro Ruz.

 

Ese 9 de septiembre, la guardia del somocismo sanguinario captura, tortura y asesina brutalmente a los compañeros Gustavo Adolfo Argüello y César Amador Molina.

 

Temprano en la noche del mismo 9 de septiembre se registran ataques simultáneos del Frente Sandinista guerrillero contra la guardia somocista genocida en el OPEN III (hoy Ciudad Sandino) y Américas II (hoy José Benito Escobar Pérez). La guardia sufre varias bajas en Américas II y la destrucción de uno de sus vehículos de las “Brigadas Antiterroristas”. Tuvieron que movilizar un camión repleto de guardias para rescatar a los muertos que habían quedado dentro del cauce intermedio de la Colonia Américas II.

Esta Insurrección de Septiembre se hizo célebre en el país porque la omnipotente guardia de asesinos jamás había sido desafiada con las armas en la mano dentro de las ciudades más importantes del país. El 10 de septiembre, muy de mañana, escuadras guerrilleras del Frente Sandinista asaltaron, quemaron y destruyeron completamente el “comandito GN” en Monimbó, Masaya.

 

Los combates ya de frente con la guardia genocida arreciaron el 12 de septiembre en León, Masaya, Estelí y Chinandega. En León cayó heroicamente, combatiendo, el joven sandinista Ernesto Castillo Salaverry.

A pesar de su poderío de fuego en balas, cañones, ametralladoras, tanques, tanquetas  y aviones de bombardeo aéreo, todo lo cual estaba siendo usado por la guardia somocista a mansalva en contra de la población civil de las ciudades mencionadas, la dictadura, o sea Somoza Debayle y su pandilla de criminales del Estado Mayor de la GN, se ven obligados (el 14 de septiembre) a imponer el Estado de Sitio en todo el país, más la censura a los medios de comunicación, a las agencias extranjeras de noticias y a sus corresponsales acreditados en Managua.

 

El 15 de septiembre, la guardia genocida somocista asesina a 22 ciudadanos leoneses del Barrio Guadalupe, cuyos cadáveres son lanzando a una zanja de la arrocera, ubicada al Este de la Ciudad de León. Según los relatos de sobrevivientes, la guardia genocida rodeó el vecindario y mediante altoparlantes les ordenó a los pobladores salir de sus viviendas con las manos en alto, mientras los soldados registraban el interior de las casas, los patios, las tuberías, los techos, etc.

 

A los hombres jóvenes y viejos los colocaron en “fila india” y permitieron que salieran las mujeres y los niños. Cuando ya tuvieron prácticamente a todos los hombres en fila, les abrieron fuego y los mataron. En medio de la confusión y por portillos en los cercos, algunos lograron burlar el cerco de la guardia sanguinaria y de esa forma sobrevivieron para contar lo que habían presenciado.

En ese septiembre de 1978 se insurreccionaron Jefes Guerrilleros, Combatientes Populares y pobladores de Estelí, León, Chinandega, Masaya y Managua. Fueron ametralladas y bombardeas, sin misericordia, especialmente Estelí, León, Masaya y Chinandega.

Como yo seguía laborando de noche en el Diario LA PRENSA, asumí, sin que me lo pidieran en el periódico, la cobertura periodística y fotográfica de lo que estaba aconteciendo en las calles de Managua, especialmente donde aparecían quemados autobuses de pasajeros, camiones del Distrito Nacional, jefeado por Orlando Montenegro Medrano; las emboscadas a patrullas GN o BECATS (Brigadas Antiterroristas como las de Bush ahora: 2004), acciones de “propaganda armada” en algunos sectores capitalinos, transitar de grupos de combatientes móviles por la Capital, etc.

 

Estas acciones eran mayoritariamente de noche. Recuerdo que la primera noche insurreccional en Managua (el 9 de septiembre) me vi envuelto en una acción de retención de un autobús de transporte colectivo en las cercanías del Puente San Cristóbal, donde es hoy el semáforo del Reparto Dorado.

 

En mi carrito azul, DATSUN 100A, yo transitaba por ese sitio, en compañía de Don “Shabelo”, a eso de las siete y media de la noche, cuando el autobús fue “cuneteado” por el conductor, mientras al mismo tiempo los pasajeros bajaban apresuradamente. Varios hombres, con apariencia de jóvenes, enmascarados, con pistolas y mechones en mano, se movían aceleradamente dentro del autobús.

Rociaron de gasolina dentro del autobús, se bajaron y tiraron hacia adentro los mechones o “bombas molotov”. Aquel autobús rápidamente tomó fuego, lo que yo aproveché para hacer fotografías, mientras los jóvenes, que me imagino me habían reconocido, tomaban rumbo hacia el Sur, paralelamente al cauce  Dorado, hacia el sitio en que después aparecería el Mercado Carlos Roberto Huembes Ramírez.

 

Previendo la llegada de la guardia  del somocismo genocida con sus “Brigadas Antiterroristas”, “Shabelo” y yo enrumbamos hacia el Sur y fuimos a dar la vuelta por la Colonia Máximo Jerez y a salir por donde es hoy la Rotonda Santo Domingo o David Tejada Peralta.

 

Íbamos rumbo al Mercado Oriental, buscando la Carretera Norte, porque allí se estaban quemando otros autobuses, cuando repentinamente fuimos interceptado, precisamente, por dos de las patrullas militares o “Brigadas Antiterroristas” de Somoza, de su pandilla de guardias asesinos y del gobierno criminal de Estados Unidos. Me obligaron a estacionar el carrito a un lado de la calle. En cuanto puse un pie fuera del vehículo, empezaron a llover las patadas, culatazos e “hijueputazos”.

 

Con aires de “perdonavidas”, se bajó de una las patrullas el archicriminal Ronald Sampson, capitán o teniente del ejército somocista, quien inmediatamente me reconoció. “Póngalos boca abajo”, ordenó Sampson con tono colérico. “Aquí andás vos, otra vez…pareciera que siempre anduvieras defendiendo a terroristas”, me reclamó, mientras me daba un puntapié.

A “Shabelo” también le dieron de culatazos, pero ocurrió que uno de los patrulleros había sido amigo suyo. Ese patrullero se disculpó con él.  Al mismo tiempo, yo le reclamaba a Sampson el hecho de atropellar mis derechos ciudadanos y profesionales, “pues, como ves, yo ando como periodista, laborando para el Diario LA PRENSA. Por eso ando en la calle”.

En esos momentos se escuchó por radio que lo estaban llamando con urgencia de otro lado de Managua, y decidió dejarnos ahí a ambos tirados en el pavimento de las cercanías de lo que entonces se conocía como “Repuestos La Quince”. Apenas desaparecieron las “Brigadas Antiterroristas”, salimos zumbados hacia la Carretera Norte, donde, a la altura de la Planta Eléctrica de Managua, encontramos otros dos autobuses quemados casi por completo.

 

Yo sabía que una de las colonias populares más combativas en ese momento, por el nivel de represión desatado por “Macho Negro” Gutiérrez, era la Colonia Nicarao, y que seguramente ese sitio estaría insurreccionado. Cuando llegué, ya casi a las nueve de la noche, por el lado de Rubenia, la calle principal pareciera haber sido invadida por un río de lava, pues centenares de llantas y leña ardían a manera de fogatas en dos hileras hasta llegar al Barrio Santa Julia.

Como los insurrectos populares ya me conocían, entonces me condujeron hacia Río Seco, un callejón que se hizo famoso por los enfrentamientos con la guardia genocida del somocismo, antes y después de septiembre de 1978.

 

Río Seco igualmente estaba lleno de fogatas, cuyas columnas oscuras de humo dibujaban sombras extrañas sobre los portones y entradas de las casas de las casitas de la Colonia Centroamérica, mientras hombres y mujeres enmascarados o sin máscaras, a pecho descubierto, con pistolitas en mano, o con una metralleta escondida, esperaban parepetados en columnas de cemento, árboles y piedras la llegada de la guardia genocida del somocismo.

Mi paso por Río Seco tenía que ser rápido porque la guardia podía llegar en cualquier momento. Tomé las fotos de las fogatas, y seguí buscando los focos insurrectos de la Capital en contra de la dictadura genocida del somocismo, criatura monstruosa del gobierno criminal de Estados Unidos de Norteamérica.

 

Las Ciudades de Estelí, León, Masaya y Chinandega fueron las más “castigadas” por la tiranía somocista por rebelarse al sistema bárbaro de represión, robos sin cesar y de crímenes injustificados como “defensa del sistema democrático occidental” por Anastasio Somoza Debayle, su camarilla de asesinos y el propio gobierno criminal de Estados Unidos.

 

Además, la guardia y los escuadrones de la muerte (“mano blanca”) de la tiranía mataron, torturaron y encarcelaron a centenares de civiles, mediante bombardeos aéreos, lanzamiento de ataques de infantería en sitios donde no habían personas armadas y finalmente lanzaron lo que los guardias somocistas genocidas y el mismo Somoza llamaban “operaciones limpieza”, que en realidad consistían en hacer una ronda final de matanzas humanas, destrucción de viviendas, feroces ataques militares contra la población civil y saqueo o robos en las viviendas en que se iban metiendo.

 

Los bombardeos aéreos destruyeron centenares de casas en Estelí, León y Masaya. En estas ciudades cabeceras departamentales era común ver casas en escombros después de aquellos bombardeos, para cuya justificación Somoza Debayle decía que su pandilla de asesinos “defendían la democracia y la civilización occidental”, mientras la gente civil no tenía ni la más mínima posibilidad de defenderse de la monstruosidad de que su propio gobierno nacional la estuviese agrediendo y matando.

 

Muchas casas quedaron completamente destruidas, especialmente en León y Estelí. Esta última Ciudad segoviana fue conocida desde entonces como “La Ciudad mil veces heroica”.

No se me olvida aquel operativo feroz de la guardia genocida y de agentes de la Oficina de Seguridad en el Reparto Las Palmas, de Managua, donde desató (el 18 de septiembre) una persecusión a balazo limpio en contra de los compañeros René Herrera, Manuel Olivares, Urania Zelaya, Rolando López, Valentín Barrios, Marcos Sequeira y Mariano Sediles, todos los cuales fueron asesinados a tiro limpio en las calles de la Capital. Todos ellos fueron denunciados por “orejas” miserables que la Revolución dejó vivos por generosidad.

 

El 19, al siguiente día, se denunciaba dentro del país y hacia fuera, que Somoza Debayle y su guardia habían semidestruido el centro de la Ciudad de León mediante un bombardeo aéreo feroz en contra la Metrópoli de Nicaragua.

 

El 20 de septiembre fue asesinado por guardia genocida el sacerdote Francisco Luis Espinoza, cuando se dirigía a Condega, Estelí.

El 21 de septiembre, Somoza Debayle y su guardia de asesinos lanzó la llamada “Operación Omega” u “Operación Limpieza” contra las ciudades de Managua, León, Estelí, Masaya y Chinandega.

 

El 22 de septiembre, finalmente, Somoza Debayle y su guardia de asesinos someten a las ciudades insurreccionadas, especialmente Estelí, la cual quedó semidestruida por los cuatro costados, por los bombardeos aéreos y los ametrallamientos y cañoneos con tanques y tanquetas.

 

Mientras tanto, el 2 de octubre, la Guardia Nacional genocida lanza decenas de miles de papeletas sobre las ciudades martitirizadas por ellos mismos, en las que pedían que los insurrectos fuesen denunciados y que les iban a dar cinco mil córdobas por cada denuncia que fuese comprobada.

 

Continuó la tensión nacional e internacional por los crímenes de la dictadura y la propia Organización de Estados Americanos (OEA) condenó a Somoza Debayle con 19 votos a favor y ninguno en contra.

 

Los llamados Los Doce se asilaron en la Embajada de México en Managua el 26 de octubre de 1978. En Chinandega, el 31 de octubre, caen combatiendo los compañeros Blass Real Espinales, David Martínez, María del Pilar Gutiérrez y José Benito Centeno.

 

El 4 de noviembre del mismo 1978, Somoza Debayle ordenó a su guardia de asesinos allanar el Recinto Universitario Rubén Darío en Managua, con Alesio Gutiérrez a la cabeza, uno de los esbirros criminales más temidos en Managua.

Por las protestas nacionales e internacionales, Somoza Debayle se ve obligado a suspender el Estado de Sitio y la censura de prensa impuesta a medios noticiosos de Nicaragua y del exterior.

El nueve de diciembre, caen en combate el sacerdote Gaspar García Laviana, Luis Arroyo, Ricardo Cárdenas, y Hernán Guzmán, en un sitio llamado “El Infierno”, en la Región de “Punta Orosí, en Rivas.

 

Mientras tanto, ya suena fuerte el accionar del Frente Sur Benjamín Zeledón Rodríguez, en las cercanías del “Naranjo”, donde caen también combatiendo los compañeros José Francisco Gaitán Muñoz, Ramón Escoto Escobar, Ildefonso Montoya, Roberto Lara Pineda, Oriel Sánchez y Danilo Ponce Zavala.

El 18 de diciembre, el Frente Sandinista guerrillero, el Movimiento Pueblo Unido y el Grupo de Los Doce, exhorta al pueblo nicaragüense a formar el Frente Patriótico Nacional para combatir a la tiranía eficientemente en los terrenos políticos y militar.

Diciembre y la Navidad de ese año 1978 llegó con sabor a muertos por la dictadura, pues en el campo millares de campesinos seguían siendo asesinados, torturados y encarcelados por la guardia y su corte asesinos, mientras en las ciudades y pueblos al mismo tiempo se respiraba un aire de terror cada vez horrendo por parte de la GN, la Oficina de Seguridad, el Servicio Anticomunista, los “escuadrones de la muerte” (o “mano blanca”), cuyos agentes o representantes actuaban impunemente en los cuatro costados del país, más las bandas de paramilitares también asesinos.

 

Centenares de jóvenes estaban recluidos en las cárceles de la Oficina de Seguridad a finales de 1978.

 

Al mismo tiempo, en las calles, en el silencio supervigilado de la noche por la tiranía, bajo las sombras de los árboles, al amparo de los patios baldíos, se sentían la angustia, el dolor de sentirse atrapado como en un túnel sin salida, el miedo o pánico a resultar muerto en cualquier momento, pues para los guardias, los agentes de la Oficina de Seguridad o para los integrantes de los “escuadrones de la muerte”, cualquiera era sospecho de ser sandino-comunista, terrorista, agente del comunismo internacional, izquierdista, o simplemente “enemigo de la patria”, “enemigo del general Somoza Debayle”, enemigo de la gloriosa Guardia Nacional de Nicaragua”.

 

Los jefes de la Revolución Sandinista, los Jefes Guerrilleros, los integrantes de escuadras guerrilleras, los Combatientes Populares, los correos clandestinos audaces, mientras tanto, aprovechaban esas sombras nocturnas para moverse a hurtadillas, como se han movido siempre los revolucionarios en distintas ´partes del mundo, para cumplir misiones militares, de espionaje informativo o para articular un grupo en función de una emboscada, un combate, para atacar una guarnición militar,  prenderle fuego a una Sección de Policía de la GN, es decir, continuar la macha de la Revolución Popular Sandinista.

 

Yo, asimismo, vivía esperando la llegada de la guardia somocistas a mi casa en Bello Horizonte, o la presencia de agentes de la Oficina de Seguridad o de los “escuadrones de la muerte”, porque ya para entonces habían anunciado que me matarían por andar defendiendo a “terroristas-sandino-comunistas”, o por ser “cómplice” de ellos.

 

Eso sí, yo no sabía que andaban “pisándome los talones” dos agentes de la Oficina de Seguridad: el periodista Santiago Meneses Vallecillo y Stedman Fagot Müller, quienes se mostraban como “buenos amigos”  míos y participaban en las manifestaciones antisomocistas en Managua. Esto lo supe hasta después del Triunfo de la Revolución Sandinista, cuando me lo dijo oficialmente Jacinto Suárez Espinoza.

 

He relatado con alguna abundancia de datos este asunto de la Insurrección de Septiembre en Managua y resto del país, porque fueron días de terror impuestos por la tiranía sanguinaria en la Capital y resto de ciudades importantes de Nicaragua.

 

Estos acontecimientos históricos tenían mucho que ver conmigo en Managua, pues siempre aspiré a ver libre al país de ataduras dictatoriales criminales, especialmente por venir éstas de las acciones políticas, militares, culturales, económicas y tecnológicas del imperialismo yanqui, cuyo gobierno criminal y de saqueo fue el autor intelectual y material de la creación y respaldo permanente de este tipo de dictaduras militares, que operaron como plagas mortales en todo el siglo 20 en América Latina.

 

Y además, porque la matanza no cesó nunca, pues el mismo primero de enero de 1979, la guardia somocista genocida lo abrió matando, asesinando en el Barrio Waspán Sur a los compañeros Ramón Sánchez, Berta Díaz Hernández, Marta Gioconda García, Mauricio Lara Detrinidad y Armando Bonilla.

 

Y voy a seguirme refiriendo a Managua, fundamentalmente, porque en la Capital he vivido desde 1970.

El tres de enero de 1979 cae heroicamente Roberto Vargas Batres, mientras cubría la retirada a compañeros guerrilleros sandinistas que habían asaltado la Distribuidora San Sebastián (en Managua), con fines de recuperación de dinero para preparar la Insurrección Final contra la tiranía sanguinaria del somocismo.

 

La famosa huelga de hambre de los 18 trabajadores de la salud comenzó el 15 de enero de 1979. Entre los huelguistas estaba la célebre enfermera Silvia Ferrufino Sobalbarro, quien falleció en mayo de ese mismo año. La huelga de hambre era para exigirle a la tiranía del somocismo la reincorporación de mil trabajadores a sus puestos de trabajo en Hospitales públicos y puestos de salud.

A mí me tocó la cobertura periodísticas de estas huelgas, desde el principio hasta su desenlace, tanto de día como de noche.

En otro libro mío, titulado FETSALUD  Heroica,  Escuela de Luchadores Rebeldes, hay abundancia de datos históricos sobre este Movimiento de los Trabajadores Hospitalarios y de la Federación de Trabajadores de la Salud, el cual ya se los entregué a dirigentes sindicales para su pronta publicación.

 

El nueve de marzo, el periodismo capitalino fue conmovido por el secuestro de varios periodistas por parte de una escuadra del Frente Sandinista, con el fin de denunciar la preparación de un golpe militar por parte de Estados Unidos, para frustrar la lucha popular e instalar, según esos planes, un somocismo sin Somoza Debayle y dejando intacta a su pandilla de asesinos. Los secuestradores de los periodistas fueron el Comandante Carlos “Roque” Núñez Téllez, Ramón “Nacho” Cabrales Aráuz, Joaquín Cuadra Lacayo y Mauricio Valenzuela.

 

El 24 marzo cae combatiendo Elvis “Pulga” Díaz Romero.

 

Radio Sandino clandestina anuncia el 26 de marzo de 1979 el Inicio de la Ofensiva Final en contra de la tiranía genocida del somocismo y llama a combatir a su soldadesca criminal  en  zonas urbanas, en zonas rurales y en las montañas de Nicaragua.

En esa audición y en las emisiones radiales posteriores, se afirma que “los días están contado para la dictadura y sus esbirros asesinos y ladrones. De esta no se salva ningún somocista”.

En esas emisiones clandestinas de Radio Sandino se conoce también que la misma está “en algún lugar de Nicaragua”, “en la Base de Palo Alto”; después se conoció que estaba ubicada en Costa Rica y que su coordinador era el comandante Humberto Ortega Saavedra, miembro de la Dirección Nacional del FSLN.

 

Diez mil estudiantes de secundaria de los principales colegios públicos y privados, decretaron un paro de 25 horas en exigencia del cese a la represión somocista, libertad para los reos políticos y en defensa de la libertad de expresión, amenazada por censura nuevamente. La mayoría de los estudiantes eran de Managua.

El 2 de mayo fue conocido el asesinato alevoz del niño mártir Luis Alfonso Velásquez Flores, a quien en numerosas ocasiones vi y escuché hablando a estudiantes universitarios sobre la dictadura militar somocista, mientras estaba subido en el techo del segundo piso de uno de los pabellones del Recinto Universitario Rubén Darío, en Managua.

 

El ocho de mayo, cien mil estudiantes de primaria y secundaria se fueron a huelga indefinida en protesta por el asesinato atroz de Luis Alfonso Velásquez Flores, en Managua, ejecutado personalmente por agentes sanguinarios de la Oficina de Seguridad y de sus “escuadrones de la muerte”.

 

El 20 de mayo, mientras tanto, el gobierno de México rompe relaciones diplomáticas con el régimen somocista, en protesta por los atropellos en contra de la población civil dentro del país.

A esas alturas del mes de mayo de 1979, los asesinatos, niveles de represión incesantes, persecusión a periodistas y periódicos, campesinos secuestrados por centenares  y desaparecidos, estudiantes, guerrilleros y combatientes torturados y asesinados en las mazmorras de la Oficina de Seguridad en Managua y en cárceles clandestinas, el ambiente de terror impuesto por las bandas de asesinos de la guardia somocista genocida y de los “escuadrones de la muerte”, eran ya insoportables en los cuatro costados de Nicaragua.

 

Los muertos aparecían por todos lados; o al revés, los desaparecidos no aparecían por ningún lado en Managua y todo el país, los encarcelados eran ya por montones, el terror dictatorial impedía que los nicaragüenses durmieran tranquilos, y gente como yo asimismo no podía dormir porque “la mano blanca” o “escuadrones de la muerte”, ya me habían sentenciado a muerte.

 

Los aires de Insurrección Final o generalizada se respiraban y se masticaban en silencio, en la clandestinidad rigurosa, o mediante los llamados fogosos de Radio Sandino clandestina, que entraba como fogonazos libertarios hasta el corazón de los hogares nicaragüenses, especialmente de noche cuando sus señales electromagnéticas podían romper el cerco también electromagnético que le tiraban en el espacio aéreo nacional los compinches de Somoza Debayle y de los yanquis genocidas de la Casa Blanca y del Pentágono.

 

Y precisamente el 27 de mayo el Frente Sandinista de Liberación Nacional puso en ejecución de máximo nivel su plan de Ofensiva Final al atacar simultáneamente cuarteles de la guardia somocista genocida en Managua, Masaya, Jinotepe, Diriamba, El Rama, Estelí, Rivas, Chinandega y en León, una de las primeras ciudades liberadas en julio de 1979.

 

Ese día 27, a las cinco de la mañana, numerosos combatientes del Frente Sandinista emboscaron a varias patrullas de la soldadesca sanguinaria en el kilómetro ocho de la Carretera Norte, en Managua. Debido a esto, los sicarios de la tiranía, muy nerviosos, se tomaron toda la Carretera Norte dentro de Managua y militarizaron toda la Capital.

 

El primero de junio aparecen numerosos cadáveres de jóvenes, torturados y asesinados por la guardia genocida somocista en la Gruta Xavier y  Cuesta del Plomo (hoy conocida como “Cuesta de los Mártires”). La guardia somocista hizo un despliegue militar muy violento y muy nervioso hacia el Reparto Ciudad Jardín, el 2 de junio de 1979, porque un grupo de guerrilleros del Frente Sandinista se  tomó Radio Corporación y trasmitió un mensaje llamando a la Insurrección Final contra la tiranía.

Cuando llegaron a los alrededores de la radioemisora por supuesto ya no había allí ninguno de los guerrilleros sandinistas.

Un golpe más demoledor todavía le ocurrió a Somoza Debayle el  mismo 2 de junio al publicarse ese día una comunicación de la Conferencia Episcopal de Managua, la cual, de alguna manera, ratificaba la legitimidad moral y jurídica de la Insurrección Popular Sandinista  en contra de una tiranía evidente y ya muy prolongada”.

Al siguiente día, el tres de junio, el Frente Patriótico Nacional y el Movimiento Pueblo Unido llaman a iniciar la huelga general indefinida, la que efectivamente se inicia el cuatro de junio de 1979.

El mismo cuatro de junio estalla la Insurrección Popular generalizada en la zona Suroccidental y Noroccidental de Managua, específicamente: San Judas, Villa Roma, Loma Linda, Colonia Morazán, Balcanes, Monseñor Lezcano, Altagracia, Acahualinca, Loma Verde, Santa Ana y Linda Vista.

Se insurreccionan asimismo, los barrios orientales y norteños de Managua: Riguero, Américas I, II, III y IV, El Dorado, Santa Rosa, Bello Horizonte, Blandón, Meneses, Santa Bárbara, El Edén, Nicarao, Catorce de Septiembre, Ducualí, Reparto Schick Gutiérrez, La Fuente, Santa Julia, Luis Somoza, Don Bosco, María Auxiliadora, San Cristóbal, Paraisito, San José Oriental, Salvadorita, Maestro Gabriel, Larreynaga, Colombia, Xolotlán, Miguel Gutiérrez, San Jacinto, Manuel Fernández Mora, Colonia Primero de Mayo, Barrio Primero de Mayo.

El paro comercial y de trabajadores se registra ya en un 99 por ciento en Managua y en un 80 por ciento en el resto del país, lo cual indica que Somoza Debayle, su tiranía, su guardia sanguinaria genocida y su pandilla de asesinos y ladrones, ya perdieron políticamente la “partida”.

 

En toda la Ciudad de Managua aparecen barricadas, “pozos tiradores”, Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares moviendo armas y municiones de un lado a otro, instalando ametralladoras en puntos estratégicos como cauces y pistas, todo esto particularmente en vecindarios Orientales-norteños y Suroccidentales y Noroccidentales capitalinos.

 

Esa noche del cinco de junio de 1979, me topo con la gran sorpresa de que la Radio Sandino clandestina denuncia que “la mano blanca” o “escuadrones de la muerte” me andan buscando para matarme. En la trasmisión radial clandestina se aseguraba que escuadras del Frente Sandinista de Liberación Nacional, me protegerían.

 

Radio Sandino era escuchada por un grupo numeroso de Combatientes Populares que se reunían escondidos, de noche, en la casa de Benito Espinoza, quien era uno de los activistas de la Asociación de Vecinos de Bello Horizonte, que conducíamos Guillermo Baltodano Serrano y yo.

 

El seis de junio, a las siete de la mañana, cuando llego a las instalaciones del Diario LA PRENSA, el doctor Edmundo Jarquín me dice: “Estás en las “grandes ligas”… escuché tu nombre anoche en Radio Sandino clandestina, informando que los “escuadrones de la muerte te buscan para matarte”, me dijo Jarquín, quien sería después funcionario del gobierno revolucionario sandinista.

 

El ocho de junio, en la noche, se encienden fogatas por casi todo Managua, en repulsa a la tiranía somocista y anunciando la rebeldía popular a punto de explotar.

 

El diez de junio, a eso de las diez de la noche, se escucha un grito prolongado de ¡Patria Libre o morir, Patria o muerte, venceremos!, al Este del Reparto Bello Horizonte.

 

Ese grito era la alborada del estallido de la Insurrección Final en Managua, donde a continuación se escucharon nutridos tiroteos entre escuadras guerrilleras móviles y patrullas “antiterroristas” de la guardia somocista genocida en el Aserrío Carlos Morales Orozco, situado al Este de Bello Horizonte, un poco al Norte de donde es hoy la Rotonda de La Vírgen.

 

Una de esas patrullas, comandada por Bandor Bayer, sufrió varias bajas mortales en esa entonces zona oscura y solitaria del mencionado Aserrío Carlos Morales Orozco.

A partir de ese momento, fueron ocupados militarmente por el Frente Sandinista Bello Horizonte, Santa Rosa, Santa Bárbara (hoy Barrio Venezuela), Salvadorita (hoy Cristian Pérez Leiva), Maestro Gabriel, Barrio Costa Rica, Luis Somoza Debayle (hoy Diez de Junio), Ducualí, El Edén, parte del Barrio Larreynaga, Nicarao, Catorce de Septiembre, Santa Julia, Jardines de Veracruz, Colonia Primero de Mayo, Américas I, Américas III, Américas IV, Riguero, Paraisito, San José Oriental, Luis Somoza, Laureles (hoy Manuel Fernández),  etc.

 

Mientras tanto, varios centenares de jóvenes armados con fusiles automáticos, rifles 22, revólveres 38 y escopetas calibre 20,  recorrían asimismo las calles de San Judas, Monseñor Lezcano, Linda Vista, Loma Verde, Cortijo, Santa Ana y parte de Altagracia, haciendo llamados a insurreccionarse contra la tiranía genocida del somocismo.

Cuando estos jóvenes se desplazaban por la gasolinera del Cortijo, frente al Reparto Linda Vista, se produjo un tiroteo con agentes mortales de la Oficina de Seguridad somocista, durante el cual cae la combatiente popular Lupita Camacho.

Ese nueve de junio de 1979, al borde de las nueve de la mañana, se produce un combate frontal del Frente Sandinista clandestino contra  un contingente de unos 300 oficiales y soldados de la GN somocista genocida entre la entrada al Barrio La Fuente, rumbo al Reparto Schick Gutiérrez, y la entrada al entonces Hospital Oriental (hoy Manolo Morales Peralta). Este combate fue el primer enfrentamiento a balazos de forma muy violenta, frente a frente, de Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares contra los guardias entrenados para matar en la Academia Militar de Nicaragua y en el Canal de Panamá, donde eran entrenados por el Pentágono Militar yanqui genocida.

Este sonado combate fue protagonizado por unos 50 integrantes de la Columna Juan de Dios Muñoz, comandada por el Jefe Guerrillero Ramón Cabrales Aráuz, sólo conocido en ese momento con el seudónimo de “Nacho”. En mi libro “Insurrección Sandinista Victoriosa y Repliegue Táctico de Managua a Masaya” describo con abundancia de datos lo que ocurrió esa mañana y sobre el resto de la Insurrección en Managua.

 

Durante la media noche del 9 de junio, son atacadas con fuego de metralla guerrillera varias Secciones de Policía de la guardia somocista genocida, específicamente en el OPEN III (hoy Ciudad Sandino), en la Carretera Sur por Las Jinotepes, en Monseñor Lezcano, la tenebrosa “Treceava” del “Macho Negro”, la “Quinceava” del Reparto Schick Gutiérrez y la “Doceava” que estaba ubicada en la Segunda Etapa de Bello Horizonte, específicamente en una esquina del Parque Marta Lucía Corea Solís, a tan sólo 100 metros de mi casa.

Al sentirse atacados y hostigados permanentemente, los guardias optaron por abandonar la Sección de Policía GN  de Bello Horizonte en la madrugada, lo que fue aprovechado para prenderle fuego con gasolina a esos de las cuatro y media de la mañana del diez de junio de 1979.

 

 El Sol de Sandino convertido en victoria

 

A pesar de más de un centenar de miles de guardias, doce mil “orejas”, entre ellos Arnoldo Alemán Lacayo, agentes abiertos y encubiertos de la Oficina de Seguridad, “capitanes de cañada”, los centenares o miles de “jueces de mesta”, todos auxiliares asesinos de la tiranía genocida somocista, los miembros del Partido Liberal Nacionalista de Somoza… no obstante las miles de toneladas de fusiles, tanques, tanquetas, morteros, bombas de 500 libras, municiones por millonadas, ametralladoras, la “gloriosa e invencible Guardia Nacional” se derrumbaba definitivamente en los primeros días de julio de 1979.

 

La medida de la derrota me la dieron los hechos de que el General genocida Fermín Meneses Cantarero huyera con todo y sus asesinos masacradores del cuartel G.N. de Masaya, y que se atrincherara con morteros y ametralladoras en la elevación ornamental verdosa de los cerros del Coyotepe y Barranca, desde donde bombardeaba y ametrallaba la Ciudad de las Flores, de día y de noche, causando más muertos.

 

En los primeros días de julio, Gonzalo “Vulcano” Evertz había huido como vulgar cobarde, primero, hacia el Fortín de Acosasco, una elevación geográfica al Suroeste de León, con centro interno de torturas y asesinatos de la guardia somocista genocida desde l950, cuando era jefe de esa plaza el archiasesino coronel Pedro Nolasco Romero.

 

No soportó el asedio libertario de los escasos fusiles guerrilleros sandinistas y “Vulcano” huyó el siete de Julio, de Acosasco hacia el lado del Volcán Cerro Negro, dejando abandonada la plaza, el “!Viva  León, Jodido!, donde fue ejecutado el fundador de la dinastía somocista (Anastasio Somoza García) por el Poeta, periodista, mecanógrafo y Patriota excepcional Rigoberto López Pérez, hijo legítimo de Sandino.

 

El cinco, dos días antes, huía también despavorido otro somocista genocida despiadado, el coronel Rafael Lola, quien dejó abandonado Jinotepe al ser tomado el comando G.N. por las fuerzas guerrilleras del Frente Interno (FSLN), comandadas por los comandantes Carlos Núñez Téllez, William Ramírez Solórzano, Joaquín  Cuadra Lacayo, Ramón Cabrales Aráuz y Mónica Baltodano Marcenaros.

 

Al ocurrir este episodio militar en Jinotepe, terminé de convencerme de la razonable estrategia de mover (en Repliegue Táctico) a los combatientes de Managua a Masaya, para acelerar la inminente derrota de la dictadura militar somocista.

En mi libro “Insurrección Sandinista Victoriosa y Repliegue de Managua a Masaya”, escribo y relato de forma pormenorizada sobre la Insurrección en Managua, desde el primero de enero hasta el 27 de junio de 1979, en la cual me integro plenamente, y sobre las causas fundamentales del Repliegue a Masaya, en cuyas columnas me marcha hacia Masaya el 27 de junio de 1979, en la noche. El plan era salir a las seis de la tarde de Managua  y llegar a Masaya el 28 a las seis de la mañana, pero ninguno de los dos planes se cumplieron, pues de Managua salimos a las once de la noche y llegamos a Masaya el 29 a la una y dos de la mañana.

 

Huyeron, casi al mismo tiempo, los guardias somocistas genocidas que estaban en Diriamba, en Masatepe, en Niquinohomo, en Catarina, en Diriomo, en todos los Pueblos Blancos o Brujos, y faltaba el asalto a Granada, el cual se produjo el 17 y 18 de Julio en la noche y de mañana, respectivamente, después de  combates muy violentos en los 16 cuarteles que tenía la GN en Granada, en sus calles, hasta que se rindieron en el Cuarte “La Pólvora”, centro de torturas y asesinatos, todo protagonizado por el Batallón Móvil Rolando Orozco Mendoza, organizado en Masaya por el Frente Interno para emprender la liberación total de Carazo y Granada.

 

Las noticias llegaban veloces. Se conoció que Chinandega, la Ciudad de las Naranjas, estaba siendo  liberada totalmente. Los sicarios del régimen genocida, encabezados por el multiasesino Franklyn Montenegro y un tal Pablo Emilio Salazar (“Comandante Bravo”), le habían prendido fuego al Hotel Cocibolca y a parte de la ciudad de Rivas, y al mismo tiempo huían mar adentro, en el Océano Pacífico, para lo cual robaron barcos en  San Juan del Sur.

 

Sin embargo, no cesaban los bombardeos aéreos criminales, con morteros y bombas de 500 libras, prácticamente sobre todas las ciudades, especialmente Masaya, Managua, León, Chinandega, Matagalpa, Estelí, Ocotal, Jinotepe…lo cual produjo miles de muertos y enorme destrucción en viviendas y bienes materiales.

 

Vuelan casas en Masaya

 

Somoza Debayle mandó a recrudecer el bombardeo con barriles de gasolina sobre Masaya y también con bombas de 500 libras, una de las cuales hizo volar en millones de pedazos un grupo de casitas del costado Norte de la Iglesia San Jerónimo, donde murieron 23 combatientes del Repliegue de Managua a Masaya.

 

Los guardias genocidas estaban atrincherados en la Fábrica de Clavos INCA, en los cerros del Coyotepe y Barranca y en la Hielera, mientras Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares, encabezados por Marcos  Somarriba García y César Augusto “Moisés” Silva, trataban de expulsarlos de allí.

 

El 18 de Julio en la noche, mientras regresábamos en caravana triunfante de Granada hacia Masaya, escuché en Radio Sandino clandestina que “Palo Alto”, jefatura militar del Frente Sandinista, encabezada por Humberto Ortega Saavedra, se daba la orden a todos los Frentes de combate para avanzar sobre Managua, y al mismo tiempo se exigía la rendición total e incondicionales de la guardia somocista sanguinaria genocida.

 

Antes de esa comunicación, había escuchado en la misma Radio Sandino acerca de la posibilidad de formar un “Estado Mayor Conjunto” con la guardia somocista genocida, y que uno de los integrantes por el FSLN sería Omar Cabezas Lacayo, pero como se sabe esta posibilidad la echaron a tierra el “tal Urcuyo” y el tal coronel Mejía, quienes prefirieron, según ellos mismos, exigir que el FSLN se rindiera.  “Que se rinda tu madre”, se les respondió, tomando el ejemplo del poeta Leonel Rugama Rugama, cuando el multiasesino general Samuel Genie le pidió que se rindiera el 15 de enero de 1970, en las cercanías del Cementerio Oriental de Managua.

 

Por medio de Radio Sandino escuché que los comandantes Henry “Modesto” Ruíz Hernández y Luis Carrión Cruz, jefes de la Brigada Pablo Úbeda y del  Frente Oriental Carlos Roberto Huembes, respectivamente, habían recibido la orden de enrumbarse a Managua, procedentes de Juigalpa y Boaco, y Costa Caribe Nicaragüense, ya liberados a balazos por el Frente Sandinista de Liberación Nacional.

 

Escuché en Radio Sandino clandestina que los Comandantes Tomás Borge Martínez y Jaime Weelock Román estaban ya coordinando acciones militares, el 18 en la noche, para terminar con los restos de la guardia somocista genocida en Chinandega, Corinto, Chichigalpa, Villa Nueva, Guasaule, Villa Nueva, Cinco Pinos, Posoltega, para disponerse, igualmente, a avanzar sobre Managua, donde  los tales Urcuyo y Mejía pretendían hacerse los “gatos bravos” reteniendo un poder que ya dejaba tras de sí a más de 50 mil muertos, todos asesinados por el inmenso aparato represivo y genocida del somocismo.

“Sombra Zúniga” fusilado

 

Por medio de la Sandino me llegó la noticia de que Estelí había sido completamente liberada el 17 de Julio, al medio día, después de un combate memorable, mediante el cual se vieron las cualidades militares geniales de Francisco “Zorro” Rivera, quien con mañas expulsó del cuartel GN al famoso masacrador genocida coronel Vicente “Sombra” Zúniga.

 

Al ser echado por el fuego de metralla revolucionaria, “Sombra” Zúniga pretendió apoderarse de los niños de la  Aldea SOS, en busca de una fuga segura, pero “Zorro” Rivera previó este asunto, y le salió al paso cuando huía hacia ese lugar.

 

“!Entréguense, malditos asesinos!”, les gritó “Zorro” Rivera, pero no obedecieron y una lluvia de plomo los derrumbó mortalmente al suelo fangoso del Norte de la Ciudad de Estelí.

 

Por supuesto, me llené de inmensa alegría al escuchar, ese mismo día 17, que el tirano había huido como cualquier rata asustada. Esa noche del 17, en una de las trincheras de combate de Masaya, estuve escudrillando el cielo, en busca de ver el avión en que iba el desgraciado genocida mayor (Somoza Debayle), pero no lo vi.

 

Los guardias fueron sacados de los campanarios de la Iglesia Catedral de Matagalpa, y escuché que igualmente se le ordenaba al Frente Norte Carlos Fonseca Amador, jefeado por el Comandante Bayardo Arce Castaño, que avanzara sobre Managua, la Capital nicaragüense.

 

“Clase diluvio de balazos les va a caer a los guardias genocidas somocistas que todavía quedan en Managua”, pensé yo el 18 de Julio en la noche, mientras me habían dado la tarea de vigilar a un coronel somocista de apellido  Ruiz Fonseca, prisionero, el que había sido capturado en el cuartel de Granada.

 

El Frente Sur Benjamín Zeledón, jefeado por Valdivia y Edén Pastora Gómez, también se disponía para avanzar sobre la capital.

 

Guardias huyen del Coyotepe

 

Yo estaba que rascaba por bajar a Managua. Esa noche del 18 se planteó la posibilidad en Masaya de lanzarse al asalto definitivo de las posiciones de los guardias genocidas en la INCA y  Coyotepe, pero no fue necesario, porque los sicarios del régimen genocida no amanecieron el 19 de Julio en la mañana. Todos habían huido, dejando fusiles, tiros, !y todo!, pues parece que se vistieron de “paisanos” civiles para salir huyendo por el lado de Tipitapa, Municipio de Managua, para luego seguir rumbo al Norte por la Carretera Panamericana, hacia Honduras, donde después, apoyados por el gobierno criminal de Estados, se armaron y atacaron al régimen revolucionario sandinista.

 

Esa mañana del 19 de julio fueron liberados los prisioneros sandinistas que estaban allí en los cerros del Coyotepe y Barranca, en la Fábrica de Clavos INCA y en la Hielera del Barrio Santa Rosa, entre otros, recuerdo, a Carlos Emilio “Aguja” Cuadra Rodríguez, “Iguana” Oporta, pero no estaban vivos allí Walter Mendoza Martínez y otros capturados por los asesinos de Fermín Meneses Cantarero.

 

El mismo día 19 de julio de 1979, antes de las siete de la mañana fue capturado Alberto “Macho Negro” Gutiérrez, nada menos, en los Altos de Masaya, lo cual fue una verdadera sorpresa para mí. Este famoso asesino de la Guardia Nacional somocista genocida fue capturado por una escuadra de Combatientes Sandinistas al mando de Francisco “Chico Garand” Guzmán Fonseca y Abraam Delgado Romero, precisamente, en la Comarca Altos de Masaya.

 

¿”Macho Negro” Gutiérrez?, ¿dónde lo hallaron?, pregunté yo. “Estaba escondido en un montón de zacate seco, a la orilla de una letrina de familiares suyos en Los Altos de Masaya”, se me explicó.

 

Yo andaba agitado, pues había ido corriendo al Cerro Coyotepe y a la INCA, a enterarme personalmente de que los guardias somocistas se habían ido, se fugaron. Me parecía un sueño horripilante, pues durante casi un mes se soportaron los bombardeos aéreos  diarios, día y noche, desde el Cerro Coyotepe contra las casas de Masaya. Además, el 18 en la noche, cuando regresábamos de Granada, un mortero lanzado desde el Cerro Coyotepe, cayó dentro de un camión en que traíamos a casi 100 Combatientes Populares, parte de los cuales resultaron heridos graves.

 

Al Coyotepe fui antes de las seis de la mañana del 19 de Julio. Cuando regresé a Monimbó, a las siete, recibí una llamada del Comandante Carlos Núñez Téllez, quien me mandaba a decir que Alberto “Macho Negro” Gutiérrez me había puesto como “testigo de su buena conducta”. Sí, éso dijo “Macho Negro”. Este multiasesino efectivamente me conocía, porque yo lo denuncié en numerosas ocasiones por sus crímenes en la Zona Oriental-norte de Managua, por medio de la infernal Treceava Sección de Policía.

 

“Macho Negro” fusilado en Monimbó

 

“Macho Negro” estaba atado de las manos con una manila blanca, gruesa y un alambre eléctrico negro. Vestía un pantalón azulón y me parece que la camiseta era color violeta. Estaba barbudo y se mostraba tranquilo, tal vez pensaba que no lo fusilarían.

“Sí, hombre, sos tan “buena gente”, que has matado y torturado a centenares de personas en Managua”, le respondí. “Macho Negro” no se conmovió. Me imagino que él sólo quería ganar tiempo

El Comandante Núñez le enumeró un rosario de crímenes, masacres y torturas ejecutadas por él en la Treceava Sección de Policía GN, en Managua.

Unos minutos después de aquella breve conversación conmigo, el Comandante Núñez Téllez ordenó que fusilaran al “Macho Negro” en la entrada al Barrio Monimbó, allí frente al Colegio Salesiano, donde finalmente descansó la multitud del Repliegue Táctico aquel 29 de junio en la madrugada.

 

La noticia del fusilamiento en breve, corrió como reguero de pólvora y se formó una manifestación de unas tres mil personas frente al Colegio Salesiano, porque mucha gente curiosa quería conocer al célebre asesino, y al mismo tiempo pedían a gritos: “!Fusílenlo…fusílenlo!”

 

Se ordenó formar una escuadra pequeña para el fusilamiento, pero en realidad se agrupó casi una compañía de Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares, pues todos querían dispararle un tirito al célebre torturador de la dictadura somocista.

 

Yo temí que los combatientes se hirieran entre ellos, al disparar. “Macho Negro”  Gutiérrez fue ubicado contra el muro de una casa. El grupo numeroso de combatientes se acomodó, apuntaron a corta distancia los fusiles, y yo también me acomodé para tomar las fotos del momento en que el cuerpo de este asesino virtualmente era levantado en el aire por la lluvia de balazos. En mi libro “Insurrección Sandinista Victoriosa y Repliegue de Managua a Masaya explico detalladamente este asunto de la captura y fusilamiento de “Macho Negro”.

 

Fusilados otros esbirros

 

Ya en esos momentos se habían publicado noticias en  Radio Sandino clandestina de que días antes había sido fusilado el también famoso esbirro somocista Cornelio Hüeck Plata, después de un juicio popular sumario, en San Martín, Rivas.

Igual había ocurrido con el “Chele” Aguilera en León, donde uno de los peores criminales era “Pipilacha” Obando.

En Managua se había fusilado, después juicio popular sumario, el también famoso Pedro Pablo  “Poeta Carpintero” Espinoza, periodista defensor fanático de la tiranía somocista genocida.

Eran tan amados por el tirano este “Poeta Carpintero” (hechura de Pablo Antonio Cuadra), que la placa de su carro, un Chevrolet viejo, grandote, era un pedazo de madera con un “Punto y Coma” (signos gramaticales), que era el nombre de su programa despreciable para defender a Somoza Debayle y a la tiranía.

Se había escapado Miguel Angel “Cositas Sueltas” García, otro plumario extremadamente mediocre, ignorante, vulgar, pendenciero y defensor fanático de la tiranía  somocista desde la Radio Difusora Nacional de Nicaragua (del Estado) y Estación X, propiedad de Somoza.

 

En Masaya se buscaba afanosamente a “Pescado Seco”, otro oreja  tenebroso de la guardia y de la Oficina de Seguridad Somocista.

Esa misma mañana del 19 se ordenó que todos los managuas, replegados el 27 de junio de 1979, nos uniéramos a contingentes de masayas, granadinos, jinotepinos, masatepinos, para avanzar sobre Managua.

Había llegado el momento de la dulce venganza popular en contra de los feroces asesinos de la guardia somocista sanguinaria genocida, convertida en tiranía y dinastía, fundada por Estados Unidos como Ejército de Ocupación al ser derrotados sus angelitos invasores (Marinería norteamericana) por el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional en 1934, jefeado por el General Sandino, a quien asesinaron con la vocación traidora que siempre les caracterizó a Somoza García y a los yanquis genocidas y ladrones de recursos naturales en Nicaragua y América Latina.

 

Huyen en estampida

 

Sobró quienes prestaran camiones, camionetas, tractores con trailers, jeeps y autobuses, para subir a los contingentes de Jefes Guerrilleros, Combatientes Populares, Colaboradores Históricos del FSLN  y pobladores en general.

Aquel era el momento cúspide del consenso nacional, logrado a punta de ríos de sangre y de más de 50 mil muertos, en 45 largos años de lucha contra la tiranía, insisto, fundada, sostenida y mimada por los gobernantes sanguinarios genocidas norteamericanos.

 

Sólo los guardias, huyendo en estampida en ese momento, los “orejas solapados”, los fieles seguidores de la dictadura, los agentes de la Oficina de Seguridad, los miembros de la “Mano Blanca”  (“escuadrones de la muerte”) de Chester Escobar y Byron Jerez, los “jueces de mesta”, “los capitanes de cañada…”, ésos, por supuesto, no estarían de acuerdo con el Triunfo de la Revolución Sandinista, la cual comenzó como aurora titubeante con la fundación del FSLN en 1961, pero que en este momento, esa mañana del 19 de Julio de 1979, ascendía en el horizonte geográfico e histórico nacional como el inmenso “Sol de la Libertad” del que hablara Sandino, cuando dijo: “Nosotros iremos hacia el Sol de la Libertad, o hacia la muerte, y si morimos, otros nos seguirán”. Sus seguidores habíamos triunfado, finalmente, a punta de balazos y bombazos.

 

Soy franco en confesar que me parecía un sueño lo que estaba viendo esa mañana. Los guardias genocidas poderosos, omnímodos asesinos por el poder de las armas, inmunes a ser encarcelados y juzgados en los tribunales comunes, huían como ratas asustadas por una manada de gatos, mientras los pobladores sencillos brincaban de alegría en las calles de Masaya esa mañana del 19 de Julio.

 

!Triunfamos! Somos libres!

 

!Triunfamos! !Somos libres, por fin! Malditos Somoza, malditos guardias genocidas, ahora huyen como alimañas”, eran los gritos multiplicados aquella mañana en las calles de Masaya, y  se multiplicaban por miles, millones de gritos de desborde de alegría en Managua, León, Chinandega, Madriz, Nueva Segovia, Jinotega, Matagalpa, en la tres veces heroica Estelí, en Ocotal, en Rivas, en Juigalpa, en Bluefiels, en Puerto Cabezas, en Siuna, en Jinotepe, en Granada, en Boaco, en Madriz…

 

Las lágrimas chorreaban espontáneas por las mejillas pálidas de mujeres, hombres, ancianos, niños, que al fin sentían la ausencia de aquel inmenso aparato militar opresor de la dictadura, pues inclusive había cesado el bombardeo desde El Coyotepe y de la INCA, en el caso de Masaya.

 

En aquellos momentos fugaces pude ver que familiares, amigos, vecinos, se fundían en abrazos interminables, ya fuese por alegría de que la dictadura  desaparecía por siempre, o debido a los recuerdos de los familiares asesinados, del hijo caído, la madre caída en combate, del padre o el hermano caídos heroicamente combatiendo, o masacrados por los sicarios somocistas que en esos momentos huían por tierra, aire y agua hacia Honduras, donde, después hicieron sus bases contrarevolucionarias, para matar más gente en Nicaragua, apoyados y dirigidos, como siempre, por el gobierno criminal de Estados Unidos.

 

En esa mañana del 19 de Julio yo también estaba inmensamente alegre por la desaparición de la tiranía, gracias al heroico y épico  Frente Sandinista de Liberación Nacional y a la población humilde insurreccionada, pero a la vez sentía tristeza porque no sabía nada de lo que había pasado con mis hermanos Mauricio y Leopoldo, quienes de Nindirí se fueron por veredas hacia Tipitapa, cuando íbamos en Repliegue a Masaya.

 

Los camiones y demás medios de transporte, se repletaron. No recuerdo cuántos eran, sólo puedo atinar a recordar que eran, tal vez,  diez mil, doce mil pobladores…

 

Fusiles como espigas de maíz

 

“Ya no alcanza más gente…imposible llevar más”, sentenció el comandante Carlos Núñez Téllez, mientras veía aquella fila interminable. “Montate en una de esas barandas de ese camión, allí te vas colgado”, me dijo el Comandante Núñez. Al subir, tuve una visión más nítida de cómo los fusiles, ahora multiplicados por centenares o miles al huir los guardias genocidas, sobresalían por encima de los vehículos como espigas de maíz, que repentinamente florecían en las manos sencillas de pobladores sencillos (hombres y mujeres, la mayoría de ellos jóvenes), los cuales a la vez tiñeron de rojinegro sus cuellos y extendieron banderas del FSLN en todos los camiones.

 

Salimos ya tarde, después del medio día, recuerdo. Adelante iban, por supuesto, los combatientes más experimentados por si se presentaba una emergencia de combate.

 

En la delantera iban también el Comandante Núñez Téllez, todo el Estado Mayor del Frente Interno, el Estado Mayor de Managua, y todos los Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares que hicieron posible la Insurrección Sandinista en Managua y el Repliegue Táctico de Managua a Masaya.

La caravana avanzaba lenta, primero porque una avanzadilla exploraba el terreno; segundo, debido a que de las comarcas aledañas a la carretera habían salido miles y miles de campesinos a saludar a los combatientes y pobladores, que se dirigían a sacar de sus cuevas a los asesinos de la Loma de Tiscapa, en Managua.

Agitaban banderas rojinegras, se acercaban y extendían ansiosamente sus manos callosas en busca de estrecharlas con las de aquellos Combatientes Guerrilleros y Populares, enflaquecidos por el hambre y el desvelo, barbudos, hediondos por la escasez de baños, porque el combate no lo permitía, y que habían logrado el milagro de liberar al país de una de las tiranías más sangrientas de América Latina.

 

Esos campesinos y resto de pobladores gritaban al paso lento de la caravana: “!Patria Libre o Morir, Patria o Muerte, Venceremos. Ya somos libres, los asesinos se fueron!”.

 

Las fieras del “Chigüin” en la Loma de Tiscapa

 

Sin embargo, las noticias que escuchábamos indicaban que se combatía con guardias somocistas genocidas en distintos sitios de Managua, especialmente frente a la Loma de Tiscapa, donde quedaban grupos de resistencia de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI), un numeroso grupo de militares selectos, entrenados para matar, matar y matar, y jefeados personalmente por Anastasio “Chigüin” Somoza Portocarrero, ascendido a coronel por su padre dictador genocida con la finalidad futura de convertirlo en el jefe de la guardia genocida y de la dictadura.

 

Cuando veníamos entrando a Managua, la algarabía fue sencillamente indescriptible. Dentro de los camiones caían flores, papelitos con razones cortitas de: “ustedes son nuestros ángeles, los salvadores de la patria”.

 

Llegamos a la Loma de Tiscapa, donde los combatientes fueron distribuidos por diferentes lados, para terminar de aniquilar y capturar a los guardias y agentes de la Oficina de Seguridad, que todavía resistían.

Mientras tanto, avanzaban hacia Managua el Frente Occidental Rigoberto López Pérez, en el cual venían los miembros de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional; el Comandante Tomás Borge Martínez y el Comandante Jaime Weelock Román, jefes de este Frente; el Frente Norte Carlos Fonseca Amador, conducido por el comandante Bayardo Arce Castaño; el Frente Oriental Carlos Roberto Huembes Ramírez y la Brigada Pablo Úbeda, jefeados por los Comandantes Luis Carrión Cruz y Henry Ruíz Hernández; y el Frente Sur Benjamín Zeledón, comandado por José Valdivia y Edén Pastora Gómez.

 

El horror había terminado

 

En la tardecita tuve la certidumbre personal profunda de que el horror de la opresión yanqui somocista había terminado. Me sentía como saliendo de un larguísimo túnel oscuro, lleno sólo de fieras mortales, de donde había salido vivo milagrosamente, gracias a que otros 50 mil nicaragüenses murieron en ese túnel somocista infernal.

 

Pensaba en que en ese momento no estaban presentes, para saborear esa alegría indescriptible, los jefes indiscutibles de la Revolución: Sandino, Santos López, Rigoberto López Pérez, Carlos Fonseca Amador, Germán Pomares Ordóñez, Ricardo Morales Avilés, Oscar Turcios Chavarría, Jorge Navarro Martínez, Pedro Aráuz Palacios, Enrique Lorente, Pablo Úbeda, Angelita Morales Avilés, Luisa Amanda Espinoza, Arlen Siú, Claudia Chamorro…

 

Las noticias indicaban que la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, encabezada por el Comandante Daniel Ortega Saavedra, había tomado posesión en León, la capital de la Revolución Sandinista.

 

En emisoras extranjeras y nacionales, y por medio del sistema de comunicaciones sandinistas, se oía que todos los Frentes estaban por llegar a Managua el 20 de Julio en la mañana.

 

Multitudes de campesinos y pobladores urbanos se habían salidos a las carreteras principales a saludar a los contingentes de combatientes que venían a la liberación total de Managua, el reducto final de los genocidas somocistas en ese momento.

En medio de esa multitud se abría paso la Junta de Gobierno, integrada por Daniel Ortega Saavedra, Sergio Ramírez Mercado, Violeta Barrios viuda de Chamorro, Alfonso Robelo Callejas y se me olvidaba decir que Moisés Hassan Morales venía con nosotros de Masaya.

 

Tomás Borge venia en un jeeps renegado con Omar Cabezas Lacayo. Vistiendo la misma ropa verde olivo de hacía unos 15 días seguidos, y hediondo por supuesto, yo llegué temprano a la entonces Plaza de la República.

Aquello era indescriptible. La Plaza estaba al reventar de pobladores, combatientes con ropas sucias, raídas y hediondas, pero a la vez provocaban una hilaridad colectiva de admiración infinita en rostros de niños vivaces y de mujeres, jóvenes y viejas, que parecían ángeles al dedicar sus más bellas sonrisas a los vencedores Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares del FSLN, que en ese momento dejaba de ser clandestino y pasaba a jefear la Revolución Sandinista y el Gobierno Revolucionario.

 

En el centro de la Plaza vi una tanqueta, que esta vez servía de juego a los niños, los cuales se resbalaban por su calibre y caminaban encima de toda su estructura metálica. Días antes, esta tanqueta era usada para matar a miles de managuas o pobladores capitalinos.

 

Empuñados por brazos sudorosos, los fusiles automáticos, los riflitos, las escopetas calibres 12, 16 y 20;  los rifles 30-30, los revólveres calibre 38 y las pistolas de varios calibres, enseñaban los cañones al cielo, en el cual se abrían paso las miles de balas disparadas por alegría incontenible ese 20 de Julio de 1979.

 

Abrazos prolongados

 

Se fundían en abrazos prolongadísimos unos grupos de Combatientes con otros, Combatientes con amigos, vecinos y familiares de Managua, mientras las banderas rojinegras ondeaban como racimos de millón y flores de sacuanjoches azotados por el viento.

 

“Estás vivo, pipito… tenía años de no verte…estás muy flaco, venís muy sucio…aquí estamos esperándote”, eran expresiones comunes de estos encuentros emocionadísimos ese día minutos antes del acto en la Plaza de la República, después bautizada como Plaza de la Revolución Carlos Fonseca Amador.

 

Aquella Plaza vibró, como sacudida por una aurora repleta de clarines anunciando un Triunfo de envergadura histórica colosal, cuando entraban los miembros de la Dirección Nacional del Frente Sandinista y de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, y los aplausos y los vítores estremecían más el ambiente caluroso y soleado al momento en que eran mencionados todos los miembros de la Dirección Nacional del FSLN.

 

Difícil describir con palabras comunes aquel momento histórico emocionante, de trascendencia histórica universal, centroamericana y latinoamericana, pues se trataba, nada menos, que del Triunfo de la Revolución Popular Sandinista, soñada, organizada y echada a andar por Carlos Fonseca Amador y todos los fundadores del FSLN, sólo parecido aquello del 20 de julio de 1979  a lo acontecido con la victoria revolucionaria cubana en enero de 1959, 20 años antes.

Triunfo que había costado más de 50 mil muertos, destrucción generalizada, robos colosales del somocismo  sanguinario y de los yanquis genocidas al erario público nicaragüense, saqueo de los recursos naturales, de las minas, violaciones violentas a decenas de miles de mujeres, vejámenes permanentes contra la población civil humilde, todo lo cual en ese momento se derrumba para siempre, y como que estaba emergiendo por el Este de Nicaragua el Sol resplandeciente del General Sandino y la aurora revolucionaria de los ojos miopes de Carlos Fonseca Amador.

 

Discursos electrizantes

 

Los discursos de los miembros de la Junta de Gobierno y de los integrantes de la Dirección Nacional, todos cortos, electrizaron la sicología popular, la que premió el Triunfo con aplausos prolongadísimos, especialmente por aquellas palabras de Tomás Borge Martínez, que parecían centellas iluminando el panorama oscuro dejado por los genocidas sanguinarios de la dictadura somocista.

 

Miles de cadáveres

 

Efectivamente era tétrico ese panorama, porque ese mismo día 20 de Julio encontramos 200 cadáveres en la superficie irregular de Las Lomas de San Judas, asesinados por los genocidas somocistas después del Repliegue de Managua a Masaya.

 

Ese mismo día 20 de Julio hallamos varios centenares de cadáveres en la Cuesta del Plomo (hoy Cuesta de los Mártires) y en las cercanías de las Cuevas de la Colina de Mokorón, donde fue encontrado el cuerpo mutilado de la doctora Erlinda López de Osorio.

También se destaparon las tumbas colectivas del Campo de Concentración somocista genocida de Río Blanco (Matagalpa), donde personalmente los asesinos “Vulcano” Evertz, el “Tigre” Medina y Franklyn Montenegro, habían dirigido la matanza de más de 3,000 campesinos, capturados en otros sitios del Norte de Nicaragua y llevados hasta allí, para torturarlos y descuartizarlos con  perros feroces dentro de las instalaciones militares.

 

Me acordaba en esos momentos de cómo sacaban de ese Campo de  Concentración a los campesinos, los montaban en helicópteros y desde grandes alturas los dejaban caer sobre las montañas espesas de los Cerros Musún, Kilambé, sobre Peñas Blancas, en la Cordillera Dariense, en la Cordillera Chontaleña, en la Cordillera de los Maribios, en la Cordillera Isabelia, etc.

 

400 masacres genocidas

 

Recordaba las más de 400 masacres somocistas genocidas conocidas, entre otras, las de La Arrocera y Veracruz en León, la de la Montañita en Estelí, las de Batahola, Colina 110, del Kilocho Sur, la matanza de Belén (Rivas, días antes del Triunfo de la Revolución), donde los guardias se presentaron con pañoletas rojinegras en el cuello, traidoramente convocaron a los pobladores a la Plaza y allí los ametrallaron, matando casi a 20 de ellos.

Pasaban por mi cabeza los datos suministrados por la Cruz Roja nacional, cuyos funcionarios sostenían que en Managua habían sido asesinadas no menos de 20, 000 capitalinos durante la Insurrección Final y después del  Repliegue de Managua a Masaya.

 

Me acordaba de los niños Héroes Luis Alfonso Velásquez Flores y Manuel de Jesús “Mascota” Rivera, ambos asesinados por guardias en Managua y Jinotepe, respectivamente.

 

Yo estaba allí, recordando aquella noche larguísima y oscura del somocismo sanguinario, desapareciendo en ese momento histórico del 20 de julio de 1979, que era iluminada por la aurora del 19 de Julio de 1979, día en que se producía un parto revolucionario amparado en el pensamiento genuino de Sandino y de Carlos Fonseca Amador, excepcionales patriotas antiimperialistas.

 

Todos sabemos que el país entero fue sembrado de cadáveres por los genocidas, y esa labor asesina la continuaron los contrarrevolucionarios somocistas y el gobierno criminal genocida de Estados Unidos (otra vez Estados Unidos) después con la guerra de agresión de los años 80, época en que mataron a otros 40 mil nicaragüenses, más la destrucción material valorada en 17 mil millones de dólares, según sentencia de la Corte Internacional de Justicia de las Naciones Unidas, ubicada en La Haya, Holanda,  en 1986.

 

Revolución y sus logros

 

Esos 17 mil millones de dólares fueron “perdonados” por Violeta Barrios de  Chamorro, la iniciadora de la reinstalación del somocismo en aparatos de poder estatal, lo cual, es nuevamente, una amenaza de que vuelva aquel sistema de asesinos profesionales, además de que ya está instalada toda la lacra de ladrones que tenía el somocismo en el país hasta el 19 de Julio de 1979.

Hoy, como en julio de 1979, tenemos obligación de obtener otro triunfo resonante, ahora en las urnas electorales, para que el pueblo pobre vuelva a tener empleo, pues la Revolución  Sandinista redujo el desempleo al 8 por ciento; para que vuelvan la educación y salud gratuitas, la capacitación científica de los obreros, técnicos y profesionales, para que hayan políticas de viviendas, para que los negociantes y ladrones no cobren por los lotes de los asentamientos, para que las cooperativas agrícolas tengan apoyo financiero, para que los productores agrícolas privados tengan financiamiento productivo.

 

En la época de la dictadura somocista existían apenas 173 sindicatos, con 22 mil afiliados; en cambio, la apertura revolucionaria dio como consecuencia la organización de más de dos mil (2,000) sindicatos con casi 400 mil afiliados; los salarios eran revisados y subían cada seis meses; la mitad de los trabajadores mencionados recibían el famoso AFA, subsidio de transporte, capacitaciones técnicas dentro y fuera del país; preparación de profesionales en distintas ramas de las ciencias; el analfabetismo se bajó del 50 por ciento al 12.50 por ciento; las matrículas escolares pasaron de medio millón a casi millón y medio; y de 2, 699 centros escolares a tres mil 972; y de 17, 376 maestros a 43, 988 educadores; la mortalidad infantil se redujo de 121.1 por cada mil nacidos vivos a 57 por cada mil nacidos vivos; El seguro Social subió la atención de 129, 517 trabajadores a 298, 860 trabajadores…

Son sólo algunos ejemplos de los beneficios de la Revolución Sandinista, pues como se sabe se hicieron la Reforma Agraria, se produjeron las intervenciones a los Repartos Ilegales, se construyeron 29, 062 viviendas, se edificaron 309 asentamientos con 10,000 casas, se organizaron tres mil 151 Cooperativas Agrícolas… y la lista de logros es muy larga.

 

Las “barricadas” brotaban como los hongos el ocho de junio de 1979

 

El “Pollón” en la Insurrección de San Judas

 

En esta parte de este libro, decidí incluir un relato breve sobre la Insurrección Sandinista en San Judas, a partir de una entrevista que ya le había hecho al “Pollón” López Gaitán, quien concejal del Frente Sandinista en Managua, durante el período de Herty Lewites Rodríguez del año 2001 y al año 2005.

 

En mi libro “Insurrección Sandinista Victoriosa y Repliegue Táctico de Managua a Masaya” incluí relatos pormenorizados de la Insurrección Sandinista en la Zona Suroccidental y Noroccidental de Managua, identificadas por el mando revolucionario del Frente Interno como “Zona Secundaria de guerra de guerrillas en movimiento, de forma móvil, para golpear a los guardias somocistas genocidas mientras se desarrolla y fortalece la Insurrección en la Zona Principal Oriental-norte de Managua”, todo ocurrido entre el cuatro de junio y el 27 de junio de 1979.

 

“El cuatro de junio nos levantamos masivamente en San Judas. Como no habían armas de guerra, nos dedicamos a improvisar “barricadas” y zanjas en el pavimento, con el fin de impedir el ingreso de los guardias al Barrio San Judas”, me relató Ronald “Pollón” López Gaitán.

Los Combatientes Populares andábamos con rifles 22, pistolitas también 22, escopetas 12, 16 y 20,  y bombas de contacto. Teníamos tomada Vista Hermosa y La Quebradita, donde efectuamos una emboscada; nos tomamos el “Mercadito” cuando se metió la guardia somocista genocida a San Judas, y empezamos a hacer un replieguito hacia el Camino de Bolas, cogimos por el camino que te lleva a Pochocuape, pasamos por un pozo antes de llegar a la Hacienda del Vapor, en los Lomos de El Crucero o montañas del Sur de Managua.

 

La guardia tenía tomada la Hacienda del viejo lotificador Humberto Torres Molina, desde donde nos disparaban hacia la Hacienda El Vapor, cafetalera… Varios compañeros cayeron sobre la vía o camino mencionado.

En El Vapor comíamos papayas verdes, cocidas, como ayote; también otras frutas que encontramos mientras permanecimos replegados en ese sector del Sur de Managua.

Cuando una tropa de la guardia somocista llegó a El Vapor, algunos estábamos descansando en un “gancho de caminos”. Entonces, Geny Soto, miembro del Estado Mayor,  ordenó que nos fuéramos más adentro, porque estábamos muy visibles, pues la soldadesca nos podía sorprender.

 

Nos fuimos al fondo, a la Hacienda San  Francisco, donde se produjo  el primer tiroteo. Algo que nos ocurrió allí, por desconocimiento, es que buscábamos cómo salir del perímetro de las Haciendas San Francisco y del Vapor, distanciadas ambas de 500 metros, y volvíamos a regresar al mismo punto.

Tuvimos que tomar rumbos desconocidos, mientras íbamos dispersos. Algunos fuimos a salir, por ejemplo, al Sur de la Universidad Nacional, mediante veredas de la comunidad Jocote Dulce, hoy también conocida como Silvia Ferrufino Sobalbarro.

 

En el propio Barrio San Judas, un grupo numeroso de Combatientes Populares estuvimos en los alrededores de la Escuela Panamá, una cuadra arriba, tres al lago, donde tuvimos una de las barricadas más grandes.

También estuvimos en la parte Sur, del Puente del Ceibo, cuatro cuadras abajo…allí estuvimos parapetados, combatiendo a la guardia genocida.

 

Conocí un montón de gente en esta lucha político militar de San Judas: Modesto Munguía Martínez, Víctor,  Carlos y Mario Cienfuegos Aguilar;  Beatriz Narváez,  Carlos Jácamo, Medardo Hurtado, Aníbal Bendaña, Hugo Norori, Oscar Loza, Jairo Téllez, Glauco Robelo, Francisco Cano, los “Cheles Urbina”, Geny Soto, los hermanos Navarrete, los Ramírez Fornos, un hijo de Onofre Guevara (caído en la Insurrección de San Judas), los Guillenes, Toño Zepeda, Miguel, un tipo al que le llamaban “Calentura”,  Verónica Cuadra, el “Chaparro” Harris, Danilo Norori, quien salió herido por donde la “Jolota”; Julio García y mucha gente “importada” de otros Barrios,  más los sobrevivientes de la masacre de Batahola.

 

Una buena cantidad de combatientes de San Judas después formaron la famosa columna de Rolando “Cara Manchada” Orozco Mendoza, quien cayó combatiendo heroicamente cuando se producía la toma de Jinotepe, después del Repliegue Táctico de Managua a Masaya. Esta columna anduvo por Masatepe, Jinotepe y llegó hasta Montelimar en las cercanías de San Rafael del Sur, y por Santa Rita, al Sur del Departamento de Managua. Esta columna estuvo a cargo, al final de Omar Gaitán

 

¿Cuáles fueron las motivaciones de la Insurrección en los Barrios Occidentales?

 

Lo fundamental era que las fuerzas sandinistas tenian una beligerancia política y militar constante, sobre todo en la zona del Barrio San Judas y el OPEN III o Ciudad Sandino.

 

La Insurrección Final estaba planteada para todo Managua. Sin embargo, “el centro de la Insurrección” se debía desencadenar en los Barrios Orientales y del Norte capitalinos. Pero para dispersar a la guardia genocida y de desajustarle su capacidad militar, se organizó la “toma o Insurrección de los Barrios Orientales”, incluso iniciando con los Barrios Occidentales para provocar una especie de “diversionismo” en los mandos de la oprobiosa Guardia Nacional.

Cuando se produce la “toma o Insurrección de los Barrios Orientales”, la guardia está dispersa, no ubica dónde es propiamente el “foco” insurreccional o de resistencia de las fuerzas sandinistas de Managua.

Esta táctica sirvió de mucho porque la guardia utilizó mucha fuerza militar para combatir la Insurrección en los Barrios Occidentales, mientras al mismo tiempo tenía la presión en los Barrios Orientales. O sea, la guardia estaba dispersa en todo Managua.

 

La resistencia que se hizo en los Barrios Occidentales permitió que se consolidara el foco principal que eran los Barrios Orientales y del Norte de Managua.

 

¿Se ha especulado sobre que eran fuerzas distintas las de San Judas y las de Santa Ana, por ejemplo?

 

No, era una sola fuerza insurreccional. La Insurrección era una sola. Lógicamente, como Managua estaba dividida en territorios poblados y despoblados en ese momento, en lo que era el Regional, dividido por sectores, lógicamente en el sector Santa Ana, Monseñor Lezcano, Acahualinca, Balcanes, Loma Verde, Morazán, Linda Vista, Las Brisas, Altagracia y  Cristo del Rosario, allí operaba una fuerza de Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares; igual ocurría en el OPEN TRES (Ciudad Sandino), también  en San Judas, Villa Roma, Vista Hermosa, Torrez Molina y Loma Linda era otra fuerza, pero estamos hablando de un todo unificado en cuanto a mando militar revolucionario, jefeado por el Frente Interno, cuyo jefes eran los comandantes Carlos Núñez Téllez, William Ramírez Solórzano y Joaquín Cuadra Lacayo.

 

Incluso, el excomisionado Eduardo Cuadra Ferrey, quien era miembro del Estado Mayor del Frente Sandinista en el sector Suroccidental, en ese momento era uno de los miembros del Regional del FSLN en Managua, y con Ramón Cabrales Aráuz era el responsable del sector de Monseñor Lezcano, Morazán, Acahualinca, Santa Ana y Altagracia. Sin embargo, a la hora de la Insurrección, Cuadra estaba asignado con el resto del Estado Mayor en San Judas.

Ese Estado Mayor Conjunto, de las “tres tendencias”, lo integraban: Gabriel Cardenal Cabrera, Eduardo Cuadra Ferrey, René Cisneros Vanegas, Adrián Meza Soza, Geny Soto Vásquez, Víctor “Dientes de Lata” Romero Pérez, Cristóbal “Gersán” Casaya Guevara, los hermanos Navarrete…

 

Eran jefes de escuadras y otras funciones: Yuri Valle, Víctor y Carlos Cienfuegos Aguilar, Alonso Flores, Danilo Serrano, Antonio “Chele” Zepeda, Boanerges Munguía, Mauricio y Jorge Ramírez.

Gabriel Cardenal Caldera era como el “delegado político-militar” de parte del Estado Mayor Central, para coordinar los trabajos en el sector Suroccidental de Managua.

 

Mientras tanto, la guardia somocista genocida tenía tres convoyes de soldados, todos de las llamadas huestes élites de asesinos de la “Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería” (EEBI), la cual era dirigida personalmente por Anastasio “Chigüin” Somoza Portocarrero, quien ya ostentaba el grado de “coronel” otorgado por su padre-jefe-asesino.

 

¿Por qué el Repliegue al Vapor?

 

La Insurrección se inició con “tomas” de diversos sectores geográficos Suroccidentales,  más guerrilla móvil y emboscadas, con la intención de agitar los Barrios Occidentales. El pueblo, de manera realmente impresionante, se lanzó masivamente a las calles, creyendo que ya era la Insurrección Final y efectivamente ya no se detuvo.

 

Los Barrios quedaron tomados. Se dio una Retirada momentánea, pero después se volvió a tomar el Barrio San Judas. Los Barrios Monseñor Lezcano, Santa Ana, Cristo del Rosario, Linda Vista, la Morazán y demás, se insurreccionaron también.

 

En el caso de San Judas, el Barrio se mantuvo tomado por dos días. Se hizo un Repliegue Táctico a la Comunidad Meneses,  en los Lomos de El Crucero, y a los tres días estamos de vuelta. Se da la toma ya final del Barrio San Judas, pero comienza también a darse la Retirada de los otros Barrios, primero Altagracia, donde desmontan la toma del Barrio, una buena parte se repliega para San Judas, otra parte se queda en la misma Altagracia.

Monseñor Lezcano, Morazán, Acahualinca, Loma Verde, Balcanes, Linda Vista, Las Brisas, Cristo del Rosario, Santa Ana…toda esta gente que tenían tomado esos Barrios durante varios días, deciden replegarse hacia San Judas, que era el lugar más seguro en ese momento, porque estaba allí una fuerza combatiente considerable, y además  había la posibilidad, prevista con anticipación, de un Repliegue Táctico hacia la zona de El Crucero.

Estas fuerzas sandinistas deciden retirarse el 15 de junio, día en que se produce la emboscada y masacre de Batahola, protagonizada por la guardia sanguinaria genocida del somocismo. Allí matan a más de 83 compañeros y compañeras. Esa Retirada ellos la habían organizado para juntarse con nosotros en San Judas, en función de, ´primero, para evitar la acción fuerte de la guardia, porque faltaban armas y municiones…otra parte logra llegar y se quedan con las fuerzas combatientes de San Judas.

 

El mismo 15 de junio se produce el Repliegue a la Hacienda del Vapor, de forma apresurada, por la presión a balazos y cañonazos de la guardia contra los insurrectos, lo cual se da porque ya habían dificultades por escasez de municiones, de medicinas y comida, para resistir las embestidas de la guardia sanguinaria genocida del somocismo.

 

Este 16 de junio, la guardia inició el día roqueteando y mortereando todas las posiciones ocupadas por las fuerzas del FSLN en San Judas. Se resistió hasta el medio día del 16 de junio, y al final se decidió replegar a los combatientes populares hacia los lomos de El Crucero.

 

¿Cuál era la relación de estas fuerzas con las que estaban en Ciudad Sandino?

 

Había una relación, pero al definirse que el grueso de la Insurrección iba para los Barrios Orientales, entonces, los Barrios Occidentales hacen la “toma”, pero con menos fuerza comparándolo con el Oriente de Managua. Entonces, OPEN TRES (Ciudad Sandino) queda como un foco de resistencia, un poco aislado en comparación al grueso de combatientes que estábamos en San Judas y en el sector Oriental. Sin embargo, todo obedecía a un “plan único insurreccional”.

 

¿Qué pasó realmente en El Vapor?

 

Todas las fuerzas se retiraron. Éramos unas mil personas, entre Jefes Guerrilleros, Combatientes Populares y un sector amplio de la población  civil sumada a la Insurrección. Nos ubicamos en tres haciendas, la primera era El Vapor, y habían otras dos haciendas: San Pancho, San Antonio, todas cafetaleras, donde también  habían fuerzas sandinistas insurrectas.

 

Era lógico que la guardia somocista genocida, al ver que el Barrio San Judas quedó “libre” de la Insurrección, decidió seguirnos, y logró ubicar a las fuerzas retiradas. Desgraciadamente,  no se tenían las suficientes armas, lograron hacernos un movimiento envolvente. Sigilosamente lograron atacar la Hacienda del Vapor. Había vigilancia nuestra, pero el problema era de superioridad en armas por parte de la guardia en relación a nosotros, porque voluntad de lucha teníamos, pero no pudimos enfrentar a todo un contingente de la guardia, de la EEBI concretamente, armado hasta los dientes, con armamento pesado, ametralladoras, fusilería, cañones, mientras entre nosotros eran muy escasas las armas de guerra y los tiros.

Después de este ataque, todas las fuerzas se dispersaron en distintas direcciones. Un grupo que andaba en los cerros de El Crucero, decidimos bajar nuevamente al Barrio San Judas, y con la solidaridad de los pobladores, nos escondemos y después desde aquí organizamos el traslado de fuerzas combativas para los Barrios Orientales.

 

En este esfuerzo, cae Gabriel Cardenal Caldera, quien estaba organizando toda la movilización militar revolucionaria. Otro grupo se desplazó hacia El Crucero y estuvo unos días operando en ese sector, algunos llegaron, inclusive, hasta Diriamba.

 

Otro grupo logró llegar hasta León, algunos se quedaron en La Paz Centro y Nagarote. También alguna fuerza militar se quedó operando aquí mismo en estos Barrios Suroccidentales de Managua, aunque con dificultades terribles.

 

Una buena cantidad logró llegar a los Barrios Orientales. Un grupo logró penetrar hasta Ticuantepe, cruzando cerros, después de lo ocurrido en la Hacienda del Vapor..Este grupo participó en los ataques a la guardia en el Municipio de Ticuantepe.

 

¿Dónde capturaron a Gabriel Cardenal Caldera?

 

A él lo capturan saliendo por el lado de Villa Fontana, buscando la zona de los Barrios Orientales. Iba con Douglas Mejía Obando en una camioneta, en la cual llevaban armas hacia los Barrios Orientales de Managua.

A Gabriel Cardenal Caldera ya lo andaban siguiendo. Parece que lo tenían controlado. Cardenal Caldera era una figura que no se perdía por su condición física, pero, además, era el jefe de la Insurrección en los Barrios Suroccidentales de Managua.

 

Las informaciones obtenidas indican que después de capturarlo, lo sometieron a torturas brutales en las mazmorras de la Oficina de Seguridad de Somoza y después decidieron matarlo y lanzar su cadáver a las cercanías de donde es hoy el Club Terraza, donde era común que aparecieron decenas de asesinados por los sicarios de la tiranía genocida del somocismo.

 

En esos días, la guardia “quiebra” otra Casa de Seguridad, en San Judas, donde estaba “Gersán” Guevara Casaya, quien había sido uno de los jefes del Estado Mayor insurreccional en San Judas, y que estaba organizando grupos de Combatientes Populares hacia los Barrios Orientales de Managua.

 

¿En qué momento fue capturada la doctora Erlinda López Osorio?

 

La capturaron en esos días de la Insurrección. Su cadáver fue tirado a las Lomas de San Judas, donde la guardia echó a más de 200 asesinados. Otros aseguraron que la doctora López fue llevada a la Colina de Mokorón, donde supuestamente fue torturada y asesinada. Algunos de esos cadáveres fueron identificados y otros fueron comidos por aves de rapiña, en las Lomas de San Judas,  y no fue posible identificarlos.

 

La guardia hizo allí, en las Lomas de San Judas, un verdadero “matadero”…a todo el que agarraban en San Judas, Altagracia, en el ZUMEN o en cualquier sector Suroccidental, lo mataban y lo lanzaban a los montes de las Lomas de San Judas.

¿Cómo fue la masacre del “Kilocho” Sur?

 

Eso fue el 14 de junio, un grupo de compañeros se va al “Kilocho” Sur a colocar una emboscada. Los “orejas” le informaron a la guardia, y los soldados montan un operativo envolvente y masacran a 36 compañeros, para lo cual usaron helicópteros artillados, tanquetas y ametralladoras. Inclusive, hubo algunos de los Combatientes Populares que se refugiaron en la Iglesia de San Patricio, de donde los sacaron y también los asesinaron.

 

Posteriormente, sus cadáveres fueron recogidos con “palas mecánicas” y llevados a tirar a un guindo de la “Cuesta de la Gallina”, para el lado de San Rafael del Sur. Entre los masacrados se contaron Aura Lila “Guadalupe” Mendoza (ella era la jefa de los CAP o Comités de Acción Popular) y Jorge Serrano.

 

¿Quiénes eran los “orejas” en San Judas?

 

Bueno, los más famosos fueron: “Polvorón”,  el “Pli”, Canoso, Pedro Pistola, “Colocho”… El “Pli” y “Canoso” fueron los responsables de la mayoría de los asesinatos por parte de la guardia somocistas sanguinaria en San Judas, pues ellos denunciaban a los sandinistas ante la soldadesca criminal y la Oficina de Seguridad de Somoza Debayle.

 

El caso de “Pedro Pistola” era muy particular, pues agarraba a balazos las manifestaciones de protesta. Todos éstos fueron “ajusticiados” por las fuerzas combativas populares. Tomado de entrevistas con “Pollón” López Gaitán y Modesto Munguía Martínez

 

 

¿Por qué y Cómo fue el Repliegue a Masaya?

 

Participante y sobreviviente del “Repliegue Táctico a Masaya”

 

Durante el día 27 de junio de 1979, el Estado Mayor del Frente Interno, encabezado por los Comandantes Carlos Núñez Téllez, Joaquín Cuadra Lacayo y William Ramírez Solórzano (fallecido recientemente), mandó a explicar a Jefes Guerrilleros, Combatientes Populares, a Colaboradores Históricos y población civil involucrada en la Insurrección Final de Managua, en absoluto sigilo, que esa misma noche se produciría el célebre Repliegue Táctico de Managua a Masaya. “Vamos en Retirada”, se nos dijo ese día, ¿hacia dónde?, fue la pregunta obligada. “En el momento oportuno lo sabrán”, fue la respuesta de los mandos del Frente Interno del Frente Sandinista de Liberación Nacional, todavía clandestino en ese momento.

 

La explicación sigilosa por parte de los cuadros revolucionarios más confiables, indicaba que faltaban armas de guerra, municiones, medicinas, comida…que la Insurrección Final ya había cumplido sus objetivos de desgastar militarmente a la tiranía somocista en Managua, que debían salvarse las fuerzas combativas de Managua y que era indispensable fortalecer la libración recientísima de la Ciudad de Masaya y al Frente Oriental Carlos Roberto Huembes Ramírez, con la finalidad de ir a liberar también ciudades como Jinotepe, San Marcos, Granada, Diriá y Diriá, Masatepe, Pueblos Blancos; y defender la Ciudad de Masaya de los ataques militares y bombardeos aéreos e día y de noche por parte de los guardias que habían sido desalojados de sus 16 cuarteles militares en Masaya, y que estaban atrincherados en los Cerros del Coyotepe y Barranca, en la Fábrica de Clavos INCA y en la Hielera del Barrio Santa Rosa.

 

A centenares de Combatientes Populares y Colaboradores del FSLN no les gustaba la idea del Repliegue a Masaya, porque consideraban que la guardia genocida del somocismo haría una verdadera carnicería en los Barrios Orientales-norte, en los vecindarios Suroccidentales y Noroccidentales de Managua, donde decenas de miles se habían insurreccionado para propiciar el derrumbe y demolición definitiva del aparato opresor  del somocismo genocida y “Estirpe Sangrienta: los Somoza”.

 

A estos Jefes Guerrilleros Combatientes Populares no les gustaba la idea, pero la realidad era aplastante después del prolongadísimo combate contra la guardia en el Barrio Paraisito, donde se le propinó una derrota militar extraordinaria a la soldadesca criminal del somocismo, pero que a partir de ese momento las balas habían escaseado casi totalmente.

 

El  avión del FSLN que pasó tirando sacos de municiones sobre los Barrios El Edén y Blandón (Costa Rica) no había cambiado esa realidad objetiva, porque, además la mayoría de los tiros lanzados desde el avión, se habían dañado..

Hubo desconcierto. Estos poderosos argumentos militares y de orden estratégico no convencían totalmente a los Combatientes Populares y sus Colaboradores en los sitios insurreccionados del Oriente y del Norte de Managua.

 

En completo sigilo

 

Sin embargo, el Repliegue Táctico de Managua a Masaya comenzó a organizarse en el más completo sigilo desde más o menos las diez de la mañana del 27 de junio de 1979.

Cabe explicar aquí

 

Se organizó, de manera rápida y hasta en los más últimos detalles, inclusive sobre cómo se llevarían casi un centenar de heridos que estaban alojados en los Hospitales clandestinos del Instituto Experimental México y Silvia Ferrufino Sobalbarro, ambos ubicados en el Reparto Bello Horizonte, específicamente en las Etapas III y IV, los cuales habían sido sometidos a feroz bombardeo aéreo con tres aviones push and pull y dos helicópteros artillados con bombas de 500  y mil libras.

 

Cada Combatiente Popular y Colaborador (ra)  Histórico sabía de antemano en qué columna y con qué jefe iría.

 

Cuando comenzó a caer la noche de ese 27 de junio, a las 6:40 pm., comenzamos a salir en gruesas columnas silenciosas, que parecían “cien pies” resbalándose en la oscuridad, procedentes de los Barrios Santa Rosa, Bello Horizonte, Costa Rica, Primero de Mayo, Meneses (hoy Barrio Venezuela), Maestro Gabriel, Salvadorita (hoy Cristian Pérez Leiva), El Edén, Larreynaga, Luis Somoza (Diez de Junio), El Dorado, Don Bosco, San Cristóbal, María Auxiliadora, Ducualí, Paraisito, San José Oriental, Reparto Santa Julia, Nicarao, Catorce de Septiembre, Villa Progreso, Xolotlán, San Jacinto, Miguel Gutiérrez, Américas Uno, Tres y Cuatro, Colonia Primero de Mayo…!todos hacia la Calle, ubicada de la Clínica Don Bosco hacia el Este¡, es decir, por donde estaba la Gasolinera San Rafael, en lo que se conoció como Barrio Santa Bárbara, hoy lado Sur del Barrio Venezuela.

 

Estos momentos de organización y concentración en un solo punto fueron en un silencio tenso, nervioso, en rigurosa clandestinidad, “hablándonos por medio de “señas” y órdenes de “levanten los pies al caminar”, “no hagan ruido”, “no lleven objetos que brillen”, “no fumen, no enciendan focos de manos..”

Uno de los instantes más peligrosos se vivieron en el “puente colgante” (hoy es puente firme) entre Bello Horizonte y el Barrio Meneses (hoy Venezuela), el cual se mecía como una hamaca larga por el peso de los Combatientes Populares que cargaban a los heridos, ya fuese en camillas o en hombros.

El transporte de los heridos fue, precisamente, la complicación más grande que llevábamos al salir de Bello Horizonte, pues no podían ser dejados allí, a su suerte, porque la guardia los hubiera matado a todos.

 

Siete mil personas en tres columnas

 

Es preciso aclarar aquí que la Insurrección Sandinista en Mangua, comandada por el Frente Interno: Comandantes Carlos Núñez Téllez, William Ramírez Solórzano y Joaquín Cuadra Lacayo, jamás tuvo en sus planes la posibilidad de una Retirada o Repliegue. El Plan Militar Insurreccional contemplaba combatir tres días contra la Guardia Nacional somocista sanguinaria genocida en Managua, hacer guerra de guerrilla, emboscadas, ataques en movimiento, para desconcertar a los altos mandos de la GN de Somoza Debayle y de los yanquis genocidas, pues, de acuerdo con esos planes insurreccionales el resto de Frentes de Guerra: Norte Carlos Fonseca Amador, Occidental Rigoberto López Pérez, Sur Benjamín Zeledón Rodríguez, Oriental Carlos Roberto Huembes Ramírez y Brigada Pablo Úbeda, estarían llegando a Managua en esos tres días, es decir, dando la batalla final en Managua.

No fue así, pues el Estado Mayor del Frente Interno y del Estado Mayor de Managua, integrado por Mónica Baltodano Marcenaros, Raúl Venerio Granera y Osvaldo Lacayo Gabuardi, con apenas 110 Jefes Guerrilleros bien entrenados, y con apenas unos tres mil Combatientes Populares y Milicianos mal entrenados, con pocas armas, escasez de municiones y la mayoría de ellos desarmados, se vieron obligados a combatir 18 días en Managua, donde cayeron casi mil de esos Jefes Guerrilleros, Combatientes Populares y pobladores civiles, entre el cuatro de junio y el 27 de junio de 1979.

 

Además, el Plan del Repliegue Táctico de Managua a Masaya (ya tomada la decisión de Retirarse) contemplaba que en este movimiento militar revolucionario sandinista, totalmente clandestino,  irían tan sólo unos tres mil ciudadanos capitalinos entre Jefes Guerrilleros, Combatientes Populares, Milicianos y algunos Colaboradores Históricos implicados directamente en la Insurrección capitalina. No fue así. Cuando eran las ocho de la noche estábamos casi siete mil managuas en la Calle de la Clínica Don Bosco, en el lado Sur del hoy Barrio Venezuela.

Inclusive, el Plan de los Estados Mayores del Frente Interno y de Managua contemplaba que la Retirada o Repliegue Táctico de Managua a Masaya saldría a las seis de la tarde del 27  y llegaría a las seis de la mañana del 28 de junio de 1979, a Masaya. Tampoco fue así como veremos más adelante.

 

Puestos en la Calle de Don Bosco, casi siete mil personas entre Jefes Guerrilleros, Combatientes Populares, Colaboradores Históricos  y población civil desarmada, incluidos niños y ancianos, en silencio sepulcral, en una noche oscura y con una llovizna leve, después de 18 días de heroicos combates en la zona Oriental de Managua, después de una lucha tensa y silenciosa para organizarlo durante el día, el Repliegue de Managua a Masaya fue organizado en tres grandes columnas:

 

Una de vanguardia, jefeada por William Ramírez Solórzano, Raúl Venerio Granera y Joaquín Cuadra Lacayo. En esta columna van, además de Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares, civiles y heridos de las colonias Nicarao, Catorce de Septiembre, Luis Somoza, Don Bosco, Colombia, Salvadorita, Maestro Gabriel, Bello Horizonte, Meneses y Santa Bárbara (hoy Barrio Venezuela), etc.

 

Una columna en el centro, comandada por Carlos Núñez Téllez, Osbaldo Lacayo Gabuardi y Walter Ferrety Fonseca. En esta columna van civiles y heridos de los barrios María Auxiliadora, San Cristóbal, Ducualí, El Edén, Blandón o Costa Rica, Larreynaga…

Una columna tercera, comandada por Ramón “Nacho” Cabrales Aráuz, Rolando Orozco Mendoza y Mónica Baltodano Marcenaros. Esta columna era la Retaguardia del Repliegue de Managua a Masaya y en ella van Jefes Guerrilleros como Marcos Somarriba García, Combatientes Populares, Colaboradores Históricos y civiles de vecindarios, en parte, parcialmente, de: Santa Rosa, Bello Horizonte, Villa Progreso, Rubenia, Waspán Sur, Xolotlán, San Jacinto, Miguel Gutiérrez, Américas Uno,  Américas Tres, Colonia Primero de Mayo…

 

Esta organización del Repliegue en tres grandes columnas finalizó casi a las diez y media de la noche. A esa hora empezaron a salir por la entonces Farmacia González, en el Noreste de la Colonia Nicarao y luego enrumbamos hacia los semáforos de Rubenia, donde había una barricada inmensa que la guardia no había podido derrumbar.

 

Tomamos el camino viejo, escabroso, lleno de troncos erizos como clavos, hoyos, piedras y víboras como envoltorios de plantas rastreras, y pasamos rosando las “barbas” de la guardia somocista genocida en Baterías Hasbani, donde la GN tenía acantonado un contingente de casi mil soldados.

En medio de esas condiciones eran transportados los heridos mencionados, entre los cuales iba un hombre gordo, identificado como Carlos Alberto “Sobrino” Dávila Sánchez, quien era uno de los jefes de las batallas en la Pista Bypass, especialmente entre San José Oriental, Paraisito y San Cristóbal. La circulación de semejante cantidad de gente silenciosa y en rigurosa clandestinidad, era lento, tan lento, que parecía el desplazamiento de una tortuga tora en la playa arenosa.

En mi libro Insurrección Sandinista Victoriosa y Repliegue Táctico de Managua a Masaya hay un relato pormenorizado de este acontecimiento político-militar, convertido desde aquel momento del 27 de junio de 1979 como una de las hazañas militares más audaces del Frente Sandinista de Liberación Nacional, profundamente patriótico, voluntario y clandestino.

Después de las doce de la noche estábamos pasando por el famoso “Tanque Rojo” del Reparto Schick Gutiérrez, donde se hizo “un alto”, y después seguimos por unos potreros, cruzando alambrados, machucando serpientes, charcos y púas de alambres, y oyendo los cantos asustados de pocoyos y de las veloces lechuzas que raudas volaban sobre la multitud silenciosa, conspirativa, insegura ante un futuro incierto que le deparaba en las próximas horas, pues todos recordaban la ferocidad sanguinaria y crueldad sin límites de los guardias genocidas del somocismo sanguinario.

Muchos llevaban consigo maletas de ropa, mochilas con un poco de comida, leche en polvo, mucha sed por la caminata nocturna y el miedo de encontrarse repentinamente con la soldadesca somocista en esos potreros y caminos solitarios rumbo a Masaya.

 

La mañanita del 28 nos sorprendió entre matorrales y zacatales, mientras los rayos matutinos del sol, color de oro, se filtraban entre las ramas de los árboles y se estampaban también en los rostros desconcertados de los replegados capitalinos.

 

Un poco después de las siete de la mañana se estaba produciendo el primer incidente militar con la guardia somocista genocida cuando ingresábamos a una finca de la Comarca Veracruz, ubicada del Empalme de Ticuantepe varios kilómetros al Norte.

Allí se produjo un combate con una patrulla de soldados mercenarios del somocismo, los cuales portaban una ametralladora calibre 50, en un camión, el que estaba repleto de tiros. El combate, en medio de una arboleda tupida y chagüital, fue de aproximadamente diez minutos, durante el cual cayeron dos Jefes Guerrilleros y un Combatiente Populares: Aristeo Benavídez, Carlos “Paco” Miranda y Juan Ramón “Ringo” Villagra.

 

En su huida veloz, los guardias dejaron abandonada la ametralladora calibre 50, el camión y varios miles de tiros, mucho dinero en monedas y multitud de cartones de cigarrillos. Sepultamos a Benavídez, Miranda y Villa al pie de un ceibo, en la orilla del camino de Valle Gothel al cruce de Veracruz.

 

Puestos allí, en la finca de Veracruz, fue cuando nos enteramos de que en ese sitio estaba el grueso del Repliegue a Masaya, es decir, la mayor cantidad de gente, compuesta esencialmente por civiles desarmados y Combatientes Populares poco experimentados.

Asimismo, allí quedó establecido que la columna en que iba Walter Ferrety Fonseca posiblemente ya estaba en Masaya, pues habían capturado camiones y camionetas en el Empalme de Ticuantepe, lo cual les había facilitado el viaje a Masaya, antes de las ocho de la mañana. El Comandante Carlos Núñez Téllez era uno de los jefes de esta Columna del Centro, pero no iba con el grupo de Ferrety Fonseca. Tampoco Osbaldo Lacayo Gabuardi.

 

Allí en el Cruce de Veracruz no obtuve información precia de la Columna de Retaguardia, jefeada por los Comandantes Ramón Cabrales Aráuz, Mónica Baltodano Marcenaros y Rolando “Cara Manchada” Orozco Mendoza.

 

Descubren el Repliegue

 

En esa finca fuimos reorganizados por William Ramírez Solórzano en una sola columna, de dos grandes hileras, y se dio la orden de caminar ordenadamente por una encajonada matorralosa y con la instrucción de “vayan cubriéndose” bajo los árboles, para que la guardia no nos descubra”, cuando ya íbamos rumbo a ¨Piedra Quemada”, mientras unos cargábamos bombas de contacto, salveques de tiros, pistolas sin municiones, y un grupo iba hecho cargo de la ametralladora calibre 50. Era un poco después de las ocho de la mañana cuando íbamos por esa “encajonada”. También iban Jefes Guerrilleros al mando de escuadras responsables de unos 150 heridos en la Insurrección en Managua; parte de estos heridos iban caminando, apoyados por otros compañeros, y el resto imposibilitados iban en vehículos que habían conseguido varios Jefes Guerrilleros, entre otros, Frank “Machillo” González Morales y Francisco “Chico Garand” Guzmán Fonseca.

 

Aparentemente, la guardia somocista genocida no había descubierto el Repliegue a Masaya a esa hora del 28 de junio de 1979. Los aviones de la GN genocida empezaron a sobrevolar el Repliegue un poco después de la nueve de la mañana, lo cual nos obligó a permanecer acostados y sentados entre la maleza y bajo  árboles de tigüilote, jocotes, caraos, guásimos, ceibos, chilamates…

 

Al parecer, la guardia se convenció de que esta movilización militar insurreccional iba en ese rumbo cuando ya eran cerca de las diez de la mañana, pues ya en ese momento comenzaron los aviones a sobrevolar bajitos, rasantes, amenazantes sobre el Camino de “Piedra Menuda”, rumbo al lado Norte de Piedra Quemada, o colchón de piedra malpai, negra y puntuda, lanzada por erupciones pasadas del Volcán Masaya.

 

Bombardeo infernal y mortal

 

Fue imposible ocultarnos por mucho tiempo. Cuando entramos a Piedra Quemada, más o menos a las 11 de la mañana, empezó el bombardeo aéreo en lo fino. Eran lanzadas a granel desde tres aviones push and pull y dos helicópteros centenares de rockette y bombas de 500  y mil libras, cuyas explosiones y charneles sobre casas y columnas de seres humanos provocaban estruendos y daños aterradores.

Aquello fue realmente un infierno. El pánico se generalizó entre los campesinos y los replegados, especialmente los que eran civiles, los cuales corrían desesperados de un lado a otro, en vez de buscar protección o perapeto entre las rocas y los troncos de los árboles en el lado Norte de Piedra Quemada, en un trecho de unos 700 metros entre la entrada por un sitio conocido como “Cruce Real de Caminos” y la Carretera a Masaya, entre los kilómetros 21 y 22.

Algunas casitas campesinas volaban en miles o millones de pedazos, mientras a mi alrededor centenares de jóvenes, hombres y mujeres inexpertos, atrapados por el pánico, corrían sin cesar en busca de protección, lo que les acarreó la muerte en segundos. Los charneles de los morteros y las bombas de 500 libras los partían también a ellos en pedazos,

 

El bombardeo feroz duró casi tres horas continuas. Durante un breve “descanso” de los pilotos somocistas de la muerte, se pudo apreciar que la mortandad posiblemente llegaba a cien y más de un centenar de heridos.

Cuando cesó un poco el bombardeo como a las dos de la tarde, el grueso de los replegados seguimos por el Camino Viejo a Nindirí, de cuatro kilómetros y medio, por donde se iban cargando a los heridos y parte de los muertos en el bombardeo.

Antes de salir de “Piedra Quemada” apresuradamente sepultamos superficialmente, en zanjas poco profundas, a no menos de 40 jóvenes (hombres y mujeres) caídos por el bombardeo aéreo infernal. Los cadáveres los cubrimos con arena, tierra, piedras, pedazos de madera y hojas, para que no quedaran al aire libre, disponibles para aves de rapiña.

El bombardeo se reinició un poco después de la tres de la tarde, y esta vez lo concentraron en los alrededores de Nindirí y Cerros Coyotepe y Barranca, por donde ya se movían  Combatientes Populares de Managua.

Al llegar a Nindirí, cayó la combatiente popular Marta Lucía Corea, una muchacha jovencita de Bello Horizonte, Combatiente Popular de las mejores, quien tenía apenas 17 años. Un charnel de rockette, lanzado desde un avión push and pull por un piloto somocista de la muerte,  le partió la vida. Su cadáver lo sepultamos detrás de la Iglesia Católica, en medio de una ceremonia militar revolucionaria muy solemne.

Ya puestos en Nindirí, entre cuatro y media y cinco de la tarde de ese 28 de junio de 1979, se organizó nuevamente el Repliegue para que todo mundo diera una comidita ligera y a disponerse a seguir hacia la Ciudad de Masaya, la cual estaba ya tomada, mientras la pandilla de asesinos, jefeados por el general esbirro Fermín Meneses Cantarero, había huido y estaba posesionada de la Fortaleza del Coyotepe, ubicada enfrente, al Este de Nindirí, y desde donde bombardeaban constantemente a todos los Barrios de la Ciudad de Masaya o “Ciudad de las Flores”. También estaban atrincherados los guardias en el Cerro Barranca, en la Fábrica de Clavos INCA y en la Hielera del Barrio Santa Rosa.

 

Por los desfiladeros verticales de la Laguna de Masaya

 

La columna central del Repliegue Táctico a Masaya fue reorganizada más cuidadosamente para caminar, esta vez, por los desfiladeros, o paredones profundos de la Laguna de Masaya, con la finalidad de sortear a la guardia genocida, que estaba acantonada y superarmada en el Cerro Barranca, ubicado en una colina entre estos zanjones del lado Este de la Laguna de Masaya y el lado Noroeste de la Ciudad de Masaya.

Fueron los momentos más peligrosos desde el punto de vista de la movilización, en silencio total, despacito, arrastrándose en los desfiladeros y piedras, en la oscuridad completa, para, finalmente, llegar a Masaya.

Esta caminata lentísima y peligrosa comenzó a las siete de la noche. Entre esta hora y la una de la mañana, apenas se caminaron unos dos kilómetros hasta San Carlos, adonde los replegados llegamos más o menos a la una de la mañana.

 

Era el 29 de junio de 1979, en la madrugada. Centenares de pobladores, Jefes Guerrilleros y  Combatientes Populares de Masaya, jefeados por Hilario Sánchez Vásquez, Alma Lubi Morales y Ramón “Macaco” Moncada Colindres, estaban esperando allí a los replegados, los cuales fueron recibidos con vítores, abrazos efusivos, acompañado todo esto con tibio y café calientes, tortillas tostaditas con cuajada y frijolitos. Llegamos hambrientos y sedientos al tercer día de haber salido en Repliegue, procedentes de Managua.

Estábamos en Territorio Libre de asesinos. Los replegados fueron llevados por una calle tachonada de minas, debido a lo cual se nos decían dónde debíamos poner los pies.

 

El cansancio era acentuadísimo. Aquella masa de combatientes y pobladores civiles de Managua fueron ubicados en el Colegio La Salle, en los Barrios San Miguel y Monimbó, en la casa que fue de Cornelio Hüeck Sálomon, en varias casas ya confiscadas a guardias somocistas, orejas de la OSN y militantes conocidos del Partido Liberal Nacionalista, donde durmieron hasta las seis de la mañana, hora en que fuimos formados para organizar inmediatamente la defensa circular de Masaya y para los asaltos o tomas de las ciudades de Granada, Jinotepe, Diriamba, Pueblos Blancos, Diriá, Diriomo y Masatepe.

Asimismo, una gran cantidad de estos Combatientes Populares de Managua llegaron a reforzar las filas combativas de Masaya, mientras la columna jefeada por el Comandante Carlos Núñez Téllez llegó hasta el mismo 29 un poco después de las dos de la mañana, debido a que tuvieron que hacer una gran vuelta por el lado Sur de la Laguna de Masaya, como yendo hacia Masatepe.

 

Tomado del libro “20 Años cumplidos-Crónicas del Triunfo y dos Repliegues Tácticos del FSLN”, de Pablo E. Barreto P.

 

III Parte

 

Mientras se efectuaba el apoteósico acto político del Triunfo de la Revolución Popular Sandinista, el 20 de julio de 1979, en el cual se sintió un nivel de consenso social y político extraordinario en la Plaza de la República, bautizada ese mismo como Plaza de la Revolución, William Ramírez Solórzano, uno de los jefes del célebre Repliegue Táctico de Managua a Masaya, me propuso mi incorporación al que sería, inmediatamente, el Ejército Popular Sandinista.

 

“No tengo vocación militar… voy a seguir sirviendo a la gente mediante labores cotidianas del periodismo y en acciones comunitarias”, le respondí a Ramírez Solórzano.

Saludé, esa mañana, medio día y parte de la tarde, a centenares de amigos, vecinos y familiares con quienes me encontré allí en la Plaza de la Revolución. Nos fundíamos en abrazos interminables, y muchos de ellos lloraban por la emoción profunda del triunfo revolucionario y por vernos vivos “de puro milagro, sorteamos la muerte como magos caminando sobre hilos muy delgados”, me comentó Ernesto Chacón Blandón, mi vecino en Bello Horizonte, quien se fue en el Repliegue a Masaya y perdió una mano por el estallido de una bomba de contacto.

Me sentía hediondo, pues andaba puestos un pantalón y una camisa verde olivos desde hacía más o menos un mes y, además, tenía varios días de no bañarme porque lo impedían los combates cotidianos con la guardia genocida somocista en Masaya.

 

En los bolsillos del pantalón verdeolivo no andaba ni un centavo, ni las llaves de mi casa en Bello Horizonte y tampoco sabía nada de mis dos hijos: Pedro Pablo y Nelson Alberto, ni de mi primera esposa, profesora María Elizabeth Mejía Rivas.

 

Eran las cuatro de la tarde cuando tomé la decisión de irme a pie desde la Plaza de la Revolución hasta mi casa en Bello Horizonte. Mientras caminaba hacia el Este, por calles de vecindarios como los Barrios Rigoberto López Pérez, Riguero, Dorado, María Auxiliadora, San Cristóbal, El Edén y finalmente, la Maestro Gabriel y Bello Horizonte, me iba encontrando con conocidos que me saludaban contentos y me expresaban que me creían muerto.

Asimismo, me iba topando con “retenes” de controles guerrilleros y Combatientes Populares, muchos de los cuales, quizás la inmensa mayoría, me conocían porque juntos habíamos andado en las trincheras de combate y en el Repliegue Táctico de Managua a Masaya.

 

Finalmente, llegué a la calle de mi casa en Bello Horizonte, donde me recibieron cariñosamente. La casa fue invadida por la guardia somocista genocida, la cual rompió puertas, revolvió todo y me robaron ropa y lo más que pudieron.

 

El carrito Datsun 100 A estaba en la calle, cerca de la esquina Norte de la calle. Las llaves de la casa me las tenían resguardadas los vecinos, pues María Elizabeth se había ido para El Salvador, de donde es originaria, con Pedro Pablo  y Nelson, uno de siete años y el otro, de apenas cuatro años.

 

Inmediatamente, los vecinos me rodearon y pidieron hablar conmigo, para comenzar a trabajar en organización comunitaria de los CDS y del Frente Sandinista de Liberación Nacional, recién triunfante después de casi 20 años de lucha armada en contra de la tiranía genocida del somocismo sanguinario.

Aunque saqueada por la guardia somocista genocida, la casa tenía agua y luz, dichosamente para mi, pues tenía casi dos meses de no bañarme con tranquilidad, ni ponerme ropa limpia, aunque en ese momento no tenía. Tuve que recurrir a los amigos para que me prestaran un pantalón y una camisa, pues todo lo había perdido.

Ya terminada la ceremonia de bañarme, mi casa número H-II-20, comenzó a llenarse de gente a eso de las ocho de la noche del 20 de Julio de 1979. Hombres y mujeres, jovencitos, adultos y ancianos, andaban en busca de orientaciones e informaciones sobre lo que iba a ocurrir de forma inmediata, pues por la represión de la guardia genocida habían escaseado la comida, el transporte estaba paralizado, el funcionamiento del Estado (antiguo Estado dictatorial somocista, de poder omnímodo de una familia, de la guardia y su pandilla de generales, coroneles, mayores, capitanes, “jueces de mesta”, orejas de la Oficina de Seguridad, matones de la “mano blanca” o “escuadrones de la muerte”), decenas de miles de ciudadanos capitalinos habían quedado sin empleo, reinaba en ese momento un caos generalizado, pues estábamos saliendo de un poder criminal y entrando a otro que venía portando la justicia revolucionaria, el orden nuevo y una mentalidad humanística profunda.

Como digo, no tenía ni un centavo en los bolsillos. No alcanzamos dentro de mi casa. Tuvimos que salirnos a la calle porque eran unas 300 personas amigas, vecinas, la mayoría de ellas miembros de la Asociación de Vecinos de Bello Horizonte, la cual me había tocado dirigir en compañía de Guillermo Baltodano Serrano, quien también estaba en la reunión.

Raúl Munguía (recién fallecido en 2003) me llevó un plato de comida, mientras Arnulfo Oviedo se apareció con una cajilla de gaseosa para celebrar el Triunfo de la Revolución Popular Sandinista, de cuya celebración en la Plaza de la Revolución habían llegado casi todos los vecinos de Bello Horizonte.

La primera gran sorpresa que me llevaron los vecinos a la casa, encabezados por Raúl Munguía y Benito Espinoza Henríquez, es que habían rescatado parte de mi primer libro “44 años de dictadura”, el cual fue apropiado por la guardia somocista sanguinaria genocida y tirado a las aguas del Lago Xolotlán.

Parte de este libro fue repartido en las trincheras de combate de la Insurrección de Managua. Varios centenares, al mismo tiempo, fueron escondidos en huecos del Cauce que atraviesa los vecindarios Venezuela, Bello Horizonte y Costa Rica, según me explicó Raúl Munguía.

A mí me entregaron unos 400 ejemplares del libro “44 años de dictadura”, los cuales, según Munguía, habían sido salvados de esa manera, más entierros que numerosos vecinos hicieron en los patios de sus casas.

Esos 400 ejemplares de este libro fueron, de alguna manera, mi salvación económica para los próximos dos meses posteriores a julio de 1979.

Esa misma noche del 20 de julio de 1979, comenzamos a hablar de revivir la Asociación de Vecinos de Bello Horizonte, los Comités de Defensa Civil, fundados en septiembre de 1978  y consolidados en medio de los fragores de los combates libertarios en junio de ese mismo año de 1979.

 

La verdad es que esa misma noche ya hablamos de transformar los Comités de Defensa Civil en Comités de Defensa Sandinistas (CDS), pero no quedó formalizado. Sí fue formal que hicimos un plan de trabajo comunitario, político, ideológico y de orden militar, pues esa misma noche se estaban instalando las unidades militares de los “compas”, “para mantener controlados a los enemigos somocistas”.

 

Efectivamente, organizamos y al mismo tiempo dispusimos de tomarnos una casa, propiedad de un somocista, en la Etapa II de Bello Horizonte. A partir de estos momentos, yo asumí la dirección comunitaria  y política de Bello Horizonte y otros sectores aledaños, porque Guillermo Baltodano Serrano expresó que necesitaba tiempo para dedicarse a realizar proyectos laborales personales.

 

A los pocos días fue oficializado en Managua y todo el país, el nombre de Comités de Defensa Sandinistas, mediante los cuales pasamos a organizar la Vigilancia Revolucionaria, para controlar realmente a los enemigos o adversarios  del proceso revolucionario sandinista.

Poco a poco fue normalizándose la situación general en Managua, y a la vez comenzó a cambiar la cara política de la Ciudad Capital. Ya no andaban los guardias somocistas genocidas sembrando el terror, muerte, desesperación y angustia en las calles de Managua.

 

Ahora, en cambio, empezaron a ser notorios los civiles armados (unos Jefes Guerrilleros, otros Combatientes Populares), todavía en medio de la anarquía natural al ser demolido el Estado y régimen político y militar somocista, engendro criminal genocida del gobierno yanqui en Nicaragua.

Algunos de aquellos guardias genocidas y muchos familiares de éstos, lograron infiltrarse en las filas del Frente Sandinista triunfante y causaban confusión y hasta pánico porque realizaban acciones que mucha gente no podía entender claramente.

 

Poco a poco asimismo se fueron organizando las unidades de la nueva Policía Sandinista, como parte del nuevo Ministerio del Interior. Esta Policía fue instalada en Bello Horizonte, de la Rotonda hacia el Este, un poco después del 25 de Julio de 1979.

En el caso de Bello Horizonte, nos tomamos la casa mencionada, en la cual comenzaron a funcionar los Comités de Defensa Sandinistas, las Unidades de Base del Frente Sandinista y las que fueron Milicias Populares Sandinistas.

Mi casa, la H-II-20, también funcionaba como sede de los tres organismos, así como ocurría desde 1971 para el funcionamiento de la Asociación de Vecinos de Bello Horizonte.

El Diario LA PRENSA había sido bombardeado e incendiado por la guardia genocida del somocismo. Allí desaparecieron, además del archivo general del Diario, un archivo que yo tenía de más de 20,000 fotografías de la Managua de antes y después del Terremoto de 1972.

Casi al mismo tiempo, en pocos días, yo armé una crónica, un relato de los 18 días de heroicos combates en el sector oriental de Managua, antes que nos fuéramos en el hoy llamado “Repliegue Táctico de Managua a Masaya”, para publicarlo en el Diario LA PRENSA.

Mientras tanto, se trabajaba afanosamente para la fundación del Diario BARRICADA, fundado el 26 de Julio de 1979. Las principales fotografías de su portada fueron las que le tomé a doña Angélica González González, cuya familia fue asesinada por la guardia genocida con una bomba de 500 libras lanzada desde un helicóptero al patio de una colonia en que vivían ella y todo su familión en la parte Norte del Barrio Ducualí. Allí murieron siete seres humanos, tres de ellos niños.

Doña Angélica estaba enterrada hasta el cuello, y fue rescatada por socorristas de la Cruz Roja de Managua, los cuales, al mismo tiempo, rescataron numerosos cadáveres de niños y niñas que fueron sepultados por la explosión de la bomba de 500 libras.

BARRICADA también publicó en su primera edición varias fotos mías de distintos aspectos de la Insurrección de Managua y del Repliegue Táctico de Managua a Masaya.

De esa manera, comencé a relacionarme como uno de los fundadores del Diario BARRICADA, Órgano Oficial del FSLN, en el cual trabajé desde su fundación el 26 de julio de 1979 hasta su cierre dramático el 21 de febrero de 1998.

Los primeros jefes en BARRICADA fueron Ignacio Briones Torres, Marcio Vargas y Carlos Fernando Chamorro Barrios, entre otros. Briones Torres, al final, se fue con los liberales arnoldistas; Vargas también anduvo al lado de Arnoldo Alemán Lacayo, y Carlos Fernando cerró filas con los llamados “ramiristas” en 1995.

 

Sin embargo, yo no tenía sueldo. A BARRICADA llegábamos a trabajar voluntariamente en los primeros meses. Cada quien llevaba su comida. BARRICADA se comenzó a imprimir en la antigua rotativa del Diario Novedades, el cual era propiedad de Anastasio Somoza Debayle y había sido fundado por Hernán Robleto Huete, periodista liberal y que fue el primer Ministro del Distrito Nacional, por disposición del tirano Anastasio Somoza García. Robleto Huete, además, fue uno de los ayudantes militares de Benjamín Zeledón Rodríguez cuando éste Héroe Nacional y un grupo de obreros e intelectuales defendieron la patria contra los agresores yanquis y los traidores conservadores en octubre de 1912.

 

Esta imprenta o rotativa estaba ubicada en la Colonia Mántica, de la Estatua de Montoya una cuadra al Norte, una cuadra al Oeste y media cuadra al Sur.

 

Este “rollo” de BARRICADA merece un libro completo, para lo cual no hay espacio suficiente en este trabajo. Sólo me refiriré a aquellos acontecimientos, de alguna manera más importantes.

BARRICADA irrumpió con potencia enorme por la fuerza de la Revolución Popular Sandinista y del gobierno revolucionario. Desde las primeras ediciones salió con más de 50,000 ejemplares diarios, y con frecuencia los tirajes alcanzaban los 120,000 ejemplares diarios, especialmente cuando habían de por medio agresiones militares yanquis o mercenarias de la contrarrevolución yanquisomocista.

 

BARRICADA realizaba cotidianamente un periodismo revolucionario, sandinista, científico, polémico, clasista, distinto al periodismo burgués, oligárquico, tendencioso, desinformador, de diversionismo ideológico, de confrontación en contra de los pobres y de los seres humanos progresistas en general.

 

En los primeros meses después del Triunfo de la Revolución Popular Sandinista, me convertí en fundador del Diario BARRICADA, en cofundador de los Comités de Defensa Sandinistas (“Ojos y Oídos de la Revolución”), en cofundador de las Milicias Populares Sandinistas, en cofundador de Sindicatos de la Central Sandinista de Trabajadores, en cofundador de la Coordinadora Sindical de Nicaragua, en cofundador de Unidades de Base Sandinistas, en cofundador de Batallones de Reserva para defender la Patria agredida por los mercenarios o contras del somocismo genocida, que era lo mismo que decir agresión militar, económica, científica y tecnológica por parte del gobierno criminal de Estados Unidos.

Asimismo, me tocó darle cobertura periodística a la célebre Campaña Nacional de Alfabetización, a partir del 23 de marzo al 23 de agosto de 1980, la cual alfabetizó a más de 500,000 nicaragüenses. Para esta hazaña alfabetizadora del gobierno revolucionario se movilizaron 115,000 estudiantes de secundaria y universitarios, unos 50,000 funcionarios y militares del gobierno revolucionario sandinista, hasta dejar reducido el analfabetismo al 12:30 por ciento.

 

En otras palabras, en poco tiempo, yo andaba en Managua y fuera de la Capital portando libretas de apuntes, lapiceros, grabadora, cámara fotográfica y fusil automático, por si me tocaba defenderme de una emboscada mercenaria.

 

Mientras trabajaba para el Diario LA PRENSA, mis labores periodísticas eran de denuncia cotidiana al régimen somocista genocida. Ahora, al funcionar la Revolución Popular Sandinista, mis labores reporteriles estaban encaminadas a destacar la heroicidad cotidiana de los pobladores más humildes, organizados en Sindicatos, CDS, Cooperativas Agrícolas y Ganaderas, en las Milicias Populares Sandinistas, en los Batallones de Reserva, las labores defensa del Ejército, del Ministerio del Interior, de la Policía Sandinista (“guardianes de la ternura”), las labores de la Junta de Reconstrucción de Managua (sucesora del Distrito Nacional) y de otras Juntas de Reconstrucción de fuera de la Capital; también reportero del accionar de los organizaciones y grupos internacionalistas, tanto en el campo sindical como intelectuales, escritores, combatientes…

 

Le daba cobertura a la Asociación de Niños Sandinistas, a la Asociación de Mujeres “Luisa Amanda Espinoza”, a las Asociaciones de Comerciantes de los Mercados de Managua, al accionar de la Vigilancia Revolucionaria en todos los Barrios de Managua, a las Asambleas de los Comités de Defensa Sandinistas, las Asambleas de los Profesionales sandinistas, a las Asambleas y trabajo de la Central Sandinista de Trabajadores, a las Asambleas y trabajos de la Asociación de Trabajadores del Campo, a los cortes de café, algodón, caña de azúcar, labores en los puertos, en los Lagos Cocibolca y Xolotlán, en los asuntos de las movilizaciones militares, lo que fue conocido como Corresponsales de Guerra.

 

Me tocó, al mismo tiempo, que darle cobertura periodística a las labores cotidianas de la Junta de Reconstrucción de Managua, especialmente cuando ya se convirtió en ministro de la misma Samuel Santos López, quien ha sido uno de los mejores Alcaldes de la Capital.

Samuel Santos López inició lo que se ha conocido como la más extraordinaria participación ciudadana de Managua, pues con este Alcalde se iniciaron las jornadas de trabajo voluntario, las cuales abarcaron movilizaciones masivas (CDS, Sindicatos, Trabajadores de la Salud, Brigadistas Populares de Salud, Milicias, Batallones de Reserva, Unidades de Base Sandinistas, Ejército Sandinista, Policía Sandinista, Trabajadores de la Alcaldía o Junta de Reconstrucción de Managua) para sembrar árboles en toda la Capital, limpiar cauces, tragantes, calles, chapodar predios montosos, por ejemplo.

 

En esa misma época, de 1980 a 1989, me tocó también darle cobertura a los famosos De Cara al Pueblo, que eran los encuentros entre Daniel Ortega Saavedra, ministros y funcionarios del gobierno revolucionario con pobladores barriales, comarcales, con profesionales, maestros, obreros, campesinos, empleados públicos…es decir, la mayor participación ciudadana jamás vista en toda la Historia Nacional, porque en esos “De Cara al Pueblo” se hacían denuncias, peticiones, sugerencias, acusaciones contra funcionarios, y a partir de allí se resolvían centenares de asuntos relacionados a los pobladores en cuanto a educación, salud, asuntos comunitarios, actividades universitarias, asuntos de transporte, discusiones públicas sobre leyes nacionales, concentraciones para ir a los cortes de café y algodón, por ejemplo.

 

Entre los acontecimientos más impactantes en Managua, recuerdo cuando en abril de 1982 fueron fundados los Mercados Carlos Roberto Huembes, Iván Montenegro Báez, Róger Deshón Argüello (en San Judas), Israel Lewites Rodríguez, Ciudad Sandino, la reactivación del Periférico o Jonathan González y del Candelaria o Leonel González.

 

Para entonces, se efectuaban asambleas masivas en prácticamente todos los Barrios y Comarcas de Ciudades, Pueblos, y cañadas del país, porque la Revolución Sandinista había alcanzado un grado de consenso popular jamás presenciado en la Historia Nacional.

 

Le daba cobertura periodística a estos mercados capitalinos, a los ministerio de Salud, Educación, a la Universidades, Centrales Sindicales, Trabajadores de la Cultura, Milicias Populares Sandinistas, Batallones de Reserva, al Ministerio de Recursos Naturales, Asentamientos Humanos Espontáneos, al Ministerio de la Vivienda y Asentamientos Humanos, Juzgados Civiles y del Crimen, Corte Suprema de Justicia

 

 

 

 

Se efectuaban asambleas de consultas, discusiones y aprobaciones sobre diversas e interminables temáticas entre los pobladores y autoridades estatales y municipales, entre otras: Educación, Salud, Defensa armada y organizada de la Patria, Vigilancia Revolucionaria de los Comités de Defensa Sandinistas, asambleas y concentraciones de los Sindicatos, reuniones masivas de las Milicias Populares Sandinistas, entrenamientos también masivos del naciente Ejército Popular Sandinista y de la Policía Sandinista, actos masivos en los cafetales y algodonales, concentraciones o asambleas de productores de todo el país.

Concentraciones de trabajadores, pobladores, comerciantes y técnicos, para realizar jornadas voluntarias de salud, limpieza de cauces y oficinas, puesta en orden de la documentación de las empresas. Y lo principal, por supuesto, era que los trabajadores, pobladores, militares, educadores, científicos, campesinos, ¡todos juntos¡, decidían, en una participación ciudadana jamás vista en la Historia Nacional, qué debían hacer en cuanto a la economía, defensa de la patria, atención a los niños y mujeres, sobre educación, salud, producción agrícola, el transporte, la electricidad domiciliar, en torno al agua potable, e inclusive, demandas para destituir a algún funcionario del régimen revolucionario sandinista.

Como periodista, yo le daba cobertura periodística y tomaba fotos de este accionar cotidiano de los pobladores, lo cual incluía, la vigilancia revolucionaria, para que los enemigos no se burlaran del régimen revolucionario sandinista.

 

Yo era, al mismo tiempo, dirigente comunal y del FSLN en la que se llamó Zona Nueve de Managua. Era, asimismo, secretario general del Sindicato y directivo de la Unidad de Base Sandinista del Diario BARRICADA, directivo nacional y uno de los fundadores de la Unión de Periodistas de Nicaragua, directivo también de la Coordinadora Sindical de Nicaragua (de la cual fui uno de sus fundadores), político de los Batallones de Reserva de la Carretera Norte, entrenador de reservistas en los campos de entrenamientos militar ZINICA camino a Boaco y en la orilla de la Península de Chiltepe (en la orilla Oeste del Lago de Managua), editor de páginas del Diario BARRICADA, etc.

 

En aquellos días duros de la defensa de la Patria revolucionaria sandinista agredida por los mercenarios somocistas, la Central de Inteligencia sanguinaria y genocida; y el gobierno criminal de Estados Unidos, entre 1981 y 1989,  fue común encontrarse, en el ambiente del gobierno revolucionario, con el argumento falaz de los directores de empresas y de medios periodísticos y sus serviles privilegiados, en el sentido de que ellos…”yo no puedo ser movilizado, porque soy indispensable, vital para la producción…”, sí, eso decían, mientras a los que criticábamos algunos desmanes procuraban tenernos movilizados todo el tiempo. Eso me ocurrió a mí en el Diario BARRICADA, donde el director y otros funcionarios, que luego aparecieron enredados con el llamado “ramirismo” o Movimiento de Renovación Sandinista (MRS), argumentaban que ellos era “inmovibles”. Y fueron los primeros traidores al más alto nivel, después que perdimos las elecciones en 1990, porque eran diputados por el FSLN en ese momento (1995) y Sergio Ramírez Mercado había sido miembro de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional y vicepresidente de la República.

 

Debo contar aquí que precisamente me tocó enfrentar solo a este grupo de traidores dentro del Diario BARRICADA, porque casi todos los periodistas y fotógrafos, con excepción única de Carlos Durán Palavicini, cerraron filas con Carlos Fernando Chamorro Barrios, el Director, y sus jefes del MRS, que estaban operando desde la Asamblea Nacional, en virtual alianza con el gobierno conservador, neoliberal, derechista, proyanqui de Violeta Barrios viuda de Chamorro.

 

Yo le sacaba tiempo al tiempo para darle cobertura a las actividades diurnas y nocturnas de obreros y pobladores organizados, por ejemplo, y al mismo tiempo estaba en los sitios de entrenamiento de los Batallones de Reserva, y a la vez participando como Corresponsal de Guerra del Diario BARRICADA en zonas geográficas agredidas por bandidos contrarrevolucionarios.

He dicho que el asunto particular de BARRICADA lo abordaré al detalle en otro libro, ya que la existencia de este Diario revolucionario sandinista fue todo un acontecimiento histórico en el país.

Sólo voy a mencionar algunos rasgos particulares como el asunto de su circulación de casi 150 mil ejemplares cuando se produjo el célebre fallo del Tribunal Internacional de LA HAYA, de las Naciones Unidas, en junio de 1986, el cual condenó a Estados Unidos a pagar 17 mil millones de dólares por su agresión mortal sistemática y destructiva en contra de Nicaragua, la cual volvió a sufrir la pérdida de alrededor de 40 mil vidas humanas, las que se suman a los 50 mil asesinatos y masacres ejecutados por la dictadura sanguinaria genocida del somocismo, organizado, entrenado y sostenido siempre por el gobierno criminal norteamericano.

En los Centros de Entrenamiento Militar de Batallones de Reserva, ya mencionados: ZINICA camino a Boaco y en la orilla de la Península de Chiltepe (Lago de Managua), me tocaba, precisamente, organizar la participación de los reservistas, dirigir las actividades políticas y de capacitación en estas Escuelas Militares del Ejército Popular Sandinista.

Allí dormía yo en hamacas y colchones, o sobre hojas secas,  en los Campamentos camino a Boaco y en Chiltepe, y en la madrugada, a las cuatro y media de la mañana, me tocaba levantarlos, mediante altoparlantes y música romántica,  con aquella canción Un solo corazón, de Roberto Carlos, brasileño.

 

Era frecuente que se nos escaparan reservistas por medio del Canal que llevaba agua del Lago Artificial  de Las Canoas hacia el Ingenio Victoria de Julio. Se iban de noche a la Comunidad de  Las Banderas, donde bebían licor, pachangueaban y luego se regresaban a media noche o en la madrugada, con la complicidad de algunos oficiales del Ejército Popular Sandinista.

 

Supimos el asunto y montamos una especie de emboscada. Los agarramos en “el mero canal” y los llevamos castigados a una celda improvisada.

 

A raíz de esta indisciplina, el Mayor Torres ordenó formación de los reservistas muy de mañana, a las seis, para abordar el tema. Se tiró un “chagüite” “moralistas” en torno a la disciplina militar y política, y estaba en ello, cuando Raúl Munguía, uno de los reservistas, gritó:

“!Permiso para hablar, Mayor Torres!”. Al mismo tiempo, se cuadró y dio un paso adelante. Torres lo quedó viendo desde su tribuna y guardó silencio expectante unos segundos.

-¡Qué quiere, soldado!-,  le respondió Torres.

“Mayor…usted ha dicho que “usemos los canales para toda gestión…¡eso fue lo que hicimos al usar el canal para irnos a dar una divertidita en Las Banderas. Ninguno de nosotros estaba buscando cómo escaparse del Centro de Entrenamiento Militar, Mayor Torres!”.

La ocurrencia de Raúl Munguía causó mucha risa entre todo mundo allí en el Campamento de Zinica, y al final el Mayor Torres dijo que la indisciplina quedaba perdonada y olvidada. No fue reportada oficialmente al Mando Superior.

En otra ocasión, en 1987, se había planeado una práctica de tiro “al blanco”, de noche, contra uno de los cerros de la Península de Chiltepe. En ese lugar teníamos casi un centenar de mujeres entrenándose.

A hombres y mujeres se los colocó “en posición de tiro, boca abajo, en el suelo”. Cada uno (y una) tenían en sus manos un fusil Aka y la orden era de  que se iba “a tirar tiro a tiro”.

El entrenador del Ejército Popular Sandinista, revisó una por una a las mujeres reservistas que estaban ya en posición de tiro. Eran unas 40 mujeres en posición de tiro. También revisó a los hombres, unos 100 en total.

Con la parsimonia acostumbrada, el entrenador se situó en el centro de donde estaban las mujeres en una fila que acostadas tenían parecido a una tabla misteriosa en medio de la noche alumbrada por fogones encendidos a corta distancia.

 

“¡Pongan el fusil bala en boca!”, gritó el entrenador. Casi al unísono, se oyeron los ruidos metálicos producidos por las piezas mecánicas de los fusiles deslizándose, cuando las balas se colocaban en dirección al cañón.

Unas nubes leves de polvo se levantaban en el terreno plano, rodeado de cerros y volcanes de los alrededores en la Cordillera de Chiltepe, que de noche lucía como un gigante negro elevándose por encima del nivel del Lago Xolotlán o de Managua.

 

”¡Apunten al blanco…!”, volvió a ordenar el entrenador del EPS. “¡Qué no se les muevan los fusiles!”, comentó en segundos, mientras con la mirada, acostumbrada a resbalarse hábilmente en la oscuridad, recorrió todos los cuerpos y posiciones de las mujeres, listas para disparar los fusiles.

El entrenador volvió a salir de donde estaba situado. Recorrió a las mujeres nuevamente, de una en una. A los hombres sólo les echó una mirada como de asentimiento, y volvió a fijar su preocupación paciente hacia las mujeres, porque, aparentemente, desconfiaba de que algo inesperado le  podía ocurrir.

Todos los reservistas estaban esperando la orden de disparar. “¡Respiren despacio y tranquilos!”, volvió a comentar el entrenador.

“¡¡”Disparen!!”, ordenó el entrenador, al mismo tiempo que se lanzaba de rodillas al suelo.

Se produjo un diluvio de tiros al mismo tiempo, lo cual ocasionó un eco interminable en los bosques y cerros montañosos de la Península de Chiltepe.

Y repentinamente, ¡!uno de los fusiles estaba disparando en ráfagas¡¡

 

Efectivamente, una de las mujeres, una que estaba en el centro del grupo, tenía en ráfaga el fusil, el cual no soltaba y, además, el mismo fusil iba haciendo un giro hacia a la izquierda, montado en un trípode pequeño.

 

Se produjeron gritos de terror y carreras hacia distintos rumbos. Yo me tiré al suelo y el entrenador hizo lo mismo, pero al mismo tiempo con la agilidad de una gacela que se desliza como una serpiente, llegó veloz hasta donde estaba la mujer con el fusil vomitando balazos casi al ras del suelo.

 

Se tiró sobre la muchacha, porque era una joven, logró separarla del fusil y le desactivó el mecanismo de ráfaga. Todos los que estábamos esa noche en el polígono de tiro, estábamos realmente asustados.

Inmediatamente, el entrenador dijo que la culpa en gran parte era suya, porque no había revisado detenidamente cómo estaban los fusiles de cada uno (y una) de los reservistas que practicaban tiro al blanco al pie de la Cordillera de Chiltepe, guardián eterno del Lago Xolotlán o de Managua.

Los reservistas, especialmente las mujeres, pasaron comentando jocosamente y con risotadas este suceso toda esa noche y en los días posteriores. “!Esta maje… nos pudo matar a todos…sólo imaginate si el entrenador no ha logrado detener la ráfaga del fusil¡, eran los comentarios más comunes.

Era común, cotidiano, que como periodista capitalino en el Diario BARRICADA, desde 1980, estuviera como enfrentado todos los días a sucesos relacionados con la economía cotidiana de los mercados, de la producción agrícola, las agresiones militares yanquis-mercenarias-somocistas, al bloqueo económico gringo en contra de Nicaragua, las masacres ejecutadas por contrarrevolucionarios somocistas en poblados aislados del país, el llamado “agiotismo”, las filas para obtener comida, medicinas, utilaje escolar, atención médica, para abordar los autobuses, todo en orden mientras había empleo seguro, educación y salud gratuitas a pesar de las agresiones militares criminales de Estados Unidos y sus lacayos locales, calificados como traidores por el gobierno revolucionario sandinista.

 

Al mismo tiempo, debía atender asuntos culturales, la corresponsalía de guerra en las montañas, poblados y ciudades, los actos políticos de miembros de la Dirección Nacional del FSLN y de funcionarios del gobierno y organizaciones de masas como la CST, las asambleas sindicales y de pobladores, reportajes especiales de la producción de cooperativas agrícolas, las actividades productivas de mujeres, obreros fabriles y campesinos cooperados, las entregas de tierras en Reforma Agracia, la distribución de lotes y casas en colonias y repartos nuevos, operativos secretos como los cambios de moneda, los la Operación Danto, por ejemplo; las movilizaciones militares masivas para disuadir a los gringos de que no se metieran al país, los ordenamientos del Mercado Oriental, las limpiezas en todos los Mercados de Managua (escribí un libro sobre estos Mercados capitalinos)…

En medio de estas febriles transformaciones de la Revolución Popular Sandinista, con su funcionamiento de nuevas instituciones estatales, con una Managua cambiada, ahora llena de árboles y con una Alcaldía más ágil; llegamos a 1987, año inolvidable para mí porque hicimos aquel famoso desfile militar en la orilla del Malecón del Lago de Managua, donde desfilé como jefe político de Batallones de Reserva de la Carretera Norte, al mismo tiempo que nos desplazamos, en despliegue militar, del Aeropuerto Augusto C. Sandino hacia el Este, en práctica por si acaso los yanquis osaban invadir en mayor escala el país, mientras, al mismo tiempo, se negociaba con los jefes contrarrevolucionarios ( o mercenarios de la Agencia Central de Inteligencia yanqui) y sus jefes de la CIA y del Departamento de Estado de Estados Unidos.

 

Después de esto, se registraron la Operación Danto y las Conversaciones de Paz en Esquipulas (Guatemala), para ponerle fin a la agresión militar yanqui-mercenaria-somocista, en la cual anduvieron directamente involucrados sujetos como Edén Pastora Gómez, quien inicialmente hizo papel de “revolucionario”, que en realidad siempre ambicionó propaganda política para él como cualquier ególatra burgués.

 

Acudí a darle cobertura a numerosas agresiones militares contrarevolucionarias mientras se efectuaban las conversaciones finales de Sapoá, donde realmente se produjeron las victorias diplomáticas finales del Frente Sandinista contra sus agresores yanquis, quienes son, realmente, los agresores del país desde 1852 cuando llegó William Walker para hacerse “presidente esclavista” y trabajar el proyecto político y militar de construir lo que él y su pandilla de bandidos terratenientes esclavistas del Sur, llamaron “Imperio del Círculo Dorado”, el cual incluía apoderarse de todo México, toda Centroamérica, las Antillas Caribeñas, Panamá y parte de Colombia. Desde entonces nos vienen agrediendo. Lo de la década de 1980 a 1990 es parte de esa dinámica criminal del régimen imperialista genocida y agresor de Estados Unidos.

Era evidente que esa guerra sucia impuesta por el gobierno criminal de Estados Unidos a Nicaragua deterioró el consenso logrado por el Triunfo de la Revolución Sandinista. Las madres, arrastradas por la propaganda manipuladora y perturbadora de Estados Unidos y la extrema derecha local (al servicio de la CIA y del Departamento de Estado gringo), eran las que más protestaban en silencio o abiertamente contra la movilización de sus hijos jóvenes al Servicio Militar Patriótico, más resentimientos acumulados por maltratos a pobladores en general, especialmente en lo relacionados al asunto del comercio de alimentos como la carne de res, productos como azúcar, frijoles, carne de pollo, queso, cuajadas, etc.

 

Fui uno de los que más padeció en silencio la madrugada del 26 de febrero de 1990 cuando se conoció que el Frente Sandinista de Liberación Nacional había perdido las elecciones, debido, precisamente, a la campaña sucia y criminal que le fue montada por organismos oficiales de la CIA, del Departamento de Estado y del Pentágono (Ministerio de Agresiones militares de Estados Unidos), lo cual ha sido una constante del gobierno criminal norteamericano, el que acumula, al 2005, 252 agresiones militares a otros países lejanos a sus fronteras, con un rédito negativo de 23 millones de muertos (asesinatos, genocidio), más los robos descarados de recursos naturales como petróleo, oro, madera, otros metales. De esa misma forma fuimos agredidos nosotros, hasta ocasionarnos pérdidas por 17 mil millones de dólares, los cuales fueron “perdonados” por Ña Violeta Barrios viuda de Chamorro, la presidenta progringasomocista-conservadora-neoliberal a partir del 90, con la “bendición” del gobierno de Estados Unidos.

 

Ese día y noche de las elecciones de del 25 de febrero de 1990, me tocó darle cobertura periodística a centenares de centros de votaciones en Managua, donde ya a la una de la mañana del 26 era notorio que habíamos perdido las elecciones, revolcados por el miedo, el pánico a la guerra impuesta a la gente humilde por los jefes asesinos del gobierno criminal de Estados Unidos y sus lacayos locales, es decir, los vendidos, los vendepatrias miserables como Emiliano Chamorro Vargas y José María “Chema” Moncada Tapia.

 

A partir de ese momento, abril de 1990, comenzó una nueva etapa para quienes siempre defendimos la Revolución Popular Sandinista sin vacilaciones, sin búsqueda de privilegios, sin persecusión de cuotas de poder o de la “mielita” o “lechita” que significaba el poder del gobierno revolucionario del Frente Sandinista. En mi caso personal, nunca acepté cargos de relevancia más allá de las labores de periodista, fotógrafo y editor de páginas del Diario BARRICADA, en el cual laboré desde su fundación hasta el día de su cierre oficial el 21 de febrero de 1998.

Esa misma madrugada del 26 de febrero de 1990, comenzamos a presenciar “el desparpajo”, el pánico de algunos dirigentes sandinistas acomodados, los “indispensables”, los que no podían movilizarse a la defensa militar de la Patria agredida, porque eran “indispensables en la producción” (¿¿??) que comenzaron a lanzarse del barco de la Revolución Popular Sandinista, como cuando las ratas abandonan la embarcación ante el peligro de naufragio.

Recuerdo que comenzaron las famosas movilizaciones, tomas de carreteras y calles en Managua, León, Chinandega, Masaya, Granada, Sébaco, tomas de fincas, cooperativas, unidades militares, porque el nuevo régimen de Ña Violeta Barrios viuda de Chamorro había iniciado el desmantelamiento de más 500 empresas estatales, cuya organización portaba, de alguna manera, el espíritu de la Revolución Popular Sandinista.

Ña Violeta Barrios viuda de Chamorro decidió lanzar de sus empleos a más de medio millón de nicaragüenses que estaban ubicados laboralmente en empresas estatales, en el Ejército Popular Sandinista, en el Ministerio del Interior, en la Policía Sandinista, en Educación de Adultos; mandaron a despedir a todos los técnicos de la Alfabetización, personalmente Humberto Belli Pereira (ministro de Educación ultrarreaccionario y muy devoto de las Tres Divinas Personas), el archiladrón de Arnoldo Alemán Lacayo ordenó la desarticulación de empresas y despidió a centenares o miles de trabajadores sandinistas de la Alcaldía de Managua, donde asimismo fue desarticulado el Sindicato Único Héroes y Mártires de la Alcaldía de Managua, fue desmantelado y desaparecido el Museo de la Alfabetización, Alemán Lacayo desencadenó una campaña sucia de difamación en contra de todo lo que tuviera color y olor sandinista, con el apoyo de sus compinches oligarcas, de terratenientes reaccionarios, de obispos también bandidos y reaccionarios y el respaldo yanqui o gobierno criminal de Estados Unidos, el agresor permanente de Nicaragua y de centenares de pueblos en el mundo.

 

Estos enfrentamientos se producían mientras se firmaban los Protocolos de Transición, mientras al mismo tiempo se despojaba de sus tierras, lotes y casas a 350 mil familias pobres, beneficiadas por el régimen revolucionario mediante la Reforma Agraria y Reforma Urbana, al amparo de las Leyes 85, 86 y 88, emitidas por el régimen revolucionario al darse el cambio de gobierno entre febrero  y abril de 1990.

 

Se produjeron los enfrentamientos con los trabajadores de las empresas estatales desmanteladas, que exigieron se les diera  el 25 por ciento de las propiedades mediante la Concertación Económica y Social, Fases I y II, firmadas el 26 de octubre de 1990 y 13 de agosto de 1991.

Esto fue conocido después como el Área Propiedad de los Trabajadores (APT), lo cual era torpedeado y saboteado por los sectores más reaccionarios del país, entre otros, don Arnoldo Alemán Lacayo, quien, al mismo tiempo, se dedicaba a organizar su Partido Liberal Constitucionalista con recursos financieros y el poder de la Alcaldía de Managua, atrapada por él personalmente porque varios concejales (electos por primera vez en 1990, conforme la Ley de Municipios, aprobada en 1988) se vendieron a este connotado corrupto, que llegó a ser uno de los presidentes más corrompidos de América Latina y del mundo.

 

Estos enfrentamientos populares con el nuevo régimen proyanqui, jefeado por Ña Violeta Barrios viuda de Chamorro y su yernazo Antonio Lacayo Oyanguren, eran seguidos de cerca, periodísticamente, desde el Diario BARRICADA, donde además de mis obligaciones reporteriles cotidianas, tenía yo a mi cargo una página llamada La Capital, la cual se publicaba todos los lunes.

En esta página La Capital y otros espacios del Diario BARRICADA ya se denunciaban las prácticas corrompidas, de robos, de saqueo, de desvío de fondos por parte de don Arnoldo Alemán Lacayo, quien comenzó sus “malandrinadas” con los Stiker de rodamiento, con el llamado “Ticomazo”, el Parqueo del Estadio Rigoberto López Pérez, con los vehículos refaccionados traídos por Byron Jerez Solís desde Miami, Estados Unidos, hasta que, finalmente, mandó a que don Arturo Harding le “lavara” todo lo robado en la Alcaldía.

Como yo era uno de los principales denunciadores de esos robos, entonces don Alemán Lacayo y su pandilla, entre otros, Roberto Cedeño Borgen, Julio Morales González, Clemente Guido Martínez, Yamileth Bonilla Madrigal, Medardo Umaña Traña, Adolfo Torrez Romero, Adolfo Brenes Mejía, Julio Espinal Sandino, José Antonio Jiménez López, Miriam Fonseca López, Gloria Orozco Quijano y Virginia Orozco Cruz, concejales serviles todos, inventaron que yo fui uno de los “jefes” de la quema de instalaciones de la Alcaldía de Managua el 10 de noviembre de 1991, y me acusaron de  terrorismo y asonada.

 

Ese día de la quema de la Alcaldía, precisamente, estaba yo preparando mi página de La Capital. Es decir, no estuve ni en los alrededores de la Alcaldía, ubicada en el Centro Cívico “Camilo Ortega Saavedra”.

Alemán Lacayo, Alcalde pútrido y saqueador de la Comuna capitalina, y su pandilla de concejales vendidos, llegaron a sostener que los “jefes” de la quema de la Alcaldía, eran el Comandante Daniel Ortega Saavedra y yo, quien supuestamente fui visto dirigiendo el incendio en el “Edificio H” y en el Plantel “Los Cocos”, dedicado a la Limpieza Pública del casco urbano de Managua.

 

Dijeron tener en su poder una filmación que reflejaba de “manera inobjetable” que yo andaba dirigiendo los grupos que quemaron la Alcaldía de Managua en esos primeros días de noviembre de 1991. ¡Nunca mostraron nada¡ porque ciertamente no tenían con que probar nada!, porque sencillamente jamás estuve allí al momento de ese incendio en la Comuna capitalina.

El colmo de todo este asunto es que Clemente Guido Martínez hasta escribió un folleto sobre esos sucesos, en el cual afirma descaradamente que yo lo llamé por teléfono–antes del incendio—para amenazarlo y amenazar con prender fuego, y que además al ratito me vio (¿¿??) jefeando a grupos en el Centro Cívico “Camilo Ortega Saavedra”, allí frente al llamado Centro Comercial ZUMEN.

El corrupto mencionado, don Arnoldo Alemán Lacayo, me mandó a echar preso, argumentando, precisamente, que yo había jefeado la quema de la Alcaldía de Managua.

 

Estaba yo al día siguiente, precisamente, escribiendo la página La Capital, a las dos de la tarde, cuando llegaron dos patrullas de la Estación III de la Policía, con varios oficiales al mando, a traerme preso.

Tanto el director del Diario BARRICADA, como el resto de trabajadores y yo, creíamos que era de “cortesía” la visita de la Policía esa tarde. Pasaron adelante como cualquier visitante, y ya estando dentro de las instalaciones del Diario BARRRICADA, en Camino de Oriente, los oficiales dijeron que llegaban en mi busca, para llevarme detenido.

 

Los oficiales me comunicaron que por acusaciones directas del Alcalde Arnoldo Alemán Lacayo me llegaban a traer detenido. “Ya fueron detenidos otras once personas”, me comunicó uno de los oficiales de la Estación III de la Policía, cuyo jefe en ese entonces era el Subcomisionado Ernesto “Tito” Zamora.

Me montaron a una de las dos patrullas y me llevaron ante Zamora, quien me confirmó las acusaciones de terrorismo y asonada en mi contra. “Yo sólo cumplo con mi deber de policía…me disculpa, compañero Barreto”, me dijo Zamora.

Me condujeron a una celda, de donde me sacaron varias horas después para que fuese a declarar ante un oficial de apellido Castillo, quien, según supe después, era un amigo solapado de don Arnoldo Alemán Lacayo.

“¿Quiénes anduvieron con vos en la quema de la Alcaldía?”, me incriminó Castillo. “No he participado en la quema de la Alcaldía de Managua”, le respondí agregándole con lujo de detalles en qué lugares había estado dentro de las instalaciones del Diario BARRICADA, todo el día, elaborando, precisamente, la página La Capital.

 

Los oficiales de la Policía corroboraron que yo había estado todo el día en las instalaciones del Diario BARRICADA y que nisiquiera había salido a recoger noticias a la calle, a pesar de que yo le daba cobertura periodística a la Alcaldía, lo que venía haciendo en mis labores periodísticas cotidianas desde 1970, año en que comencé a laborar en el Diario LA PRENSA, donde laboré como periodista y fotógrafo desde enero de 1970 al  nueve (9) de junio de 1979. Otros reporteros y fotógrafos fueron enviados a la cobertura cuando estalló la quema de la Alcaldía.

 

Me dejaron preso en una de las celdas de prisión preventiva, donde dormí esa noche. Al siguiente día, los altos mandos de la Policía me decretaron casa por cárcel, con prohibición de salir fuera de la vivienda, y la advertencia de que oficiales de la Policía estarían llegando a comprobar si estaba o no estaba dentro de la habitación en el kilómetro once y medio de la Carretera Sur.

“Ordenan arrestar a PEB”, decía el titular principal de BARRICADA al siguiente día. El asunto de mi prisión por la quema de la Alcaldía se mantuvo varios días en la portada del Diario BARRICADA, medios noticiosos radiales, en El Nuevo Diario y en el Diario LA PRENSA.

Recuerdo que en El Nuevo Diario hasta publicaron cuentos sobre mis relaciones tensas con don Arnoldo Alemán Lacayo.

Finalmente, los once presos y yo salimos por amnistía el 23 de diciembre de 1991.

Con cinismo muy particular, Alemán Lacayo quiso disculparse en público mientras se realizaba una sesión del Concejo Municipal, que él presidía mañosamente.

A lo interno del Diario BARRICADA, mientras tanto, se gestaba el futuro comportamiento político del grupo de los llamados “ramiristas”, o MRS, encabezado allí por Carlos Fernando Chamorro Barrios, el “director de siempre”.

 

A mí me sorprendieron con lo que llamaron “periodismo profesional”, que inicialmente fue presentado como un sistema metodológico para mejorar el trabajo periodístico profesional.

Pronto salieron las “uñas escondidas”, pues en realidad se le quitaron al Diario BARRICADA lo de “Órgano Oficial del Frente Sandinista”, ya no lucía la bandera rojinegra y al final se buscaba, aparentemente, distanciamiento de la Asamblea Sandinista Nacional y de la Dirección Nacional del Frente Sandinista.

 

Debo confesar que inicialmente caí en la trampa y hasta me contrapunteé en una reunión con el Comandante Daniel Ortega Saavedra.

Muy pronto entramos en contradicciones, pues al mismo tiempo sentía yo que el Comité de Base Sandinista de BARRICADA se reunía con fines diferentes a los intereses del FSLN, o no se reunía del todo, cada vez se hablaba más de “volver a las mayorías”, asunto cada vez más incoherente, porque este grupo se alejaba del Sindicato local, de los pobladores y de las mismas organizaciones oficiales del Frente Sandinista.

 

Mientras tanto, yo como periodista comprometido me veía comprometido directa y abiertamente en la defensa de centenares de miles de pobladores que estaban siendo demandados judicialmente y desalojados violentamente de sus lotes, tierras y viviendas, en ocasiones masivamente, como ocurrió a inicios de 1994 en las cercanías de los que fueron los “Autocinemas” de Managua, ubicados en el lado Sur de la Colonia Centroamérica y por el lado Este del llamado “Camino de Oriente”.

Desde 1991 yo estaba viviendo en uno de los seis (6) Apartamento del Kilómetro 11 Sur, que habían sido propiedad de doña Angélica Argüello.

En estos Apartamentos vivieron temporalmente revolucionarios salvadoreños, alemanes y nicaragüenses, entre otros, la nefasta y malvada jueza Ruth Chamorro Martínez, quien al final fue clave en el desenlace trágico de mi estadía en el Apartamento No. I, ubicado exactamente en la entrada.

Por sus pleitos con los inquilinos, la anciana mencionada fue intervenida por el Ministerio de la Vivienda y Asentamientos Humanos en la época del gobierno revolucionario sandinista.

Como no aceptaba negociaciones, le impusieron que fuese a retirar los valores de los alquileres por los seis Apartamentos en la Caja del Ministerio de la Vivienda y Asentamientos Humanos, cuando todavía estaba allí el compañero Perfecto Arróliga Flores (ya fallecido).

 

Doña Angélica falleció fuera del país un poco después de 1990. Entonces, el “vivián” de su supuesto nieto, Frutos Chamorro Argüello, un consumidor de drogas, pendenciero, pelo rojizo y con aspecto de gringo fascistoide, y presunto amigo personal de don Arnoldo Alemán Lacayo, inició sus intentos armados de apoderarse de los Apartamentos del Kilómetro 11 de la Carretera Sur, en el Municipio de Managua.

Primero se presentó exhibiendo pistolas y escopetas y amenazando con sacarnos a tiro limpio si no nos íbamos de los  Apartamentos. Repitió estos actos amenazantes, a finales de 1993, ya con fusiles Aka 47, más la compañía de distintos hampones que le acompañaban, con la finalidad de intimidarnos.

Yo nunca estuve presente cuando este sujeto llegó y no tuve el privilegio de conocerlo personalmente. Como no le funcionó la intimidación con armas de fuego, entonces se buscó otros “compinches” para acusarnos por “comodato precario” en tres juzgados civiles, dirigidos por jueces venales: Encarnación Castañeda, Vida Benavente y Ruth Chamorro Martínez; contra esta última pesaban, en ese momento, no menos de 30 quejas por abusos diversos en la Corte Suprema de Justicia.

Frutos Chamorro Argüello sostenía que era el “nieto heredero” de la antigua propietaria de los Apartamentos, lo cual, por supuesto, no pudo demostrar, y tampoco pudo demostrar el tal “comodato precario”, pues los inquilinos venían pagándole al Ministerio de la Vivienda y Asentamientos Humanos desde hacía varios años, y ese dinero lo recibía doña Angélica Argüello.

En febrero y marzo de ese año 1994 hubo centenares o miles de desalojo con violencia estatal y judicial, pues los lanzamientos de gente humilde de sus lotes, casas y tierras eran protagonizados por jueces venales al servicio de somocistas y “vivianes” como Frutos Chamorro Argüello, jueces y juezas venales como la Chamorro Martínez y agentes policiales que cumplían órdenes de sus jefes, específicamente de Fernando Caldera Azmitia, quien fungía como Director de la Policía Nacional.

Entre las víctimas de intentos de desalojo estábamos los habitantes de los Apartamentos mencionados, que por cierto son de construcciones de madera, muy viejas.

Por supuesto, el objetivo fundamental del desalojo era yo por andar defendiendo a miles de víctimas y defendiendo al mismo tiempo a las seis familias de los Apartamentos del Kilómetro Once Sur.

La jueza Chamorro Martínez y Frutos Chamorro Argüello hicieron varios intentos de desalojo en el mes de marzo de 1994, lo que motivó que dirigentes del Movimiento Comunal Nicaragüense (nacional) y dirigentes sandinistas de las Carretera Sur y Carretera Vieja a León, inclusive de la Ciudad de Diriamba, se movilizaran hasta los Apartamentos del Kilómetro Once Sur para impedir el desalojo.

 

Y efectivamente, se rechazó el desalojo en varias ocasiones.

 

Sin embargo, el 14 de abril de 1994, la jueza Ruth Chamorro Martínez, Frutos Chamorro Argüello, Henry Núñez Abarca y Juan Pablo Rivas Castro, se presentaron al Kilómetro 11, a las cinco de la tarde, con 180 hombres, algunos armados y otros desarmados, en camiones de mudanza y camiones con trailers, sin agentes policiales, con el fin de hacer ellos por su cuenta el desalojo que tanto habían planeado cuidadosamente con Arnoldo Alemán Lacayo, según se pudo conocer después.

 

Al parecer, el plan era desalojar y robar, pues llegaron, como queda expresado con camiones y 180 sujetos, todos fuera del control de la Policía Nacional.

Llegaron frente a los Apartamentos, se bajaron, se dividieron en dos grupos: uno dirigido personalmente por Henry Núñez Abarca y el otro por Juan Pablo Rivas Castro, mientras la jueza Ruth Chamorro Martínez y Frutos Chamorro Argüello se ubicaron en la puerta de entrada con radiocomunicadores en las manos, dando órdenes y dirigiendo todo el operativo de desalojo e incendio en el Apartamento No. I.

 

Efectivamente, se dirigieron al Apartamento No. I, donde –relatan testigos—personalmente Núñez Abarca y Juan Pablo Rivas Castro  me buscaban y gritaban que me encontraran para matarme.

Dentro del Apartamento No. I estaban mi esposa Anabelle Barrera Argueta, mi hija Sofana Orquídea, de apenas ocho meses; mi suegra Ercilia Argueta Cruz, Iván Ramírez Barrera y  la trabajadora doméstica Marcia Cabrera Lacayo.

 

Núñez Abarca y Juan Pablo Rivas Castro, dirigidos por Frutos Chamorro Argüello y la misma jueza Chamorro, rompieron las puertas de entrada, mientras Anabelle buscaba cómo salvar a la niña y a los demás.

 

Con gestos y vociferaciones, Anabelle Barrera Argueta logró salir por el frente, mientras Iván Ramírez Barrera lanzaba por el aire, por encima de una malla, a Sofana para que otro niño la agarrara en el aire en el patio vecino del lado Norte, en un taller de mecánica.

Mi suegra Ercilia Argueta Cruz y Marcia Cabrera Lacayo lograron salir por pasillos traseros, mientras, en segundos, casi al mismo tiempo, Henry Núñez Abarca y Juan Pablo Rivas Castro, prendían fuego con gasolina en el interior del Apartamento No. I, en que yo habitaba con mi familia.

El fuego consumió rapidísimo las instalaciones viejas de este Apartamento No. I y dañó parcialmente el lado Oeste del Apartamento No. II, que era habitado por Julio y Cecilia.

 

 

Estaba yo en la Redacción del Diario BARRICADA cuando recibí una llamada desesperada de Anabelle, mi esposa, en la cual sólo me decía que centenares de hombres desconocidos se estaban metiendo a la casa.

Sólo atiné a llamar al Puesto de Mando nacional de la Policía, de donde movieron a decenas de agentes, los cuales todavía lograron capturar a 48 de los hombres que habían llevado Ruth Chamorro Martínez, Frutos Chamorro Argüello, Henry Núñez Abarca y Juan Pablo Rivas Castro, para que desalojaran y prendiera fuego al Apartamento No. I, situado en el Kilómetro Once Sur.

Yo me movilicé en el automóvil que tenía entonces. El tráfico se paralizó por completo en la Carretera por el incendio. Yo sólo pude llegar a media subida del kilómetro nueve y medio Sur, donde dejé el automóvil y me fui a pie.

Cuando llegué, un poco después de las cinco y media de la tarde de ese 14 de abril de 1994, el incendio estaba casi concluyendo, todo estaba quedando en cenizas. La Policía tenía a 48 detenidos en el patio del Norte, mientras la juez Ruth Chamorro Martínez, Frutos Chamorro Argüello, Henry Núñez Abarcas y Juan Pablo Rivas Castro, los jefes incendiarios, habían ya huido del escenario del crimen incendiario planificado, según se dijo después, en los locales de los Juzgados de Managua.

 

Encontré a Anabelle, a Sofana, mi suegra, Iván y Marcia Cabrera Lacayo en uno de los predios montosos del Este de los Apartamentos, pues la Policía y los Bomberos tenían “tomado”, todo el sector del Apartamento No. I, más el patio Norte del Taller mecánico mencionado.

 

Los jefes policiales, agentes de la Estación III de la Policía y especialistas de la Dirección de Bomberos (SINACOI), pasaron toda la noche interrogando a vecinos y recogiendo pruebas de aquel incendio que conmovió a todo el país por sus características hamponescas y de revancha política derechista, como nunca antes visto ni con el accionar de la guardia sanguinaria genocida del somocismo.

Entre las pruebas encontradas, bomberos y policías recogieron muestras de combustible en uno de los puntos en que comenzó el fuego, más botellas llenas de combustible, conocidas como “bombas molotov”.

Estos hallazgos mostraron que el incendio del Apartamento No. I fue planeado cuidadosamente. Sin confirmación oficial en el juicio se pudo conocer que el desalojo e incendio fue planeado en uno de los Juzgados de Managua con la presencia supuesta de don Arnoldo Alemán Lacayo.

Pronto, muy pronto, se hizo notoria la protección de que gozaban los incendiarios, pues el jefe de la Policía, Fernando Caldera Azmitia, hizo la pantomima descarada de que buscaban a los tres jefes pirómanos en Managua, León, Chontales, Boaco, etc.

 

Mientras tanto, se pudo establecer que los tres jefes criminales llegaban, por ejemplo, a la Estación V de la Policía, donde contaba con “protectores”, y se había confirmado plenamente que Frutos Chamorro Argüello permanecía en su casa de Las Colinas, que Juan Pablo Rivas Castro seguía jefeando a su grupo de CPF  en “Los Altos de Santo Domingo”, en las Sierritas de Managua, y que Núñez Abarca andaba libre en las calles de Managua, o moviéndose muy “campante” en centros comerciales y productivos agrícolas de Nueva Guinea, al Este del país.

Fuimos a declarar, en calidad de acusadores, todos los perjudicados por el crimen incendiario, especialmente Anabelle y yo; los vecinos del Kilómetro Once también; se describió cómo llegaron los cuatro jefes criminales de este incendio infame, se contó cómo fue visto el pavoroso incendio, qué y cuántos fueron los daños provocados, los cuales ascendieron a más de 100 mil córdobas en bienes materiales personales, sin incluir el valor del inmueble (es decir, las instalaciones del Apartamento No. I).

 

Insisto se sabía, se supo con precisión dónde estaban los jefes criminales, pero no fueron capturados ninguno de ellos, ni castigada la malvada jueza Chamorro Martínez, quien también actuó como jefa del incendio, a pesar de una ola de protestas en su contra en esos días, especialmente de periodistas, abogados, miles de pobladores y hasta editoriales de medios de comunicación masiva.

 

Hasta se dijo, al revés, que un jefe policial más bien recibía sacos de carne del matadero de Nandaime, donde laboraba Frutos Chamorro Argüello, para que nadie pudiera localizar a los criminales mencionados.

Estos criminales no cayeron presos, no fueron condenados conforme leyes penales del país, a pesar de que se presentaron miles de toneladas de pruebas en su contra, y al final, la jueza me mandó los expedientes, todos sin las condenas correspondientes que debieron emitir en sus juzgados.

Los 48 detenidos en el patio Norte por la Policía, en el taller de mecánica, fueron puestos en libertad, porque, se argumentó, que habían sido engañados por los tres incendiarios. Se afirmó que les habían ofrecido 100 córdobas “por ir a hacer un traslado”.

¿Qué pasó? ¿Por qué tanta impunidad en este caso del incendio al Apartamento No. I, donde casi queman a mi hija Sofana (entonces de ocho meses), a mi esposa Anabelle y demás miembros de la familia.

El caso quedó en la más completa impunidad, como han quedado otros casos en que se atropellaron los derechos de los pobladores, o de familias enteras en cualquiera parte del país.

Yo seguiré denunciando al sistema opresor, responsable de estas impunidades brutales y cotidianas. ¿Cómo explican en los Juzgados, en el Tribunal de Apelaciones de Managua, en la misma Policía y en la Corte Suprema de Justicia que no haya habido ni sentencias ni condenados en este caso de este incendio criminal tan sonado en el país?

En el lote en que estuvo el Apartamento No. I  ubicamos a una familia sandinista, mientras nosotros nos trasladamos a vivir a la Colonia del Periodista, donde ya tenía derecho a lote y casa, conforme un acuerdo de la Unión de Periodistas de Nicaragua, quien recibió un proyecto de construcción de casas para periodistas sandinistas por parte del gobierno revolucionario sandinista.

 

En esos días anduvimos rodando donde amigos, entre otros, en la casa de Carlos García Castillo, de donde tuvimos que salir porque las relaciones se “agriaron” con la familia que nos dio lugar y sombra en su vivienda del “Reparto Planetarium”, ubicado en el Kilómetro 15 de la Carretera Vieja a León.

 

“Para colmo de males”, el director de BARRICADA, Carlos Fernando Chamorro Barrios, me ofreció una casa prefabricada, de las que se estaban usando para los premios de un famoso álbum histórico de esos días, para que yo repusiera la casa quemada.

¡Vaya sorpresa¡ La casa ya se la había regalado Max Kreiman, el gerente, a uno de sus amigotes. Inclusive, ya la tenía instada en las cercanías del Autocinema, al Este del Camino de Oriente. O sea, ¡nada de casa¡

Sin embargo, la solidaridad conmigo y mi familia fue inmensa. Algunos hasta se aprovecharon de esa solidaridad, pues, por ejemplo, a la Nueva Radio Ya me llevaron cinz y madera, la cual de allí fue retirada por desconocidos.

En esos días me regalaron ropita para mi hija, para Anabelle y para mí, un colchón grande, dinero en efectivo, lo cual me permitió comprar algunas cositas indispensables para la vida cotidiana.

 

Sobre este episodio infame del incendio de mi casa en el Kilómetro Once Sur he escrito otro libro, en el cual relato detalladamente todo lo que pasó desde que Frutos Chamorro Argüello inició su ofensiva malvada, infame, mentirosa, tramposa, para sacar a las seis familias de los Apartamentos Argüello.

Casi al mismo tiempo, como es sabido, creció la crisis con el llamado “grupo de los ramiristas”, la cual explotó en 1995. Me tocó prácticamente solo enfrentarlos en la Redacción del Diario BARRICADA.

Este grupo estaba integrado, mayoritariamente, por los periodistas y algunos fotógrafos. Es decir, entre los trabajadores comunes no tenían ninguna base. Recuerdo cuando llegaron en grupo, al momento de estallar la crisis, adonde yo estaba escribiendo en la Redacción del periódico. Me acusaron, me incriminaron, me dijeron hasta cobarde por no seguirles, precisamente, su cobardía, pues hasta salieron diciendo que no debíamos pelearnos con los yanquis genocidas.

Para entonces, el Diario BARRICADA enfrentaba una crisis financiera profunda, debido al saqueo a que estuvo sometido en estos últimos años de enfrentamiento con la derecha, henchida de soberbia por el respaldo que les estaban dando desde los centros de poder del gobierno criminal de Estados Unidos.

A raíz de esta crisis, asumió la Dirección de BARRICADA Lumberto Campbell, miembro de la Dirección Nacional del Frente Sandinista. Con él, llegaron al mismo tiempo Julio López Campos y William Gribsby Vado, miembros de otro grupo que ha tenido contradicciones con la estructura superior oficial del FSLN.

Me tocó darle cobertura, nuevamente, a las elecciones nacionales en 1996, cuando decenas de miles de boletas aparecieron en cauces, potreros, caminos, barriles, solares baldíos, lo cual mostraba cómo Alemán Lacayo y su pandilla habían llevado a cabo el fraude electoral, para “ganarse” las elecciones.

A pesar del fraude, el FSLN  ganó 52 Alcaldías.

A lo interno de BARRICADA, la crisis financiera continuó acentuándose. Se hizo cargo de la Dirección el Comandante Tomás Borge Martínez, en 1997, con el fin de buscar su salvación frente a una agresión cuidadosamente planificada de quitarle anuncios y posibilidad de financiamiento para que sobreviviera.

En esta nueva etapa se pusieron a prueba los intelectuales (periodistas) que se decían “militantes probados del Frente Sandinista”.

La crisis subió y subió de nivel, hasta que llegó el momento en que no había dinero para seguir sosteniendo el célebre Diario BARRICADA, “otrora Órgano Oficial del Frente Sandinista de Liberación Nacional”.

Llegó febrero de 1998. La crisis llegó a su máxima expresión. Editores, periodistas, fotógrafos, trabajadores en general, tomaron el camino de la huelga en contra del periódico.

Yo le comuniqué ceremoniosamente al Comandante Borge Martínez, en los primeros días de febrero de 1998: “Yo, primero, soy militante del Frente Sandinista. Esta empresa no es una empresa cualquiera, es el Diario del FSLN, aunque no es el “Órgano Oficial” ahora. Por tales motivos, yo no me voy a la huelga. Estaré con usted hasta las últimas consecuencias”.

No acompañé a la huelga, una parte de la cual se convirtió en “huelga de hambre”. El 21 de febrero de 1998 se produjo el “cierre dramático del Diario BARRICADA” ante la faz de la nación, terminándose de ese modo, uno de los aspectos más gloriosos de la Revolución Popular Sandinista, pues este periódico, a pesar de las novatadas, combatió con eficiencia política e ideológica a los enemigos del proceso revolucionario sandinista, especialmente porque contó con hombres geniales como Róger Sánchez, a quien siempre admiré por su talento, por su agudeza profunda para burlarse de los enemigos con una genialidad intachable para producir caricaturas que calaban profundamente entre los enemigos de la Revolución Popular Sandinista.

El “cierre dramático de BARRICADA” me produjo una impresión profunda, pues yo nunca esperé que ocurriera ese momento que para mí fue, precisamente, dramático, pues quedaba en el desempleo y “marcado” por siempre por lo de ser un militante fiel al Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Recibí mi paga, la “cancelación” de mis labores en el Diario BARRICADA, que ayudé a fundar el 26 de julio de 1979.

 

Pronto sentí “en carne propia” las consecuencias de esa fidelidad mía al FSLN. En ninguna parte me quisieron dar empleo, en ninguno de los periódicos conocidos, ni en aquel al que le serví con tanto esmero de enero de 1970 al nueve de junio de 1979.

 

Recorrí radioemisoras, colaboré lo más que pude, pero empleo, ¡no, nada¡ En uno de esos diarios me encontré con que había una orden de no publicarme absolutamente nada por haber osado enfrentarme a los ramiristas o MRS en BARRICADA.

 

Tuve que hacer un giro en mi vida para sobrevivir. Me dediqué a hacer investigaciones y escribir libros sobre Municipios. Así nacieron libros como “Ciudad Sandino, 30 años cumplidos”, “Ticuantepe, suelo siempre codiciado”; Tipitapa, suelo cubierto de Historia Nacional”; Malpaisillo, pueblo joven arrasado por algodoneros”, “Mercados de Managua”; “Mateare Misterio o Cuevas del Cacique”; “Parrales Vallejos o 21 de Enero”; FETSALUD Heroica”; “Américas, a 30 años de la Inverosímil”; “Basura Explosiva y Mortal”, entre otros libros, cuya elaboración negocié con los alcaldes respectivos en Ciudad Sandino, Tipitapa, Mateare, Malpaisillo y Ticuantepe, por ejemplo.

Investigando y escribiendo estos libros sobreviví, en compañía de mi sacrificada y ejemplar esposa, Anabelle Barrera Argueta, entre febrero de 1998 y marzo del 2004, cuando, finalmente, ingresé en la Secretaría del Concejo de la Alcaldía de Managua, bajo el arreglo de dedicarme a investigar para escribir lo que yo llamo una nueva Historia de Managua, con un enfoque progresista, revolucionario, para dejar atrás los enfoques de servilismo con los yanquis, los liberales somocistas y conservadores vendepatrias, que según esos historiadores parecieran ser los políticos más preclaros y predestinados a hacerle el “bien” a la Nación nicaragüense.

 

La penúltima gran etapa de esta vida complicada que he llevado es la de haberme, primero, convertido en candidato a concejal en las Elecciones Primarias del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Logré conquistar un honroso segundo lugar en las Elecciones Primarias, a pesar de que andaba a pie, sin dinero, sin propaganda política ni electoral, sin gráficas, sin fotos, en la mayoría de los casos hambriento, pues en algunos momentos no tenía dinero ni para subirme al autobús, mientras otros andaban consigo hasta dos rastras, dos autobuses, tres y cuatro taxis, camionetas; tenían a su favor o controlados los hilos de poder de la estructura oficial del FSLN, es decir, todas las ventajas “habidas y por haber”, mientras este servidor sólo contaba, quizás con lo más importante, el conocimiento popular que la gente tiene de mí desde hace más de dos décadas de transitar por el mundo del periodismo, del Movimiento Comunal Nicaragüense, de las Centrales de Trabajadores sandinistas, de los pobladores sandinistas, con quienes he andado “en las duras y en las maduras” como en el asunto de los desalojos.

La gente me premió votando masivamente por mí y en este momento, marzo del 2005, estoy convertido en concejal del Frente Sandinista en Managua, con el fin de seguir sirviendo a los pobladores en lo que más pueda.

Por estos servicios populares he sido honrado con la Orden Servidor de la Comunidad del Movimiento Comunal Nicaragüense, Orden José Benito Escobar Pérez de la Central Sandinista de Trabajadores, Orden Juan Ramón Avilés de la Alcaldía de Managua; distinciones especiales de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, de ANDEN, del Frente Nacional de los Trabajadores, de la Unión de Periodistas de Nicaragua, etc.

 

Este libro se comenzó a escribir en el año 2002 y se finalizó en marzo del 2004.

 

Managua, marzo del 2005.

 

 

 

 

 

 

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Masacres, masacres somocistas en Nicaragua

Masacres somocistas en Nicaragua

Pablo Emilio Barreto Pérez

 Explicación muy breve. Este libro lo escribí desde 1993, mediante documentos del que fuera Ministerio del Interior del régimen revolucionario sandinista, e investigaciones que hice en diarios nacionales, e indagaciones de dos años, entre 2014 y 2016, para ampliar mi libro “Insurrección Sandinista Victoriosa y Repliegue Táctico de Managua a Masaya”, lo cual me dio como resultado establecer con claridad sobre los caídos en el Repliegue a Masaya y en torno a 12 masacres cometidas por la Guardia Nacional somocista sanguinaria genocida en Managua, durante la Insurrección de junio-julio de 1979.

 Esta última investigación me dio para escribir cuatro libros: ampliación de Insurrección Sandinista y Repliegue a Masaya, Masacres somocistas en Managua (durante la Insurrección) Caídos o Mártires del Repliegue de Managua a Masaya; y Caídos y sobrevivientes en la Batalla de Managua para derrocar a la dictadura somocista genocida.

CAPÍTULO I.

Muchos pueblos de América Latina son masacrados desde la aparición en nuestras tierras de los colonizadores españoles, quienes emprendieron las más grandes matanzas en nombre de los Reyes de España, convertidos estos en una especie de vicarios de la Iglesia Católica. Lo mismo hicieron colonizadores portugueses, ingleses, franceses y holandeses.

Con la llegada de los conquistadores,  saqueadores, violadores y verdugos,  los habitantes de nuestras tierras americanas sólo tenían dos caminos: resistir en defensa de sus tierras, sus costumbres y creencias, aún a costa de la muerte; o el sometimiento “pacífico” a costa de la renuncia a todas sus propiedades comunales (identidad inclusive) y la entrega total bajo una condena de siglos de esclavitud, tortura y muerte.

Esa fue la lógica oficial que comenzó Cristóbal Colón, el científico y ambicioso conquistador, en La Española (hoy República Dominicana y  Haití) donde  fueron masacrados los primeros millones de aborígenes o indígenas de América Latina. De esa forma inauguraron las políticas oficiales de masacres de la colonización española, hace más de 500 años, las cuales fueron profundizadas contra los pueblos peruano,  mexicano, chileno, nicaragüense, salvadoreño, hondureño, en forma particular, porque osaron enfrentar la  invasión de los supuestos “dioses”, que llegaron con armas de fuego, con cuchillos y cutachas, estas con empuñaduras en que estaba la “santa cruz”; acompañados de perros destazadores de seres humanos, montados en caballos, envueltos en metales para imponer más terror.

Al verse invadidos por el sanguinario Pedro de Alvarado, Hernán Cortés y  otros miles de criminales, sacados de las cárceles españolas como elementos indeseables, los aztecas se dispusieron a resistir, pero finalmente fueron vencidos y masacrados por los  invasores,  portadores de armas excepcionalmente superiores a las de los aborígenes o indígenas abuelos nuestros.

Destruyeron los conglomerados de México y Perú,  entonces bien organizados y limpios, sin pestes y sin las costumbres del robo y la corrupción alcanzadas en Europa,  gracias a las disputas brutales entre los imperios colonizadores. Esa destrucción, mediante masacres genocidas y sometimientos a punta de balazos y machetazos, aunque quizás con menos envergadura, se perpetró en el resto de países americanos, con el mismo tono sangriento y sádico, fue así que asesinaron a la tribu de Diriangén, en el Sur de Nicaragua. Los relatos recogidos por historiadores y ancianos indican que éste prefirió hacerse morir que dejarse capturar o dominar por estas fieras de los imperios coloniales europeos.

La misma brutalidad mortal ejecutaron los representantes del colonialismo inglés en el territorio norteamericano, particularmente el suelo del hoy Estados Unidos, donde masacraron a  más de 600 tribus, que tenían a varios millones de pobladores o seres humanos.

Fuego y Muerte.

Los invasores españoles tomaron posesión de nuestras tierras, a punta de  fuego y muerte, y comenzó también la etapa de eliminación de nuestras culturas e imposición de la suya. Al mismo tiempo impusieron su religión, su idioma, sus costumbres fatídicas y vicios sociales de los peores. Iniciaron la fundación de ciudades para dominio español, el saqueo del oro nuestro, como hicieron inmediatamente de su llegada con toneladas de este metal en Perú y posteriormente con otros recursos naturales como la madera preciosa.

Por medio de masacres, la resistencia fue vencida en Nicaragua. Después de fundar Granada y León (Viejo), por ejemplo, el Gobernador sanguinario Pedrarias de Avila, encadenó a los indígenas Imabites, con el fin de que le sirvieran en el saqueo del oro en la entonces naciente Mina del Limón. Eran azotados y asesinados si se negaban a esa tarea de doble crimen: mantenerlos a ellos como esclavos suyos y al mismo tiempo utilizarlos para saquear los recursos naturales del país. Los Imabites eran los pobladores naturales de los contornos del Volcán Momotombo, donde fue fundado León Viejo, según Leonte Herdocia.

El Descaro.

Los Imabites eran los pobladores naturales de los contornos del Volcán Momotombo, la Isla de Momotombito y los filones de Las Sierras, para el lado de Managua. Vivían en tierra firme, rodeados de las aguas del Lago Xolotlán o de Managua.

Empero,  se inventó la graciosa historia de que los Imabites fueron “tragados” por una convulsión diluviana del Lago de Managua o Xolotlán en esta zona del país, cuando en verdad fueron exterminados al levantarse contra los colonizadores brutales.

Otros invasores criminales.

Vinieron otras matanzas, menos sistemáticas que antes, hasta que llegamos a la aparición de los filibusteros yanquis, encabezados por William Walker y Byron Cole, los cuales se introdujeron al país por los pleitos de los bandos o pacotillas de conservadores y liberales, que estaban en disputa por el poder político en 1852.

Nuevamente, las políticas de masacres reaparecen con características oficiales imperialistas en 1912, cuando el gobierno norteamericano nos echa su marinería, la que dejó huellas de muertes en el suelo patrio nicaragüense.

La marinería yanqui invadió Nicaragua a través de Corinto, con el pretexto de “defender” a dos connacionales suyos que habían sido capturados por el gobierno liberal de José Santos Zelaya López, cuando saboteaban barcos nacionales en la Costa Atlántica de Nicaragua. (Véase qué “defensa” más perversa). Esto fue suficiente para que invadieran nuestro territorio y  masacraran a  patriotas a varios miles de patriotas como Benjamín Zeledón Rodríguez,  quien después de asesinado, fue pateado su cadáver en una carreta y después arrastrado con un caballo por las calles de Masaya. Por supuesto, en esta agresión e invasión  militar yanqui de 1912 jugaron su papel infame los traidores Emiliano Chamorro Vargas y Adolfo Díaz Resinos, quienes solicitaron la intervención armadas del gobierno criminal genocida de Estados Unidos.

Estos invasores (presuntos “cuidadores” de la paz) reaparecen en 1927 y con los traidores, encabezados por José María Moncada, vuelven a ensangrentar el país, cuya defensa corrió a cargo del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional, jefeado por el General Augusto C. Sandino.

Los invasores norteamericanos ejecutaron masacres horribles, que serían la escuela posterior de la tiranía somocista. Los invasores yanquis  fueron vencidos por el Ejército de Sandino entre 1927 y 1934. Fueron los gringos los que fundaron y le dieron cuerpo doctrinario a la Guardia Nacional, inicialmente nombrada “Constabularia”.

Yanquis: iniciadores de matanzas del somocismo genocida.

Los mismos yanquis, según abundan los relatos escritos en libros, revistas, periódicos y en forma verbal, fueron los que iniciaron las matanzas en el Norte, Occidente y el Este del país al no poder vencer a Sandino.

 

Los yanquis fueron los maestros en criminalidad de la tiranía somocista, fueron los que instruyeron “que a los enemigos se quitan del camino a punta de plomo y bayoneta”, tal y como ellos mismos lo practicaron para usurpar los territorios de Texas y la Baja California a México.

 

En los primeros años la “Constabularia” estuvo dirigida por oficiales de la Marina Norteamericana, y después nombraron o impusieron a Anastasio Somoza García, como el jefe de la Guardia Nacional, que vino a ocupar el papel de ejército sustituto de la marinería yanqui, la que recientemente había sido derrotada por el  ejército de Sandino, compuesto en su gran mayoría por obreros mineros y campesinos del  Norte del país. Anastasio Somoza García era ladrón, hablaba inglés y era fiel defensor de la agresión norteamericana contra el país, y esto fue suficiente para poner a Somoza García al frente de la Guardia Nacional, aunque jamás hubiese estado al mando de tropas, ni ser militar de carrera.

 

 

La política de los invasores norteamericanos, como consecuencia, fue legitimar al ejército sustituto y a la vez eliminar a los opositores de éste, a los que representaban un peligro para la seguridad de dicho cuerpo armado y de la potencia imperialista norteamericana. Por ese motivo gestan el plan de asesinar a Sandino y masacrar a todos sus acompañantes, seguidores y simpatizantes.

 

En 1934, después del asesinato de Sandino, es que comienza una etapa de genocidio, de masacres sistemáticas, que culmina el 19 de Julio de 1979, el día del Triunfo Popular de la Revolución Sandinista.

 

Eliminar la resistencia sandinista.

 

A partir de aquel  21 de febrero de 1934,  se inició una cacería colosal sin cuartel de todos los nicaragüenses que opinaban por la soberanía nacional, que rechazaron la intromisión de las fuerzas armadas de Norteamérica y de su política imperialista sobre nuestro pueblo. Muchos asesinatos fueron cometidos sin la mayor explicación de causa ni proceso judicial alguno, comenzó entonces, la voluntad dictatorial y criminal de liquidar a cuanta persona significara un peligro para el régimen somocista que recién se constituía, al servicio total de la oligarquía norteamericana y de su gobierno imperialista genocida.

 

Las masacres y asesinatos cometidos contra los sandinistas inmediatamente después del asesinato de Sandino, fueron atroces y lleno de odios, sin atención alguna al proceso de paz al que se había dispuesto el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional. Muchos fueron cazados como animales, capturados, torturados, mujeres violadas, asesinatos en masa ante la presencia de pobladores de Wiwilí.

 

Fue así como se comenzó a perfilar una política de terrorismo de Estado, de eliminación sistemática de todos aquellos que fueron considerados enemigos del jefe de la “Constabularia” y sus esbirros asesinos, o simplemente “no amigos” de Estados Unidos.

 

A la matanza que se operó, inmediatamente después del asesinato de Sandino y sus generales,  Somoza le llamó “Pacificación de Las Segovias”,  frase o idea que sería esgrimida siempre por los somocistas genocidas cuando iban a emprender nuevas masacres en el país. Mientras el fundador de la tiranía somocista,  ensanchaba su poder con el apoyo directo del gobierno norteamericano, las masacres contra los que anduvieron con Sandino continuaron en el Norte de Nicaragua,  en las Segovias,  hasta más o menos 1948.

 

 

En ese año fueron asesinados el General Juan Gregorio Colindres y un grupo de hombres que andaban con él. Antes, a traición, también asesinaron en Chontales al General Pedro “Pedrón” Altamirano, por los mismos sicarios, generalmente encabezados por norteamericanos y guardias nacionales. Las rebeliones de civiles y algunos miembros de la Guardia Nacional en 1954, fueron igualmente ejecutados, masacrados.

 

Altamirano y Colindres eran dos de los generales del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional, al cual le prodigaban odio muy profundo los invasores yanquis y la tiranía genocida creada y financiada por ellos.

 

Yanquis infames.

 

Fueron los yanquis, invasores y agresores militares, los que fundaron las dictaduras sangrientas en América Latina y dictaron las enseñanzas del crimen organizado y estatizado; sí,  el gobierno criminal norteamericano fue el fundador del Terrorismo de Estado en nuestras naciones latinoamericanas.

Ese terrorismo bestial, militarizado, dictatorial, lo impusieron el gobierno de Estados Unidos y sus empresas trasnacionales en masacres sistemáticas en Nicaragua por ejemplo desde cuando invadieron Nicaragua en 1912, después en 1926-1933;  en El Salvador, en 1932, cuando mandaron a asesinar a 32 mil salvadoreños, incluyendo a Agustín Farabundo Martí, por intermedio del general títere Maximiliano Hernández Martínez.

 

Similar y criminal apoyo genocida mantuvieron los gringos a las dictaduras militares de Fulgencio Batista en Cuba, donde se desarrollaron innumerables crímenes y masacres también; lo mismo ocurrió con Strosner en Paraguay, Trujillo en República Dominicana, Rojas Pinilla en Colombia, Pérez Jiménez en Venezuela, Pinochet en Chile, Papa Doc en Haití, Videla en Argentina, la de Brasil, entre otros; todas estas dictaduras recibieron apoyo descarado del gobierno de  Estados Unidos con fines de dominación imperialista. Además, fueron  el ejército agresor norteamericano y Departamento de Estado (cancillería yanqui) los organizadores, entrenadores, educadores, sostenedores de estos ejércitos gorilas en América Latina, entrenados por ellos para matar seres humanos, robar para estos militares gorilas y permitirles  a sus empresas trasnacionales saqueo despiadado de nuestros recursos naturales, como oro, bananos, metales preciosos de minas nacionales, maderas preciosas, robarnos el dinero de nuestros bancos, explotar de forma cruel nuestras manos de obras en fábricas suyas, que además no pagaban impuestos, ni se sometían a ninguno de los controles lógicos que debe tener cada Estado Soberano.

 

Plomo a los enemigos…

 

El sistema jurídico nacional respondía enteramente a la naciente dictadura militar y a su Jefe Supremo, quien decía insistentemente “yo soy el Estado, yo soy la ley” y daba órdenes sistemáticas de no dejar huellas de los enemigos. Esa fue la filosofía de gobierno y autoridad de quienes en nombre de la democracia y la lucha contra el comunismo asesinaron a miles y miles de ciudadanos nicaragüenses.

 

El mismo Somoza García popularizó un dicho propio: “Plata para los amigos, Palo y Plomo a los enemigos”; sus allegados tuvieron oportunidades sin restricción alguna para robar, asaltar y despojar a los campesinos de sus tierras y pertenencias, orquestaron innumerables trampas legales para engañar y arrebatar propiedades. A los enemigos se ofreció cárcel y muerte, torturas y violaciones.

 

 

Cuando el poeta y periodista leonés, Rigoberto López Pérez, decidió ajusticiar al fundador de la “Estirpe Sangrienta: los Somoza”, comenzando así “el principio del fin de la tiranía”,  como él mismo llamó, el 21 de septiembre de 1956, se desencadenaron olas de terrorismo y criminalidad somocista, de matanzas bajo el pretexto de hacer justicia y encontrar a los implicados o cómplices de la acción justiciera de Rigoberto. Además, de haber acribillado a balazos el cuerpo del poeta.

 

Las acciones criminales fueron recrudecidas cuando a la palestra nacional surge el Frente Sandinista de Liberación Nacional, a partir de 1961, desde su fundación desarrolla diversos intentos y acciones por el derrocamiento definitivo de la dictadura militar somocista y liberar a la nación del dominio imperialista del gobierno de los Estados Unidos..

 

La tiranía, ya en este momento jefeada por Luis y  Anastasio Somoza Debayle, ha perfeccionado su modus operandi en materia de terrorismo de Estado,  de crímenes y masacres sangrientas y brutales; con la organización de la Oficina de Seguridad Nacional (OSN), uno de los instrumentos más salvajes  de asesinatos selectivos y generalizados; el Servicio Anticomunista (SAC); la Mano Blanca o escuadrón de la muerte, jefeado por Samuel Genie Amaya, Jerónimo Linarte, Chéster Escobar y Byron Jerez, entre otros; y posteriormente la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI), dirigida personalmente por Anastasio “Chigüín” Somoza Portocarrero.

 

Escuadrones de la muerte.

 

En cuanto a los instrumentos del crimen, podemos decir lo siguiente:

 

1.-      la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI) fue entrenada específicamente para matanzas organizadas desde los puestos de mando, según confesaba “Chigüín”, Somoza Portocarrero quien pretendió heredar el poder dictatorial con “honores” de legítimo nazifascista nicaragüense;

 

2.-      en la Mano Blanca (escuadrones de la muerte) operaban asesinos por encargos puntuales y previamente analizados para matar  selectivamente, sus víctimas por excelencia fueron dirigentes sindicales o militantes del Frente Sandinista;

 

 

3.-      en la Oficina de Seguridad Nacional (OSN)  había una combinación de asesinos e investigadores,  que pasaban información directamente al tirano Somoza o a los jefes de operaciones de la guardia  somocista genocida sobre los movimientos sandinistas o que atentaban contra el régimen;

 

4.-      el Servicio Anticomunista (SAC) daba seguimiento específico a aquellos políticos opositores más cercanos a la ideología marxista‑leninista.

 

Todos los integrantes de estos cuerpos criminales, crueles y sanguinarios, tuvieron una misma finalidad: eliminar físicamente,  con torturas, asesinatos y masacres, a todos aquellos considerados enemigos del régimen o simpatizantes de la lucha antisomocista.

 

En la mentalidad infernal y diabólica del tirano Somoza Debayle y de estos sicarios sanguinarios, la nación entera debía ser como ellos: criminales, saqueadores de profesión, violadores de mujeres y de niños, usurpadores de la nacionalidad nicaragüense para entregársela a potentados extranjeros.

 

Mientras creció la lucha al interior del país, subió también el nivel de matanzas ejecutadas por el inmenso aparataje criminal genocida. Es así, que aparecen campos de concentración en Río Blanco, Matagalpa, por ejemplo; lanzamientos de obreros y campesinos desde aviones o helicópteros sobre montañas como el Cerro Musún, o tirados desde los mismos aviones a mares y océanos; que asesinan al doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal en las calles de Managua, las capturas y asesinatos por todos lados sin causa ni juicio alguno.

 

La política somocista genocida

 

Se afirma que entre 1934 y 1979, fueron masacrados o asesinados  más de 5O mil nicaragüenses por  esta pacotilla de somocistas yanquigenocidas, alimentada desde Estados Unidos, cuyo gobierno en forma descarada intentaba salvar al somocismo días antes del Triunfo de la Revolución Popular Sandinista. Los muertos fueron seguramente más de 5O mil, pues nunca se contabilizaron las personas asesinadas en Las Segovias y otros sitios después del  traicionero asesinato del General  Sandino. Y en la década del 80, después del Triunfo de la Revolución Popular Sandinista, los mismos guardias somocistas sanguinarios genocidas, los que lograron huir de la Justicia Revolucionaria, los “orejas” de la Oficina de Seguridad, donde se torturaba y mataba a sandinistas y opositores;  y civiles  que se sintieron desplazados del poder político y se unieron a las bandas contrarevolucionarias, jefeadas por el gobierno agresor militar, invasor y genocida de Estados, sí, todos juntos, mataron a otros 40 mil nicaragüenses entre 1980 y 1990, todo lo cual fue denunciado en la Corte Internacional de Justicia, de las Naciones Unidas, ubicada en La Haya, Holanda; cuyos jueces condenaron la matanza, destrucción generalizada y bloque económico y comercial contra Nicaragua, a la cual debieron pagarle 17 mil millones de dólares, según  la sentencia de junio de 1986.

 

Esa deuda de 17 mil millones no la ha pagado el régimen dictatorial genocida de la oligarquía de Estados Unidos, donde reina la peor de las dictaduras en la Madre Tierra, la dictadura del imperialismo, la dictadura de las empresas trasnacionales o multinacionales, y por este motivo nosotros seguimos sosteniendo que son enemigos de la Humanidad.

 

Estos siniestros personajes somocistas, asesinos y ladrones, fueron  diseminados por todos los rincones de Nicaragua, desde jueces de mestas, orejas (espías pagaos y adhonoren, efectivos militares, agentes de la OSN, esbirros oficiales GN y para-militares, asesinos despiadados y crueles “Macho Negro”, “Vulcano”, Alesio Gutiérrez, Nicolás Valle Salinas, “Chele” Aguilera, “Pipilacha” Obando, “Gato” Colindres, “Pescado Seco”, entre otros.

 

La política somocista genocida oficial era matar, sembrar terror y robar todo lo que pudieran. Se capturaba a  ciudadanos sospechosos, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, considerados enemigos del somocismo, no para enjuiciarlos por sospechas o participación en algo ilegal, sino para masacrarlos, asesinarlos.

 

 

Nicaragua, con la tiranía somocista  era un inmenso cementerio, lleno de cárceles para torturas, o un territorio lleno de fosas comunes, o tumbas totalmente desconocidas para el público como la de Sandino, la de Rigoberto López Pérez y las de centenares de guerrilleros sandinistas que fueron asesinados y tirados sus cadáveres en alguna zanjas desconocidas.

Muchos seres humanos desaparecieron sin noticia alguna, en muchos lugares de nuestros país se enterraron o depositaron cuerpos agujerados de ciudadanos, unos acusados de “sandino-comunistas-terroristas”, otros sencillamente fueron desdichados al encontrarse con alguna patrulla mortal de la Guardia Nacional.

 

Las matanzas y el terrorismo de Estaos Unidos no concluyeron con el triunfo revolucionario sandinista, sino que continuaron, esta vez,  con el financiamiento de parte del gobierno norteamericano a bandas contrarrevolucionarias, en un inicio integradas por los guardias nacionales que se desbandaron, derrotados vergonzosamente, el 19 de julio de 1979,  hacia territorio hondureño, o a la gusanera de Miami en Estados Unidos.

Un valioso resumen que debemos rescatar es el realizado por Carlos Fonseca Amador, fundador principal del FSLN en un documento escrito y titulado “Desde la cárcel yo acuso a la dictadura”, de los que uso algunos extractos:

 

“Mi circunstancia de prisionero y la prisa que exige la clandestinidad en que estoy escribiendo, me impide elaborar una lista más o menos completa de tales asesinatos; sin embargo, voy a citar al menos algunos ejemplos:

 

“Los asesinatos de campesinos y otras personas en Chinandega en 1963. El asesinato en 1963 en Río Bocay de mis queridos compañeros los estudiantes Jorge Navarro, Francisco Buitrago y Modesto Duarte y de los jóvenes Mauricio Córdoba e Iván Sánchez Argüello. El asesinato en Río Coco de los también queridos compañeros míos, Faustino Ruiz y Boanerges Santamaría.

 

“El asesinato en la ciudad de León en 1962 del joven Carlos Najar. El asesinato en 1961 de varios obreros revolucionarios en Río San Juan.

 

“El asesinato en 1961 en la ciudad hondureña de Choluteca del veterano sandinista Heriberto Reyes.

 

“El asesinato en febrero de 1961 de los patriotas Julio Alonso, Enrique Montoya y Octavo Vílchez y del estudiante Jesús López y de varios patriotas más.

 

“El asesinato en El Dorado en febrero de 1960 de los estudiantes Eduardo Medina, Víctor Arbizú, Tomás Palacios y del salvadoreño Fabricio Paz y varios patriotas más.

 


“El asesinato en 1960 de los jóvenes Ajax Delgado y Julio Óscar Romero. El asesinato de Carlos Haslam en 1959; el asesinato de los expedicionarios de Olama y los Mollejones, los patriotas Antonio Gutiérrez, Víctor Rivas Gómez, Napoleón Ubilla Baca y los costarricenses Segura y Sony Boy en julio de 1959; el asesinato de los estudiantes el 23 de julio de 1959; el asesinato de Manuel Díaz y Sotelo y varios compañeros más.

 

“El asesinato de los prisioneros Luis Armando Morales Palacios, José Rivas Montes, Ramón Orozco y Bonifacio Miranda en septiembre de 1956.

 

“El asesinato de Adolfo y Luis Báez Bone, Opstaciano Morazán, Pablo Leal, Agustín Alfaro y muchos patriotas más en abril de 1954.

 

“El asesinato del estudiante Uriel Sotomayor en la ciudad de León. El asesinato del campesino Aquileo Castillo junto a muchos campesinos y ciudadanos más en la Cuesta del Coyol en 1948.

 

“El asesinato del veterano sandinista Juan Gregorio Colindres en el año 1948.

 

“El asesinato de los patriotas Rito Jiménez Prado y Luis Scott.

 

“Y por fin, hacia atrás, en los primeros días de la tiranía, en febrero de 1934, el tenebroso asesinato de Augusto César Sandino, Juan Pablo Umanzor y Francisco Estrada y centenares de sandinistas de Wiwilí para adentro.

 

“Siendo el que esto escribe acusado de planes imaginarios y siendo mis acusadores culpables de ese rosario de crímenes, yo creo que son esos acusadores y no yo quienes merecen ser severamente castigados”.[1]

 

 

La dictadura militar somocista fue el instrumento criminal de una clase, pero fundamentalmente de una familia que mantuvo sometido al pueblo nicaragüense bajo la más cruel e injusta opresión, explotación y dolor, para la satisfacción de sus desmedidas ansias de poder y enriquecimiento. El sistema somocista fue profundamente injusto, criminal y explotador como jamás se haya conocido en la historia de Nicaragua y de muchos países de América Latina.

 

CAPÍTULO II.

 

Las masacres, ejecutadas por la tiranía somocista en 45 años de historia de genocidio, empezaron con el asesinato del General Augusto C. Sandino, asesinado por órdenes del gobierno criminal genocida yanqui y Anastasio Somoza García, fundador de la “Estirpe Sangrienta”, nombre justamente dado por el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal a los jefes de aquella banda de asesinos, agrupados en la tiranía somocista.

 

Sandino y varios de sus hombres fueron capturados por la banda de forajidos asesinos de la Loma de Tiscapa, donde el General de Hombres Libres  acudió a una cita para ultimar detalles sobre las concertaciones de paz, pero las infames víboras imperialistas y los matones somocistas despiadados estaban al acecho planificado para matarlo.  Sus hombres más cercanos, le  advirtieron a Sandino del riesgo que corría, de la naturaleza asesina de aquellos matones, agrupados en la Guardia Nacional (llamada inicialmente “Constabularia”), la que fue creada como ejército interventor por la marinería de Estados Unidos.

 

Los temores de los oficiales del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional estaban fundados en la historia vivida en nuestro país, desde la invasión filibustera de William Walker en el siglo pasado, el asesinato de Benjamín Zeledón Rodríguez en 1912, y recientemente, la intervención militar vergonzosa entre 1927 y 1934, en el Norte del país. Fue en esta región de Nicaragua donde estrenaron  la “Constabularia” como ejército intervencionista, ocupando después el lugar de los agresores e invasores norteamericanos.

 

Cuando Sandino  bajaba la sinuosa y empinada Loma de Tiscapa, después de “concertar la paz” con el cobarde presidente títere Juan Bautista Sacasa, fue interceptado por los guardias genocidas, los que con sus armas dieron cumplimiento al plan del Embajador norteamericano Arthur Blees Lane y el jefe de la naciente y tenebrosa Guardia Nacional Anastasio Somoza García, fundador de la tiranía y jefe de la “Estirpe Sangrienta”.

 

En esa sangrienta Loma de Tiscapa empezaron las masacres interminables, el terrorismo de Estado más brutal que haya conocido la historia de América Latina y la larga noche de crímenes de 45 años de la tiranía somocista.

 

 

Algunos testigos con memoria histórica, aseguran que la noche del 21 de febrero de 1934  estuvo oscura. Sandino y sus hombres fueron desarmados previamente, tal y como fue planeado, a fin de que no hicieran resistencia esa noche ante lo que les esperaba: la muerte, el asesinato a sangre fría, como toda obra de cobardes asesinos como Somoza García y los yanquis agresores genocidas.

Los asesinos sabían bien de las capacidades y habilidades de Sandino y su gente en el combate, ya lo habían demostrado en montañas y poblados del Norte, Occidente y Costa Atlántica de Nicaragua,  donde el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional hizo morder el polvo de la derrota a las numerosas tropas rubias, defendiendo la Soberanía Nacional de Nicaragua.

 

Para la mentalidad de los invasores fue inadmisible, que un indio niquinohomeño, llamado Sandino, de baja estatura, les estuviese provocando tantos problemas, que les estuviese infringiendo cadenas de derrotas humillantes ante los ojos del mundo, pues ellos representaban a la nación poderosa e invencible del mundo capitalismo y del imperialismo monopolista.

No era posible que patriotas descalzos, semidesnudos, sin grados académicos encumbrados ni diplomas de graduación de Academias Militares, les derrotaran tan contundentemente.  La soberbia bestial imperialista y la “divina inteligencia” yanqui estaban severamente laceradas por la tropas voluntarias de Sandino, tropas defensoras de la Soberanía Nacional de Nicaragua.

 

Para el gringo invasor y agresor militar, era indispensable matar a Sandino. No era posible convivir con el más grande insulto de la historia norteamericana, con el ejemplo vivo de patriotismo y dignidad nacional que representaban el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional y  el hombre de Las Segovias, el General Sandino.

 

El asesinato fue planeado y calculado en los lujosos salones del Campo de Marte y en la Embajada norteamericana. Esa noche estuvo oscura. Sandino y sus hombres, después de la cena, fueron montados en un camión y llevados a las cárceles del Hormiguero. El héroe confiado y queriendo ganar tiempo, pidió hablar con el jefe de la “Estirpe Sangrienta” y no le fue permitido. El Hormiguero estaba cercado por la banda de asesinos esa noche. Nadie ajeno a la operación criminal podía acercarse.

 

Prisionero Sandino,  pensaba “¿por que me han detenido?”.  Los guardias genocidas iban y venían; el motor del camión seguía encendido, como a la espera de una orden. Aproximadamente, una hora después, en el mismo camión montaron a Sandino y a los generales Francisco Estrada y Juan Pablo Umanzor, dos de los jefes del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional,- rumbo a la masacre en un sitio no identificado plenamente, hasta hoy.

 

Se presume que el camión se desplazó en las cercanías del antiguo Aeropuerto Xolotlán. Los detalles del asesinato permanecen en el misterio, pero se supone que los somocistas genocidas ejecutaron la acción contra alguna de las paredes de dicho aeropuerto, en los límites del lado Oeste del hoy Barrio Larreynaga, donde  aterrizaban los aviones yanquis para bombardear las posiciones del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional en el Norte del país.

 

Casi a media noche del 21 de febrero de 1934, se escucharon las descargas de tiros en los barrios Larreynaga, Paraisito, San José Oriental y Santo Domingo. La sangre de Sandino salpicó a toda Nicaragua. Su muerte llenó de luto al mundo progresista. Terminaba así, un capítulo glorioso y trascendente de nuestra historia patria, fracasaba así el intento de una paz duradera para Nicaragua.

 

Con el asesinato a Sandino y sus hombres,  comenzó una larga y dolorosa cadena de masacres de más de 5O mil nicaragüenses, que se interrumpieron en julio de 1979 y  continuaron con la agresión yanqui‑somocista a la Revolución Sandinista en 1981.

 

El cadáver de Sandino no se encontró nunca, así sucedió también con la mayoría de los patriotas y ciudadanos masacrados en una acción sistemática de violencia y crímenes. Con el asesinato del Héroe de Las Segovias empezaba el largo calvario del pueblo y se instauraba esa “Estirpe Sangrienta” durante más de 45 años de la historia nacional, que tendría como guardianes presidenciales a la Guardia Nacional (La Constabularia, fundada, educada, entrenada y sostenida por los gringos).

 

De aquella noche negra, el coronel Santos López se salvó de la muerte al enfrentar a tiros a los enviados de Somoza García para asesinarlo también. En este enfrentamiento contra los matones de Somoza García y los yanquis agresores genocidas, cae también Sócrates Sandino, coronel y hermano del General Sandino. Somoza García con su Guardia Nacional, de creación yanqui genocida,  mandó a sus matones a rodear la casa de Don Sofonías Salvatierra, donde se habían alojado Santos López y Sócrates Sandino.

Santos López fue uno de los generales que recomendó a Sandino no ir a la Loma de Tiscapa, siempre se mantuvo alerta y desconfiado ante cualquier traición o movimiento sospechoso de los guardias y los gringos. Este dormía con una fuerte dotación de tiros y su pistola al lado “por si las moscas”.

Cuando Santos López escuchó el golpeteo fuerte en la puerta de su hospedaje, comprendió que llegaban por él y por Sócrates, que algo estaba mal, que el General Sandino estaba en graves problemas, quizás muerto, y con la agilidad que caracterizó a los combatientes sandinistas se dispusieron al combate y a la fuga.

 

Santos López logró evadir la masacre, huyó herido por montes hasta llegar a las faldas del Volcán Momotombo, donde permaneció varios meses comiendo nancites y durmiendo entre tigres, cascabeles y corales venenosos. Sócrates Sandino no tuvo la misma suerte. Cayó allí mismo enfrentando a los asesinos genocidas de Estados Unidos y de Somoza García.

 

 

Con aquel magnicidio quedaron inauguradas las masacres somocistas, extendidas a una cacería infernal en Las Segovias y  Costa Atlántica del país, inaugurando así el terrorismo de Estado. Los antiguos combatientes del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional fueron perseguidos días y noches, sin tregua alguna, cuando se les encontraban eran asesinados cobardemente, violadas y asesinadas también sus mujeres, quemados sus ranchos y robados sus animales domésticos y dinero guardados en sus fincas. Sólo en Wiwilí mataron, según testigos, a mas de 3OO hombres, mujeres y niños, cuyos cadáveres eran comidos por  zopilotes en las calles, donde eran dejados despiadada y amenazadoramente.

 

Para cumplir con la llamada “Pacificación de Las Segovias”, tal y como Somoza García y el embajador Arthur Bliss Lane llamaban a estos operativos de terrorismo de Estado, se perpetraron similares matanzas en poblados o pueblos del Norte del país. Al estilo de lo que hicieron en Wiwilí, quemaron ranchos, ametrallaron a mansalva a niños, hombres y mujeres indefensos.

 

Estos mismos criminales eran los que se corrían de los ataques del General Sandino y su Ejército Defensor de la Soberanía Nacional. Esos guardias y oficiales y soldados gringos, temían se les apareciera los combatientes sandinistas en cualquier quebrada o comino con una de esas emboscadas temidas por los yanquis.

 

Después de haber mandado a masacrar a los sandinistas, a miles de campesinos inocentes, con cinismo singular, Somoza García publicó un libro  malvado, que tituló “El verdadero Sandino o el calvario de las Segovias”, en el que él (Somoza) aparece como gran “pacificador”.  Se especula que el libro lo escribió un mercenario a sueldo de los gringos y de Somoza García.

El maestro del crimen institucionalizado, el creador del terrorismo de Estado en el país, el servidor arrastrado y apátrida por excelencia de los imperialistas del Norte, Somoza García, se hacía pasar ahora como el “héroe de la patria”, en los  episodios más bochornosos de nuestra historia.

 

Los asesinados, los masacrados no fueron capturados para ser juzgados, o para discutir públicamente la razón  histórica de su proceder, no fueron interrogados sobre el por qué de su actitud y decisión de defender la patria mancillada, de combatir decididamente la agresión extranjera norteamericana.

 

Somoza y su banda de asesinos, por supuesto, no fueron castigados por este genocidio. Entre ellos, incluyendo al traidor Emiliano Chamorro y al embajador Arthur Bliss Lane, se estrecharon las manos llenas de la sangre sandinista e inocente de campesinos.

 

El intento fallido de abril de 1954.

 

Después de estas masacres yanqui-somocistas-genocidas, llegó un largo silencio, roto nuevamente por otras muy sonadas masacres, como las de los cafetales de El Crucero, Managua y  Diriamba, inmediatamente después de los intentos de eliminar al fundador de la GN por medio de una emboscada en la Carretera Sur,  en abril de 1954.

 

El jefe de la “Estirpe Sangrienta” desató, otra vez, una cacería en la cual perecieron virtualmente todos los que participaron en aquella intentona de eliminarlo. Entre los masacrados se contaron Adolfo Báez Bone, Pablo Leal, Chema Tercero y Agustín Alfaro, cuyos cuerpos fueron quemados en una finca de El Crucero, llamada “La Chiva”, según relata el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal en “Estirpe Sangrienta”.

En esta ocasión, tampoco hubo juicios, ni para disimular, pues el tirano ya tenía un dicho: “A los amigos palo, a los enemigos plomo”. Agregaba: “El que estorba, hay que quitarlo”.

 

Somoza impuso a la nación un silencio mortal, toda  manifestación de protesta era ahogada en sangre, muertes, masacres.

 

La acción del patriota Rigoberto López Pérez

 

“Yo quiero ser el principio del fin de la tiranía”, escribió el patriota leonés Rigoberto López Pérez, periodista, poeta y mecanógrafo, quien desde tiempo atrás pensaba en la posibilidad de liquidar al fundador de la tiranía, cobrarle los centenares de crímenes y masacres al pueblo, sobre todo el cometido contra los combatientes sandinistas del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional.

 

El 21 de septiembre de 1956, Rigoberto López Pérez concreta sus planes juntos a otros compañeros más, y procede a depositar sus balas justicieras en la humanidad del tirano, con una pistola calibre 38. El patriota fue ultimado en el acto, en la Casa del Obrero de la Ciudad de León. La irracionalidad de las fieras fue tal, que prefirieron acribillar a balazos el cuerpo del patriota, que su captura en vida para averiguar las causas o motivos de semejante decisión. Aquel ajusticiamiento fue histórico y heroico.

 

Asumieron a lo inmediato los herederos del tirano, Luis y Anastasio, quienes además de convertir el país en una inmensa cárcel, mandaron a asesinar a todos los considerados sospechosos de participación en la acción.

 

Fueron torturados y asesinados,  Ausberto Narváez Parajón, Edwin Castro Rodríguez  y Cornelio Silva Argüello. “Mañana, hijo mío, todo será distinto, la angustia se irá por la puerta trasera”, escribió Castro en la cárcel, antes que los masacraran los guardias genocidas.

 

 

Los herederos del tirano buscaron culpables en todas partes. El culpable fue uno, Rigoberto López Pérez, pero encarcelaron a Juan Calderón Rueda, a los conocidos políticos opositores Enock Aguado y Enrique Lacayo Farfán, a Tomás Borge Martínez (uno de los fundadores del FSLN), a Noel Jirón Balladares, Alonso Castellón, Julio Alvarado Ardil, Ramón Rosa Martínez, Emilio Borge, Benjamín Robelo y Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, Carlos Fonseca Amador, entre otros.

 

La masacre de los estudiantes universitarios.

 

Tres años después de la acción heroica de Rigoberto López Pérez, cuatro estudiantes universitarios fueron masacrados a tiros por los mismos guardias somocitas genocidas, esta vez en las cercanías de la Catedral de León. Esta masacre fue el 23 de julio de 1959, entre las cuatro y media y cinco de la tarde. La Guardia Nacional somocista genocida, comandada en León en esos días por Anastasio Ortíz, mató a los estudiantes universitarios de la UNAN, Erick Ramírez, Mauricio Martínez, José Rubí y Sergio Saldaña, e hirió gravemente a tiros a casi 70 estudiantes y civiles en las calles de León.

 

Los estudiantes pedían autonomía para la Universidad Nacional y protestaban por las represiones de la guardia somocista genocida. La respuesta a ese reclamo fueron los tiros, en vez del diálogo.

 

Esta acción somocista genocida contó con el silencio cómplice de conservadores, burgueses y oligarcas, aduciendo que muertos y heridos tenían identificación sandinista o progresista. Matar a jóvenes ciudadanos se convirtió en un estilo de los nuevos tiranos, muchos asesinatos se ejecutaron como si se tratara de animales callejeros.

 

Masacre del Chaparral

 

La masacre del Chaparral fue ejecutada en un sitio fronterizo con Honduras, llamado Chaparral, donde fueron asesinados José Manuel Aróstegui, Manuel Baldizón,  Aníbal Sánchez Aráuz, Antonio Barboza, Manuel Canelo, Adán Suárez Rivas, Enrique Morales Palacios, Onelio Hernández y Marcelo Fernández.

 

Allí, resultaron heridos el comandante Carlos Fonseca Amador, quien más tarde fuera  el jefe del Frente Sandinista y de la Revolución; Chéster Simpson, Harold Martínez y Guillermo Mejía Vélez.

 

 

Esta masacre fue ejecutada por militares yanquis, hondureños y nicaragüenses, y es ampliamente narrada por Miguel de Jesús Blandón en su libro “Entre Sandino y Carlos Fonseca”, y por Tomás Borge Martínez en su libro “Carlos, el  Amanecer ya no es  una tentación”.

 

 

Esta masacre fue ejecutada por militares yanquis, hondureños y nicaragüenses, y es ampliamente narrada por Miguel de Jesús Blandón en su libro “Entre Sandino y Carlos Fonseca”, y por Tomás Borge Martínez en su libro “Carlos, el  Amanecer ya no es una tentación”.

 

El zanjón de Posoltega.

 

Entre el Coronel GN Juan Ángel López y los latifundistas algodoneros de Chinandega, formularon un plan de eliminación selectiva de los dirigentes y representantes sindicales de los obreros agrícolas, que sobrepasaban los 300 mil, entre León y Chinandega. Cuando el Coronel GN López ordenaba matar a decenas de sindicalistas algodoneros en el Zanjón de Posoltega, lo hacía sin percatarse de nada, ni de la opinión pública ni de la justicia. Aquello era el reino de la impunidad absoluta, del crimen institucionalizado.

 

Matarlos no importaba. Eran iguales que los hombres de Sandino: animales no protegidos por leyes, y además, gran parte de la sociedad, especialmente la “alta sociedad” burguesa, era cómplice de la tiranía somocista en cuanto a estos crímenes atroces, que aun hoy permanecen sin castigo.

 

 

En las masacres del Zanjón de Posoltega se perpetraban de manera calculada, repentinamente los dirigentes sindicales desaparecían, nadie daba cuenta de ellos, cualquier búsqueda era infructuosa. Entre los obreros agrícolas y la población se sabía que las desapariciones eran obra del Coronel Juan Ángel López, quien les “daba agua” en dicho zanjón.

 

El escándalo estalló hasta que un día los guardias se metieron a la finca en que estaba empleado el mandador conservador Victoriano Arteaga, al que sacaron a patadas y después lo asesinaron. Su cadáver apareció en la morgue del Hospital de Chinandega, sin explicación alguna.

 

Antes de Arteaga, los somocistas genocidas ya habían sacado y matado en el Zanjón de Posoltega a otros empleados de la misma finca, debido a lo cual el mandador protestó y se resistió al arresto. Como los conservadores ricos, formaban parte de las “paralelas históricas”, inmediatamente armaron un alboroto nacional por el asesinato de Victoriano Arteaga, un hombre muy conocido en el Municipio de El Viejo, Chinandega. Aunque el motivo principal del escándalo no hayan sido los múltiples asesinatos realizados en el maloliente Zanjón de Posoltega, permitió descubrir los cadáveres todavía frescos  entre otros, de Eduardo Flores, Urey Navas y Luis Amador.

 

Los relatos de testigos y crónicas periodísticas del 2O de enero de 1964, indican que los guardias sanguinarios Carlos Siero y Carlos Tijerino llegaron a sacar al mandador Arteaga de la Hacienda San Carlos. En otra incursión, bajo el mando de Juan Ángel López, se llevaron de la misma Hacienda a cuatro personas, las que posteriormente aparecieron asesinadas en el Zanjón de Posoltega, añaden los relatos existentes.

 

Esas masacres constantes de obreros agrícolas, campesinos y dirigentes sindicales venían ocurriendo desde 1963, pero como nadie “grande” había caído por las balas asesinas de la “Estirpe Sangrienta”…pues nadie decía nada.  “Denles agua”, decía el cobarde asesino Juan Ángel López, lo cual constituía la orden de ejecución de un asesinato o una masacre, ejecutada por la pacotilla de matones GN y sicarios a sueldo en Chinandega.

 

A la guardia no le quedó más remedio que hacer un circo de juicio a Juan Ángel López y demás asesinos implicados, pero el resultado causó risas y arrechura generalizada. Resulta que en esa misma época era jefe de la Guardia Nacional en León el hermanastro de los Somoza, José Rodríguez Somoza, a quien se “inculpó” públicamente en parte, porque el Zanjón de Posoltega está en jurisdicción militar leonesa. Entonces, lo que discutieron los asesinos en su Consejo de Guerra, entre ellos, era que Juan Ángel “Denle Agua” López, no tenía por qué meterse en la jurisdicción de Rodríguez Somoza.

 

 

Es decir, no se discutió el fondo del asunto: las masacres y los asesinatos. Al final, “Denle Agua” López fue “castigado” por meterse en jurisdicción militar ajena, y trasladado a La Libertad, Chontales. Meses después, aparecieron numerosos asesinados en la Mina de la Libertad, y se denunció que nuevamente estaba ejecutando a balazos y puñaladas a todos aquellos que él y su banda de asesinos consideraban enemigos.

 

La suerte de Pancho Ñato.

 

Una masacre virtualmente no contada en periódicos, ni revistas, ni noticieros radiales, fue la ejecutada al momento y después de la captura de Francisco “Pancho Ñato” Juárez Mendoza, un famoso personaje que se enfrentó exitosamente a los guardias sanguinarios y matones a sueldo, bajo el mando del que fuera coronel GN Pedro Nolasco Romero, en la década 5O‑6O.

 

“Pancho Ñato” empezó a ser perseguido por los guardias somocistas genocidas, después de quitarle la vida a una persona en defensa propia, en la comarca El Hatillo, cercana a León. En los primeros meses, “Pancho Nato” se escondió, pero la persecución le obligó a entrenarse en tiro y a conseguirse un caballo, que después se hizo tan famoso como él.  En poco tiempo adquirió una fina puntería con revólveres y rifles 3O‑3O, con los cuales empezó a enfrentarse exitosamente a sus perseguidores, convirtiéndose en una leyenda en las comarcas vecinas de León.

 

“Los guardias me quieren asesinar, no capturarme”, decía convencido “Pancho Ñato” Juárez Mendoza, y no estaba equivocado. Un tal Balto Alvarado, el jefe de los guardias sanguinarios que lo perseguían, afirmaba que no descansaría hasta matarlo. No le perdonaban que en pocos meses se pareciera a Robin Hood, pues en venganza de la persecución, robaba a los ricos productores de algodón, caña de azúcar y matarifes de cerdos de la zona y entregaba maíz, frijoles, caldo de caña y atados de dulce a  campesinos más pobres de comarcas de los municipios de Telica y Malpaisillo, ambos ubicados en territorio de León.

 

Pronto se hizo una red de espías formidables, informadores de “Pancho Nato”. Cuando los guardias se aproximaban, “Pancho Nato” se enteraba y montaba cualquier jugada contra ellos. Adonde los guardias llegaban, moríanuno, dos, tres y al final, se decía que “Pancho Nato” se transformaba en tallo de chagüite, en pedazo de madera, en cualquier cosa.

 

 

Finalmente, le tendieron una celada en la Estación de Malpaisillo, donde lo guardias lograron capturarlo a traición. Lo esposaron, lo manearon y lo echaron en una góndola del Ferrocarril, donde iba la leña arpillada del Municipio leonés de El Sauce a la Ciudad de León. Apresaron, al mismo tiempo, a unos 200 amigos suyos, de los más cercanos, sus más allegados en San Jacinto, Peineta, Hatillo, Palo de Lapa, Tololar y el Zanjón de Santo Cristo. Todos fueron conducidos maneados al Comando GN León, jefeado por el cruel y despiadado asesino coronel Pedro Nolasco Romero.

Después fueron torturados en las ya famosas Cárceles de “la 21”, la cual estuvo muy cerca de la sede del Comando GN de León. Se especuló de  que todos fueron asesinados en las cárceles tenenebrosas del Fortín de Acosasco.

 

El 22 de Enero de 1967

 

La otra masacre sonada de esa década y especialmente bestial por su nivel traicionero, fue la del 22 de enero de 1967, en la Avenida Roossevetl. En este caso actuaron juntos, los dos jefes de las “paralelas históricas”, pues metieron en un callejón sin salida a miles de obreros, campesinos, intelectuales, políticos y curiosos, para que no salieran de la trampa mortal tendida por los somocistas genocidas, encabezados por Anastasio Somoza Debayle.

 

Fernando Agüero Rocha, jefe de los conservadores y de la fatídica Unión Nacional Opositora (UNO), convocó a una especie de “insurrección”  en Managua,  con gente venida de otro lado, pues todos debían arribar a la Avenida Roossevetl con su morralito, listos para recibir la guillotina de balazos que les tiraron los guardias verdugos ese día y en la noche del 22 de enero.

 

¿Era un plan de Agüero Rocha con la Embajada Norteamericana? Al parecer, la aspiración era provocar una intervención norteamericana al mejor estilo yanqui en República Dominicana, en 1965, y que mediante elecciones se escogiera a Agüero como presidente. ¿O quería Agüero allanarle el camino al tirano Anastasio Somoza Debayle para que lo eligieran presidente? ¿Cuánto costó, en dinero y sangre aquel crimen o masacre gigantesca?. Lo que en realidad hubo fue un caos, el cual fue aprovechado militar y políticamente por la tiranía somocista.

 

Nadie lo investigó a fondo, pero quedó claro desde el mismo día que Agüero Rocha nunca tuvo  intenciones de insurreccionarse contra los guardias, pues hasta la saciedad se ha dicho, que como cualquier cobarde se refugió en un salón de belleza de los alrededores de la Avenida Roossevelt.

 

¿Cuántos fueron asesinados a mansalva? Los guardias tenían ametralladoras 50 y 30, tanques, tanquetas, fusiles garand, y disparaban a la masa humana entrampada desde helicópteros, edificios altos, mientras los traicionados portaban sus morralitos de comida, el pasaje de regreso a sus ciudades o comarcas, y las ilusiones de una libertad ofrecida por Agüero Rocha, mediante la  “insurrección” tramposa , o la jugada maestra a favor de la dictadura y de los yanquis agresores genocidas, otra vez.

 

No hubo tal “insurrección”. Fue una matancina planeada, como quien dice “echó los venados al desfiladero y ahí los mató a todos”, antes que logren salir del abismo. Diversas corrientes de sangre se resbalaron hacia los desagües y de ahí, a los canales para el Lago de Managua. La muerte se escurrió en el pavimento de la Avenida Roossevetl. Nunca nadie levantó una investigación de fondo, para establecer cuántos murieron en aquella gigantesca traición al pueblo.

 

¿Masacraron a cien, 2OO, 3OO, 4OO?, nunca se supo claramente, pero las coincidencias anduvieron por los 400 muertos. Se llegó a decir que los guardias somocistas genocidas llevaron no menos de  un centenar de cadáveres a enterrarlos en una fosa común de la carretera a Masaya, la que todavía no ha sido descubierta.

 

Por supuesto, hubo complicidad mezquina de la llamada oposición en Nicaragua, pues hicieron lo que mejor pudieron para que no se investigara y publicaran las causas de esta masacre brutal y despiadada del somocismo genocida. Así, como sucedió con los del Zanjón de Posoltega.

 

Esta masacre gigantesca del 22 de enero quedó sin castigo. Los responsables de este crimen no fueron juzgados, no fueron condenados ni encarcelados; por el contrario, Agüero Rocha por “el favorcito” hecho al tirano, apareció formando parte de “la pata de gallina” (Junta de gobierno), lo que constituyó la más alta traición a los intereses populares y de la nación.

 

Los responsables directos de esta  masacre, los que dispararon a mansalva (además de Somoza), se dijo entonces, fueron los jefes de los Batallones Blindado y de Combate, la Compañía de Ingenieros, la Policía de Managua, los coroneles José Iván Alegrett, Alberto Smith, Pedro León Rivas, Sixto Pineda y el teniente Isidro Bayers.

 

Estas grandes masacres muestran cómo ha actuado el somocismo en toda su historia criminal. Desde del asesinato traicionero del General Sandino, ninguno de estos crímenes‑masacres han sido casuales. Se trató siempre de la eliminación sistemática de sandinistas y de todo ser humano con algún olor político a progresistas. Cualquier patraña o infamia fue siempre inventada para asesinarlos.

 

El 15 de Septiembre de 1978, Barrio Guadalupe, León.

 

 

Una más de las masacres, a manera de  muestrario, es la ocurrida el quince de septiembre de 1978 en el Barrio Guadalupe, León, donde 22 jóvenes fueron asesinados  espantosamente  por la pacotilla de asesinos, jefeados por el general Gonzalo “Vucalno” Everzt, uno de los criminales más inescrupulosos con que contaba la tiranía somocista. Fue en el Día de la Patria, cuando se celebra la victoria de los patriotas nicaragüenses sobre los filibusteros esclavistas.

 

A los cadáveres de los 22 jóvenes les echaron un tractor encima y después les prendieron fuego con gasolina, como para no dejar huellas de lo que habían hecho, pero todo León había sido testigo del asesinato en masa, al mejor estilo de las SS de los nazifascistas de Hitler en Europa.

 

Aquella acción diabólica se inició en pleno día, con los gritos terríficos de un guardia: “Vamos a quemar todito este barrio hijueputa…”  Acto seguido, se aparecieron como pirañas mostrando sus dientes metálicos, centenares de guardias, los cuales agregaban a sus gritos: “Vayan saliendo todos de sus casas, porque vamos a quemar esta mierda”.  Le echaron un anillo de acero, metálico, de ametralladoras y tanquetas al Barrio Guadalupe, para que nadie tuviera posibilidad de escapar. Ante el infernal alboroto y presagio de muerte, solo los pajaritos pudieron escapar de aquella acción, donde las hienas asesinas estaban apostadas en todas las esquinas del barrio.

 

Llenos de terror, empezaron a salir hombres, mujeres, niños y ancianos, portando pequeñas maletas de ropa en las manos. Un puñado de guardias amenazantes, gritaban y gesticulaban violentos, apurados, para que la gente saliera, pues ellos estaban sedientos de sangre y deseosos de matar seres humanos. “Ustedes no salen”, les decían secamente a los jóvenes y hombres que no pasaban de los 4O años. Los obligaban a ponerse en fila en las cercanías de la Iglesia Guadalupe, por donde está una Virgen pintada en un mural de la parroquia.

 

Las mujeres sollozaban y los niños también, al ver que sus hermanos, padres, primos y tíos, quedaban en el paredón de fusilamiento de la pacotilla de asesinos de León. “Salgan, apúrense, se hace tarde, tenemos mucho que hacer”, repetían insistentemente los gendarmes sanguinarios, momentos antes de cometer el asesinato masivo, o masacre.

 

Josefa viuda de González, agarró valor y se quedó escondida dentro del Barrio Guadalupe, con la curiosidad de ver aquella masacre planeada desde el comando de la GN genocida en León. Un silencio sepulcral atrapó al viento enrarecido. No se oyeron ladridos de perros.

 

Con el pretexto de registros en casas de sandinistas, los guardias robaron todo lo que pudieron antes de ejecutar la masacre, al mejor estilo calmado y planificado de los jefes de las SS alemanas de Hitler en cualquier parte de Europa, África o Asia durante la Segunda Guerra Mundial.

 

Los guardias formaron a los jóvenes en dos filas en la calle de salida hacia Managua. A  gritos, histéricos les decían: “Ustedes son terroristas, son sandinistas hijos de puta… por eso van a morir”. Efectivamente, les soltaron en sus cuerpos jóvenes una descarga de balazos, que se escuchó por todo León. La sangre generosa salpicó el pavimento, se resbaló una corriente roja hacia el cauce del Río Chiquito, donde también hubo testigos de aquella masacre ejecutada en un cerco metálico, pero su rumor se propagó como la explosión de un inmenso hilo de pólvora encendida por todo León.

 

Acto seguido, a los cadáveres les echaron encima un tractor oruga, dejándolos virtualmente triturados. Después, como quien quema basura seca, procedieron a echarles gasolina y les prendieron fuego. Quisieron borrar todo. Los restos fueron echados en una fosa común, como hacían desde la época del asesinato del General  Sandino, cuyo cadáver tampoco entregaron jamás.

 

Entre otros, los jóvenes asesinados en aquella bestial masacre fueron: Carlos y Gonzalo Hernández, Miguel Centeno, Julio, Flavio y Clemente Páiz Barreto, Pedro Vargas Álvarez, Luis Alberto Martínez Alvarado, Hilario Martínez Ramírez, Julio Álvarez, Salvador y Pedro Vílchez Poveda, Ernesto y Gonzalo Luna Ruiz, Porfirio Páiz, Víctor Torres Pineda, Pedro Róger Padilla, Luis Vargas Parajón, Róger González Benavidez, Padilla Reyes y Manuel Ceca Zalazar. Casi todos eran de la calle conocida como “El Callejón” de Guadalupe, a cuyos moradores la guardia genocida los acusaba de ser sandinistas.

 

Las casas del Barrio Guadalupe quedaron virtualmente solas aquella noche fatídica. Por el olor a carroña, algunas aves de rapiña se acercaron al atardecer. Doña  Josefa viuda de González, llena de miedo, no se atrevió a salir. Su corazón y su cerebro se encogían de tristeza por las imágenes terroríficas que vio. Una masacre más de las ocurridas en León y todo el país.

 

 

 Las Operaciones Limpieza.

 

En la década del 70 eran comunes las masacres en el Norte de Nicaragua, donde los campesinos sandinistas u opositores de otros signos ideológicos, eran subidos en helicópteros y tirados desde el cielo, a varios miles de pies de altura, hacia la tierra. Los guardias sanguinarios genocidas reían divertidos cuando lanzaban a un hombre o una mujer sandinista desde los helicópteros. Existen relatos de que  minutos antes los aterrorizaban indicándoles que iban a “volar” como los pájaros.

 

A partir de septiembre de 1978 se hicieron comunes, inclusive, las masacres a ciudades enteras, en las llamadas “operaciones limpiezas”, que en realidad la guardia somocista genocida debió llamar: “matancinas masivas organizadas, planificadas por el Estado Mayor GN criminal somocista”. Con estas masacres eran virtualmente arrasadas ciudades como Masaya, Estelí, León, Chinandega, Matagalpa, Jinotega, Rivas y la propia Managua, pues en una sola andanada les echaban tanques, tanquetas, aviones bombarderos, ametralladoras, fusilería automática, mientras los pobladores permanecían dentro de sus casas, desarmados, porque los guerrilleros sandinistas ya se habían ido. Los somocistas genocidas hacían lo del típico matón leonés, desarrollado en la época de la tiranía, pues como no podían matar a su verdadero enemigo, se empajaba en los niños, ancianos, inválidos y  mujeres.

 

En una de esas “operaciones limpieza” de Estelí, asesinaron también a los médicos Alejandro Dávila Bolaños, Selva y a una enfermera, cuando estos estaban curando heridos en el Hospital estiliano.

 

Las Mujeres del Cuá.

 

Antes de estos crímenes masivos en ciudades,  masacraron a “Las mujeres del Cuá”, violaron en masa a Amada Pineda, a los campesinos les quemaron sus ranchos por órdenes de burgueses y latifundistas, y por informes de jueces de mesta y “orejas” de la guardia y de la Oficina de Seguridad de Somoza. Estos “orejas” y “jueces de mesta” fueron mecanismos esenciales para que se ejecutaran algunas masacres genocidas.

 

 

Masacran a Pedro Joaquín Chamorro Cardenal.

 

Uno de los más sonados crímenes de la dictadura somocista fue el asesinato-masacre del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, ocurrido el 10 de enero de 1978.

 

Periodista, abogado y director del diario La Prensa, tenía fama de que jamás se había doblegado a los jefes de la tiranía. Le ofrecieron cargos que siempre rechazó. Fue encarcelado varias veces y torturado personalmente por Luis y Anastasio Somoza Debayle en las cárceles  mazmorras infernales de la Loma de Tiscapa, donde escribió su famoso libro titulado “Estirpe Sangrienta: los Somoza”, en el que refiere abundantemente los métodos sanguinarios y mortales de eliminación de enemigos por parte de los jefes de la tiranía.

 

Sus editoriales, reportajes e investigaciones de La Prensa para destapar la corrupción del  somocismo, resultaron insoportables para el último jefe de la “Estirpe Sangrienta”. No lo aguantaban. Lo mandaron a asesinar, para ello contrataron a varios matones a sueldo, en un intento de que no se involucrara a la dictadura en el hecho criminal, pero les salió mal, pues las evidencias criminales fueron demasiadas claras.

 

Su cuerpo recibió un centenar de perdigones de escopeta cuando circulaba en una calle solitaria de los escombros de Managua, localizada frente a la Casa de Gobierno y Asamblea Nacional. Su asesinato terminó de encender la chispa de rebeldía popular contra los somocistas genocidas. Durante la noche de su vela fueron quemados numerosos vehículos en la Carretera Norte y una de las fábricas del tirano Somoza Debayle. Los guardias somocistas intentaron detener inútilmente a la gente desbordada en las calles, a punto de balas y bombas lacrimógenas.

 

El entierro del doctor Chamorro Cardenal fue extraordinario y multitudinario. Miles lo lloraron y acompañaron hasta el Cementerio Occidental de Managua.

 

Sabogales

 

Un ejemplo típico de cómo operaban los guardias somocistas fue lo que constituyó el inicio de la insurrección de Monimbó y la masacre en la comunidad Sabogales, vecindario ubicado al Este de la Ciudad de Masaya. La masacre ocurrió el 26 de febrero de 1978.

 

 

Todo transcurría “normalmente” durante una misa de 40 días, que se estaba efectuando en la iglesia San Sebastián de Monimbó, en memoria del Mártir de las Libertades Públicas, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, periodista y director del Diario La Prensa, a quien los mismos sicarios somocistas genocidas asesinaron el 10 de enero de 1978.

 

Dentro de la iglesia había unas 400 personas, entre hombres, niños y mujeres. De repente, unos 100 guardias llegaron a bordo de los ya famosos jeeps “Becats” y lanzaron no menos de 30 bombas lacrimógenas hacia el interior de la Iglesia de San Sebastián. Los gases de las bombas formaron un mar flotante que asfixiaba dentro de la iglesia y en sus alrededores. Muchas mujeres de los gritos, pasaron al desmayo, lo cual se extendió en forma dramática a un colegio llamado Oratorio Festivo, donde numerosos niños, entre ellos Claudia Castro (diez años), también se desmayaron.

 

El ataque GN somocista cobarde provocó una reacción inmediata entre los pobladores monimboseños, los cuales se lanzaron a las calles a incendiar vehículos, quemaron el cine Guadalajara, le pegaron fuego a la casa de la secretaria del esbirro somocista Cornelio Hüeck Sálomon, levantaron barricadas en los barrios San Miguel y Monimbó.

 

Como respuesta mucho más violenta, los guardias sanguinarios lanzaron tanquetas y tanques, ametralladoras calibre 50 y 30 y unos 300 soldados GN  contra Monimbó, que apenas contaba con pistolitas para defenderse de los ataques del enorme aparato represivo somocista.

 

Hubo muchos heridos, pero lo que más aumentó la cólera de los pobladores de Monimbó fue la muerte del joven Francisco Lorenzo López Díaz, quien se desangró dentro del Barrio Monimbó porque los guardias impidieron que la Cruz Roja lo sacara hacia el hospital. La lucha de los monimboseños arreció en las calles y también aumentó la agresión del régimen bárbaro y cavernario del somocismo genocida, pues en vista de la rebeldía decidieron bombardear por aire y tierra a los barrios insurrectos.

 

En medio de la lucha totalmente desigual, los monimboseños lograron quemar el comando de los guardias genocidas ubicado en el Barrio Indígena de Monimbó. Por esa lucha desigual, muchos combatientes populares se vieron obligados a retirarse de Monimbó hacia el lado de Sabogales, donde once fueron capturados, torturados y después asesinados brutalmente, como estilaban los somocistas genocidas en estos casos.  Caer en manos de esos guardias, era muerte segura ciento por ciento.

 

 

Allí fueron capturados y asesinados Camilo Ortega Saavedra, Moisés Rivera, Arnoldo Quant Ponce, Manuel de Jesús González, Domingo Cajina, Cástulo Chavarría, Luis Díaz, Pedro Medina, Roberto López, Luis Balmaceda y Aurelio Martínez.

 

“Orejas” y “Jueces de Mesta”

 

Los “orejas” actuaban fundamentalmente en las ciudades como informadores de la Oficina de Seguridad (OSN) y los “jueces de meta” eran también informadores y matones de cañada al servicio de la guardia somocista genocida. Estos, al mismo tiempo organizaban matanzas en las que tenían una participación directa y muy activa, en combinación con los guardias nacionales.

 

Los “jueces de mesta” condenaban a muerte a los sandinistas y a sus familias, y a cambio de su fidelidad con la guardia, recibían prebendas de todo tipo y autorización expresa de robar, matar, apoderarse de bienes de las familias perseguidas por ellos y los soldados GN genocidas.

 

“Orejas” y “jueces de mesta” son “soplones” (y “soplonas” también) de la tiranía. “Les dicen ‘orejas’ porque andaban con el oído atento a cualquier conversación callejera, en reuniones, asambleas, concentraciones en mercados, si el contenido de las mismas era político, era reportado inmediatamente a los agentes correspondientes de la Oficina Seguridad Nacional”.

 

Uno de esos “orejas” más famosos era Arnoldo Alemán Lacayo, el ahora Presidente de la República y ex-alcalde de Managua, quien en su época de estudiante de Derecho se montaba en los Becats de la guardia somocista, en León, para andar señalando los sitios de supuesta movilización de sandinistas, entre los que se encontraban Omar Cabezas Lacayo, Fanor Herrera, Gladys Baez y Marta Cranschaw.

 

Según Jacinto Suárez Espinoza, uno de los hombres con más conocimientos de estas masacres y de las torturas somocistas, señala que desde 1967 la guardia somocista genocida asesina a sandinistas como conducta política dirigida y planificada.

 

“1978 fue un año de centenares de masacres, las que se extendieron en 1979, ante la actitud desesperada de la guardia somocista y la propia tiranía, la consigna era capturar y matar, o sólo matar”, analiza Jacinto Suárez Espinoza.

 

 

Entre otro de los “orejas” famosos, Suárez recuerda a Enrique Canales Espinoza, estudiante del Instituto Ramírez Goyena, primero, y después de la Universidad Nacional (UNAN), a quien se le vincula, por ejemplo, con el asesinato del médico Casimiro Sotelo, debido a denuncias e informaciones que suministró a los agentes de la seguridad somocista; Casimiro Sotelo fue “bombeado por un soplón”. A este mismo “oreja” se le vinculó también con la muerte de Pedro Aráuz Palacios, miembro de la Dirección Nacional del FSLN. Era, según se conoce ahora, un “oreja” muy activo en el reclutamiento de otros estudiantes universitarios al servicio de los asesinos de la Loma de Tiscapa, del Campo de Marte y de todos los cuarteles del país.

 

Este sujeto, en realidad, estaba vinculado a todos los “orejas” estudiantiles en las universidades del país. Era jefe de redes de estudiantes de la Oficina de Seguridad. A muchos estudiantes, ante sus escasas posibilidades económicas para mantener sus estudios,  los conquistaban ofreciéndoles becas.

 

El “poeta carpintero”, Pedro Pablo Espinoza, era uno de los “orejas” más famosos y odiosos que existieron en Managua; era pobre, pero vicioso, vanal, lo que le permitió a la Oficina de Seguridad captarlo como informador.  El “poeta carpintero”, lanzado a la fama por el “moralista ultra-derechista” Pablo Antonio Cuadra, por medio de la obra “Mi Mujer es una prostituta”, se movía en el  ambiente periodístico, donde había numerosos “orejas”, entre otros,  Santiago Meneses Vallecillo.

 

El “oreja” en el somocismo era  una persona – hombre o mujer- que actuaba en un medio ambiente común conocido, desplazándose entre la gente con la finalidad de detectar a simpatizantes o miembros del FSLN, o bien, a aquellas personas que opinaban a favor del movimiento revolucionario en Nicaragua. Estos, tenían un carnet de la OSN y tenía como punto de atención una casa en el Barrio “Chico Pelón”, en el lado Norte de Managua.

Los y las “orejas” informaban a la seguridad (OSN) de lo que hablaba la gente en los mercados, en las calles, en los buses, en las barberías, salones de belleza, en las actividades sociales, estudiantiles, académicas o políticas. Estos personeros se encargaban de ubicar  casas de seguridad en ciudades y pueblos, a las que la Guardia Nacional les caía para catear, capturar, torturar y  matar, según el grado de interés que tuviesen los oficiales GN en las víctimas.

 

La Oficina de Seguridad Nacional, en el interés de no delatar a sus colaboradores (“orejas”), ubicaba puntos de atención alejados de los cuarteles u oficinas de los órganos represivos del somocismo.

 

 

Jacinto Suárez Espinoza revela que en los archivos, posteriores al Triunfo de la Revolución Popular Sandinista, se descubrió que existieron no menos de doce mil “orejas”, a los que usaban de cualquier modo, haciéndolos firmar documentos “comprometedores”. Allí, aparecieron algunos locutores de radio y televisión, periodistas conocidos, artistas también conocidos, estudiantes de diversos niveles, dirigentes sindicales, profesores, pulperos, barberos, enfermeras, políticos y taxistas; éstos últimos, tenían un papel muy importante, pues eran los que se movían por toda la ciudad en el día y en la noche.

 

“Por prudencia política del FSLN no se abren totalmente el contenido de estos archivos, pues medio mundo se quedaría sorprendido de la forma de reclutamiento que implementó la tiranía de cerca doce mil personas, entre los cuales, como digo, aparece gente conocida del país”,  explica Jacinto Suárez, una de las tantas víctimas de los “orejas”.

 

A mí me seguían Meneses Vallecillo y Stedman Fagot

 

Personalmente me sorprendió el hecho de descubrir que Santiago Meneses Vallecillo fue un “oreja”, periodista, que se hacía pasar como simpatizante del FSLN y quien expresaba admiración de mi trabajo periodístico en LA PRENSA , una forma que utilizó para reunir información y suministrarla a la Seguridad. De tal forma, también operó Stedman Fagot, dirigente misquito. Estos dos, Meneses Vallecillo y Stedman Fagot eran los que me daban seguimiento a mí por parte de la Oficina de Seguridad (OSN).

Estos dos sujetos, Meneses Vallecillo y Fagot, se hacían pasar como mis amigos, andaban cerca de mí cuando yo le daba cobertura a manifestaciones, actividades políticas callejeras, cuando llegaba a la UNAN-Managua, etc.

Meneses intentó tenderme una trampa relacionada con un tal Gabriel Albuerne, cubano gusano que supuestamente estaba preso en la “Casa de Piedra” del Campo de Marte. Intentó en varias ocasiones que yo fuese, por vericuetos, hasta esa “Casa de Piedra” para que entrevistase a Albuerne. Nunca quise ir, pues me “olía mal” ir a meterme sin autorización de oficiales de la GN al Campo de Marte.

Fagot por su lado me tendió una trampa en Bluefields, Capital de la Región del Atlántico Sur, pues inventó un conflicto de tierras en este sector geográfico del país y convención al doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal para que me enviara a hacer un reportaje del supuesto conflicto.

Me embarqué en el Puerto del Rama y llegué al Puerto de Blufields, donde una patrulla de guardias somocistas me estaba esperando y me llevaron preso al Comando GN, donde me sentaron en una sala, sin decirme nada, ni acusarme de nada. ¿Tenían planeado matarme ese día o en esa ocasión? El plan de matarme se confirmaría después cuando me hicieron aparecer en una lista de periodistas que eran buscado por los “escuadrones de la muerte” (“Mano Blanca”) de la Guardia Nacional y de la Oficina de Seguridad somocista.

Dichosamente, previendo lo que podía pasar durante ese viaje, antes de irme, hablé por teléfono con varios amigos de Bluefields, entre otros con Moisés Arana. Un grupo de estos amigos también me estaban esperando en el Puerto de Blufields, y de inmediato  hicieron público que los guardias me habían hecho prisionero al bajar del barco en el Puerto de Blufields. En el Comando GN no me dijeron nada, y en unas tres horas ordenaron ponerme en libertad. No había tal conflicto de tierras. En Blufields nadie sabía nada del asunto.

Otro famoso oreja de la OSN fue Iván Otero, a quien expulsaron de las filas del Partido Socialista.

 

“En realidad, los “orejas” más peligrosos fueron varios miles desconocidos y que circulaban por las calles de las ciudades del país en busca de información; estos hicieron mucho daño y fueron causantes de varias centenares o miles de capturas y asesinatos de sandinistas y personas calificadas de peligrosas o sospechosas.  El “soplo” fue uno de los culpables de la masacre de Batahola, donde fueron asesinados a mansalva 83 hombres y mujeres, el 15 de junio de 1979.

 

Estelí sangriento.

 

Durante los días 10, 11 y 12 de Septiembre de 1978, se calcula que los guardias somocistas sanguinarios mataron a no menos de 400 personas en Estelí, incluyendo a niños y mujeres.

 

Los pobladores de Estelí se atrevieron a desafiar a la tiranía con un intento de insurrección, la que fue reprimida al mejor estilo hitleriano con el lanzamiento de toneladas de bombas sobre la ciudad, ataques militares a mansalva con tanques y tanquetas, morterazos y ráfagas de ametralladoras calibre 50 y 30, más la llamada “Operación Limpieza” que la GN somocista genocida lanzaba contra las ciudades, sinónimo perfecto de asesinatos en masa.

 

 

La ciudad fue masacrada. Debido a las explosiones de bombas, muchas casas estelianas ardían y despedían gruesas columnas de humo hacia el cielo. Los cadáveres olían a quemado en las calles y dentro de las viviendas. Los llantos de niños y de mujeres era el estruendo de aquella desgracia.

 

En la ciudad se escuchaban lamentos, quejas y ayes de heridos, lágrimas de familiares en búsqueda de sus muertos bajo escombros y barricadas humeantes, aquello era un calvario. Los somocistas sanguinarios reconcentrados y gustosos en el comando GN, se emborrachaban y drogaban para continuar la saña del crimen en masas.

 

La gente  como pudo y bajo las amenazas de muerte sobre sus cabezas, enterraron a sus muertos en silencio, con procesiones fúnebres, sus rezos invocaban el deseo de justicia y eliminar el veneno de las víboras somocistas.

 

Entre los 400 muertos se cuentan con los siguientes nombres: Pablo Gutiérrez, Arnulfo Rodríguez, Óscar Rodríguez Briones, Javier Blandón, Petronila Blandón, Saturnino Mejía, Pedro Valenzuela, Leticia Hernández Gómez, Tomás Acuña, Magdalena García, Bernardo Flores Barrientos y Teodoro López.

 

El olor a sangre permaneció por varios días en las calles de Estelí. La ciudad parecía un campo de concentración nazi-fascista alemán. Ellos, los somocistas genocidas, tenían mucho de parecido a los invasores nazifascistas sanguinarios y mortales en Polonia, en Checoslovaquia, Bulgaria, Yugoslavia, Hungría, Leningrado o los desiertos de África.

El luto patrio y las masacres no terminaron con ese asesinato masivo en toda la ciudad de Estelí, pues en el mismo mes de septiembre, también fueron capturados y asesinados Orlando Pineda, Juana Vizcaya y Ramón Reyes, los que fueron denunciados por “Gabriel”, “Gripe” y Juan Bautista Moncada, todos “orejas” del somocismo sanguinario.

 

Como residuos de aquella barbarie, se registraron otras matanzas en el Barrio San Antonio, cuando los pobladores protestaban por los crímenes cometidos. La nueva víctima esteliana fue Gerardo Antonio Gómez Hernández.

 

Masacre de Waspán Sur

 

El primero de enero de 1979, cuando ya se desarrollaba la Insurrección Sandinista, u Ofensiva Final contra la tiranía somocista genocida, fueron cruelmente asesinados varios jóvenes rebeldes de vecindarios como Unidad de Propósitos, en las cercanías de la entrada al Barrio Waspán Sur, unos; y otros, en un bosquecito existente en aquellos días donde es hoy el Barrio Hugo Chávez Frías. Sobre esta masacre relato detalles pormenorizados en mi otro libro: Masacres somocistas en Managua durante la Insurrección de junio de 1979.

 

Fueron seis jóvenes los asesinados sin piedad  por esta banda cruel de morfinómanos de la dictadura somocista genocida:   Berta “Fany” Díaz Hernández (19 años), Marta Gioconda García (17),  Edgard Sandoval Mendoza (18), Mauricio Lara Detrinidad (17),   Armando Bonilla Cuarezma (19) y Ramón Sánchez Urbina (17).

Masacre de Xiloá

 

Masacre de Xiloá

 

Allí en el Balneario y Reparto de Xiloá, oficiales GN, soldados, agentes de la Oficina de Seguridad y “escuadrones de la muerte” (dirigidos por la misma GN y OSN), hicieron una orgía sangrienta extraordinaria el 12 de mayo de 1979, cuando ya estaba cerca el estallido armado de la Insurrección Sandinista, el cual comenzó el cuatro de junio en sitios como San Judas, Américas Uno y el OPEN TRES (hoy Ciudad Sandino).

 

En realidad, ese día 12 de mayo de 1979, allí en Xiloá, aquella banda cruel y sanguinaria de asesinos de la dictadura somocista genocida, ejecutaron cuatro masacres: una en la casa de don Alfonso González Pasos, una segunda en una casa de seguridad en que estaban ubicados Ricardo Orúe Navarro y otros compañeros; una tercera cuando capturan y matan a Cristhian Pérez Leiva y Omar Hasan Morales;  y una cuarta en un sitio llamado Finca Santa Margarita, en el lado Noroeste de la Laguna de Xiloá.

 

En Xiloá, un grupo pequeño, especializado, encabezados por Cristhian Pérez Leiva, Omar Hassan Morales y Ricardo Orúe Navarro, trabajaron día y noche durante varios meses elaborando el mapa insurreccional, los sitios que estaría el principal teatro de operaciones de la Insurrección Sandinista. La banda de asesinos de la Loma de Tiscapa, por labor de los soplones u orejas despreciables e infames, descubrió este trabajo revolucionario y llegó en afán de matanza despiadada y genocida.

 

En mi libro: Masacres somocistas en Managua durante la Insurrección Sandinista, abordo detalladamente esta historia de las tres masacres en Xiloá y las implicaciones que tuvo en aquel momento.

 

Según el Diario BARRICADA (Órgano Oficial del Frente Sandinista) del 12 de mayo de 1980, los asesinados atroz, desalmada y despiadadamente, fueron: Alfonso González Pasos, el jardinero Francisco, los niños  Constantino Chamorro Mejía, Juan Bosco González Chamorro y Francisco (hijo del jardinero); el jardinero  y la trabajadora doméstica Sandra Salgado Roque, en el primer caso; Ricardo Orúe, Bayardo Martínez y una muchacha de seudónimo “Sandra”, llamada Carmen,  más un niño, en el segundo caso; Cristhian “Inca” Pérez Leiva y Omar Hassan Morales, en el tercer caso; y cuatro o cinco jóvenes que fueron rafagueados en la peña de la entrada a  la Finca Santa Margarita y lanzados sus cadáveres a unos barrancos, en el lado Suroeste de la Laguna de Xiloá.

 

Masacre Camilo Chamorro

 

En esta masacre monstruosa, ejecutada  por la Guardia Nacional somocista sanguinaria, genocida, cayeron doce jóvenes: Fidel Caldera, Esmeralda Torrez, Darwin Torrez, Andrés Urbina, Luis Álvarez, César Augusto Solís, Juan Arce, Mario Díaz, dos hermanos Rivas, Carlos Ramírez Flores y Mario Ayala.

Esta otra masacre, identificada como Masacre Camilo Chamorro, ocurrió el 27 de junio de 1979, a tan sólo siete días del estallido insurreccional en Managua, y precisamente estos jóvenes estaban escondidos, en preparativos para formar columnas y escuadras para los combates contra la dictadura en las Zonas Oriental y Norte capitalino.

Como siempre, los orejas despreciables o soplones de la Oficina de Seguridad estuvieron de por medio en la denuncia y ubicación de estos muchachos, y la Guardia Nacional somocista genocida llegó a matarlos a las dos de la mañana de ese día. Sólo se salvó uno de ellos, quien me contó al detalle lo que pasó esa madrugada. Esto lo relato en mi libro ya mencionado: Masacrs somocistas en Managua.

 

La masacre de Batahola.

 

 

La bestial masacre somocista de Batahola estuvo precedida de los informes de dos o tres “soplones”, entre los cuales se mencionan al paramilitar Ramón Valle Arancibia y al oreja Gabriel Valle, quienes también participaron directamente en la matancina de los 83 jóvenes el 15 de junio de 1979, entre los destacaba una agraciada jovencita llamada Linda Graciela Barreto Orozco.

 

En ese mes de junio, en todo el país, el pueblo en general ejercía su derecho histórico a insurreccionarse contra el régimen somocista brutal, cruel y sanguinario, que venía perpetrando una cadena de asesinatos desde 1934.

 

En Managua,  la Insurrección Sandinista justiciera había estallado en tres grandes sectores geográficos capitalinos: Oriente‑norte, Sur y Oeste. En el Oeste se habían levantado los barrios Monseñor Lezcano, Santa Ana, Loma Verde, Balcanes, Linda Vista, Las Brisas y Altagracia. Para ese día 15 de junio, a este grupo de combatientes se les habían agotado las municiones, tomaron la  decisión, entonces, de replegarse hacia San Judas, yéndose en silencio por la ruta de lo que era el Banco de la Vivienda y la Embajada Norteamericana. Salieron temprano. Avanzaban recostándose a los muros, se escondían en predios montosos y cruzaban sigilosamente la calle.

 

Según se supo después, los “orejas” los detectaron mucho antes de llegar a las cercanías del Banco de la Vivienda, quienes procedieron a informar a la Guardia Nacional, la que se hizo presente con un pelotón de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI), jefeada por Anastasio “Chigüín” Somoza Portocarrero, quien les enseñó a odiar a muerte al pueblo. La zona donde fueron asesinados no estaba poblada por los asentamientos y colonias de hoy. Estaban sólo los muros de la Embajada Norteamericana.

 

Era un poco después de la una de la tarde, cuando los jóvenes en dos columnas se acercaron a la Embajada Norteamericana. La mayoría se instaló en posición de descanso, mientras otros se dedicaron a explorar la zona montosa, no llegando hasta los cerros o elevaciones de piedra y arena, ubicadas al Sur y al Oeste, donde las “bestias somocistas” se emboscaron con ametralladoras calibre 50 y 30, más fusilería automática (las que estaban emplazada en los camiones de volquetes y tractores oruga que allí estaban), lanza-morteros, tanques y armas anti-áreas.

Desde esos cerros, los guardias tenían una visión privilegiada. Además, asimismo tenían ametralladoras calibre 50 emplazadas en el Taller de la Mercedes Benz y en KOMATSU,  es decir, en la orilla de la Carretera Sur, unos 150 metros al Este de los muros de la Embajada Norteamericana y en la vuelta (esquina “punta de plancha”) hacia el Sur, donde estaban las fábricas Cementera Canal y la NICALIT,

 

Según relatos de sobrevivientes, los que participaron en aquel repliegue hacia San Judas eran unos 400 jóvenes (hombres y mujeres), aproximadamente, entre Combatientes Populares, Jefes Guerrilleros y pobladores implicados en la Insurrección, quienes en el transcurso fueron observados minuciosamente a través de binoculares por los orejas de la guardias somocista sanguinaria y agentes, u orejas, de la Oficina de Seguridad, que a su vez pertenecían a los  escuadrones de la muerte.

La muchacha delgadita, de facciones finas y distinguidas, llamada Graciela Isabel Barreto Orozco, penetró en compañía de otras jóvenes a la casa de Lucía Kely a pedir agua para beber.

 

Un anciano, cuyo nombre no se ha podido establecer, simpatizó mucho con las muchachas, especialmente con Graciela Barreto Orozco, a quienes les dijo casi suplicante: “No deben seguir, las pueden matar a todas. Los guardias, por centenares, se están moviendo en la Carretera Sur y en todos los alrededores; han sido vistos subiendo y bajando de los camiones y emboscándose”. “Sos muy bonita, no te expongás a que te maten”, le agregó el anciano a Graciela Barreto Orozco, quien se acomodó una pistola en la cintura y dirigió la mirada hacia el monte crecido por donde continuarían la marcha en unos minutos.

 

Graciela Isabel, al despedirse del anciano, respondió: “Gracias, pero debemos llegar a San Judas. No podemos quedarnos aquí, al lado de Monseñor Lezcano, pues  estamos metidos en una trampa  mortal”.

 

Retornaron los exploradores. La inmensa mayoría estaban desarmados. Portaban, a lo sumo, diez fusiles automáticos con pocas municiones. Se formaron en dos columnas para cruzar la Carretera Sur, bajo los chilamatones del lado Norte de la Carretera. Las mujeres iban en medio. Todo estaba siendo observado con binoculares por las “bestias somocistas” desde los cerros de Batahola y en los sitios, muros y árboles, en que estaban ya emboscados, esperando el paso de los jóvenes replegados de Monseñor Lezcano.

Empezaron a caminar por unos caminitos, parecidos a “carreteras de hormigas” entre las hierbas crecidas. Era plena época lluviosa y el Sol calentaba con más de 34 grados la caldera de Managua. La mayoría iban agachados, para evitar la posibilidad de ser vistos.

 

Todos habían entrado ya al escenario de campo abierto de la Carretera Sur,  cuando repentinamente se escuchó el diluvio de disparos de las no menos de ocho ametralladoras calibre 5º y 30, más centenares de fusiles automáticos, los cuales vomitaban balazos desde varios puntos planos y de los cerros ya mencionados.  Las descargas de tiros se escucharon por todo el Oeste de Managua.

Los pajaritos salían volando asustados de los chilamates, mientras miles de personas se llenaban de terror en las cercanías porque los tiros se estrellaban en muros y silbaban por el aire; entre los pobladores de los alrededores hubo inútil indignación, pues los jóvenes estaban siendo asesinados a mansalva en ese momento, y ellos sin poder hacer nada.

 

Según sobrevivientes de esta horrible Masacre de Batahola, entre otros, Leonardo Iglesias Medina (ya fallecido)…., el diluvio de balazos contra ellos y ellas comenzó cuando cruzaban el cauce paralelo a la Carretera, en el lado Sur de la Carretera, sobre el cual habían chilamatones frondosos. Numerosos replegados cayeron, precisamente, dentro de este cauce.

 

La mayoría de los 83 jóvenes abatidos fueron barridos con las primeras ráfagas, las ocho ametralladoras y fusiles automáticos fueron accionados al mismo tiempo, en dirección a las ´dos columnas caminantes de jóvenes. Los sobrevivientes, tirados al suelo, siguieron a rastras, hasta salir a la calle orillada a la Cementera Canal y NICALIT, de donde tomaron otro camino montoso hacia el barrio Altagracia.

 

 

Atrás, igual que otras centenares de masacres anteriores, un  río de sangre joven manchaba el verde de la maleza, el lodo oscuro del cauce y el pavimento de la Carretera Sur, testigos mudos de los llantos y quejidos de los que habían quedado vivos. Las bestias somocistas dispararon sus ocho ametralladoras por más de 10 minutos, según los testigos sobrevivientes de esta otra masacre somocista sanguinaria genocida. Las hierbas quedaron cortadas como con una chapadora mecánica y los troncos de los chilamates estaban perforados por miles de balas.

 

Nadie rescató los cadáveres, ni vecinos ni sobrevivientes. Después de tener seguridad de la masacre, los infames somocistas genocidas, encabezados por oficiales de alto rango de la GN-EEBI, llevaron camiones volquetes del Distrito Nacional y del Departamento de Carretera, más o menos a las dos de la tarde.

 

Muchos de los 83 masacrados estaban todavía vivos, heridos, algunos levemente. Los testimonios confirman que los somocistas genocidas procedieron a matarlos uno a uno con sus pistolas y fusiles automáticos. Graciela Isabel Barreto Orozco, por ejemplo, estaba viva. Una de las “bestias somocistas” la tomo por el pelo, la pateó y después le dio un tiro en la cabeza.

 

Terminada la obra asesina, echaron los cadáveres en camiones volquete del Distrito Nacional (Alcaldía) y fueron rumbo adonde es hoy el Centro de Convenciones Olof Palme, donde echaron los cuerpos en una fosa común. Los sobrevivientes de la masacre, mientras tanto, en su escape por el lado de Altagracia, se encontraron con el resto de Combatientes Populares, que habían tomado ese rumbo para evitar encontrarse con los genocidas.

Las “bestias del somocismo” andaban como los vampiros, con los colmillos llenos de sangre.

 

Por mi parte, mediante pláticas con sobrevivientes de la Masacre de Batahola, y tomando en cuenta el listado oficial de la Asamblea Nacional, colocados cada uno de los nombres en el monumento ubicado en la Asamblea Nacional, la investigación que hice me dio como resultado la siguiente lista:

 

Arnoldo “Viejo” Real Espinoza, Silvio Porras García, Alba Luz “Marta” Portocarrero Ramos, Soraya “Flor” Hassan Flores, Allan “Sherman” Álvarez Miranda, Antenor Aguilar, Antonio Maldonado,  Carlos Mendoza Montano, Carlos Ortiz, César Vidal Lara Tercero, Denis Argeñal, Eddy Meléndez Morales, Eduardo García, Eduardo José “Ñato” Argüello Bohórquez, Edwin Gutiérrez, Elías Alfredo Pérez, Enrique Gutiérrez Serrano, Ernesto “Franklyn” Cedeño, Fanor Gaitán, Fernando Javier Aguinaga, Francisco Hernández, Francisco Javier Zeledón López, Francisco Gutiérrez Velásquez, Francisco Rodríguez, Gerardo Omar López, Gustavo “Tortillero” González, Horacio José Lorío Hernández, Ignacio Varela, Javier Antonio Martínez Velásquez, Jorge “Bladimir” Corea Briones, Jorge Martínez, Jorge Zapata Borge, José David Rocha Hernández, José Domingo “Chanchero” Martínez, José Domingo Romero, José Enrique Bermúdez, Jorge José Esquivel Acevedo, José Gonzalo Largaespada Martínez, José Isabel Bermúdez, José Peña Gutiérrez, José Rafael Bermúdez, José Ramón Rayo Suárez, Juan Horacio Rivas Rodríguez, Juan Rafael Bermúdez, Juana María Torrez Espinoza, Julio Loáisiga, Julio Villalta, Leonel Morales, Graciela Isabel  Linda Barreto Orozco, Luis Martínez, Luis  “Bomberito” Montano, Manuel Espinoza Cabrera, María José Sáenz, Marta Olivia, Mary José Matus, Mauricio A. Gutiérrez R., Mauricio Alegría, Mauricio Mayorquín, Miguel José Matus, Miguel Velásquez López, Napoleón Lara, Nelson Berríos Parra, Noel Padilla Pérez, Orlando Núñez Hernández, Oswaldo Enrique López Alegría, Pablo Solórzano, Pedro Antonio Túkler Rugama, Raúl López Flores, René Gutiérrez, Reyna Carballo, Ricardo J. Munguía Talavera, Roberto Díaz Meza, Róger Benito Martínez, Róger Martínez Abarca, Ronaldo Antonio Velásquez Morales, Rubén Mendoza, Samuel Antonio Medal Ramírez, Samuel Samuelillo Barreto,  Víctor Manuel Aguirre Mendoza, Wilfredo Juan Rodríguez, Jazmina Bustamante Peña y Zulema Baltodano Marcenaros.

 

¿Cuántos eran realmente, entre varones y mujeres, los participantes en aquel Repliegue Táctico de Monseñor Lezcano a San Judas? ¿Cuántos fueron asesinados, o masacrados? ¿Cuántos sobrevivieron a esta balacera horrible?

 

La masacre de la Colina 110

 

Dos días antes de la masacre de Batahola, el 13 de junio de 1979, asesinaron  a 35 jóvenes en la Colina 11O, ubicada al Sur del Barrio Manuel Fernández Mora, conocido también como “Laureles Norte”. Un “oreja” despreciable, de apellido Cortez, fue quien denunció la ubicación de los jóvenes en unas zanjas de la Colina 11O. Se aparecieron unos 3OO guardias genocidas con un tanque Sherman y dos aviones Push and Pull los respaldaban con  un bombardeo sistemático e indiscriminado que duró casi todo el  día 13.

 

 

Los 35 jóvenes, ya prácticamente sin balas en los escasos fusiles que tenían en sus manos, fueron rodeados por los 3OO guardias somocistas genocidas, quienes arrojaron a las zanjas donde se ocultaban granadas de fragmentación. Fueron ametrallados dentro de las zanjas. Con el Sherman y una pala mecánica procedieron a aterrar de tierra las zanjas, en que unos 2O jóvenes estaban vivos aún.

 

Terminada la operación asesina, los guardias amenazaron a la población, a través de altoparlantes instalados en helicópteros, prometiendo el mismo destino de los jóvenes, si osaban desafiar a su jefe Anastasio Somoza Debayle.

 

35 de estos Combatientes Populares y Jefes Guerrilleros fueron masacrados con ráfagas de fusiles y ametralladoras hacia las trincheras de combate, e inmediatamente detrás, en segundos, el operador, también asesino genocida, de la pala mecánica arrancó grandes cantidades de tierra de la Colina 110 y las lanzó sobre los cuerpos ensangrentados, algunos todavía con vida, dentro de las zanjas. No les bastó echar la tierra encima de los cuerpos que estaban dentro de la zanja, sino que la pala mecánica fue pasada encima de donde estuvo la zanja, para que quedara  compactada la tierra, como quien dice, “para que no vayan a salirse de aquí”.

 

Los sobrevivientes fueron ocho: César “Chino” Augusto Ampié, los hermanos César y Javier Téllez Sánchez, uno al que le decían “Patitas”, Leonardo “Purito” Cabrales,  Pájaro Azul, Miguel “Válvula  Quemada” y Eduardo Julio Areas Aguilar.

 

La Columna “Manuel Fernández Mora” la integraban, debo repetirlo, asi todos fueron asesinados:

Marvin “Viejón” Úbeda Acuña, César “Chino” Ampié Rivas, Ernesto “Tito” Sánchez,  Carlos “Monito” Juárez Cruz, Lorenzo “Lencho Canilla” García,  Raúl “Marcos” Rivas Quintero, César “Mou” Téllez Sánchez, Antonio “Chino Cebolla” Cruz Gómez, Ángel “Cara de Piña” Cruz, Javier “Chintano” Martínez, Germán “Perro Mocho” Miranda Toledo, Saturnino “Mimado” Ortiz, Víctor “Pelón” Osorio, Carlos “Carlos Tico” Tuco, Ricardo “Flaco” Flores, Omar “Judito” Téllez Sánchez, Leonardo “Julián Cham” López, Denis Dionisio “Chele” Guerrero, Leonardo “Purito” Cabrales, Ernesto “Pata de Chile” Pérez Briones, Javier “Ñato” Téllez Sánchez, José Hildebrando  “Shaquespeare” Sancho, José Félix “Frijol” Bracamonte, Ramón “Manchón” Martínez, Héctor “Retoita” Martínez, Carlos “Tusa” Acosta, “Papita”, “Válvula Quemada”, Miguel “Manito”, William “Guerrillero”, Walter “Guerrillero”, Guátemoc “El Muco” Martínez, José Luis “Joe” Martínez, Mario “Mario Loco” Martínez, Wilfredo Mendoza, Heberto Bonilla,  “Sapo Tuerto”,  Carlos “Meón” Vanegas, Raúl “Gato” Vanegas, Marvin “Tribilin” Vanegas, Orlando Cuéllar, Javier “Pato” Taleno, Julio Acuña Martínez, Milton “Panzón” Lezama,  y José “Chema” Quintero.

 

Por supuesto, este contingente de guardias sembró el terror en el caserío del Asentamiento “Manuel Fernández Mora”, entonces llamado “Laureles”, a cuyos pobladores acusaron insistentemente de “cómplices de los sandino-comunistas-terroristas”.

 

Masacre en el Kilocho Sur

 

*Según las versiones de la Asociación de Combatientes y Colaboradores Históricos Gabriel Cardenal Caldera, ubicada en San Judas, en el “Kilocho Sur” fueron asesinados  entre 32 y 35 jovencitos, de los cuales sólo hay identificados 15. Son ellos: Manuel  “Pequeño” Calderón, Francisco “Pancho” Martínez, Henrry “Galleta” Guerrero, Rolando “Polín”  Delgadillo, Eduardo  Mojica, Freddy “Chiripa” Mejía Zapata,  Francisco Blanco, Eduardo Flores, Aura Lila Mendoza, Ernesto Martínez H., César Cubillo, “Pepe”, “mi compa de la Morita”, dice “Gersán Guevara Casaya en su informe, y agrega: “Domingo y Leonel, mis hermanos del OPEN TRES”.

 

Masacre en la Hacienda El Vapor

 

*Según registros de la Asociación de Combatientes y Colaboradores Históricos Gabriel Cardenal Caldera, ubicada en el Barrio San Judas, en la Masacre en la Hacienda El Vapor, cayeron 12 asesinados:  Humberto “Tantum” Salinas, Mario  Santamaría y un hermano suyo no identificado,  Noel “Montatoros” Salinas, Freddy “El Mínimo” Téllez, Donald Cristhian “Mandril” Flores, Roberto Alvarado Flores, Julio “Peineta”, Angélica Lara, Ramiro Martínez, David “Pelón” Casaya y  Roberto “Pilinche” Álvarez Rosales.

 

El listado de caídos en San Judas, Villa Roma, Loma Linda, Torres Molina, en el “Kilocho Sur” y en la Hacienda El Vapor, es el siguiente, repito incompleto todavía:

Gabriel “Payo” Cardenal Caldera, Douglas “El Peludo” Mejía Obando, René “Horacio” Cisneros Vanegas, Roberto Vargas Batres, Ramiro Córdova, Ángela “Lucy” Largaespada, Miguel “Marcio” Fornos, Luis “La Liebre” Salgado, Mario “Raúl” Montenegro, Sergio Guevara, Sebastián “Chaca” Blanco, Rodolfo “Tito” Blanco, Manuel Guadamuz,  Ernesto  “Chino Tito” Hernández, Oswaldo “Cosa de Horno”, Segundo Samayoa, Nelson “Motorcito” Vargas, William “Niño Dios” Espinoza, Manuel “El Pequeño” Calderón, Francisco “Pancho” Martínez, José Cordero, “Grampon”, Gustavo Padilla, “Edgard”, Marvin Guerra,  René “El Pelado” Blandón, Ismael Medina, Alejandro “Palo Alto” López, Edgard “Cumba”, Bayardo Ordóñez, Armando Arce,  Franklin Grameño, “Carmen”, Marta Espinoza,  Humberto “Tatum” Salinas, Noel “Monta Toros” Salinas, dos Hermanos Santana María, Freddy “El Mínimo” Téllez,  Donald Cristhian “Mandril”  Flores,  Ismael “Kara”, Roberto Alvarado Flores, Julio “Peineta”, Ramiro Martínez, Angélica, David “El Pelón” Casaya,  Roberto “El Pilinche” Álvarez Rosales, Alejandro Jirón, Marcos Morales, Norma Guevara, Marvin Carrión y Marvin García.

El asesinato del periodista Bill Steward

 

Siete días después, el 2O de junio, las mismas bestias del somocismo sanguinario asesinaron al periodista norteamericano Bill Steeward y a su intérprete nicaragüense Francisco Espinoza.

 

El día 20 de junio hubo otra masacre en el barrio Riguero. A propósito de este hecho, numerosos periodistas, entre ellos se encontraba Steeward,  se dirigieron al vecindario para cubrir una nueva barbarie del somocismo. El grupo fue detenido en un retén militar, sin mayores explicaciones, Steeward y Espinoza fueron pateados primero, luego los obligaron a ponerse de rodillas y después los asesinaron a balazos frente al vecindario impávido del Barrio Riguero, todo el acto criminal fue filmado y publicado en todo el mundo.

 

Con el cinismo característico de siempre, los genocidas, encabezados por Anastasio Somoza Debayle, pretendieron de justificar su crimen respondiendo a un supuesto ataque de Steeward y Espinoza.

 

Masacre de la familia Mejía Sánchez

 

“!Viene un mortero…jodido!”, exclamó Mejía Sánchez. Apenas había terminado de exclamar lo anterior, cuando el mortero explotó dentro de su casa, donde estaban sus hijas, su esposa  Aura Clara Sánchez y otros familiares.

La explosión sorda hizo volar la casa en mil pedazos y al instante comenzó un voraz incendio. Se escucharon gritos desgarradores de dolor profundo. Como pudieron, Walter Mejía Sánchez y el grupo de Combatientes Populares se abrieron paso por entre las llamas y lograron sacar los cuerpos desfigurados por charneles y calcinados de Marta Elena, Ruth del Carmen, Adela Esperanza, las tres hijas de Walter; y a doña Petrona Mejía, madre de Walter Mejía Sánchez, todas muertas.

Doña Aura Clara Sánchez, esposa de don Walter Mejía Sánchez, y madre de las tres muchachas, quedó gravemente herida entre el amasijo de escombros dejados por la explosión del mortero, lanzado por los guardias sanguinarios del somocismo genocida desde el Edificio Armando Guido, ubicado en el lado Noroeste del Barrio San Luis.

Doña Aura Clara Sánchez apenas se quejaba prensada por escombros y llegándole las llamas. La lograron sacar de los escombros. Y sacaron a otros tres amigos, también muertos, que estaban dentro de la vivienda. Los nombres de estos amigos  no me fueron suministrados.

Doña Aura Clara Sánchez tenía heridas enormes en casi todo el cuerpo. Además, tenía perforado los intestinos y un pulmón. Las tres hijas de Walter Mejía Sánchez eran jovencitas, integrantes del Grupo Folklórico  y Combatientes Populares del Barrio El Edén, donde ya habían caído 14 jóvenes antes que ellas en los combates en contra de la Guardia Nacional genocida somocista. En total fueron 21 Héroes y Mártires de El Edén.

Por la explosión hubo también numerosos heridos, todos los cuales, con doña Aura Clara Sánchez, fueron llevados al Hospital México clandestino, en Bello Horizonte. Allí fue operada doña Aura Clara y aquellos médicos heroicos le salvaron la vida.

Masacre de tres familias en el Barrio El Edén

 

Esta otra masacre espantosa se produjo el 20 de junio de 1979, casi a las cinco de la tarde, en el lado Sur del Barrio El Edén, exactamente de la gasolinera que siempre estuvo frente al muro del Cementerio Oriental, 150 metros al Oeste.

Esta masacre se registró allí porque uno de los pilotos somocistas sanguinarios genocidas, de los que bombardeaban diariamente Managua, León, Chinandega, Masaya, Rivas, etc., dejó caer desde un helicóptero una bomba de mil libras, la cual explotó sobre dos casas, matando a siete seres humanos, los cuales quedaron sepultados por decenas de toneladas de tierra y millones de pedazos de materiales de construcción.

Los muertos fueron: Germán, Julio y Aura Martínez, Ileana Jarquín Palacios, esposa de Germán, dos niñas gemelitas, hijas de Germán e Ileana; y Roberto González, un niño de diez años.

La única sobreviviente de esta masacre horrenda fue doña Angélica González, quien quedó sepultada hasta el cuello, es decir, todo el cuerpo, menos el cuello y la cabeza.

La bomba de mil libras cayó exactamente sobre una bloquera, propiedad de Germán y de su esposa Ileana. Las tres familias estaban dentro de un refugio antiaéreo, donde cayó la bomba y explotó, ocasionando un hueco enorme en el sitio en que estuvieron dos casitas de tres familias.

Yo llegué casi inmediatamente al sitio y tomé fotografías, varias de las cuales se publicaron en la primera edición del Diario BARRICADA el 26 de julio de 1979. Recuerdo que los vecinos y dos miembros de la Cruz Roja Nicaragüense, ubicada en el lado Sur de la Colonia Diez de Junio, y yo también, luchamos juntos con palas y cobas en manos, para rescatar los cadáveres y desenterrar también a doña Angélica González González, quien falleció en el Reparto Bello Horizonte hace unos 10 años.

Sobre esta masacre asimismo hago un relato pormenorizado en mi nuevo libro Masacres somocistas en Managua.

 

Masacre en Linda Vista

 

Al borde del Triunfo de la Revolución Popular Sandinista, el 18 de julio en la madrugada, una turba de guardias morfinómanos ejecutó la última masacre en Managua, durante la Insurrección Sandinista, en el Reparto Linda Vista, en el extremo Noroeste de Managua.

Resultó que unos mil pobladores de Monseñor Lezcano, Acahualinca, Linda Vista, Santa Ana, se juntaron a media noche del 17 de julio, cuando ya se supo que el tirano sangriento y genocida había huido del país,  y decidieron salir en marcha a celebrar la victoria para el lado de la Pista de la Refinería.

Eran más o menos las dos de la mañana. Iban lanzando vítores al Triunfo de la Revolución, después de pasar el semáforo de Linda, cuando de repente del lado del Supermercado y del Cine Linda salieron unos cien guardias y los conminaron a disolverse.

Al mismo tiempo les dispararon ráfagas de tiros Aka, matando a Danelia Hernández Artola, e hiriendo al menos a unas 20 personas, entre otros, Francisco “Salvaje” Vega, quien fue auxiliado por un médico de los alrededores.

Danelia Hernández Artola era Combatiente Popular y al mismo tiempo la esposa de Fanor Ibarra González, quien hasta ese momento había sido uno de los Jefes Insurreccionales en el Barrio Monseñor Lezcano.

Atilio Ibarra González, uno de los participantes en la manifestación y hermano de Fanor, recuerda que al escuchar los primeros disparos, la multitud buscó donde parapetarse y al mismo tiempo arrastrarse al nivel del pavimento, para evitar ser impactados por las balas.

Ocurrió también lo inesperado, pues al parecer los guardias somocistas genocidas andaban con miedo, pues dispararon y a la vez se replegaron hacia el lado Norte del Supermercado.

Danelia fue sepultada en el patio de una Iglesia que hay en el lado Norte de Monseñor Lezcano.

 

Matanza durante Repliegue Táctico de Managua

 

 

El 27 de Junio de 1979 se registra en la Historia de lucha de nuestro país, el heroico Repliegue Táctico de Managua a Masaya, cuyas columnas principales fueron masacradas desde el aire por los somocistas sanguinarios, ocasionando  83 muertos (según investigación que hice en 2014), a lo largo de todo el trayecto. Las causas del repliegue fueron la  escasez de municiones o balas, comida, medicinas,  para sostener la batalla en la Capital contra los somocistas genocidas; para evitar una masacre masiva de la GN contra todos los involucrados en la Insurrección; por la necesidad urgente de reforzar los frentes de combate en el Oriente del país; para defender y profundizar la Liberación de Masaya, y para ir al asalto, a la liberación total de Carazo y Granada, con lo cual se le quebró para siempre la iniciativa militar a la dictadura militar somocista y su Guardia Nacional de asesinos y ladrones.

 

Casi siete mil replegados, la inmensa mayoría pobladores civiles desarmados que temían ser asesinados en Managua, fueron atacados salvajemente con rockettes y bombas de 500 libras lanzadas desde aviones Push and Pull y helicópteros, exactamente en el lado Norte de “Piedra Quemada”, sitio ubicado en territorio del Complejo Volcánico de  Masaya.

 

Entre los participantes de aquella acción militar titánica, revolucionaria sandinista, aproximadamente 500 eran Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares entrenados y organizados en las estructuras militares del FSLN. El bombardeo criminal se produjo entre las once de la mañana y las cinco de la tarde.

 

El que escribe este libro, fue testigo presencial directo de esta hazaña del pueblo y de los crímenes cometidos por los somocistas genocidas durante la marcha de Repliegue Táctico de Managua a Masaya, entre el 27 de junio en la noche, todo el día 28 y llegada a Masaya el 29 de junio de 1979, en la madrugada.

Durante toda la marcha no dormimos,  cargamos heridos y mochilas, caminamos por veredas y potreros baldíos, cuando el sol rojizo, color de oro de la mañana nos sorprendió llegando a un sitio llamado Veracruz, donde una patrulla de guardias sanguinarios, con una ametralladora 50 emplazada en un camión, asesinaron a dos compañeros participantes del Repliegue. Aparentemente, aún la guardia genocida no se enteraba del Repliegue Táctico de Managua a Masaya.

 

A las nueve de la mañana del 28 se formaron dos columnas inmensas con la parte central del Repliegue, jefeada por William Ramírez Solórzano y  Joaquín Cuadra Lacayo. A las diez de la mañana caminábamos por una encajonada montosa, en medio de la cual habían cauces y alambrados, arboledas y cultivos de maíz, melones, sandías, frijoles, ayotes y pipianes; cuando empezaron a sobrevolarnos aviones Push and Pull. Pasaron varias veces bajitos, casi rasantes con los árboles.

 

El plan era estar en  Masaya en las primeras horas de la mañana del 28 de junio, pero la conducción de aquella hazaña era harto difícil cuando se trataba de casi mil ciudadanos (hombres y mujeres), jóvenes, adultos y ancianos, sin disciplina militar y sin experiencia en aquel tipo de acción militar de repliegue, que por primera vez se daba en Nicaragua, un verdadero éxodo para evitar que la dictadura somocista, de feroces asesinos, ejecutaran otra gran masacre contra capitalinos nicaragüenses. Fue, sencillamente, una hazaña militar popular, conducida por el Frente Sandinista de Liberación Nacional, todavía clandestino, con Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares totalmente voluntarios y patriotas.

 

 

Los replegados marcharon sudorosos, nerviosos y ansiosos por llegar a Masaya. Mientras en el cielo no se divisaban aviones, se procedía a caminar rápidamente, y cuando reaparecían las naves aéreas, piloteadas por pilotos asesinos, intentábamos ocultarnos entre las hierbas, matorrales ralos y arboledas pequeñas, pues aquel camino no contaba con verdaderos arbustos o maleza tupida que lograra cubrirnos efectivamente de la observación aérea criminal, que rondaba nuestras cabezas con ansias de muerte y sangre.

 

Entramos a “Piedra Quemada”, una extensa sabana negra de piedras hirientes, puntiagudas, vomitadas por el Volcán Masaya hace siglos y en  muchas décadas recién pasadas. En esta zona habían más árboles y varias finquitas pertenecientes al territorio de Nindirí, en el Departamento de Masaya. Las jovencitas, especialmente, entraban a las casitas a pedir agua y frutas para comer, pues no habían ingerido alimentos desde el día anterior, cuando repentinamente empezó el diluvio de morterazos lanzados desde aviones Push and Pull. Eran tres aviones disparando rocketazos al unísono hacia el suelo pedregoso, por donde nos movíamos los replegados. Personalmente, no sentí semejante intensidad de bombardeo ni en la Capital, Managua. Los rockettes y bombas de 500 y  mil libras caían a granel y desbarataban árboles y casas en millones de pedazos.

 

Comencé a ver escenas realmente alucinantes, sanguinarias, mortales. A gritos, pedí a mis hermanos Mauricio y Leopoldo,  y a mi cuñada Chepita Briceño que se lanzaran al suelo, al pie de piedras o troncos de árboles para esquivar  un poco los charneles de los morteros y de las poderosas bombas de 500 y mil libras.

 

Yo casi introduje la cabeza en las raíces altas de un chilamate. A mi orilla caían perforados por los charneles dos, tres, cuatro, diez jóvenes, que desesperados por el ataque aéreo bestial corrían de  un lado a otro.  Pensaban que de esa manera se salvarían. Como pude, me levantaba para hacer fotos de jóvenes moribundos, a los que pedían auxilio,  mientras la sangre les brotaba por la boca, sus cabezas, del abdomen, de las piernas, de las espaldas, de los brazos o de los costados.

 

Era nuevamente, la sangre de patriotas masacrados cruel y despiadadamente, una vez más por la infernal e infame dictadura militar, fundada y entrenada por los invasores militares yanquis genocidas  y ladrones, en 1927.

Les vi las ropas partidas por los charneles y su  sangre roja mezclada con el negro de la sabana de piedras erizas y filosas.  Algunos quedaron tendidos boca abajo, otros enrollados como soportando el intenso dolor. Vi a muchachas y jovencitos tratando de salvar inútilmente a sus hermanos, mientras al mismo tiempo con arranques de furia impotente tomaban sus pistolitas y disparaban contra los aviones, de donde se seguía lanzando morteros y bombas.

 

Este intenso bombardeo duró casi dos horas en sobre “Piedra Quemada” y continuó después sobre el Camino Viejo a Nindirí, sobre la Carretera a Masaya y contra los que se refugiaron donde fue el Plantel del Departamento de Carreteras, en la misma “Piedra Quemada”, pero ya dentro del Complejo Volcánico de Masaya, en la orilla Noroeste de la Laguna de Masaya.

Allí quedaron, según se dijo después, unos cien muertos y tuvimos que llevar similar cantidad de heridos hacia Nindirí, y de aquí a  Masaya, de forma landestina, por veredas, para evitar ser emboscados por los guardias somocistas genocidas que se habían posesionado de las fortalezas de los Cerros Coyotepe y Barranca.

 

Posterior a los aviones, a como a las dos de la tarde, aparecieron sobre nosotros tres helicópteros, de donde fueron lanzadas bombas de 5OO libras.

 

 

Las bombas de 500 libras ya las conocíamos, ya sabíamos sus consecuencias, su poder de destrucción, con ellas Somoza mandó a destruir casi barrios enteros o una buena parte de ellos, como El Edén; una de esas bombas enterró viva a la familia de doña Angélica González, en el barrio Ducualí. Esto fue el 13 de junio de 1979.

 

El terror aumentó cuando se dejaron sentir esas bombas de 500 libras entre los ya menos de seis mil replegados. Mis hermanos Mauricio y Leopoldo, mi cuñada Chepita y yo, nos subimos a las raíces altas de un chilamate, en un intento de salvar nuestras vidas. El daño que nos causó fue menos que el de los aviones, pero el terror que infundían era mucho mayor. Ese estruendo no tiene comparación. En el árbol estuvimos subidos aproximadamente una hora. En medio  de los estallidos, avanzamos a rastras, agachados entre matorralitos y cuando se podía emprendíamos la carrera, rumbo a Nindirí.

 

Cuando eran las cuatro de la tarde, nuevamente los Push and Pull aparecieron como aves tenebrosas en el espacio . Se intensificó la masacre iniciada a las once de la mañana en Piedra Quemada. Todos tuvimos que acelerar  el paso para salir de aquel infierno y llegar a Nindirí, donde me enteré de la muerte de la dulce jovencita Marta Lucía Corea, a causa de los charneles de rockettes. Esta jovencita, portando su fusil galil,

combatiendo, sorteado a la muerte, había sobrevivido a aquel bombardeo en Piedra Quemada, pero charneles de un rockettes lanzando contra Nindirí la alcanzó mientras trataba de proteger a varios niños, según me contaron.

 

Fue una masacre de casi todo el día, las “hienas” asesinas de la  tiranía nunca entablaron combate, sólo se dedicaron a lanzar bombas indiscriminadamente, contra una población que en su gran mayoría estaba desarmada; los verdaderos combatientes armados andaban por los 500, quienes resguardaron aquel éxodo y defendieron hasta donde pudieron el ataque  aérea desigual y criminal.

 

Igual que en todos los casos de las masacres somocistas ocurridas en Managua, durante la Insurrección Sandinista de junio de 1979, hice una investigación de casi dos años, para establecer claramente cuántos y quiénes fueron los asesinados o masacrados en estas masacres, incluyendo la del Repliegue Táctico de Managua a Masaya, ocurrida el 28 de junio de 1979.

El listado siguiente es de caídos y caídas en el Cruce de Veracruz, en “Piedra Quemada”, en el Camino Viejo a Nindirí y en el Reparto Schick Gutiérrez. Estos ya tienen biografías. La mayoría tienen fotos.

Aguilar Uzaga, Marlene de Fátima “Modesta” y “Mary”, Alvarado Aragón, Carlos José;  Amador Cisneros, Cela Patricia “Mercedes”; Areas Chamorro, Raúl “Pelito”; Barrantes Miranda, Manuel; Benavidez, Aristeo “Sebastián”; Bermúdez García, Jorge Antonio “Yorbis”; Bonilla Zúniga, Eva Margarita; Bravo Medina,  María Danelia “China Tica”; Cáseres Altamirano, Bosco Javier; Campos Escobar, Alejandra Emelina;  Canales Baltodano, Raymundo  “José”; Castellón Cerrato, Irma de Jesús; Corea Campos, Pabla “Claudia” Corea; Corea Solís,  Marta Lucía; Cuadra Pérez, Manuel Salvador; Chavarría, Daniel Enrique; Darce Rivera, Ariel “Trapito”; Dávila Sánchez, Carlos Alberto “Sobrino”; Fisher Ferrufino, Ronald; Flores Oporta, Manuel Esteban;  Fuertes Guadamuz, José Bladimir “Rigoberto”, “ Chino”; Gabuardi Castillo, Mario Ramón; Gómez Sequeira, Carlos Manuel; Gutiérrez Serrano, Óscar Antonio; Juárez Roa, Julio César “Bamba”;  Largaespada Lagos, Osvaldo Antonio;  López Mojica,  Marta Lorena “Cleo”; Macías Paredes, Mario Antonio; Maltez Delgado, Edmundo; Maltez Flores, José Dolores “Chele Ladilla”; Marín Gaitán, José Luis “Oso”; Martínez Mora, Armando;  Martínez Guzmán, Hipólito;  Martínez Rivera, Rolando José “Condorito”;  Maravilla Navas, Norman José;  Mayorga Alemán, José Santos “Cerro Negro”; Matus Méndez, Domingo “Cirilo”; Mejía Membreño, Felipa “Francis”; Mendoza Pérez, Andrés Edgard; Miranda, Carlos “Paco”; Miranda Corrales, Denis;  Morales Mayorga, Gustavo Elías “Carcache”; Navarro Jiménez, Ernesto; Ortiz Flores, César José; Ortiz Padilla, Róger; Palacios Herrera, Julián de Jesús; Palacios Morales, Juvenal Polanco Chamagua, Francisco René “Sastrecito”; Reyes Montiel, Manuel; Rizo  Huerta, Ronald “Polo”; Rizo Villagra, Juan Ramón “Ringo”; Rodríguez Rivas, Róger;  Romero Orozco, Luis Antonio “Sherman”; Sandoval Cáseres, Freddy “Buitre”;  Salgado Gómez, Francisco Iván “Perú”, “Chéster”, “Renco”; Sirias Acevedo, Roberto José; Sú Aguilar, Ricardo “J Negra”; Tapia Gutiérrez, Miguel Ángel “Burro”; Tapia Gutiérrez, Marcos Antonio “Burro”; Téllez Alvarado, José René; Valle Corea, Joaquín “José”;  Villanueva Román, Marta.

Sin datos todavía

 

En este caso, no ha sido posible encontrar a ninguna de las familias de estos Mártires, también caídos en el Repliegue a Masaya. Los he buscado una y otra vez en los vecindarios en que vivieron. Estas familias, al parecer, se fueron hacia otros lados del país, o salieron de Nicaragua. Por eso pedimos que si se conocen sus direcciones me las pasen  a los teléfonos: 22703077 y 88466187,  o al correo electrónico: pabloemiliobarreto@yahoo.com,

 

Estos 17 Mártires o caídos son de la lista original de los libros mencionados arriba: Almendárez Telica, Augusto César “Kabia”; Avilés Pérez, Rogelio de Jesús; Dávila Zeledón, Jacinto; Fajardo Pérez, Mauricio Enrique; Hernández Polanco, Luis Noel “Cachete”; Jarquín Silva, Carlos Alberto; Jiménez Pérez, Freddy Arsenio; Madriz, Valerio Antonio; Mena Peña, Marlene; Muñoz Centeno, Denis Gertrudis; Orozco Peña, María Teresa; Rocha Lugo, Gerardo Alberto; Ruiz Flores, Denis;  Sáenz Salas, Guillermo Antonio “Joroba”; Sánchez Zárate, Marcos José; Talavera Alaniz, Orlando; Zamora Loáisiga, Roberto “Pescadito”.

 

 

No se pudo establecer con precisión cuántos fueron los muertos ese mismo día 28 de junio de 1979, ya en mi libro original, titulado “Repliegue a Masaya”, ya se publican casi 50 nombres, y recientemente mediante una investigación de casi dos años pude establecer los siguientes, aunque los repita: Marta Lucía Corea, Guillermo Antonio Sáenz Salas, Marcos José Sánchez Zárate, Orlando Talavera Alaniz, Marcos Antonio Tapia Gutiérrez, Miguel Tapia Gutiérrez, José Renán Téllez Alvarado, Roberto Zamora Loáisiga, Cela Patricia Amador Cisneros, Raúl Áreas Chamorro, Rogelio de Jesús Aviles Pérez, Augusto César Almendárez Telica, Marlene de Fátima Aguilar Uzaga,  Miguel Ángel Bonilla Obando, Manuel Barrantes Aguilar, Ronald Fisher Ferrufino, Bladimir Fuentes Guadamuz, Mauricio Enrique Fajardo Pérez, Manuel Esteban Flores Oporta, Carlos Manuel Gómez Sequeira, Óscar Gutiérrez Serrano, Luis Noel Hernández Polanco, Freddy Arsenio Jiménez Pérez, Carlos Alberto Jarquín Silva, José Santos Mayorga Alemán, Andrés Edgard Mendoza Martínez, Armando Martínez Mora, José Luis Marín Gaitán, Felipe Mejía Membreño, Marlene Mena Peña, Denis Miranda Corrales, José Dolores Maltez Flores, Valerio Antonio Madriz, Denis Muñoz Centeno, María Teresa Orozco Peña, César Augusto Ortiz  Flores,  Francisco René Polanco Chamagua, Denis Ruiz Flores, Gerardo Alberto Rocha Lugo, Róger Rodríguez Rivas, Ronald Rizo Huerta, Francisco Iván Salgado Gómez, Roberto José Sirias Acevedo, Freddy Sandoval Cáceres, Martha Lucía Corea y Ricardo Siú Aguilar.

 

Masacre de Linda Vista el 18 de julio

 

El 18 de julio de 1979, en la madrugada, fue tiroteada por guardias somocistas sanguinarios genocida, una manifestación de unos 600 hombres y mujeres, que se desplazaban del semáforo de Linda hacia el Oeste, en rumbo al Reparto Las Brisas y hacia la Refinería, ubicada al pie de la “Cuesta del Plomo” o “Cuesta de los Mártires”.

 

En la balacera fue asesinada Danelia Hernández Artola, Combatiente Popular, y resultaron unos 30 heridos, entre los cuales, el más grave, fue Francisco “Salvaje” Vega, también Combatiente Popular del Barrio Monseñor Lezcano.

 

Danelia era la esposa de Fanor Ibarra González, uno de los jefes de la batalla insurreccional en la Zona Noroccidental de Managua, particularmente de Monseñor Lezcano, donde Ibarra era el hijo del dueño del Cine León y coordinador del Grupo Musical Los Rambler. El Cine León era comando revolucionario sandinista durante la Insurrección Sandinista de junio-julio de 1979.

 

Atilio Ibarra González, hermano de Fanor y también del grupo de Combatientes Populares, indica que al conocerse la huida o fuga del tirano genocida, Anastasio Somoza Debayle, con su claque de asesinos más cercanos, numerosos grupos de Combatientes Populares y pobladores implicados en la Insurrección, decidieron juntarse y celebrar el Triunfo de la Revolución con una manifestación callejera ese 18 de julio en la madrugada, más o menos a las dos de la mañana.

 

Eran todos de los vecindarios Monseñor Lezcano, Acahualinca, Colonia Morazán, Loma Verde, Santa Ana, Linda Vista y de Las Brisas. Se congregaron en una calle de la Colonia Morazán y salieron al tope por el lado de la gasolinera, llegaron al semáforo de Linda Vista y doblaron a la derecha, para adentrarse en los vecindarios de Linda Vista, Las Brisas y Valle Dorado por medio de la pista que conduce a la Refinería y a la “Cuesta del Plomo” o “Cuesta de los Mártires”.

 

Iban lanzando vítores por el Triunfo de la Revolución. No se conocía que hubiera guardias somocistas asesinos escondidos en las instalaciones del Supermercado y Cine Linda Vista. Desde de estos dos lugares, precisamente, un contingente de guardias sanguinarios escondidos lanzaron varias ráfagas de tiros contra la manifestación de ciudadanos, quienes caminaban en media calle.

 

Como una buena cantidad de manifestantes eran Combatientes Populares experimentados, aunque desarmados en ese momento, al instante buscaron dónde parapetarse, e indujeron al resto a hacer lo mismo. Sin embargo, Danelia fue perforada mortalmente por una bala, y un poco más de 30 resultaron heridos levemente.

 

Al parecer, los guardias al mismo tiempo andaban con mucho miedo, pues inmediatamente que descargaron las ráfagas de tiros se replegaron con rapidez hacia el Norte, donde hay una calle que limita entre el Reparto Las Brisas y el complejo de edificios en que estaban el Supermercado, el Cine, Bancos y otros negocios comerciales.

 

Los sobrevivientes recogieron el cadáver de Danelia Hernández Artola, auxiliaron a los heridos y buscaron un médico para que fuesen curados.

El cadáver de Danelia Hernández Artola fue sepultado en una Iglesia de los alrededores.

 

Las masacres de Waslala.

 

Un ejemplo del papel que jugaron los “jueces de mesta” en la inmensa cacería somocista sanguinarias, una de centenares, la masacre perpetrada en Waslala, por varios de ellos, personalmente, donde capturaron a seis campesinos, incluyendo una mujer, a quienes  torturaron y asesinaron con saña propia de “bestias feroces”. Estos “jueces de mesta” fueron identificados como Secundino Gómez, Francisco Hernández,  Dolores “Lolo” Pérez,  José María y Antonio (de estos últimos no se tienen los apellidos).

 

 

Las víctimas mortales fueron: María Barrera, Tomás Sánchez Martínez,  Santos y Pedro Sánchez Barrera, Apolinar y  Cipriano Cruz López. Testigo de esta masacre fue María Catalina Martínez de Sánchez, sobreviviente de la matanza.

 

Los principales generales y coroneles somocistas genocidas

 

Finalmente, anoto lista de los principales generales y coroneles genocidas, responsables y ejecutores directos de tantas masacres y crímenes, todos ellos actuaban bajo la plena impunidad y beneplácito del jefe supremo de las fuerzas armadas y jefe de la “Estirpe Sangrienta”.

Los cuatro genocidas principales, los jefes de la “Estirpe Sangrienta”: Anastasio Somoza García, Luis Somoza Debayle, Anastasio Somoza Debayle y Anastasio “Chigüin” Somoza Portocarrero.

 

 

Además, José R. Somoza, Samuel Genie Amaya, Nicolás Valle Salinas., Pablo Emilio Salzar, Enrique Bermúdez, Franklin Montenegro, Reynaldo Pérez Vega, Armando J. Fernández, César Napoleón Suazo, Gustavo Montiel, Heberto Sánchez, Félix Guillén, Orlando Zeledón Aguilera, Rafael Lola, el chino Lau, Miguel Blessing Urroz, Ariel Argüello Valle, Flavio Morales S., Aquiles Aranda Escobar, Efraín Santamaría, Alfredo Juárez, Agustín Bodán, Carlos Salinas, Guillermo Noguera, Alesio Gutiérrez, Orlando Villalta Roa, Sebastián Flores, César Asdrúbal Briceño Corleto, Germán Bello, Bernardo Mendieta, Fermín Meneses Cantarero, Jerónimo Linarte, Adolfo Evertz, Alberto Luna Solórzano, Vidal Jarquín, Aldo Parodi Basset, Juan Lee Wong, Levy Sánchez, Iván Alegret, “Sombra” Zúniga, Coronel Ruiz, Juan Ángel López, Camilo González, Pedro Nolasco Romero, entre otros.

 

Ya fallecidos, pero igualmente famosos por sus crímenes, se encuentran: Reynaldo Pérez Vega, Enrique Bermúdez, Juan Ángel López, y un tal Camilo González.

 

El asesino del Fortín de Acosasco y de la “21 de León”, Pedro Nolasco Romero, está “vivito y coleando” en Masatepe, departamento de Masaya.

 

 

CAPÍTULO III.

 

Trataré de exponer, ahora, sucintamente cada uno de los asesinatos masivos o individuales, protagonizados por oficiales de alto rango: generales, coroneles, mayores, capitanes, tenientes y guardias somocistas, agentes de la Oficina de Seguridad Nacional, “orejas”, “jueces de meta”, miembros de “escuadrones de la muerte” (“Mano Blanca”, era el nombre elegante que le habían puesto los somocistas sanguinarios), paramilitares, o los que ejecutaron personalmente los políticos liberales del régimen como Orlando Montenegro Medrano.

 

En el departamento de Boaco.

 

Caso primero:

 

Marvin Escobar y Francisco Sánchez, fueron bajados del autobús en el empalme de Boaco, a plena luz del día, el once de julio de 1979, a ocho días del triunfo de la Revolución Sandinista. Fueron capturados por los guardias y orejas Justiniano Rivas, Freddy Castillo, Miguel Gaitán,  Santiago Aguilar y otro al que apodaban “Zanate”.

 

Después de torturarlos salvajemente en el comando G.N. de Boaco, llevaron a ambos prisioneros a la Cruz de Teustepe, donde los acribillaron a balazos y sus cadáveres fueron tirados a a predios montosos.

 

Caso segundo:

 

Por denuncias de una supuesta “oreja”, llamada Liliam Mora, fue capturado en el Estadio de Boaco el  joven Jerónimo Robles. Los guardias sacaron a patada limpia al  joven del Estadio, lo llevaron al comando GN, donde lo torturaron y lo presentaron ante la “oreja”, quien confirmó: “Ese es”. Acto seguido, lo montaron en un camión artillado con ametralladoras y lo mataron a balazos en la orilla del río de Santa Lucía,  municipio cercano a la ciudad de Boaco.

 

La familia del  joven llegó a buscarlo al Comando GN y con singular cinismo, les respondieron que les “ayudarían a buscar el cadáver”, el que finalmente hallaron a 3OO metros de la orilla del río mencionado.

 

Nunca se supo la causa de acusación de la “oreja”, sencillamente, la Guardia Nacional procedió gustosa al asesinato.

 

Caso tercero:

 

El cinco de mayo de 1978,  guardias genocidas catearon casi toda la ciudad de Boaco. Durante el día y la noche, la ciudad se convirtió en una inmensa cárcel. Capturaron a no menos de 4O personas, acusadas de “colaborar” con los “Sandino‑comunistas-terroristas”.

Al finalizar las jornadas criminales contra Boaco, procedieron a asesinar a los jóvenes Uriel Rojas, Narciso Bello, Eusebio Sequeira, uno de nombre Alexis y dos más no identificados, quienes fueron masacrados a tiros en las mismas cercanías del río de Santa Lucía.

 

En el Departamento de Carazo.

 

Caso primero:

 

Al estallar la Insurrección de febrero en Monimbó, los guardias somocistas sanguinarios también acribillaron a tiros a pobladores de Diriamba, donde asesinaron en las calles a José Francisco Rodríguez y a un desconocido. Resultaron heridos en el tiroteo a mansalva más de 3O personas, entre otras: Ester González, Juan José Acevedo, Francisco Zambrana, Bayardo Zambrana, Bayardo Cruz Valverde, Juan José Castro y Gilberto Mendieta. También fueron detenidas  más de 5O personas.

 

 Caso segundo:

 

Siete personas fueron asesinadas el 22 de septiembre de 1978 en Jinotepe. Los masacrados, fueron, entre otros: Alejandro José González, Mario Antonio López Narváez, Vicente Hernández Narváez, Francisco Medina, Jesús Ayerdis López y un joven de apellido García.

 

Los responsables de este otro crimen:  José  Logo, un paramilitar muy conocido en Jinotepe; teniente Manuel Antonio López Mendieta, y los somocistas genocidas Roberto Solórzano y Pedro Hernández Cordero; este último tenía por apodo “Mico (mono) de la pila grande”.

 

 

 

Caso tercero:

 

El primero de abril de 1978, el mayor GN genocida Ricardo Lau, jefe de los asesinos en Jinotepe, hizo desaparecer a los jóvenes Douglas e Ismael Guadamuz, quienes fueron capturados por patrullas de guardias en una de las calles jinotepinas. Nunca más nadie los volvió a ver. Y los genocidas, por supuesto,  jamás informaron dónde se encontraban sus tumbas.

 

Caso cuarto:

 

Los mismos somocistas genocidas acantonados en Diriamba,  se introdujeron a varias casas para torturar a las familias de Napoleón Molina Dávila, Socorro Dávila Molina, Carlos Vicente Mendieta Mayorga, pues los guardias se enteraron de que daban apoyo  moral y material a jóvenes que mantenían tomadas las iglesias en protesta contra la continuación de la tiranía somocista.

 

Según los informes de esos días, fueron golpeadas y torturadas no menos de cien personas en Diriamba; los somocistas, sin permiso ni orden de cateo alguno, se dieron el derecho de violación de morada y tortura de sus habitantes.

 

Caso quinto:

 

En la misma Diriamba, el 25 de abril de 1978, Miguel Urtecho García y Marvin Baltodano Silva, y otras personas, fueron sacadas de la Quinta Báez por guardias y orejas somocistas. Fueron torturados y posteriormente desaparecidos por la GN.

 

La captura la realizó una patrulla comandada por el mayor Brenes, quien supuestamente actuó por denuncias de los soplones Rolando Silva y Manolo Mendieta.

 

Caso sexto:

 

Otra masacre, con cuatro muertos, entre ellos Mario Álvarez, y numerosos heridos, se registró el siete de septiembre de 1978 en Jinotepe, donde una manifestación fue reprimida a balazos por los somocistas genocidas, jefeados por el coronel Abel Ignacio Céspedes, el teniente Ronald Sampson (cuñadísimo de Somoza) y los soldados Roberto Solórzano, Róger Méndez Torres, Evaristo  Jiménez y Marvin Vega.

 

 

 

Los muertos registrados en esta masacre fueron: Marcos Arévalo Rojas, Santiago López, Marlon Arévalo y Fanor Chévez.

 

Caso séptimo:

 

Como una muestra de lo que fueron los somocistas genocidas, aparece registrada una masacre ordenada por la entonces ministra de Educación, María Elena de Porras, quien ordenó desalojar con un convoy de guardias a los estudiantes que estaban en huelga en la Escuela Normal de Jinotepe, el 11 de julio de 1978.

 

Los muchachos estudiantes, lograron fugarse hacia unos cafetales, donde los guardias sanguinarios dispararon ametralladoras de grueso calibre en todas direcciones, a menos de un metro de altura, con la finalidad de cazarlos como animales silvestres.

Tiraron también bazucazos sobre las viviendas humildes de los cafetales, donde hirieron de bala a Enrique Brenes, Carmela Cruz Pedroza, Bayardo Munguía López, Dina Obregón, Norma Elena Sandino, Pedro Mena, Pastor Cruz Reyes, María Campos y otras personas no identificadas.

 

Milagrosamente no hubo muertos. Miles de plantas de café resultaron derrumbadas por el diluvio de balazos y numerosas casitas fueron destruidas por los bazucazos. Nadie juzgó ni condenó a estos criminales por este otro crimen.

 

 

En el departamento de Chinandega.

 

Caso primero:

 

La GN capturó a dos jóvenes ocupantes de unos lanchones, quienes fueron denunciados a la FAN por guardias acantonados en el cuartel GN de Puerto Morazán. Ese mismo día fueron asesinados y sus cadáveres aparecieron en la orilla del Río Estero Real. No fueron identificados.

 

Caso segundo:

 

En el Puente Los Cabros, Chinandega, fueron asesinados por guardias nacionales ocho jóvenes, sin ningún tipo de identificación ni conocimiento de causa. Sus cadáveres aparecieron en el hospital de Chinandega señalados como “Sandino-comunistas-terroristas”.

 

 

Caso tercero:

 

El cinco de diciembre de 1978, guardias somocistas genocidas a bordo de un BECATS mataron a los jóvenes Ricardo Velázquez y Rodolfo Herrera González. La acción se realizó en la oscuridad y el silencio de la noche, a punta de ráfagas de tiros en el Cementerio de Chinandega. Ningún vecino, ni periodista, ni curioso se asomaron por temor, pues ya suponían lo que había ocurrido.

 

Frente al cementerio quedaron los cadáveres de ambos jóvenes, helados y soplados; amanecieron tirados en la acera. Fueron asesinados sin acusación alguna, sin causa conocida. Sencillamente, fueron asesinados porque así lo quiso la Guardia Nacional en Chinandega.

 

Caso cuarto:

 

También fueron encontrados los cadáveres de los jóvenes Róger Madriz López, Juan Castillo Venerio, Cecilio Durán Santamaría y Roberto Alvarado, los que fueron capturados la noche del operativo en que le robaron 15 mil córdobas a Miriam Venerio.

 

Todos los cadáveres presentaban señales horribles de torturas y se presumió que murieron por la bestial golpiza propinada dentro del Comando GN  de los somocistas genocidas en Chinandega.

 

Caso quinto:

 

El  joven José  Francisco Largaespada fue capturado el 5 de enero de 1979 en la comarca La Grecia, Chinandega. Nadie lo volvió a ver vivo. Su cadáver fue encontrado en una  calle de la Ciudad de Chinandega. La Guardia Nacional tampoco supo dar explicaciones del caso, ni realizaron investigación alguna.

 

Caso sexto:

 

El cuerpo sin vida de Óscar Dionisio Manzanares apareció destrozado en un Barrio de Chinandega. Había sido capturado por militares  diabólicos genocidas en tres jeeps BECATS, interceptándolo cuando caminaba por  una de las calles de la Ciudad de las Naranjas.

 

 

Caso séptimo:

 

En la noche del 15 de enero de 1979, Luis Alberto Dávila Molinares, viajaba en su automóvil por una de las calles de la Ciudad de Chinandega. A los guardias de un BECATS se les ocurrió dispararle un balazo de fusil garand, acertándole en la cabeza. Dávila falleció en el Hospital de Chinandega.

 

Caso octavo:

 

El joven José López Picado fue capturado el 21 de enero de 1979, en la esquina de una Sección de Policía GN somocista. López Picado, según relatan testigos presenciales, llegó a invitar a unos tragos a un  guardia amigo suyo. Otro guardia genocida lo acusó de “sospechoso”, lo metió preso a culatazo limpio dentro del cuartel.  De aquel joven nunca más se supo nada, ni su cadáver fue encontrado por sus familiares.

 

Caso noveno:

 

El 5 de febrero de 1979 fueron capturados por guardias, en diferentes casas de Chichigalpa (Chinandega), Rolando Calero, Miguel Blandón, Justo Pastor y Carlos Solís Zamora, Carlos Solís (hijo), Rolando Altamirano, Rolando Herrera Méndez, Armando Herrera N. y Rolando Martínez Saavedra.

 

No les fue formulada ninguna acusación, pero todos aparecieron asesinados posteriormente. Sus cuerpos reflejaron señales horribles de torturas. Los responsables directos fueron los somocistas paramilitares Hernán Ramírez Sánchez, Uriel Navarrete, Jesús Dávila y un asesino apodado “Galope”.

 

Caso décimo:

 

El 10 de abril de 1979,  aparecieron cuatro cadáveres de jóvenes en el camino de Mapachin, Corinto. Solamente se identificó a Fanor Chávez. Según testigos presenciales de la captura, los jóvenes iban caminando por el mismo camino cuando fueron interceptados por  una patrulla GN-BECATS y luego aparecieron muertos a balazos.

 

Caso décimo primero:

 

 

Dos policías GN tenebrosos, de aquellos mismos asesinos, y una mujer no identificada, se aparecieron a la casa de Douglas Alonso Zamora, quien se encontraba en un salón llamado “Meléndez”, en una de las calles de la Ciudad de Chinandega.

 

Douglas fue sacado a la calle y acto seguido fue baleado sin brindar razones. El cadáver quedó tirado en un mar de sangre en el pavimento. Los asesinos, satisfechos de su obra asesina atroz, dieron la espalda y se marcharon, como si nada sucedió.

 

Caso décimo segundo:

 

El jovencito Cejo Centeno Rodríguez, quedó muerto en una calle de la Ciudad de El Viejo, Chinandega, después de la explosión de una granada. Según testigos presenciales, los feroces asesinos somocistas le tiraron el instrumento explosivo, cuando el joven caminaba por una de las vías de la tierra del Comandante  Germán Pomares Ordóñez.

 

Caso décimo tercero:

 

A Guadalupe Rivas Santelo no le sirvió de nada “hacer las cruces”, para pedir clemencia frente a guardias genocidas, quienes la asesinaron a balazos el 29 de abril de 1979, en el Barrio  San Luis, de la Ciudad de Chinandega.

 

Junto a ella fueron asesinados también Lucío Campos Martínez, Reynaldo José Gutiérrez y Félix Pablo Estrada Maradiaga. Los cuatro jóvenes fueron interceptados por una patrulla de GN genocidas en las calles de Chinandega, torturados después y finalmente asesinados.

 

Caso décimo cuarto:

 

Como tromba tenebrosa, llegaron cien guardias con ametralladoras calibre 30, fusiles automáticos y una tanqueta al sitio en que estaba el joven de 17 años, Raúl  Francisco Ramos, en el Reparto Estela, de Chinandega.

 

Todo el barrio se estremeció por la llegada de los criminales estatales, quienes además de llegar por Ramos, capturaron también a dos vecinos suyos. Los montaron a los jeeps BECATS y después aparecieron asesinados en calles periféricas de la Ciudad de Chinandega. Según versiones periodísticas y de vecinos, una mujer “oreja” de la GN-OSN denunció a Ramos y a sus amigos como “Sandino‑comunistas-terroristas”.

 

Caso décimo quinto:

 

Tres jóvenes fueron ametrallados por nueve guardias GN genocidas que bajaron de dos BECATS verde-olivo en Los Ángeles, kilómetro 127 de la Carretera Chinandega‑Chichigalpa.

 

Los tres muchachos, hermanos, estaban viendo televisión a las tres y cuarenta minutos de la tarde del día 15 de mayo de 1979, cuando fueron ametrallados en su casa, sin que mediara ni una palabra. Los asesinos feroces, crueles, sanguinarios, se bajaron, se acercaron a la puerta y descargaron las balas de sus fusiles contra la humanidad de los inocentes jóvenes. El delito: ver tranquilamente televisión en su casa.

 

Caso décimo sexto:

 

Se llamaban Rolando, Elías y Pedro Romero Bustamante. El padre, llamado Rolando, no estaba en ese momento, pero cuando escuchó la balacera en su casa se dejó ir corriendo. Encontró a los asesinos uniformados pasconeando por completo los cuerpos de los jóvenes. A don Rolando, por reclamar el crimen lo montaron al BECATS y lo amenazaron de muerte, “para que este viejo hijo de puta no se ande metiendo en estos asuntos…”

 

Caso décimo séptimo:

 

La misma Guardia Nacional arrastró a Sergio Medina y lo asesinaron el 19 de mayo de 1979, en el Puerto de Corinto, ubicado al Suroeste del Departamento de Chinandega.  Según relatos periodísticos y de vecinos, una patrulla de asesinos GN llegó de madrugada a la casa de Sergio, abriendo las puertas de la casa a punta de culatazos y patadas. Primero golpearon salvajemente a Guillermo Medina, su hermano. Después procedieron a buscar a Sergio, que se encontraba en otro cuarto de la misma casa, lo capturaron y se lo llevaron con rumbo desconocido.

 

A los tres días, se encontró su cadáver en un lugar conocido como Línea Rota, cercano al Puerto de  Corinto, con las manos y pies atados, en carne viva,  señal de que había sido arrastrado con uno de los vehículos, antes de ser asesinado.

 

Caso décimo octavo:

 

 

En una de las calles de la Ciudad de Chinandega, en horas de la noche, fueron asesinados los hermanos Eusebio Calixto y Ramón Eustacio Norori Cortez, con dos personas más no identificadas, el 22 de mayo de 1979. Se imponía la política terrorista de siempre matar, matar y matar, si a los guardias somocistas genocidas se les antojaba.

 

Caso décimo noveno:

 

Un pobre vendedor de NOVEDADES,  el periódico del tirano Anastasio Somoza Debayle, fue asesinado por una patrulla de guardias genocidas el 27 de mayo de 1979, en la noche. El  infortunado vendedor se llamaba Róger Solaris Espinoza, de 33 años. Caminaba por las calles de Chinandega con su maleta de periódicos, más una lista de clientes fijos del Diario NOVEDADES, cuya mayoría eran somocistas conocidos.

 

Los genocidas cumplieron, una vez más, la norma enseñada por los jefes de la “Estirpe Sangrienta”: primero maten y después averigüen. Pues resulta, que la causa del asesinato fue la famosa lista de clientes que portaba a diario, la que creyeron era de contactos de combatientes sandinistas, o Jefes Guerrilleros del FSLN clandestino.

 

A Pesar de ser vendedor del diario NOVEDDES, del tirano genocida, su familia no fue indemnizada.

 

Caso vigésimo:

 

El 5 de junio de 1979, en el Barrio San Agustín, Chinandega, los genocidas asesinaron a cinco miembros de la familia de María Carcha de Castro, por la denuncia “diligente” de las “orejas” María Elena “Nena” Martínez y Juana Grillo. Entre los muertos se encontraban Moisés y Francisco Velázquez.

 

Fueron, aproximadamente, 5O guardias GN los que llegaron en un camión militar, rodearon la vivienda y ordenaron salir a los ocupantes, a los que ametrallaron.  NOVEDADES después se encargó de “informar” que eran “Sandino‑comunistas-terroristas”,  “muertos en combate”.

 

Caso vigésimo primero:

 

Otro asesinado fue Gabriel Cano Téllez, el 6 de junio de 1979, en las cercanías de las puertas del Ingenio San Antonio, Municipio de Chichigalpa, en el lado Sureste del Departamento de Chinandega.

 

Caso vigésimo segundo:

 

 

El 15 de junio de 1979, entre los volcanes Chonco (apagado) y San Cristóbal,  fueron asesinados Óscar “Felipe” Martínez Rosales y otros dos compañeros suyos no identificados, lo cual ocurrió el 15 de junio de 1979.  El asesinato fue al estilo de caza de venados y matones a sueldo, pues fueron acribillados a tiros desde unos matorrales, mientras caminaban.

 

Caso vigésimo tercero:

 

Denis Leonel Selva Hurtado fue capturado por guardias sanguinarios el 29 de junio de 1979 en El Viejo, Chinandega. Fue  montado en un jeeps BECATS y posteriormente apareció asesinado en un lugar llamado “Iguana”, donde inclusive, fue sepultado por sus compañeros sandinistas.

 

Caso vigésimo cuarto:

 

Los niños Erick Gómez y Manuel de Jesús López fueron asesinados por paramilitares (“orejas”) en los primeros días de julio de 1979. Fueron de los últimos asesinados por somocistas genocidas en Chinandega, antes de producirse el Triunfo de la Revolución Sandinista el 19 de Julio de 1979.

 

Caso vigésimo quinto:

 

El propio 19 de Julio de 1979 fueron asesinados Tomás y Félix Pedro García Sánchez y Juan de la Cruz García Meza, los que fueron sacados de sus casas en Chinandega y tiroteados fríamente en la calle, en venganza por el desmantelamiento  del Comando GN genocida de Chinandega.

 

 

En el Departamento de Estelí

 

Caso primero:

 

El 16 de julio de 1969, cuando el FSLN tenía ocho años de fundado, fue asesinado Alesio Blandón Juárez por guardias somocistas genocidas en Estelí. Posteriormente una marcha de estudiantes universitarios salió a las calles exigiendo a la Guardia Nacional la devolución de su cadáver; la respuesta recibida fue una lluvia de balas sobre aquella marcha en las calles.

 

 

En la balacera unilateral contra los estudiantes desarmados, fueron asesinados los estudiantes Manuel Herrera y René Barrantes.

 

Caso segundo:

 

Denis Enrique Romero Zamorán apareció asesinado después de haber sido capturado y torturado por los sicarios de la Oficina de Seguridad somocista el 22 de noviembre de 1971. Con el cinismo característico de siempre, la Guardia Nacional informó, a través de sus voceros, que Romero Zamorán se había “tirado a un cerro”, cuando lo conducían capturado.

 

Caso tercero:

 

El 24 de noviembre de 1976 fueron asesinados Santiago Rodríguez y Abraham Zapata, en el lugar conocido como Santa Cruz, donde ambos jóvenes caminaban tranquilamente.  Sin motivo alguno fueron interceptados, torturados y masacrados a tiros por los guardias somocistas.

 

Caso cuarto:

 

En agosto de 1977, por la salida Norte de la Ciudad de Estelí, un joven estudiante no identificado, fue alcanzado por varios “orejas” y  paramilitares, disparándole varias veces por la espalda. Los asesinos estaban encabezados por  José “Chepón” Sobalbarro y acompañado por Juan Moncada (ladrón de tierras),  Magdaleno Cerrato, ex‑alcalde somocista de Condega y un tal Bigarne, entonces inspector de educación en Estelí.

 

La banda de asesinos cargó el cadáver del joven y lo lanzaron dentro de un pozo cercano al hecho criminal, cubriéndolo con numerosas piedras.

 

Caso quinto:

 

El 26  agosto de 1977, en pleno día y ante la vista de mucha gente, fueron capturados en Condega, Municipio de Estelí, en la Carretera Panamericana,  Juan de Dios Muñoz Reyes y el ingeniero Raúl González Almendárez.

 

 

En vez de un proceso judicial se les propinó una colosal golpiza,  culatazos, cuchilladas en el cuerpo y finalmente los asesinaron.  A Juan de Dios Muñoz Reyes lo asesinaron casi en el acto, pero al ingeniero González Almendárez lo torturaron durante varias  horas en el Comando GN somocista genocida. Un  tal “Perro Vergara” y un miserable conocido como Migdonio, fueron los ejecutores personales de esta masacre.

 

Caso sexto:

 

Derivado del Caso cuarto, el joven que asesinaron y sepultaron con piedras en un pozo, días después fueron asesinados el cruzrojista José Norberto Briones y el presbítero Francisco Luis Espinoza. Los autores de estos asesinatos fueron los mismos paramilitares mencionados arriba: “Perro Vergara” y Migdonio.

 

El asesinato de Briones fue a causa del hallazgo del cadáver en el pozo, cumpliendo con sus funciones cruzrojistas, que al ser extraído se emitió un dictamen de las verdaderas causas de la muerte del infortunado estudiante, cuyo nombre fue imposible conocer porque  los archivos fueron ocultados.

 

Caso séptimo:

 

El 15 de enero de 1978,  guardias somocistas genocidas y profesionales del crimen asesinaron a 40 personas, en la famosa comunidad de Estelí  conocida como “Montañita”. Los guardias sanguinarios llegaron a la “Montañita” repentinamente.  De inmediato se escuchó una lluvia de balazos contra las paredes endebles de las casitas existentes. Niños y mujeres temblaban de miedo, imploraban piedad, clemencia, pero las  feroces bestias somocistas no entendían sólo las razones humanitarias.

 

Los autores directos de esta masacre fueron aproximadamente 2OO guardias sanguinarios somocistas. Como manojos de leña o piedras  eran lanzados, en su mayoría niños y mujeres,  a los elevados tráilers de los camiones militares. Cuarenta (4O) personas iniciaron un viaje sin retorno. Desaparecieron. Poco tiempo después aparecieron sus cadáveres con señales de torturas bestiales, las mujeres y los niños además de asesinados, fueron violados.

 

Entre los asesinados se encontraron a los siguientes: Matilde Estrada Cruz (masculino), Julio César Cruz Briones, Sara Hernández,  Sabino Paz Olles, José Ramón Olles Briones y Eugenio Estrada, entre otros.

 

Caso octavo:

 

 

El 15 de julio de 1978, en una de las calles de Estelí, fue asesinado José Benito Escobar Pérez, miembro de la Dirección Nacional del FSLN. En dicha acción, también resultaron capturados los militantes sandinistas Mónica Baltodano Marcenaros y el ingeniero Almendárez.

 

El asesinato de José Benito fue posible al “soplo” de un “oreja” infiltrado en las filas del FSLN clandestino, de nombre Marvin Corrales.

 

Caso noveno:

 

El 19 de julio de 1978, en las mismas calles de Estelí, fue reprimida a punta de balazos una manifestación antisomocista; las tropas somocistas genocidas (varios camiones y 6 jeeps BECATS), iban al mando del “Perro Vergara”. Como consecuencia de esa represión fue asesinado el estudiante de 23 años, Bladimir Hidalgo.

 

Caso décimo:

 

El mismo 19 de julio son también masacradas cuatro personas en el sitio conocido como “Bajío”, adonde llegaron decenas de guardias sanguinarios, por denuncia de “orejas” despreciables, quienes calificaron a toda esta comunidad de “sandino‑comunista-terrorista”.

 

Los guardias eran encabezados por paramilitares, “jueces de mesta” y “orejas”, quienes personalmente mataron a cuatro ciudadanos, entre ellos: Gustavo Espinoza Ruiz, joven de 22 años.

 

Caso décimo primero:

 

El quince de septiembre de 1978, fueron asesinados en Condega, Estelí, el sacerdote Francisco Luis Espinoza, el capitán bombero Norberto Briones Lanuza y una mujer no identificada. Como era normal, los motivos de dichas ejecuciones fueron desconocida.

 

Caso décimo segundo:

 

 

Como consecuencia de las matanzas a propósito de la Insurrección de Septiembre, un grupo numeroso de personas, cuando daban sepultura a sus víctimas recién encontradas,  otro grupo de guardias genocidas al mando de Paco Blandón, les ordenaron “tírense al suelo”, primeramente; luego con tono macabro ordenaron “Échense a la tumba…Vamos…rápido”, siendo ametrallados a lo inmediato dentro de la zanja abierta. Las víctimas, en esta ocasión fueron: ­­­Fernando y Paula Morales, Omar Rugama, Rosario y Jorge Luis Rugama Robleto, Rodolfo Espinoza, Antonio Portillo y un hombre alto identificado como Francisco.

 

Delfina Rugama Velázquez se salvó milagrosamente de la masacre, pues al escuchar la llegada infernal de los guardias, procedió a esconderse tras una de las edificaciones de cemento del cementerio de Estelí.

 

Caso décimo tercero:

 

Después de la insurrección de Estelí, en 1978,  en la Ciudad permanecieron  1,200 guardias nacionales acantonados, que además de su nutrido armamento contaban con el apoyo de seis aviones artillados para cuando fuesen necesarios los bombardeos a barrios o caseríos de la Ciudad y otros pueblos del departamento.

 

Los 1,2OO gendarmes somocistas volvieron a masacrar la Ciudad de Estelí el 2O de septiembre de 1978. Las toneladas de bombas oscurecieron el cielo y llenaron de horror y muerte la ciudad. Al interior de las viviendas quedaban los cuerpos sin vida de niños, mujeres y hombres hasta un número de 900, según las cuentas del mismo dictador Anastasio Somoza Debayle, desde su bunker infame en Managua.

 

El terrorismo estatal somocista sembró de cadáveres los puentes, los cercos o alambrados, los patios y las calles; según Alejandro Dávila Bolaños, Estelí significa “Río de Sangre”. La sangre que salpicó los rostros de los gendarmes del régimen somocista sanguinario y que fue reivindicada el 17 de julio de 1979, el día de la liberación de la ciudad.

 

Caso décimo cuarto:

 

El dolor y la muerte llegó al Tular, una comunidad rural de Estelí donde varias decenas de familias fueron capturadas y masacradas por los mismos criminales. En dicha comunidad, aparecieron 19 cadáveres el 9 de enero de 1979.

 

A consecuencia de aquella criminalidad y de la quema generalizada de los ranchitos campesinos, huyeron del lugar variedades de pájaros, cusucos, conejos y otros animales domésticos. En el campo se vivieron tormentosos episodios, métodos fascistas de sojuzgación del pueblo y terror permanente.

 

Caso décimo quinto:

 

 

El 10 de enero de 1979, fue masacrado en la comarca “Despoblado”, el campesino José Velázquez.  Los vecinos del lugar, informaron que Velázquez trabajaba su milpa cuando fue brutalmente capturado y atrozmente asesinado.

 

Caso décimo sexto:

 

El 2O de enero de 1979, en la comunidad del Guayabo, ubicada entre Estelí y León, fueron asesinados  cuatro pobladores: Jesús Moreno Gómez, Griselda García Toruño, Reyna García Pérez y el niño Miguel García Pérez. La muerte les agarró cuando buscaban alimentos en el monte, fueron capturados y cruelmente asesinados.

 

Vinculado a los tres inmediatos anteriores casos, en el Diario La Prensa S.A.  apareció el titular “Hallan 21 cadáveres en El Tular”, el 20 de febrero de 1979. Posteriormente, salió un comunicado de la Guardia Nacional, en el que calificaban a los muertos y justificaban sus crímenes por ser “Sandino-comunistas-terroristas”.

 

Caso décimo séptimo:

 

El 9 de marzo de 1979, en un sitio conocido como “Lagunilla”, comarca del municipio de San Nicolás, en el Departamento de Estelí, 600 agentes mortales del somocismo genocida, dieron muerte a 11 campesinos.

 

De ellos se informó que habían perecido en combate con la Guardia Nacional, cuando en verdad fue otra masacre a la vista silenciosa de muchos pobladores de la comarca “Lagunilla”. Entre las víctimas se encuentran: Encarnación Jirón (75 años), Tomás Jirón,  María Elsa Hundiel, Ernestina Lanuza Jirón, Pedro Jirón Jirón, Alfonso Lanuza Mendoza, Gladys Lanuza Jirón, Juan Velázquez y Rodolfo Benavídez.

 

Caso décimo octavo:

 

El 10 de marzo de 1979, en la Fila Estrechura, cinco mujeres y cinco varones desconocidos fueron asesinados. El jefe de las bestias somocistas  fue identificado como “Pajarito”, cuyo nombre fue plenamente descubierto después del triunfo de la Revolución Sandinista.

 

Caso décimo noveno:

 

 

El 2 de abril de 1979, en la noche, guardias somocistas capturaron a Julio y Jesús López López en el cine Nancy. Posteriormente, los cadáveres de los jóvenes aparecieron descuartizados en un potrero de la finca “Tunosa”, ubicada a cuatro kilómetros al norte de la ciudad de Estelí.

 

 

Caso vigésimo:

 

El 4 de abril de 1979, en la carretera El Sauce-Estelí, tres campesinos transeúntes fueron capturados y asesinados por agentes mortales del somocismo genocida. Luego, aparecieron destrozados a golpes y balazos. Cuando sus familiares reclamaron en el comando GN de El Sauce por la masacre, fueron calificados de “locos”.

 

Los nombres de los campesinos: Dionisio Lanuza, Gilberto Selva y otro cuyo nombre nunca se supo.

 

Caso vigésimo primero:

 

El 12 de abril de 1979, fueron masacrados los médicos Alejandro Dávila Bolaños y Eduardo Selva, y la enfermera Cleotilde Moreno, cuando auxiliaban a heridos de muerte en el Hospital de Estelí, a causa de las acciones criminales y hitlerianas que el tirano genocida Anastasio Somoza Debayle ordenaba sobre la heroica ciudad de Estelí. Los asesinos estaban bajo el mando del coronel “Sombra” Zúniga.

 

Dávila Bolaños y Selva fueron salvajemente golpeados y torturados antes de ser asesinados, en las mismas instalaciones del hospital. El doctor Dávila Bolaños, además de médico, era uno de los más prestigiosos investigadores de nuestro folclore nacional y del pasado indígena nicaragüense. Su frío y atroz asesinato conmovió a la opinión pública nacional e internacional.

 

Paralelamente, también fueron asesinados en las calles de la ciudad de Estelí Juan Ramón Dávila y Enrique Zamora Bellorini.

 

Caso vigésimo segundo:

 

El 16 de abril de 1979, la guardia asesina capturó a 56 jóvenes de la Ciudad de Estelí.  Como era normal en el somocismo genocida, sin ningún trámite legal  los introdujeron a la pista de aterrizaje, donde los torturaron y asesinaron a tiros. Para no dejar rastros procedieron a quemarlos, tendidos en la pista.

 

 

Las informaciones periodísticas, en esos días, señalaron que los camiones de guardias somocistas genocidas salieron varias veces hacia fosas comunes, donde depositaron parte de los cadáveres que no se quemaron totalmente.

 

Entre los asesinados se encontraron: Javier de Jesús Mendoza, Julio César Ruiz Leiva, Aminta Reyes Olivas, Félix Castillo Blandón y Germán Flores.

 

Caso vigésimo tercero:

 

El 2 de mayo de 1979, en la madrugada, fueron masacradas atrozmente las familias Guillén y Castillo, dentro y fuera de sus viviendas en Estelí. Los agentes tenebrosos de la  muerte llegaron en varios vehículos cuando ambas familias dormían. Rompieron puertas a fuerza de patadas y balazos. Cuando penetraron en las viviendas comenzaron la masacre y la concluyeron afuera, en la calle. Durante la acción criminal robaron 200 mil córdobas y joyas.

 

Entre las víctimas se encontraron: profesor Julio César Castillo,  Vilma González de Castillo, doña Aura Velia González de Guillén, Juan Francisco Guillén; y los niños: Axel Castillo, Rebeca Isabel Guillén González (11 años)  y sus hermanitos Eduardo y Uriel Guillén González, de 15 y 13 años respectivamente.

 

Casi todos fueron asesinados a puñaladas, después de severas golpizas hasta llegar al agotamiento. Doña Aura Velia González de Guillen, según los relatos, los enfrentó hasta el final.

 

Los periodistas no encontraron palabras adecuadas para describir este crimen, pero los sicarios rápidamente justificaron la masacre calificándolos de “Sandino-comunistas-terroristas”, lo que resultaba suficiente para la “justicia somocista” sanguinaria y genocida, para el “príncipe de la Iglesia” (el tirano Somoza García y después sus hijos infames y despiadados).

 

Los jefes de esta diabólica obra asesina fueron varios “orejas” plenamente identificados, entre los cuales aparecen: Juan Bautista Moncada, Jesús Rodríguez, Filemón Rodríguez, Luis Manuel Hurtado, Ernesto Goussen Montiel, Ernesto Lira Olivas, Agustín Valle, Juan Canales y  Gabriel Moncada. Entre todos ellos, más los guardias, asesinaron a estas dos familias.

 

Caso vigésimo cuarto:

 

 

El 8 de junio de 1979, fueron asesinadas 14 personas en la comunidad de Machapa, hasta donde llegó una pacotilla de criminales al mando de unos tales Cruz Pérez Calderón, Pastor Vega y Francisco Molina, pertenecientes a la quinceava compañía de la GN somocista sanguinaria.

 

En la lista de masacrados figuran: Jaime Úbeda, Guilevaldo, Jesús, Maura, Fátima y Rosario Benavídez, José Candelario Castellón, Rosa Amelia Hernández de Suazo, Marta, Francisca, Oscar, Paulo y Saúl Suazo y Adolfo León Boza.

 

Caso vigésimo quinto:

 

A partir del 16 de junio de 1979, cercano al Triunfo Revolucionario, el jefe militar somocista Vicente “Sombra” Zúniga, ordenó lanzar bombas de 500 libras y rockettes o morteros  desde aviones push and pull, de manera sistemática, sobre la Ciudad de Estelí.

 

Adicionalmente, este mismo jefe militar asesino genocida, ordenó quemar dos manzanas a la redonda en la misma Ciudad de Estelí, porque según sus informaciones, ese lugar estaba invadido de guerrilleros sandinistas.

 

En el Departamento de Chontales

 

Caso primero:

 

Chontales no registra muchas masacres por parte de la Guardia Naional somocista genocida, pero las comenzaron nada menos que con el asesinato del General Pedro Altamirano, uno de los jefes del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional; y sus dos hijos Malesio José, Ángel y María Luisa Martínez, esta última compañera del legendario guerrillero Altamirano.

 

Pedrón Altamirano fue traicionado por el General Adrián Gómez, quien se vendió a los representantes del fundador de  la tiranía, Anastasio Somoza García. Se conoce, por versiones de los mismos ejecutores del crimen, que el General Gómez recibió dinero de un teniente yanqui-GN, llamado Ernesto Kourt.

 

Pedrón Altamirano y sus hijos pernoctaban en las márgenes del Río Grande, a la altura del Salto de Toboba, jurisdicción de Chontales. Cuando dormía Pedrón, Gómez agazapado, le disparó por la espalda, después de haberle profesado “amistad” y “lealtad”. Los asesinos, procedieron después a cortar la cabeza de Pedrón Altamirano, exhibiéndola por los pueblos de Chontales y Granada.

 

Además del traidor, los registros históricos señalan que los responsables directos de esta masacre fueron unos tales Sequeira, Ventura, Martín y Ernesto Kourt.

 

Caso segundo:

 

El 6 de junio de 1978, en la finca de Cerro Alegre, propiedad de Juan Calero, fueron capturados y masacrados  Serapio y Timoteo Amador y Luis Antonio Cisneros, a manos de los somocistas genocidas Weivi Miranda, Juan Alberto Gutiérrez, Julio Gutiérrez y Apolinar Jarquín Sevilla.

 

En el Departamento de Granada.

 

Caso primero:

 

Las masacres somocistas en este departamento comenzaron el 17 de septiembre de 1973, con los asesinatos de los miembros de la Dirección Nacional del FSLN, Ricardo Morales Avilés y Óscar Turcios Chavarría, y de los también militantes sandinistas Juan José Quezada Maldonado y Jonathán González Morales.

 

Ricardo Morales y Óscar Turcios fueron capturados el 17 en la noche, cuando se dirigían en un carro viejo a la Universidad Nacional, para distribuir propaganda política del FSLN. Como en ocasiones anteriores, Turcios Chavarría se hizo pasar como ganadero, pero la estrategia no resultó frente a los guardias y orejas somocistas genocidas del cuartel GN de Nandaime.

 

Por la mañana del día siguiente, los guardias ubicaron la casa de seguridad de  de Ricardo, Óscar, Juan José y Jonathán. Los dos últimos se encontraban limpiando sus armas, quienes en un ardid de habilidad se dispusieron a responder la agresión de los guardias, a defenderse. Jonathán resultó herido en una pierna y Juan José, conocedor de artes marciales y fortachón, lo cargó mientras huían hacia el lado de la Carretera Panamericana. Intentaron, fallidamente, detener un vehículo de pasajeros.

 

Continuaron la huida, perseguidos por varias patrullas de guardias. Al no encontrar respaldo entre los vecinos temerosos, tomaron un camino solitario que creyeron seguro, hacia un lugar  llamado “Montañita de los Mendoza”, donde fueron rodeados y capturados.

 

 

Los relatos periodísticos posteriores, coinciden en que más o menos a las doce del día del 18,  fueron llevados Ricardo Morales y Óscar Turcios al mismo lugar, donde los cuatro fueron fríamente asesinados por altos oficiales de la Guardia Nacional somocista, sanguinaria y genocida.

 

Caso segundo:

 

El 27 de agosto de 1978, en las cercanías de Diriá, municipio de Granada,  fueron masacrados Julio Fonseca Alemán y Silvio Carvallo Muñoz por varios guardias somocistas.

 

Caso tercero:

 

Dos  jóvenes identificados como Mario José y Juan José Sánchez Mendieta, fueron capturados por guardias GN cuando caminaban por una calle de la Ciudad de Granada. No aparecieron nunca más. Eran originarios de la ciudad de San Marcos, ubicada en el Departamento de Carazo.

 

Caso cuarto:

 

Eran las dos de la madrugada, cuando los agentes del terrorismo somocista,  llenó de angustia a los pobladores de la finca Santa Marta, comarca de San Blas, en Granada.

 

Los oficiales y guardias somocistas,  a bordo de dos BECATS, llegaron gritando y disparando, sacaron de su vivienda a Mercedes (varón) y a un hermano suyo, apodado “Chele”. “Estos hijueputas son tirabombas”, les gritaban histéricos, llevándolos a 60 metros de su casa, a la orilla de un corral, donde fueron asesinados a balazos.

 

En el Departamento de Jinotega.

 

Caso primero:

 

Los oficiales y guardias sanguinarios genocidas llegaron en dos helicópteros. Se bajaron desplegando fusilería de diversos tipos y calibres. Obligaron a los campesinos a concentrarse en una placita del Terrero Blanco y escogieron a los que a juicio de ellos, eran “sospechosos” de andar con el Frente Sandinista. Los subieron a los helicópteros y nunca más los volvieron a ver. Se especuló después que Anastasio Somoza Debayle y su pacotilla de generales, coroneles y mayores asesinos, lanzaron a estos campesinos desde helicópteros sobre el Cerro Musún.

 

 

Los familiares de los capturados en los helicópteros buscaron en hospitales, Cruz Roja, cárceles, comandos GN, etc., y no encontraron respuestas del paradero de aquellos campesinos. Gente cercana a la guardia, aseguraba que éstos acostumbraban a lanzarlos sobre cerros altos y tupidos de vegetación, desde aviones y  helicópteros.

 

Fueron 1O campesinos las víctimas, identificados como Trinidad Gómez Ramírez, Silvestre Ramírez Luna, Víctor Monge Ramírez, Locadio Ramírez Monge, David Martínez Lanzas, Benicio Martínez Martínez, Sergio Machado Herrera, Mercedes Bucardo Ramírez (masculino) y Pastor Valdivia Orozco.

 

La muerte se les apareció del cielo. Los informes posteriores confirmaron que todos ellos fueron lanzados al vacío desde helicópteros. Es decir,  otra forma de asesinar, de masacrar de la “Estirpe Sangrienta” genocida.

 

Aunque en el informe correspondiente no aparecen los nombres de los masacrados, se conoció,  después de los sucesos del Terrero Blanco, que 28 campesinos fueron asesinados de esa misma forma entre los municipios de El Sauce,  Achuapa y Telica, territorios ubicados en el Departamento de León. Los militares genocidas responsables de estas masacres fueron Nahum Zeledón, Benito González y Heberto Brenes Salablanca.

 

Caso segundo:

 

Un grupo numeroso de contrarrevolucionarios somocistas emboscaron y asesinaron, el 26 de enero de 1983, a Dimas Isidro Calero, Eva Francisca Centeno Zeledón (niña de ocho años), Natividad Herrera Castillo (anciana de 80 años), Silverio Irías y Miguel Zamora.

 

La emboscada se produjo en una finca, dentro de la cual las víctimas viajaban en una camioneta en labores agrícolas. Ese día, como siempre, quemaron ranchos y robaron todo lo que pudieron.

 

Caso tercero:

 

 

El 1 de mayo de 1983, fueron asesinados el médico Alberto Georg Flaun, Adelina Ortega, enfermera; Dolores López Hernández, técnico de Reforma Agraria, el campesino Ramiro Cruz y los técnicos Filadelfo Cruz Guevara, Francisco Zeledón, Álvaro Martín Traña, más cinco miembros de Juventud Sandinista 19 de Julio. Circulaban en una camioneta entre Wiwilí y Pantasma cuando eran atacados a mansalva por un grupo de contrarrevolucionarios somocistas, financiados por Estados Unidos.

 

Caso cuarto:

 

En San José de Bocay, el 18 de agosto de 1983, Vicente Montenegro, su esposa y sus tres hijos, fueron bestialmente asesinados por una pacotilla de somocistas, que según los relatos periodísticos, mataron a no menos de quince personas ese día.

 

Los diarios Barricada y El Nuevo Diario refieren, en crónicas distintas, que los asesinaron, incendiaron sus casas, tiraron bombas de fragmentación y mataron a todos los animales domésticos que tenían varias familias visitadas ese día tenebroso en Bocay. Los masacradores, después de asesinar a indefensos campesinos, huyeron a Honduras, el santuario que Estados Unidos les había organizado.

 

Caso quinto:

 

En Pantasma, el 20 de Octubre de 1983, en operación parecida a la de San José de Bocay, fueron asesinadas 32 personas, según crónicas de Barricada y El Nuevo Diario.

 

Caso sexto:

 

El 25 de Septiembre de 1984 se conmovió toda la nación. Este día fueron asesinadas ocho personas, entre ellas, madres de héroes y mártires que visitaban a sus hijos movilizados en el Servicio Militar Patriótico.

 

Las madres asesinadas en una emboscada fueron: Gladys Hernández Estrada, Cristina Talavera Picado, Socorro Guardado Talavera y Ángela Naranjo. También fueron asesinados Eddy Bayardo García Vanegas y Salomón Ortiz Cano, y los soldados del ejército sandinista Guillermo Romero Solórzano, Eddy Vanegas García y Hernán Xavier Marín.

 

 

En esos días, la campaña en contra del Servicio Militar Patriótico se había incrementado ferozmente y los comandos de la contrarrevolución ya no solamente atacaban unidades combativas del ejército, sino toda expresión de apoyo moral y político a la defensa de la revolución.

 

En el Departamento de León

 

Caso primero:

 

El 2 de febrero de 1979 fueron masacrados a tiros por oficiales y guardias GN genocidas Eleuterio Dolmus, Luis Domingo Osorio Carvallo, Santos Francisco Castillo Montenegro y Octavio Barrera, todos jóvenes.

 

Según el diario La Prensa, los jóvenes que andaban de pesca, fueron asesinados por varios guardias sanguinarios que pasaron por el lugar. La noticia fue escrita bajo el título de “Detalles de la  masacre de El Sauce”. El hecho  conmovió profundamente a los pobladores, pues era de sobra conocido que los muchachos buscaban la vida pescando en el río.

 

Caso segundo:

 

Esta masacre fue sonadísima en León y el país. Numerosos jóvenes, entre ellos estudiantes, se tomaron la iglesia del Calvario, en León, protestando y denunciando las masacres que tenían lugar en el país.

 

Los guardias genocidas entraron violentamente a la Iglesia y dentro de ella, procedieron a asesinarlos a balazos. Esos  jóvenes eran: Mauricio Díaz Müller, Julio César Ayerdis, Frank Ruiz Picado, Oswaldo Lanzas, Benito Jirón Herrera y Rubén Silva Smith.

 

Aquella masacre fue repudiada nacionalmente. En la propia “casa del Señor” fueron masacrados estos jóvenes, a la vista de todo el mundo, en el barrio del Calvario.

 

 

Se conoció, que quien ordenó la masacre fue el general genocida Gonzalo Evert y el coronel Simtn González, quienes además, fueron los máximos responsables de todas las masacres registradas en León, durante el período 1978-1979. Los ejecutores de la acción y que fueron mencionados en tribunales, son los siguientes: Luis Alberto Martínez Doña, un teniente de apellido Pavón y  José Luis Gutiérrez, a quien le decían “Muñeco”

 

Caso tercero:

 

El 16 de febrero de 1979, en el Reparto Providencia, a  media noche, asesinaron a los jóvenes Óscar Danilo Ruiz Fernández y Mario Salinas Reyes. A pesar de que por la noche se escucharon los disparos, por el estado de terror en la ciudad leonesa, nadie del vecindario se atrevió a asomarse. Esto fue, hasta el amanecer del día siguiente, cuando en el pavimento de la calle encontraron el charco de sangre y los cadáveres de estos dos jóvenes.

 

Los jóvenes asesinados regresaban de visitar a unos familiares, en otro barrio de León, cuando fueron capturados y asesinados en su propio vecindario.

 

Caso cuarto:

 

El 18 de febrero de 1979, una patrulla de oficiales y guardias GN genocidas capturó a Elías Merlo, Marcelo Araica y Mayra Hernández, en el empalme de Poneloya y Las Peñitas. Los tres fueron llevados a La Pedrera, un sitio de donde se extrae piedras para construcciones en León. En este sitio fueron torturados los tres, sin motivo alguno; a Mayra Hernández, a quien antes de matarla la violaron salvajemente.

 

Numerosos vecinos de Poneloya presenciaron la captura, sin poder intervenir. Después de escuchar las descargas de tiros y de presenciar la ida de los guardias sanguinarios genocidas, procedieron a retirar los cadáveres, los que quedaron destrozados a causa de la gran cantidad de balas que penetraron sus cuerpos.

 

Caso quinto:

 

El primero de abril de 1979, en el barrio San Felipe, fueron masacrados los jóvenes Ramón Larios Brenes y Juan Elías Laguna.

 

Caso sexto:

 

Los cadáveres de los jóvenes Alfonso Monterrey Medina y Alfonso López Brenes, fueron dejados tirados en un camino por los mismos guardias genocidas ubicados en el tenebroso comando GN de León.

 

Fue un Viernes de Dolores cuando los capturaron. Ellos caminaban por el camino hacia la finca de  Santa Ana,  en el oeste de León, cuando por mala suerte y mortal casualidad,  se encontraron con la patrulla GN de guardias y orejas genocidas somocistas, los que procedieron a detenerlos y a asesinarlos en el acto. El vehículo de las víctimas fue robado por los somocistas genocida y usado descaradamente en las calles de León.

 

Caso séptimo:

 

El 16 de abril de 1979, la Guardia Nacional efectuó la masacre somocista genocida de Veracruz,  León, la que fue posible gracias al soplo de “orejas” somocistas, quienes identificaron la presencia en una de las casas del residencial a Óscar Pérez Cassar, Edgard Lang Salmerón, Róger Deshón Argüello, Denis Aráuz, Alicia Langrand y Aracely Pérez, los que fueron rodeados, capturados y asesinados.

 

De acuerdo a las noticias de radio-periódicos y diarios o periódicos nacionales, los guardias somocistas ascendían a más de un centenar de efectivos militares, entre altos oficiales y soldados, armados de fusiles Garand, Uzi, Fal y pistolas Brownin, quienes actuaron con órdenes precisas de no dejar vida en la casa asaltada en el Reparto Veracruz, situado al Oeste de la Ciudad de León.

 

En la masacre, participaron directamente, bajo las órdenes del General Gonzalo Evert, un tal teniente Almanzas, y otros llamados Mario Pavón y Raúl Doña.

 

Caso octavo:

 

El 23 de abril de 1979, los somocistas genocidas decidieron realizar  “paseíto” de terror por el Barrio Sutiaba, en el lado Oeste de la Ciudad de León. Más de un centenar de guardias, haciéndose acompañar de varias tanquetas, ametralladoras montadas en camiones, disparaban al aire y a ras de las puertas de las viviendas. Durante tres horas el Barrio Sutiaba se convirtió en campo de concentración, parecido a aquellos nazifascistas alemanes. En el trayecto, asesinaron a Marvin Fonseca Ramírez, Mario Aguirre Chávez y Dany Leonardo Rubí Hernández, en los patios de sus viviendas respectivas, por protestar por el violento y guerrerista cateo domiciliar sin autorización judicial alguna.

 

El operativo consistió catear cada una de las casas del barrio indígena, buscaban buzones de armas de los insurgentes sandinistas.

 

El sepelio de estos jóvenes, también fue ametrallado, resultando otros dos muertos, el día 25 de abril de 1979.

 

Caso noveno:

 

El 22 de abril de 1979, fueron asesinados seis jóvenes, uno de ellos fue  Orlando Téllez Bendaña, quien fue capturado el día anterior por la guardia somocista. Esta vez, fueron “bondadosos”, pues dejaron el cadáver destrozado donde su familia, con la versión de que el joven intentó fugarse del Fortín de Acosasco, el centro GN-EEBI-OSN de torturas y asesinatos de todo León, jefeado por el general Gónzalo Evert.

 

Caso décimo:

 

El mismo día, el 22 de abril de 1979, también fueron asesinados Augusto Tiffer Cárdenas y Emilia López Castillo; Emilia caminaba tranquilamente por las calles del Barrio Sutiaba cuando fue impactada en la espalda por una bala de fusil garand.

 

Caso décimo primero:

 

El 26 de abril de 1979, fueron asesinados los jóvenes Simtn Antonio Cruz, Terencio Quintanilla, José Luis Sánchez y los hermanos Luis y Ramiro Rocha, en el Cementerio de Guadalupe, ubicado al Sureste de la ciudad de León.

 

Según reportajes periodísticos, el sepelio de estos jóvenes también fue atacado a balazos por la guardia somocista sanguinaria genocida, cuyo resultado fue otro muerto y 20 heridos.

 

Caso décimo segundo:

El mismo día del sepelio de los jóvenes del caso anterior, el Barrio Guadalupe, colindante con el Cementerio Guadalupe, fue salvajemente atacado desde el aire con bombas de 500 libras y rocketazos, lanzados por aviones push and pull.

 

Debido al ataque aéreo, murieron Marlene Vanegas de Blandón y su hijita Marcela, de apenas dos meses de edad.

 

Caso décimo tercero:

 

 

El 11 de mayo de 1979, guardias somocistas, orejas de la OSN y “jueces de mesta” al mando de “Vulcano” (General Gonzalo Evert), realizaron un cateo general en el Reparto Providencia, de la ciudad de León. Durante la invasión y agresión militar resultaron asesinados los jóvenes Orlando Arcadio Pérez, los hermanos  Manuel de Jesús, Juan Ramón, Alfonso y Carlos Rivera, todos masacrados en el patio de su casa. También, fueron asesinados: Wenceslao Rugama Contreras, quien estaba solo cuando los guardias catearon su casa, fue encontrado muerto, con su cuerpo pasconeado a tiros; también fueron ultimados a balazos Iván de Jesús Vílchez, Felipe Antonio Rodríguez, Julián Arias Sandoval y una persona no identificada.

 

Posteriormente, la Oficina de Relaciones Públicas de la Guardia Nacional (bautizada por la población como “aquí les miento”), informó que dichos jóvenes perecieron “en enfrentamiento con la gloriosa (¿¿¿???) Guardia Nacional”.

 

La nueva modalidad de los cateos y las masacres dentro de las casas se generalizaron en León, que virtualmente estaba convertido en un inmenso campamento de concentración y de asesinatos.

 

Caso décimo cuarto:

 

El 22 de mayo de 1979, igual que en el Reparto Providencia, la guardia sanguinaria, nuevamente cateó en el Barrio Sutiaba. Los oficiales y soldados GN sacaron de una de las casas a Noel Vargas Pichardo y a su yerno Raúl  Sánchez Rodríguez, obligando a los vecinos a presenciar la masacre a balazos de ambos hombres en plena calle de este vecindario popular del Oeste de la Ciudad de León.

 

“Es para que escarmienten hijueputas, pues estos dos eran “sandino-comunistas-terroristas”, les dijeron a los aterrorizados vecinos de Sutiaba, mientras la matanza somocista genocida continuaba por todo León.

 

El Diario LA PRENSA (mayo-1979) publicó que los muertos durante ese cateo fueron doce y señaló que varios miles de vecinos estuvieron como en un campo de concentración nazi durante todo un día.

 

Caso décimo quinto:

 

El 2 de Junio de 1979, se repite la matanza en el Barrio Sutiaba, donde las víctimas mortales totalizaron diez. Los somocistas sanguinarios genocidas permanentemente acusaban a todo el barrio de poseer armas peligrosas y de esconder a guerrilleros sandinistas.

 

Caso décimo sexto:

 

Dos menores de edad no identificados,  fueron asesinados cuando pasaban por las tenebrosas cárceles de “La 21″,  uno de los centros de horror, tortura y muerte del somocismo en León, organizado por el coronel Pedro Nolasco Romero, autor de muchos crímenes en dicha cárcel, entre otros, la matanza que hizo cuando la GN somocista genocida capturó a Francisco “Paño Ñato” Juárez Mendoza y 200 campesinos en las Estaciones del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua en Rota y Malpaisillo, en 1952.

 

 

Los chavalos pasaban por allí y a los guardias sanguinarios se les ocurrió que “estorbaban”, ante la espera de un ataque guerrillero decisivo, lo que efectivamente ocurrió varios días después.

 

Caso décimo séptimo:

 

El 13 de junio de 1979, aparecieron destrozados en una de las calles de León, los cuerpos de Eliodoro y Ermícides Munguía Narváez.

 

En el Departamento de Madriz

 

Caso primero:

El 17 de junio de 1979 asaltaron a los ganaderos somoteños José Ernesto Molina Martínez,  José Dolores Contreras Muñoz,  Leonel Torrez Bellorini,  Luis Efrén Portillo González, Rigoberto Enríquez y Francisco Ortiz Zarate.

 

Estos seis ganaderos retornaban de Honduras cuando fueron hechos prisioneros en la frontera de El Espino por una patrulla GN jefeada por un matón de apellido Pavón. Al ser capturados en la guardarraya, les robaron 25O mil lempiras y trasladados posteriormente al Comando de la GN en Somoto, ante la vista de numerosos campesinos del lugar, donde fueron salvajemente torturados.

 

Al día siguiente de la captura, los llevaron al Valle de Cacaulí, cercano a la frontera, donde los guardias procedieron a matarlos a balazos. En el mismo lugar del crimen, para no dejar huellas, abrieron un hueco y los sepultaron casi a flor de tierra.

 

El 24 de agosto de 1979, el Diario LA PRENSA registró una masacre, bajo el titulo: “Exhuman cadáveres de ganaderos  asesinados por la GN”, y daba cuenta que el chofer Carlos Calix Salinas fue a mostrar el sitio donde fueron asesinados y enterrados los seis ganaderos somoteños.

 

Caso segundo:

 

 

En Madriz se registra, por parte de Tomás Borge y otros historiadores, la masacre de Luis Escalona, de los matagalpinos Reyes, Preslin y Bonnerman,  Alfredo Cutaro,  el periodista  Manuel Díaz Sotelo, Fabio  Andara y Antonio Carías, según cita Miguel de Jesús “Chuno” Blandón.

 

Los mencionados anteriormente, participaron en un movimiento antisomocista de esos días. Fueron capturados, torturados personalmente por Anastasio Somoza Debayle (el último jefe de “Estirpe Sangrienta”) y posteriormente asesinados en lugar aún no precisado, pudo haber sido en el propio territorio de Madriz o en las cárceles de la Oficina de Seguridad Nacional (policía política somocista).

 

Caso tercero:

 

El 23 de abril de 1977, Luis García Altamirano y un joven apodado “Pollo”, fueron públicamente asesinados o masacrados ante los pobladores de San Juan del Río Coco,  al  Norte de Somoto,  donde los asesinos abrieron una fosa en la calle, los introdujeron vivos, los ametrallaron y le prendieron fuego.

 

Los “orejas” responsables de esta masacre fueron Lino García Baquedano,  Luis García Altamirano y Gonzalo Rivas, quienes se ufanaban de ser colaboradores de la Guardia Nacional somocista genocida en Somoto.

 

Caso cuarto:

 

El Diario LA PRENSA del ocho de febrero, registró cómo fue masacrado el ciudadano Pastor Llanes en su propia vivienda en Somoto, por matones de Guardia Nacional.

 

Los somocista genocidas, en número de 3O, se introdujeron a la vivienda disparando en todas direcciones, pretextando que daban persecución a un guerrillero. Además de asesinar a Llanes, dejaron herida a su esposa y a un hermano de ésta.

 

El caso quedó así, sin proceso alguno ni excusas de parte la institución castrense al servicio de la tiranía somocista.

 

Caso quinto:

 

 

En Telpaneca, Departamento de Madriz, el 10 de agosto de 1983, mientras circulaba en un vehículo, fue atacado a balazos y asesinado, el técnico del MIDINRA, César Moncada.

 

Caso sexto:

 

En la comarca Matasano, fronteriza con Honduras, el 25 de agosto de 1984, una familia de ocho personas fue brutalmente asesinada. Todos fueron degollados a punto de machete, entre otros se encuentran: Gregoria, Pablo y Salvador Carazo, éste último de apenas ocho años.

 

Los relatos periodísticos indican que antes de ser degollados, fueron colocados en fila y acostados en un tapesco, como simbolizando una orgía de sangre propia de los sicarios de la “Estirpe Sangrienta”.

 

Los sobrevivientes, los que lograron salvarse al irse a los montes oscuros de las cercanías, relataron que los asesinos (unos 100 en total) limpiaron la sangre de los machetes en rajas de leña, después de haber cumplido su cometido.

 

En el Departamento de Managua.

 

Caso primero:

 

El asesinato del General  Sandino y sus hombres, el 21 de febrero de 1934, el que ocurrió, según se supone,  en las cercanías del que fue Aeropuerto Xolotlán. Esta acción fue planeada y ejecutada en combinación de Anastasio Somoza García, el embajador yanqui Arthur Blees Lane y los efectivos de la “Contabularia” o Guardia Nacional.

 

Caso segundo:

 

La masacre de El Crucero, cuando presuntamente intentaron liquidar en una emboscada al tirano. Al fracasar dicho plan, supuestos participantes de la acción fueron ejecutados bajo las órdenes personales de Somoza García en los cafetales del lugar.

 

Caso tercero:

 

 

La masacre ejecutada el 5 de mayo de 1960 (cuatro años después del ajusticiamiento de Somoza García, a manos del poeta y periodista Rigoberto López Pérez), contra los patriotas Edwin Castro Rodríguez, Cornelio Silva Argüello y Ausberto Narváez Parajón, acusados de cómplices de López Pérez, aún a pesar de que éste dejó carta donde señala su exclusiva responsabilidad de la acción. Esta masacre fue cuidadosamente planificada por los jefes de la tiranía.

 

Los tres fueron masacrados en las cárceles de La Aviación, donde se encontraban prisioneros, bajo el pretexto de una supuesta huida. En realidad, lo que sucedió fue la puesta en práctica de aquella técnica que aplicaron con el famoso caso del abogado guatemalteco  Oliverio Castañeda, en León, en 1931, que consiste en dejarlos ir y proceder luego al asesinato, argumentando luego una ejecución durante la huida de los prisioneros.

Ese mismo día de la masacre, fueron encarcelados Tomás Borge Martínez, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, Enock Aguado, Enrique Lacayo Farfán, Noel Benjamín Robelo, Juan  Calderón Rueda, Noel  Jirón Balladares, Alonso Castellón, Julio Alvarado Ardil, Ramón Rosa Martínez y Emilio Borge.

 

Caso tercero:

 

El 4 de noviembre de 1967, el esbirro Alesio Gutiérrez (gran apaleador de periodistas y de mujeres), se graduó con honores de “buen masacrador”, al capturar y asesinar personalmente al médico joven Casimiro Sotelo Montenegro (dirigente estudiantil universitario y miembro de la Dirección Nacional del FSLN), Hugo Medina Olivas, Edmundo Pérez Flores y Roberto Amaya Ruiz, todos masacrados en el Barrio Monseñor Lezcano. Todos ellos fueron denunciados por “orejas”.

 

El  esbirro despreciable Gutiérrez fue ascendido a capitán de la GN, como premio a su acción de asesino genocida.

 

Caso cuarto:

 

En abril de 1968, se comete la horrible masacre en la humanidad de David Tejada Peralta, a manos del Mayor GN somocista genocida Oscar “Moralitos” Morales Sotomayor.

 

 

En este caso se demostró con mayor crudeza, la esencia sicaria, cruel, despiadada y terrorista de la GN somocista, cuando “Moralitos” asesinó a golpe de pistolazos, patadas, golpes con pedazos de metal sólido en la cabeza, puñetazos y rodillazos en el estómago a David Tejada Peralta, quien además de Teniente en la GN., era abogado por sus propios esfuerzos.  Urdieron la especulación de que “Moralitos”  lanzó el cadáver de Tejada Peralta al Cráter Santiago del Volcán Masaya. Según Francisco “Chico Garand” Guzmán Fonseca, quien era compañero de armas y amigo personal de Tejada Peralta, en realidad el cadáver de David fue descuartizado por Morales Sotomayor y otros altos oficiales de la Guardia Nacional somocista genocida, y tirados en una zanja de la Colina Mokorón, situada al Oeste de la Universidad Nacional Autónoma, en Managua. Un poco después de este horrible asesinato en David Tejada Peralta, “Chico Garand” fue acusado por supuestas actividades de rebelión; fue condenado a prisión de varios años y alojado en las cárceles de El Hormiguero. Al ocurrir el Terremoto del 23 de diciembre de 1972, en medio de la mortandad por el Terremoto y balacera de los guardias contra los presos, “Chico Garand” Guzmán Fonseca logró evadir ambas tormentas y se fugó. En 1979 se convirtió en uno de los Jefes de la Insurrección en la Zona Oriental-norte de Managua, particularmente en los vecindarios de Bello Horizonte, Maestro Gabriel, Salvadorita (Cristhian Pérez Leiva), Edén y parte del territorio del hoy Barrio Venezuela.

 

Caso quinto:

 

De igual forma, fue capturado y torturado René Tejada Peralta (hermano de David Tejada Peralta), quien también resultó con vida después de toda la barbarie cometida contra su humanidad, lo que provocó un escándalo público en detrimento de la credibilidad de la tiranía somocista genocida.

 

La situación anterior, motivó la apertura de un proceso judicial-militar contra “Moralitos”, que resultó siendo un acto circense al haberlo condenado a varios años de cárcel y no haber ejecutado la condena. El “condenado” siempre tuvo libertad y conservando determinadas facultades para actuar en contra de la ciudadanía con amenazas y abusos. En medios periodísticos locales se afirmaba que incluso de noche salía a matar gente, o sencillamente reprimir, en numerosos sitios de Managua.

 

Finalmente, “Moralitos” se trasladó a Honduras, donde – según se dice-  es un “respetable” hacendado.

 

Producto de este caso y del anterior, la GN somocista genocida perdió mucha credibilidad, pues quedó claro que David Tejada Peralta era un joven oficial de la Guardia Nacional, que cuestionó fuertemente los procedimientos inadecuados de dicha institución contra la ciudadanía en general.

 

Caso sexto:

 

El 15 de julio de 1969, en Las Delicias del Volga, sitio ubicado en las cercanías del Cementerio Occidental de Managua, 400 guardias nacionales armados con fusiles Garand, pistolas, bombas de fragmentación y lacrimógenas, y apoyados de varios aviones artillados con morteros, tanquetas y ametralladoras, accionaron contra la casa donde se encontraban el militante sandinista Julio Buitrago Urroz y la también militante clandestina Doris Tijerino Haslam.

 

Sobre la casa hubo una descomunal tormenta de explosivos, balazos y cañonazos, donde se encontraba Julio Buitrago Urroz resistiendo heroicamente más de dos horas. El resultado final, fue la masacre que presenciaron los habitantes de los barrios Monseñor Lezcano, Santa Ana y El Arbolito. Solamente encontraron el cadáver de Buitrago, para desplante de aquel descomunal desplazamiento militar.

 

La localización de aquella casa y de la presencia del destacado militante sandinista, fue obra de los “orejas” que dieron detalles a la Guardia Nacional de su hallazgo en esa casa en que lo masacraron.

 

Caso séptimo:

 

El mismo 15 de Julio, también fueron asesinados en una de las calles del Barrio Santo Domingo de Managua, los siguientes militantes sandinista: Alesio Blandón Juárez, Marcos Antonio Rivera y Aníbal Castrillo.

 

Caso octavo:

 

En la tarde del 15 de enero de 1970, en el costado Oeste del Cementerio Oriental de Managua y por denuncias de “orejas” despreciables de la OSN, más de 2OO guardias genocidas somocistas, cayeron repentinamente en la casa donde estaban alojados el poeta Leonel Rugama Rugama, Mauricio Hernández Baldizón y Róger Núñez Dávila.

 

Los guardias rodearon toda la manzana, se tendieron en los muros del cementerio y ubicaron tanquetas por el lado de la gasolinera Esso; se introdujeron por el patio de la casa y desde allí, le gritaban “¡Ríndanse o los matamos a todos!”.  Obteniendo la famosa respuesta a gritos: “!Que se rinda tu madre¡”.

 

Por órdenes del general Samuel Genie, jefe de la seguridad somocista, se descargaron todas las armas al unísono contra la casita de madera donde se encontraban los militantes sandinistas. Similar a la masacre de Julio Buitrago Urroz, la cantidad de guardias sanguinarios somocistas fue desproporcionada, descomunal para tres hombres que se encontraban en aquella vivienda. Los testigo de aquella barbarie fueron miles; los cuerpos­ fueron destrozados a balazos y bombazos.

 

Un sacerdote de apellido Mejía fue vapuleado por los guardias somocistas genocidas por tratar de intermediar en la acción; posteriormente fue expulsado del país y amenazaron con excomulgar a los que siguieran su ejemplo.

 

Caso noveno:

 

 

El 12 de abril de 1974 apareció destrozado el cadáver del joven Ramón Antonio González Fuentes, en una calle del Barrio Santa Rosa, en Managua. La misma historia: los guardias lo capturaron y luego apareció muerto a balazos.

 

Caso décimo:

 

El 7 de noviembre de 1976, fueron asesinados los militantes sandinistas Eduardo Contreras Escobar (miembro de la Dirección Nacional del FSLN), Silvio Reñazco, Rogelio Picado y Carlos Roberto Huembes Ramírez (Suplente de la Dirección Nacional cuando apenas tenía 25 años). Los tres primeros fueron asesinados dentro de un vehículo en el Reparto Satélite Asososca, mientras tanto, Huembes fue acribillado a tiros en el Reparto El Dorado, cercano a la casa de Silvio Reñazco.

 

Todos ellos fueron víctima también, del soplo de los “orejas” Enrique Cales, Abraham González, Carlos Guillén, Antonio Baltodano y  José Espino.

 

La institución, cínicamente apareció informando en un comunicado que los militantes sandinistas fueron muertos en “enfrentamiento armados con la gloriosa Guardia Nacional”.

 

Caso décimo primero:

 

Cuatro días después de los asesinatos del caso anterior, fueron también asesinados en distintos puntos de Managua, los militantes sandinistas Pedro Aráuz Palacios (miembro de la Dirección Nacional del FSLN), José Cristhian Pérez Leiva, Ricardo Orúe Navarro, Omar Hassan Morales y Alfonso González Pasos.

Esta masacre ocurrió en el caserío de la orilla de la Laguna de Xiloá, donde el 12 de mayo de 1979 en realidad hubo tres masacres ejecutadas por altos oficiales de la Guardia Nacional, la Oficina de Seguridad y “escuadrones de la muerte” de ambas instituciones mortales, todo lo cual lo explico en un libro titulado “Masacres Somocistas en Managua”, ocurridas durante la Insurrección u Ofensiva Final contra la tiranía somocista genocida.

 

Caso décimo segundo:

 

El 14 de mayo de 1977, Angelita Morales Avilés y María Mercedes Avendaño Pérez, dos simpáticas muchachas que salieron de una casa del Barrio Larreynaga y tomaron un autobús para dirigirse al Barrio Monseñor Lezcano. En el trayecto estaban siendo perseguidas por una patrulla GN BECAT, cuyos guardias sanguinarios les dispararon un diluvio de balazos a sus cuerpos, cuando ellas se bajaron del transporte colectivo, y mientras ellas dos conversaban animadamente.

 

Angelita y María Mercedes cayeron bañadas en sangre al pavimento, mientras los transeúntes huían en todas direcciones ante la posibilidad de encontrar también la muerte.

 

Después, los jefes asesinos genocidas de la Guardia Nacional informaron en sus medios oficiales del terror, que ambas mujeres habían perecido en un enfrentamiento armado con la GN.

 

Caso décimo tercero:

 

El 17 de octubre de 1977 fueron asesinados Marta Angélica Quezada, Genoveva Rodríguez, Carlos Arroyo Pineda, Róger Langrand Hernández y Flor de Liz Robleto Vargas. Esto ocurrió en las cercanías del Instituto Maestro Gabriel, próximo a la “Central de Policía”, conocida entonces como “Aviación”, que se había convertido en un centro de torturas y asesinatos en Managua.

 

Según se conoció después, el organizador de esta masacre fue el coronel genocida Luis Abeas Cerpas, junto a un raso criminal llamado Gerardo Antonio Medina Leiva.

 

Caso décimo cuarto:

 

Una de las masacres más repudiadas en Managua fue la de SOLECTRA, ubicada en Ciudad  Sandino, la que se encontraba tomada por los obreros en protesta por las masacres que cometía sistemáticamente la Guardia Nacional y los somocistas en general. Allí los guardias somocistas genocidas asesinaron a los obreros Germán Antonio Bojorge Esquivel, Jorge Altamirano Hernández y Pablo Torrez Rivera.

 

Los responsables directos de esta acción mortal, ocurrida en abril de 1978, fueron los somocistas genocidas Miguel Cordero y Alejandro Bravo Blanco, quienes además de matar a los tres obreros, tuvieron el singular descaro de ponerles pañuelos rojinegros en sus cuellos y bombas de fragmentación en sus manos.

 

Caso décimo quinto:

 

En el mes de agosto de 1978, por denuncias de un “oreja” llamado Noel Hernández Ramírez, fueron masacrados Fernando Zúniga, Rubén Artola, Francisco,  Adán y Luis Ramírez, en un Barrio de Managua.

 

 

Caso décimo sexto:

 

El 15 de septiembre de 1978, una patrulla BECAT, en el Barrio Altagracia, asesinaron a tiros, sin motivo alguno, a la ancianita Susana Ramírez, de 74 años y a Leonel Gutiérrez, un joven del Barrio Santa Ana.

 

 

Caso décimo séptimo:

 

En la noche del 18 de septiembre de 1978, en puntos diversos de los barrios Monseñor Lezcano y Las Palmas (al occidente de Managua), los guardias sanguinarios somocistas masacraron a Manuel Olivares Rodríguez, Mariano Sediles, Rolando López, Marcos Antonio Sequeira, Urania Zelaya Úbeda y dos jóvenes más.

 

NOVEDADES, periódico de la tiranía somocista genocida, informó que en esta masacre participaron más de 300 efectivos de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI), fuerzas élites bajo el mando de Anastasio “Chigüin” Somoza Portocarrero (hijo del dictador), quienes dispararon a mansalva contra viviendas y ciudadanos que caminaban por las calles en el Reparto Las Brisas y Monseñor Lezcano.

 

Manuel Olivares era dirigente estudiantil del Instituto Técnico que hoy lleva su nombre, y se afirma que por denuncias de “orejas” del mismo centro de estudios, esa noche le montaron persecución tenaz para asesinarlo, y de paso masacraron a otros jóvenes estudiantes del mismo Instituto Técnico, ubicado, precisamente, en el Reparto Las Brisas, en el Oeste de Managua.

 

Caso décimo octavo:

 

En aquellos días de septiembre de 1978, estaba de “moda” la aparición frecuente de cadáveres de jóvenes masacrados por la Guardia Nacional, la Oficina de Seguridad y sus “escuadrones de la muerte” en la Cuesta del Plomo (hoy Cuesta de los Mártires) y en las cercanías del Teatro Popular Rubén Darío.

 

Tres de esos cadáveres fueron los de José Daniel Jarquín García, Pedro Hernández Pastrana y Manuel Hernández Velázquez, residentes en la orilla de la Pista Radial Santo Domingo o Pista David y René Tejada Peralta.

 

 

Sus familiares relataron a periodistas de medios informativos nacionales, que los tres jóvenes salieron a comprar una botella de licor a la Pista mencionada, cuando fueron capturados y obligados a abordar una patrulla BECAT. Al siguiente día estaban convertidos en cadáveres en la Cuesta de los Mártires. En el comunicado oficial de la GN sanguinaria somocista genocida informaron que habían perecido en “enfrentamiento armado con la gloriosa Guardia Nacional”.

 

Casi décimo noveno:

 

El primero de octubre, aparecieron también asesinados en la Cuesta de los Mártires los jóvenes Juan Manuel García Prado, Napoleón Altamirano Pérez y Carlos Cabrera Guevara.

 

Los tres jóvenes fueron extraídos violentamente de sus viviendas en Villa Progreso por los guardias nacionales somocistas, quienes andaban en pos de una lista de jóvenes a capturar y asesinar.

 

Este caso salió publicado como noticia en el diario La Prensa, donde hicieron toda una relatoría sobre la forma con que fueron extraídos de sus hogares. Según este reporte periodístico, los guardias asesinos aseguraron que los matarían. Al día siguiente, sus familiares preguntaron sobre el paradero de estos tres  jóvenes en las cárceles de la Policía GN (era la misma Guardia Nacional) y de la Oficina de Seguridad Nacional, donde les respondieron que los buscaran en la Cuesta del Plomo, “allí están muertos”.

 

Caso vigésimo:

 

El 3 de octubre de 1978, otros seis jóvenes fueron masacrados en OPEN TRES (hoy Ciudad Sandino) y sus cadáveres abandonados al Norte de la Laguna de Xiloá, en una zona montañosa en dirección Este de la Península de Chiltepe.

 

Estos jóvenes eran Marvin Obregón, Alfredo González Darce, Antonio Torrez Hidalgo, Mario Salguera y Ricardo Salinas Cabrera. Todos ellos, dedicados a la recolección de basura de Ciudad Sandino.

 

Inmediatamente después del conocimiento de su captura, sus familiares emprendieron la búsqueda, hasta cuando se enteraron de sus cadáveres aparecidos en la zona de  Santa Margarita, al Suroeste de la Laguna de Xiloá. Los cadáveres estaban pasconeados a balazos.

 

 

Caso vigésimo primero:

 

El 2 de enero de 1979, aparecieron como peste funesta 20 patrullas BECAT en el Barrio Waspán, aproximadamente 100 efectivos militares de la GN-EEBI, armados con fusiles automáticos y ametralladoras montadas en varios vehículos del convoy en que se desplazaban por la Carretera Norte. Comenzaron a dar persecución a un grupo de jóvenes, compuesto por Edgard Sandoval Mendoza (18), Armando Bonilla Cuarezma (19), Mauricio Lara Detrinidad (17), Ramón Sánchez Urbina (17), Bertha “Fanny” Díaz Hernández (19) y Martha Gioconda García (17).

 

El grupo juvenil, en su desesperación por salvarse de aquella persecución asesina, se refugiaron casualmente en la casa de un paramilitar somocista, quien a lo inmediato, lleno de júbilo salió al encuentro de los efectivos para reportarlos. A lo inmediato, los soldados somocistas genocidas se hicieron presentes a la vivienda del paramilitar y procedieron a expulsar a patadas y balazos a los jóvenes.

 

Varios de estos jóvenes, previo de ser asesinados, fueron llevados a una zona montañosa del hoy Barrio Hugo Chávez Frías, en la orilla de Waspán Norte y Barrio José Dolores Estrada y en frente de Waspán Sur. Puestos allí, violaron masivamente a Bertha y Marta, y posteriormente los masacraron a balazos, a todos.

 

 

El comunicado del jefe de Relaciones Públicas de la Guardia Nacional, coronel Aquiles Aranda Escobar, informó que los jóvenes habían perecido en un “enfrentamiento armado con la gloriosa Guardia Nacional”.

 

Caso vigésimo segundo:

 

El 18 de abril de 1979, en la Treceava Sección de Policía GN, donde se mantenía el tenebroso y feroz asesino Alberto “Macho Negro” Gutiérrez, fueron asesinados a manos del  esbirro somocista José Dolores Sánchez, los jóvenes Bladimir Fosher Flores, de 18 años, y  Moisés García Vargas, de 22 años.

 

Los diarios del día siguiente informaron que los dos jóvenes fueron capturados por una patrulla de genocidas en el Parque de Villa Progreso, donde se encontraban sentados en una banca;  de allí fueron conducidos, como en el resto de los casos, hacia la sección policial.  Sus cadáveres aparecieron en las cercanías del Teatro Rubén Darío, en la orilla del Lago Xolotlán o de Managua.

 

Casi vigésimo tercero:

 

 

El 2 de mayo de 1979, los jóvenes Marcos Antonio Morales Chávez (18 años) y Marvin Antonio Marín Álvarez (21 años),  fueron obligados por una patrulla de guardias a bajarse de la camioneta en que viajaban, cuando estaban detenidos obedeciendo la señal roja del semáforo, frente al ZUMEN, en la Pista de la Resistencia. Después de responder a la orden de salir del vehículo, fueron capturados y llevados a rumbo desconocido.

 

A los tres días, sus cadáveres aparecieron perforados a balazos en el llamado “Camino de Bolas”, el que también se había convertido en un botadero de cadáveres jóvenes masacrados por los guardias somocistas genocidas. El “Camino de Bolas” era un caminocauce, ubicado de la llamada “Plaza Julio Martínez” hacia donde es hoy la entrada al Parque Nacional de Ferias, en Managua.

 

Caso vigésimo cuarto:

 

Similar al caso anterior, se presentó el día 7 de marzo de 1979, cuando los jóvenes Eduardo Ibarra Sánchez y Gustavo Vargas Vega, fueron interceptados guardias nacionales, cuando circulaban  a bordo de una camioneta, frente al edificio Armando Guido, en la Carretera Norte.

 

Los jóvenes fueron asesinados sin mayor reparo dentro del vehículo, cuando ingenuamente preguntaron el motivo de su detención, dejándolos tirados.

 

Caso vigésimo quinto:

 

El 22 de abril de 1979, aparecieron en la famosa Cuesta del Plomo (o de los Mártires), los cadáveres de los jóvenes Guillermo Mendoza, Julio José y  Virgilio Calero. Ellos fueron  capturados el día anterior en el Barrio “La Fuente” (ahora Ariel Darce), por soplos del “oreja” Danilo Zeledón González, quien a su vez era efectivo de las estructuras tenebrosas de la EEBI.

 

Caso vigésimo sexto:

 

El primero de mayo de 1979, día Internacional de los Trabajadores, unos 5OO efectivos militares armados con fusiles automáticos armaron tremenda balacera en persecución de los trabajadores que celebraban su día en la pista situada frente al Mercado Carlos Roberto Huembes Ramírez. Los trabajadores fueron perseguidos como venados dentro del Centro Juvenil Don Bosco, en las calles de la Colonias Colombia y Diez de Junio.

 

 

Ese día hubo varios muertos y 32 personas desaparecidas, entre ellas: Pablo Emilio Valverde, José Ramón Sevilla, José Antonio Madrigal Silva, Manuel  Salvador Miranda y Sergio Soto. Lucío Jiménez Guzmán, quien en ese momento era sastre y militante clandestino del FSLN, logró evadir el cerco y balacera de los guardias asesinos escalando el muro de Don Bosco por el lado Oeste, por donde escapó hacia la Colonia Colombia. Después del Triunfo de la Revolución Sandinista, Jiménez Guzmán fue Secretario General de la Central Sandinista de Trabajadores (CST).

 

Caso vigésimo séptimo:

 

 “¡­Esos son!, ¡ellos son!”, gritó  un soplón en una  motocicleta. Eso bastó para abrir fuego contra tres  jóvenes que caminaban cerca de la Cuarta Sección de Policía, entonces ubicada de la Iglesia de El Calvario una cuadra al oeste.  Los nombres de estos jóvenes, respondían a Wilfredo Ruiz Sáenz, Miguel Caamaño y otro de nombre William.

 

Aparentemente, los jóvenes regresaban de hacer compras en el Mercado Oriental, cuando de pronto la acusación, el registro de sus ropas a la vista de numerosas personas y luego… fueron llevados a la morgue del Hospital Manolo Morales Peralta, donde sus familiares los retiraron, sin poder hacer efectivos sus reclamos.

 

Caso vigésimo octavo:

 

El 10 de mayo de 1979, los niños Jaime Alvarado Pérez y Arquímides Velázquez Padilla, caminaban jugueteando por la acera del Centro Comercial ZUMEN.

 

Al parecer, el juego de los niños no les agradó a los orejas somocistas que abordaban un carro Nova, color blanco, del que se bajaron con pistola en mano y dirigieron hacia ellos para capturarles. Arrancaron raudos rumbo al  Este.  Los testigos del hecho dieron aviso inmediato a los familiares de los menores.

 

Tres horas después, aparecieron los cadáveres de los  niños en un predio montoso del Teatro Rubén Darío. Sus cuerpos, además de mostrar los orificios de balas, mostraban sendas señales de torturas. (¿Qué habían hecho esos niños?. ¡Nada!. ¡Nada!. ¡Pero nada!).

 

­Caso vigésimo noveno:

 

 

En la tarde del 12 de mayo de 1979, varias patrullas de guardias, orejas y agentes de la Oficina de Seguridad, encabezados por altos oficiales de la Guardia Nacional y Escuela de Entrenamiento Básico (EEBI) somocistas genocidas hicieron un festín sangriento y mortal en las cercanías y en la orilla del Balneario de la Laguna de Xiloá, entonces perteneciente al  Municipio de Managua, en el Departamento de Managua.

Aquí masacraron a los militantes sandinistas José Cristhian Pérez Leiva, Ricardo Orúe Navarro, Omar Hassan Morales y Alfonso González Pasos; a los niños Constantino Chamorro Mejía, Juan Bosco González Chamorro, al hijo (niño también) del jardinero; al jardinero Francisco Jarquín  de la casa de Alfonso González Pasos, a la trabajadora doméstica Sandra Salgado Roque; a Bayardo Martínez y a una muchacha identificada como Sandra Delgado.

 

En realidad en Xiloá estos feroces asesinos somocistas ejecutaron tres masacres durante diferentes horas del día 12 de mayo de 1979. Primero, asesinaron a Alfonso González Pasos y a los niños mencionados, al jardinero y a la trabajadora doméstica; después capturaron y ejecutaron en un sitio llamado Santa Margarita, al Suroeste de la Laguna de Xiloá, a Ricardo Orúe, Bayardo Martínez y a Sandra Delgado.

Finalmente, continuando con su orgía sangrienta, mataron a Cristhian Pérez Leiva y Omar Hassan Morales, en una garita de entrada al Reparto Xiloá.

El operativo militar para ejecutar estas tres masacres comenzó a las dos de la mañana en las instalaciones de la Antena de una radioemisora, donde la pandilla de sicarios del régimen sanguinario somocista sometieron a los trabajadores, los obligaron a permanecer en ese sitio, o de lo contrario los mataban también.

Aquella pandilla de asesinos de la GN, EEBI y OSN, se tomaron todo el sector de Xiloá desde las dos de la mañana de ese día 12 de mayo de 1979, cerraron todas las salidas y entradas, y lo que hicieron en realidad fue ejecutar a todos estos Héroes y Mártires de forma planificada previamente.

Resulta que la Guardia Nacional descubrió que Cristhian Pérez Leiva, Omar Hassan Morales y Ricardo Orúe Navarro, tres jefes guerrilleros especialmente muy bien preparados, pues eran ingenieros los tres, en cooperación plena con varios militantes del FSLN residentes en Xiloá, habían elaborado el  mapa de la Insurrección de Managua, la cual de acuerdo con este plan se desarrollaría esencialmente en los barrios occidentales de Managua. Es decir, las zonas Suroccidental y Noroccidental serían la Zona Principal de combates contra la dictadura somocista genocida, en vez de las Zonas Oriental y Norte de Managua.

Según el Comandante Carlos Núñez Téllez, en su libro “Un Pueblo en Armas”, estos tres jefes guerrilleros con la cooperación de otro Jefe Guerrillero extraordinario, Francisco Meza Roja, y militantes de Xiloá, hicieron varios mapas, estuvieron pacientemente trabajando en barrios de Managua, en cauces, pistas, ubicaciones de árboles, muros y casas en que se iban a colocar barricadas, trincheras de combates, ametralladoras, explosivos, etc. Francisco Meza Rojas se salva, no cae en Xiloá, pero es capturado y asesinado el ocho de junio de 1979 en los alrededores del Barrio Waspán Sur, en la orilla de la Carretera Norte.

En otro libro que he titulado: “Masacres somocistas en Managua, durante la Insurrección Sandinista”, explico detalladamente todo lo que pasó en cuando a esta otra orgía sangrienta y mortal ejecutada por la dictadura somocista genocida en el Balneario de Xiloá.

 

 

Caso trigésimo:

 

El 16 de mayo de 1979, en las cercanías de la Plaza de Los Cabros, en el OPEN TRES (hoy Ciudad Sandino), los jóvenes Julio Pinell Garay, Edgard Mejía Álvarez y  Freddy Sieza, fueron abatidos por nutridas ráfagas de balas de fusiles automáticos, disparadas sin ningún sentido por integrantes de una patrulla de guardias, los cuales tenían su Comando GN en la entrada Norte del OPEN, donde es hoy ENATREL.

 

Caminaban los jóvenes por la orilla de la Plaza Cabros cuando se encontraron con la patrulla de somocistas genocidas, los que ni siquiera se bajaron para dispararles en plena calle. Esta noticia trágica corrió a lo inmediato en todo el OPEN TRES, y enlutó a los luchadores de este sector de Managua.

 

Caso trigésimo primero:

 

En la noche del 17 de mayo de 1979, tres jóvenes que caminaban por el Ceibón del Barrio San Judas, cercano al lugar donde minutos antes se había incendiado un autobús, fueron asesinados con fusiles automáticos por guardias nacionales, quienes dijeron: “Estos son, matémoslos a estos hijueputas…”. Los guardias pertenecían a la Sexta Sección de Policía, ubicada al sur de San Judas. Uno de aquellos jóvenes fue José Serrano Escobar.

Además de esta Sección de Policía GN, la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI), comandada por el “Chigüin” Somoza Portocarrero ya había instalado un campamento permanente en la Colonia Independencia (Héroes y Mártires del Bocay), desde donde salían en labores represivas hacia los vecindarios de San Judas, Loma Linda (Sierra Maestra”, “Torrez Molina” (Camilo Ortega Saavedra), Altagracia y hacia Monseñor Lezcano.

 

Caso trigésimo segundo:

 

 

En la noche del 26 de mayo de 1979, los somocistas asesinaron a nueve personas en distintos barrios y centros de estudios de Managua: el primero fue Javier Gómez, quien fue asesinado por guardias y orejas de la OSN mientras caminaba frente a la Farmacia Minerva, en el Reparto Los Robles;       el segundo fue José Marenco Izaguirre y dos personas más, que fueron ultimadas por ocupantes de un BECAT frente al cine Colonial, en las entradas de la Colonia Cristhian Pérez y el Barrio Blandón (hoy Costa Rica). Según relatos periodísticos, los tres jóvenes caminaban por la acera cuando recibieron los disparos; el tercero fue William Martínez Casco, quien fue asesinado en los escombros de Managua, donde en la actualidad queda PETRONIC; el cuarto fue Filiberto García Castillo, quien fue asesinado también, por  guardias somocistas sanguinarios, en una de las calles polvosas del Reparto o Asentamiento Torrez Molina, ahora Barrio Camilo Ortega Saavedra; el quinto fue Roberto Herrera Fonseca, asesinado esa misma noche, mientras caminaba por calles del entonces Barrio Frixiones o “Maldito”, hoy conocido como Julio Buitrago Urroz.

 

Caso trigésimo tercero:

 

En la noche del 6 de junio de 1979, con un convoy militar de casi 200 efectivos de la EEBI, jefeado por un tal Pablo Ibarra Rojas, en el Barrio San Judas, tres jóvenes fueron capturados, atados de pies y manos, rociados de gasolina y prendidos en fuegos.

 

El espantoso episodio fue relatado en los periódicos por Paula Barrios de Rivas y Telma Martínez, habitantes del Barrio San Judas y testigos de aquella incineración en vida.

 

Caso trigésimo cuarto:

 

En la noche del 5 de junio de 1979, fueron asesinadas 2O personas en distintos puntos de Managua, entre otros: Alan  Moncada,  Ricardo Sequeira y René Gutiérrez Ortiz.

 

Todos estos hechos fueron registrados por el Diario LA PRENSA, periódico que en aquel entonces, era anti-somocista.

 

Caso trigésimo quinto:

 

El 8 de junio de 1979,  fueron capturadas once personas en las cercanías del Teatro Popular Rubén Darío, donde bajo su puente frecuentaban jóvenes parejas de enamorados y caminantes en horas tempranas del día. Entre los capturados, solamente fue identificado Pablo Bendaña Cruz. También fue asesinado.

 

Caso trigésimo sexto:

 

 

El 9 de junio de 1979, en el Barrio Nuevo Horizonte, el tenebroso asesino Alberto “Macho Negro” Gutiérrez,  capturó a diez personas que circulaban por el edificio de la MENEM. Los montó a la patrulla y en menos de una hora, todos aparecieron asesinados en un predio montoso, situado de la Fábrica KATIVO cuadra y media al Norte, en un predio montosos y boscoso, donde es hoy el Barrio Hugo Chávez Frías.

 

(En este día 9 estalla la Insurrección Final en Managua contra la tiranía somocista genocida).

 

Caso trigésimo séptimo:

 

El 14 de junio de 1979, se produjo una de las masacres más crueles de los genocidas somocistas en Managua. En la Colina 110, al sur del Barrio Manuel Fernández Mora, entonces conocido como “Laureles Norte” 42 jóvenes fueron salvajemente ultimados en una de las acciones muy características de los efectivos somocistas contra la juventud y la población nicaragüense.

 

Estos jóvenes habían construido una zanja para resistir a los embates de las tropas somocistas. Un “oreja” enteró a los jefes de los aproximadamente 400 efectivos fuertemente armados, cómo llegar al refugio improvisado. Los guardias, apoyados por un tanque Sherman, ametralladoras 50  y dos avionetas artilladas se lanzaron contra el grupo de jóvenes, que se defendían con pistolas y rifles calibre 22. Desde el aire lanzaron rockette, le siguió las balas del tanque y posteriormente la infantería rodeó el lugar, donde abrieron fuego nutrido. La acción finalizó, con el aterramiento de los jóvenes en la zanja con apoyo del tanque Sherman, como toda acción realizada por nazis en plena Segunda Guerra Mundial en algún país europeo.

 

Caso trigésimo octavo:

 

El 15 de junio de 1979, las tropas del ejército somocista asesinaron a más de 80 jóvenes, en Batahola, contiguo a la Embajada norteamericana, desde donde también dispararon contra los jóvenes.

 

Caso trigésimo noveno:

 

El 16 de junio de 1979, en el Barrio San Judas, la Guardia Nacional, masacran a la doctora (médico) Erlinda López de Osorio, a su marido (médico también) Róger Osorio y al doctor José Dolores Fletes Valle (médico siquiatra). Este Barrio San Judas se mantenía permanentemente rodeado por los costados Norte, Oeste y Este.

Estos tres médicos tenían un Hospital clandestino en la Clínica Médica de la doctora López en San Judas, donde se atendían a Combatientes Populares y pobladores en plena Insurrección Sandinista en la Zona Suroccidental de Managua.

“Orejas” de la Oficina de Seguridad, los despreciables e infames orejas, fueron los que denunciaron a los tres médicos mencionados. La GN-EEBI somocistas genocidas los llegaron a sacar de la Clínica y los asesinaron en plena calle, como para escarmiento contra el resto de pobladores, del ceibón hacia el Norte. La doctor José Dolores Fletes Valle lo asesinaron a cadenazos con odio feroz. A Róger Osorio le dieron muerte a balazos, y a la doctora Erlinda López la montaron en un camión y se dijo que la llevaron a torturarla y descuartizarla a la Colina de Mokorón, donde la Guardia Nacional somocista genocida tenía ya cavadas zanjas para echar en ellas a centenares de cadáveres de jóvenes que ellos mismos asesinaban por grupos en plena Insurrección Sandinista en Managua.

Casi al mismo tiempo, asesinaron a las enfermeras Berta Calderón Roque Yolanda Mayorga Rivera, quienes igualmente tenían un Hospital clandestino en lo que fue el “Barrio Espanto”, hoy Andrés Castro. Berta y Yolanda “doctorcita” Mayorga Rivera con sus recursos propios habían montado el Hospital Clandestino en cooperación con vecinos del Barrio Espanto. Igual, fueron denunciados por “orejas” despreciables de la Oficina de Seguridad.

También fueron capturados y asesinados con Calderón y Mayorga César Alberto Jarquín los hermanos Óscar y Ramón, cuyos apellidos no fueron obtenidos.

 

Un contingente de unos 200 guardias somocistas genocidas con fusiles automáticos y ametralladoras en un camión, llegaron en operativo militar a sacarlas de la casa de Berta Calderón Roque, y las desaparecieron para siempre. Sus cuerpos no fueron encontrados por sus familiares y amigos.

 

 

Berta Calderón Roque y Yolanda Mayorga Rivera trabajaban afanosamente  atendiendo a  varios heridos civiles y sandinistas que se desangraban en  calles de los alrededores, después de combates registrados en los barrios Altagracia y en San Judas.

 

Óscar y Ramón (solo se cuenta con los nombres), fueron sorprendido en su casa donde dormían; los efectivos militares los sacaron a patadas, culatazos, bofetadas y a gritos. Después de aquella lluvia de golpes, desmayados y semidesnudos, los subieron a uno de los camiones del  convoy militar. Recobraron el conocimiento cuando el camión iba en marcha, fue para cuando quisieron saltar del camión inútilmente, pues fueron atacados de forma feroz con  bayonetazos, quedando sin vida dentro del camión. Sus cuerpos sin vida fueron  lanzados del camión en marcha.

 

Uno de los “orejas” responsables de esta masacre fue un tal Emilio Betanco.

 

Caso cuadragésimo primero:

 

Al día siguiente (19 de junio de 1979), la población acompañante de los sepelios de Óscar y Ramón se enteró con indignación de los asesinatos en la Colina de  Mokorón de los jóvenes  Uriel Casco Palma, Carlos Calderón Darce y Javier Argeñal Hernández. En esa Colina de Mokorón fueron asesinados por la GN centenares de jóvenes, incluyendo las mujeres ya mencionadas, y se sabía, inclusive, que en ese sitio los cadáveres de estos jóvenes eran descuartizados y quemados por la espantosa e infame Guardia Nacional de Nicaragua.

 

Estos jóvenes, mencionados arriba, fueron capturados cuando  circulaban en las cercanías del Recinto Rubén Darío de la Universidad Nacional y después llevados a la  Colina Mokorón.

 

Caso cuadragésimo segundo:

 

 

El 2O de junio de 1979, se registró la masacre que conmovió al mundo y al periodismo en particular. El periodista extranjero Bill Steward y su intérprete nicaragüense Francisco Espinoza, fueron cobardemente asesinados en el Barrio Riguero. Colegas de la víctima presenciaron la matanza que propiciaban efectivos de la Guardia Nacional.

 

El hecho tuvo lugar cuando un grupo de periodistas nacionales y extranjeros daban cobertura al desarrollo de la Insurrección Sandinista armada en la mayoría de  barrios de Managua; ese día, se adentraron al interior del barrio Riguero para cubrir los operativos que tropas del ejército somocista realizaba en el lugar.

Durante la labor en el teatro de operaciones, el periodista norteamericano Bill Steward fue detenido y encañonado; después de sostener un intercambio verbal con los guardias somocistas genocidas, éstos procedieron a ordenarle tirarse al suelo con las manos en la nuca y dispararle varias veces en su humanidad. La acción criminal la presenciaron y filmaron sus colegas desde puntos muy arriesgados de la calle donde se perpetraba la masacre.

 

También, el intérprete Francisco Espinoza corrió la misma suerte, uno de los somocistas genocidas se encargó de llevarlo al patio de una vivienda, donde le dieron muerte.

 

El propio Anastasio Somoza Debayle pretendió manipular el crimen, pero no logró engañar a los periodistas que lo acosaron a preguntas sobre los múltiples asesinatos ejecutados por sus subordinados en las ciudades insurreccionadas en todo Nicaragua.

 

Caso cuadragésimo tercero:

 

El 23 de junio de 1979, fueron también asesinadas por los  genocidas Francisca Delgado Nayre, su hija Dominga y su hermana Marina.

 

Caso cuadragésimo cuarto:

 

El 28 de junio de 1979, fueron asesinados ocho civiles heridos en el Barrio Paraisito de Managua. De este crimen fui testigo presencial y víctima directa de los bombardeos genocidas sobre Managua, debido a lo cual también murieron centenares de personas en vecindarios como El  Edén,  Santa Rosa, Bello Horizonte, Cristhian Pérez, Nicarao, Catorce de Septiembre, Monseñor Lezcano, Acahualinca, San Judas, Ciudad Sandino, Colonia Primero de Mayo, Barrio  Venezuela, Ducualí, Costa Rica, entre otros.

 

 

Una de las masacres que más me impactó fue la de doña Angélica González González y dos familias de siete miembros, cuyos niños y adultos quedaron sepultados por una brutal explosión de una bomba de 10OO libras, caída en una hilera de casas del Norte del Barrio Ducualí. Aquello fue infernal. Sólo doña Angélica estaba viva, pero sepultada por toneladas de tierra hasta la altura de los pechos. En esta brutal explosión se registró el 20 de junio de 1979, en la tarde, y enterrado quedó también un niño llamado Roberto González, nieto de doña Angélica González González.

 

Fue macabro presenciar cómo socorristas de la Cruz Roja y vecinos excarvaban con picos y palas, para desenterrar a todos los que habían quedado sepultados. “Por allí estaban”, dijo doña Angélica,  señalando hacia los sitios en que su nieto, niños y demás miembros de las otras dos familias quedaron enterrados, mientras dos palas quitaban la tierra que le mantenía sepultada a doña Angélica hasta el cuello.

La mayoría eran niños. Aquello provocaba arrechura inmensa e impotencia a la vez, porque no había forma de detener las masacres masivas desencadenadas por los guardias somocistas contra los pobladores de Managua.

 

Doña Angélica González González y  los vecinos caminaron en silencio hacia el Cementerio Oriental, donde sepultaron a  niños y adultos, mientras continuaba el bombardeo aéreo de la GN contra Managua. Varias de aquellas fotografías que tomé esa tarde en esta masacre, ocuparon la primera página de la primera edición del Diario Barricada, el 26 de julio de 1979.

 

El bombardeo somocista genocida provenía varios puntos considerados estratégicos: de la Central de Policía GN o Aviación, del edificio Armando Guido, de las instalaciones del Hospital Manolo Morales Peralta, del edificio del Mercado Carlos Roberto Huembes Ramírez, de los techos del ZUMEN, entre otros.

De esos bombardeos somocistas genocidas escapé “de milagro”, quizás porque siempre me tiraba al suelo cuando “sentía” que se aproximaban los rockettes y cuando veía el helicóptero encima, que parecía un pájaro dejando caer “la cagada” explosiva.

 

Caso cuadragésimo quinto:

 

En el mes de julio de 1979, hasta días antes del triunfo de la Revolución Sandinista, las masacres continuaron en Managua.

 

El siete de julio, fueron asesinados en San Judas los jóvenes Ramón Brenes Guadamuz, Danilo Martínez Carrión, Bernardo Ramón Chavarría, Francisco Javier Bermúdez y Álvaro Rojas Morales.

 

Caso cuadragésimo sexto:

 

 

El 8 de Julio de 1979, alrededor de las cuatro de la tarde, llegó la muerte sin previo aviso en varios camiones de la guardia somocista genocida a la Colonia Cinco de Diciembre. En las calles se encontraban los jóvenes Jorge Luis Toledo Ascencio, Javier Chamorro Zeledón, Juan Francisco, José y Mario Amador Gómez, Fabio  Calderón González, Silvio Pastrana Fernández, los que fueron subidos a un camión militar y nadie los volvió a ver.

 

Casi a la misma hora de este mismo día, en la misma colonia, también fueron  montados a camiones de los genocidas y desaparecidos luego, los jóvenes Juan Vicente, Fabio  Celestino y Juan Francisco Amador Monge, Gerard Mariano Martínez, Rigoberto López Mayorga y Pedro Joaquín Páramo.

 

Según testigos presenciales, la acción fue encabezada por los esbirros Luis Castillo Porras, Omar Sánchez Porras, Manuel Téllez, Ramón Solís Carcache, Elías Osorio Salazar y Carlos Morales Lanuza.

 

Caso cuadragésimo séptimo:

 

El 9 de julio de 1979 aparecieron tres cadáveres más, detrás del Teatro Popular Rubén Darío. Eran los cuerpos de Carlos Iván Hernández, una muchacha de nombre Carmenza y el esposo de ésta, identificado como Francisco. Fueron capturados en el Barrio La Primavera por los paramilitares genocidas Manuel (alias Foca) Salvador Medina y Freddy Gutiérrez.

 

Julia Morán Pérez, una de los numerosos testigos presenciales de la captura y el asesinato, relató que la joven Carmenza fue violada por varios genocidas antes de proceder a asesinarla. Los cadáveres fueron encontrados al día siguiente.

 

Caso cuadragésimo octavo:

 

El 10 de julio de 1979, aparecieron otros 3O cadáveres en la Colina de Mokorón, Managua, y “Lomas de San Judas”, al Oeste de Managua. Todos fueron sacados de sus viviendas en Américas Tres (hoy Villa Revolución), al  Oriente de  Managua, y después llevados a los dos sitios mencionados, donde los asesinaron.

 

El único cadáver que se pudo identificar correspondía al nombre de Reynaldo Díaz Dávila.

 

 

Después del Triunfo de la Revolución Popular Sandinista, propiamente el 21 de Julio de 1979, se encontraron más de 5OO osamentas y cadáveres en estas colinas de Mokorón y Lomas de San Judas era, lo cual indica que la GN-EEBI somocista genocida tenían como “cementerios” grandes estos dos sitios geográficos de Managua, más la “Cuesta del Plomo”, “Escuela de Arte” o Talleres del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua, Teatro Rubén Darío, el bosque que tenían los masacradores de “Estirpe Sangrienta: los Somoza” en un bosquecito al Norte del Barrio Waspán Sur y en los alrededores del Colegio Centroamérica.

 

Caso cuadragésimo noveno:

 

En el mismo mes de julio, pocos días antes del Triunfo de la Revolución Sandinista, Julio César Cerda Sánchez, Wilfredo Bonilla Largaespada,  Alberto García Morales, Enrique Altamirano, Adolfo Serrano, Juan Mayorga,  Pablo Adolfo Mayorga, Jorge Hernández y Carlos Sánchez, fueron sacados violentamente de sus casas del OPEN TRES (hoy Ciudad Sandino) por casi  un centenar de guardias somocistas genocidas, que se movían en varios camiones militares de la EEBI.

 

Nunca volvieron a aparecer. Fueron buscados en la  Cuesta del Plomo, por el Teatro Rubén Darío, al Norte, Sur y Oeste de la Laguna de Xiloá, en el Cráter y Laguna de Apoyeque en la Península de Chiltepe; en el Cráter del Volcán Santiago del Volcán Masaya. No fueron hallados, ni vistos nunca más, pero parte de los asesinos fueron identificados. Entre ellos se menciona a Raúl “Califa” Flores, Eddy Galán Méndez, Julio Sánchez Urbina e Ignacio Albarenga.

 

Caso quincuagésimo:

 

El 15 de julio de 1979, cuatro días antes del Triunfo de la Revolución Sandinista, aparecieron 25 cadáveres más frente al Teatro Rubén Darío, a la orilla del Lago de Managua o Xolotlán, entre ellos los de: Rodolfo Espinoza Leiva , Noel Téllez Noguera y Daniel Narváez Cárcamo.

 

Caso quincuagésimo primero:

 

Ese mismo 15 de julio de 1979, fueron asesinados otros 4O jóvenes prisioneros en la Loma de Tiscapa, la cueva de la tortura y del asesinato de “La Estirpe Sangrienta”. Después de asesinados, sus cuerpos fueron depositados en una fosa común, donde era la radio nacional de los somocistas.

 

En el Departamento de Masaya

 

Caso primero:

 

El 17 de octubre de 1977, dentro del cuartel  GN somocista genocida de la ciudad de Masaya, fueron asesinados  los  jóvenes Juan Carlos Herrera, Israel Lewites y René Carrión.

 

 

Caso segundo:

 

Se hizo archifamosa la masacre somocista de la comunidad “Sabogales”, al Este de la Ciudad de Masaya, donde fueron asesinados Camilo Ortega Saavedra, Moisés Rivera, Arnoldo Quant Ponce, Manuel de Jesús González, Domingo Cajina, Cástulo Chavarría, Luis Díaz, Pedro Medina,  Roberto López, Luis Balmaceda y Aurelio Martínez.

 

Los informes indican que la orden de masacre fue dada personalmente  por los coroneles genocidas Gonzalo Martínez y Adolfo Solís.

 

Este asesinato atroz se produjo el 26 de febrero de 1978. Todos fueron capturados y masacrados sin piedad por los guardias somocistas sanguinarios de “Estirpe  Sangrienta: los Somoza”, después de finalizada la Insurrección de Monimbó, Masaya.

 

Caso tercero:

 

El mismo 26 de febrero de 1978, fueron asesinados dentro de su casa en Pacaya, Faustina Castro Palacios y sus cinco hijos y de paso también masacraron a Norma Castillo de González  y a sus tres hijos. Asimismo, fueron asesinados a tiros un joven al que le decían Toño Chele y una viejita, cuyo nombre no se pudo obtener.

 

Caso cuarto:

 

Casi a la misma hora del 26 de febrero de 1978, eran asesinados por los sicarios somocistas genocidas de “Estirpe Sangrienta”, en el Barrio Monimbó, Miguel Vásquez Rivas, Domingo Cajina, Pedro Joaquín Pérez Calero, Juan Antonio Madriz Ruiz, Rubén Paladino Vega, Bosco Monge, Manuel de Jesús González Vivas, Lorenzo López, Carlos Balmaceda Calero, Roberto Téllez Ortíz, Santos Enrique Hernández, Agustín Andino, Vicente Salinas García,  José Ángel González, Moisés Rivera Maltez, Aurelio Dávila Putoy, Chéster Membreño, Jorge Chávez, Alonso Montalván, Julio Ortega y Auxiliadora Dávila.

 

Caso quinto:

 

El 27 de febrero de 1978, llegaron 6OO guardias nacionales desde Managua e invadieron el Barrio Monimbó, dejando un saldo trágico de 2OO personas desaparecidas. “Aquello fue realmente horrible, terrorífico, tal vez sólo comparado con lo que hacían los nazifascistas alemanes durante la Segunda Guerra Mundial”, comentó Luis Álvarez, trabajador social de la Ciudad de Masaya.

 

Caso sexto:

 

El 9 de septiembre de 1978, fueron también asesinados por los somocistas genocidas somocistas Guillermo Cortez, Carlos Donaldo Collado, Pedro Martínez y Manuel Vanegas López.

 

Caso séptimo:

 

El 17 de octubre de 1978, los guardias somocistas genocidas  coronel Pablo Emilio Reyes y Mario “Gallina” Sánchez, fueron señalados como los responsables directos de los asesinatos  de Domingo Pompilio Latino, Cruz Hernández, Marcos Medina, Cristóbal Carvallo, Demetrio López y Arturo Velázquez, muertos a tiros en distintos puntos de la Ciudad de  Masaya o de “Las Flores”.

 

Caso octavo:

 

El 11 de septiembre de 1978,  fueron masacrados también Elías Rodríguez Flores, Francisco Gaitán Espinoza, Mario López Medina, Alcides López Rodríguez, Gloria María Sequeira y su hijo de apenas año y medio, y Pedro José  Martínez Useda. Todos murieron durante  un bombardeo aéreo sobre la Ciudad de Masaya, y por la “operación limpieza” de la Guardia Nacional, la cual consistía en lanzar tropas después de un bombardeo aéreo, realizar cateos casa por casa, durante los cuales iban matando seres humanos y robando sus pertenencias, y se sumaba la destrucción de sus casas, enseres domésticos, etc.

 

Caso noveno:

 

El 12 de septiembre de 1978, los mismos guardias somocistas sanguinarios asesinaron a tiros en el Barrio Monimbó a Mario López, Manuel Gamendiz, Gustavo Vivas Dávila, Isabel Sánchez, Cristóbal Carvallo, Manuel Antonio González, Aurelio Mercado y  Alcides López.

 

Caso décimo:

 

El 19 de septiembre de 1978, un “oreja” llamado Toño, asesinó de dos en dos alrededor de 2O jóvenes en la Ciudad de Catarina, Municipio del Departamento de  Masaya; según se informó, aunque los nombres de los chavalos no fueron recogidos.

 

Caso décimo primero:

 

 

El 2 de octubre de 1978, estos mismos guardias sanguinarios asesinaron a Adán Martínez García, Humberto Rodríguez Martínez, Silvia Antonia y William Rodríguez, y otra vez aparecen involucrados directamente los esbirros despreciables Mario “Gallina” Sánchez, Rogelio Blandón y Manuel del Carmen Molina.

 

Casi décimo segundo:

 

El 25 de septiembre de 1978, en Masaya, fue asesinado por la Guardia Nacional sanguinaria el sacerdote José Francisco Sandoval.

 

Caso décimo tercero:

 

El 27 de octubre de 1978, fueron también asesinados por soldados sanguinarios los  jóvenes Bosco Mundo Gaitán López, Milton Leonel Putoy Salinas, Wilfredo Montalván López y Rodolfo Gómez López.

 

Caso décimo cuarto:

 

Entre el 13 de junio y 7 de julio de 1979, anduvieron “activísimos” en Masaya los asesinos Fermín Meneses, general somocista; Aquilino “Pescado Seco” González, Mario “Gallina” Estrada, Manuel Moreno, Rodolfo Siero y José Cristóbal Martínez, todos los cuales fueron identificados como directamente responsables de los asesinatos de Walter Mendoza Martínez, Frank Toruño Porras, Ismael Castillo Díaz, los tres fueron masacrados en las cárceles tenebrosas del Cerro Coyotepe; Juan Antonio Jiménez Conrado, Trinidad Vargas Mongalo, Francisco  José  López, Nereyda Peña Quiroz, Rubén, Rutilio y Miguel Miranda; Francisco Peña Quiroz, Dorca Peña Quiroz, Francisco López Saravia y Bosco Monge Castro, presidente del Sindicato de Taxistas; Juan Manuel y José Ramón Fonseca López, Laura Caridad e Isaías Espinoza, Eddy y Silvio Marín, Francisco Escobar, César Navarrete, Felícito Franco, Carlos Montenegro, Arnoldo Guerrero, Ricardo José Solís y Rudy Rivas.

 

Caso décimo quinto:

 

El 4 de julio de 1979, fueron asesinados por guardias sanguinarios en Masatepe, Municipio del Departamento de Masaya, los hermanos Eduardo, Evaristo y Mario Jarquín Ortiz. Los ametrallaron mientras caminaban tranquilamente por una de las calles de la Ciudad de Masatepe.

 

Caso décimo sexto:

 

El 6 de julio de 1979, fueron masacrados también Miriam Tinoco Pastrana, Paúl González y Julio César Salinas. Fueron asesinados cuando caminaban tranquilamente por el llamado Camino de Las Flores, cercano a la Ciudad de  Masaya, por donde estuvo el famoso Motel Las Flores.

 

Caso décimo séptimo:

 

El 7 de julio de 1979, fueron asesinados con saña inaudita Walter Mendoza Martínez, Frank Toruño Porras e Ismael Castillo, los cuales fueron capturados por los guardias somocistas genocidas acantonados en el Cerro Barranca y subidos a la fortaleza del Cerro Coyotepe, donde fueron torturados salvajemente y muertos a tiros después.

 

Walter Mendoza Martínez era estudiante de periodismo y fue, en realidad, el fundador del Diario BARRICADA, pues fue él quien publicó en la clandestinidad de Managua un boletincito que bautizó con el nombre de “Barricada”.

 

Caso décimo octavo:

 

El 6 de julio de 1979, presencié personalmente cómo la Ciudad de Masaya era bombardeada en forma inmisericorde por pilotos somocistas sanguinarios genocidas, los cuales descargaban rockettes y bombas de 5OO libras desde aviones Push And Pull y helicópteros. También disparaban con lanza morteros desde la fortaleza del Cerro Coyotepe, ubicado al norte del casco urbano de Masaya, virtualmente al pie de la Ciudad de las Flores.

 

Una de esas bombas de 5OO libras cayó en varias casitas que estaban situadas exactamente al norte de la Iglesia San Jerónimo, donde murieron hechos pedacitos 18 jóvenes, entre los que se encontraba Marvin Antonio Ferrety Cuadra, de apenas 17 años.

 

Aquello fue realmente espantoso. Los pedazos de carne y huesos de los 18 jóvenes volaron por los aires y se esparcieron por solares vecinos y el atrio de la Iglesia de San Jerónimo.

 

 

En medio de consternación y rabia de los masayas, los pedacitos de seres humanos fueron recogidos y enterrados allí mismo. De las casas, no quedó absolutamente nada, como que había pasado el mismo demonio somocista por allí. Ese día fueron bombardeado los Barrios Monimbó, San Miguel,  San Sebastián, San Jerónimo, San Juan, Santa Rosa, La Reforma,  Sabogales, el Barrio Loco; es decir, no hubo lugar de la Ciudad de Masaya que no fuera bombardeado ese día trágico, en que también cayeron bombas incendiarias o tanques de napalm en las casas, lanzadas desde los helicópteros.

 

Los masayas se defendieron como pudieron  en refugios subterráneos, pero eso no evitó que murieran ese día Abraham Zepeda, Magdalena Vega, Alberto González y Eddy Somarriba. Se calcula que ese día murieron no menos de 5O personas, algunos de los cuales fueron sepultados en los patios de casas, por temor a que los mataran desde  el Cerro Coyotepe, de donde se aprecian los movimientos humanos en las calles de la Ciudad de Masaya.

 

 

En el Departamento de Matagalpa

 

Caso primero:

 

La primera masacre somocista genocida en Matagalpa, se registra en el mes junio de 1959, cuando fueron asesinados por la GN  somocista sanguinaria genocida, Víctor Manuel Ribas Gómez, Napoleón Ubilla Baca, Sanny Boy, participantes del Movimiento armado de Olama y  Mollejones, en el que también se destacaron el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, Reynaldo Antonio Téffel, etc.

 

Este movimiento intentó derrocar a Somoza sin apoyo popular, lo que le hizo fracasar y al mismo tiempo le permitió a la Guardia Nacional somocista sanguinaria genocida asesinar a la mayoría de sus integrantes y capturar y torturar al resto.

 

Caso tercero:

 

Una tercera masacre genocida, de gran contenido histórico y político para el Frente Sandinista, fue la registrada en septiembre de 1967, en el Cerro de Pancasán, donde fueron asesinados por guardias somocistas genocidas de “Estirpe Sangrienta”, Jorge Navarro, Modesto Duarte, Silvio Mayorga, Rigoberto Cruz, Pablo Úbeda, Francisco Moreno, Otto Casco, Fausto García, el médico Oscar Danilo Rosales Argüello, Nicolás Sánchez (campesino conocido como “Tigre del Cerro Colorado”), Carlos “Profesor” Reyna, Ernesto Fernández y Carlos Tinoco.

 

Allí mismo, fueron asesinados por los guardias somocistas los campesinos Eufresino Dávila, Eucadio Picado, Felipe Gaitán, Moisés Picado, Fermín Díaz y Armando Flores, quienes primeros fueron capturados, torturados salvajemente y después muertos a tiros en el Cerro de Pancasán.

 

A esa masacre sobrevivieron los comandantes Carlos Fonseca Amador, Tomás Borge Martínez, Germán Pomares Ordóñez y  Gladys Báez.

 

Caso cuarto:

 

En Rancho Grande, Matagalpa, fueron capturados, torturados y masacrados Danislao Matus Reyes, Emiliano Luques Ruiz, Cirilo Luques Cordero, Virgilio Cordero, Plácido Luques Cordero, Filemón Cordero Orozco, Bernardino Luques Centeno y  Andrés Flores Orozco. Las denuncias indican que fueron asesinados personalmente  por los “orejas” Migdonio, Boanerges y Marcos Otero Ortuño.

 

Caso quinto:

 

El 22 de febrero, Luis y Francisco Alcántara Urbina fueron capturados por guardias somocistas en la comunidad de Wanawas, Matagalpa. Sus cadáveres fueron encontrados posteriormente en un camino solitario, con señales de tortura y baleados.

 

 

El caso fue denunciado oficialmente ante la GN genocida por Vicente Alcántara Urbina, hermano de las víctimas, pero como era costumbre no hubo respuesta positiva sobre el caso ni enjuiciamiento a los asesinos.

 

Caso sexto:

 

El 22 de enero de 1977, un grupo de asesinos de la llamada “Mano Blanca” (escuadrón de la muerte de la tiranía somocista), asesinó en Terravona, municipio de Matagalpa, a los campesinos Andrés  Torres Cárdenas, Rosa Rivas, Juana Margarita Torres, Juan Pablo y Gerardo Castillo. La única sobreviviente de la masacre fue una mujer llamada Genara Torres Rivas, porque logró huir.

 

Caso séptimo:

 

En los primeros días de septiembre de 1977, fueron también masacrados en El Tuma, Santiago, Rogelio y Roberto Picado Sánchez y Gregorio Blandón, los cuales fueron capturados, torturados y asesinados por los “orejas” María Vargas, Luciano García,  José Valdivia, Santos y Octaviano Rodríguez, Gilberto José López, Pelagio y Cleto López.

 

Caso octavo:

 

La guardia somocista, asumiendo el ejemplo nazifascista alemán  de los campos de concentración, adoptó dos similares  en Waslala y Río Blanco con 15 fosas comunes, en las cuales se descubrieron  los restos de 3,000 personas (del campo y de la ciudad) al momento del Triunfo de la Revolución Popular Sandinista, en 1979.

 

Las investigaciones posteriores, según el Diario BARRICADA del 12 de noviembre de 1979, indican que esos campos de concentración eran dirigidos desde 1975 a 1979, entre otros esbirros generales genocidas: Gonzalo (“Vulcano”) Evertz y Gustavo “Tigre” Medina. Desde este campo de concentración planificaban las represiones mortales en todo el Norte del país. Las mismas investigaciones arrojaron que los capturados  eran salvajemente torturados, les echaban los perros para que los devoraran.

 

Fueron poquísimos los que lograron escapar vivos de ese infierno. Los lamentos de los torturados y asesinados se ahogaban con la distancia, quedaban impregnados en las colinas. Quien osara acercarse al lugar, era también detenido y hasta asesinado.

 

Se llegó a afirmar que el campo de concentración de Río Blanco era el más tenebroso y despiadado, pues todo aquel que entró no se le miró salir, quizás esa fue una levísima diferencia con el que se encontraba en Waslala.

 

Una vez, relataron los periódicos capitalinos de noviembre de 1979, los guardias somocistas sanguinarios genocidas obligaron a una parte de la población a que presenciara el lanzamiento de campesinos desde  helicópteros en el aire, con la finalidad de intimidarlos y escarmentarlos ante cualquier crítica al dictador Somoza Debayle  y su Guardia Nacional. Según numerosos testigos, cercano el triunfo revolucionario, estos mismos genocidas lanzaron a centenares de campesinos sobre el Cerro Musún, desde helicópteros a alturas elevadas y ante los ojos de la población de Río Blanco.

 

Cuando llegó el triunfo revolucionario del Julio de 1979 y al verse perdidos, procedieron a ubicar encima de las cárceles subterráneas pesadísimas losetas para que los 100 campesinos vivos aún, murieran asfixiados, de sed o de hambre. Inmediatamente después, se descubrieron numerosas cámaras de tortura, dentro de las cuales existían  cadáveres en estado de descomposición.

 

Caso noveno:

 

El 22 de febrero de 1975, en las comunidades de  Quililón y Quilil, de Matagalpa, fueron capturados y asesinados por unidades de la Guardia Nacional,  15 campesinos, entre los que se encontraban: Pastor Antonio y Tomás Díaz Pérez, Carlos Díaz Hernández y Paula Pérez García.

 

Según informes oficiales y periodísticos, los guardias participantes en esta masacre fueron: Roberto Pérez Centeno, Rodolfo Mendoza Parrales, Valeriano Blandón Maldonado, Heladio Martínez López, Pantaleón Martínez Pérez y Jesús Pérez Centeno.

 

Caso décimo:

 

Los “capitanes de cañada” Ernesto Larios Martínez y Juan Estrada, fueron los responsables directos de la masacre de cinco miembros de la familia González Hernández, cuyos miembros residían en La Tronca.

 

 

Las nuevas víctimas en esta nueva masacre fueron Feliciano Ochoa Díaz, Santos y Antonio Ochoa González, Euleterio Centeno y  Victoriano Centeno López.

 

Caso décimo primero:

 

Una ola represiva y de masacres fue desatada en Matagalpa entre el 20 de febrero y el 26 de marzo de 1976, período en el cual fueron asesinadas otras 15 personas, mayoritariamente campesinas.

 

Se contaron entre las víctimas a Inés López, Esteban y Tomás Suazo, Santos López Sotelo, Pastor y Sinecio López Sotelo, Eugenio y Magdaleno López Treminio, Máximo Martínez Ochoa, Santos Sánchez López, Andrés Zamora, Pedro Antonio y Santos Zamora  Murillo, Manuel Guido Leytón, Andrés Zamora hijo, José Santos y Pedro Zamora, Gonzalo Murillo, José María Jarquín y Tano Sobalbarro.

 

Todos ellos fueron capturados en distintos lugares de Matagalpa, tales como: comarca de Bilamo (entrada a San Ramón), Zapote (Esquipulas) y Río Blanco.

En esta masacre se mencionan como responsables directos a los “orejas” somocistas genocidas Carmenza Salinas, quien aparece mencionada en decenas de hechos represivos en Matagalpa; Pastor y Vicente Martínez Aráuz, Mariano Muñoz, Pablo Rocha Velázquez, Cristóbal Arteta, José María Álvarez y Crescencio Cordero.

 

Casi décimo segundo:

 

El 15 de mayo de 1976, en Wanawás, Río Blanco, un grupo de somocistas encabezados por Carmenza Salinas, capturó a Manuel, Catalino, Pablo y Jerónimo Hernández González. Con excepción de Catalino, los otros tres hermanos fueron asesinados. Catalino dijo después que se salvó “de puro milagro”.

 

Caso décimo tercero:

 

 

El 30 de agosto de 1979, en la comarca Achiote, Río Blanco, fueron capturados por la GN los campesinos Simón, Socorro, Isidoro y Germán Blandón Blandón. Posterior a su captura, no se supo nada de ellos; en el diario La Prensa del 3 de enero de 1979, constata la no aparición de las víctimas.

 

Caso décimo cuarto:

 

El 9 de julio de 1978 apareció una carta en el Diario LA PRENSA, firmada por Carmen Huerta Rosales, quien reclamaba personalmente al jefe de “Estirpe Sangrienta” (Somoza Debayle) por el paradero de Gloria Chavarría de Mairena, quien había sido capturada, con once familiares suyos,  por una banda de asesinos o sicarios del somocismo genocida en diciembre de 1976. En su carta preguntaba: ¿Dónde están?, ¿qué cosa horrible han hecho con ellos?

 

La captura de Gloria y esas once personas se produjo en la comunidad de Bilampó, municipio de San Ramón, estando en los patios y dentro de sus viviendas campesinas. Las otras personas eran: María del Rosario, Amparo, Teresa, Marcos Antonio y Francisco José Mairena Huerta.

 

Nunca le llegó respuesta sobre el paradero de sus familiares, a como nunca se supo de la suerte de ellos. Sin embargo, fue identificado el jefe de aquella patrulla como José Antonio Narváez, a quien por mal apodo le decían “Chabelo”.

 

Caso décimo quinto:

 

El primero de febrero de 1978, en la propia ciudad de Matagalpa, guardias y orejas somocistas genocidas escenificaron una nueva masacre. Según varios periodistas, ese día asesinaron a doña Margarita viuda de Amador en su propia casa, y mataron a dos niños, uno de nombre Margarito Zeledón y un estudiante de secundaria de apellido Alemán.

 

Para cerrar con “broche de oro”, estos guardias y orejas de la OSN detuvieron a cuatro periodistas en la entrada a la Ciudad de Matagalpa, entre ellos Ernesto Aburto Martínez, quien en su vida profesional laboró como editor en los Diarios LA PRENSA y El Nuevo Diario.  Los cuatro reporteros fueron llevados al comando GN, donde los interrogaron, pues al parecer también querían impedir que escribieran sobre las barbaries o matanzas que habían visto en las calles de Matagalpa.

 

Caso décimo sexto:

 

 

El 30 de septiembre de 1978, el Diario  LA PRENSA reportó cómo fue masacrada la Ciudad de Matagalpa, por aire y tierra. La ciudad fue bombardeada con rockets, bombas de 500 libras y una incalculable cantidad de tiros de ametralladoras, que se introdujeron casi a la velocidad de la corriente eléctrica por las partes más débiles de las casas, provocando la muerte a seis personas, entre las que se mencionan a Dámaso Blandón, Cecilio Castro, Bertha Vargas Cerna y Roberto Sacasa Cisne.

 

Caso décimo séptimo:

 

En la noche del 11 de diciembre de 1976, una pacotilla de guardias y orejas de la OSN llegaron a Kuskawás, jefeados por un tal Ulises. Rodearon el poblado y procedieron, como siempre, a sacar de sus casas a Santos Martínez Ramos, Martiniano Martínez López, e Irene e Inés Basilia Aráuz, ambas hermanas de Pedro Aráuz Palacios, miembro de la Dirección Nacional del FSLN.

 

Caso décimo octavo:

 

El 12 de diciembre de 1976, otra pacotilla de guardias y orejas OSN al mando de  un tal Reynaldo, se apareció en la misma comunidad de Kuskawás, (ya aterrorizada la noche anterior), para llevarse camino a la muerte a Victoriano y Juan Martínez Rodríguez, Bonifacio Martínez Fajardo, Antonio y Arnoldo Aráuz Arteta.

 

“Son colaboradores de la guerrilla sandinista”, fue la justificación para asesinarlos, según el tal Reynaldo, quien con sus compinches actuaban con total impunidad.

 

Caso décimo noveno:

 

El 10 de enero de 1977, un año antes del atroz asesinato de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, fueron capturados los hermanos Agapito y Pedro Sánchez Martínez, cuando caminaban por uno de los callejones de la comunidad del Guapotal, Matagalpa. Este fue uno de los tantos casos de desapariciones conocidas por la Comisión Permanente de Derechos Humanos.

 

Caso vigésimo:

 

 

El 30 de agosto de 1978, inmediatamente después del asesinato de Pedro Joaquín Chamorro C., guardias y orejas OSN  ejecutaron otra masacre bestial en el Hotel Soza, de Matagalpa, donde asesinaron a Tina Aráuz de Soza, al ingeniero Harold Miranda, Nubia  Miranda y Luis Alfredo Lacayo Amador.

 

Los informes periodísticos indican que los responsables directos de este asesinato atroz fueron, otra vez, los asesinos somocistas Rafael Martínez Albarenga, Octavio Castillo, Andrés Espinoza, Santos Cano, Erasmo Zeledón y Joaquín Martínez Solano.

 

Caso vigésimo primero:

 

El primero de septiembre de 1978, un día después de aquel  horrendo asesinato, se produjo una masacre en gran escala contra toda la ciudad, la que fue bombardeada con aviones y helicópteros por los cuatro costados, produciéndose esta vez, 3O muertos, de los cuales la mayoría no fue identificada.

 

Los oficiales GN, comandando a guardias y orejas OSN, se “pasearon” alegremente disparando contra la ciudad con tanques Sherman y tanquetas, mientras alrededor de 4O mil matagalpinos huían de la ciudad, huían de la posibilidad de que los somocistas genocidas los mataran. “Chigüin” Somoza Portocarrero dirigió personalmente aquella masacre y junto a él estuvieron: Augusto Flores Lovo, Andrés Espinoza, Santos Cano, Erasmo Zeledón, Joaquín Martínez Solano y Víctor Manuel Fiallos.

 

Producto de esta criminal y masiva acción, se contabilizó el 3 de septiembre  a 80 civiles muertos. Una de las víctimas conocidas fue el ingeniero Róger Miranda, a quien primero castraron.

 

Caso vigésimo segundo:

 

La barbarie somocista genocida retornó impune como siempre el 12 de mayo de 1979, día en que una patrulla de guardias mató a Ricardo Mairena, Uriel Ballesteros y  Francisco Lumbí, según el Diario LA PRENSA del 13 de mayo de 1979.

 

Los reportes periodísticos de esos días indican que en el barrio Guanuca explotó una bomba casera, a lo que acudieron de inmediato los tenebrosos guardianes de “Estirpe Sangrienta” en una patrulla BECAT. Al no encontrar  a ningún sospechoso,  decidieron dispararles ráfagas de tiros a Mairena, Ballesteros y Lumbí, quienes pasaban por allí en el momento en que los guardias sanguinarios tomaban la decisión de matar.

 

Caso vigésimo tercero:

 

El Nuevo Diario del 18 de Julio de 1980 publicó que durante los días 17 y 24 de junio de 1979,  guardias somocistas  genocidas capturaron en Sébaco, municipio de Matagalpa, a Domingo Efraín Martínez, a su hijo Aníbal, a Rosembert Miranda y Genaro Montenegro, los cuales aparecieron asesinados posteriormente,  como era común en la cada uno de estos casos de captura.

 

Caso vigésimo cuarto:

 

Al rememorar los hechos, El Nuevo Diario del 20 de junio de 1980, historió que una vez más la Ciudad de Matagalpa fue víctima de una masacre general genocida al ser bombardeada con helicópteros, aviones de reacción a chorro y desde artillería terrestre, que era paseada por las calles, para disparar hacia el interior de las viviendas.

 

Esta vez no hubo cifras de muertos oficial u oficiosamente registradas, pero se conoció que dos de las víctimas  mortales fueron dos ancianas conocidas como las niñas López, Vicente Calderón, Luis Solórzano y Máximino Senqui.

 

Lo que hubo fue un registro abundante de los responsables de esta nueva masacre en Matagalpa. Los nombres de los asesinos son los siguientes: Luis “Cuervo” Mercado García, Luis “Pichete” Solís Torres, Reynaldo Mendoza Gutiérrez, Juan Fonseca Torres, Juan Sequeira Rivas, Francisco López Cardoza, Santos Antonio Méndez Olivas, Freddy Padilla Gutiérrez, Catalino Miranda Molina, Domingo Jarquín Centeno, Pedro Castillo Castellón, Eduardo Sánchez Zeledón, Laureano Martínez Reyes, Lucas García Sánchez, Federico Velásquez Camacho, Crescencio Palacios Orozco, Salvador Gutiérrez Vega, Pablo Castro Valle, Noel Obando Gutiérrez, todos comandados por los coroneles esbirros genocidas Alfredo Juárez, Augusto Flores Lovo y Rainer Peshell.

 

Caso vigésimo quinto:

 

El 28 de Febrero de 1983, 17 jóvenes fueron asesinados a mansalva por los mismos criminales, entre los cuales se mencionan los nombres de: Dolores y Alberto Madrigal Silva, Oswaldo Manzanares, Mc Nery Pérez, Roberto Talavera Carballo, Noel Solís Ponce, Miguel Castillo Castillo, Carlos Vásquez, Henry Báez, Enrique Calderón y Ricardo Avilés.

 

 

Estos jóvenes fueron atacados con cohetes, lanza morteros, cañones y fusilería automática, accionados por más de mil guardias genocidas que atacaron al poblado, defendido en esos momentos por unos 80 jóvenes portadores sólo de fusiles automáticos.

 

El poblado de San José de las Mulas, al norte de Matagalpa, recibió un diluvio de cohetazos, morterazos y cañonazos, que ocasionaron decenas de muertos, entre los cuales estaban los 17 jovencitos, todos bachilleres y maestros de educación primaria.

 

La masacre de San José de las Mulas fue tan terrible como las de Waslala, pero a pesar de semejante superioridad militar no lograron doblegar a los pobladores ni a los jóvenes reservistas, quienes cantaron “Venceremos, mil cadenas habrá que romper”. Finalmente, los masacradores genocidas huyeron, dejando desolación y muerte en San José de las Mulas. Luego, la entrega de los cadáveres de los jóvenes donde sus familiares en Managua, fue muy dolorosa.

 

Esta masacre, como todas las otras, provocó una ola de indignación nacional, la cual fue escuchada por el Papa Juan Pablo II, quien arribó a Nicaragua en esos días.

 

Caso vigésimo sexto:

 

El 31 de enero de 1983, en Río Blanco, ocho campesinos fueron asesinados dentro de la Cooperativa agrícola Flor de Pino. Entre los asesinados se cuentan a Juvencio Martínez y su esposa, Josefa Aguilar Oporta. Las instalaciones de la cooperativa fueron destruidas, e igualmente hubo robo antes de retirarse los masacradores somocistas.

 

Caso vigésimo séptimo:

 

El 11 de marzo de 1983, en San Dionisio, Matagalpa, una agrupación de feroces asesinos,  capturaron, torturaron a cinco campesinos, a los cuales llevaron bajo un puente, donde procedieron a degollarlos con bayonetas, lo cual se hizo común durante la guerra de agresión dirigida por Estados Unidos.

 

Pablo Mendoza y Juan Pablo Flores Mairena, fueron dos de los cinco asesinados este día.

 

 

En el departamento de Nueva Segovia.

 

 

Caso primero:

 

En Nueva Segovia las masacres comenzaron con los asesinatos de numerosos de los hombres que pertenecieron al Ejército Defensor de la Soberanía Nacional, que encabezaba el general Augusto C. Sandino.

 

Esas masacres duraron más de 10 años, pues el 29 de septiembre de 1948 fue asesinado también el general Juan Gregorio Colindres, uno de los hombres más audaces con que contaba el ejército en mención. Colindres fue asesinado en las cercanías de Murra,  mientras huía del nuevo ejército de ocupación yanqui, jefeado ahora por Anastasio Somoza García. Ese día, también fueron asesinados numerosos campesinos junto a Colindres, según nos cuenta Jesús Miguel “Chuno” Blandón en su libro “Entre Sandino y  Carlos Fonseca”.

 

Las patrullas o  batallones de guardias somocistas  de la GN eran todavía jefeados por militares gringos, como el caso de Andrés Paterson, quien participó personalmente en el asesinato del General Colindres, y a cuyos hombres persiguieron como animales en las selvas del Norte del país.

 

Caso segundo:

 

El 18 de octubre de 1958, fueron asesinados también el General Ramón Raudales y un grupo numeroso de campesinos que le acompañaban, en otro sitio de Nueva Segovia, según los relatos de Jesús Miguel Blandón.

 

Raudales, también fue otro de los generales del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional.

 

Caso tercero:

 

El 27 de febrero de 1960, fueron asesinados en la Hacienda El Dorado, municipio de Murra, nueve aspirantes a guerrilleros identificados como Francisco Alemán, Juan Romero, Tomás Palacios,  José Matey, Mauricio Paz, Héctor Zelaya, Víctor Arbizú y Eduardo Medina Borgen.

 

 

En esta  masacre vuelve a aparecer al archiasesino Juan Ángel López, aquel que mandaba a masacrar a  campesinos, obreros agrícolas y dirigentes sindicales en el Zanjón de Posoltega. También aparece como uno de los responsables del crimen un tal coronel llamado Jacobo Ortegaray y un raso identificado como Salvador Morales.

 

Caso cuarto:

 

El 29 de julio de 1975, fueron capturados en Macuelizo los campesinos Santiago Lagos Rodríguez, José de la Cruz y Germán Sandoval, quienes posteriormente aparecieron asesinados. “Aumentan los desaparecidos”, decía un titular del Diario LA PRENSA del nueve de diciembre de 1977, al informar de esta nueva masacre somocistas.

 

Caso quinto:

 

El 4 de agosto de 1978,  pobladores del Barrio Jicarito, Ocotal, presenciaron horrorizados cómo era brutalmente asesinado Leonardo Matute por los guardias somocistas genocidas somocistas acantonados en Ocotal.  Los guardias, a bordo de un jeeps, primero rafaguearon la vivienda de Matute, a quien sacaron de su vivienda a punto de culatazos en la cabeza, el estómago, espaldas, el pecho, los hombros, los brazos y piernas, produciéndole un fuerte desmayo.

 

Ante el asombro de los pobladores del  Jicarito, Matute fue amarrado y arrastrado con el jeeps por las calles y finalmente le dispararon varias ráfagas al cuerpo. La masacre terminó cuando los asesinos fueron a tirar su cadáver al cementerio local. No hubo ninguna explicación oficial, solamente amenazas de muerte y severas advertencias a familiares y pobladores del Jicarito.

 

Caso sexto:

 

El 20 de enero de 1979, en el Diario LA PRENSA  se publicó la noticia de que en las Mesas del Cacao, en  Paraisito y  en Mozonte, Nueva Segovia, fueron asesinados Luis Felipe Moncada, Apolonio, Gabriel, Manuel, Jaime, Fabio, Rómulo, Víctor,  Juan y Vicente Espinoza y Ronald Cáseres, todos los cuales fueron capturados por  una banda de forajidos somocistas, que aparecieron en Mozonte como anuncio fatal de muerte.

 

Caso séptimo:

 

 

El esbirro coronel genocida Asdrúbal Briceño mandó a capturar a los hermanos José Bruno y Germán Zamora, cuando ambos caminaban por lugares diferentes de Ocotal. Ambos fueron conducidos al comando GN genocida. Al reclamarlos sus familiares, los genocidas, encabezados por Briceño, respondieron el disco rayado de siempre: “Aquí no están…ustedes están locos…aquí no hemos capturado a nadie”.

 

Sus  familiares buscaron en hospitales, en otras cárceles, en caminos y montes, hasta que finalmente encontraron sus cadáveres en un sitio montoso cercano a Mozonte.

 

Caso octavo:

 

El 16 de abril de 1979, el mismo coronel somocista genocida Briceño mandó a capturar y a asesinar a Glenda Ponce Espino, Arcadia Rodas Espinales y Rosibel Ponce Espino.

 

Entre los guardias asesinos aparece un tal coronel Alberto Moreno Gutiérrez, que reía a carcajadas, cuando capturaba a campesinos, obreros y amas de casa; personalmente se encargaba de arrancarles el pellejo y aplicaba otras torturas atroces y macabras.

 

Caso noveno:

 

El 17 de julio de 1979, en la entrada de Quilalí, se ejecutó una de las últimas masacres en Nueva Segovia, cuando los guardias encabezados por Ezequiel Aguirre, ametrallaron una camioneta  matando a cinco personas, entre ellas, la niña de tres meses Katia Carolina Gurdián Payán y a su madre Sandra Payán.

 

Caso décimo:

 

El propio 19 de julio de 1979, en pleno triunfo revolucionario, unos guardias que huían despavoridos, dispararon contra una manifestación de ciudadanos que con banderas rojinegras celebraban el triunfo del FSLN sobre la dictadura somocista; entre ellos se encontraba el coronel GN Otoniel Portillo González y los “orejas” Gustavo Pallais, Gustavo Amaya y Ernesto Castellón. Hubo numerosos heridos entre los manifestantes.

 

Las últimas víctimas de Ocotal fueron Francisco Bottel Martínez, Sonia Peña, Benigno Romero, Miguel Reyes y Manuel Pérez.

 

Caso décimo primero:

 

Contrarrevolucionarios somocistas asesinan a la niña Guadalupe Ruíz, de 13 años, quien cortaba café con un grupo numeroso de campesinos que fueron atacados sorpresivamente con morteros RPG y M-79 desde el lado de Honduras, cuyo gobierno era uno de los cómplices de la agresión norteamericana-somocista a Nicaragua.

 

Ese día quedaron decenas de campesinos heridos, los cuales no tuvieron más remedio que refugiarse en zanjones o al pie de árboles gruesos, mientras el ataque traicionero pasaba.

 

Caso décimo segundo:

 

El 7 de abril de 1983, Mauricio Rocha y Jeremías Ochoa, miembros de la Unión de Medianos y Pequeños Agricultores (UNAG), fueron asesinados a machetazos y balazos por un grupo de contrarrevolucionarios que los emboscaron al Norte del Puesto Fronterizo de El Espino. Los encontraron desarmados y los asesinaron, tal como ocurría siempre que encontraban campesinos en esta zona del país.

 

Caso décimo tercero:

 

En Jalapa, el 10 de Junio de 1983, fue torturado y asesinado el maestro de Educación de Adultos Carmen González. Los criminales siempre expresaron su odio en contra de la Alfabetización.

 

Caso décimo cuarto:

 

Mediante ataque masivo por tierra y aire desde Honduras, son asesinados la niña Suyapa Gutiérrez, de cuatro años y los campesinos Luis Ordóñez Aguilar, Ramón Arce, Óscar Osorio, Felipe Rodríguez, José Abraham Artola Herrera, Marcial Ticay Carazo y José Bellorini Melgara. Todos fueron atacados repentinamente en su lugar de residencia por criminales contrarrevolucionarios apoyados por la fuerza aérea hondureña, según denunció en esos días la Cancillería de Nicaragua.

 

En el Departamento de Rivas.

 

 

Caso primero:

 

El 19 de noviembre de 1977, el Diario LA PRENSA publicó la noticia del  asesinato del joven Carlos José Aburto Zúniga, a quien le propinaron sendos culatazos y patadas, en una casa donde buscó refugio. La noticia se publicó bajo el titular: “Muerto a punta de culata…”.

 

Aburto Zúniga andaba con sus tragos la tarde en que fue asesinado brutalmente,  mientras centenares de rivenses presenciaban, impávidos, impotentes, el crimen que cometían guardias somocistas genocidas de “Estirpe Sangrienta”. La patrulla GN iba en sentido contrario al de Aburto Zúniga, quien por temor a que se lo llevaran preso o lo golpearan, se refugió en una casa cualquiera, adonde entraron los asesinos a sacarlos a culatazo limpio, hasta que lo asesinaron en plena calle, frente a centenares de personas. ¿Qué tal?.

 

 

Caso segundo:

 

El 4 de febrero de 1978, LA PRENSA publicó una noticia referida al aparecimiento de doce cadáveres de civiles en las calles de la ciudad de Rivas, después de un ataque guerrillero a la misma.

 

Los  guardias somocistas al no poder matar a los guerrilleros,  salieron a las calles a disparar indiscriminadamente a todo aquel que tuvo la suerte mortal de andar en esos  momentos en las calles de Rivas.

 

Caso tercero:

 

El 31 de diciembre de 1978, el Diario LA PRENSA publicó que los “escuadrones de la muerte”, conocidos también como “Mano Blanca” (jefeada por Chéster Escobar en esos momentos), asesinaron a Guillermo Ruiz Peña y Juan Hernández Salgado, lo cual ocurrió el 22 de julio de 1978.

 

Caso cuarto:

 

El 15 de enero de 1979,  le tocó suerte mortal a María Luisa Rojas de Zapata y a su pequeño hijo Ricardo Zapata Rojas, quienes fueron asesinados en la finca San Carlos, en el municipio de La Virgen.

 

 

El bárbaro crimen impactó a todo Rivas, pues el colmo de la ola represiva del tal Comandante “Bravo” (Pablo Emilio Salazar) es que también mandaran a matar a los niños.

 

Caso quinto:

 

A Rivas también le correspondió su dosis de genocidio con los bombardeos aéreos,  uno de ellos ocurridos el 29 de mayo de 1979, día en que resultaron más de 100 muertos,  según el Diario BARRICADA del 15 de junio de 1980. Especialmente fueron bombardeados los barrios Puebla y la Chocolata.

 

Con suma alegría, los periodistas cómplices feroces del genocidio, atrincheradas en el Diario Novedades, propiedad del tirano Anastasio Somoza Debayle, publicaron el 2 de junio de 1979 que la Guardia Nacional había liquidado a 150 insurgentes en la Frontera Sur.

 

Caso sexto:

 

Una de las masacres más perversa de los  somocistas sanguinarios genocidas fue perpetrada el 13 de junio de 1979 en el Barrio San Luis, del municipio de Belén, en el Departamento de Rivas, donde la pacotilla de asesinos del “comandante Bravo” se aparecieron luciendo pañuelos rojinegros y diciendo que “ya está  cerca el triunfo. El comandante Pastora viene para acabar …”

Subieron a la Iglesia Católica y tocaron las campanas, hicieron que se reuniera la gente en la plaza, adonde centenares de personas acudieron entusiasmadas. Cuando la gente se concentró, los asesinos somocistas les dispararon a centenares de personas, resultando  80 hombres  muertos, pero además violaron mujeres, impidieron que la gente se corriera y en presencia de ellos desollaron a los asesinados.

 

Así actuaban los guardias somocistas, los angelitos del jefe de la “Estirpe Sangrienta”, quien fue declarado “Príncipe de la Iglesia Católica”.

 

Por su perversidad, salvajismo y terror, esta masacre tuvo gran resonancia en todo el país.

 

Caso séptimo:

 

 

El 23 de junio de 1979, los mismos masacradores genocidas cometieron otra masacre horrible en la finca Santa Berta, Rivas, donde varias familias campesinas fueron asesinadas en forma atroz.  Los guardias genocidas llegaron en varios camiones y se metieron dentro de las casas, de las cuales sacaron a punta de culata y patadas a: Rosendo Alvarado Cedeño, Liliam Cedeño de Alvarado, Jorge Cedeño,  Rosa Emilia Luque, Jorge Alvarado,  Miriam Luque Pavón, Carlos Luque, William Ponce Vílchez, Guillermo Meléndez, William Alvarado  Cedeño, Pablo  Torres y Mario Celada Martín.

 

Una crónica del Diario LA PRENSA del 22 de agosto de 1979, daba cuenta que entre las víctimas se encontraban dos niños, a quienes se les quemó con combustible frente a sus padres y demás familiares, “”para que escarmienten, hijueputas”, les decían los guardias somocistas genocidas mientras reían por los llantos desgarradores de los niños y los gritos desesperados de las mujeres. Uno de los criminales que comandaba las patrullas era Erasmo Baltodano Jiménez, según reveló el Diario BARRICADA del 16 de junio de 1980.

 

Caso octavo:

 

“El camino hacia nuestra liberación”,  un folleto publicado días antes del Triunfo de la Revolución, daba cuenta de  un intenso bombardeo aéreo y terrestre de los genocidas somocistas contra el Hospital de Rivas, donde el 6 de julio de 1979, murieron hombres,  mujeres y niños, debido a las explosiones de bombas morteros y bombas de 500 libras dentro de las instalaciones del centro hospitalario.

 

Caso noveno:

 

El 9 de julio de 1979, en el barrio El Rosario, de la ciudad de Rivas, la GN genocida tendió una emboscada mortal cerca de su casa al ciudadano Noel Antonio Carcache, quien caminaba desarmado. El Diario LA PRENSA en esa ocasión tituló “Rivas recuerda caída de gran combatiente”.

 

Caso décimo:

 

 

El 15 de julio de 1979, en el Centro de Salud de Belén, Rivas, se ejecuta otra horrible masacre, caracterizada por su perversidad. El Diario LA PRENSA del 24 de julio 1979 detalla que el esbirro Agustín Morales, con engaños llevó a Ramón Silva, Carlos García, Martin Paniagua y  José Omar Cortez, hasta el Centro de Salud. El sanguinario genocida les informaba que Edén Pastora Gómez estaba entregando armas a quien las quisiera, cuando los jóvenes mencionados acudían al llamado fueron asesinados a las puertas del Centro de Salud.

 

En carcajadas y muy satisfecho se paseaba en las calle el esbirro Agustín Morales, según relata el Diario BARRICADA.

 

En el departamento de Río San Juan.

 

Caso primero:

 

El 15 de octubre de 1978, al estilo Wiwilí antes de 1940, los guardias genocidas procedieron a masacrar a los pobladores de San Carlos, Río San Juan. Capturaron y asesinaron en forma atroz en la plaza pública a Ernesto Medrano, Roberto Pichardo, Donald Guevara Silva y Elvis Chavarría, cuyos cuerpos dejaron allí mismo, para que se los comieron animales silvestres o domésticos, poniendo bajo amenaza mortal a quienes osaran tocar esos cuerpos.

 

Los cuerpos fueron devorados por perros en la plaza pública, según atestiguan decenas de pobladores de San Carlos y de acuerdo a relatos recogidos por periódicos nacionales.

 

La feroz represión de la GN somocista sanguinaria genocida  se produjo en toda la ciudad porque un grupo de hombres y mujeres audaces había osado atacar el Comando de la GN-EEBI, la cueva de los delincuentes de la dictadura militar somocista en San Carlos. Durante la represión generalizada capturaron a todo aquel que les pareciera sospechoso y después los mataban en la plaza pública o nunca aparecieron.

 

Caso segundo:

 

El Diario LA PRENSA registra también que otras 2O personas fueron masacradas en la Hacienda Esperanza, de San Carlos, aunque no se publicaron los nombres de los masacrados.

 

Caso tercero:

 

 

“Los Derechos Humanos en Nicaragua”, era el título de un informe de la Comisión Permanente de Derechos Humanos, mediante el cual se daba cuenta de la captura y asesinato de Enriqueta Silva Narváez y William Ubau Silva,  hecho ocurrido el 2O de diciembre de 1978.

 

Ambos fueron capturados por los genocidas somocistas en el Valle Guadalupe y aparecieron asesinados atrozmente en un plantío de Cacao, según el diario Barricada, tiempo después.

 

 

En el Departamento de Zelaya, Hoy Regiones Autónomas del Caribe.

 

Caso primero:

 

En el Norte de Zelaya (Región Autónoma Norte) los guardias somocistas genocidas ejecutaron masacres realmente horribles, muy parecidas a las que efectuaban al Norte de Matagalpa, donde además de asesinar a campesinos, les quemaban sus ranchos, les robaban su dinero, las gallinas, las vacas, la ropa, el maíz y los frijoles.

 

Una de esas tantas masacres fue la de Bijagüe Norte, de donde son las  “Mujeres del Cuá”, de donde desaparecieron centenares de campesinos, que eran capturados y montados en camiones,  jeeps,  helicópteros o aviones,  desde los cuales los lanzaban al vacío sobre el Cerro Musún, en la Cordillera Isabelia o allá  por las entrincadas selvas del Río Waspuck, muy cercanas al Río Coco

 

No se precisa la fecha, pero en Bijagüe Norte fueron capturados y después

asesinados, en 1970, los campesinos Porfirio Díaz Aguilar, Gregorio, Pedro y Gabino García Blandón, Pascual, Patricio, Juan, Marcelino y Silvestre  Sánchez, Aurelio y Norberto Díaz Hernández.

 

Los relatos indican que los responsables directos de esta masacre fueron los GN genocidas  Santiago Sequeira, Francisco González, Joaquín Ordóñez, René Raites, Feliciano Suazo y Roberto Montes Morales.

 

Caso segundo:

 

 

En septiembre de 1975, en San José de Las Bayas, fueron capturadas y desaparecidas por los GN genocidas las siguientes personas: Ernestina Meneses, su hijo Frutos, su yerno Claudio y Hernán Marín.

 

Caso tercero:

 

El 14 de octubre de 1975, la “suerte mortal” les llegó a  Santana Leytón, Genaro García González y  Andrés Sánchez Ochoa, quienes fueron detenidos en Boca de Piedra, Zelaya.

 

Los relatos periodísticos indican que ellos caminaban por  un camino cuando fueron capturados por guardias somocistas genocidas. Posteriormente, fueron montados en aviones y llevados al campo de concentración de Río Blanco, donde fueron asesinados.

 

Caso cuarto:

 

El 11 de noviembre de 1975, en Bocana de Piedra fueron capturados los jóvenes Gabino García, Jesús García Méndez, Samuel Ochoa García, Ruperto Mendoza, Braulia Maldonado y Dolores Aguilar Pérez. Todo aquel que era capturado por  un genocida somocista, rara vez se salvaba de ser asesinado.

 

Caso quinto:

 

El 3O de noviembre de 1975, son también capturados Santos Guido Gómez, Humberto, Guadalupe y  Modesto Castro, Apolinar y Cripriano Sánchez. Nadie volvió a saber de ellos.

 

Caso sexto:

 

Similar destino al caso anterior, corrieron Leonardo  y Clemente Cruz Díaz, Clemente Cruz López y Guadalupe Castro, quienes fueron capturados por denuncias de varios “orejas” de la comunidad de Iyas, llamados Secundino Gómez y Martin Rayo.

 

Los  vecinos presenciaron que los cuatro hombres fueron subidos a helicópteros y llevados a rumbo desconocido, posiblemente a asesinarlos en el campo de concentración de Río Blanco. Asesinar era el pasatiempo preferido de los sicarios de “La Estirpe Sangrienta”.

 

Caso séptimo:

 

El 14 de diciembre de 1979, el diario BARRICADA publicó  una amplia crónica sobre cómo fue asesinado Edgard “Gato” Munguía Báez y una mujer llamada Leoncia González, en un mes de 1976, en las montañas de Yaosca, en Zelaya.

 

Un juez de mesta y “oreja” llamado Etanislao López fue quien los denunció y ejecutor a la vez del asesinato. Munguía Báez y Leoncia fueron capturados sanitos y salvos, sometidos a brutales torturas y después asesinados como siempre ocurría.

 

Caso octavo:

 

En el mes de febrero de 1976, en un lugar llamado “Plátano”, Zelaya (Región Autónoma Caribe),  fueron capturados Agapito y Tomás Hernández Gaitán, Coronado Hernández Sánchez e Isabel Hernández Ochoa. Igual: todos desaparecieron sin dejar huella en ninguna parte.

 

Caso noveno:

 

Ni los niños pequeñitos se salvaron de las masacres genocidas en Boca Dudú, al norte de Zelaya (Región Autónoma Caribe Norte), donde fueron capturados y desaparecidos (masacrados) las niñas Josefa, de  un año; Juana de 6 años; Eduvijes, de ocho años; Miguel, de 12; Juan, 14 años y Vivian Pérez, la madre de todos ellos y Celestina Martínez.

 

“En Leyes caso de los desaparecidos”, publicó LA PRENSA del 23 de noviembre de 1976. La captura se ejecutó en febrero de 1976, o sea que ya para entonces, seguramente no existían los restos de los niños ni de su madre, pues se sospechó igualmente, que todos fueron conducidos al campo de concentración de Río Blanco, donde el tenebroso asesino Gonzalo “Vulcano” y el “Tigre” Medina eran dos de los “angelitos” encargados de asesinar a cuanto humano cayera en sus manos.

 

Caso décimo:

 

En Sofana, poblado y comunidad en montañas del Norte de Zelaya (Región Autónoma Caribe Norte), fueron capturados y asesinados Máximo Manzanares, Alejandro Martínez, Francisca Sánchez, Lucía Martínez y Pablo Martínez García, según informe el Diario LA PRENSA el 23 de noviembre de 1977.

 

 

Lo más increíble de todo esto es que los GN genocidas llevaron a sus víctima a la capilla (Iglesia Católica) de Sofana, en cuya orilla había un helicóptero estacionado. En el artefacto militar aéreo fueron subidos y llevados para el lado de Río Blanco, al campo de concentración, donde suponen sus familiares fueron asesinados.

 

Caso décimo primero:

 

Una historia periodística de horror, publicada por el Diario  LA PRENSA el 30 de marzo de 1979, indica que diez parceleros de Nueva Guinea fueron obligados a subirse en un avión por GN genocidas somocistas acantonados en dicho lugar, Zelaya Central, Región Autónoma Caribe. Uno de ellos fue identificado como Félix Gutiérrez.

 

Los guardias dijeron a los familiares que los diez campesinos eran llevados “a trabajar en Managua”. Ellos no volvieron, no se supo nada por ningún medio posible. Cuando sus mujeres preguntaron en el Cuartel GN, obtuvieron como respuesta “No estén jodiendo, busquen qué hacer, o vayan a buscar otros maridos…aquí no sabemos de nadie”.

 

Caso décimo segundo:

 

El Diario LA PRENSA del 28 de octubre de 1979, recogió otra historia realmente infame relacionada con la masacre de 62 personas, la mayoría campesinos de Toro Bayo, una comunidad de Nueva Guinea. Entre las víctimas de esta horrenda masacre se menciona al doctor Luis Felipe Moncada y  Edwin Denis Viachica.

 

Esos relatos periodísticos señalan entre los asesinos a Fausto Olivera, quien antes de matar a sus víctimas personalmente procedía a arrancarles el pellejo, castrarlos, cortarles el pene, propinarles jincones con cuchillos y por último, en esas condiciones ordenaba que los colgaran alto de los árboles,  amarrados del pescuezo, de las manos, de los dedos, de los pies.

 

De esa forma eran masacrados los campesinos. Así eran los asesinos de “La Estirpe Sangrienta”. Los relatos periodísticos  señalan que este tipo de procedimientos eran ejecutados especialmente por los integrantes de la EEBI,  jefeada personalmente por Anastasio “El Chigüin” Somoza Portocarrero.

 

Caso décimo tercero:

 

 

Sin los nombres correspondientes, el Diario BARRICADA del 30 de mayo de 1980, publicó que en “La Rampa”, mineral de Siuna, los genocidas asesinaron a más de 3O personas, a los cuales se les levantó un monumento. Esta masacre se perpetró en el mes de mayo de 1979.

 

Caso décimo cuarto:

 

En la propia ciudad de Nueva Guinea, según publicó  LA PRENSA del 9 de mayo de 1979, otras 3O personas fueron asesinadas por genocidas con ráfagas de ametralladoras, disparadas desde un helicóptero en vuelo rasantes, mientras los campesinos caminaban tranquilamente por una de las calles del poblado. El hecho ocurrió el 6 de mayo de 1979.

 

Caso décimo quinto:

 

Vuelve a  aparecer la comunidad de Sofana, esta vez con 51 campesinos masacrados, entre los cuales se menciona a Timoteo López, Paula García, Juan Pablo García, Daniel y Margarito López García y Roque Martínez García.

 

Este otro hecho fue registrado por la Comisión Permanente de Derechos Humanos, el que según informe ocurrió en el mes de  febrero de 1976 y en la que se involucró una patrulla apodada como “Tiburón”.

 

Otro informe de la misma Comisión Permanente de Derechos Humanos registra que también  fueron asesinados en Sofana los campesinos Pastor Hernández, Ermenegilda de Sánchez y Fernando García, cuyos cadáveres fueron encontrados el 24 de febrero de 1976.

 

Estos casos de Sofana y otras masacres bárbaras de la Costa Caribe Nicaragüense fueron llevados al seno del Congreso de Estados Unidos por el sacerdote Fernando  Cardenal, quien después fuera el Director de la Cruzada Nacional de Alfabetización.

 

Caso décimo sexto:

 

En agosto de 1976, fueron asesinados también en Boca Dudú, Zelaya, los campesinos Sebastián Sánchez Pérez, Benjamín Sánchez García, Guadalupe  Sánchez Mendoza, Justo Soza García, Mario Prado, Simona López; en total eran 27 personas, según  el informe de la Comisión Permanente de Derechos Humanos.

 

Caso décimo séptimo:

 

En esos mismos días fueron capturados y desaparecidos por guardias somocistas sanguinarios de “Estirpe Sangrienta”, los también campesinos de Yar: Alberto González,  Segundo  Dormos,  Antonio Dormos López, Alejandro Manzanares Díaz  y  Fidel García Martínez, refería la Comisión Permanente de Derechos Humanos.

 

Caso décimo octavo:

 

LA PRENSA del 30 de diciembre de 1977,  publicó que los campesinos Pánfilo, Santiago, Luis, Justiniano y Alejandro Hernández, fueron  capturados por gendarmes somocistas genocidas somocistas en mayo del mismo año, sin que nadie en los comandos GN de masacradores dieran razón de ellos, mucho menos que hubiesen aparecido en parte alguna.

 

Estos fueron capturados el 13 de mayo en la Comarca Bilampí por orejas, jueces de mesta y guardias somocistas, que se apropiaron o se robaron mediante la fuerza de la finca de Marcelino López.

 

Caso décimo noveno:

 

En julio de 1977  fueron capturados y desaparecidos también 9 campesinos en Yucumalí, siempre en Zelaya, Región del Caribe, entre otros: Genaro López  Sevilla,  Adrián y  José  López Granados,  Santiago Aguilar, Quintín Aguilar, Santiago López y Juan  Sánchez Urbina.

 

Caso vigésimo:

 

El caso del Ocote, ocurrido entre los meses de mayo, septiembre y octubre de 1976, fueron denunciados por la Comisión Permanente de Derechos Humanos.  Los guardias somocistas capturaron e hicieron desaparecer a otras 13 personas campesinas, entre ellas: Ernesto Hernández y Demetrio López.

 

Caso vigésimo primero:

 

En Julio de 1976, los mismos guardias genocidas capturaron a Tiburcio, Santos y Alberto Herrera en Bocana de Waslala, los cuales también desaparecieron.

 

 

Caso vigésimo segundo:

 

En Bilwás, en agosto de 1976, fueron capturados y desaparecidos por los gendarmes genocidas los campesinos Nicomedes López Baltodano, José Granados López, Pablo López Granados, Eusebio López Granados, Rosalío Mendoza López y Cruz Palacios  Morales, de acuerdo con denuncias recogidas por la Comisión de Derechos Humanos.

 

Caso vigésimo tercero:

 

Un juez de mesta y “oreja”, llamado Leopoldo Blandón, fue el autor principal de la captura y posterior asesinato de los campesinos Genaro, Daniel, Juan Francisco y Ángel Ochoa Aguilar, ocurrida en la Comunidad Silva, Waslala, según denuncia presentada por trabajadores de la  Asociación de Trabajadores del Campo (ATC).

 

El “oreja” mencionado denunció  a los campesinos como “colaboradores” de la guerrilla sandinista  ante guardias sanguinarios genocidas somocistas, lo cual fue suficiente para que fuesen capturados y posteriormente asesinados, nunca se supo nada de su paradero.

 

Caso vigésimo cuarto:

 

En Boca Dudú se produjo otra captura y desaparición de los campesinos Esteban,  Santos y  Martiniano Vargas Rodríguez, Bonifacia López, Ana González Dormos, Leandro González López, Paulino González Ramos, lo que ocurrió en septiembre de 1976. ¿Quiénes fueron?  Los mismos guardias somocistas genocidas.

 

Caso vigésimo quinto:

 

La pacotilla de asesinos que estaba en San Martín de Yaosca, Zelaya Central, Caribe de Nicaragua, capturaron en septiembre de 1976 a los campesinos Emperatriz Aguilar, Andrea Pérez Aguilar, Laura, Benjamín, Reyna, Concepción y  Esperanza Hernández Huerta, Santos Hernández y Petrona Huerta. Ellos no volvieron a aparecer. Sólo se supo después que los torturaron salvajemente, los asesinaron de forma atroz e hicieron desaparecer sus cadáveres.

 

Caso vigésimo sexto:

 

 

En Porvenir Quipo,  Zelaya, Caribe Nicaragüense, fueron capturados y desaparecidos Felícito, Irene y Pedro García Hernández, Ruperto Videa, Abraham Chavarría, Reynaldo Vallejos, Vicente Polanco y Celso Morán Hernández. Estos fueron capturados por una patrulla GN de genocidas masacradores identificada como “Garza”.

 

Caso vigésimo séptimo:

 

Una denuncia recogida por la  Comisión Permanente de Derechos Humanos, fechada en noviembre de 1976, indica que 4O personas fueron capturadas y posteriormente asesinadas en San Isidro, Costa Caribe de Nicaragua. Se identificó a la patrulla de masacradores sanguinarios como “Enrique”. No se suministraron los nombres de los asesinados.

 

Caso vigésimo octavo:

 

En el mes de noviembre de 1976, fueron también asesinados en forma atroz Dominga de Pérez, Gregorio,  Marcos, Nicasio, Santos, Claudio, Lucía, Mayra y  Santos Pérez Centeno; es decir, una familia entera, más Petronila de Rodríguez y los hermanos Pablo y  Santiago Rodríguez, todos los cuales fueron capturados por sicarios de “Estirpe Sangrienta”, que estaban ubicados en Kaskita,  Zelaya, Caribe de Nicaragua. Sus cadáveres también fueron desaparecidos por la GN de la dictadura militar somocista.

 

Caso vigésimo noveno:

 

Sacerdotes Capuchinos denunciaron que en noviembre de 1976 y enero de 1977, fueron capturados y asesinados en forma atroz 49 campesinos del Varillal, Comunidad de Waslala, Noroeste de la Costa Caribe de Nicaragua.

 

Esta masacre fue perpetrada por lo integrantes de una patrulla identificada como “Hilario” y siete jueces de mesta (“orejas”), todos representantes genuinos del crimen organizado y sistematizado desde el Estado somocista, jefeado por el tirano Anastasio Somoza Debayle.

 

Las denuncias de los Sacerdotes Capuchinos tuvieron resonancia nacional y mundial, lo cual permitió que se conocieran parte de estas barbaries somocistas genocidas publicadas en este libro, que en realidad no logra reunir la totalidad de los asesinatos y las masacres que perpetró la dictadura somocista, desde sus orígenes. Pero bien, es un esfuerzo para ilustrar la saña, la crueldad, la perversidad, lo despiadado y mortal de la  Guardia Nacional y el terror que vivieron miles de nicaragüenses en esos años negros para Nicaragua.

 

 

1.-        Desde la Cárcel yo acuso a la dictadura. Carlos Fonseca Amador.

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Insurrección Sandinista en Managua; Repliegue Táctico de Managua a Masaya, Batalla de Managua para derrocar a la dictadura en 1979.

Insurrección sandinista victoriosa en Managua

Repliegue a Masaya

Pablo E. Barreto Pérez

Presentación original de Federico López Argüello

En los últimos meses de la guerra revolucionaria del pueblo nicaragüense contra la dictadura somocista  y el imperialismo, se ubica la Insurrección armada de la Ciudad de Managua. “La Toma de Managua” ejecutada en difíciles condiciones, cuando las fuerzas de la genocida Guardia Nacional  somocista eran todavía infinitamente superiores en el terreno militar, llegó a crear una Zona Liberada que abarcaba la mayor parte de la Capital del país. Ocurrió en junio de 1979, el año de la Liberación de Nicaragua.

I

La dictadura somocista se debatía mortalmente. La Guerra de Guerrillas, de maniobras, organizada y dirigida por el Frente Sandinista de Liberación Nacional atenazaba por todos lados al régimen opresor. El Frente Norte “Carlos Fonseca Amador” había ocupado las zonas rurales y varios municipios de Jinotega, Matagalpa, Estelí, y se preparaba para el Asalto Final de las cabeceras departamentales. El Frente Occidental “Rigoberto López Pérez” libraba cruentas batallas en las zonas rurales de León y Chinandega, y preparaba la Insurrección Popular en las principales ciudades occidentales.

Había nacido el Frente Oriental “Carlos Roberto Huembes” en la zona de Chontales y Boaco, heroicos continuadores de la Columna “Jacinto Hernández”, jefeada por Iván Montenegro Báez, que habían muerto o caído en el empeño de crear ese Frente hacía muchos meses atrás. El Frente Sur “Benjamín Zeledón Rodríguez”, poderoso ejército revolucionario, tenía maniatadas al grueso de las tropas de la dictadura somocista en el Departamento de Rivas y le daba devastadoramente a sus tropas selectas: las tropas de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI).

II

La burguesía y el imperialismo habían fracasado en sus esfuerzos  por modernizar “democráticamente” su dictadura de clase. Durante los últimos tres años habían realizado ingentes maniobras para conseguir que el grupo principal de la burguesía, representado por Somoza Debayle, y los otros dos grupos explotadores de las clases dominantes llegaran al acuerdo para compartir el poder, superar sus contradicciones interburguesas y “flexibilizar” la imagen del régimen genocida. Habían fracasado. No hubo acuerdo entre las distintas fracciones de la burguesía. No habían podido crear una alternativa política fuerte para sustituir al somocismo, conservando los instrumentos fundamentales de poder (la GN y la estructura estatal y del Partido de gobierno: Partido Liberal Nacionalista). Los trabajadores nicaragüenses habían comprendido y combativo heroicamente la maniobra política. La burguesía estaba políticamente agotada.

El pueblo  había entendido y estaba dando su vida por la alternativa que representaba el Frente Sandinista de Liberación Nacional. Su objetivo estaba claro: Derrocar revolucionariamente a la dictadura somocista (destruyendo todos sus aparatos de poder, en especial la Guardia Nacional somocista: ejército interventor organizado e impuesto por el imperialismo yanqui desde el asesinato traicionero de Sandino desde 1934), y la organización de un gobierno revolucionario, hegemonizado por la vanguardia de los trabajadores, el FSLN.

Por eso, el FSLN se había transformado de una pequeña organización político-militar que era apenas hace apenas tres años, en un poderoso ejército irregular compuesto  por los sectores más avanzados de las clases trabajadores. Era un Pueblo en Armas que combatía en ciudades y montañas.

Los últimos dos años, la vanguardia había tomado pueblos y ciudades de donde salía extraordinariamente fortalecida tanto por la asimilación de muchos hijos del pueblo a sus filas como en experiencia militar a nivel de masas. Había preparado magistralmente, especialmente en septiembre de 1978, al pueblo nicaragüense para la insurrección armada, para el asalto final a las posiciones de la dictadura somocista. La Ofensiva Final contra la dictadura estaba desarrollándose.

III

En este contexto, la insurrección popular sandinista iba a ser el remate de la dictadura. Estaba llamada a desmovilizar sus fuerzas, desgastarlas y desorganizarlas, mientras que la destrucción de la Guardia Nacional la aseguraban los golpes decisivos que le descargaba el Ejército Guerrillero Sandinista, que, entonces, ya se había formado.

Managua representaba entonces para el régimen somocista su retaguardia segura y el centro de su poder. Aquí estaban sus principales medios de comunicación y abastecimiento, conservando en ella una fuerza de maniobra considerable.

Estaba en Managua su gobierno central y los principales mandos militares. Insurreccionar Managua era “golpear el corazón del enemigo”. El pueblo de Managua estaba en pie de lucha. Una vez más se manifestó la sabiduría del Frente Sandinista. Incorporar los deseos de lucha y las energías revolucionarias del pueblo, en este caso de Managua, dentro del desarrollo de la estrategia de la Victoria. Poco más de un centenar de combatientes  (“Yeicos”) del FSLN le dieron cauce a las gigantescas energías combativas de las masas de Managua, y con el apoyo total y la participación generalizada de los habitantes  se protagonizó en la toma de Managua.

Fueron ataques generalizados en toda la Ciudad Capital contra las fuerzas militares de la Guardia Nacional (GN). El Occidente de Managua insurreccionado sirvió para que las fuerzas revolucionarias en el sector oriental consolidaran y fortificaran sus posiciones militares en los Barrios de los Trabajadores. ¡Más de la mitad de Managua fue libre!

Las fuerzas revolucionarias del Occidente de la Ciudad de Managua se retiraron en encarnizados combates, primero al Sur (Repliegue a El Vapor) y después a la Zona Liberada de la Capital (de Monseñor Lezcano a San Judas- Masacre de Batahola). Fueron 23 días de sangre, al costo de cientos de muertos por el cañoneo y bombardeo genocida sobre estas poblaciones insurrectas de Managua.

Todas las fuerzas y medios con que contaban los genocidas de la Guardia Nacional fueron descargadas contra el pueblo de Managua, mal armado con pistolas y rifles 22, sin preparación militar, cercado por el hambre y la destrucción masiva, ocasionada por el fuego de morteros, uso de cañones en tanques,  ametralladoras calibre 50 y 30 y fusilería automática moderna.

Pero fueron 23 días de sacrificios y heroísmo sin límites, de resistencia revolucionaria que ni los aviones, ni los tanques y los cañones, ni las bien entrenadas y armadas tropas élites de la dictadura somocista, pudieron quebrar o doblegar en Managua.

El objetivo político fue alcanzado: la dictadura somocista se venía al suelo, su patio trasero, el de los barrios más poblados de la Capital,  lo había perdido. El objetivo militar se realizó: la dictadura ya no pudo maniobrar oportunamente concentrando sus fuerzas en ninguna de las direcciones principales de la guerra, ya sea en el Norte, el Occidente o en el Sur del país.

Había perdido la iniciativa militar completamente. Apoyados en la Insurrección de Managua, se habían consolidado las posiciones de las fuerzas revolucionarias sandinistas en todas las direcciones: se tomaban ciudades del Norte y del Occidente de Nicaragua, se afianzaban los territorios liberados del Departamento de Rivas.

Todos los Frentes de Guerra de la Guardia Nacional  pedían tropas al mando genocida ante el incontenible embate del Ejército Sandinista, pero la GN estaba al límite de sus fuerzas; la Insurrección de Managua consumía sus reservas y paralizaba la capacidad de maniobras militares de la GN somocista.

IV

La lucha en Managua tomó la modalidad de una guerra de posiciones, en que el desgaste y la resistencia a las fuerzas enemigas era el principal instrumento para el triunfo revolucionario. Se enfrentaban, por un lado, un ejército moderno, dirigido, armado, entrenado y sostenido por el imperialismo norteamericano, pero corrompido y criminal, carente por completo de moral combativa; y por otra parte, el otro ejército, el del pueblo, que, casi lo único que tenía era su moral revolucionaria y una portentosa fe en el Triunfo, y con ella la decisión de morir combatiendo por la libertad, por la Liberación Nacional, antes que seguir viviendo como esclavos en medio del terror estatal genocida.

Pero para llegar a la Victoria, al aniquilamiento total de las fuerzas vivas enemigas del somocismo, más que pistolitas transformadas en cañones por la moral y el sacrificio del pueblo revolucionario,  hacían falta verdaderas armas de guerra.

Por eso, no se podían asaltar las posiciones (verdaderos bastiones o fortalezas militares) ocupadas por el odiado enemigo en la Capital nicaragüense. Objetivo militar que por demás no se propuso la lucha militar revolucionaria en Managua. Llegó el momento en que el pueblo estaba exhausto, sin alimentos, ni armas, sin municiones. Los principales objetivos habían sido alcanzados, era necesario salvar a las masas de un sacrificio innecesarios, de una masacre, probablemente la última que cometería la dictadura somocista.

V

Eso sí, la tiranía estaba paralizada, aunque conservaba capacidad de fuego y destrucción. Ante la incapacidad para maniobrar, consciente de su derrota, el régimen genocida decidió organizar la huida de sus principales dirigentes, y la formación de un gobierno proimperialista de la “última hora”, como el que con claudicaciones fuerzas burguesas “opositoras” trató de formar en Caracas sólo unos pocos días antes del Triunfo de la Revolución.

Las fuerzas militares que tenía la guardia en las principales direcciones se transformaron así en escalones de una defensa que a nivel nacional debía asegurar la huida de los asesinos. Al primer escalón: Rivas, seguían Granada y Jinotepe; después El Coyotepe, en Masaya; León y su Fortín de Acosasco; y por último, Managua. Eran escalones defensivos que cual poderosas curvas de un resorte contraído al máximo por la ofensiva de la Revolución, había que romper en mil pedazos para cristalizar la ansiada victoria revolucionaria.

Para quebrar las posiciones del enemigo somocista en Managua era necesario concentrar poderosas fuerzas sobre ella, fuerzas que estaban empeñadas en distintas direcciones a lo largo del país. Se hacían necesario, entonces, romper la resistencia del enemigo en los escalones defensivos de la periferia (Rivas, Carazo, Granada, Masaya y Occidente), que impedían en ese momento la concentración de las fuerzas revolucionarias sobre la Capital del país.

En esta situación, la Retirada o Repliegue Táctico de las fuerzas revolucionarias sandinistas de Managua hacia Masaya, el 27 de junio de 1979, no significaba la huida en derrota. Era el desplazamiento de las fuerzas militares revolucionaria en la dirección de las acciones principales de la guerra que se libraba: sobre Masaya, Granada, Jinotepe, para crear una enorme brecha  entre el frente sur de la Guardia Nacional y el centro: Managua.

Ese es el contexto y los objetivos de la “Retirada” de Managua a Masaya, que Pablo Emilio Barreto Pérez, relata en su libro “El Repliegue Táctico de Managua a Masaya”, en cuyas entrañas como participante activo directo de este acontecimiento histórico-militar, como sobreviviente de esta hazaña del Frente Sandinista en junio de 1979, se convierte al mismo tiempo en Cronista de comienzo a fin

Es así como las fuerzas del FSLN, llegadas de Managua, asumieron casi por completo la defensa de la Ciudad de Masaya, una parte de ella se transformó en el eje de las tomas o asaltos a las ciudades de Jinotepe y Granada, allanando el paso triunfal del Frente Sur Benjamín Zeledón Rodríguez hacia la Capital de Nicaragua; casi al unísono con el avance del Frente Occidental Rigoberto López Pérez, cristalizándose con ello la victoria del 19 de julio de 1979, la Victoria de la Revolución Popular Sandinista.

En este libro “Repliegue Táctico de Managua a Masaya”, aparecen cuatro parte: una compilación monitoreada, que presenta un ángulo de la realidad, la GN “por dentro”, en las comunicaciones llenas de órdenes criminales que giraban a sus huestes asesinas por parte del tirano Anastasio Somoza Debayle y sus sicarios: generales, coroneles, mayores, capitanes, tenientes y “orejas” con enorme poder de mando; la cobarde actitud de las bestias somocistas ante el empuje revolucionario del pueblo, la angustia del enemigo ante la importancia de detener una Revolución Popular en marcha.

La segunda parte, que es una “fotografía” de la Managua revolucionaria en fiera lucha contra el enemigo, refleja la realidad cruda y heroica de aquellos días de la Insurrección Sandinista Final, en la presentación de la cual, Pablo Emilio Barreto Pérez, continúa su obra de periodismo rebelde y revolucionario: antes denunciaba en artículos y fotografías la miseria o pobreza extrema en los vecindarios capitalinos, y el saqueo de que era víctima nuestro pueblo por parte de la dictadura y sicarios; hoy, con absoluto realismo Barreto Pérez destaca la personalidad transformadora del pueblo.

En la tercera parte, Barreto Pérez incluye el relato del médico Alberto González Ortega. Este galeno  puso al servicio de la Revolución sus conocimientos médicos y su vida en el Hospital clandestino “Silvia Ferrufino Sobalbarro” y en el otro Hospital clandestino del Instituto Experimental “Méjico”, también improvisado, daba igual, ambos eran improvisados para salvar la vida del pueblo herido en combate o por los bombardeos aéreos y terrestres de la guardia somocista en contra de los pobladores capitalinos.

En la cuarta parte, Barreto Pérez hace un relato pormenorizado propiamente del “Repliegue a Masaya”, en el cual el periodista que habíamos conocido en el Diario LA PRENSA,  se ha convertido en corresponsal de guerra, de la guerra revolucionaria del pueblo de Nicaragua por su Liberación Nacional y Social.

Cabe decir por último, que en este libro no se pretende crear una obra literaria. Se Trata de un testimonio extraordinario del heroísmo del principal protagonista de nuestra Revolución: el Pueblo Nicaragüense. Tampoco  pretende ser la última palabra sobre estas históricas páginas de nuestra guerra de Liberación Nacional. Es un esfuerzo modesto por rescatar para nuestros hijos semblanzas de esta gesta heroica de los managuas y del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Federico López Argüello, 20 de febrero de 1980.

Introducción o explicación necesaria

Han transcurrido 38 años desde cuando libramos aquellas batallas epopéyicas de la Insurrección, u Ofensiva Final, contra la tiranía somocista genocida y de la ocurrencia del audaz y magistral movimiento ajedrecístico militar del Repliegue Táctico de Managua a Masaya, que al final se convirtió en la marcha estratégica envolvente, para derrocar y demoler al sistema dinástico opresor, organizado, tecnificado, armado, financiado y sostenido hasta el final por el gobierno criminal de Estados Unidos, cuyas políticas exteriores de expansionismo y dominación militar en América Latina le dieron vida y convirtieron a la Guardia Nacional en ejército interventor permanente, después de asesinar vilmente al General Sandino y a casi todos los miembros del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional, que era el Ejército de los Patriotas, de los que no se venden ni se rinden, ni piden nada para ellos cuando defienden la Patria.

Sí, han pasado ya 38 años. Recuerdo como si fuese hoy mismo el inicio de la Insurrección Sandinista Revolucionaria en todo el país, en aquellos primeros días de junio de 1979; el ocho de junio en San Judas, Loma Linda, Torres Molina, Vista Hermosa, Comunidad Los Meneses;  y en los Barrios Noroccidentales de Monseñor Lezcano, Acahualinca, Morazán, Santa Ana, San Sebastián, Barrio Frixiones (hoy Julio Buitrago Urroz), Mánchester, Linda Vista, Loma Verde, Las Brisas, Altagracia; y en el OPEN TRES (hoy Ciudad Sandino), y el nueve de junio en la noche en la Zona Oriental-norte de Managua, específicamente en Santa Rosa, Bello Horizonte, Maestro Gabriel, Salvadorita (Cristian Pérez Leiva), Blandón (Costa Rica), Santa Bárbara (Barrio Venezuela),  Nicarao, Colonia Catorce de Septiembre, Ducualí,  Larreynaga,  El Edén,  San José Oriental, Colonia Managua, “La Rebusca”  (14 de Junio), México, “Campo Bruce” (hoy Rigoberto López Pérez),  Paraisito, María Auxiliadora, San Cristóbal, Barrio México, Riguero, Riguero Norte, Colonia Xolotán, Villa Progreso, Américas Uno, Américas Tres, Américas Dos, Américas Cuatro, Manuel Fernández Mora, Luis Somoza (Diez de Junio), Reparto El Dorado, Don Bosco, Colonia Colombia, Santa Julia, Barrio Omar Torrijos Herrera..

No se me olvida y sigue resonando en mis oídos aquel grito  prolongado en la calle Este de Bello Horizonte, a las diez de la noche  del  nueve de junio de  1979, de jóvenes guerrilleros y Combatientes Populares, desplazándose raudos en motocicletas ruidosas: ¡!Patriaa Libre o Morir! Patria o Muerte, Venceros!¡

Y la misma noche del nueve de junio se produjeron los primeros enfrentamientos armados con patrullas móviles de la guardia somocista genocida, entre otros sitios, en el Aserrío Carlos Morales Orozco.

A las cuatro de la mañana del diez de junio un grupo de vecinos de la Etapa II de Bello Horizonte nos unimos a una tropa de jefes guerrilleros sandinistas para prenderle fuego a la Doceava Sección de Policía (“Sierra 12”), la cual había sido “hostigada” por fuerzas revolucionarias en la noche anterior. Al parecer, los guardias se llenaron de miedo y prefirieron huir a media noche.

De esa forma comenzó la Insurrección en Managua. Muy de mañana, antes de las siete, los Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares se andaban moviendo en las calles de los vecindarios mencionados, invitando a los pobladores a integrarse a esta gran jornada de vida o muerte; y me quedé realmente sorprendido al ver cómo centenares de vecinos, hombres y mujeres, especialmente jóvenes, salían de sus casas y comenzaban a organizarse y ponerse a disposición de Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares, y de ese modo comenzaron a cavarse las zanjas, los pozos tiradores y a edificarse las barricadas con adoquines, vehículos atravesados, piedras canteras, cayeron árboles tumbados con hachas y sierras eléctricas  para cruzarlos en las calles, todo con el fin de impedir el ingreso del ejército criminal somocista.

Más sorprendido quedé cuando asimismo comenzaron a salir armas de cacería, pistolas, revólveres, rifles 30-30 y escopetas, como los aportados por mi vecino Raúl Munguía. Me causó impresión reverente ver salir a la calle a jovencitas como Marta Lucía Corea Solís, una muchacha de 17 años, que se convirtió en una de las mejores Combatientes Populares en la Zona Oriental de Managua.

Como estos dos ejemplos fueron miles los que brotaron como hongos insurreccionales  en las Zonas Suroccidental, Noroccidental y Oriental-Norte de Mangua.

Esta explosión de patriotismo, de arrechura colectiva, de convencimiento de que era necesario emprender esta tarea popular heroica para acabar con el régimen somocista genocida, me hizo recordar en aquellos momentos aquel dicho popular: “No hay mal que dure 100 años, ni cuerpo que lo resista”.

Ya eran 45 años de opresión tiránica, durante los cuales la “Estirpe Sangrienta: los Somoza”, comenzando con Anastasio Somoza García, siguiendo con su hijo Luis Anastasio Somoza Debayle y ahora Anastasio Somoza Debayle, se había dado el lujo ya de matar a casi 50,000 nicaragüenses, saquear el país de manera permanente y descarada con  sus hermanos de clase los oligarcas vende patria, terratenientes latifundistas, comerciantes e industriales grandotes;  de ponerse al mismo tiempo “por encima de las clases capitalistas-oligárquicas también opresoras” con su dictadura, y de paso ponerse como los “salvadores” de Nicaragua mientras robaban, mataban, despojaban de sus tierras y otras propiedades a los campesinos, intoxicaban los suelos y aguas del país con plaguicidas, y para entronizarse, además, hacían elecciones amañadas y usaban a los conservadores como “zancudos” en la estructura del Estado y de gobierno genocidas.

Para mantener esa opresión genocida “bien aceitada”, para que causara pánico generalizado en todo el país, el tirano y su aparataje de maleantes, fortalecieron la Guardia Nacional, organizaron la Oficina de Seguridad (policía política de torturas y muerte segura) o de persecusión sistemática con alrededor de 12 mil “orejas” y “jueces de mesta” o “jueces de cañada”, unos pagados y otros “adhonorem”; tenían el llamado Servicio Anticomunista, un cuerpo especializado de persecusión a intelectuales y periodistas; torturadores crueles, desalmados y sanguinarios, los escuadrones de la muerte (“Mano Blanca”, era el nombre elegante que los somocistas le habían puesto), los “soplones”, los AMROCS o militares retirados, la Nicolasa Sevilla, apaleadora de vecindarios y opositores al régimen; y un grupo de periodistas o intelectuales que se encargaba de la guerra sicológica por medio de NOVEDADES, la Radio  Difusora Nacional y la Estación “X”, por ejemplo, mediante las cuales situaban a los sandinistas todavía clandestinos y con las armas en las manos como “agentes del comunismo internacional” y  “sandino-comunistas-terroristas”.

Estos intelectuales o periodistas, al mejor estilo nazifacista alemán,  eran los encargados de hacer creer a la población en general que la Revolución Sandinista, el socialismo, el comunismo, o sencillamente ser opositor al régimen somocista, era “un pecado mortal”, es decir, los malos no eran los asesinos de la dictadura, los malos eran sus víctimas, los malos eran los perseguidos, los torturados, los encarcelados y los asesinados, especialmente si eran jóvenes estudiantes universitarios, estudiantes de secundaria, jóvenes campesinos…!bastaba con ser joven y pobre, para ser sospechoso de atentar contra el régimen de somocistas genocidas!

Si un joven (hombre o mujer) o un grupo de jóvenes iban caminando por la calle,  eran ya sospechosos de andar atentando contra el régimen dinástico criminal. Ese joven, o esos jóvenes, ya en 1978 era común que los guardias, “orejas”, “jueces de mesta”, agentes de la Oficina de Seguridad, o cualquiera de los integrantes de los “escuadrones de la muerte”, los obligaran a subirse a una tenebrosa patrulla BECATS (Brigadas Antiterrorista  le llamaban  los terroristas desalmados de la dictadura), sin mediar ninguna acusación formal, simplemente se los llevaban y aparecían encarcelados en la Loma de Tiscapa, en la Aviación, por ejemplo, o muertos en la Cuesta del Plomo,  en el caso de Managua, o en cualquier otro sitio en el país.

Si ese joven, o cualquier opositor, aparecía preso, entonces era normal que mostrara señales de tortura y al mismo tiempo los guardias somocistas genocidas, o la Oficina de Seguridad, informaban que “son subversivos… atentan contra el orden público…atentan contra la autoridad y sus agentes.. “son sandino-comunistas-terroristas”. Esa era la acusación, y eso era, porque “la guardia hace lo que quiere y lee como quiere”, decían algunos guardias.

Ya para el año 1977 el terror estatal somocista genocida era generalizado en todo el  país. Estar vivo, especialmente si era uno antisomocista, era ya un milagro. Somoza Debayle y su Guardia Nacional de asesinos y ladrones tenían  Nicaragua en permanente “Estado de Sitio” y “Ley Marcial”, pues en cualquier parte del país te detenían, registraban, te golpeaban o te torturaban, y si querían ahí no más te mataban.

Además, nunca hubo ningún juicio en contra de los guardias, de los agentes de la Oficina de Seguridad, o de “orejas” o de “jueces de mesta” porque habían matado a un opositor, a un antisomocista, especialmente si era joven, y peor aún  si era militante clandestino  del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Los guardias somocistas, los “orejas” de la Oficina de Seguridad, los funcionarios políticos y administrativos del Estado somocista invadían universidades, mataban estudiantes, masacraban vecindarios enteros, habían cometido unas 400 masacres conocidas en todo el país, en los caminos y montañas violaban mujeres, lanzaban a campesinos desde helicópteros sobre Cerros como el Musún, tenían campos de concentración en las montañas  y se  ufanaban por ser torturadores  oficiosos y asesinos  despiadados.

Fuera de Nicaragua nos veían como una gran cárcel, como un gran cementerio de los Somoza y su Guardia Nacional genocida, creada, sostenida y entrenada de forma permanente por el gobierno agresor y genocida de Estados Unidos.

Este terror estatal somocista, apoyado totalmente por el gobierno genocida de Estados Unidos, era sencillamente horrible.

El Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), fundado por Carlos Fonseca Amador, Tomás Borge Martínez, Jorge Navarro, José Benito Escobar Pérez, Jorge Navarro, Francisco Buitrago, Faustino Ruiz, Germán Pomares Ordóñez,  y otros, en 1961, venía luchando contra viento y marea, con unos pocos jefes y combatientes guerrilleros desde la clandestinidad más rigurosa, mostrando el camino que debíamos seguir los demás nicaragüenses patriotas, para insurreccionarnos y demoler este sistema de opresión espantosa, que ya acumulaba casi 50,000 muertos en junio de 1979.

Ya era insoportable este régimen de asesinos y ladrones. Para colmo de ruindades somocistas, cuando cualquiera de las Ciudades se rebelaba en protesta por estos crímenes mencionados, entonces Somoza Debayle, sus generales, coroneles, mayores y capitanes de la GN genocida echaban a funcionar lo que ellos mismos llamaban “operaciones limpieza”, consistentes en lanzar toda una maquinaria de guerra en contra de los pobladores, lo cual incluía tanquetas, ametralladoras calibre 50, lanza morteros, cañones de tanques, granadas de fragmentación, al mismo tiempo el bombardeo aéreo sobre las Ciudades como Estelí, León, Managua, Masaya, Rivas, Matagalpa, Chinandega, es decir, contra todo lo rebelde, y para cerrar con “broche de oro”, a la par iban robando en las casas que centenares o miles de familia sufrían o eran víctima de la represión mortal de Anastasio Somoza Debayle y su GN de exterminio en Nicaragua.

Así era de tenso el ambiente político militar al momento de esta la Insurrección u Ofensiva Final contra el somocismo genocida en junio de 1979.

Por los motivos apuntados arriba, una enorme cantidad de pobladores humildes, en la mayoría de los casos, se sumaron a estos combates bélicos populares decisivos en contra de la tiranía o dinastía somocista en todo el país.

Así ocurrió también en las zonas Suroccidental, Noroccidental y Oriental-norte de Managua. Al Estallar la Insurrección u Ofensiva Final en la Capital, los jefes guerrilleros, comandados por el Comandante Carlos Núñez Téllez, eran unos 110 y los Combatientes Populares ya entrenados un poco más de mil, todos voluntarios, sin la formación académica profesional de los militares de carrera de la GN somocista.

Ese puñado de hombres y mujeres, portando unos cuantos fusiles automáticos, unas cuantas ametralladoras calibre 30, no más de seis lanza-morteros, con una decisión determinante “de al menos resistir tres días en Managua”, y con la estrategia de obstaculizar a la soldadesca somocista genocida en los cauces, en los puentes, y fabricar barricadas, zanjas o trincheras de combate, pozos tiradores, refugios antiaéreos para los pobladores, hacerles “la vida imposible” a un ejército profesional de varios miles de hombres en Managua, donde contaban con decenas de tanques, tanquetas, numerosos aviones y helicópteros artillados, con centenares de lanzamorteros y “con armas y municiones para combatir 100 años, si queremos”, se ufanaba el coronel Nicolás Valle Salinas,  jefe de la Central de Policía y de todas 16 las secciones de policía GN, regadas por Managua, incluyendo la Treceava Sección Policía (“Sierra 13”) o la cueva del multiasesino y torturador Alberto “Macho Negro” Gutiérrez.

Tuvimos la suerte revolucionaria de que la Dirección Nacional Conjunta del FSLN guerrillero, clandestino, designara un Estado Mayor General del Frente Interno con las calidades de estrategas del Comandante Carlos Núñez Téllez (ya fallecido), William Ramírez Solórzano (ya fallecido) y Joaquín Cuadra Lacayo, y un Estado Mayor de Managua con las calidades militares de hombres y mujeres excepcionales como: Mónica Baltodano Marcenaros, Oswaldo Lacayo Gabuardi y Raúl Venerio Granera; y Jefes Guerrilleros diestros en el manejo de las armas y en la conducción de combates populares contra genocidas, maestros en el arte guerrillero para darle en el codillo o en el corazón al enemigo, entre otros: Ramón “Nacho” Cabrales Aráuz, Walter Mendoza Martínez, Marcos Somarriba García, Sergio “Marcio 13” Gómez Vargas, Francisco Meza Rojas (asesinado cuando comenzaba la Insurrección en la Carretera Norte), Walter “Chombo” Ferreti Fonseca, Rolando “Cara Manchada” Orozco Mendoza, Francisco “Chico Garand” Guzmán Fonseca, César Augusto Silva, José Ángel Benavídez, Douglas “Domingo” López Niño, César Largaespada Palaviccini, Marcos  Largaespada Prado, Claudio “106” Picasso Ardito, Javier “99” López Lowery, Isabel “Venancia” Castillo, Mayra González,  Sergio Martínez Vega, Danilo Norori, Jorge “Norman” Roustan Reyes, William “Juan Grande” Montalván, Federico López Argüello, Róger “Aniceto”, “Camastrón” Cabezas Gómez, Eduardo Cuadra Ferrey, Gabriel Cardenal Caldera (asesinado  por la GN), Cristóbal “Gersán” Guevara Casaya, Víctor “Bayardo”, ”Dientes de Lata” Romero Pérez, Douglas Mejía Obando, (asesinado por la GN), René Cisneros Vanegas (caído en San Judas), Mauricio del Carmen Kiel, William Antonio “Salvadoreño” Pascasio, Justo Rufino Garay Mejía, Martin Castellón Ayón, Silvio Porras García (caído en Batahola), Arnoldo Real Espinoza (caído en Batahola), Jorge Corea Briones (caído en Batahola), Jorge Esquivel Acevedo (caído en Batahola), Alba Luz Portocarrero Ramos (caída en Batahola), Soraya Hassan Morales (caída en Batahola), Pedro “Chaparro Henry” Meza Vílchez, Efraim “Challuya” Téllez, hermanos “Piojos” Sánchez, Alejandro “Marciano” Díaz Meza, Salvador Ramiro García Ramírez, Carlos Alberto “Sobrino” Dávila Sánchez, Frank “Machillo González Morales, Lucío Jiménez Guzmán, Darmalila Carrasquilla, Humberto del Palacio González, Iván García Abarca, Pedro Ortiz Sequeira, Adolfo Aguirre Estathadgen, Eva Adilia Solís, José Alexander “Pepe Loco” Estrada Fonseca, Antonio “Julio” López, Marlene Álvarez, Gustavo “Loco” Cerna González,  por ejemplo, y una comisión política- propagandística de las diligentes y hábiles calidades de Glenda Monterrey Vásquez, Lea Guido López, Moisés Hassan Morales, Julio López Campos y Marcos Valle Martínez.

Estos cuadros políticos-guerrilleros valiosos, combinados con el arrojo, valentía, audacia e inteligencia de Combatientes Populares y Milicianos barriales,  y la decidida y convencida integración de varios miles de ciudadanos capitalinos a las tareas insurreccionales en Managua, permitió mantenerse 18 días de heroicos combates contra el enemigo somocista, a pesar de la escasez de municiones y de los intentos de  romper el cerco insurreccional en la Zona Oriental-norte de Managua por parte de la soldadesca sanguinaria genocida.

El enemigo somocista superarmado no pudo evitar la Insurrección u Ofensiva Final, tampoco pudo vencerla, al revés, se vio derrotado en cada intento que hacía por desbaratar las barricadas, las trincheras de combate o los pozos tiradores en Santa Rosa, en El Dorado, en los cruces de Portezuelo y Rubenia; en los Puentes de El Edén y Larreynaga, en los Puentes Paraisito y San Cristóbal, etc. Además, la Guardia Nacional genocida se vio inclusive obligada a salir derrotada de sus 16 cuarteles GN policiales.

Algunas de estas secciones policiales fueron totalmente destruidas como “Sierra 13”, “Sierra 10” en el lado Sur de la Colonia Centroamérica, “Sierra 12”  en Bello Horizonte,  la que tenían en Las Jinotepes (Carretera Sur, kilómetro doce y medio), en Monseñor Lezcano, en San Judas, en el Reparto Schick Gutiérrez, en el Barrio Mombacho (hoy Freddy Herrera), etc.

El alto mando GN somocista genocida se vio obligado a dar la orden de que todas estas guarniciones de los 16 cuarteles mencionados, más la escuela de asesinos EEBI y otros Batallones élites del Ejército somocista, pasaran a funcionar de manera móvil en los sectores que geográficamente les habían asignado, porque dentro de sus guarniciones y en las calles fueron derrotados una y otra vez por los Jefes Guerrilleros, Combatientes Populares y Milicianos vecinales como queda apuntado.

Sin embargo, la Dirección Nacional Conjunta del FSLN, el Estado Mayor General del Frente Interno (Comandantes Carlos Núñez Téllez, William Ramírez Solórzano y Joaquín Cuadra Lacayo) y el Estado Mayor de Managua (Mónica Baltodano Marcenaros, Oswaldo Lacayo Gabuardi y Raúl Venerio Granera), después de 18 días combatiendo a esta pandilla de asesinos somocistas y sus mercenarios salvadoreños, coreanos y de otros lados de América del Sur, por la falta de medios de transporte y condiciones de circulación para procurarse municiones y más armas de guerra, y teniendo en el teatro de guerra la necesidad impostergable de asestarle el golpe militar final a la tiranía somocista genocida, ya acorralada y en desbandada por el empuje insurreccional sandinista en algunas  partes del  país, se vieron en la necesidad urgente, impostergable de organizar y ejecutar un Repliegue, salirse de la Zona Oriental y Norte de Managua, con las siguientes finalidades militares estratégicas:

Salvar a una masa grande de Combatientes Populares, Milicianos vecinales y a la mayoría de pobladores implicados directa o indirectamente en la Insurrección u Ofensiva Final; Mover la fuerza combatiente de Managua para fortalecer el Frente Oriental Carlos Roberto Huembes, Distribuir estas fuerzas combativas guerrilleras y populares para liberar gran parte de Carazo (Diriamba, Jinotepe y San Marcos); terminar de liberar la Meseta de los Pueblos, incluyendo Masatepe; asaltar y liberar Granada y los Municipios de Diriomo y Diriá; fortalecer la Defensa de la Ciudad de Masaya, porque los guardias genocidas, jefeados por Fermín Meneses Cantarero, como otros, ya habían huido de su cuartel GN (el cual fue destruido, quemado por la Insurrección Sandinista) y se habían encuevado en la Fortaleza del Cerro Coyotepe, en el Cerro La Barranca, dentro de la Fábrica de Clavos INCA y en la Hielera, todos  ubicados al Norte de la Ciudad de Masaya, en la orilla Norte de la Carretera Managua-Masaya-Granada; hacerse de más armas y municiones, porque en el teatro insurreccional de Managua ya estaban escasas, procurarse comida porque igualmente en las Zonas Oriental y Norte insurreccionada había escaseado y con el fin de no caer en el cansancio extremo de la tropa de Jefes Guerrilleros, Combatientes Populares, Milicianos y población civil implicada en la Insurrección Sandinista.

Esta movilización popular clandestina, sigilosa, de Managua a Masaya, se convirtió en otra hazaña militar del Frente Sandinista guerrillero, y en muy poco tiempo, se demostró lo absolutamente razonable de mover estas fuerzas revolucionarias hacia el Oriente del país, porque, precisamente, con la liberación total de Jinotepe, Diriamba, San Marcos, Masatepe y resto de la Meseta de los Pueblos Blancos, se quebró para siempre toda iniciativa u ofensiva militar del somocismo genocida, y a partir de este momento comenzaron sólo a defender posiciones y a  huir desbandados por todo el país.

Esta hazaña militar revolucionaria del Repliegue Táctico de Managua a Masaya, sin embargo, le costó a los pobladores rebeldes capitalinos y a Frente Sandinista de Liberación Nacional, todavía clandestino en junio y julio de 1979, casi 100 caídos o Mártires por la masacre somocista ejecutada por la Guardia Nacional genocida mediante bombardeo aéreo en “Piedra Quemada”, en el Complejo Volcánico Masaya, en el Camino Viejo y casco urbano de Nindirí y en los alrededores del Cerro Coyotepe, registrado en casi todo el día 28 de junio de 1979.

Después, los días 17 y 18 de julio, mediante golpes militares potentes con el Batallón Móvil Rolando Orozco Mendoza (de apenas 300 hombres y mujeres Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares), sin retroceso, sin darles lugar a reponerse en ningún sentido, se les cayeron también a los somocistas genocidas en los 16 cuarteles urbanos y el emblemático Cuartel La Pólvora en Granada, donde por decenas de años habían encarcelado, torturado y matado sandinistas y opositores como le había dado la gana al régimen sanguinario de los Somoza y del gobierno criminal de Estados Unidos.

El 19 de julio en la madrugada huyeron los asesinos que estaban encuevados en los cerros del Coyotepe y La Barranca, en la INCA y en la Hielera. Somoza Debayle, su hijo “Chigüin” Somoza Portocarrero, sus generales, coroneles y mayores más fieles, también ya habían huido. “El Tal Urcuyo” asimismo había subido en un avión y se fue para Guatemala.

El resto de guarditas, “orejas”, “jueces de mesta”, “jueces de cañada”, los “soplones”, los jueces civiles y penales que Somoza Debayle había puesto para condenar a todos aquéllos ciudadanos opositores, los funcionarios del gobierno dictatorial, los miembros del Partido Liberal Nacionalista somocista, los que pertenecieron a los “escuadrones de la muerte”, los AMROCS, la Nicolasa Sevilla, los torturadores, todos andaban como las ratas asustadas buscando cuevas en que meterse esa mañana del 19 de julio de 1979.

Muchos se escaparon. Otros, no. Por ejemplo, al mismísimo Alberto “Macho negro” Gutiérrez, uno de los más feroces asesinos de la tiranía, lo capturamos en su escondite, en su cueva de roedor en fuga, en los Altos de Masaya, a las siete de la mañana del 19 de julio de 1979.

Francisco “Chico Garand” Guzmán Fonseca y Abraam Delgado Romero jefearon la escuadra sandinista  que lo capturó. En Masaya y todo el país ya se celebraba jubilosamente el Triunfo de la Revolución Popular Sandinista. “Macho Negro” capturado, por primera vez con sus manos atadas con un alambre eléctrico y sujetadas a una parte metálica del jeep en que era conducido, fue llevado al centro de Masaya en medio de una alborada de juegos pirotécnicos que se elevaban al cielo y explotaban saltarines también al ras del suelo, que antes había sido herido vilmente por las balas y cañonazos somocistas contra los pobladores de la Ciudad de las Flores.

A “Macho Negro” Gutiérrez se le hizo un juicio público sumario en la entrada al Barrio Indígena de Monimbó. La gente pedía a gritos que fuese fusilado, y los Estados Mayores del Frente Interno, de Managua y de Masaya dieron la orden de que fuese fusilado por una escuadra de Guerrilleros y Combatientes en una casa esquinera, frente a Don Bosco, en la entrada al Barrio Monimbó. Este relato sobre la captura y fusilamiento de “Macho Negro” también está en el contenido de este libro sobre el Repliegue Táctico de Managua a Masaya.

El día anterior, 18 de julio, en Granada, había sido también capturado el “Gato” Colindres, otro de los célebres torturadores y asesinos de la Guardia Nacional y de la Oficina de Seguridad (OSN) somocista. Igualmente fue fusilado en una de las calles de Granada.

En aquellos momentos de júbilo popular, jamás vistos en la Historia Nacional, todos teníamos la sensación de haber salido de un túnel muy oscuro, tenebroso, mortal, donde estábamos con cadenas en los tobillos y en la muñecas, torturados, excluidos, hambrientos, en el desempleo, despojados de nuestros bienes materiales (suministrados por la Madre Tierra), y que, dichosamente, Carlos Fonseca Amador, Tomás Borge Martínez, Jorge Navarro, José Benito Escobar Pérez, Germán Pomares Ordóñez, Santos López, Faustino Ruiz, fundaron el Frente Sandinista de Liberación Nacional, y con un puñado de patriotas excepcionales iniciaron una lucha política y militar clandestina heroica, de epopeyas como La Ilíada y la Eneida, de grandes sacrificios, de privaciones severísimas, hasta llegar a este momento glorioso, repleto de lágrimas de alegría, de palpitares fuertes del corazón  en centenares de miles de nicaragüenses, que finalmente podían ver derrumbada a la tiranía somocista genocida, la cual formó parte integrante de la plaga de dictaduras militares impuestas por Estados Unidos en América Latina.

Los Frentes de Guerra: Occidental Rigoberto López Pérez, Norte Carlos Fonseca Amador, Oriental Carlos Roberto Huembes, Sur Benjamín Zeledón Rodríguez, el Frente Central Pablo Úbeda,  y el Frente Interno (nosotros, los de Managua, Masaya y Carazo), llenos de una alegría inmensa, sentida desde el cerebro hasta los pies, aunque teníamos ya dos meses de no bañarnos regularmente ni cambiarnos de ropa, ni comer como debíamos, ni dormir tranquilos, aunque también teníamos tristeza por los hermanos y hermanas caídas en combate, ahora, aquel 19 de julio de 1979, nos apretujábamos alegres en los camiones, automóviles, camionetas y tractores, para llegar a Managua, a darle el golpe final, el remate, el tiro de gracia, a la tiranía somocista genocida.

Para los sicarios de la tiranía somocistas, los managuas replegados a Masaya el 27 de junio de 1979, íbamos derrotados, pero el 19 de julio de 1979 retornamos triunfantes, con un Triunfo Revolucionario que demolió por siempre a una dictadura sangrienta de 45 años de años de genocidio.

Esta tercera edición Insurrección Sandinista Victoriosa y Repliegue Táctico de Managua a Masaya, la he dividido en varios capítulos: Monitoreo de las órdenes criminales de la Guardia Nacional. Es un trabajo de escucha radial que me fue facilitado por el periodista Hermógenes Balladares, quien fue mi compañero de labores en el Diario LA PRENSA; 18 Días de Heroicos Combates Insurreccionales en Managua, antes del Repliegue a Masaya; Relato del Repliegue Táctico de Managua a Masaya;  sobre los Repliegues  de San Judas a  la Hacienda El Vapor, de Ciudad Sandino a San Andrés de La Palanca, de Monseñor Lezcano a Batahola,  y del Barrio Santa Ana al casco urbano del Municipio de Mateare; un trabajo investigativo sobre el accionar de los “orejas”, jueces de mesta”, “escuadrones de la muerte” y demás “soplones” de la dictadura somocista; y una cronología de sucesos ocurridos en todo el año de 1979.

Igualito que el capitalismo saqueador salvaje, los somocistas genocidas no han pagado realmente por todos los crímenes genocidas cometidos en 45 años de matanzas y robos descarados en Nicaragua.

Managua, noviembre del 2016.

Pablo E. Barreto Pérez: periodista, fotógrafo, Cronista de la Capital, Orden Independencia Cultural Rubén Darío, Hijo Dilecto de Managua, Orden Servidor de la Comunidad del Movimiento Comunal Nicaragüense, Orden José Benito Escobar Pérez de la CST nacional, Orden Juan Ramón Avilés de la Alcaldía de Managua, participante directo, cronista, testigo y sobreviviente de la Insurrección Sandinista de Managua y del Repliegue a Masaya.

Colonia del Periodista No. 97, Managua. Teléfonos: 88466187, 86533771 y 22703077.

 

 

Insurrección  revolucionaria sandinista en Managua

Pablo Emilio Barreto Pérez

*18 días de heroicos combates liberadores en zonas oriental y occidental capitalino, entre el ocho de junio y el 27 de junio de 1979

*Desde abril de 1979 a la dictadura somocista genocida le llovían fuego de balas libertarias y explosiones de bombas de contacto

*Desde el nueve de septiembre de 1978, la inmensa mayoría de los nicaragüenses padecíamos, nuevamente,   Estado de Sitio, Ley Marcial, censura de prensa, matanza de seres humanos en calles, caminos y pueblos; secuestros masivos de campesinos, asesinatos también masivos ejecutados por “escuadrones de la muerte”, encarcelamientos masivos y torturas, lanzamiento de seres humanos desde helicópteros y aviones en el Norte de Nicaragua, todo esto en forma permanente por parte de la tiranía somocista genocida.

La opresión y represión somocista genocida eran ya insoportables, inaguantables por la población en general. La dictadura somocista era un sistema de opresión político, militar, económico, social, ideológico y propagandístico desde que fue fundada la Guardia Nacional, e instalado o impuesto Anastasio Somoza García como su jefe,  por el gobierno genocida norteamericano y su ejército interventor (agresor e invasor) en 1926, especialmente después que fueron asesinados traidoramente el General Augusto C. Sandino y casi  todos los miembros del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional, en 1934.

Eran los primeros días de junio de 1979 cuando los vientos insurreccionales, guiados, dirigidos por el Frente Sandinista Guerrillero, clandestino, convertido en Ejército Liberador Revolucionario, estaban  tocando a las puertas cuartelarias y asesinas  de los opresores en Managua, León, Masaya, Estelí, Chinandega, Matagalpa, Masaya, Carazo, Rivas, Granada, Chontales, Boaco, Nueva Segovia, Jinotega, Madriz, Boaco, Chontales, Costa Atlántica, etc.

Eran ya casi 45 años de dictadura y cerca de 50 mil muertos, asesinados por la Guardia Nacional (GN), la Oficina de Seguridad Nacional o policía política somocista, sus “escuadrones de la muerte”, sus 12 mil “orejas” o espías  y “jueces de mesta”, cuyos miembros eran ya repudiados, odiados,  de forma generalizada por los pobladores de Nicaragua, y por tal motivo a la dictadura militar somocista ya le llovía fuego de balas libertarias y de explosiones de bombas de contacto en prácticamente todas las ciudades y pueblos  urbanos de Nicaragua.

El sábado 26 de marzo de 1979, un grupo numeroso de Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares del Frente Norte Carlos Fonseca Amador, jefeados por el Comandante Germán “El Danto” Pomares Ordóñez, uno de los fundadores del FSLN y jefe del Frente Norte Carlos Fonseca Amador, se toman por sorpresa y temporalmente el  poblado de El Jícaro, en el Departamento de Nueve Segovia, montaña adentro, en el Norte elevado de Nicaragua.

Esta acción militar del Frente Sandinista Guerrillero, clandestino, convertido en Ejército de Liberación Nacional, fue considerada como el inicio de la  Insurrección Sandinista, u Ofensiva Final de la Revolución Popular Sandinista, para derrocar definitivamente a la dictadura somocista genocida.

El sábado siete de abril de 1979, en la noche, se había insurreccionado, nuevamente, casi toda  la Ciudad de Estelí. El “Zorro” Francisco Rivera y otros Jefes Guerrilleros del FSLN clandestino y unificado, jefeaba el estallido insurreccional esteliano.

Doscientos Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares habían bajado de las montañas de los alrededores de Estelí, e insurreccionado a centenares de pobladores estelianos, quienes por la noche se tomaron oficinas públicas del régimen somocista, hicieron mítines callejeros, chocaron militarmente con patrullas y contingentes de soldados en las calles, y anunciaron que la Huelga General y Ofensiva Final venían, y que el somocismo genocida debía pagar por sus crímenes, por más de 400 masacres, matanza de 50,000 nicaragüenses y por la robadera imparable de 45 años de la “Estirpe Sangrienta: Los Somoza” y dictadura militar somocista.

La Guardia Nacional somocista movilizó no menos de mil efectivos militares al escenario de batalla dentro de la Ciudad de Estelí, apoyados por tanques, lanzamorteros, lanzagranadas, y aún así no pudieron detener la lluvia de balas que les empezaban a ser disparadas hábilmente por hombres y mujeres, jovencitos y viejos, convertidos en guerrilleros y Combatientes Populares, y bien entrenados militarmente para darles batalla justiciera a los gendarmes de la dictadura militar somocista.

Aquellos doscientos Combatientes Populares, “chapiollos”, sin entrenamiento de las Academias Militares opresoras, llenaron de angustia y miedo a los altos mandos de la Guardia Nacional, cuyos jefes ya quedaban claros de que unos cuantos (varios cientos) Guerrilleros y Combatientes Populares desafiaban con pocas armas en las manos a no menos de mil soldados bien armados, apoyados por artillería pesada, y que se les tomaban una Ciudad como Estelí, lo cual ocurría por segunda vez en este sector urbano norteño.

Pobladores de numerosos barrios de Estelí se insurreccionaron, apoyaron sin vacilaciones la toma militar de una parte de esta Ciudad norteña, conocida ya como la “Mil veces Heroica Estelí”. Aquella Insurrección de Estelí fue como un ensayo de lo que ya venía para el mes de junio próximo:  la Insurrección Sandinista, u Ofensiva Final.

Los doscientos Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares del FSLN clandestino enloquecieron a los soldados y esbirros de la Guardia Nacional, como fantasmas se les filtraron en medio del cerco que habían tendido para aniquilarlos, y entre los mismos guardias superarmados cruzaron el anillo y se retiraron el 14 de abril en la noche a las mismas montañas, de donde habían bajado el siete de abril de 1979, también de noche.

Al mismo tiempo en que caía esta lluvia de balazos y explosiones de bombas de contacto contra la soldadesca de la Guardia Nacional en Estelí, aquella noche del sábado siete de abril, también se registraban ataques militares guerrilleros en las ciudades de Ocotal (Nueva Segovia), El Sauce (León),  Condega (Estelí) y en la Ciudad de Chinandega.

En mayo estalló la Insurrección Sandinista en Jinotega, comandada por Germán Pomares Ordóñez, uno de los fundadores del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Casi al mismo tiempo se lanzaban a la Insurrección Popular Sandinista, u Ofensiva Final, los Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares de la Ciudad de Matagalpa, comandados por Bayardo Arce Castaño, uno de los miembros de la Dirección Nacional Histórica por parte de la Tendencia “Guerra Popular Prolongada” (GPP).

El cinco de Junio de 1979 se desata la Huelga General Revolucionaria contra el régimen  somocista genocida, convocada por la Dirección Nacional Conjunta del FSLN (de las tres Tendencias: GPP, Terceristas y Proletarios) como parte de la Insurrección Sandinista u Ofensiva Final, para derrocar definitivamente  por la vía de las armas a la dictadura militar somocista.

Un día antes, el cuatro de junio de 1979 se registran ataques relámpagos a cuarteles militares de la Guardia Nacional somocista  en todo el país. Se producen emboscadas a patrullas de guardias y a convoyes militares, montados en camiones, que patrullaban dentro de zonas urbanas y en caminos rurales.

En Managua aparecen las primeras barricadas, construidas con adoquines, piedras canteras, troncos de árboles y latas viejas, particularmente en las entradas a las Colonias Américas Uno, Américas Tres y Américas Cuatro (Zona Oriental capitalina), en San Judas, en la Zona Suroccidental,  y bajo el semáforo del Reparto Linda Vista, Zona Noroccidental de Managua.

Estado de Sitio y Ley Marcial, más censura de prensa, especialmente de noche, han sido impuestos  por Anastasio Somoza Debayle y su dictadura militar en todo el territorio nacional.

El cinco de junio de 1979 Nicaragua es ya  un inmenso campo de batalla en contra de la dictadura militar somocista. “Por todas partes, la hoguera revolucionaria se enciende, golpeando con fuerza al régimen y las masas se reúnen como un solo hombre, como un solo brazo, como un solo puño de acero justiciero, para alcanzar la victoria sobre sus opresores.

“La Huelga General Revolucionaria es el preludio de la Insurrección armada de las masas, la antesala de grandes jornadas; desde todos los puntos debemos lanzarnos al combate, ¡a vencer o morir¡, a la batalla final, al asalto de la fortaleza enemiga. Que ninguna organización popular se quede atrás, las organizaciones populares, obreras, juveniles, femeninas, estudiantiles, deben estar adelante, en la primera fila de combate, al frente del pueblo, en la hora que habrá que decidir su destino”, expresaba un comunicado oficial del Frente Sandinista unido, clandestino, guerrillero, convertido ya en ejército popular revolucionario para el derrocamiento del aparato opresor somocista.

“Ha llegado la hora de ajustar cuentas. Para las masas es el preludio de la Ofensiva Final, del combate definitivo. Es el momento de lanzarse al asalto de la fortaleza enemiga”, expresaba otro comunicado de la Dirección Nacional Conjunta del FSLN, trasmitido por  Radio Sandino clandestina, que hacía labor agitadora, organizadora y de guía política y militar, en trasmisiones nocturnas, desde territorio costarricense, donde había sido instalada cerca de la frontera Norte de Costa Rica con Nicaragua.

“!Es  ahora o nunca. Vamos ¡Ya¡ al asalto de los cuarteles somocistas¡”, se gritaba en mítines relámpagos populares, de propaganda militar guerrillera sandinista, en Barrios, Colonias, Repartos y Asentamientos Humanos Espontáneos en Managua.

Estados Mayores del Frente Interno y Conjunto de Managua

110 Jefes Guerrilleros jefean Batalla Militar para derrocar a la dictadura en Managua

El Estado Mayor General del Frente Interno del FSLN, integrado por los Comandantes Carlos Núñez Téllez (Proletario), William Ramírez Solórzano (GPP) y Joaquín Cuadra Lacayo (Tercerista), (uno por cada una de las tres Tendencias), da la orden al Estado Mayor Conjunto de Managua de concentrarse (ubicarse) en la Zona Oriental-norte de la Capital;  y al Estado Mayor del FSLN de Masaya (también a los Estados Mayores Conjuntos de Carazo y Granada), les ordenan  pasar de inmediato a levantar o insurreccionar  a los pobladores de estas ciudades, especialmente en Masaya,  en contra del aparato opresor somocista  genocida.

El Mando militar y político del Estado Mayor General del Frente Interno del FSLN abarcaba, en junio de 1979,  Managua,  Masaya, Granada y Carazo.

Inicialmente, el Frente Interno del Frente Sandinista Guerrillero, clandestino, abarcaba casi todas las ciudades más importantes de la faja del Pacífico de Nicaragua y también pertenecía a este Frente Interno el Comandante Bayardo Arce Castaño, uno de los miembros de la Dirección Nacional Histórica del FSLN. Por la lucha insurreccional que ya estaba dándose en los primeros  días junio de 1979, Arce Castaño tuvo que trasladarse al Frente Norte “Carlos Fonseca Amador”, para hacerse cargo de sus operaciones militares insurreccionales. El Comandante de la Revolución, Luis Carrión Cruz (Tendencia Proletaria), de la Dirección Nacional Conjunta, en esos mismos primeros días de junio, se hizo cargo del Frente Oriental Carlos Roberto Huembes.

El Estado Mayor Conjunto del FSLN en Managua estaba integrado por Mónica Baltodano Marcenaros (GPP), Raúl Venerio Granera (Tercerista) y Oswaldo Lacayo Gabuardi (Proletario). El resto de integrantes de esta estructura  guerrillera para jefear la batalla militar revolucionaria justiciera contra la dictadura somocista genocida en Managua, eran, entre otros:

Ramón Cabrales Aráuz, José Ángel Benavidez, Marcos Somarriba García, Walter Ferrety Fonseca, Rolando “Cara Manchada” Orozco Mendoza, Walter Mendoza Martínez, Javier López Lowery, César Augusto “Moisés” Silva, Marcos “Taolamba” Largaespada Prado, Francisco “Chico Garand” Guzmán Fonseca, Róger “Camastrón” Cabezas Gómez, Federico López Argüello, William Antonio Pascassio (salvadoreño), Eduardo Cuadra Ferrey, Jorge Roustan Reyes, Claudio Picasso Ardito, Edgard Guerrero, Sergio Gómez Vargas, Douglas López Niño, Humberto del Palacio González, César Largaespada Palaviccini, William “Juan Grande” Montalván, Víctor Boitano Coleman,  Sergio “Liebre” Martínez Vega, Gabriel “Payo” Cardenal Caldera, Genie  Soto Vásquez, Adrián Meza Soza, Cristóbal “Gersán” Guevara Casaya, Douglas Mejía Obando, Mauricio del Carmen “Chepe Liebre” Kiel, Justo Rufino “Andrés” Garay Mejía, Martín Castellón Ayón, René Cisneros Vanegas, Miguel Ángel y Manuel Navarrete, Víctor “Bayardo, Dientes de Lata” Romero Pérez, Boanerges Munguía  Martínez, Wiliam Díaz Romero, Víctor, Carlos  y Mario Cienfuegos Aburto, Iván García Abarca, Arnoldo Real Espinoza, Silvio Porras García, Alba Luz Portocarrero Ramos, Soraya Hassan Flores, Jorge Corea Briones, Jorge Esquivel Acevedo, Adolfo Aguirre Sthatadgen y Eva Adilia Solís.

También se distinguieron Combatientes orgánicos sandinistas, bien entrenados política y militarmente, con dotes de jefes y con cargos militares asignados (hombres y mujeres), como: Rafael Solís Cerda, Moisés Hassan Morales, Marcos Valle Martínez, Lea Guido López, Glenda Monterrey Vásquez, Julio López Campos, Aristeo Benavidez, Carlos “Paco” Miranda, Carlos Duarte, Oscar Lino Paz Cubas, Iván García Abarca, Justo Rufino Garay Mejía, Alejandro Mairena Obando,  Erick “Martín” Castellón Ayón, Frank “Machillo” González Morales, Juan Carlos Soza Aragón, Humberto del Palacio González, Carlos Alberto “Sobrino” Dávila Sánchez, Lucío Jiménez Guzmán, Elizabeth Pinell,  Ibis “Negra” Hernández, Darmalila Carrasquilla, Isabel “Venancia” Castillo, Mayra González, Danilo Norori; Víctor, Mario y Carlos Cienfuegos Aburto; Pedro Ortiz Sequeira, Salvador Ramiro García Ramírez, Santiago Núñez Solís.

La Comisión Política y de Propaganda Revolucionaria la integraban:   Julio López Campos, Marcos Valle, Glenda Monterrey Vásquez, Lea Guido López y Moisés Hassan Morales. El general Humberto Ortega Saavedra, uno de los tres miembros de  la Dirección Nacional por la Tendencia Tercerista, en su libro “La Odisea por Nicaragua”, asegura que también eran miembros de esta Comisión Política y de Propaganda el profesor Pedro Ortiz Sequeira y Lucío Jiménez Guzmán. Ortiz Sequeira fue el primer secretario general de la Central Sandinista de Trabajadores (CST) y Jiménez Guzmán Secretario General de la misma CST en casi toda la década del 80.

En esos mismos días insurreccionales de junio de 1979 se había publicado en medios informativos locales que la Guardia Nacional tenía alrededor de 13 mil efectivos entre soldados y oficiales, más 12 mil “orejas” (agentes oficiales emplanillados y espías pagados y “voluntarios”) de la Oficina de Seguridad (OSN, policía política) y del llamado “Servicio Anticomunista” (SAC), centenares o varios miles de “jueces de mesta”, centenares de paramilitares, los grupos organizados de AMROCS o militares somocistas retirados, centenares de militantes del Partido Liberal Nacionalista (PLN) o partido político oficial de la familia Somoza y de la dictadura somocista, los “escuadrones de la muerte” (“Mano Blanca”, le decían los somocistas), los torturadores, ¿cuántos eran?, los matones a sueldo como aquellas bandas de asesinos llamados López, Acevedos, “Socorreños” y Chavarrías en León; las escuadras de matones de Juan Palacios en Matagalpa, por ejemplo, todos  al servicio mercenario completo del aparato dictatorial; la “Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería” (EEBI), que era casi otro ejército dentro de la Guardia Nacional, jefeada personalmente por Anastasio Somoza Portocarrero (“Chigüin”), hijo del tirano Anastasio Somoza Debayle, entrenados sus miembros para matar gente  u opositores al régimen, y convertidos en convencidos enemigos a muerte de la población nicaragüense; mercenarios coreanos, hondureños, salvadoreños, argentinos, etc., como aquel tal Echanis, quienes eran especialistas en matar seres humanos mediante degollamientos con cuchillos y bayonetas, descuartizamientos y desapariciones de cuerpos mediante incineraciones; y “turbas nicolasianas”, en realidad llamadas  “Frentes Populares Somocistas”, encabezadas por Nicolasa Sevilla, especializados en atacar gente en vecindarios y cárceles, para sembrar miedo colectivo en nombre y representación  del aparato monstruoso opresor del somocismo genocida.

Vale recordar aquí que una cantidad, seguramente mayoritaria, de soldados rasos y oficiales de rangos bajos, habían salido de las haciendas de Anastasio Somoza García y de la Familia Somoza, donde eran operarios y empleados, e incorporados como “alistados” de la Guardia Nacional. Los colocaban en entrenamientos breves en la Academia Militar del somocismo genocida y luego los ubicaban en cuarteles y patrullas móviles, mientras permanecían analfabetas.

Muchos de aquellos guardias fueron sacados de la Hacienda Montelimar, en Villa del Carmen (Villa Carlos Fonseca Amador), de los alrededores de Somoto, en el Departamento de Madriz; y provenientes de sectores humildes, aprovechándose la tiranía del desempleo reinante y de la pobreza inducida por el mismo saqueo de la dictadura somocista y de la oligarquía de terratenientes, comerciantes e industriales grandotes y banqueros de Nicaragua, todos ellos amigazos de Anastasio Somoza Debayle.

También hubo coroneles, como Alesio Gutiérrez, esbirro somocista muy malvado y extraordinariamente represivo, que no había egresado de la Academia Militar. Llegó a ese rango por su accionar represivo, de torturador y de ladrón. Igual eran los “orejas” y “soplones”, los agentes de la Oficina de Seguridad, los “jueces de mesta”, los paramilitares y los integrantes de los “escuadrones de la muerte”.

¿Cuántos eran, en realidad, la cantidad de soldados y oficiales de la Guardia Nacional e integrantes del aparato opresor del somocismo en junio de 1979?  No hay datos precisos. ¿serían unos 100,000 en total? ¿Tal vez más?

Este sistema opresor del somocismo genocida perseguía especialmente a jóvenes, ya fuesen estudiantes de secundaria y universitarios; opositores políticos al régimen, obreros organizados en sindicatos y campesinos involucrados en la lucha contra el somocismo; a todos los que fuesen “sospechosos” de atentar contra el “orden establecido”, incluyendo a niños como Luis Alfonso Velásquez Flores y Manuel de Jesús “Mascota” Rivera, asesinados ambos, respectivamente en Managua y Jinotepe. Todos, por ser “sospechosos”,  eran apresados, torturados, desaparecidos y asesinados de manera atroz por estas bandas de asesinos del engendro monstruoso del somocismo, especialmente ya en los años 1975, 1976, 1977, 1978 y, por supuesto, en 1979.

El doctor Emilio Álvarez Montalván (recién fallecido), conservador, y  miembro de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, asegura  en su libro “Las Fuerzas Armadas en Nicaragua”, que desde su fundación formal en 1926 hasta 1975, la Guardia Nacional mediante su Academia Militar había producido 30 promociones con un total de 702 oficiales. Claro, no se contaban quienes eran oficiales que llegaban a esos cargos y rangos por medio de su demostración de verdaderos asesinos despiadados, torturadores de oficio, represores sin escrúpulos, como fue el caso de Alberto “Macho Negro” Gutiérrez,  y el esbirro coronel Alesio Gutiérrez, por ejemplo.

Además, en esos mimos días de junio de 1979, por medio de publicaciones periodísticas, se decía también que la Guardia Nacional con sus batallones élites, comandos sedes en cada una de las ciudades cabeceras departamentales y municipales, tenía centenares de toneladas de armas automáticas de guerra y municiones, y que sólo el régimen sionista criminal de Israel le había traído recientemente, en secreto, cinco mil fusiles nuevecitos, muchos de los cuales eran M-16, Galiles,  y no menos de un millar de ametralladoras calibres 50 y 30.

Otro dato publicado después del Triunfo de la Revolución Popular Sandinista es que Anastasio Somoza Debayle hizo también una compra de 10,000 fusiles Galil en 1977, los cuales fueron encontrados en su bunker de la Loma de Tiscapa, después de su huida cobarde el 17 de julio de 1979. Estos fusiles, más municiones, artillería, tanques y tanquetas, le eran suministrados a Anastasio Somoza Debayle y su guardia somocista genocida por Estados Unidos y el régimen sionista racista de Israel.

Es decir, varios miles de fusiles y municiones no fueron usados para repeler la Insurrección Popular Sandinista porque no les dio tiempo, o porque, como se ufanaba el esbirro coronel Nicolás Valle Salinas: “Tenemos armas y municiones para combatir 100 años, si queremos”. Sin embargo, fueron derrotados por la “chapiollada” de Combatientes Populares, que saltaron insurrectos y disparando a las calles decididos a expulsarlos del poder político, definitivamente.

Se afirmaba en los primeros meses del año 1979 que esa misma Guardia Nacional somocista genocida tenía decenas de miles de morteros y rockettes, decenas de miles de bombas de fragmentación, varios miles de bombas de 500 y mil libras,  para lanzarlos desde aviones y edificios altos contra la población civil del país, más, ¿cuántos?, centenares de tanques  y tanquetas dotados de ametralladoras y cañones, aviones Push and Pull artillados con rockettes, aviones con ametralladoras calibres 50 y 30, instaladas en sus lados para disparar ráfagas desde arriba a las poblaciones civiles; helicópteros listos para dejar caer bombas de 500 y mil libras sobre las ciudades de Managua, León, Masaya, Jinotepe, Jinotega, Estelí, Condega, Matagalpa, Ocotal, Chinandega, Rivas, etc.

Estos aviones eran, entre otros, varios jets T33, numerosos Push and Pull, varios Douglas C-47 Dakota, decenas de helicópteros UH-1H, H34s y OH-6As, también decenas de avionetas CESNAS 337, CASAS C.212, IAI-201 Aravas, todos los cuales habían sido acondicionados para lanzar bombas, morteros, rockettes y ráfagas de ametralladoras desde el aire contra las poblaciones civiles, en contra de movimientos de guerrilleros y trincheras de combates del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Y claro por estos motivos coroneles de la Guardia Nacional somocista genocida, como Nicolás Valle Salinas, jefe de la llamada “Central de Policía”, o Cárceles tenebrosas y mortales de “La Aviación”, que en realidad eran dependencias de la misma Guardia Nacional, se ufanaban al declarar y amenazar con “tenemos armas y municiones para combatir 100 años, si queremos”, lo cual se le escuchaba decirlo mediante el sistema de radiocomunicaciones cuartelarias de la GN.

En Managua, además de la sede de los batallones, incluyendo a la “Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería” (EEBI), la Guardia Nacional tenía regados 16 cuarteles o comandos llamados “Secciones de Policía”, incluyendo la “Treceava Sección de Policía” (“Sierra 13”, le decían los guardias”), centro tenebroso de encarcelamientos masivos de pobladores del Oriente capitalino, más torturas y asesinatos ejecutados por el sargento GN Alberto “Macho Negro” Gutiérrez, uno de los personajes más odiados por la población de Managua.

Managua, Capital de Nicaragua, por supuesto era como el “corazón” del aparato opresor del somocismo dictatorial genocida desde hacía ya casi 45 años.

“La idea de la Ofensiva Final había prendido entre las masas populares; se intensifican las acciones de boicot y hostigamientos militares, la idea de la Huelga General está presente y todo el mundo espera atento su estallido”, señala el Comandante Carlos Núñez Téllez en un informe  convertido  en el libro: “Un Pueblo en Armas”, cuando la batalla insurreccional está por comenzar en Managua.

“Se hace necesario dar pasos audaces, pasos rápidos, para evitar que la dictadura concentre toda su capacidad de fuego, todo su poder de aniquilamiento, todo su aparataje militar, para desalojar de las posiciones a los combatientes del Frente Sur Benjamín Zeledón y expulsarlos fuera del territorio”, analizaba en aquellos momentos el Comandante Núñez Téllez, jefe del Estado Mayor General del Frente Interno del FSLN, cuyos miembros clandestinos tenían la misión de desencadenar la Insurrección Popular, u Ofensiva Final, en Managua, Masaya, Carazo y Granada.

El Frente Interno (Comandantes Núñez Téllez, Ramírez Solórzano y Cuadra Lacayo), el cinco de junio de 1979 le da orden al Estado Mayor de Masaya, jefeado por Hilario Sánchez Vásquez y  Alma Luby Morales (ya fallecida), que procedan a desatar la batalla revolucionaria libertaria en Masaya, mediante acciones militares inmediatas, para que los guardias genocidas, comandados por el general GN somocista genocida, Fermín Meneses Cantarero, con el fin de obligarlos a que se reconcentren en su cuartel, ubicado frente al parque central, para que se inmovilicen y no entorpezcan el desencadenamiento de la  Insurrección Sandinista Libertaria en Managua.

¿Cuántos Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares, o milicianos, tenía el Frente andinista guerrillero, unificado, convertido en Ejército Guerrillero Libertario potente, en los primeros días de junio de 1979? ¿Cuántos hombres ( mujeres también) y armas tienen en Managua el Estado Mayor Conjunto del Frente Interno y el Estado Mayor de Managua al momento de hacer explotar la Insurrección Popular Sandinista, u Ofensiva Final, en los primeros días de junio de 1979?

Según William Ramírez Solórzano (ya fallecido), uno de los tres jefes revolucionarios del Frente Interno: “En ese momento nosotros contábamos con quinientos hombres-armas: doscientos cincuenta con armas orgánicas de guerra y doscientos cincuenta con armas de cacería, potentes.

“Las armas de guerra más eficaces que poseíamos eran cinco lanza-cohetes RPG-2 antitanques con cinco tiros cada uno, tres ametralladoras de cinta calibre 30 y dos ametralladora MAC de cinta con cincuenta tiros cada una.

“El resto eran fusiles Garand y Fal, y carabinas. Entre las armas de cacería, potentes, estaban las escopetas de repetición, los fusiles (rifles) 22 de repetición semiautomáticos y las armas con miras telescópicas.

“Existían otros quinientos hombres con armas auxiliares como revólveres, pistolas automáticas, escopetas y fusiles de tiro. Una gran gama de armas de esa naturaleza. Entre éstas no se incluían las bombas de fabricación casera. Ahora bien, es necesario aclarar que sólo el setenta por ciento de estos elementos pudieron ser concretados en la Zona principal de combate”, indicaba el Comandante Ramírez Solórzano cuando fue entrevistado sobre este tema en particular por la periodista y escritora chilena Marta Harnecker, en los primeros meses de 1980, para publicarlo  en su libro “Pueblos en Armas”.

A la cantidad de “hombres-armas” y los tipos de armas en las manos de Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares ya entrenados, debe agregarse una enorme cantidad de bombas de contacto, potentes, poderosas, temibles, ya en manos de las columnas combativas y que tanto daño mortal y material le causaban a la Guardia Nacional somocista genocida y a sus agentes opresores.

¿De dónde habían salido los Jefes Guerrilleros, o militantes del FSLN clandestinos ya entrenados política y militarmente? ¿De dónde estaban apareciendo los Combatientes Populares y Milicianos en aquellos primeros días de junio de 1979?

Los Jefes Guerrilleros en rigurosa clandestinidad, después de abandonar voluntariamente comodidades, con profundo sentido patriótico y revolucionario, y dejar en sus comunidades a sus familias pobres y acomodadas, habían pasado por varios meses y años, recién pasados, entrenándose en montañas, en sitios muy aislados y aquí mismo en los Lomos de El Crucero (Cordillera Sur de Managua), en el Complejo Volcánico de Masaya y en la Península de Chiltepe, también volcánica, en cuyo interior hay numerosas fincas ganaderas, más la Laguna misteriosa de Apoyeque,  y rodeada Chiltepe por el legendario Lago Xolotlán o de Managua, por ejemplo.

Inclusive, en el mes de mayo y primeros días de junio de 1979, estos Jefes Guerrilleros ya formados, entrenaban aceleradamente en manejo de armas de guerra y de cacería a varios centenares o miles de Combatientes Populares y Milicianos dentro de centenares casas de seguridad y en sitios en que tenían buzones de armas en Managua, León, Chinandega, Masaya, Granada, Carazo, Rivas, Matagalpa, Estelí, Somoto, Ocotal, Boaco, Juigalpa, Bluefields, etc., incluyendo en casas de seguridad en pueblos como La Paz Centro, Nagarote, Tipitapa…

Cabe decir también que estos integrantes del Frente Sandinista de Liberación Nacional, revolucionario, clandestino, con el plan de derrocar a la dictadura militar somocista y establecer un nuevo sistema político, económico, de gobierno y de justicia social en favor de los oprimidos, habían salido precisamente del seno de los oprimidos: Obreros fabriles y agrícolas, campesinos pobres, estudiantes universitarios, estudiantes de secundaria, intelectuales progresistas, profesionales y técnicos, empresarios medianos y pequeños, niños como Luis Alfonso Velásquez Flores y Manuel de Jesús “La Mascota” Rivera, nicaragüenses totalmente marginados por la dictadura somocista y hasta delincuentes que también tomaron  las armas en las manos y se fundieron en la contienda militar popular, para derrocar al régimen sanguinario somocista y proyanqui instalado en Nicaragua desde 1927 por el gobierno de Estados Unidos de Norteamérica.

En esas casas de seguridad mencionadas se les enseñaba asimismo cómo desplazarse disparando, cómo disparar parapetados, cómo arrastrarse, cómo no desperdiciar los escasos tiros existentes,  formas de comunicarse con sus compañeros y compañeras de combate, cómo ir haciendo para arrebatarles armas a los enemigos somocistas.

Así de práctica, “sobre la marcha”, fue la lucha armada insurreccional revolucionaria, sandinista, en Managua, dirigida audaz, valiente y genialmente por 110 Jefes Guerrilleros en Managua,  Capital de Nicaragua. Sólo en San Judas, Suroccidente de Managua,  había 53 casas de seguridad, lo cual me dejó sorprendido cuando lo supe.

El Comandante Carlos Núñez Téllez y la Comandante Mónica Baltodano Marcenaros, respectivamente integrantes del Frente Interno y del Estado Mayor Conjunto del FSLN en Managua, coinciden en sus informes a la Dirección Nacional Conjunta de que en la toma e Insurrección de Managua participan directamente 110 Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares bien entrenados militar y políticamente, para dirigir las acciones insurreccionales en la Capital, para desarrollar el Plan Militar Insurreccional, destinado a sostenerse tres días en territorio capitalino, con el fin de empantanar a la Guardia Nacional, para que no pueda mover tropas ni al Sur, ni al Oriente, ni al Norte, ni a Occidente.

La toma de las Zonas Oriental y Occidental y resistencia insurreccional en Managua duró 18 días con combates, hostigamientos, emboscadas y persecución y ejecución sistemática a los esbirros o guardias (“orejas”, “jueces de mesta”, paramilitares, matones a sueldo),  que enloquecieron al mando militar somocista genocida, hasta que se produjo el Repliegue Táctico de Managua a Masaya, el 27 de junio de 1979, en la noche.

El Comandante Humberto Ortega Saavedra, uno de los tres Comandantes de la Revolución de los Terceristas en el Frente Sandinista de Liberación unificado, informaba al momento de desatarse la Insurrección, u Ofensiva Final en todo el país,  que el FSLN tenía (en todo el país) un contingente de unos cinco mil combatientes organizados (Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares); unos dos mil con fusiles de guerra, y el resto con armas cortas y de cacería.

Como parte del aparato de guerra popular estaba también en Managua y resto de ciudades de Nicaragua el Movimiento Pueblo Unido (MPU), integrado por centenares de activistas políticos y propagandistas insurreccionales, encargados de la propaganda revolucionaria ante la población civil y para levantar la moral de los Combatientes Populares.

Se contaba asimismo con una red amplísima de correos clandestinos, de espías y colaboradores,  más varios miles de miembros de los Comités de Defensa Civil (fundados durante la Insurrección experimental de septiembre de 1978). Estos últimos eran los encargados de conseguir comida para los combatientes, de obtener medicinas para curar heridos, de trasladar los heridos de los escenarios de combates hacia hospitales clandestinos.

Y también se contaban, por supuesto, y eran vitales, los hombres y mujeres, centenares de familias enteras, que prestaban sus viviendas para convertirlas en casas de seguridad para Jefes Guerrilleros y Combatientes, y para tener escondidos buzones de armas y municiones en patios, en árboles, en paredones de cauces y dentro de las viviendas, y, al mismo tiempo, trasladar esas armas y municiones de un lugar a otro para ser usadas en los combates contra los guardias nacionales sus esbirros y sicarios.

Inclusive, se contaba también con las trasmisiones clandestinas de Radio Sandino, la cual estaba instalada en territorio costarricense, según informes oficiales del Comandante Humberto Ortega Saavedra. Radio Sandino había comenzado sus trasmisiones, mayoritariamente nocturnas, en noviembre del 1978.

Entre noviembre de 1978 y junio de 1979, por medio de Radio Sandino clandestina, se agitaba con argumentos convincentes acerca de que ya era el momento de insurreccionarse en Nicaragua para derrumbar el aparato opresor somocista monstruoso; se daban instrucciones para lanzarse a la Huelga General contra el somocismo; se trasmitían lecciones sobre manejo y desarme de armas de guerra y de cacería, y al mismo tiempo se indicaba cómo defenderse de los bombardeos aéreos del somocismo genocida, y se indicaba qué hacer al momento de la Insurrección Sandinista en todo el país.

En Radio Sandino clandestina se afirmaba que la Insurrección Sandinista contra el somocismo genocida debían protagonizarla juntos el Frente Sandinista clandestino, los Combatientes Populares y Milicianos, las masas populares organizadas o población en general y todos aquellos que voluntariamente se integraran a los combates libertarios que se avecinaban de forma irremediable.

Por medio de Radio Sandino clandestina se informaba cómo avanzaba  la organización insurreccional en todo el país. Se emitían relatos pormenorizados de emboscadas a la Guardia Nacional, de combates y hostigamientos, de ejecuciones sumarias o fusilamientos a  “orejas”, a torturadores de la Oficina de Seguridad (OSN, policía política con cárceles horribles en la Loma de Tiscapa), a “jueces de mesta”, se anunciaba la Insurrección, u Ofensiva Final, se trasmitían instrucciones  sobre cómo hacer barricadas y trincheras de combate, sobre cómo hacer bombas de contacto, y se afirmaba:  “De esta no se escapa ningún somocista”.

En Managua, por ejemplo, captábamos Radio Sandino clandestina en radios comunes, pequeños, mientras al mismo tiempo con radios de varias bandas y especiales captábamos las trasmisiones de la Guardia Nacional somocista genocida. En esas trasmisiones se daban las órdenes criminales para continuar matando gente en todo el país.

El Comandante Carlos Núñez Téllez le dijo a Marta Harnecker, periodista y socióloga chilena,  autora de “Pueblos en Armas”, que un grupo de Jefes Guerrilleros del FSLN clandestino, entre otros Cristian “Inca” Pérez Leiva,  se habían dedicado a la tarea heroica y peligrosa de hacer un mapa de los cauces de Managua, entre otros los de San Judas, Loma Linda, Torres Molina, San Patricio, Acahualinca, Santa Ana, Altagracia (Zona Occidental de Managua) y los vecindarios orientales capitalinos: Paraisito, Riguero, Larreynaga, San José Oriental, Campo Bruce, Larreynaga, El Edén, San Cristóbal, María Auxiliadora, El Dorado, Santa Julia, Jardines de Veracruz, Colonia Primero de Mayo, Omar Torrijos Herrera, Catorce de Septiembre, Nicarao, Don Bosco, Ducualí, Diez de Junio, Bello Horizonte, Santa Rosa, Blandón, Puente El Porvenir, Santa Bárbara, Maestro Gabriel, Salvadorita, Américas I, III y IV, más la descripción de edificios, Barrios, Colonias y Repartos.

También se incluían en el mapa los cauces del Barrio Los Laureles y Villa Libertad en el extremo Oriental de Managua, y los de Américas Dos, Las Mercedes, San Jacinto, Primavera, Waspán, Colonia Pedro Joaquín Chamorro y Riguero Norte, por el lado de la Carretera Norte.

Marta Harnecker es una socióloga y periodista marxista-leninista, de origen austríaco, autora de 82 libros sobre temas sociales y revolucionarios, es Directora del Centro de Investigaciones Memoria Popular Latinoamericana de La Habana y directora del Centro Internacional Miranda de Caracas, Venezuela.

Este mapa de interés militar insurreccional sandinista contemplaba sobre cómo usar los cauces como defensa natural frente a ataques de la Guardia Nacional somocista genocida, dónde ubicar barricadas o trincheras de combates, pozos tiradores, dónde hacer zanjas para impedir el paso de equipos militares pesados y livianos de la Guardia criminal.

Este equipo de revolucionarios sandinistas estuvo durante varios meses haciendo ese mapa, en el terreno de Managua, con la visión objetiva clara de dónde posesionarse en las Zonas Occidental y Oriental al momento de desatar la Insurrección, u Ofensiva Final de junio de 1979.

Estos mapas militares cayeron en poder de la Guardia Nacional somocista genocida el 12 de mayo de 1979, día en que numerosas patrullas de asesinos y sicarios hicieron una orgía de sangre en el Balneario de Xiloá, en el Oeste de Managua,  donde masacraron a Cristian “Inca” Pérez Leiva, Ricardo Orúe Navarro y a Omar Hassan Morales, y a los niños Constantino Chamorro Mejía y Juan Bosco González Chamorro. También asesinaron ese día al conocido empresario capitalino Alfonso González Pasos, a Francisco Jarquín y Sandra Delgado.

A pesar de este revés peligrosísimo para los planes militares insurreccionales, el plan militar insurreccional en Managua siguió su marcha, según los Comandantes Carlos Núñez Téllez, William Ramírez Solórzano y Joaquín Cuadra Lacayo, los tres miembros integrantes del Estado Mayor General del Frente Interno, ubicado ya en esos momentos en Managua.

Este Plan Militar contemplaba, antes de ser capturado por la Guardia Nacional genocida, que las Zonas Suroccidental y Noroccidental capitalinas serían la Zona Principal de combates insurreccionales, y que la Zona Oriental-norte quedaría como Zona Secundaria, de distracción contra la soldadesca de la dictadura somocista. Al caer el Plan Militar, o Mapa, en manos de la tiranía somocista, el Estado Mayor General del Frente  Interno cambia el Plan Militar y convierte la Zona Oriental-norte de Managua en la Zona Principal de la Insurrección Popular Sandinista.

Sobre ese Plan Militar Insurreccional, el Comandante Ramírez Solórzano expresó lo siguiente: “En primer lugar, tener una visión objetiva de la realidad, de las fuerzas con que cuenta el enemigo y de las fuerzas propias; saber cuál es la misión militar que va a cumplir cada grupo de hombres, cada lugar, dentro del plan general; tomar en cuenta fundamentalmente el papel de las masas populares.

“El problema de las armas es sin duda vital, pero más vital es el problema de las masas populares. Sin la participación de las masas, nosotros no hubiéramos triunfado. Es importante que todo movimiento revolucionario se ligue a las masas populares, que se identifique totalmente con el pueblo.

“Lo primero que hicimos, por lo tanto, al elaborar el plan militar, fue un recuento de nuestras fuerzas y del tipo de armamento que teníamos; luego señalar las particularidades de las Zonas donde íbamos a combatir; la Zona Principal y la Zona Secundaria; el tipo de combate que se iba a librar allí y la disposición de armas para este tipo de combate.

“Lógicamente, se analizó las fuerzas del enemigo, los puntos débiles nuestros; las formas internas de organización y disciplina que íbamos a poner en práctica. Asimismo, la definición correcta del plan, la explicación del plan a los jefes principales, la forma en que este plan debe bajar a los compañeros que lo van a ejecutar; tratar de garantizar el abastecimiento necesario para los combates que se iban a realizar.

“Además de esto existió un trabajo político militar anterior, de meses de por medio, del cual nosotros llegamos a tener clínicas clandestinas, depósitos o buzones de armas”, explicaba el Comandante Ramírez Solórzano.

La Insurrección Popular es un arte revolucionario

Sobre  la Insurrección Sandinista, el Comandante Humberto Ortega Saavedra, integrante del grupo de los Terceristas, en su libro “Sobre la Insurrección”,  sostiene y analiza:

“La Insurrección armada es un tipo especial de lucha política, sujeta a leyes específicas, y al igual que la guerra, es un arte. El Arte Insurreccional tiene su regla principal en la ofensiva. La Insurrección siempre es la explosión de una presión económico-política insoportable.  Su esencia reside en escoger la oportunidad propicia para volcar todas las fuerzas disponibles sobre el enemigo, asestándole golpes demoledores y decisivos”.

Continúa Humberto Ortega Saavedra: “Desde un punto de vista más práctico, la Insurrección es el hecho militar, la batalla en las calles, mediante las cuales la Revolución se apodera del Poder. Es un acto durante el cual una parte de la población impone su voluntad a otra, mediante los fusiles, las bayonetas, los cañones, es  mediante elementos extraordinariamente autoritarios”.

Añade Humberto Ortega Saavedra: “La ofensiva no es sólo la última acción para el ataque final, sino toda una serie de actividades que preparan el remate decisivo. Ésta no se desencadena en un día, por el contrario es el fruto de una preparación constante de meses y años, y viene a ser el resultado de muchos esfuerzos positivos y negativos en busca del golpe estratégico determinante. El combate será móvil y flexible, las masas populares deberán eliminar tanto a los jefes civiles como militares enemigos”.

El Plan Militar Insurreccional de Managua contemplaba desatar la insurrección contra la Guardia Nacional somocista genocida y sostenerse tres días, y luego retirarse. Sin embargo, la población insurreccionada, los Combatientes Populares o Milicianos aún sin buenas armas  de guerra, sin suficientes municiones, sí, aun  así, protagonizaron una batalla, con decenas de combates ofensivos y defensivos, que duró  18 días en Managua, la Capital de Nicaragua.

Mediante una entrevista  con la mencionada periodista Marta Harnecker, el Comandante Carlos Núñez Téllez describió el Plan Militar Insurreccional de Managua, de la siguiente manera:

“La lucha militar en Managua no podía ser pensada como una lucha insurreccional típica con sus leyes políticas y militares de permanente ofensiva, sino como una lucha de resistencia cuyo objetivo fundamental era el empantanamiento de las fuerzas enemigas. Managua sólo podía lanzarse a la ofensiva cuando las fuerzas estratégicas de los Frentes Guerrilleros avanzaran sobre la Capital. Por ello se elabora un plan militar eminentemente defensivo: resistir durante dos  o tres días hasta que se logre el avance hacia la Capital de las fuerzas estratégicas.

“El plan militar contemplaba inicialmente la concentración de nuestras fuerzas en dos áreas principales de la Ciudad (de Managua), que debían transformarse en Zonas Liberadas: el área Oriental y el área Occidental

“Posteriormente, se decide concentrar las fuerzas sólo en la Región Oriental. Lo que nos hizo adoptar esta determinación fueron varias razones, entre ellas las particularidades geográficas de la Zona, donde existían cauces que eran verdaderas defensas naturales. Por otra parte, esa Zona (Oriental) se caracterizaba  por su mayor combatividad, por más altos niveles de organización, producto de un trabajo más largo del FSLN entre sus pobladores.

“Tomando en cuenta estos cauces y las escasas entradas que debido a ello tenía esta Zona, se determinaron los puntos donde debían ser colocados los grupos armados y las trincheras defensivas.

“Estas fuerzas  disponían de fusiles y ametralladoras M-30 o MG-42.

“En la Zona Occidental (de Managua) las fuerzas sandinistas debían implementar una actividad militar móvil, de hostigamiento, de golpes fulminantes, de estancamiento de las fuerzas enemigas, basada fundamentalmente en el apoyo de combativos sectores de masas, ubicados en los Barrios”.

Despistar  y golpear a los guardias

El Comandante Joaquín Cuadra Lacayo agrega:

“La función de nuestras fuerzas sandinistas en la Zona Occidental (de Managua) era fundamentalmente despistar al enemigo y evitar que en las primeras horas descubriera cuál era nuestro movimiento principal. Mientras tanto, nosotros debíamos hacernos fuertes en el área (Oriental-norte) que habíamos escogido, debíamos atrincherarnos, organizarnos cuidadosamente para los combates que se avecinaban.

“El Plan militar de Managua fue el mejor elaborado de todos los del Frente Interno. (El Frente Interno del FSLN clandestino comprendía: Managua, León, Masaya, Carazo y Granada). Casi todos los que trabajaron en él,  están muertos.

“Era gente con una extraordinaria capacidad. Se dedicaban por la mañana a hacer el Plan Militar y por la tarde a recorrer el terreno palmo a palmo. Estudiaban dónde debía situarse cada Barricada, de qué a qué esquina, dónde estaban los cauces, el tipo de construcciones existentes allí, si había o no edificios altos, los nudos de comunicaciones, de dónde viene esta calle y para dónde va.

“Todo este estudio de planificación militar minucioso era un estudio eminentemente artístico. El Plan militar iba al detalle de determinar la cantidad de hombres y el número y el tipo de armas que se necesitaba para defender de tal punto a tal punto.

“Tenía  una parte real y una parte táctica. Allí se planteaba que para atender una determinada actividad se necesitaban determinados elementos que en ese momento no existían, pero que podían ser conseguidos posteriormente”, recuerda el Comandante Cuadra Lacayo.

Interviene nuevamente el Comandante Carlos Núñez Téllez: “Pero los hechos no ocurrieron tal como los habíamos planificado. Antes de que se lance la Huelga General se inicia la Ofensiva militar sandinista en el Frente Sur Benjamín Zeledón.

“El Frente Interno empieza a efectuar los movimientos militares planificados. El Plan militar para Chinandega en cuanto al cerco no funciona; estalla la Insurrección en León y Masaya, y luego se inicia la Huelga General.

“Una experiencia importante en el diseño del Plan Militar —añade el  Comandante Cuadra Lacayo-  fue la decisión de aguantar al máximo cada nuevo golpe propinado al enemigo, cada nueva ciudad que se insurreccionaba. La lucha en El Naranjo, Rivas, se aguanta al máximo; cuando ya no se podía, se aparece el Frente Norte, y cuando éste estaba a punto de ceder, aparece Occidente, y luego se tira (insurrecciona) Masaya.

“Por supuesto que esto significaba estar frenando a las masas populares (organizadas y no organizadas), deseosas de entrar en combate contra la tiranía somocista. Ellas, esas masas populares, no saben que el FSLN tiene un Plan  Militar de desencadenamiento  sucesivo de la Insurrección, u Ofensiva Final.

“Imaginate  cómo estaba la situación anímica de las masas populares en Managua: Occidente Insurreccionado, el Norte insurreccionado, todos los alrededores de Managua: ¡Masaya, Granada y Carazo, insurreccionados¡

“Había casi que amarrar a los Combatientes Populares, tenerles encerrados para que no se salieran fuera del Plan. Y como de  Managua salían muchos refuerzos de la Guardia Nacional hacia Occidente y Masaya, la situación se torna difícil en esos lugares.

“A pesar de que el FSLN implementa en cada lugar el Combate al enemigo en movimiento, sacando grandes contingentes de las ciudades hacia las carreteras para enfrentar allí a las fuerzas enemigas, no logra definir la guerra a su favor.

“Esto hace que se presione a la Dirección Sandinista en Managua cumpla su papel, para que impida la salida de refuerzos militares GN hacia los departamentos (o ciudades fuera de Managua).  Ésta (la Dirección de Managua) advierte que le es muy difícil realizar acciones militares en la Capital y luego replegarse, tanto por el grado de alerta en que está el enemigo (somocista) que teme que Managua se le venga encima en cualquier momento, como por la efervescencia popular (pobladores listos para lanzarse a la Insurrección) que puede interpretar esas acciones armadas como el comienzo de la Insurrección, u Ofensiva Final.

“A pesar de eso, la Dirección del Frente Interno insiste ante el Estado Mayor de Managua  en que  en la noche del ocho de junio saque al menos el 30 por ciento de sus fuerzas, a combatir en las calles. Esas fuerzas salen, pero no pueden replegarse, al día siguiente, el 9 de junio, continúan combatiendo. Se empiezan a insurreccionar numerosos Barrios Populares. Ya el pueblo no resiste más  quedarse en sus casas.

Masas populares desatan  la Insurrección

“En esos momentos, el Estado Mayor del FSLN  de Managua, como la máxima dirección del Movimiento Pueblo Unido (MPU), como nosotros, los máximos dirigentes del Frente Interno, estábamos concentrados en casas de seguridad en zonas fuera del área principal de combate.

“La Insurrección se nos había adelantado. Todo Managua estaba prendido, ya  había barricadas por todos lados, carros quemados en las calles. Ya era una situación de guerra generalizada.

“Entonces, decidimos trasladarnos a la Zona Principal. Pero como el estallido insurreccional popular se nos adelantó, no logramos concentrar la cantidad de hombres y de armas que habíamos previsto para esa Zona.

“Durante los dos días posteriores a nuestra llegada, se hacen todos los trabajos: atrincherarnos bien, cerrar los últimos huecos, disponer ordenadamente nuestras fuerzas, distribuir correctamente las armas, recorrer el lugar muchas veces. Tuvimos que presionar a muchos compañeros que estaban luchando en los barrios adyacentes para que entraran a la Zona Principal, donde, de acuerdo al Plan Militar Insurreccional, se había decidido concentrar el máximo de fuerzas combativas nuestras.

“Se resistían a venir porque eso significaba agarrar a sus hombres (y mujeres) y sus armas y dejar abandonadas a las masas populares. Esos jefes militares decían: “Éste es mi barrio, ésta es mi gente, se han pasado tres o cuatro días combatiendo, ¿cómo los voy a abandonar, ¿cómo los voy a dejar desguarnecidos frente a la represión somocista? Nosotros entendíamos que era una situación muy difícil, pero era necesario dar ese paso para asegurar el éxito de nuestro Plan Militar.

“Esto se hace evidente –continúa el Comandante Núñez Téllez—sobre todo cuando el enemigo empieza a neutralizar todas las áreas insurreccionales restantes hasta que no queda sino el área principal. Heroicos compañeros murieron en esos combates, sabiendo de antemano que esas eran áreas secundarias, que su objetivo era asegurar el  Área Principal”.

Plan insurreccional de 3  días  convertido  en 18 días

Cabe detenerse un poco en esta parte para indicar que los Comandantes Carlos Núñez Téllez, William Ramírez Solórzano y Joaquín Cuadra Lacayo, los tres miembros del Estado Mayor General del Frente Interno, se instalaron inicialmente en una casa del Barrio Paraisito, en las cercanías del Puente del mismo nombre, en la orilla de la Pista de la Resistencia Sandinista, o “By Pass”, entonces y colindante con los Barrios “Campo Bruce”, hoy Rigoberto López Pérez y San José Oriental.

La Comandante Mónica Baltodano Marcenaros relata por su lado que el Estado Mayor Conjunto del FSLN en Managua entró, ingresó, por el Barrio Riguero, de donde cruzaron al Reparto El Dorado, donde también se alojó posteriormente el Estado Mayor General del Frente Interno. Este cruce del Estado Mayor de Managua (Mónica Baltodano Marcenaros, Raúl Venerio Granera y Oswaldo Lacayo Gabuardi) se hizo por medio de un puente metálico colgante que había entre el Barrio Riguero, por el Este, y la Pista El Dorado, colindante con el Reparto El Dorado, el cual a su vez colinda con el Barrio San Cristóbal y las Colonias Diez de Junio, Don Bosco y Colombia. El Estado Mayor Conjunto de Managua  cruza del Reparto El Dorado a la Escuela María Auxiliadora, en el Barrio del mismo nombre.

“El Área Principal” de la Insurrección en Managua era la Zona Oriental-norte, donde la rebelión popular amada resistió del nueve de junio al 27 de junio de 1979, en la noche, que es cuando se produce el célebre Repliegue Táctico de Managua a Masaya.

Es decir, en vez de tres días de resistencia insurreccional, fueron 18 días de resistencia en trincheras, ofensivas móviles y combates en posiciones y móviles, tomando en cuenta que los choques armados comenzaron el nueve, en el día, tanto en la Zona Oriental-norte y en el Suroccidente y Noroccidente de Managua:  Entradas al Barrio La Fuente y Reparto Schick Gutiérrez; San Judas, Loma Linda, Vista Hermosa, Villa Roma y Torres Molina; Monseñor Lezcano, Acahualinca, Morazán, Loma Verde, Linda Vista, Altagracia, Santa Ana, Balcanes y OPEN III (hoy Ciudad Sandino).

“El Área Secundaria” eran las Zonas Suroccidental y Noroccidental de Managua, para distraer a la Guardia Nacional somocista genocida, para empantanarla, impedir que movilizara tropas hacia Carazo, Rivas, Masaya, Granada, León, Matagalpa, Estelí, Jinotepe, por ejemplo.

Continúa su relato el Comandante Carlos Núñez Téllez: “Gente valiosísima iba a combatir a ese lugar, sabiendo que iba encontrar la muerte porque no había capacidad de resistir. Así era de duro y terrible la realidad en estos momentos insurreccionales históricos.

“Al poco tiempo nos encontramos cercados tal como lo habíamos previsto, pero en el Plan Militar lo habíamos previsto tan sólo para tres o cuatro días, y no más. Comenzamos  a presentar un combate eminentemente defensivo, el enemigo no debía penetrar nuestras líneas defensivas, costara lo que costara”.

Papel revolucionario de  los Comités de Defensa Civil

Esta parte del relato histórico sobre estos momentos cruciales en la Insurrección Sandinista Victoriosa de Managua, lo continúa el Comandante William Ramírez Solórzano:

“Los Comités de Defensa Civil fueron los que jugaron el papel principal en la organización de las masas populares a nivel de los Barrios. Ellos prepararon los botiquines para los guerrilleros, levantaron las barricadas, construyeron refugios antiaéreos, hicieron comunicaciones de casas por dentro, incluyendo por patios; hacían las fogatas callejeras, distribuían las papeletas o propaganda revolucionaria, enseñaban la higiene para enfrentar la guerra insurreccional, conseguían y concentraban alimentos para combatientes y pobladores, racionaban el agua porque el régimen genocida la mandó a suspender o cortar; se las ingeniaban para que funcionaran correos y comunicaciones de un lado a otro”.

Cauces, pistas y trincheras convertidos en fortalezas militares

Sigue el relato del Comandante Ramírez Solórzano: “A cargo de los Comités de Defensa Civil estaban también la clarificación de la coyuntura que estábamos viviendo, los avances de los combates en las calles, la difusión de los partes de guerra, la organización interna cuadra por cuadra en el Barrio, Colonia o Reparto;  la selección e incorporación de nuevos compañeros y compañeras al FSLN guerrillero, el reclutamiento selectivo, el aunmento de la politización dentro de las masas populares, la publicación de órganos de difusión. Todo el Barrio participaba en estas tareas, pero el Comité de Defensa Civil estaba dirigido por compañeros y compañeras orientados por el FSLN.

“Mientras los combatientes y milicianos regulares estaban en los puestos de combate, donde se esperan los golpes más duros del enemigo somocista, con su desbordante espíritu ofensivo, los apoyan las masas no armadas, se dedican a estas tareas. La actividad es frenética por los deseos de combatir”.

Añade el Comandante Núñez Téllez: “En el Plan Militar habíamos contemplado la existencia de una barrera natural insalvable para la guardia, que eran los cauces producidos por el Terremoto de 1972, que servían para impedir que ésta atacara concentrada por todos los puntos geográficos. Posteriormente estaban las pistas (carreteras de circunvalación) o grandes avenidas de adoquines que dividen la Capital y separan los Barrios y es necesario pasar por ellas para llegar a determinados lugares”.

En esta parte del relato cabe indicar o aclarar que Managua, Capital, antes del Terremoto de 1972, era una Ciudad concentrada entre la orilla Sur del Lago Xolotlán (o de Managua) y la Calle Colón. Hacia el Sur, “hacia la montaña”, decía la gente,  existían Repartos, Colonias y Asentamientos Humanos de lotificadores muy dispersos, como Altamira, Centroamérica, Los Robles, ligados a la Zona Oriental, por ejemplo. Aquella Managua de antes del Terremoto de 1972 era una Ciudad pequeña, de apenas 404, 500 habitantes, con un poco más de 50 Barrios, Repartos y Colonias.

Después del Terremoto del 23 de diciembre de 1972, Managua creció en forma desordenada, en forma de abanico, y al mismo tiempo hubo una explosión demográfica inusitada. En 1973, por ejemplo, fueron construidas las Américas Uno, América Dos, Américas Tres y Américas Cuatro.

Por el fabuloso negocio posterremoto, negociado en el que estaban juntos, mancornados la burguesía, u oligarquía y la dictadura somocista, estaban en plena expansión o construcción algunos Repartos y Colonias, por ejemplo: Bello Horizonte, Altamira, Bolonia, Los Robles, Cinco de Diciembre, Primero de Mayo, Las Sabanas, Villa Libertad, El Dorado, Luis Somoza Debayle (Diez de Junio), Don Bosco, Colombia, Jardines de Veracruz, Rubenia, Santa Clara.

Y también en expansión los vecindarios o Asentamientos que lotificaban (como fabuloso negocio también) lotificadores como Héctor Argüello (“La Fuente”), Riguero con los Barrios “Riguero”; Humberto Torres Molina con los terrenos de “Torres Molina”, “Loma Linda” y “Villa Roma”, y Julio Blandón con la lotificación del “OPEN TRES”, por ejemplo.

Al mismo tiempo de aquel  desarrollo constructivo de Repartos y Colonias nuevas, estaban las construcciones de pistas y avenidas nuevas con los adoquines propiedad de la familia  Somoza. Ejemplos eran en esos momentos: Pista o “Bypass” del Siete Sur hasta los semáforos de “La Robelo” en la Carretera Norte, la 35 Avenida Oeste, Pista Larreynaga, la Pista de la hoy Plaza España hasta frente a Acahualinca, la Pista de la Colonia Centroamérica hasta Portezuelo en la Carretera Norte; la Pista Buenos Aires del Motel Dancing hasta donde es hoy el Mercado Iván Montenegro Báez; la Pista Sabana Grande, de los semáforos de Rubenia hacia el hoy también Mercado Iván Montenegro Báez, más otras pistas y calles secundarias llenas de adoquines, fabricados por una empresa de Anastasio Somoza Debayle, quien se los vendía al Distrito Nacional y al Estado, mientras él era al mismo tiempo el presidente de la República y dominaba totalmente en el Distrito Nacional y todas las instituciones del gobierno somocista.

Describamos, en relación al territorio de la Insurrección de junio de 1979, sólo las tierras de la Hacienda El Retiro, de la familia Somoza, o “Estirpe Sangrienta”, ubicadas, por ejemplo, desde donde es hoy la Rotonda Cristo Rey hasta el Kilómetro Siete Sur, colindando con el Cerro Motastepe, la Laguna  de Nejapa y la Laguna de Asososca, por el Oeste de Managua.

En estas tierras de la familia Somoza, a un lado y otro del “Bypass”, o Pista de la Resistencia Sandinista, no existían los vecindarios, Hoteles, negocios de Pizzerías, ni la Universidad de Ingeniería, ni ENEL, ni los Barrios Jorge Dimitrov, ni el Barrio Catorce de Junio, René Cisneros Vanegas, Colonia del Periodista, ni Hialeah, (“Hayalía”, dice la gente); Edgard “Gato” Munguía, ni 3-80, ni Andrés Castro, ni Tierra Prometida, ni Asentamiento anexo al Reparto Belmonte, ni el “Pali” del ZUMEN, ni el Mercado Israel Lewites, ni las instalaciones del Banco Central y de la Contraloría General de la República, ni la Biblioteca del Banco Central, ni los Asentamientos cercanos al Cerro Motastepe y el Kilómetro Siete y Medio de la Carretera Sur.

El Barrio Andrés Castro se llamaba entonces “Barrio El Espanto”. Tampoco existían las dos Colonias Batahola, ni el Asentamiento Héroes y Mártires de Batahola, ni el Asentamientos Nora Astorga, ni el Asentamiento Daniel Enrique Chavarría, ni otros vecindarios cercanos hoy al Barrio Acahualinca.

Sólo existían la Universidad Centroamericana, el Club Social de la burguesía de Managua, donde había un campo de golf para los ricachones, y por allá lejos, el Centro Comercial Nejapa, donde funcionaron los Juzgados después del Triunfo de la Revolución.

Es decir, eran tierras baldías y cuidadas por los guardias nacionales de la dictadura somocista genocida.

Además, estaban (y están allí) los dos cauces que cruzan la Pista “Bypass”,  el Barrio San Judas y Altagracia, procedentes de los Lomos de El Crucero; atraviesan Acahualinca y desembocan en el Lago Xolotlán o de Managua.

Asimismo, estaban allí  (y siguen estando) los cauces El Arroyo, en las cercanías de “Raspados Loli”, el cauce que cruza paralelo al ZUMEN, el que cruza la Pista de la Resistencia Sandinista a la altura de la Plaza Julio Martínez, llamado “Camino de Bolas”;  el de la hoy Colonia del Periodista, el que atraviesa por debajo los semáforos de ENEL, el cauce que atraviesa el lado Oeste de la Colonia Centroamérica y el Reparto Altamira; el que cruza el Este de Metrocentro y se interna en el actual Barrio Jorge Dimitrov, el que atraviesa por debajo la Rotonda Cristo Rey (David Tejada Peralta o Santo Domingo de Guzmán), el cauce que cruza el Puente Paraisito, el cauce que cruza el Puente San Cristóbal y que pasa a formar parte del Cauce Oriental (se juntan varios cauces aquí), el cual a su vez, en su viaje hacia el Lago de Managua cruza los puentes de El Edén, Larreynaga y El Porvenir, este último en la Carretera Norte, prolongándose a lo largo, paralelo, a la Colonia Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, hasta desembocar en el Lago Xolotlán o de Managua.

Por supuesto, se tomaron en cuenta también los cauces que atraviesan la Colonia Centroamérica, los que atraviesan el Reparto Schick Gutiérrez, los que atraviesan las Américas Uno, Américas Tres, Américas Cuatro, el de Jardines de Veracruz y Rubenia (por el Este de ambos Repartos), los cauces de Waspán Sur, los cauces que están entre Villa San Jacinto y Villa Progreso, etc.

35 cauces explosivos

(Managua tiene 35 cauces conocidos, grandes, entre el Puente de Ticuantepe y el Oeste del casco urbano de Mateare, todos procedentes de los “Lomos de El Crucero” o Sierras, o Cordillera Sur de Managua, y todos estos cauces van a desembocar al Lago de Managua o Xolotlán, ubicado al Norte de la Capital nicaragüense. Algunos de estos cauces tienen centenares o miles de años de existencia).

Inclusive, para elaborar el Mapa o Plan Militar de la Insurrección en Managua, por supuesto, asimismo,  fueron minuciosamente tomados en cuenta los cauces de Bello Horizonte-Santa Bárbara-Cementerio Oriental-Barrio Blandón, el cual cruza la Carretera Norte, a la altura del antiguo Restaurante Trébol; los dos cauces que atraviesan el Barrio Santa Rosa y se ubican también por donde fue el Aserrío Carlos Morales Orozco y una parte de Villa Progreso, el cauce que cruza paralelo por el lado Norte del  hoy Mercado Carlos Roberto Huembes, entonces edificándose; el cauce que cruza del lado del hoy Barrio Grenada hacia el Hospital Oriental (“Manolo Morales Peralta”).

Inclusive, en el Plan Militar de la Insurrección de Managua fueron tomados en cuenta el llamado Cauce Occidental, el que atraviesa el Barrio Altagracia, el Barrio Monseñor Lezcano, el Puente León, el Barrio Acahualinca, hasta desembocar por el Norte de Acahualinca en el Lago de Managua.

Fueron tomados en cuenta los predios baldíos en que hoy se asientan Barrios como Georgino Andrade, al Sur de Villa Progreso; Barrio Unión Soviética, al Sureste del Reparto Bello Horizonte, y los predios sin construir del mismo Reparto Bello Horizonte.

De acuerdo con esta descripción, queda claro que los Barrios Suroccidentales insurreccionados estaban separados casi totalmente de los Barrios Orientales  y de la Carretera Norte por estos predios, o tierras vacías, sin población humana ni edificaciones, propiedad de la familia Somoza. Esas tierras, además, eran cuidadas por soldados de la Guardia Nacional somocista genocida.

Esta separación, o distancia, era de más o menos dos kilómetros y medio, ubicándonos entre la actual Rotonda Cristo Rey y el  cruce del Kilómetro Siete Sur. Tampoco estaba habitado el trecho de la esquina Noreste de la Rotonda Cristo Rey hasta el Puente Paraisito, en la entrada Sur del Barrio “Campo Bruce”, hoy Rigoberto López Pérez.

Continúa informando el Comandante Carlos Núñez Téllez ante preguntas de Marta Harneker: “Se colocaron nidos de ametralladoras en los posibles puntos de entrada y a lo largo de las pistas se levantaron barricadas con adoquines y se colocaron unidades de combate. La guardia sólo entraba a la “Zona Principal” por poquísimos puntos y estos lugares estaban resguardados por unidades de combate con armas de guerra y nidos de ametralladoras, y en muchos casos hasta tenían bazukas o tubos portátiles lanzacohetes.

“Esta situación causa temor a la guardia, especialmente a la infantería que venía detrás de los tanques; por ello el combate se realizó a distancia, a unas dos o tres cuadras (Es decir, a unos 200 metros, tal vez a trescientos metros).

“Las masas se preocupaban más de protegerse contra la aviación que contra los blindados (tanques y tanquetas). Los bombardeos aéreos a veces se dirigían contra  los barrios y otras veces contra las postas (guerrilleros o combatientes populares) donde estaban las trincheras de combate, y se levantaban grandes barricadas con adoquines. También había barricadas dentro de los barrios, incluso para combatir a los francotiradores de la Guardia Nacional.

¿Cómo es eso de las trincheras y barricadas?

“Los compañeros (y compañeras) construían barricadas y detrás hacían trincheras para que cuando llegara el tanquetazo (disparo de tanqueta) sobre la barricada y saltaran los adoquines, pudieran protegerse y seguir conteniendo a la guardia. Por la noche, cuando ésta (la guardia) se retiraba, volvían a construir las barricadas. A veces se construían varias barricadas, una detrás de las otras.

¿Con qué elementos se realizaba el bombardeo aéreo?

“Con rockettes, con ametralladoras calibre 50, con morteros y con bombas de 500 libras. Las mismas experiencias de Defensa Civil que habíamos acumulado permitían que al producirse los bombardeos de la aviación, que la población se reuniera en los refugios antiaéreos, de tal modo que la onda expansiva y los charneles, o el mismo efecto del estallido del rockettes,  no los dañara.

“Existían muchísimos de estos refugios antiaéreos, ya sea dentro de las casas, en los patios, en las calles y andenes. Eran una especie de túneles con una entrada y salida.  En ellos cabía una familia entera, o más. Estos refugios antiaéreos fueron obra de los Comités de Defensa Civil (después convertidos en Comités de Defensa Sandinistas).

“Sólo sentíamos sensación de impotencia cuando los helicópteros bombardeaban con bombas de quinientas libras. Estas producían unos hoyos de un metro y medio de profundidad. La población prefería observar dónde el helicóptero iba a dejar caer la bomba antes de meterse en un refugio en el que podía morir enterrado”.

¿Cómo lograron organizar el ejército político-militar del mando de Managua, no sólo en relación con los militantes sino con el resto de población?

Responde el Comandante Núñez Téllez: “Los barrios estaban divididos en sectores, trechos de línea cuyo tamaño dependía de cada situación. Cada sector tenía un jefe (guerrillero) que debía conducir entre doscientos y trescientos Combatientes Populares. La calidad de las armas dependía del sector, de su importancia estratégica; si eran calles grandes o pequeñas, si existían o no cauces naturales. El mando se comunicaba con cada sector a través de mensajeros” (o correos clandestinos).

¿Estos jefes eran miembros del FSLN?

Comandante Núñez Téllez: “Sí, eran viejos militantes del Frente Sandinista. La comunicación con las masas de Combatientes Populares era a través de ellos. Con el resto de las masas populares la comunicación se realizaba a través de los cuadros del Movimiento Pueblo Unido. Éste tenía estructuras que llegaban hasta las barricadas o trincheras de combate. Allí se iban a dar las informaciones acerca de la evolución de la guerra, se organizaban determinados trabajos…

“El mando político del Movimiento Pueblo Unido (MPU) estaba junto a la máxima dirección político-militar: la Dirección Nacional Conjunta del Frente Interno y del Estado Mayor FSLN de Managua. También los dirigentes realizábamos visitas a los distintos sectores. Cada mañana recorríamos toda la zona de defensa. Se procuraba que alguno de nosotros les hablara directamente a los compañeros (Combatientes Populares y población involucrada”).

¿Ustedes estaban completamente cercados?

Contesta la pregunta el Comandante Joaquín Cuadra Lacayo: “Sí, completamente cercados tanto por el enemigo como por nuestras propias barricadas. Las barricadas no se convirtieron en puntos de apoyo para el avance, como habíamos pensado, sino en nuestras propias tumbas. La guardia ya estaba empezando a debilitar algunas de nuestras trincheras”.

“Por eso –agrega el Comandante Núñez Téllez—nos procuramos un instrumento que estando bajo el mando directo del Estado Mayor General, permitiera realizar pequeñas maniobras ofensivas en los puntos de mayor concentración de ataque por parte de los esbirros somocistas. Así se forma la Unidad de Combate “La Liebre” (experiencia recogida de las enseñanzas vietnamitas cuando formaron el “Batallón Invencible”), compuesta por combatientes selectos, de carácter móvil, con alto espíritu ofensivo, dotada del mejor armamento: Fusiles Fal, Galiles, Bazucas RPG2 y morteros.

“Su misión consistía en apoyar la labor de defensa en aquellas trincheras que estuvieran recibiendo el mayor peso de la ofensiva enemiga somocista, debían auxiliarla realizando operaciones comandos de acción rápida y fulminante, aún cuando esto pudiera conllevar un mayor peligro de aniquilamiento. El jefe de esta Columna fue el Comandante Walter Ferrty Fonseca (Chombo). Después de unos días, “La Liebre” se amplía.

“Se constituye la Columna Óscar Pérez Cassar, formada por cuarenta y dos combatientes selectos, muy bien entrenados, con el Comandante “Chombo” Ferrety Fonseca a la cabeza.

“Esta nueva Columna no sólo resolvía situaciones críticas en algunos puntos de resistencia, sino que fundamentalmente tenía por misión combatir fuera del Área Principal (Zona Oriental de Managua), atacando de noche al enemigo en movimiento. El paso de la defensa pasiva a la fuerza activa –sacando fuerzas a combatir fuera de nuestras líneas, pero manteniendo siempre el Área Liberada como zona de descanso, de recuperación de fuerzas, de abastecimiento–, nos dio la posibilidad de aniquilar al enemigo somocista en sus nidos y recuperar armas, especialmente municiones, que tanta falta nos hacían.

“Esto nos dio oxígeno para unos días más de combate. Después de un tiempo, el enemigo, lógicamente, descubrió nuestra táctica y tomó sus medidas: trató de fortificarse y moverse menos. El tiempo estaba, en lo táctico, a favor del enemigo somocista. La escasez de municiones se nos estaba haciendo crítica. Ya habían pasado doce días desde el comienzo de la Insurrección y la situación de guerra en el país no lograba definirse en favor de las fuerzas revolucionarias, de forma de que pronto pudiésemos contar en Managua con refuerzos provenientes de los otros Frentes de Guerra nuestros. Había que implementar rápidamente otra cosa.

“Fue entonces que decidimos suprimir en algunos lugares la defensa visible y replegar las fuerzas hasta las líneas de las casas aledañas a las pistas; es decir,  volver invisible la defensa para confundir al enemigo, obligarlo a acercarse, batirlo, infligirle fuertes golpes y combatir casa por casa si era necesario.

“Preparamos el terreno en algunos puntos donde veíamos que el enemigo estaba haciendo esfuerzos por romper nuestras defensa. Se hace un trabajo de milicias, se preparan todas las casas por dentro como un solo corredor, con huecos entre casa y casa, y salidas para otros barrios.

“Comienza el ataque enemigo, como siempre, desde la una de la tarde hasta la noche. El enemigo tira en un punto determinado. De antemano ofrecemos un mínimo de resistencia y luego lo dejamos entrar. Lo que encuentra a ambos lados de la calle es a decenas de Combatientes con bombas de contacto que se lanzan a mano y son como verdaderas granadas de fragmentación, con cocteles (bombas incendiarias) que sacaban desde las ventanas para tirarlas a la calle.

“Un combate a tan corta distancia, para el cual los medios con que contaba la guardia resultaban inadecuados. Sus hombres entran con ametralladoras 50, con un cañón, con morteros, con un camión blindado, con un tanque Sherman.

“Los encerramos cortándoles la retirada y nos “comemos” (matamos o eliminamos) el convoy entero. En ese momento se dan los actos heroicos. Decenas de compañeros subiendo al tanque, pegándole palos, pegándole fuego. Lo taparon como hormigas, le arrancaron pieza por pieza y luego lo incendiaron. Con esta operación militar, recuperamos bastantes armas y municiones”.

¿Cuántos guardias entraron?

Interviene el Comandante Joaquín Cuadra Lacayo: “Por lo menos  setenta y cinco. Fueron fusiles con bastantes municiones, un cañón de 75 milímetros, un tanque Sherman y otro carro blindado para transporte de tropas. Ellos (los guardias) fueron completamente aniquilados por fuerzas (revolucionarias) que estaban combatiendo en su propio terreno, preparado de antemano y a una distancia donde las armas populares, el puño popular es mortal.

“Los guardias estaban al alcance de las manos de las masas populares. Se desesperaron, se volvieron locos, terminaron de matarse entre ellos, al verse rodeados de tanta gente. Había centenares de personas gritando a su alrededor.

“Por supuesto que ningún otro convoy de guardias somocistas se atrevió, nuevamente, a entrar a nuestra zona de combate. Cayeron en la trampa una sola vez.

“En los días posteriores lograron penetrar algunas de nuestras defensas y usaron nuestros propios corredores, dándose combates casa por casa. Ese avance lento les producía mucho desgaste y los aterraba. Cualquiera de los Combatientes Populares podía salirles por detrás de un muro con una pistolita y los mataba.

“En medio de esta situación, el resto de la Ciudad (de Managua) comienza a normalizarse: empiezan a circular vehículos, se abren las primeras tiendas, la gente comienza a sacar la cabeza. Muchas se van de la Zona (Oriental) huyendo de los ataques enemigos concentrados en ella. Lo que más pánico causaba en la población eran los bombardeos aéreos del somocismo. Tiraron bombas de quinientas libras, rockettes…”

Además de estos ataques físicos, ¿realizó la Guardia Nacional algún tipo de acción sicológica para aislar al FSLN de la población?

Responde el Comandante Núñez Téllez: “Acompañando al inclemente bombardeo aéreo, morteros y ataques diarios a las posiciones militares sandinistas, el enemigo somocista comienza a utilizar los medios de comunicación que controla masivamente con el fin de generar zozobra en la población civil. Además de anunciar  supuestas victorias en otros frentes de guerra a través de sus órganos radiales, la dictadura  anuncia en forma insistente el comienzo de la “operación limpieza” de los Barrios Orientales, señalando horas y fechas, llamando a la población a abandonar a los sandinistas y ponerse a salvo, trasladándose a otras zonas de Managua, y prometiendo una y mil formas de vida mejor.

“Para contrarrestar esta campaña, nosotros intensificamos la labor propagandística del Movimiento Pueblo Unido (MPU) entre las masas populares, esclarecemos a la población, le indicamos las consecuencias que podría tener caer en manos del enemigo, recordándoles dolorosas experiencias de la Insurrección de Septiembre” (de 1978).

Por lo visto, ustedes no tenían un plan de emergencia en el caso de que fallara la Insurrección en Managua.

Responde el Comandante Joaquín Cuadra Lacayo: “No, no lo teníamos. El Repliegue (a Masaya) surge producto de la situación misma. Esta deficiencia fue producto, en parte, de nuestra inmadurez y, en parte, producto de que no teníamos tiempo para pensar en alternativas negativas.

“El ritmo de los acontecimientos iba tan rápido, sentías que la casa se te venía encima, que estabas viviendo una oportunidad única, que quizás no se iba a repetir. Ni siquiera en octubre de 1977 se pensó en una posible derrota. El punto de reunión de todo el mundo (de los Frentes FSLN  de Guerra  Sandinistas)  era Managua, nuestro objetivo final. En Septiembre de 1978 sólo se establecieron esos puntos de contacto de los que te hablé”.

Fogueo de masas: la mejor escuela

¿Cuál es, según tu opinión, la mejor forma de preparar a los conductores de la Insurrección?

Joaquín Cuadra Lacayo: “Creo que es fundamental el fogueo (entrenamiento, práctica). Casi todos los que dirigían sectores, los que estaban en los puntos de mayor resistencia, habían sido jefes de Unidades Tácticas de Combate, o de Escuadras Tácticas. Habían tenido una escuelita de cuatro o cinco días, estudio político, discusión de la línea… Y te hablo del fogueo no sólo en acciones armadas, sino, sobre todo,  en la conducción de las milicias (populares). Eso adquiere otra dimensión, otro carácter.

“Cada uno de los Jefes de la Insurrección debía planificar la actividad de sus milicianos que eran más masa, más desorganizados, más aventureros que los cuadros político-militares del Frente (FSLN). La experiencia exterior les permitió conducir a grupos grandes en actividades masivas violentas. También se convirtieron en agitadores”.

Y los dirigentes de mayor nivel, ¿estudiaron las experiencias insurreccionales de otros países?

Joaquín Cuadra Lacayo: “Las estudiamos, pero poco, por las limitaciones de materiales de estudio que teníamos. Sobre todo después de Septiembre (de 1978), los principales cuadros del FSLN empezamos a estudiar con gran pasión algunos textos: las cosas que leíamos ahí, acaban de pasar. Hubo dos libros que nos ayudaron enormemente: La Insurrección armada, de Neuberg; y, especialmente: Teoría de los procesos insurreccionales contemporáneos, de Emilio Lussu.

“También algunos textos de Lenin sobre la Insurrección. Estudiábamos estos textos combinándolos con la experiencia. Hicimos mucho hincapié en que los compañeros escribieran sobre las experiencias vividas. No se trataba de una cuestión académica, sino de un esfuerzo por asimilar experiencias concretas”.

¿Podrías explicarme cómo lograron tener éxito en el llamado a la Huelga General si el FSLN tenía  tan escaso trabajo a nivel sindical?

Carlos Núñez Téllez: “Lo importante es que el llamado a la Huelga General se hace en el contexto de una lucha nacional contra la dictadura y cuando ya se ha iniciado la Ofensiva Final tanto en el Frente Sur como en el Frente Interno. Por otra parte, existía previamente un trabajo propagandístico del Movimiento Pueblo Unido (MPU) en los centros de trabajo y en los Barrios y Colonias a nivel del país, y especialmente en la Capital, que fue creando condiciones  (anímicas, efervescencia sicológica popular) para que el llamado a paralizar las actividades laborales, realizado por nuestra Dirección Nacional Conjunta, fuera inmediatamente acatado por todos aquellos sectores que aún no se encontraban combatiendo. El gobierno somocista estaba en profunda crisis social, económica y política.

“Nosotros explicamos a la población que la paralización económica era el primer paso para el desencadenamiento de una lucha nacional de todo el pueblo por derrocar con las armas en las manos a la dictadura somocista. Seis o siete días después de ese llamado realizado por el FSLN todo el país se encuentra encendido en lucha. Nada valieron las amenazas de patrullas GN somocistas, en las calles, tanto a los trabajadores como a los estudiantes, para que estos se integraran a sus labores”.

¿Y cómo se pudo mantener tanto tiempo? Un mes y medio, o algo más, ¿no? ¿Cómo se aprovisionaba de alimentos la población?

Carlos Núñez Téllez: “Previamente a la Ofensiva Final se había acumulado gran cantidad de alimentos. Ese era uno de los trabajos del Movimiento Pueblo Unido (MPU). Había mentalidad de guerra. Nosotros, la Vanguardia FSLN,  habíamos comprado varios quintales de arroz, de frijol, de trigo, de sal, de azúcar, que teníamos guardados en diferentes puntos (de Managua).

“Pero eso no bastó. Hubo que improvisar ante la escasez. Comimos caballos de los carretoneros, perros…”

¿Conocieron algún plan de defensa contra la Insurrección Popular y de contraofensiva de la Guardia Nacional?

Comandante Carlos Núñez Téllez: “No conocimos ningún plan específico de defensa. Lo que sí, ellos prepararon sus tropas para el combate callejero. Por ejemplo, los polígonos que reacondicionaron a última hora eran para tiros de corta distancia, para combatir en ciudades y reprimir manifestaciones, combates cercanos de menos de doscientos metros, no el polígono de tiro típico del ejército, preparado para disparar a trescientos o cuatrocientos metros”.

¿Sabían ustedes con exactitud cuáles eran los efectivos de la Guardia Nacional concentrados en Managua?

Carlos Núñez Téllez: “No, con precisión no. Sólo una aproximación. Unos tres mil hombres provistos de elementos blindados y de aviación. Una verdadera fortaleza”. (El Comandante Núñez Téllez se refería a la cantidad de guardias en Managua).

En Nicaragua se da un proceso insurreccional victorioso que al parecer  rompe con una condición que los clásicos consideraban indispensable para que un proceso armado de este tipo triunfara:  la división del ejército enemigo. ¿Es correcta esta afirmación?

Joaquín Cuadra Lacayo: “Pienso que sí lo es. Nicaragua ha demostrado que es posible una Insurrección Triunfante contra un ejército enemigo monolítico, que muere completo en la Insurrección. Indudablemente que para que esto haya ocurrido hay que tomar en cuenta las características propias del ejército nicaragüense: nace con Somoza García y se hace a su imagen y semejanza, es su pilar de dominación y, por lo tanto,  está históricamente condenado a desaparecer junto con ella (la dictadura somocista).

“No ocurre lo mismo en el caso de las dictaduras donde el ejército tiene una cierta autonomía en relación al dictador en turno que es puesto o sacado por las fuerzas armadas, de acuerdo a los intereses de la clase dominante”.

No sé, me parece que esa afirmación de que si no se logra dividir al ejército enemigo no  puede triunfar la Insurrección es una afirmación aplicable sólo a procesos insurreccionales típicos, es decir, a levantamientos urbanos armados donde las masas populares son los principales actores. ¿No crees tú que fue justamente porque se logró dividir a la Guardia Nacional somocista que ustedes tuvieron que combinar los Movimientos Insurreccionales Urbanos con las Columnas Guerrilleras en el Campo?

Joaquín Cuadra Lacayo: “Indudablemente, porque la posibilidad de desarrollar fuerzas militares muy cohesionadas en las zonas urbanas es muy limitada”.

Volviendo al tema de la división del ejército enemigo, ¿partieron ustedes de la convicción de que la Guardia Nacional no se iba a dividir?

Joaquín Cuadra Lacayo: “En octubre del 77 nosotros pensábamos en esa posibilidad, sobre todo en el momento en que el ejército (somocista) empezara a enfrentarse a las masas directamente. Luego nos dimos cuenta de que eso no iba a ocurrir”.

¿Tenían trabajo dentro del ejército somocista?

“No. O más bien, era insigficante”

¿Por qué?

“En parte porque no nos preocupamos a tiempo y en parte porque era muy difícil de realizar. Somoza Debayle tenía un enorme control sobre su ejército. Infiltramos algunos militantes en la Escuela de Entrenamiento Básico (EEBI), pero fueron detectados y asesinados. La inteligencia del enemigo trabajaba mucho sobre sí mismo. Eso nos quitó las ganas de seguir metiendo gente allí y no encontrábamos que tuviese sentido a nivel de soldado raso”.

¿Qué papel jugó la Unidad del Frente Sandinista de Liberación Nacional para lograr la Victoria?

Carlos Núñez Téllez: “Nosotros diríamos que jugó un papel decisivo. Ningún Movimiento Revolucionario que se encuentre disperso, descohesionado, será capaz de conseguir sus objetivos políticos.

“Aunque el FSLN sufrió una crisis en octubre de 1975, las Tendencias  que surgieron de ella se mantuvieron asidas a su tronco común: el sandinismo; a un medio común: la lucha armada; y a un objetivo en común: el derrocamiento de la dictadura somocista, lo que facilitó su reunificación posterior.

“El logro de la Unidad  fue un requerimiento constante del pueblo nicaragüense. A través de cada una de sus acciones exigía la confirmación de una Vanguardia monolítica, capacitada para conducirlo al Triunfo sobre su enemigo encarnizado.

“Al conseguir su Unidad, el sandinismo se constituyó en motor imprescindible para mover a todas las fuerzas políticas democráticas, progresistas, revolucionarias de nuestro país contra la dictadura somocista.

“Si no hubiese existido la Unidad del sandinismo, no hubiera sido posible constituir el Movimiento Pueblo Unido y sin el MPU no hubiera sido posible el Frente Patriótico Nicaragüense como expresión de la Unidad de toda la Nación.

“Pero para nosotros la Unidad no fue una simple frase mágica, tuvimos que batallar muy duro para conseguirla, resolver diferencias, encontrar puntos de coincidencia basados en un Programa y un Plan Estratégicos conjuntos, que aseguró para siempre la acción unida, monolítica, cohesionada de las Tendencias del FSLN y lo decidió a lanzarse a la Ofensiva Final.

“La Unidad fue decisiva para lograr el Triunfo y es decisiva para mantener la Victoria”.

A pesar de la crisis general en la que se encuentra sumido el país y la rapidez con que se desencadenan los hechos después de la Ofensiva de Octubre del 77, ¿crees tú que hubiera sido posible el Triunfo del proceso insurreccional en Julio de 1979 si durante años el FSLN no hubiera realizado un trabajo de hormiga?

Joaquín Cuadra Lacayo: “Difícil, porque producto de ese trabajo de años existe una gran autoridad moral y política del Frente Sandinista, que suple la falta de vinculaciones orgánicas más fuertes con las masas. Sólo gracias al prestigio adquirido por el FSLN durante esos años, fue posible conducir el proceso revolucionario”.

“No cabe duda de que el Triunfo insurreccional es la culminación de toda la Historia del FSLN”, añade el Comandante William Ramírez Solórzano, y concluye:

“Nosotros sabíamos que para llegar a la Insurrección debíamos pasar por determinadas etapas. Es ahí donde se combinan los Frentes Guerrilleros con las actividades insurreccionales propiamente tales. Prácticamente los Frentes de Guerra del FSLN lo que hacen es venir a apoyar la Insurrección. El Triunfo Insurreccional no es una obra mágica, sino el resultado del trabajo político organizativo de muchos años”. (De 1961 a 1979).

Con esta explicación histórica de los tres jefes del Estados Mayor General del Frente Interno: integrado por los Comandantes Carlos Núñez Téllez (Comandante de la Revolución de la Revolución), William Ramírez Solórzano y Joaquín Cuadra Lacayo, que abarcaban Managua, León, Masaya, Carazo y Granada, queda claro cómo estaba ejecutándose (en junio de 1979) el Plan Militar Insurreccional del FSLN clandestino en Managua al momento de desencadenar la Ofensiva Final, o Insurrección General,  para derrocar a la dictadura militar somocista, fundada u organizada como ejército de intervención militar extranjera, permanente,  por el gobierno agresor e invasor de Estados Unidos, desde 1927, por la traición de José María Moncada Tapia y del Partido Liberal, que éste jefeaba durante la llamada “Guerra Constitucionalista”, lo cual dio paso a que el gobierno yanqui instalara a Anastasio Somoza García como jefe de la Guardia Nacional después de asesinar al General Sandino y a casi todos los miembros del Ejército Defensor de la Soberanía.

Mediante la explicación histórica de Núñez Téllez, Ramírez Solórzano y Cuadra Lacayo también queda claro que para llegar a este momento cumbre de la Insurrección Popular Sandinista, del convencimiento pleno de los pobladores y Combatientes Populares de que debían lanzarse en ofensiva militar sin retroceso para derrocar definitivamente a la tiranía somocista genocida, debieron pasarse enormes sacrificios de vida y muerte por parte de la militancia sandinista clandestina y guerrillera del Frente Sandinista de Liberación, desde su fundación en 1961, hasta este momento en que el FSLN está ya convertido en un Ejército Guerrillero (todavía clandestino),   listo, preparado para librar la Batalla Final, la más importante de todo su historia de Lucha de Liberación Nacional de la Patria de Sandino.

Una sola Insurrección Sandinista, Frentes de Guerra y Combates Móviles

El Frente Interno Conjunto del FSLN y el Estado Mayor  Conjunto de Managua, y la Dirección Nacional Conjunta, toman la decisión de que  la Insurrección Sandinista en la Zona Occidental de Managua queda como secundaria, para distraer, empantanar, llenar de pánico inclusive a los guardias nacionales genocidas, impedirles que manden tropas e instrumentos militares hacia los lados de Matagalpa, León, Rivas, Masaya misma, Granada, y que incluso el accionar militar insurreccional les impida mover el grueso de las tropas hacia la Zona Oriental-norte  de Managua, con el fin de afianzar la Insurrección Sandinista en este lado capitalino por al menos tres días, según el Plan Militar original, que en realidad se convierten en 18 días de combates móviles ofensivos y defensivos heroicos tanto en las Zonas Suroccidental, Noroccidental, así como en la Zona Oriental-norte de Managua.

Desde el comienzo el Plan Militar Insurreccional sandinista deja establecido o claro que en la Zona Oriental de Managua se instalaría la Insurrección Revolucionaria sandinista con varios Frentes de Guerra, o de Combates,  en varios sectores liberados, con combates de posiciones, es decir, defensivos, y que a la vez numerosas columnas móviles le harían guerra de guerrilla a los guardias somocistas genocidas cuando estos intentaran  romper el cerco de la Insurrección en los Barrios orientales capitalinos.

Asimismo, desde el inicio  el Estado Mayor General del Frente Interno y del Estado Mayor Conjunto del FSLN en Managua, los 110 Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares entrenados militarmente dejan claro, y quedan claritos, de que al ser descubiertos los planos militares insurreccionales, la  Zona Suroccidental y la Zona Noroccidental pasan a ocupar el papel insurreccional de diversión, de provocar combates móviles, efectuar emboscadas relámpagos o rápidas, obligar  a los guardias somocistas genocidas a que persigan de forma permanente a los Combatientes, con el fin de que se empantanen allí, que no puedan movilizar tropas ni equipos militares hacia los Frente de Guerra en el Sur de Nicaragua, hacia León, Chinandega, Matagalpa, Estelí, Boaco, Chontales, Masaya y Granda, y tampoco permitirles al tirano Anastasio Somoza Debayle y su Guardia de asesinos que muevan tropas hacia la Zona Oriental de Managua, donde la Insurrección Popular Sandinista debe estar ya instalada el nueve de junio, lo cual realmente así ocurrió.

Esto deja demostrado al mismo tiempo que el Plan Militar Insurreccional del FSLN guerrillero es uno solo, que la Insurrección Sandinista es una sola, cohesionada, unida, sin retroceso, invencible, de golpes militares demoledores al régimen somocista genocida, todo destinado a derrocarlo en una sola Ofensiva militar.

Por este descubrimiento del Plan Militar Insurreccional Sandinista, los Batallones de la Guardia Nacional en Managua, especialmente los de la EEBI movilizan sus tropas,  unos tres mil hombres (o más)  con centenares de ametralladoras, varios miles de fusiles, lanzamorteros, cañones, tanques y tanquetas, se movilizan y se instalan en el Estadio Nacional, en la Central de Policía, en las instalaciones del ZUMEN (entrada al Barrio San Judas), en las instalaciones del llamado “Centro Cívico”, en la parte Sur de la Colonia Independencia, en las Lomas de San Judas, en Acahualinca, en el Plantel Batahola, en el trecho del Siete Sur al Ocho Sur y el Nueve Sur Carretera, en la Zona Occidental; en el Distrito Nacional, ubicado en Acahualinca; más tropas en todas las 16 Secciones de Policía, y también instalan tropas en el Aeropuerto Las Mercedes (hoy Aeropuerto Sandino), en distintos puntos de la Carretera Norte, en la Loma de Tiscapa, en “Camino de Oriente”, en las cercanías de la Universidad Centroamericana, en los edificios de Telcor (escombros terremoteados), en las cercanías del Supermercado de la Colonia Centroamérica y Centro Comercial-Managua, en el Edificio Armando Guido, en el antiguo edificio del Banco de América (donde funciona hoy la Asamblea Nacional); en el Palacio Nacional, en las instalaciones de la Escuela de Arte y Talleres del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua, en el Contry Club de la burguesía capitalina, en los Hospitales Oriental, Occidental, Vélez Páiz y de la Mujer “Bertha Calderón Roque”; en las entradas al OPEN III (hoy Ciudad Sandino), en casi todo el Reparto Schick Gutiérrez y Reparto Las Colinas, en la Hacienda El Retiro, propiedad de Somoza Debayle; más patrullas y convoyes militares móviles en toda Managua, en prevención de que “los Sandino-comunistas-terroristas” hagan acciones militares en la Ciudad de Managua.

Estas Secciones de Policía de la Guardia Nacional estaban ubicadas en sectores poblacionales como: San Judas, Monseñor Lezcano, en la Colonia Centroamérica,  Las Jinotepes, en la Carretera Sur; en el OPEN III, en el Reparto Schick Gutiérrez, en Bello Horizonte, en el Edén, en Barrio Mombacho, en el Gancho de Caminos,  por ejemplo.

Plan Militar insurreccional descubierto y combatientes “rascaban” por combatir a guardias

Según el Comandante Carlos Núñez Téllez, mediante un informe oficial posterior a la Dirección Nacional Conjunta del FSLN, y publicado después en su libro “Un Pueblo en Armas”, tanto los Jefes Guerrilleros como los Combatientes Populares y pobladores organizados militarmente (y no organizados) en Columnas y Escuadras de Combate, “rascaban”, “ya no se aguantaban”, “estaban desesperados, había que detenerlos”, porque querían ¡ya irse a enfrentar a tiros con los guardias nacionales somocistas genocidas, cuyo número era calculado cercano a los cuatro mil o cinco mil en Managua, ubicados en sedes de Batallones como el Batallón Somoza, el Batallón Blindado, el Batallón Presidencial, jefeado por Humberto Corrales; los Batallones de la Escuela de Entrenamiento Básico (EEBI), en realidad escuela de asesinos que inclusive mandaban a matar también a guardias nacionales; más la Central de Policía, o “Cárceles de la Aviación”, comandada por el esbirro coronel Nicolás Valle Salinas, incluyendo las 16 Secciones de Policía, también de la GN, regadas por distintos puntos de Managua.

Ocurría al mismo tiempo que el Movimiento Pueblo Unido (MPU) hacía su labor propagandística de guerra revolucionaria en no menos de 50 Barrios, Repartos, Colonias y Asentamientos de Managua, en los cuales, de forma clandestina, llamando a la Insurrección u Ofensiva Final, se entregaban “mosquitas” en las calles, en Mercados, dentro de Tiendas Comerciales, dentro de los autobuses urbanos y camionetas del transporte colectivo, en mitines diurnos y nocturnos, dentro de las fábricas y centros laborales.

Esto ocurría al mismo tiempo que columnas y escuadras móviles del Frente Sandinista clandestino atacaban a las patrullas militares movilizándose en convoyes (camiones grandes con ametralladoras encima) y BECAT (Brigadas “antiterroristas” de los terroristas del somocismo genocida), y también estas mismas columnas y escuadras guerrilleras móviles atacaban con fusilería y bombas de contacto a las 16 Secciones de Policía de la Guardia Nacional en Managua.

En los primeros días de junio de 1979, antes de explotar formalmente la Insurrección Sandinista Revolucionaria en Managua, ya había sido destruida la Sección de Policía que estaba en “Las Jinotepes”, un poco antes de la entrada a “Monte Tabor”, en el kilómetro 12 y medio de la Carretera Sur.

En estas 16 Secciones de Policía se contaba el cuartel o comando GN que estaba en la entrada Norte del OPEN III (hoy Ciudad Sandino), la cual fue atacada ya en plena Insurrección. También había una Sección de Policía en la entrada al casco urbano de El Crucero, en una lomita, en la orilla de la calle que lleva al Hotel Las Nubes, la cual en realidad era la número 17 en Managua, pero que casi nunca se echaba a cuenta. Los guardias de esta Sección de Policía tenían dos retenes en los primeros días de junio: uno sobre la Carretera Sur misma y el otro en la Calle de rumbo a Las Nubes, por donde está ubicado el famoso Hotel Las Nubes.

Las Nubes, en El Crucero, es la parte más alta de la Cordillera montañosa sureña de Managua, llamada “Sierras de Managua”, cuya altura máxima es de 925 metros sobre el nivel del mar.

En estos momentos cruciales de la Insurrección en Managua, según el Comandante Carlos Núñez Téllez y la Comandante Mónica Baltodano Marcenaros, el Estado Mayor General del Frente Interno y el Estado Mayor Conjunto del Frente Sandinista, integrado por la misma Baltodano Marcenaros (de la Tendencia Guerra Popular Prolongada), Raúl Venerio Granera (de la Tendencia Tercerista) y Oswaldo Lacayo Gabuardi (de la Tendencia Proletaria), ambos mandos militares insurreccionales (en realidad era un solo mando) contaban con 110 Jefes Guerrilleros o Combatientes con entrenamiento militar y político, capaces de hacerse cargo de las operaciones militares insurreccionales por sectores o Frentes de Guerra en las dos Zonas: Principal y Secundaria, Oriental-norte y Occidental de Managua.

Estos 110 Jefes Guerrilleros tenían capacidad o liderazgo militar para conducir a más de 2000 Combatientes Populares y Milicianos Populares Barriales.

Según los Comandantes Núñez Téllez, Ramírez Solórzano y Cuadra Lacayo, jefes del Frente Interno, en realidad los Combatientes Populares, las Milicias Populares Barriales, se lanzan a la Insurrección, a las operaciones militares contra los guardias somocistas, aún antes de que ambos Estados Mayores se instalen en ambas Zonas: Principal y Secundaria.

Este estado de agitación y ánimo insurreccional es confirmado por Víctor Cienfuegos Aburto, uno de los jefes de las siete columnas iniciales de Combatientes Populares en San Judas, quien indica que el cuatro de junio de 1979, en la mañana, ya fue imposible detener a milicianos y pobladores organizados y desorganizados, pues por su cuenta se fueron a emboscar un camión de TELCOR en la vuelta de “Los Cocos”, en la entrada Norte de San Judas, ¡y le prendieron fuego¡

Por medio de radioaficionados identificados como colaboradores de la Guardia Nacional somocista, como “Blanca Nieves”, “Gasparín”, “Lulú” y “Tobie”, alertaban a sus jefes, por medio de radiocumunicaciones, acerca de que habían detectado movimientos guerrilleros sandinistas para “hostigar” o atacar a las 16 Secciones de Policía de la GN, lo cual ocurría también el cuatro de junio de 1979. Los jefes y soldados de la Guardia Nacional llamaban “Sierras” a estas Secciones de Policía. “Sierra Trece”, por ejemplo, era la Treceava Sección de Policía, ubicada en el Mercado Periférico, donde estaba el multiasesino y torturador Alberto “Macho Negro” Gutiérrez.

Ese mismo cuatro de junio, numerosos Combatientes Populares, milicianos y pobladores aparecieron construyendo barricadas con adoquines, piedras canteras, troncos de árboles y latas viejas en las entradas principales de las Colonias Américas Uno, Américas Tres y Américas Cuatro, especialmente en la orilla de la Pista Sabana Grande.

Según César Augusto “El Chino” Ampié,  sobreviviente de la masacre de la Colina 110, esas acciones de construir barricadas en esta zona de Managua eran parte de las orientaciones de César Augusto “Moisés” Silva y de los jefes de la Columna Manuel Fernández, radicada operacionalmente en el naciente Barrio Los Laureles, contiguo a la Colina 110.

El jueves 7 de junio de 1979 los integrantes de la Columna “Manuel Fernández”, durante todo el día y la noche, operaron de forma móvil hostigando a patrullas BECAT (Brigadas Antiterroristas somocistas, en realidad eran las que practicaban el terrorismo de Estado somocista en forma móvil)  en las Colonias Cinco de Diciembre, Américas Uno, Américas Tres y Américas Cuatro, en la Colonia Primero de Mayo, en la Colonia Catorce de Septiembre, y al mismo tiempo buscando cómo recuperar armas de guerra, armas cortas y de cacería, más municiones.

En otras palabras, la Insurrección Sandinista u Ofensiva Final estaba en marcha, y virtualmente se había adelantado a los planes militares insurreccionales del Estado Mayor General del Frente Interno y del Estado Mayor Conjunto de Managua.

Siete convoyes militares demolidos

La Comandante Mónica Baltodano Marcenaros, una de los tres integrantes del Estado Mayor Conjunto del FSLN en Managua, asegura que en esos primeros días de junio también se ejecutaron ataques militares guerrilleros, u hostigamientos, a la Guardia Nacional somocista genocida en Las Brisas, cerca de la Refinería, por la Cuesta del Plomo, en la Carretera Sur, en la Carretera Norte, concretamente al ser demolidos siete convoyes de guardias en las cercanías de la ROCARGO, en las proximidades del antiguo Aserrío Carlos Morales Orozco, en el “Camino de Bolas”, en el Aserrío del Este de San Judas, por ejemplo, con el fin de “distraer” y empantanar a los guardias genocidas mientras al mismo tiempo se desarrollaban las operaciones militares insurreccionales en las Zonas Occidental y Oriental de Managua.

El ataque militar revolucionario en la Carretera Norte fue la emboscada ejecutada contra siete convoyes de guardias en las cercanías de la ROCARGO, en el kilómetro ocho de la Carretera Norte,  por la KATIVO,  donde murieron no menos de 20 guardias somocistas genocidas. Este ataque fue ejecutado por los llamados “Comandos Revolucionarios del Pueblo”, jefeados por Gabriel Cardenal Caldera, jefe del Estado Mayor Conjunto de la Insurrección en la Zona Suroccidental de Managua.

Estas acciones militares sandinistas, clandestinas, se venían ejecutando desde hacía varios meses, anteriores a los primeros días de junio de 1979, porque el Estado Mayor Conjunto del FSLN en Managua tenía un centro de operaciones clandestinas en las faldas de la Cordillera de El Crucero (o de Managua), en las cercanías de la llamada “Casa Embrujada”, es decir, del casco urbano de El Crucero unos tres kilómetros al Norte, en la zanjonada típica de este sector montañoso y cafetalero del Sur de Managua.

Estas operaciones militares, previas, casi inmediatas, al estallido Insurreccional en Managua, fueron jefeadas, de acuerdo con la versión histórica de la Comandante Baltodano Marcenaros, entre otros, por Marcos “Will” Largaespada Prado, Marcos Somarriba García, Ramón “Nacho” Cabrales Aráuz y Gabriel “Payo” Cardenal Caldera.

Según cuenta Mónica Baltodano Marcenaros en “Memorias de la Lucha Sandinista”, el Estado Mayor Conjunto de Managua se instaló inicialmente en una casa del Reparto Altamira, de  donde fue la Comercial VIKY siete cuadras al Lago (Norte) y una cuadra al Este, por donde hoy se ubica SINSA. En este lugar instalaron aparatos de radiocomunicaciones, planos o mapas sobre los escenarios de la Insurrección Sandinista en Managua, y estaban allí las unidades militares de combate, de apoyo, de seguridad para el Estado Mayor mencionado.

Baltodano Marcenaros recuerda que entre otros jefes combatientes en esa casa de Altamira tenía a Isabel “Venancia” Castillo, a Francis Araica y a “Ernesto”.

Todo esto ocurría mientras la efervescencia revolucionaria, la agitación insurreccional, los brotes de violencia antiguardias somocistas genocidas, explotaban por centenares o miles en la calles de Managua, especialmente en aquellos sitios: Repartos, Colonias, Barrios tradicionales y Asentamientos en que ya eran notorios los Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares Armados, a quienes los pobladores organizados y desorganizados, les pedían armas e ir a los combates contra las patrullas, convoyes y cuarteles de los soldados o guardias nacionales.

Agitación  Popular e Insurrección se adelanta

Debido a la agitación popular, al ardor de los pobladores en busca de acción militar revolucionaria, por la exitación, el entusiasmo, por la furia e ira popular barrial contenida hasta ese momento, el Estado Mayor Conjunto del FSLN clandestino todavía, se ve obligado a meterse de inmediato “al teatro de operaciones militares” populares contra la dictadura somocista, es decir, la Insurrección planificada cuidosa y sacrificadamente por  militantes valiosísimos del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

“Había una gran efervescencia, hasta el punto que, con cualquier acción, mucha gente pensaba que ya era la Insurrección. Cuando se dan estos ataques el nueve de junio, la gente se lanza a las calles creyendo que ya es la Insurrección, y ¡empiezan a hacer barricadas¡”, relata Mónica Baltodano Marcenaros en el tomo cuatro de su libro “Memorias de la Lucha Sandinista”.

Continúa Baltodano Marcenaros: “Cabrales (Ramón, “Nacho”) me manda a decir que el asunto es incontenible, ya la gente comienza a hacer barricadas, aunque algunos les decían que se retiraran. Igual cosa reporta Marcos Somarriba García a Oswaldo Lacayo Gabuardi”.

“!Así comenzó la Insurrección en Managua¡ Todavía  no habíamos terminado de trasladar las armas que estaban en los Barrios Occidentales. Entonces, decidimos meternos al teatro de operaciones de la Insurrección el día 10 de junio por la tarde”, expresaba Baltodano Marcenaros durante una conversación sobre el tema con el Comandante William Ramírez Solórzano, a quien le agregaba:

“Vos pasaste buscándome en un vehículo de tu estructura militar; ahí metimos fusiles y subametralladoras del Estado Mayor, pero casi no pudimos usarlos, porque ahí no más ya no se podía pasar. Estaba lleno de barricadas con gente desarmada. El compañero conductor tuvo que dejar su vehículo, y luego la guardia se lo quemó”.

Continúa el relato de Baltodano Marcenaros: “Cargamos todas las armas, los radios y lo que llevábamos, y entramos a pie atravesando el Barrio Riguero; cruzamos el cauce por un puente peatonal, llegamos a la Pista de El Dorado y entramos a ese Reparto (El Dorado). La gente se puso eufórica cuando nos vio llegar, vestidos de verde olivo, con nuestros pañuelos rojinegros en el rostro y con buenas armas”.

El cauce a que se refiere Baltodano Marcenaros es el que colinda con el Barrio Riguero por el Noreste y que se une con el otro cauce situado frente al hoy Mercado Carlos Roberto Huembes, por el lado Norte. El Puente peatonal colgante estaba casi frente a los tanques de agua potable, situados en el lado Noroeste del Reparto El Dorado. Este Reparto está situado contiguo a las Colonias Diez de Junio, Don Bosco y Colombia.

En su relato ante la Comandante Baltodano Marcenaros, mediante entrevistas en Radio La Primerísima, el Comandante William Ramírez Solórzano, aseguraba por su lado: “La gente del Barrio Riguero fue increíble cómo nos recibió; cuando nosotros entramos, éramos Joaquín (Cuadra Lacayo), Carlos Núñez y yo, después vos, Oswaldo (Lacayo Gabuardi) y Raúl (Venerio Granera), que íbamos juntos todos, los pasamos llevando, más otro compañero que andaba con nosotros, en total éramos unos diez o doce personas que llegamos, que éramos los jefes de la Insurrección”.

Continúa el recuerdo del Comandante Ramírez Solórzano: “Y entonces la gente se entusiasmó, comenzó a levantar barricadas, y de allí nosotros seguimos organizando a la gente en escuadras, la gente comenzó a buscar medicamentos, y los muchachos comenzaron a entusiasmarse y a organizarse, aquello era como en las primeras escuelitas. en los Repuestos La Quince se hizo una gran barricada”. (“Repuestos La Quince” era una Ferretería que se ubicaba frente adonde es hoy la Rotonda Cristo Rey, Santo Domingo o David Tejada Peralta).

Ducualí: Cuna de la Insurrección en Barrios Orientales

Mónica Baltodano Marcenaros hace una especie de cierre sobre esta entrada del Estado Mayor General del Frente Interno Conjunto del FSLN y del Estado Mayor de Managua: “La primera noche (el 10 de junio) nosotros nos vamos a la calle central de Ducualí; en la Sagrada Familia (Iglesia Católica y Colegio en el Barrio Ducualí) nos organizamos un poco”.

Por este ingreso de los dos Estados Mayores del Frente Interno y de Managua a Ducualí se le ha bautizado a este Barrio Ducualí Oriental, contiguo a la Colonia Diez de Junio, con el glorioso nombre de “Cuna de la Insurrección en los Barrios Orientales de Managua”.

El Barrio Ducualí es uno de los vecindarios más antiguos en la Zona Oriental de Managua. Está situado al Norte de la Colonia Diez de Junio, colinda por el Norte con el Barrio El Edén y Puente El Edén, y dentro de su territorio, en el extremo Noreste estaba ubicada ola Treceava Sección de Policía (Comando superarmado de la Guardia Nacional). Esta Treceava, o “Sierra Trece”, estaba ubicada en el edificio monolítico del Mercado Periférico, una construcción sólida, gruesa, de cemento armado, convertida por Somoza Debayle en centro comercial o mercado después del Terremoto de diciembre de 1972.

Este Barrio Ducualí al mismo tiempo colinda con los muros del Cementerio Oriental y con el Barrio Venezuela por el Este y con el Asentamiento Habana por el Sureste. Por el Oeste, el Barrio Ducualí colinda con el Barrio María Auxiliadora. Además, Ducualí de algún modo fronterizo también con el Reparto Bello Horizonte por medio del Cementerio Oriental de Managua.

Estados Mayores Conjuntos en Ducualí

La Iglesia Sagrada Familia sigue ubicada en el lado Suroeste del Barrio Ducualí. Frente a esta famosa Iglesia y Colegio de la Sagrada Familia fue donde se juntaron los Estados Mayores del Frente Interno y de Managua FSLN, el mismo diez de junio de 1979, lo que dio como consecuencia el estallido formal de la Insurrección Sandinista, u Ofensiva Final, en Managua. Por este motivo, después del Triunfo de la Revolución Popular Sandinista el Barrio Ducualí fue bautizado como “Cuna de la Insurrección” en los Barrios Orientales de Managua.

Era de noche. Allí estaban presentes, con fusiles en las manos, vestidos de verde olivo, con salveques de tiros fajados a la cintura, con pañuelos rojinegros ceñidos al cuello, con boinas negras o gorritas verdeolivo, los miembros del Estado Mayor General del Frente Interno y del Estado Mayor Conjunto de Managua, respectivamente: Comandantes Carlos Núñez Téllez, miembro de la Dirección Nacional Conjunta del FSLN; Wiliam Ramírez Solórzano, Joaquín Cuadra Lacayo, Mónica Baltodano Marcenaros, Raúl Venerio Granera y Oswaldo Lacayo Gabuardi, representantes respectivos de las tres tendencias del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

En esa calle, frente a la Iglesia Sagrada Familia, donde posteriormente estuvo ubicado el Frente Interno y además se convirtió en el primer cementerio insurreccional en la Zona Oriental de Managua, sí, allí estaban los jefes principales de la Insurrección Sandinista en Managua, con los fusiles libertarios alzados en alto, sujetando hacia arriba los fusiles y puños cerrados al grito de ¡!Patria Libre o Morir, Patria o Muerte, Venceremos¡¡

Estaban allí rodeados de otras decenas de jefes guerrilleros insurreccionales, de las tres tendencias del FSLN; y de centenares de Combatientes Populares y pobladores que pedían armas de guerra y de cacería y tiros para irse a fajar en combates contra los guardias, esbirros, “orejas”, “soplones”, “jueces de mesta”, paramilitares y agentes de la monstruosa Oficina de Seguridad (policía política somocista, coordinadora de los “escuadrones de la muerte” y de torturadores).

Los Combatientes Populares y pobladores organizados y no organizados rascaban de rabia, exigían les dieran armas y tiros, para irle a cobrar las cuentas pendientes a todos los somocistas genocidas que desde hacía 45 años mataban gente, robaban sin parar, sembraban el terror, asesinaban a miles de seres humanos, secuestraban campesinos y opositores en el campo y la ciudad, y luego éstos aparecían muertos en cualquier parte del territorio nacional, sin que se conociera qué había pasado con ellos antes de perder la vida. Ya se contaban 50 mil muertos, todos asesinados por sicarios de la tiranía somocista genocida. Eran muy pocas las familias que no habían padecido esta pesadilla histórica y mortal  del somocismo genocida.

Insurrección en marcha y el parto revolucionario también en marcha

La Insurrección Sandinista Revolucionaria, para derrocar a la dictadura somocista genocida, estaba en marcha, pues la decisión colectiva consciente, nacional: obreros, campesinos, profesionales, técnicos, amas de casa o trabajadoras del hogar, empresarios medios y pequeños, e inclusive una parte de la gran burguesía explotadora, estaban ya en huelga general, nacional, en labores de sabotajes contra propiedades del Estado y particulares de los somocistas genocidas; se incendiaban vehículos del gobierno y autobuses propiedad de coroneles y generales, se construían barricadas en las calles, se asaltaban oficinas de TELCOR y del Departamento de Carreteras y equipos o maquinaria del Distrito Nacional (Alcaldía) en Managua. Esto ya ocurría también en todo el territorio nacional de Nicaragua.

Estaban ya dadas las condiciones sicológicas insurreccionales contra la tiranía somocista genocida. Las masas populares enardecidas, ya convencidas plenamente de que no podía seguir soportando un mal social, político, económico e ideológico monstruoso, de casi 45 años de existencia, ya absolutamente insoportable, porque al mismo tiempo oprimían, mataban o masacraban de forma selectiva y colectiva por medio de guardias asesinos y de integrantes de los “escuadrones de la muerte”, y se robaban virtualmente todas las riquezas nacionales de Nicaragua, mientras la población en general permanecía en la miseria, en el hambre, especialmente en el campo; en el desempleo generalizado, muy mal de salud, con el analfabetismo al 52 por ciento general y 75 por ciento en Río San Juan, más las cárceles repletas de opositores al régimen  criminal; y en especial  estos ocupantes del territorio nacional en representación del gobierno de Estados Unidos se ensañaban con particular crueldad sanguinaria en las humanidades de sandinistas perseguidos, especialmente si éstos eran ya guerrilleros del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Sí, la Insurrección Sandinista para derrocar el sistema dictatorial somocista, soñada y planificada  por el Comandante Jefe Carlos Fonseca Amador y demás  fundadores del Frente Sandinista de Liberación Nacional en 1961, estaba ya desencadenada, ardiendo fulgurante como la pólvora en todo el país y en Managua.

Sí, el parto revolucionario de la Revolución Popular Sandinista ya se estaba produciendo. Este momento Histórico del Barrio  Ducualí era ya la alborada de la Insurrección Sandinista que comenzó a gestarse en medio de represión espantosa desde 1961, pues con paciencia de santos Carlos Fonseca Amador, Silvio Mayorga, Jorge Navarro, José Benito Escobar Pérez, Francisco Buitrago, Germán Pomares Ordóñez, Santos López, Faustino Ruiz, los fundadores; el resto de miembros de la Dirección Nacional Histórica: Ricardo Morales Avilés, Pedro Aráuz Palacios, Bayardo Arce Castaño, Henry Ruiz Hernández, Eduardo Contreras Escobar, Daniel Ortega Saavedra, Humberto Ortega Saavedra y Víctor Tirado López; y resto de miembros de la Dirección Nacional Conjunta, concretada en marzo de 1979, tres miembros de cada una de las tendencias: Bayardo Arce Castaño, Henry Ruiz Hernández y Tomás Borge Martínez por la Tendencia Guerra Popular Prolongada; Daniel y Humberto Ortega Saavedra y Víctor Tirado López por la Tendencia Tercerista; y Carlos Núñez Téllez, Luis Carrión Cruz y Jaime Weelock Román por la Tendencia Proletaria, todos unidos en estos momentos con un solo Plan Insurreccional, habían trabajado sacrificadamente, en la clandestinidad rigurosa, de forma totalmente voluntaria, sin pago de nadie y en lucha abierta y mortal en defensa de la Patria humillada por los somocistas y el gobierno criminal gringo, exponiendo el pellejo y la vida frente al aparato opresor del somocismo, entrenando política y militarmente al Ejército Guerrillero todavía clandestino, llamado Frente Sandinista de Liberación Nacional, ya desplegado con armas y municiones en manos en todo el país, dirigiendo en el terreno la batalla insurreccional decisiva para cumplir el objetivo esencial del FSLN de derrocar a la dictadura somocista por la vía de las armas  y con ello dar paso a un nuevo sistema político democrático popular.

Según Carlos Núñez Téllez y William Ramírez Solórzano en ese momento del estallido insurreccional de junio de 1979 eran unos cinco mil hombres-armas, entre Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares  entrenados política y militarmente los que estaban ya desplegados, listos con sus planes militares respectivos, para dirigir la batalla insurreccional en cada una de las ciudades grandes y pequeñas, y también en las montañas y caminos, en las dos modalidades combativas, para derrumbar a la dictadura somocista genocida.

Vindicta popular por 50 mil mártires

En ese momento se decía que la dictadura somocista había matado a 50 mil nicaragüenses. De estos 50,000 muertos una gran cantidad habían sido guerrilleros sandinistas entrenados, fogueados en mil combates, entre ellos el mismísimo Jefe de la Revolución Popular Sandinista, Carlos Fonseca Amador; Ricardo Morales Avilés, Pedro Aráuz Palacios, José Benito Escobar Pérez, Germán Pomares Ordóñez, Eduardo Contreras Escobar, Arlen Siú, Claudia Chamorro, Luisa Amanda Espinoza, Angelita Morales Avilés, Luis Alfonso Velásquez Flores, Manuel de Jesús “La Mascota” Rivera, Óscar Turcios Chavarría, Leonel Rugama, Julio Buitrago Urroz, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, Jonathán González, Camilo Ortega Saavedra, Edgard Lang Sacasa, Óscar Pérez Cassar, Aracely Pérez, Alejandro Dávila Bolaños, Jacinto Baca Jerez, Filemón Rivera, Santos Medina Rodríguez, José Francisco Moreno Avilés, William Fuertes Olivares, Fausto García Aráuz, Cristhian Pérez Leiva, David y René Tejada Peralta, Carlos Roberto Huembes, …

De forma sacrificada, en la clandestinidad más rigurosa, en condiciones de hambre y sacrificios extremos, los Jefes Guerrilleros del Frente Sandinista se habían venido entrenando desde hacía  casi 20 años, en montañas, zonas rurales y dentro de ciudades, habían combatido también en numerosas ocasiones contra la Guardia Nacional y sus esbirros, habían asaltado bancos en jornadas de recuperaciones económicas, le habían arrebatado armas y municiones a los guardias nacionales,  todo de forma voluntaria, mediante el abandono de sus familias, de sus estudios y trabajos o empleos, habían pasado hambre, angustias individuales y colectivas, desnudez y enfermedades, hasta llegar a este momento cumbre, glorioso, insurreccional de junio de 1979.

Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares ya distribuidos

Los 110 Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares estaban ya distribuidos, con sus planes militares y políticos, en los sectores correspondientes de la Zona Principal y Zona Secundaria, por ejemplo: Francisco Meza Rojas (asesinado el nueve de junio, en la Carretera Norte, cuando iniciaba la Insurrección) y Marcos Somarriba García ya estaban ubicados en el lado de la Carretera Norte; Ramón “Nacho” Cabrales Aráuz en el sector de Villa Progreso, Aserrío Carlos Morales Orozco, Colonia Xolotlán, Colonia San Jacinto, Colonia Miguel Gutiérrez, Barrios Mombacho y Waspán Sur, Américas Uno hasta Rubenia (inicialmente sus combates fueron en La Fuente y Reparto Schick Gutiérrez); Sergio Gómez Vargas en las Colonias Nicarao, Catorce de Septiembre, Don Bosco, Luis Somoza (Diez de Junio), Colombia, y Reparto Santa Julia; Mónica Baltodano Marcenaros del Puente Larreynaga al Puente El Edén; Rolando “Cara Manchada” Orozco Mendoza en la Zona del Puente El Edén al Puente Paraisito, Carlos Duarte del Puente Paraisito al Puente San Cristóbal; Marcos “Wil” Largaespada Prado del Puente Larreynaga a los llamados Semáforos de la Robelo, en el cruce de la Pista de la Resistencia Sandinista y la Carretera Norte; un Frente de Guerra Especial para proteger al Estado Mayor del Frente Interno, ubicado en contorno del Reparto El Dorado, especialmente por los lados Sureste y Suroeste; Javier “99” López Lowery en el centro de la tormenta en Bello Horizonte y Santa Rosa; Francisco “Chico Garand” Guzmán Fonseca en otro Frente de Guerra Revolucionario Móvil que abarcaba Bello Horizonte, Barrio Santa Rosa, Colonias Maestro Gabriel y Salvadorita (Cristhian Pérez Leiva), en el Barrio El Edén, en el Barrio Santa Bárbara (hoy Barrio Venezuela), en la Zona Oriental y Norte, por ejemplo.

Con similares o diferentes responsabilidades militares, coordinando columnas y escuadras móviles de Combatientes Populares y Comités de Defensa Civil, estaban también, en la Zona Principal, los Jefes Guerrilleros: César Augusto Silva, Walter Ferrety Fonseca, Róger Cabezas Gómez, Federico López Argüello, Jorge Roustan Reyes, Eduardo Cuadra Ferrey, Edgard “JC” Guerrero, César Largaespada Palaviccini, William “Juan Grande” Montalván, Víctor Boitano Coleman, Humberto del Palacio González, Douglas López Niño, entre otros.

Otros y otras destacados también como jefes en la Zona Oriental de Managua fueron: Rafael Solís Cerda, Walter Mendoza Martínez, Douglas Duarte, Carlos Duarte, Óscar Lino Paz Cubas, Justo Rufino Garay Mejía, Alejandro Mairena Obando, Aristeo Benavidez, Martín Castellón Ayón, Elizabeth Pinell, Isabel Castillo, Ligia Alemán, Danilo Norori, Frank “Machillo” González Morales, Carlos “Sobrino” Dávila Sánchez, Marta Lorena López Mojica…

Aquí en la Zona Principal, la Comisión Política y de Propaganda estuvo integrada por Julio López Campos, Marcos Valle Martínez, Glenda Monterrey Vásquez, Lea Guido López y Moisés Hassan Morales. Esta Comisión Política y de Propaganda se movía en torno a los sitios en que estaban ubicados el Estado Mayor General del Frente Interno y el Estado Mayor de Managua, con el fin de estar pendientes de lo que debía denunciarse frente a la población, o informar de los triunfos que se iban obteniendo en los enfrentamientos armados contra los enemigos somocistas genocidas.

En la Zona Suroccidental (parte de la Zona insurreccional Secundaria de Managua), el Estado Mayor Conjunto se había integrado por Gabriel Cardenal Caldera, Adrián Meza Soza, Víctor  “Bayardo”, “Dientes de Lata”  Romero Pérez, Genie Soto Vásquez, Mauricio del Carmen Kiel y René Cisneros Vanegas por los Proletarios; Juan y Miguel Navarrete por los Terceristas; Boanerges Munguía, William Díaz Romero, Cristóbal Guevara Casaya y Eduardo Cuadra Ferrey por  la Tendencia Guerra Popular Prolongada. Eduardo Cuadra Ferrey (“el Chele Cuadra”) se integra a este Estado Mayor cuando los combates están en pleno apogeo en San Judas.

Además, hubo dos grupos llamados “Comandos Cristianos Revolucionarios” y de Antonio “Chele” Zepeda Fonseca que no se sujetaron orgánicamente al Estado Mayor Conjunto mencionado, y que operaron de forma “independiente”, lo cual causó algunas dificultades de coordinación militar en la Insurrección de San Judas, Vista Hermosa, Loma Linda, Villa Roma, San Patricio y Torres Molina.

Este Estado Mayor Conjunto del FSLN, integrado en una reunión clandestina en la Colonia Vista Hermosa, procede inmediatamente a formar siete columnas. “En total éramos unos 300 hombres y mujeres, Combatientes Populares, con entrenamiento militar rápido, relámpago, con armas de cacería, como escopetas, rifles 30-30, rifles 22, pistolas nueve milímetros, revólveres calibre 38, mientras los fusiles automáticos y ametralladoras eran portados por los Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares seleccionados por el mando debido al nivel de entrenamiento militar y político que ya tenían, más una masa popular enorme, que sobrepasaba los mil y pedían armas para irse a enfrentar con los guardias somocistas asesinos”, recuerda Víctor Cienfuegos Aburto, uno de los jefes de columnas y escuadras.

Ya para el cuatro de junio se conocían también algunos Combatientes Populares con mandos o jefaturas en columnas y escuadras de combate en esta Zona Suroccidental, , como: Julio Ruiz Flores, Víctor, Carlos y Mario Cienfuegos Aburto; Mauricio Somarriba, Yuri Valle Olivares, Johana Córdova, Franklin Montenegro, Ileana Zamora, Cintya, Aura Lila Mendoza,  Ramiro Córdova, Manuel Mendoza, Gurvin Dinarte, los hermanos Navarrete, Óscar Huezo, los Hermanos Rosales, Emma Provedor, Julio Flores, Onofre Guevara, Antonio Salgado, Bruno Lorío, Sergio González, Carlos Flores, Mario Lorío, Walter López,  Máximo López, Edgard Hernández Cruz, Wilfredo Baca, “El Vikingo”, Luis Salgado y Carlos Flores, Santiago Núñez Solís, Arnoldo Real Espinoza, Salvador Ramiro García Ramírez, Pedro Meza, Roberto y Edwin “Piojo” Sánchez  Baltodano, entre otros.

Entre más de 300 Combatientes Populares, integrantes de columnas y escuadras revolucionarias, estaban también integrados, entre otros: Francisco Javier Zúniga Alvarado, Modesto Munguía Martínez, Ronald “Pollón” López, David Hernández, Antonio Padilla, Mauricio Icaza, Ramiro Córdova, Ángela Largaespada, Miguel Fornos, Luis Salgado, Mario Montenegro, Sergio Guevara, Sebastián y Rodolfo Blanco, Manuel Guadamuz, Segundo Samayoa, Nelson Vargas, William Espinoza, Manuel Calderón, Francisco Martínez, José Cordero, Gustavo Padilla, René Blandón, Douglas Mejía, Israel Medina, Alejandro López, Bayardo Ordóñez, Felipe Rayo, Medardo Hurtado, Héctor Luis Obregón, Beatriz Narváez, José Francisco Mayorga,  Ramón López, Manuel Cruz, César Ramírez, Mario Téllez, Cristóbal Martínez, Francisco Morales Alvarado, Cruz Hernández, Camilo Membreño Zapata, Luis Rodríguez Alvarado, Óscar Vargas, Ramón Castro, Carlos Malespín, Fernando Zepeda, Tomás Rosales, Milton Rosales Lorío, Bolívar Torres Sequeira, Iván Torres, Aníbal Bendaña, Reynaldo Sevilla, Ignacio Munguía, Julio Peineta, Roberto Alvarado, Gloria González, Gustavo Meneses, Milcíades Murillo, Juan Manuel Navarrete, Roberto Lorío, Guillermo Tinoco y Roberto Salazar.

Según Víctor y Carlos Cienfuegos Aburto, todos los Jefes Guerrilleros integrantes del Estado Mayor Conjunto mencionado y los Combatientes Populares seleccionados como responsables de columnas y escuadras de combate, sí, todos estaban clarísimos de que el papel que ellos y las masas populares iban a desempeñar en las Zonas Suroccidental y Noroccidental (o Secundaria) era de distracción, de organizar combates móviles, de emboscadas veloces, de empantanamiento, de impedir que la Guardia Nacional somocista genocida se desplazara hacia el Sur de Nicaragua, para que no moviera tropas a Occidente y al Norte del país, tampoco a Masaya ni a Carazo, y con especial énfasis en que se impidiera movilización de tropas hacia la Zona Oriental de Managua, la Zona Principal en que se instalaría la Insurrección Sandinista, u Ofensiva Final, y donde estarían los  principales dirigentes revolucionarios del Frente Sandinista de Liberación Nacional, ubicados en Managua en ese momento.

Al mismo tiempo se integra en Acahualinca el Estado Mayor Conjunto del FSLN clandestino en la Zona Noroccidental de Managua: Monseñor Lezcano, Loma Verde, Acahualinca, Colonia Morazán, Santa Ana, Balcanes, San Sebastián,  Linda Vista, Las Brisas, Valle Dorado y Altagracia, integrado según testimonios de Combatientes Populares, por: Silvio “Israel” Porras García, Arnoldo “Viejo” Real Espinoza, Jorge Esquivel Acevedo, Jorge Corea Briones,  Alba Luz Portocarrero Ramos,  Soraya Hassan Flores, asesinados  por sicarios genocidas de la EEBI en la Masacre de Batahola el 15 de junio de 1979; y Roberto y Edwin “Piojo” Sánchez Baltodano, Efraín “Challuya” Téllez, Pedro “Chaparro Henry” Meza y Alejandro “Marciano” Díaz Meza, estos últimos de la Tendencia Guerra Popular Prolongada (GPP).

Además, en el caso de la Zona Noroccidental fue notorio que este Estado Mayor Conjunto del FSLN no estuvo unido en la práctica. Los más notorios durante la contienda insurreccional en esta Zona Noroccidental de Managua, fueron: Silvio Porras García, Arnoldo “Viejo” Real Espinoza, Jorge Esquivel Acevedo y Jorge Corea Briones.

“A nosotros, integrantes de la Columna “Óscar Turcios Chavarría”, en una reunión clandestina nos dijeron clarito que el papel insurreccional de los Combatientes Populares, Jefes Guerrilleros y población en general, sería de diversión, de provocar combates móviles, efectuar emboscadas rápidas, de hostigamientos también relámpagos, para empantanar a la guardia somocista, para que no saliera de Managua, para que no moviera tropas ni artillería hacia la Zona Oriental de Managua, mientras se instalaban allí los Estados Mayores del Frente Interno y de Managua y se desataba la Insurrección en la Zona Principal, según el Plan Militar Insurreccional, para atacar a los guardias de forma móvil con columnas y escuadras móviles, y al mismo tiempo haciendo resistencia a tiros y bombazos en las barricadas y trincheras de combate, también ubicados nosotros en muros, cauces y encima de árboles y techos de casas”, recuerda Ramiro Salvador García Ramírez, uno de los jefes de  escuadras en Monseñor Lezcano.

“Además, a nosotros en la Zona Noroccidental de Managua se nos asignó la tarea militar de levantar barricadas  en todas las esquinas y calles principales de Monseñor Lezcano, Reparto Linda Vista,  en el semáforo de Linda Vista, en la Pista rumbo a la Refinería, en la Colonia Morazán, en la esquina de entrada al Seminario Nacional (de la Iglesia Católica), en el Barrio Santa Ana, en las esquinas cercanas a Gadala María, por La Ceibita, en Acahualinca; todo esto después que ya en casas de seguridad habíamos embuzonado unas pocas armas de guerra y municiones, más las armas de cacería, las bombas de contacto, y que nos disponíamos a planificar cómo haríamos el ataque y destrucción de la Tercera Sección de Policía, cuyos guardias imponían terror en estos vecindarios occidentales de Managua, ubicada esa guarnición en la casa de una familia de guardias y “orejas” de la tenebrosa y mortal Oficina de Seguridad Nacional (OSN)”, añade Ramiro Salvador García Ramírez.

Según César Augusto “Chino” Ampíé y César “Mou” Téllez Sánchez, dos de los ocho sobrevivientes de la masacre en la Colina 110,  el 13 de junio de 1979, por orientaciones directas de César Augusto “Moisés” Silva, un grupo de más de 30 jóvenes Combatientes Populares ya entrenados en el Asentamiento Los Laureles, ubicados al Este de Villa Libertad, habían formado la Columna Manuel Fernández desde abril de 1979, con la finalidad de hostigar a los guardias somocistas en este sector oriental de Managua y para tener una visión privilegiada del Aeropuerto Las Mercedes desde la Colina 110, ubicada unos cinco kilómetros al Sur. También se intentaba armar un plan de asalto a la Fuerza Aérea somocista, a partir de esta Colina 110, lo cual resultaba imposible por distancia, escasez de armas de artillería y por mediar un terreno demasiado plano desde el Asentamiento Los Laureles.

Esta Columna combativa la integraban, entre otros: Marvin Luis “El Viejón” Úbeda Acuña, César Augusto “Chino” Ampié Rivas, César “Mou” Téllez Sánchez, miembros del Estado Mayor Conjunto;  Antonio “Chino Cebolla” Cruz Gómez, Ernesto “Tito” Sánchez, Lorenzo “Lencho Calilla” García, Carlos “Mono” Juárez Cruz, Raúl “Lunar” Vivas Quintero, los hermanos “Gatos” Marvin, Raúl y Carlos Vanegas y Heberto “Sapo Tuerto” Bonilla.

“Chino” Ampié Rivas y “Mou” Téllez Sánchez  relatan que desde abril de 1979 por orientaciones de César Augusto Silva y Mónica Baltodano Marcenaros, los miembros de esta Columna Manuel Fernández tenían como misión sistemática fabricar bombas de contacto para emboscadas a los guardias en Managua, hostigar con escuadras móviles a las patrullas BECAT de la GN, recoger información permanente de los movimientos de los guardias nacionales y sus esbirros en rumbo del Aeropuerto Las Mercedes, desde la Colina 110, y asimismo recoger información de inteligencia de esos mismos movimientos hacia la Comarca Sabana Grande y en rumbo a las Colonias Américas, Villa Libertad, Villa las Sabanas, Villa Fraternidad, Cinco de Diciembre, etc.

Asimismo, los integrantes de esta Columna Manuel Fernández le daban importancia especial a la  casa de seguridad que tenían donde doña Petronila  “Nila” Hernández, adonde llegaban con frecuencia a hospedarse y en labores conspirativas revolucionarias los Comandantes William Ramírez Solórzano y Mónica Baltodano Marcenaros.

También cuidaban, día y noche, un buzón de armas de guerra y de cacería, escondido en un predio montoso, donde hoy funciona el Colegio Omar Téllez. Esta Columna de Combatientes Populares Manuel Fernández jugó un papel militar importante en este extremo de la Zona Oriental de Managua, pues en ese paso de forma móvil hostigaban a los convoyes de guardias y patrullas BECATS, lo que impidió el libre paso de la Guardia Nacional somocista genocida hacia el resto de vecindarios orientales en que se asentaba la Insurrección Sandinista, u Ofensiva Final.

La Guardia masacró a la mayoría de los integrantes de esta Columna en la Colina 110 usando aviones artillados, helicópteros lanza bombas de 500 libras, tanques y tanquetas, ametralladoras, fusilería portadas todas por unos 300 guardias, más una retroexcavadora, de lo cual hablaremos más adelante.

Unos 400 guardias cierran todas las entradas al OPEN III

En el OPEN III (hoy Ciudad Sandino), ubicado 12 kilómetros y medio al Oeste del casco urbano Suroeste de Managua,  al mismo tiempo se había formado el Estado Mayor Conjunto del FSLN, integrado por Adolfo Aguirre Stathadgen, Adilia Eva Solís y  Víctor Mauricio Membreño Morales (llegó a ser coronel del Ejército); y jefes de escuadras y Comandos: José Alexander Estrada Fonseca, Nelson Romero Lanzas, Héctor Antonio Martínez, Gustavo (hijo) Cerna González, Marlene Álvarez, Pablo Alberto Selva Ortega; Carlos Vivas  y Antonio “Julio” López González, responsables de entrenamiento militar, y respaldados por casi 150 Combatientes Populares con poco entrenamiento militar y escasísima cantidad de armas de guerra.

Hubo otros Combatientes Populares destacados como: Julio César Avilés, los tres hermanos Treminio:   Amparo, José y Raúl; Carlos Morales hijo, Gerónimo Cruz Vanegas, Margarito Ocampos, Patricia Orozco, Harry Chávez, Concepción “Aldo” Pérez, Franco Vallecillo, Gerardo Vallecillo, Mercedes Duarte, Heriberto Bolaños, Juana Álvarez Herrera, Lola Norori, Isabel Aróstegui.

El cuatro de junio, día en que comienza la Huelga o Paro Nacional contra la tiranía somocista, la  Guardia Nacional y la Escuela de Entrenamiento Básico (EEBI) instalan un campamento, o Comando, en la subida de la Carretera en la Cuesta del Plomo (Cuesta de los Mártires) por la vía de la Refinería Esso, más un retén en la salida de la misma Cuesta del Plomo hacia la Carretera Nueva a León; un retén militar más Campamento en “Las Piedrecitas”, o inicio de la Carretera Nueva a León; un retén en la entrada y salida del Reparto Satélite Asososca, otros dos retenes de guardias en las dos entradas del lado Norte del OPEN III (Ciudad Sandino); un Campamento con alrededor de 60 guardias en las proximidades  del Tanque de Agua Potable, ubicado en la Colina  Oro Verde, en el lado Norte; más la propia Sección de Policía GN (“Sierra 2”) donde hoy se ubica ENATREL en el Norte del OPEN III, en la orilla de la Carretera y enfrente de la entrada principal, y, finalmente, es reforzado con más soldados el Comando GN que permanece donde fue después “Pescafrito” en una esquina de la Plaza de los Cabros.

José Alexander Estrada Fonseca, quien fue en el OPEN III uno de los jefes de escuadras, calcula que en todos estos comandos GN habían aproximadamente unos 400 guardias, dotados de dos tanquetas, en cada comando tenían fusiles y al menos una ametralladora, bazukas, camiones para transportar tropas, jeepones para montar y operar las ametralladoras, cárceles improvisadas, equipos de “orejas”, “soplones”, “jueces de mesta”, torturadores, miembros de los “escuadrones de la muerte” (“Mano Blanca”), agentes de la Oficina de Seguridad, con el fin de hacer la guerra a muerte en contra de los pobladores de este sector poblacional muy pobre, luchador social inclaudicable, y recién fundado (en 1969, con damnificados de “Miralagos”, Lago de Managua) a ambos lados del kilómetro doce de la Carretera Nueva a León.

Los Jefes Guerrilleros, encabezados por Adolfo Aguirre Estathadgen, Eva Adilia Solís y Víctor Membreño Morales, ya tenían formados dos Comandos Revolucionarios del Pueblo y las escuadras correspondientes: José Estrada Fonseca, jefe de la Escuadra “Germán Bojorge”; Nelson Romero Lanzas, jefe de la Escuadra “Mártires de Solectra”; Héctor Antonio Martínez, jefe de la Escuadra “Ulises Rodríguez”; Gustavo Cerna González (hijo), jefe de la Escuadra “Gonzalo Jarquín”, y contaban  con Antonio López González y Carlos Vivas como entrenadores de Combatientes Populares.

Se debe tomar en cuenta, para efecto de coordinaciones militares revolucionarias en la Insurrección Sandinista, que el territorio del OPEN TRES estaba separado trece kilómetros de la Zona Oriental de Managua y seis kilómetros de las Zonas Suroccidental y Noroccidental capitalino. Esto aisló totalmente a estos Jefes Guerrilleros, Combatientes Populares y pobladores del resto de insurreccionados en la Capital nicaragüense.

De acuerdo con los testimonios de  José Estrada Fonseca y Antonio “Julio” López González, al momento de estallar la Insurrección Sandinista en el OPEN TRES, estaban ya organizados unos 150 Combatientes Populares, de los cuales sólo 15 contaban con armamento regular: un fusil Garand, un  fusil Fal, tres escopetas de mazorca o semiautomáticas, y el resto eran rifles 22 y 30-30, revólveres y pistolas.

Estos testimonios históricos indican  que en el OPEN III se precipitan los acontecimientos militares por parte de la Guardia Nacional y de la EEBI porque los “altos mandos” de la GN estaban convencidos de que el estallido principal de la Insurrección Sandinista comenzaría en los Barrios Occidentales, especialmente en el OPEN III y que por este lado se comenzaría bloqueando la Carretera Nueva a León, para que Somoza Debayle genocida no pudiera mover tropas al Occidente de Nicaragua.

“Aquí en el OPEN III antes del cuatro de junio, antes de la Huelga Nacional, la guardia ya tiene tomados todos los cerros, las entradas al Barrio y andaban intimidando a la gente en los cuatro costados del OPEN.  El estado de terror impuesto por la GN era espantoso, angustioso, de amenazas mortales”, recuerda José Estrada Fonseca.

Por medio de Radio Sandino clandestina, mediante noticieros radiales y periódicos de circulación nacional se conocía de algunas informaciones sobre los estallidos insurreccionales de El Jícaro (Nueva Segovia), de Estelí, de Jinotega, de Matagalpa, y del accionar de una columna guerrillera sandinista móvil en Nueva Guinea en el Sur Atlántico de Nicaragua, y de que Masaya y León se alistaban para lanzarse a la Insurrección Sandinista, más  el funcionamiento pleno de la Huelga General contra el régimen somocista.

En Managua se conoce, en esos primeros cuatro días de junio de 1979, se ve claramente, que cuando estalla la Huelga General el cuatro de junio de 1979, centenares o miles de guardias y sus esbirros (“orejas”, “soplones”, “jueces de mesta”, torturadores, miembros de los “escuadrones de la muerte”, agentes de la Oficina de Seguridad, paramilitares conocidos y políticos somocistas extremistas) están desplazándose con artillería, tanques y tanquetas, ametralladoras calibre 50 y 30, lanzamorteros portátiles, camiones blindados, retroexcavadoras del Distrito Nacional o Alcaldía…. y tomando posiciones estratégicas en sitios geográficos poblados como el ZUMEN en la entrada a San Judas, en los edificios del Centro Cívico, especialmente los que ocupan actualmente el Ministerio de Educación y el Concejo Municipal de la Alcaldía de Managua;  al Sur de la Colonia Independencia, en el Plantel de Limpieza Pública conocido como “Los Cocos”, en la entrada a San Judas; en las Lomas de San Judas, están reforzando la guarnición o Sección de Policía, ubicada por el llamado “Nancite”; ya tienen tropas dentro y fuera del Estadio Nacional (sólo aquí tienen unos 500 hombres), ubican tropas en el Taller Batahola del Distrito Nacional, aunmentan tropas en torno a la Casa Hacienda El Retiro del tirano Anastasio Somoza Debayle, refuerzan la presencia de tropas en el Contry Club de la burguesía y en ENACAL, en el Plantel que el Distrito Nacional tiene en Acahualinca, en las instalaciones del Distrito Nacional en Acahualinca, en el Aserrío de Acahualinca,  en la Fábrica Gadala María, de los Somoza, contiguo a las Huellas de Acahualinca; en la Refinería Esso, en los Talleres del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua, más conocido como “Escuela de Arte”, en la orilla del Lago de Managua; en los kilómetros Siete, Ocho y Nueve de la Carretera Sur, en las entradas principales del OPEN III, en la llamada Plaza Julio Martínez, en el conocido “Camino de Bolas” y el Aserrío Santa Fé de Heliodoro Alfaro por el Este de San Judas, tienen ya reforzadas todas las 16 guarniciones o Secciones de Policía en San Judas, Monseñor Lezcano, en el OPEN III, etc., lo cual da una idea de que ya tenían instalado un anillo militar en toda la Zona Occidental de Managua.

Al mismo tiempo es notorio un patrullaje  intenso con convoyes blindados (varios camiones altos, de barandas), en cuyos tráilers y techos de los vehículos andan ya instaladas ametralladoras calibre 50 y 30, y también se desplaza infantería por en medio de los vecindarios, con el fin de provocar miedo, terror colectivo.

En la Zona Oriental de Managua, en los primeros cuatro días de junio, antes de la instalación de los Estados Mayores Conjuntos del Frente Interno y de Managua del FSLN, especialmente el cinco de junio, cuando ya está en pleno apogeo la Huelga General Nacional, es notorísima la actividad militar de la Guardia Nacional y sus esbirros, igualmente moviéndose en convoyes de camiones de la “Acción Cívica”, del Distrito Nacional y del Departamento de Carreteras;  en tanques y tanquetas,  en  camionetas, en jeeps BECATS y a pie, e instalándose con fusilería, ametralladoras calibre 30 y 50, con lanzamorteros y lanzagranadas en sitios como el Edificio Armando Guido, en toda la Carretera Norte, en la Planta Eléctrica, ubicada contiguo al Barrio Quinta Nina; están reforzando las 16 guarniciones o Secciones de Policía como la Doceava, en Bello Horizonte; en la Treceava, entre los Barrios Edén y Ducualí;  más tropas en “16va.”, en el Barrio Mombacho, en la Carretera Norte; una Sección de Policía o Cuartel en el Gancho de Caminos, en la entrada al Mercado Oriental; en las del Reparto Schick Gutiérrez y la Colonia Centroamérica, están instalando tropas y artillerías en los edificios del Hospital Oriental, en las construcciones de lo que hoy es el Mercado Carlos Roberto Huembes, en el Aserrío Carlos Morales Orozco, en las instalaciones del Hotel Estrella,  en las instalaciones de ENACAL, contiguo a la empresa Simens; en la empresa Ludeca, frente a los semáforos de Portezuelo; instalan tropas en la Shell Waspán y la Fábrica Maber, en el Aeropuerto Las Mercedes, en La Subasta y las entradas a ROCARGO, están colocando tropas y tanquetas en las cercanías del cruce de Portezuelo, en la esquina Noreste del Barrio Santa Rosa; en la Pista Sabana Grande desde Rubenia, están instalando tropas en el parque infantil del Reparto Jardines de Veracruz, en el costado  Este de la Colonia Catorce de Septiembre, instalan tropas y francotiradores en el edificio en construcción de la Escuela de Comercio Independencia en el lado Noreste de la Colonia Nicarao; asimismo instalan tropas, ametralladoras y francotiradores en el edificio en construcción del Hospital del Niño y también se meten al Centro Juvenil Don Bosco, refuerzan con otros 40 soldados,  tanquetas, ametralladoras y fusiles en la Treceava Sección de Policía, también colocan tropas por la Clínica Santa María, en la esquina Sureste de Ciudad Jardín; llevan tropas hasta cerca del Puente El Edén, igualmente en las cercanías del Cine Colonial, en la Pista Larreynaga; y refuerzan con más soldados la Sección de Policía GN en el Gancho de Caminos, en la entrada Sur al Mercado Oriental.

Al mismo tiempo, estas tropas de infantería catean casas, van en tropel dentro de los vecindarios, capturan a jóvenes (hombres y mujeres), los montan en los camiones, jeepones y jeeps patrullas BECATS; estos capturados son  torturados y aparecen asesinados en distintos sitios de Managua. El ambiente es de terror escalofriante, y por este motivo el fervor revolucionario, la arrechura colectiva de la gente es inmensa, y están exigiendo armas y municiones para ir a combatir en las calles a esta banda de asesinos de la dictadura somocista genocida.

Los Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares selectos, ya organizados en columnas y escuadras, en los casos de San Judas, los Asentamientos Loma Linda, Villa Roma y Torres Molina, Reparto Vista Hermosa, en Monseñor Lezcano, en Acahualinca, Colonia Morazán, en Loma Verde, en Santa Ana y Linda Vista, Barrio Cuba, San Sebastián y Balcanes, reciben la orden del Estado Mayor Conjunto, encabezado por Gabriel Cardenal Caldera, de irse a sus sectores barriales respectivos, guardar sus armas de guerra y de cacería en buzones, y esperar la orden para salir a las calles y enfrentarse a tiros y “bombazos de contacto” con los guardias somocistas y sus esbirros.

Ya están listas, entonces, las condiciones anímicas humanas y materiales para lanzar la ofensiva insurreccional sin retroceso, con ataques móviles potentes, para causarle pánico y retrocesos al enemigo somocista, pues está la Huelga Nacional en su apogeo, la tropa militar sandinista está organizada, con planes específicos  y armada (aunque las armas y municiones eran insuficientes) y hay ya sublevación popular creciente en todo el país, y en este caso en Managua, Capital de Nicaragua.

Pobladores salen a las calles y queman camión de correos

Guardias EEBI entran asesinando en San Judas, el 4 de junio

“Mientras esta orden a los Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares selectos se ejecuta en San Judas, Loma Linda, Villa Roma y Torres Molina, por ejemplo, es ya cuatro de junio de 1979, y entonces es la gente, es casi todo el Barrio San Judas, hombres, mujeres, jóvenes, niños y viejos, salen a las calles a desafiar a la guardia, nos exigen armas y municiones, proceden a fabricar barricadas en las esquinas, algunos Combatientes Populares  nos sumamos y entonces se le prende fuego a una camioneta, parecida a camioncito, de TELCOR o Correos, del Ceibo dos  cuadras hacia el Sur”, relata Víctor Cienfuegos Aburto.

Un grupo numeroso de unos 30 jóvenes detuvieron el camioncito, y no se sabe de dónde al mismo tiempo aparecieron dos latas con gasolina, se las rociaron al vehículo, y le prendieron fuego, a plena luz del día, un poco después del medio día del cuatro de junio de 1979. Centenares de hombres y mujeres, civiles, sin entrenamientos alguno, de forma espontánea, también se lanzaron  a las calles principal y adyacentes de San Judas, a darle apoyo, o respaldo moral y político a los casi 30 jóvenes (hombres y mujeres) que le habían prendido fuego al camioncito de TELCOR, o de Correos de Nicaragua.

Estos mismos pobladores comenzaron a tirar objetos a las calles para fabricar barricadas de forma improvisada, sin dirección de los Combatientes Populares… eran objetos poco sólidos y por tanto barricadas débiles.

Casi al instante, según Víctor Cienfuegos Aburto, se aparecieron unos 300 guardias de los que estaban ya acantonados en el Sur de la Colonia Independencia y en el Plantel de Limpieza Pública Municipal de “Los Cocos”, en camiones y a pie, portando fusilería y ametralladoras  calibre 30 en las manos, iban capturando a jóvenes que estaban en las calles, se metían dentro de las casas, examinaban las manos de los que tenían olor a gasolina y de inmediato  los subían a culatazo limpio en los camiones y jeeps. “Capturaron a unos 20 jóvenes, que todavía no eran Combatientes Populares, se los llevaron y desaparecieron para siempre”, relata Víctor Cienfuegos Aburto.

La soldadesca somocista, portadora de la furia antipopular de la Guardia Nacional,  del tirano Anastasio Somoza Debayle y de su hijo Anastasio “Chigüin” Somoza Portocarrero, jefe de los batallones de asesinos y mercenarios de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI), la cual estaba desplegada precisamente en toda la Zona Suroccidental de Managua, y en ese momento marchaba con tropel hiriente en el pavimento y suelo de San Judas, además procedieron a obligar a varias decenas de ciudadanos civiles, hombres y mujeres, con la amenaza de dispararles, para que removieran los objetos metálicos, piedras canteras, ramas de árboles, etc., con que habían hecho improvisadamente las barricadas mencionadas.

Secuestran a niños, ancianos y mujeres

Los colocan delante de las tanquetas y los suben donde llevaban ametralladoras

Además, usando elementos de terror colectivo, secuestraron en ese momento a casi un centenar de mujeres, niños y ancianos, a los cuales los colocaron por delante de donde ellos iban avanzando en la calle principal de San Judas, y a otros, los subieron por la fuerza encima de las tanquetas y jeepones en que llevaban montadas las ametralladoras calibre 50 y 30, con la finalidad de que los Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares armados no les fueran a disparar. Así era la crueldad monstruosa de la Guardia Nacional somocista y de Somoza Debayle, su jefe asesino genocida.

En esta incursión, bautizada por los mismos somocistas como “operación limpieza”, el tropel de guardias llegó hasta las construcciones de lo que es hoy el Complejo Comunitario Róger Deshón Argüello y el Mercado de San Judas, donde ubicaron un llamado “puesto de mando móvil”, es decir, que ese era punto de reunión de donde salían y se reportaban las patrullas de soldados opresores hacia los Barrios San Judas, Villa Roma, Loma Linda, Torres Molina y otros vecindarios aledaños.

Los Jefes Guerrilleros, Combatientes Populares y Milicianos, unos 300 en total,  ya organizados con su Estado Mayor Conjunto del FSLN y sus siete Columnas, no podían, ni debían todavía  lanzarse al combate frontal contra los guardias por las órdenes que tenían del jefe del Estado Mayor Conjunto, Comandante Gabriel “Payo” Cardenal Caldera, quien al mismo tiempo coordinaba acciones militares y políticas con el Estado Mayor General del Frente Interno y también con el Estado Mayor Conjunto de Managua, cuyos miembros se instalaban y organizaban en esos momentos en el Barrio Paraisito, en el Reparto El Dorado, en el Barrio María Auxiliadora y en el Barrio Ducualí, Zona Oriental-norte capitalina.

Ese mismo día  cuatro de junio se conoció que la soldadesca de la EEBI también convirtió en cuartel y cárcel las aulas del Instituto Miguel de Cervantes Saavedra, ubicado en una manzana del costado Sur del Centro Comercial ZUMEN, en la entrada principal al Barrio San Judas.

Ambulancias de la muerte

Cuerpos descuartizados y quemados por guardias somocistas

Inclusive al ocurrir esto último en el Instituto Miguel de Cervantes Saavedra comenzó a circular la versión terrible y mortal de que este sitio y de la llamada Central de Policía (ubicada en las cercanías del Edificio Armando Guido, en el Barrio San Luis, Carretera Norte) empezaron a salir, o aunmentaron sus salidas, unos vehículos cerrados, de distintos colores, con una Cruz Roja en los costados y parte delantera, a los que Gabriel “Payo” Cardenal Caldera bautizó como las ambulancias de la muerte.

Y es que efectivamente después se comprobó, al menos en la Zona Occidental de Managua, que en estos vehículos los guardias y torturadores montaban a los ciudadanos capturados en diferentes partes de Managua, los torturaban dentro de estas “ambulancias de la muerte”, o los subían a estas camionetas mortales cuando ya los habían matado a balazos, puñaladas y golpes, y en estos mismos vehículos iban a tirar sus cadáveres a la “Cuesta del Plomo”, en las Lomas de San Judas, en la costa del Lago de Managua, frente al Teatro Rubén Darío, en los Lomos de El Crucero, en los llamados “Escombros de Managua”, etc.

Túneles de la muerte en Cerro Mokorón

También se conocía que centenares de jóvenes capturados, hombres y mujeres, habían sido llevados a túneles secretos  del Cerro Mokorón, ubicado en el lado Oeste de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN), donde también asesinaron a centenares de ciudadanos capturados en la Capital. Uno de estos jóvenes capturados y metidos en los túneles de Mokorón fue Salvador “Chava” Pérez Alemán, quien después del Triunfo de la Revolución Popular Sandinista fue coordinador de los Combatientes y Colaboradores Históricos en Managua.

Se conoció en esos días que a este sitio de Mokorón fue llevada la doctora Erlinda López Osorio, después de ser capturada en una de las “operaciones limpieza” en San Judas. El cadáver de la doctora López nunca apareció. La doctora Erlinda López Osorio curaba  en San Judas a los heridos, tanto a Combatientes Populares como civiles, que resultaban lesionados por los ataques a balazos y bombardeos aéreos de la Guardia Nacional somocista.

En ese mismo sitio del Cerro Mokorón, en 1968, se afirma que el Mayor GN asesino Óscar Morales Sotomayor  despedazó el cuerpo de David Tejada Peralta, y después hicieron circular la versión malvada de que el cadáver de Tejada Peralta había sido lanzado dentro del Cráter Santiago del Volcán Masaya.

De acuerdo con un relato escrito de Cristóbal “Gersán” Guevara Casaya, uno de los miembros del Estado Mayor Conjunto FSLN de la Zona Occidental de Managua, el tropel de guardias mencionados del día cuatro de junio, frente a la casa de la familia Toruño, atrapan a un jovencito moreno llamado Francisco Gómez Fonseca, a quien tumban a culatazos y balazos al suelo, y después le desbaratan el cráneo con una piedra.

Esto causó más indignación en la Zona Suroccidental de Managua, porque, inclusive, Anastasio Somoza Debayle y su Guardia Nacional de asesinos al mismo tiempo en las radioemisoras del Estado y en su Diario NOVEDADES acusaban a los sandinistas de “subversivos”, de “Sandino-comunistas-terroristas”, de “ladrones”, de “violadores”, de “provocadores de pánico” y de “poner en peligro la democracia nicaragüense”, y a la vez se ponían ellos, Somoza Debayle, sus guardias masacradores genocidas, sus asesinos y ladrones, como los mejores defensores de la “democracia” y de la “vida” y “seguridad” de los nicaragüenses.

Masacran y queman a Isidro Centeno

Casi al mismo tiempo, el cinco de junio en la tarde, ocurrió otro hecho espantoso, frente a los Billares Shanguelo”, en la entrada al Barrio o Asentamiento La Fuente (hoy se llama Ariel Darce Rivera), muy cerca de la calle que conduce hacia el Reparto Schick  Gutiérrez, entonces polvorienta.

Había miedo colectivo mezclado con arrechura, o cólera, también colectiva. Según las versiones que recogí esa misma tarde, una patrulla de guardias en un BECATS había capturado a un grupo de jóvenes, hombres y mujeres, cerca de la entonces Escuela Normal de formación de profesores.

Isidro Centeno estaba dentro de los Billares Shanguelo, jugando carambola, cuando se enteró de que los guardias somocistas habían hecho la redada. Se salió a la acera, donde ya había no menos de 100 personas observando. Cuando la patrulla de guardias iba pasando, preguntó por qué se llevaban prisioneros a los jóvenes y reclamó respeto para sus vidas.

Iracundos, furiosos, los guardias se bajaron de la patrulla, y se dirigieron violentos hacia donde estaba Centeno. Lo atacaron a patadas y culatazos violentísimos en su cabeza, en el rostro, en las espaldas, en el estómago. Reventado por golpes metálicos tan violentos, Centeno cayó sobre el suelo polvoso, manando abundante sangre.

Todavía no contentos del descargue de su furia mediante culatazos en el cuerpo de Centeno, esos mismos guardias lo ametrallaron en el suelo, y como para dejar muy sentado el terror mortal que andaban repartiendo en la calle, procedieron a hacer pedazos el cuerpo, le echaron gasolina encima y le prendieron fuego frente a una multitud de seres humanos que observaba estupefacta, llena de terror y furia al mismo tiempo, y sin poder hacer nada para impedir estos crímenes de lesa humanidad. Lo mismo hicieron un poco después con los cuerpos de varios jóvenes capturados por estas patrullas en el Reparto Schick Gutiérrez, entre otros, el de Domingo “Cirilo” Matus Méndez.

Esto encendía más los ánimos insurreccionales sandinistas

Se integra Estado Mayor Conjunto de Zona Noroccidental de Managua.

Al unísono, o paralelamente, se forma el Estado Mayor Conjunto del FSLN en el lado Noroccidental de Managua, específicamente de los Barrios Monseñor Lezcano, Acahualinca,  Loma Verde, Callejones del Barrio  Santa Ana, Colonia Morazán, Balcanes, Cuba (orilla costera del Lago Xolotlán), San Sebastián, Linda Vista y Las Brisas.

Según diferentes testimonios (no hay registros escritos), como ya dije antes, este Estado Mayor Conjunto lo integraron Silvio Porras García, Arnoldo “Viejo” Real Espinoza, Jorge “Roberto” Esquivel Acevedo, Jorge Corea Briones,  Alba Luz “Flor” Portocarrero Ramos,  Soraya Hassan Flores, Edwin y Roberto “Piojo”, “Chacho”  Sánchez Baltodano, Efraim “Challuya” Téllez, Pedro “Chaparro Henry” Meza y Alejandro “Marciano”” Díaz Meza; todos ellos coordinados con el Estado Mayor Conjunto, jefeado por Gabriel Cardenal Caldera, en San Judas, Loma Linda, Villa Roma y Torres Molina.

Parte de Estado Mayor Conjunto se ubicó de la Estatua Monseñor Lezcano tres cuadras al Oeste. De acuerdo con las versiones recogidas Combatientes Históricos, este Estado Mayor situado en esa dirección mencionada era mayoritariamente “Tercerista”, encabezado por Silvio Porras García, Jorge Esquivel Acevedo, Alba Luz Portocarrero Flores y Soraya Hasan Morales.

Arnoldo “Viejo” Real Espinoza se supone que era de la Tendencia Proletaria. Siempre estuvo pegado o junto a Silvio Porras García. Se me dijo  que era  notorio que no había unidad plena en este Estado Mayor, porque Roberto Sánchez Baltodano, Efraín “Challuya” Téllez, Pedro Meza y Alejandro Díaz Meza, de la Tendencia Guerra Popular Prolongada (GPP) no permanecían en el mismo  local en que estaba Silvio Porras. Ubicaron su centro de operaciones en otro sitio de la Zona Noroccidental de Managua.

Santiago “Muerto” Núñez Solís y Salvador Ramiro “Salvador” García Ramírez, quienes alternativamente fueron jefes de columnas y escuadras de Combatientes Populares, en esta Zona Noroccidental de Managua, aseguran que este Estado Mayor Conjunto organizó tres grandes columnas con un poco más de 150 Combatientes Populares, cuyo 80 por ciento no tenía armas de guerra.

La mayoría tenía en sus manos armas de cacería: escopetas, rifles, pistolas y revólveres, y desarmados. Muchos andaban machetes, cuchillos, bates, pedazos de metal, como tubos,  y bombas de contacto, a las cuales los guardias y sus esbirros ya les tenían mucho miedo.

Unos tres días antes de la Masacre de Batahola, este Estado Mayor Noroccidental del FSLN en Managua llegó a contar con casi 300 Combatientes Populares, quienes habían sido entrenados de forma acelerada por Jefes Guerrilleros en la costa del Lago Xolotlán o de Managua, en casas de seguridad de Monseñor Lezcano, en Acahualinca, en Los Balcanes y en los Callejones del Barrio Santa Ana.

Entre otros, esos Combatientes Populares, hombres y mujeres, eran: Salvador Ramiro “Salvador”  García Ramírez, Santiago Núñez Solís, Allan “Sherman” Álvarez, Antonio Maldonado Medina, Armando Ibarra González, Fanor Ibarra González (estos dos eran hermanos, integrantes del grupo musical Los Rambler y dueños del Cine León), Carlos Alberto Martínez Rayo, Carlos “Pequeño” Mendoza Montano, Carlos “Juan” Ortiz, Denis “Peludo” Argeñal, Eduardo “El Ñato” Argüello Bohórquez, Linda Graciela Barreto Orozco, Zulema Baltodano Marcenaros, Eduardo García, Edwin Gutiérrez, Edwin Sánchez Baltodano, Samuel  “Samuelillo” Barreto, Elías Alfredo Pérez, Eddy Meléndez Morales, Enrique y Marcos Gutiérrez Serrano, José Enrique Bermúdez, Ernesto Cedeño, Félix Estrada Sandoval, Francisco Hernández, Francisco  de León Gutiérrez Velásquez, Gerardo Marcos López, Gustavo González, Horacio José Lorío, Ignacio Varela, José Domingo Romero, José Ramón Rayo Suárez, José David Rocha, José Enrique Bermúdez, José Gonzalo Largaespada Martínez,  Jazmina Carballo Peña, José Peña Gutiérrez, Juan Rafael Bermúdez,  Róger Benito Martínez, Roberto Díaz Meza, Nelson Berríos Parra y Luis Felipe “Bomberito” Montano Blandón.

Montano Blandón era músico del grupo Los Rambler y bombero del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Managua. Fue el primero en ser capturado y brutalmente asesinado por guardias sanguinarios genocidas cuando el Estado Mayor Conjunto de la Zona Noroccidental buscaba desesperadamente comunicación con el Estado Mayor Conjunto de San Judas, con el fin de que estos últimos les abrieran un camino, un especie de túnel, para el Repliegue Táctico de Monseñor Lezcano a San Judas.

Organizados en columnas y escuadras, antes de comenzar en firme la Insurrección Popular Sandinista, estos Combatientes Populares ya tenían claro igualmente el papel de diversión, de ataques móviles, emboscadas, hostigamientos, persecución y aniquilamiento de esbirros, que jugarían mientras se instalaba firmemente la Insurrección en los Barrios Orientales y del Norte de Managua, debido a lo cual desde muy pronto se pusieron de acuerdo con las monjitas de Acahualinca, con algunas enfermeras y médicos amigos, para instalar dos hospitales clandestinos: uno en la Bodega de la Aceitera Corona y otro en el local que usaban, precisamente, las monjitas en Acahualinca. En otras casas de seguridad  se dispusieron acopios de comida, armas y municiones.

“Muerto” Núñez Solís y Salvador Ramiro “Salvador” García Ramírez resultaron heridos graves, jefeando combates cara a cara con la soldadesca criminal de la EBBI, horas antes de producirse la masacre de Batahola, ocurrida el 15 de junio al medio día.

Estos dos Combatientes Históricos, Núñez Solís y García Ramírez, heroicos, sobrevivientes de la masacre de Batahola, igualmente aseguran que ellos estaban listos antes del nueve de junio, pero que por órdenes del Estado Mayor Conjunto FSLN, coordinado por Gabriel Cardenal Caldera, quien a su vez recibía órdenes militares de los Estados Mayores del Frente Interno y de Managua, también permanecieron “embuzonados”, esperando la señal de ataque para lanzarse a las calles y contra la Tercera Sección de Policía, la cual estaba ubicada en Monseñor Lezcano, en la casa de una familia de guardias con rangos de oficiales, soldados y “orejas” de la Oficina de Seguridad, o policía política del somocismo genocida.

Los pobladores civiles, en cambio, no se aguantaron y salieron a las calles el ocho de junio, y comenzaron a edificar barricadas en todas las esquinas de Monseñor Lezcano, especialmente en las cercanías del Cine León; en Acahualinca, en el semáforo de Linda Vista, en las cercanías de la Refinería, frente a la Estatua de Monseñor Lezcano, en la esquina del Seminario, en el Cruce de La Ceibita, en el Puente León, en la esquina de la Iglesia de Santa Ana, por donde fue el Banco Popular, frente al Restaurante Los Tinajones y dentro de la Colonia Morazán.

Desde el cuatro de junio de 1979, recuerdan algunos Combatientes y Colaboradores Históricos de Monseñor Lezcano, la Guardia Nacional y especialmente la EEBBI, aunmentó su presencia militar con grandes cantidades de soldados y armas, incluyendo ametralladoras y lanzamorteros (bazukas), en la Carretera Sur (desde Montoya hasta el Siete Sur), en los muros del Cementerio Occidental, en la Tercera Sección de Policía, en la Refinería ESSO, en la Fábrica Gadala María, en los locales del Distrito Nacional (Alcaldía, en Acahualinca estaba su sede), en el Estadio Nacional, entonces llamado “Estadio General Somoza”;  en el llamado Departamento de Carreteras, en la Embajada Norteamericana (en la orilla de la Carretera Sur), en el Cerro Batahola (contiguo a la residencia del embajador yanqui), en el antiguo Instituto de la Vivienda, en ENACAL (contiguo a la Laguna de Asososca, única fuente de agua potable en esos momentos), dentro y fuera del Instituto o Escuela Nacional de Comercio (hoy Manuel Olivares, en Las Brisas), etc.

Cabe aquí explicar, nuevamente, que estos vecindarios Suroccidentales y Noroccidentales capitalinos estaban entonces, en junio de 1979, separados por grandes extensiones de predios vacíos y montosos. Vuelvo, recuerdo: no existían el Mercado Israel Lewites, Tierra Prometida, ni el Asentamiento Daniel Enrique Chavarría, ninguna de las dos Colonias Batahola, ni el Barrio Héroes y Mártires de Batahola, ni el Asentamiento Nora Astorga, ni el Asentamiento ubicado al Este de Batahola Norte, ni Villa Austria, es decir, todos estos vecindarios de hoy eran entonces tierras vacías y llenas de hierbas altas, o peladas. Sólo estaba  un “cuadro de béisbol” casi contiguo a la Embajada Norteamericana,  por el Sureste.

Esta condición determinó que estos vecindarios de Monseñor Lezcano, Acahualinca, Santa Ana, Linda Vista, Las Brisas, Loma Verde, Morazán, Balcanes, San Sebastián, etc., estuvieran separados por una distancia de casi dos kilómetros de la entrada Norte de San Judas, y del OPEN TRES (Ciudad Sandino) por casi siete kilómetros.

Este virtual aislamiento (por patios vacíos y presencia abundante de la guardia) fue determinante para que las comunicaciones entre los Combatientes Populares, Jefes Guerrilleros, Milicianos  y población civil involucrada, fueran prácticamente nulas, inclusive entre el Estado Mayor Conjunto FSLN, jefeado por Gabriel “Payo” Cardenal Caldera y el Estado Mayor Conjunto de este sector Noroccidental de Managua, el cual, para colmo, según Santiago Núñez Solís y Ramiro Salvador García Ramírez, no le fue designado un jefe o jefa.

Esta condición de aislamiento, quizás, fue determinante para que ocurriera la monstruosa Masacre de Batahola, ejecutada por la EEBI somocista genocida, jefeada por el “Chigüin” sanguinario Anastasio Somoza Portocarrero. Igual en el OPEN TRES (Ciudad Sandino), pues desde el cuatro de junio no lograron comunicarse con el Estado Mayor Conjunto en San Judas, ni con el Estado Mayor General del Frente Interno. No existían los teléfonos móviles de hoy.

Mientras tanto, las columnas y escuadras militares revolucionarias  móviles ya formadas en la Zona Oriental-norte de Managua, días antes del cinco de junio, entre otras las que coordinaban César “Moisés” Augusto Silva, Ramón “Nacho” Cabrales Aráuz, José Ángel Benavidez y Gabriel “Payo” Cardenal Caldera, ya operaban, precisamente de forma móvil, para atacar mediante emboscadas a estas patrullas GN de asesinos en sitios como el Reparto Schick Gutiérrez, en la Pista Sabana Grande, dentro de las calles estrechas de las Colonias Américas Uno, Américas Tres, Américas Cuatro, Colonia Cinco de Diciembre, Colonia Primero de Mayo, en el Barrio Los Laureles Norte (Manuel Fernández Mora), en las Pistas que van de Portezuelo y “Dancing” (Carretera Norte) a la Pista Sabana Grande por el Sur;  en las Américas Dos (Villa José Benito Escobar Pérez), en la entrada a la ROCARGO (Km. 8, Carretera Norte), en el “Camino de Bolas” (de Plaza Julio Martínez hacia el Sur), emboscadas dentro del Reparto René Schick Gutiérrez, ataque con fuego balístico nutrido y bombas de contacto a la Sección de Policía (guardias) en la Colonia Centroamérica, ubicada en la orilla de la Carretera a Masaya, frente al llamado “Camino de Oriente”.

Columnas de Combatientes Populares atacan a guardias en el ZUMEN

El Estado Mayor Conjunto del FSLN de la Zona Suroccidental de Managua se reúne en la Colonia “Vista Hermosa” el nueve de junio muy de mañana y sus miembros deciden iniciar las acciones insurreccionales, ese mismo día 9,  con un ataque militar frontal al contingente de unos 300 guardias somocistas, instalados en los edificios frontales del Centro Cívico, especialmente los que ocupa hoy el Ministerio de Educación, frente al Centro Comercial ZUMEN, para comenzar a darle cumplimiento al Plan Militar Insurreccional.

En este momento, allí mismo en Vista Hermosa, el Estado Mayor Conjunto toma otras decisiones militares importantes: Queda como jefe Gabriel “Payo” Cardenal Caldera, las columnas de Combatientes Populares (unos 200) son jefeadas por miembros del Estado Mayor y Jefes Guerrilleros, los cuales eran aproximadamente unos 30 en total; se forman escuadras de Jefes Guerrilleros para protección del Estado Mayor Conjunto y para dirección política y militar en las columnas y escuadras de Combatientes Populares; las columnas al mismo tiempo se organizan en escuadras, a cada columna se le fija un sector de operaciones y combates contra la guardia, se establece, igual que en la Zona Oriental-norte (Zona Principal Insurreccional) de Managua, una escuadra móvil de alta capacidad combativa, movilidad y habilidades potentes para neutralizar enemigos como la “Óscar Pérez Casar”,  o la “Liebre” o la “Caza Perros”, con la finalidad de auxiliar con fuego balístico potente y especializado a las columnas y escuadras, y finalmente, el Estado Mayor fija su puesto de mando en la Escuela Cuba, en Loma Linda, con la decisión de que deba moverse rápido hacia cualquier otro punto, según necesidades militares.

También se organizan los Hospitales clandestinos, el acopio de comida, elaboración de la comida, atención a los heridos, obtención de medicinas y médicos, atención a la población civil lesionada por los tiros y bombas lanzados por los guardias, todo esto bajo la responsabilidad de los Comités de Defensa Civil, integrados por sandinistas y antisomocistas no sandinistas.

Era la ejecución del Plan de diversión militar para mientras se instalaba la Insurrección Sandinista en la Zona Oriental-norte de Managua, o Zona Principal.

En el Centro Cívico y en el Sur de la Colonia Independencia, los contingentes de guardias, eran casi todos de la EEBI, tenían desplegadas no menos de seis ametralladoras calibre 50 y 30, lanzamorteros o bazukas, centenares de fusiles automáticos, dos tanquetas,  centenares de granadas de fragmentación y patrullas móviles, en jeepones y camionetas, que ya andaban operando, con patrullas móviles,  dentro de estos vecindarios, lo repito: San Judas, Vista Hermosa, Villa Roma, Loma Linda,  San Patricio, Torres Molina y los caseríos de la Carretera Sur. También contaban con una “pala mecánica” del Distrito Nacional para desbaratar barricadas, especialmente después de lo ocurrido el cuatro de junio, cuando fue quemada la camioneta de Correos de Nicaragua.

Este centro comercial ZUMEN era entonces propiedad de dos coroneles de la Guardia Nacional, y también estaba custodiado por soldados de la GN. En el lado Oeste, frente al semáforo, había una gran “Z” dibujada en un rótulo metálico y de vidrios iluminados,  que indicaba el nombre de ZUMEN.

El ataque militar guerrillero se organizó en tres columnas. En total eran unos 120 Combatientes, entre ellos unos 15 Jefes Guerrilleros. Contaban quizás, recuerdan Carlos y Víctor Cienfuegos Aburto, con apenas  de 25 a 30 fusiles de guerra, automáticos, entre ellos varios Fal y Garand, más una ametralladora calibre 30, que era manejada por Víctor “Bayardo”, “Dientes de Lata” Romero Pérez, uno de los Jefes Guerrilleros y miembro del Estado Mayor Conjunto.

Una columna guerrillera se situó de frente, en el lado Norte del Centro Comercial ZUMEN, sólo separada por la Pista o “By Pass”. Una segunda columna llegó hasta la esquina Sureste, donde es hoy el otro semáforo, en la orilla del cauce; y la tercera columna se ubicó por el lado Este, donde ahora hay un restaurante. Allí no habían casas, sólo el cauce de por medio.

Eran más o menos las cuatro una de la tarde. Al parecer, los guardias no esperaban ser atacados tan pronto, especialmente después de la demostración terrorista (“operación limpieza”) que habían dado en las calles de San Judas el cuatro de junio recién pasado.

Por órdenes del Estado Mayor Conjunto, Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares organizados y entrenados, disparaban racionalmente, conforme necesidades militares. No se sabe si por miedo o pánico, los guardias en cambio disparaban una verdadera lluvia de balas, incluyendo de ametralladoras. “Era un diluvio de balazos, quizás millones de balas las que nos lanzaron en ese combate”, señala Víctor Cienfuegos Aburto.

El combate posicional, inicialmente, cara a cara, parapetados los Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares en muros, aceras, cauces, en troncos de árboles y las edificaciones del ZUMEN, duró un poco más de dos horas. La sorpresa ya se había terminado.

Guardias “muerden anzuelo” y sufren muchas bajas

Ya para este tiempo, pasadas dos horas, la Guardia Nacional somocista genocida, recuerdan los Combatientes y Colaboradores Históricos de San Judas, movilizó hacia el Centro Cívico y “By Pass” una impresionante cantidad de tropas, que quizás sobrepasaban los 600 hombres, más varias ametralladoras, lanzamorteros, aunmentó el número de tanquetas…La balacera se hizo nutridísima.

La guardia ya tenía numerosas  bajas, entre muertos y heridos, por la efectividad de los disparos de los rebeldes sandinistas, pero la presión del fuego y cantidad extraordinaria de gendarmes somocistas genocidas, obligó a que los integrantes de las tres columnas guerrilleras comenzaran ordenadamente a replegarse hacia el Sur por la calle central de San Judas, en rumbo al Ceibo, y hacia el Este, por el “By Pass”, para el  lado de donde  funcionan actualmente los “Raspados Loli” y la Plaza Comercial Julio Martínez, en la entrada al “Camino de Bolas”.

Ya se estaba cumpliendo uno de los objetivos esenciales del Plan Militar Insurreccional de Managua, pues los mandos de la guardia somocista genocida “mordieron el anzuelo” e iba detrás de los Combatientes Populares y Jefes Guerrilleros,  en territorio de San Judas, rumbo a los lomos de El Crucero, o Cordillera en arco en el Sur de Managua.

Un grupo de unos 60 Jefes Guerrilleros, Milicianos y Combatientes Populares, conocedores cuidadosos del terreno, doblaron hacia el Sur de los “Raspados Loli”, en un  callejón con tope, obligando a los guardias a trabar combate a corta distancia, de muro a muro, y entonces tenían gran efectividad las escopetas recortadas en manos de los Milicianos. Los guardias iban encima, pero a la vez iban cayendo uno tras otro, recuerda Cienfuegos Aburto. Los Combatientes y Jefes Guerrilleros, en cambio, se escabullían por los patios, por huecos abiertos en las casas, por encima de los techos, por caminitos estrechos y desconocidos para la soldadesca somocista genocida.

Los Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares iban retrocediendo hacia la profundidad del Barrio San Judas, y a la vez causándoles numerosas bajas a los guardias, pues las escuadras móviles de los sandinistas les salían disparando por donde menos esperaban, al mismo tiempo que les lanzaban, de forma también nutrida, bombas de contacto.

La balacera era un verdadero infierno. Los Jefes Guerrilleros, Milicianos y Combatientes Populares, hombres y mujeres, casi todos jovencitos, ágiles y rápidos como las gacelas, retrocedían, se cruzaban de un muro a otro, se hacían invisibles, disparaban desde el ras del suelo, desde el techo o por encima de los muros, por huecos en las paredes, mientras los guardias eran casi todos visibles, fáciles blanco a corta distancia.

Los recuerdos de Combatientes y Colaboradores Históricos indican que el diluvio de balazos lanzados por la soldadesca somocista se oía como una descarga explosiva permanente de juegos pirotécnicos, y a la vez se sentían como un infierno los impactos de esas balas en los muros de las casitas de bloques y madera de la Calle Central de San Judas, la única pavimentada en ese momento.

Mientras tanto, los guardias que daban persecución a los jefes Guerrilleros y Combatientes Populares de los “Raspados Loli” hacia el Sur, se encontraron con que esos combatientes se les diluyeron, se les desaparecieron en el tope, “pues los muchachos se evadieron por dentro de las casas, porque estas ya tenían huecos para que ellos pasaran atravesando paredes, mientras si los guardias se metían por esos patios, allí quedarían fulminados por tiros a corta distancia.

De la Plaza Julio Martínez, hacia el “Camino de Bolas”, otros dos o tres centenares de guardias perseguían a balazos a otro grupo numeroso de combatientes, quienes finalmente hicieron una especie de “retén militar” y se parapetaron en los muros exteriores del Aserrío Santa Rita, propiedad de Heliodoro Flores.

Combate memorable en aserrío de Heliodoro Flores

Ya eran pasadas las siete de la tarde o de la noche. Aquí en este Aserrío de Heliodoro Flores se trabó uno de los combates militares más memorables de la lucha heroica, ejemplar y genial de los Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares del Frente Sandinista de Liberación, pues unos  pocos hombres y mujeres mal armados, sin entrenamientos militares académicos, despreciados por la soldadesca de la dictadura somocista genocida, pero con una elevadísima moral combativa, combatientes voluntarios, patrióticos, los tenían ya locos furiosos, porque siendo ellos (los guardias) una enormidad en cantidad de soldados, en cantidad de fusiles, ametralladoras, lanzamorteros, tanquetas, con vehículos blindados de apoyo y hasta una pala mecánica detrás para apoyarlos; y siendo tan pocos los Combatientes Populares y mal armados, sin embargo no podían cazarlos según los planes de exterminio que tenían los mandos de la Guardia Nacional y del jefe de la tiranía, Anastasio Somoza Debayle.

Este Aserrío estaba situado unos 500 metros al Sur de la Plaza Julio Martínez, en la orilla del llamado “Camino de Bolas”, que en realidad es un cauce que atraviesa el Este de San Judas y baja desde los lomos de El Crucero, o montañas en arco de Managua.

El combate en el Aserrío, ya en las sombras de la noche, duró poco tiempo, pero fue mortal para los guardias somocistas genocidas. Los Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares fueron certeros en sus disparos, causando numerosos muertos y heridos a este contingente de la Guardia Nacional, que furioso, iba en persecución de los rebeldes revolucionarios.

Los Jefes Guerrilleros, Milicianos y Combatientes Populares se parapetaban, se movían rápido, disparaban con certeza, y a la vez iban en retroceso virtualmente planificado, porque el objetivo esencial del ataque militar insurreccional a los guardias era de diversión, para empantanarlos, para que no fueran a mover más tropas hacia la Zona Oriental de Managua, donde en esos momentos estaba en pleno desarrollo organizativo el Plan Militar Insurreccional capitalino.

El repliegue escalonado sigue hacia el Sur, mientras los guardias van detrás, desesperados, y se traba otro combate de más de media hora en la Escuela de Sordomudos, ubicada al Sureste de San Judas, en la orilla del mismo “Camino de Bolas”, que lleva hacia los Lomos de El Crucero.

Mientras Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares van combatiendo frontalmente a los guardias y a la vez replegándose de manera escalonada hacia el Sur, los guardias EEBI logran instalar una ametralladora y un lanzamorteros en el Ceibo de San Judas, en la Calle principal, más una de las tanquetas, y con estos elementos de artillería pesada causan estragos en las viviendas y en los pobladores civiles, especialmente en niños y ancianos. Debido a esto, mueren varios niños y ancianos en esta calle esa noche nueve del 9  junio de 1979.

Pánico en los guardias, y abandonan la guarnición policial GN de San Judas

Repliegue Táctico hacia Comunidad Meneses

Sin embargo, era evidente que aquellos  casi 700 guardias iban lentos, llenos de miedo porque a pesar de su enorme superioridad en equipos militares y cantidades de hombres combatientes, ya estaban claros de que los Jefes Guerrilleros y los Combatientes Populares andaban una ametralladora calibre 30 y una gran cantidad de bombas de contacto, las que hacían estragos como si fueran  granadas de fragmentación, y que además, los jóvenes rebeldes lanzaban como si fueran bolas de béisbol. Por esto, los guardias procuraban ya no acercase mucho a los Jefes Guerrilleros y a los Combatientes Populares.

En medio de estos enfrentamientos militares revolucionarios contra la soldadesca somocista, se produce otro hecho, al mismo tiempo,  en que se ven involucrados más de un centenar de pobladores civiles y Combatientes Populares. Los integrantes de la guarnición que tenía la Guardia en San Judas, conocida como “la Sección de Policía”, es abandonada precipitadamente por los guardias, e inmediatamente centenares de pobladores de los alrededores intentan prenderle fuego, pero no lo consiguen  porque la soldadesca GN está todavía en los alrededores.

Esta Sección de Policía estaba en las cercanías del “Nancite”, donde había una cantina y prostíbulo, adonde llegaban muchos guardias.

Esa misma tarde y noche se producen otros dos combates entre la soldadesca criminal, ya acompañada por mercenarios salvadoreños, hondureños, argentinos, coreanos y hasta chinos, en las cercanías del Cine de San Judas, ubicado del Ceibo una cuadra al Este y media cuadra al Sur; y casi al mismo tiempo en la llamada  Tomatera, en el Barrio Loma Linda, hoy Sierra Maestra.

Uno de los combates más singulares de esa noche del nueve de junio se produjo en la llamada Laguna Negra, que en realidad era una piscina, que estuvo situada de donde es hoy el Complejo Comunitario Róger Deshón Argüello un poco al Sur.

Ese Complejo Comunitario Róger Deshón Argüello, donde hoy se ubican el Mercado, la Biblioteca Municipal, el Centro de Salud Edgard Lang Salmerón y tiendas comerciales; y allí también hubo combates o enfrentamiento militar con los guardias somocistas, pues como ya dije en ese lugar la EEBI o Guardia Nacional había instalado una especie de “puesto de mando” móvil con equipos militares pesados.

El Estado Mayor Conjunto, jefeado por Gabriel Cardenal Caldera, en medio del fragor de los combates mencionados, estaba consciente de que debían replegarse escalonadamente hacia el Sur, subiendo para el lado de los lomos de El Crucero, hasta a un lugar llamado “Los Meneses”, que en realidad es una comunidad o conjunto de casas de una misma familia, adonde llegaron replegados ya muy noche de ese nueve de junio.

Este fue el primer Repliegue Táctico, y a la vez estratégico por las características imprimidas a la lucha militar insurreccional en Managua. Allí en “Los Meneses”, en los Lomos del Crucero, se reunieron los mandos unificados de las tres tendencias del Frente Sandinista de Liberación, evaluaron lo que había ocurrido en estas confrontaciones militares con la soldadesca de la Guardia Nacional y EEBI, genocidas. Habían muerto muchos guardias, ¿cuántos?, no se pudo establecer, pero eran muchos, quizás más de 50, según los recuerdos de Combatientes y Colaboradores Históricos de San Judas.

Los caídos por parte de las fuerzas revolucionarias eran relativamente pocos, menos de diez, pero la población civil estaba sufriendo angustias profundas por el nivel de crueldad de los guardias en su “operación limpieza” que iba tras los replegados Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares en esta Zona, en las que estaban involucrados los vecindarios de San Judas, Vista Hermosa, Villa Roma, Loma Linda (Sierra Maestra) y Torres Molina (Camilo Ortega Saavedra), más la comunidad de “Los Meneses” y otras Comarcas ubicadas al pie de los  Lomos de El Crucero, entre otros: San Isidro y Jocote Dulce (Silvia Ferrufino).

Esta reunión mencionada duró desde la media noche hasta en la mañanita del diez de junio de 1979. El resto de Combatientes Populares y Milicianos cuidaban los alrededores  mientras los miembros del Estado Mayor Conjunto y demás jefes estaban reunidos en una casita rosada de la Comunidad de “Los Meneses”.

La evaluación militar insurreccional estableció que la cantidad de Combatientes Populares, más Milicianos voluntarios, había crecido a más del doble, es decir, a casi 400 hombres y mujeres dispuestos a tomar las armas en sus manos, para darle cumplimiento al Plan Militar Insurreccional Sandinista de derrocar definitivamente a la dictadura somocista genocida.

La evaluación determinó, también, que igualmente el nivel de involucramiento de la población civil era ya casi masivo, pero que no había armas de guerra y que las armas de cacería igualmente eran insuficientes. Convienen en la necesidad imperante de arrebatarles armas de guerra en combate a los enemigos y buscar más armas de cacería en los vecindarios mencionados.

Distribución de Frentes de Guerra revolucionaria

Acordaron retornar al Barrio San Judas, a Loma Linda, a Villa Roma, a Vista Hermosa y al Barrio Torres Molina, organizaron otra columna, la número ocho;  se estableció que cada una de las columnas, conducidas por un miembro del Estado Mayor Conjunto o un Jefe Guerrillero, se haría cargo de sectores geográficos ya bien definidos, por ejemplo la columna que iba para la zona del Kilómetro Ocho de la Carretera Sur (Reparto San Patricio, de burgueses), comandada por Cristóbal “Gersán” Guevara Casaya, la cual  allí libró dos combates frontales, terribles, con unos 300 guardias somocistas genocidas en diferentes fechas posteriores. Esta columna, la número ocho,  tenía como finalidad impedir el acceso de la Guardia Nacional genocida por esa vía hacia San Judas y Loma Linda, y por eso la orden de que la jefeara un miembro del Estado Mayor Conjunto, en este caso Cristóbal “Gersán” Guevara Casaya.

Los integrantes de una de las  columnas que se ubicaría en las alturas de Loma Linda y Torres Molina, se abrirían paso a tiro limpio también hacia la Lomas de San Judas, por el Oeste de San Judas; y la mayoría de las columnas de Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares operarían móviles, para emboscar el patrullaje de los guardias somocistas, e irlos a combatir donde estaban acantonados, es decir, mantenerlos en movimiento, empantanados, para que no salgan de Managua, ni muevan más tropas hacia la Zona Oriental-norte, o Zona Principal Insurreccional capitalina. Uno de los objetivos esenciales era retornar al Barrio San Judas, y continuar hostigando, combatiendo y golpeando sin cuartel a los guardias somocistas genocidas, en el terreno que habían obtenido con su enorme poder de fuego.

El resto de columnas quedaron distribuidas de la siguiente manera: Una columna, al mando de Gabriel Cardenal Caldera, queda en el Colegio Cuba. Allí se ubican varios miembros del Estado Mayor, entre ellos, Genie “Tavariche” Soto Vásquez.

Esta columna era al mismo tiempo una especie de Puesto de Mando, ubicado en Loma Linda; una tercera columna se ubica en el camino viejo a la Comarca Pochocuape, en la Escuela Santa Fé, y tiene como finalidad impedir que los guardias somocistas genocidas se metan por allí y encierren al Estado Mayor Conjunto y al resto de Combatientes Populares. Quedó jefeada por Víctor “Bayardo”, “Dientes de Lata”  Romero Pérez; una cuarta se ubicaría en la calle principal, del Complejo Comunitario hacia el Norte, hacia el Ceibón, comandada por Miguel Navarrete, Mauricio del Carmen Kiel, Yuri Valle Olivares y Víctor Cienfuegos Aburto.

Una quinta columna en realidad es la mezcla de dos columnas pertenecientes al grupo de los Comando Sandinistas Cristianos y del llamado Antonio “Chele” Zepeda, acompañado de “Carlitin”, a quienes se les asigna la misión de operar de forma móvil entre el Aserrío Santa Rita, de Heliodo Flores, y la calle principal de San Judas, más en la Colonia Vista Hermosa y cercanías del Contry Club, que era prácticamente un acceso directo a la  Hacienda El Retiro, de Anastasio Somoza Debayle; una sexta columna se fija directamente para montar operativos militares antiguardias directamente en el Aserrío, en la orilla del “Camino de Bolas”, al que tanto le temían los guardias somocistas genocidas.

Esta última columna era jefeada por Mario Cienfuegos Aburto, Adrián Meza Soza y Medardo “Primo” Hurtado; una séptima columna, que en realidad son otras dos juntas, organizadas así por el Estado Mayor Conjunto, es una que operaría en las construcciones del Centro Comunitario, integrada por 25 cuadros políticos, propagandistas y militares, cuya finalidad esencial era hacer propaganda política revolucionaria armada entre los pobladores de estos vecindarios, sobre los avances de la lucha armada, y de cómo debían todos aportar cómo fuese para derrocar a la dictadura militar somocista genocida; y a la vez batirse a tiros con los guardias, si era necesario. Estas dos columnas quedaron comandadas por Mauricio Aguilar, por Aurora, por René Cisneros Vanegas y Eduardo Cuadra Ferrey.

Un dato impresionante es que este Estado Mayor Conjunto del FSLN en estos vecindarios mencionados del Suroeste de Managua, contaba con 55 casas de seguridad en toda la zona, es decir, que Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares tenían esta cantidad de locales o viviendas para esconderse, para embuzonar armas, bombas de contacto y municiones, más comida y medicinas.

En toda la jornada insurreccional, del cuatro al 16 de junio, hubo aproximadamente 40 muertos entre la población civil, Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares en esta Zona de San Judas, Vista Hermosa, Loma Linda,  Villa Roma y Torres Molina. Uno de esos caídos fue el Jefe Guerrillero proletario René Cisneros Vanegas, quien era miembro del Estado Mayor Conjunto.

OPEN TRES  insurreccionado

Un sector considerable de pobladores antisomocistas, que ya no soportan al régimen genocida, y los Combatientes Populares que ya poseen algún grado de entrenamiento militar, se adelantan, como hemos visto, a los planes militares del Estado Mayor General del Frente Interno y del Estado Mayor Conjunto de Managua.

Ya dije, por ejemplo, que en el OPEN TRES (Ciudad Sandino) la guardia se ha lanzado contra la población organizada y no organizada, pues el cuatro de junio los soldados tienen tomados los cerros, todas las entradas y salidas y  el interior del vecindario.

El Estado Mayor Conjunto del FSLN en el OPEN TRES (hoy Ciudad Sandino) estaba ya integrado por Adolfo Aguirre Estathadgen, Eva Adilia Solís, Víctor Mauricio Membreño Morales, José Alexander “Pepe Loco” Estrada Fonseca, Antonio “Julio” López, Marlene Álvarez, Gustavo “Loco” Cerna González, Nelson Romero Lanzas, Gonzalo Jarquín, Julio César Vílchez, Héctor Martínez Pacheco y Francisco Cedeño, según datos suministrados por la Asociación de Combatientes y Colaboradores Históricos del FSLN y “Ciudad Sandino: 30 años cumplidos” de Pablo E. Barreto Pérez.

Los testimonios de José Alexander “Pepe” Estrada Fonseca y Carlos Jiménez Reyes (Combatiente Histórico) indican que además de organizar militarmente varias escuadras de combate, también en forma clandestina y acelerada trabajan en la organización de los Comités de Defensa Civil, entre cuyos miembros distribuyen responsabilidades de organizar buzones de armas, fabricación de bombas de contacto, de ubicar locales para Hospitales clandestinos, búsqueda de medicinas para curar heridos, agrupar médicos y enfermeras, acumular comida, prepararse para lanzarse a la calle para hacer barricadas y trincheras de combate.

El Estado Mayor Conjunto y los jefes de Escuadras Tácticas de Combate del OPEN III, más los dos Comandos Revolucionarios del Pueblo, se reúnen clandestinamente, de emergencia, y acuerdan que por las pocas armas y municiones que poseen, harán resistencia militar en movimientos, enfrentamientos rápidos y retiradas también rápidas, pues no tienen capacidad militar para enfrentar a casi 400 guardias superarmados.

El siete de junio empiezan a construirse barricadas y zanjas en la calle principal de entrada del OPEN TRES. Varias de las escuadras organizadas, ya mencionadas, dirigidas por el Estado Mayor Conjunto, deciden atacar simultáneamente, ese mismo día,  al comando GN que tienen los guardias por donde es hoy el Cuerpo de Bomberos y la Segunda Sección de Policía (“Sierra 2”), situada en la orilla de la Carretera, donde es hoy la Empresa de Trasmisión Eléctrica (ENATREL). Atacan y se retiran. Le causan bajas a los guardias en el comando GN por el Cuerpo de Bomberos, pero no saben de cuántos heridos y muertos han ocasionado.

En apoyo a estas acciones militares, centenares de pobladores del OPEN TRES salen de sus casas, actuando rápidamente hacen barricadas en las calles y al mismo tiempo hieren la tierra con barras, macanas y piochas, para hacer zanjas, todo lo cual se convierte en obstáculo para el paso de equipos militares de la Guardia Nacional.

Las Escuadras van en busca de los guardias, los atacan y se retiran una y otra vez, pues los Jefes Guerrilleros y los Combatientes Populares están claros, clarísimos, de que no podrán entablar combates sostenidos, porque sólo tienen dos fusiles automáticos con pocos tiros, más una cantidad escasa de armas de cacería.

La dictadura somocista y su Guardia Nacional de asesinos tiene ya tomados todos los cerros de los alrededores, todas las entradas al OPEN TRES, la entonces “Plaza de los Cabros”, la Estación del Cuerpo de Bomberos Voluntarios;  inclusive ha colocado retenes en esas entradas, en la entrada Sur de la Carretera al poblado y Balneario de Xiloá, en la entrada a la Carretera  hacia la Cuesta del Plomo (Cuesta de los Mártires), y en la propia Carretera Nueva a León, en la entrada de Satélite Asososca (Eduardo Contreras Escobar), frente al Parque Infantil “Las Piedrecitas” y el trecho de Carretera en que tiene ubicada la llamada “Segunda Estación de Policía” GN (“Sierra 2”), donde se ubica en esos momentos el contingente principal de soldados  y oficiales de la Guardia Nacional somocista genocida en este sector geográfico de Managua.

La soldadesca somocista sanguinaria lanza una arrolladora ofensiva el nueve de junio todo el día. Desbaratan barricadas, cierran zanjas, lanzan “al aire” y por entre las calles un diluvio de ráfagas  intimidatorias de ametralladoras y fusiles durante casi todo el día nueve, y al mismo tiempo, precisamente, las Escuadras de Combate del FSLN clandestino les salen por las “boca calles”, en las esquinas, por encima de las casas, y los atacan de forma relámpago, les tiran bombas de contacto, las cuales les causan destrozos en los equipos militares automáticos que andan los guardias,  y los Combatientes Populares  se baten en retirada.

A las cinco y media de la tarde, los guardias abandonan el interior del OPEN TRES, incluyendo los que antes estaban en el comando GN en la “Plaza de los Cabros”, por el Cuerpo de Bomberos, pues esta soldadesca y sus jefes ya le temen a las emboscadas y a las bombas de contacto, especialmente cuando se aproxima la noche.

Los Jefes Guerrilleros, Milicianos y Combatientes Populares, en cambio, siguen operando de noche, organizando a los pobladores, planificando lo que harán al siguiente día y al mismo tiempo recuperando armas y ajusticiando “orejas”, “soplones”, “jueces de mesta”, infiltrados, agentes de la Oficina de Seguridad y guardias somocistas genocidas.

El 10 de junio en la mañana,  la  Guardia lanza nuevamente  una ofensiva enorme, pareciera que lanzaron todos los comandos GN ubicados en la zona al mismo tiempo, y entran al interior del OPEN TRES con tanquetas, camiones blindados, jeepones con ametralladoras encima, la infantería con dos fusiles (uno en manos y el otro cruzado en las espaldas), registrando casa por casa, de las cuales sacaban a sus habitantes, los colocaban contra las paredes de sus viviendas y los amenazaban con matarlos “por ser colaboradores de los “sandino-comunistas-terroristas”.

Guardias imponen terror en todo el vecindario

Se produce Repliegue de más de dos mil hacia San Andrés de La Palanca

El registro incluye revisar si los machetes, cobas, barras, palas y piochas tienen lodo pegado o señales de haber sido usadas en la apertura de zanjas en las calles, o que alguno de los miembros de la familia tuviese lodo en la ropa.

Precisamente a una familia de la calle principal del OPEN TRES (Ciudad Sandino) le encontraron una coba y una pala llenas de lodo, y de inmediato lanzaron al jefe familiar contra una pared y lo mataron de varios balazos.

Este nuevo asesinato de la Guardia Nacional en el OPEN TRES provocó una especie de histeria colectiva, miedo colectivo, lo cual motivó a que de forma masiva, unas dos mil personas, buscaran el lado Oeste del vecindario, donde estaban replegados en ese momento los Jefes Guerrilleros, Milicianos y Combatientes Populares, y por esta propagación de terror se inició el también famoso Repliegue Táctico del OPEN TRES a los Lomos de El Crucero, a la altura de la Comarca de San Andrés de  La Palanca, un poco al Sur del casco urbano de Mateare.

El Estado Mayor Conjunto, de las tres Tendencias del FSLN en ese momento, encabezado por Adolfo Aguirre Estathadgen, Eva Adilia Solís y Víctor Mauricio Membreño Morales, queda sorprendido ante la avalancha de pobladores, ya implicados en la Insurrección, que buscan cómo salirse de sus casas “porque la guardia viene matando gente”.

Al Estado Mayor Conjunto no le queda más remedio que organizar el  Repliegue Táctico del OPEN TRES a la Comarca San Andrés de la Palanca y Filos de Cuajachillo, ubicados ambos a nueve kilómetros al Oeste en las faldas o Lomos de la Cordillera Montañosa de Managua, que precisamente termina en la orilla del Lago de Managua, o Xolotlán, y en la orilla Oeste del casco urbano del Municipio de Mateare.

Los vecinos del OPEN TRES y de la entonces Comarca Bella Cruz comenzaron a abandonar sus viviendas un poco después de las diez de la mañana. Cuando eran las doce del medio día, la romería humana iba caminando por caminos y potreros paralelos al camino carretero que conduce a la Comarca de San Andrés de la Palanca. Dichosamente no fueron perseguidos por la soldadesca somocista sanguinaria, porque los guardias les temían a las emboscadas en caminos como éste de San Andrés de la  Palanca.

En el Repliegue se fueron mujeres de distintas edades, hombres, ancianos, niños, y prácticamente todos pedían armas de guerra para enfrentarse a los guardias, pero ya dije no habían armas, y las armas de cacería eran también muy pocas.

Los guardias, mientras el Repliegue Táctico caminaba bajo Sol muy caliente, se dedicaron a invadir y registrar casas, donde iban robando todo lo que podían llevarse.

Campamento del Repliegue y ejecuciones de “orejas” y guardias en las noches

Puestos en San Andrés de la Palanca, el Estado Mayor Conjunto decidió organizar la instalación de un campamento gigante para todos los replegados del OPEN TRES, y al mismo tiempo los organizó en una especie de Asociación de Trabajadores del Campo, en varios Comités de Defensa Civil, y los más aptos para combates, pasaron a entrenarse en tácticas de combate, en arme y desarme de las armas de cacería, “porque no vamos a  quedarnos de brazos cruzados aquí.  Tenemos que luchar contra los guardias, como sea, con lo que sea, porque el objetivo esencial de esta lucha insurreccional es derrocar al régimen de asesinos que nos oprime desde hace 45  años”, les dijo Adolfo Aguirre Stathadgen cuando estaban reunidos en una especie de asamblea en el camino vecinal de San Andrés de la Palanca.

Se ampliaron las Escuadras de Combatientes Populares. El Estado Mayor Conjunto dispuso que esas escuadras ampliadas cuidarían el campamento de replegados por los cuatro costados, custodiarían a los grupos que anduvieran buscando y cocinando la comida; se organizó un grupo disciplinario, un Comité de Primeros Auxilios, un Hospital, un Comedor para todo mundo, controlado para racionar la comida, dando prioridad a niños, niñas, ancianos y mujeres embarazadas; fueron seleccionados los Combatientes Populares mejor entrenados y más hábiles en el manejo de armas de cacería para salir todas las noches hacia el casco urbano del OPEN TRES, con el fin de cazar o capturar “orejas”, soplones”, “jueces de mes”, miembros de los “escuadrones de la muerte”, agentes de la Oficina de Seguridad y guardias, para enjuiciarlos y fusilarlos por ser autores de crímenes horrendos en esta Zona Oeste de Managua.

Además, durante las noches siguientes, hasta el 19 de julio de 1979, estas escuadras se dedicaron a recuperar armas de cacería en empresas y casas particulares, una de las cuales fue la casona del esbirro general Fermín Meneses Cantarero, quien era el jefe del Comando GN derrotado por la Insurrección Sandinista en la Ciudad de Masaya.

Los contingentes de la Guardia Nacional y de la EEBI de asesinos entraban a operar de día dentro del OPEN TRES con su enorme aparato militar, virtualmente sólo en venganza por el ajusticiamiento de sus “angelitos” “orejas” y “soplones”.

Pocos días después de ocurrido el Repliegue Táctico del OPEN TRES a San Andrés de la Palanca, el Estado Mayor Conjunto toma la decisión de que su Jefe o coordinador, Adolfo Aguirre Stathadgen, vaya en busca del Comandante Carlos Núñez Téllez, en la Zona Oriental de Managua; o de Gabriel Cardenal Caldera, en San Judas, con el fin de pedirles apoyo militar, armas de guerra y municiones, para poder combatir contra la enorme cantidad de gendarmes GN sanguinarios ubicados en este lado Oeste de Managua.

Aguirre Stathadgen, muy joven, de la Tendencia Proletaria, de extracción burguesa, identificado plenamente con la clase de obreros y campesinos, toma la decisión de cumplir esa orden militar en pleno día. Empaqueta una pistola 45 entre su cuerpo y la ropa que lleva puesta. Lleva otros tres magazines con tiros, guardados en las bolsas del pantalón.