Democracia, Democracia burguesa, democracia revolucionaria popular, democracia socialista

Democracia, Democracia burguesa, Democracia Revolucionaria Popular, Democracia socialista

 Pablo Emilio Barreto Pérez

 (Escrito en 2011)

Democracia es forma de régimen político basado en la proclamación de los principios del poder del pueblo, la libertad y la igualdad de los ciudadanos. La democracia supone el reconocimiento de la subordinación de la minoría a la mayoría, la elegibilidad de los principales organismos de poder del Estado y la existencia de los derechos y libertadas políticos. Se diferencian las instituciones de la Democracia representativa (instituciones electivas, parlamentos y otras) y la democracia directa: referendos, debates públicos de las cuestiones de la vida estatal por todo el pueblo, actividades de las organizaciones sociales, sindicales, comunales, académicas, estudiantiles, organizaciones de campesinos, etc.

En la Sociedad dividida en clases sociales, la Democracia es expresión concreta de la dictadura de la clase dominante. En el contexto del régimen explotador (esclavista, feudal y burgués o capitalista), las instituciones de la Democracia sirvieron y sirven a las clases que poseían y poseen los medios de producción y de la tierra, el poder político, el control de la economía y se imponen mediante sus instrumentos de propagación de su ideología explotadora.

“En la sociedad capitalista tenemos una Democracia amputada, mezquina, falsa, una democracia únicamente para los ricos, para la minoría”, escribió Bladimir Ilich Lenin, hace más de 100 años, antes que se produjera la Revolución Rusa o Bolchevique.

“Yo soy demócrata, respeto la Democracia y el Estado de Derecho”, gritaba Arnoldo Alemán Lacayo, exoreja de la Guardia Nacional somocista, mientras usaba los resortes del Estado para robar sin cesar, lo más que podía, cuando era Alcalde en Managua y después cuando se instaló en la Presidencia de la República. Al final le robó al Estado nicaragüense, de acuerdo con los juicios en su contra, más de 500 millones de dólares.

En medios propagandísticos internacionales y nacionales se ha venido hablando, desde hace mucho tiempo, de la Democracia esclavista, de la Democracia feudal, de la Democracia Burguesa o capitalista, de la Democracia Revolucionaria, de la Democracia Popular, de la Democracia Socialista, de la Democracia interna del partido revolucionario y de la Democracia Comunista, que es la que ya se aplica en algunos aspectos de la vida socialista cubana, coreana del Norte, vietnamita y en China Popular.

El concepto Democracia aparece, por primera vez, en Grecia Antigua, donde pensadores filosóficos como Aristóteles, decían que era “el gobierno de todos”, pero casi al mismo tiempo la aristocracia practicaba el “gobierno de los selectos” y el gobierno de la monarquía, es decir, de una sola persona: el rey, el monarca omnímodo, que te podía mandar a matar a vos y a cualquier grupo de pobladores indefensos.

“El gobierno de todos” en Grecia no incluía a los esclavos, por supuesto, es decir, no podían participar los esclavos en el gobierno. En la Roma imperial los esclavos eran sólo instrumentos de trabajo, como herramientas parecidas a las macanas, cobas, hachas, machetes, espeques, arados, etc. En Roma, sólo los ciudadanos libres, no esclavos, tenían derecho a elegir a los funcionarios del gobierno imperial romano.

La llamada Democracia burguesa es una de las formas del Estado burgués, capitalista. En la época de la tiranía somocista funcionaba la democracia tiránica en Nicaragua, es decir, la “democracia” de la Guardia Nacional, la “democracia” de la dictadura, la cual estaba al servicio pleno del gobierno genocida y de las empresas trasnacionales de Estados Unidos, de los oligarcas locales como Pellas, Montealegres, Gurdianes, Venerios, Bolaños Geyer, Chamorros, Bernard, de los banqueros locales, de la burguesía terrateniente-latifundista en general, de los algodoneros explotadores y de los matones a sueldo de la tiranía  del somocismo genocida, como aquellos López y Chavarrías en León.

Quien no estuviera en ese redil, no podía gozar de esa “democracia” dictatorial.

La “democracia” dictatorial en Nicaragua era, en realidad, una dependencia humillante, permanente, al gobierno criminal de Estados Unidos, un jugoso centro de explotación monopolista de los gringos, de los Somoza, de los oligarcas, de los terratenientes-latifundistas; era un gran prostíbulo, un gran centro de analfabetismo, un paraíso de casinos y juegos de los explotadores, propiedades de centros laborales, de tierras y otros medios de producción que eran propiedad de unos pocos explotadores. A eso se la ha llamado “democracia” en Nicaragua, sin incluir todo el período de dominación opresora, genocida y de saqueo de los españoles, durante más de 300 años continuos. ¿La de los españoles era la “democracia colonial” para matar 51 millones de indígenas, convertirlos en esclavos durante 300 años y destruirles su cultura ancestral?

Al Triunfo de la Revolución Sandinista se conquistó la Democracia Revolucionaria y Popular, la cual, por primera vez en toda la Historia Nacional, privilegió a las grandes masas de obreros, campesinos, estudiantes, profesionales, le dio importancia especial a las mujeres, a los ancianos, a los desvalidos, a los niños, a la educación, a la salud, a la producción agropecuaria, a los trabajadores que se organizaron en 5,000 Sindicatos, a la formación y funcionamiento de varios miles de cooperativas agrícolas y pecuarias, a la entrega de tierras en Reforma Agraria a 120,000 familias pobres, a la Reforma Urbana para favorecer a otras casi 200,000 familias de los sectores populares, a la educación científica y técnica, todo lo cual nunca ocurrió en el país desde cuando llegaron los españoles invasores genocidas hasta el triunfo revolucionario sandinista, en 1979.

La Democracia Revolucionaria Sandinista consistía en que el pueblo organizado, en todo el territorio nacional, podía tomar decisiones colectivas con autoridades nacionales y locales, acerca de su trabajo laboral, de producción agropecuaria, de su quehacer comunitario, de la Defensa de la Revolución y de su futuro, por ejemplo.

Esa Democracia Revolucionaria y Popular realmente otorgó libertades plenas a los que siempre fueron excluidos, marginados y oprimidos por el sistema burgués dictatorial. La gente más humilde podía resolver sus problemas económicos, de organización, de viviendas, asuntos sociales, de comida, de formación educativa científica mediante esta Democracia Popular del Frente Sandinista de Liberación Nacional, en la década del 80.

Esa Democracia Popular Sandinista acabó la represión somocista y de la oligarquía y de los yanquis.
Al perder las elecciones el Frente Sandinista en 1990, debido a la guerra de agresión militar y económica del gobierno genocida de Estados Unidos y sus compinches contrarrevolucionarios, los explotadores antiguos gritaron alegres:

“¡La democracia ha vuelto a Nicaragua!”. Y por ahí unos “historiadores” o intelectuales colonizados escribieron Historias sobre Managua y Nicaragua, a mediados de los años 90, en las cuales alegremente celebran lo que ellos mismos llamaron: “Al fin, llegó la Democracia”(¿?).

Es decir, para estos “historiadores”, la “Democracia” era volver, de algún modo, al somocismo genocida, cuyos intereses, precisamente, estaban volviendo al ganar las elecciones la extrema derecha oligárquica proyanqui, traidora, vendepatria, entreguista de la Soberanía Nacional y sus cómplices cobardes, en febrero de 1990.

Para estos “historiadores”, ¡vaya qué maravillas de historias¡, no ocurrió ningún acontecimiento histórico entre junio de 1979 y febrero de 1990. En otras palabras, no existió la Revolución Popular Sandinista, que tanta admiración, respeto y cariño, provocó en todo el Mundo, incluyendo en grandes sectores sociales e intelectuales de Estados Unidos.

Una de esas “historias” “modernas” las financió Roberto Cedeño Borgen, cuando era Alcalde de Managua y uno de los principales compinches sirvergüenzas de don Arnoldo Alemán Lacayo. Era corrupto como Alemán Lacayo, pues hasta pagaba las cuentas de agua potable con fondos de la Alcaldía de Managua, según las denuncias documentadas de Diarios Nacionales, ubicados en Managua.

La otra “historia” deformadora de hechos históricos, y de ocultamiento de acontecimientos históricos extraordinarios, fue financiada por el Ministerio de Educación, en el período de Violeta Barrios viuda de Chamorro, cuando era ministro Humberto Belli Pereira, enemigo feroz de la Revolución Sandinista.
Pues bien, estos “historiadores” alegremente decían: “Al fin volvió la democracia”. En ambas “historias” no cupieron, por ejemplo, hechos históricos extraordinarios como los siguientes:

La Insurrección Sandinista (en Managua, León, Estelí, Matagalpa, Masaya, Chinandega) de septiembre de 1978. La Insurrección Sandinista u Ofensiva Final de junio-julio de 1979 en Managua y todo el país. No se dice ni una palabra de los bombardeos aéreos somocistas genocidas sobre ciudades como Managua, León, Chinandega, Masaya, Estelí, Matagalpa, Condega, Rivas, etc., y tampoco de la matanza de varios miles de pobladores, todo ejecutado por los “angelitos” asesinos de la Guardia Nacional, sostén fundamental de la dictadura somocista.

Esas “historias” no recogen el célebre Repliegue Táctico de Managua a Masaya y, por supuesto, tampoco se habla de la matanza efectuada por los mismos guardias nacionales en Piedra Quemada, en la misma Masaya, en Jinotepe, Diriamba y en Granada, pues los 6,000 replegados de Managua estuvimos ligados directamente a la lucha armada y política para desalojar de sus cuarteles y de las calles a los soldados somocistas genocidas, en estos lugares mencionados.

Managua fue el centro de convergencia de los Frente de Guerra Revolucionarios Sandinistas: Norte Carlos Fonseca Amador, Occidental Rigoberto López Pérez, Sur Benjamín Zeledón Rodríguez, Frente Interno (Managua, Masaya, Granada y Carazo,  coordinado por el Comandante Carlos Núñez Téllez), Oriental Carlos Roberto Huembes, Brigada Pablo Úbeda por los rumbos de Boaco, Chontales y el Sur del Caribe, para darle el golpe final a la tiranía genocida del somocismo, y Managua fue el centro, además, en que Jefes Guerrilleros, Combatientes Populares, Combatientes Históricos, Madres de Héroes y Mártires y pobladores en general, nos concentramos en la Plaza (…de la República entonces) de la Revolución, entre la antigua Catedral, el Palacio Nacional y el Teatro Rubén Darío, para anunciar al Mundo entero que la Revolución Popular Sandinista había triunfado y que el horrendo y terrífico aparato opresor somocista genocida (engendrado, educado, entrenado y sostenido por el infame gobierno yanqui), había sido demolido para siempre.

Lo anterior tampoco merecía estar en las páginas de las “historias” mencionadas, financiada por gobernantes conservadores y neoliberales, que siempre funcionarios como administradores estatales de la oligarquía local y del gobierno genocida norteamericano.

Varios miles de guardias genocidas, “orejas” de la Oficina de Seguridad, antiguos integrantes de los “escuadrones de la muerte”, “jueces de mesta” asesinos, AMROCS o “guardias retirados”, fueron encarcelados y enviados a Tribunales Populares Antisomocistas.

Se integraron la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, la Junta de Reconstrucción de Managua, el Ejército Popular Sandinista, la Policía Sandinista, el Ministerio del Interior, todo un ordenamiento político gubernamental nuevo en Managua, sede del gobierno central; se organizaron los Comités de Defensa Sandinistas, las Milicias Populares Sandinista, los Batallones de Reserva y Batallones de Lucha Irregular (BLI) para defender la Revolución de la agresión mercenaria y contrarrevolucionaria yanqui-somocista, se organizaron los cortes voluntarios de café y de algodón, los trabajos voluntarios (trabajadores, oficinistas, pobladores, productores patriótico y campesinos), se organizaron más de  3,000 sindicatos (la dictadura somocista sólo había permitido 127 sindicatos), se pusieron en funcionamiento ocho nuevos Mercados y varios hospitales en Managua, se le pusieron nombres de Héroes y Mártires y de personajes conocidos a edificios, hospitales, centros educativos, centros de salud, calles,  a vecindarios o barrios, a Unidades de Producción Agrícolas y Pecuarias, en los cuales aparecieron por centenares los monumentos en recuerdo cariñoso a Héroes y Mártires, cuyas vidas sucumbieron en la lucha contra la dictadura; se anunció formalmente en Managua que el Frente Sandinista se convertía en Partido Político legalmente constituido ante el Consejo Supremo Electoral.

Se fundó el Diario BARRICADA como órgano oficial del Frente Sandinista. Aparecieron el Sistema Sandinista de Televisión, el Sistema de Comunicaciones del Estado, el Sistema de Propaganda del FSLN, inmediatamente después del Triunfo revolucionarios se hicieron comunes las asambleas masivas de pobladores, trabajadores, estudiantes y maestros, obreros y campesinos y productores agrícolas y pecuarios; los profesionales fundaron sus organizaciones, la Unión de Periodista de Nicaragua dejó de andar huyendo y se instaló en su casa. Todo esto en Managua y resto del país.

Casi de inmediato se hizo la Gran Cruzada Nacional de Alfabetización, cuyo lanzamiento en concentraciones masivas, se hizo desde Managua. Se hacían entrenamientos públicos de Milicias y Batallones de Reserva en parques, calles y predios baldíos, se efectuaban trabajos voluntarios y de innovaciones en fábricas, el gobierno central y la Junta de Reconstrucción de Managua instalaron varios miles de Centros de Desarrollo Infantil, entraron a funcionar varios miles de Comisariatos para los trabajadores, a los mismos trabajadores se les daba el llamado AFA (paquete de comida) cada quince días o al mes.

En Managua se adoquinaron decenas de kilómetros, se enchaparon cauces que hasta entonces funcionaban mal, se fundaron Barrios Progresivos como Jorge Dimitrov, René Cisneros Vanegas y Francisco Meza Rojas, y comenzó la formación de casi 400 Asentamientos Humanos nuevos, se hizo la Reforma Urbana, se echó a andar la Reforma Agraria en Managua y todo país, especialmente en las tierras confiscadas a los jefes del somocismo genocida. En Jornadas dominicales de Trabajo Voluntario Rojinegro Sandinista, trabajadores, pobladores barriales e intelectuales, sembramos varios millones de árboles frutales, ornamentales y maderables, gracias a los cuales hoy Managua es conocida como la Capital Verde de Centroamérica.

Se integraron los Consejos Técnicos en las empresas estatales y oficinas del gobierno central y en las Juntas de Reconstrucción Municipales, incluyendo en Managua, donde inclusive se organizaron las Empresas Constructoras Municipales para hacer las labores de construcción de calles y reparaciones de las mismas.
La Junta de Reconstrucción de Managua se hizo de centenares de equipos pesados y livianos para desarrollo de proyectos comunitarios propios. Se estableció el subsidio en el pasaje de estudiantes universitarios, se estableció un servicio nocturno de autobuses urbanos, con el fin de que a cualquier hora de la noche, trabajadores y pobladores pudieran viajar de un lado a otro en Managua.

Se organizaron los Siete Distritos capitalinos y la Corporación Municipal de Mercados de Managua, se mandaron a miles de hombres y mujeres a prepararse en el extranjero, la mayoría de los estudiantes universitarios estudiaban con becas en las Universidades estatales de Managua, se hicieron consultas masivas sobre la Educación y la Constitución Política en Managua, funcionaban los “De Cara al Pueblo” en muchos sitios de Managua, se pusieron a funcionar más unidades productoras de energía eléctrica, se amplió en más de un 50 por ciento la red de agua potable en Managua, ya no cayó el peso sólo en la Laguna de Asososca, pues se construyeron varias “baterías de pozos artesianos” hacia el Oriente, Sur, Norte y Occidente de Managua, se construyeron varios miles de casas, entre otras las Colonias Batahola Sur y Norte, a pesar de la colosal agresión militar mercenaria yanqui-somocista.
Recordemos que el Aeropuerto Augusto C. Sandino, en Managua, fue bombardeado por estos mercenarios contrarrevolucionarios.

Todos estos eran hechos históricos extraordinarios, nuevos, nunca vistos antes en la Historia Nacional. Sólo he citado unos pocos de la época de los diez años del régimen revolucionario sandinista, en Managua, que no son mencionados en las “historias” mencionadas, como que no ocurrieron nunca. Dichosamente, estos hechos históricos recientes están en la Memoria Popular y también los hemos ido escribiendo para que no se olviden.

“Al fin llegó la Democracia”, proclamaron en 1990 los intelectuales colonizados, o de mentalidad coloniazada, incluyendo algunos “historiadores”.

Al volver la “democracia”, ¿qué pasó y cuánto de horrible pasó? Veamos unos cuantos ejemplos:
Inmediatamente, el gobierno de Violeta Barrios viuda de Chamorro mandó a desarticular 550 empresas del Estado, entre otras, la lechera de Chiltepe y la de procesos industriales de Sébaco. Mandó a desmantelar el Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua, transporte por excelencia de los pobres y que venía funcionando desde hacía más de un siglo. Tenía sus oficinas principales en Managua.

Iniciaron las devoluciones de tierras, casas, lotes y otras propiedades a los somocistas, incluyendo a algunos que para hacer reclamos se convirtieron en “gringos caitudos”, es decir, pidieron nacionalidad norteamericana para obtener la “protección” del gobierno genocida de Estados Unidos. Mandaron a cerrar casi cuatro mil Centros de Desarrollo Infantiles Urbanos y Rurales, que a la vez eran comedores infantiles, mientras padres y madres llegaban a traer a sus niños.

Enviaron al desempleo a más de medio millón de trabajadores del Estado. Cancelaron la Alfabetización y la Educación de Adultos. Todas estas direcciones estatales estaban en Managua. En la Alcaldía de Managua, don Arnoldo Alemán Lacayo, el mejor “demócrata” de Nicaragua, mandó a cancelar el Sindicato Único Héroes y Mártires, cuyas oficinas cerró y mandó a despedir a todos sus dirigentes. Esto era en la Alcaldía de Managua.

Virtualmente toda la maquinaria (eran casi 300 equipos pesados y livianos) que entregó Carlos Carrión Cruz, último coordinador de la Junta de Reconstrucción de Managua, fue robada al llegar don Arnoldo “demócrata” Alemán Lacayo a la Alcaldía de Managua.

En 1991, don Arnoldo Alemán Lacayo me mandó a echar preso por la quema de la Alcaldía de Managua, en lo cual nada tuve que ver.

En 1992 fueron muertos y heridos varios estudiantes universitarios, en las calles de Managua, por reclamos del 6 por ciento. Comenzó casi al mismo tiempo, una persecusión feroz para despojar de sus tierras, casas y lotes a los beneficiarios de las Leyes 85,86 y 88, la mayoría de ellos ubicados en Managua, donde jueces y policías se coludieron en estas persecusiones.

Mandaron a quitar los AFA, los subsidios y becas a estudiantes universitarios. Doña Violeta Barrios viuda de Chamorro mandó a “perdonarle” el pago de 17,000 millones de dólares a Estados Unidos por su agresión militar y económica a Nicaragua en la década del 80. Los dos gobiernos neoliberales se burlaron de la sentencia de la Corte Internacional de Justicia de las Naciones Unidas (ONU).
Durante este mismo gobierno de Violeta Barrios viuda de Chamorro, 180 matones, jefeados pro Frutos Chamorro Argüello, Henry Núñez Abarca y Juan Pablo Rivas Castro, me queman la casa en que vivía en el kilómetro once Sur, lo cual al parecer fue instigado por Alemán Lacayo y compañía, porque yo andaba defendiendo desde las páginas del Diario  BARRICADA a las víctimas de los desalojos judiciales y policiales (Leyes 85,86 y 88).

Es conocido, además, que en este período de gobierno neoliberal, “democrático”, comenzaron las privatizaciones de los colegios públicos y la salud en los hospitales y centros de salud.
Al llegar Alemán Lacayo al gobierno central, ya es conocido que privatizaron la energía eléctrica, profundizaron los negocios en la salud pública, iniciaron también la privatizaciones de los servicios telefónicos, y es en este gobierno neoliberal, “democrático”, “respetuoso del Estado de Derecho” cuando se producen robos al erario público cercanos a los 600 millones de dólares, todo lo cual ha quedado evidenciado y registrado en los Juzgados de Managua.

Alemán Lacayo llegó mediante fraude electoral a la Presidencia de la República, y lo más descarado del fraude fue en Managua. Ofreció construir miles de casas, empleo masivo, y todo ocurrió al revés. En el gobierno neoliberal-conservador, “democrático”, de don Enrique Bolaños Geyer los apagones de la luz eléctrica subieron a 14 horas diarias.

Bolaños profundizó las privatizaciones de entidades estatales y hasta pretendieron que la Empresa Aguadora se vendiera al mejor postor.
En este período le fueron robados otros 17,000 millones de córdobas al Estado de Nicaragua, y al final, en 16 años de gobiernos “democráticos”, neoliberales, “respetuosos” de la “Democracia representativa”, el país quedó en banca rota, y casi un millón de sus trabajadores se fueron en éxodo a Costa Rica y Estados Unidos porque los despidieron de los cargos laborales en que estaban, y necesitaban empleo.

Esa democracia burguesa, es la que reapareció en 1990. Es una democracia de falsedades, mezquina, una democracia para un puñadito de ricos (oligarcas) egoístas que no pasa del uno por ciento de la población, para los millonarios esclavizados ante el amo yanqui agresor, los cuales son elegidos por los pobres a cargos en el gobierno, el cual fue usado para enriquecer a esos grupos minoritarios de burgueses y oligarcas, mientras esos mismos electores eran despojados permanentemente de sus tierras, lotes y otras propiedades, los mandan al desempleo masivo, son engañados con promesas electorales falsas, les han privatizado la educación, la salud, las telecomunicaciones, han saqueado el erario nacional hasta niveles insólitos como lo que hizo Alemán Lacayo, quien usó el gobierno para acumular sumas fabulosas de dinero y es lo mismo que siguió haciendo el oligarca brutal y arrogante, don Enrique Bolaños Geyer.

En el caso de Nicaragua a eso se le ha llamado “democracia representativa”, es decir, que los funcionarios del gobierno son elegidos con el “voto popular”, lo que equivale a afirmar que el “pueblo elige ahora a sus verdugos, a sus explotadores”, lo cual es todo lo contrario de la práctica de la Democracia Revolucionaria y Popular del Frente Sandinista de Liberación Nacional en la década del 80 y la vuelve a practicar ahora mediante Consejos del Poder Ciudadano.

Esa “democracia” “representativa” de gobiernos neoliberales ha vendido el país, además, a trasnacionales extranjeras, como los casos de la energía con Unión Fenosa, de las telefonías y en los años 2005-2006 hasta amenazaron con privatizar un servicio vital como el agua potable.

Necesitamos cambiar esa “democracia burguesa dictatorial” por la Democracia Revolucionaria, la Democracia Directa, la del pueblo organizado tomando decisiones colectivas conjuntamente con sus autoridades.
Dichosamente, esta Democracia Directa es la que está siendo promovida por el gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional mediante los Consejos del Poder Ciudadano.

 

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Feudalismo, feudalismo, régimen socioeconómico feudal de terratenientes que imponían servidumbre a campesinos por medio de la fuerza

Feudalismo o régimen feudal, sucesor del régimen esclavista y precedente del régimen capitalista o burgués

Pablo Emilio Barreto Pérez

El feudalismo, o régimen feudal (lat. Feudom: hacienda o enormes extensiones de tierras)formación  económica que sustituye (sustituyó) al régimen esclavista y precede al capitalismo. Los llamados “señores feudales” eran poseedores, mediante la fuerza, de enormes extensiones de tierras, robadas a comunidades originarias en la época del régimen esclavista.

En esas extensiones enormes de tierras tenían murallas que rodeaban estas propiedades, agrupaciones de hombres armados sometidos a sus servicios y dentro de estos muros estaban los campesinos en servidumbre porque estos “señores feudales” los habían comprado parta ponerlos a su servicio completo.

El régimen económico del feudalismo, a pesar de toda la diversidad de sus formas en distintos países y en distintos períodos históricos, se caracteriza por el hecho de que el principal medio de producción ­–la tierra—es propiedad monopólica de la clase dominante de los feudales, que a veces se funde casi por completo con el Estado Feudal. Y la economía se lleva a cabo con las fuerzas y los medios técnicos de los pequeños productores: campesinos.

La relación económica fundamental del feudalismo se manifiesta en la renta feudal, es decir, en el plusproducto que los productores campesinos pagan a los feudales (o al Estado) en forma de trabajo, dinero o en especie (rentas en trabajo o en especie).

La ciudad está incorporada necesariamente al sistema de relaciones feudales, pues sin la venta de productos agropecuarios a sus habitantes, el feudalismo no habría conocido la renta en dinero.

El antagonismo de la sociedad feudal, basada en las explotación de los campesinos por los “señores feudales” (esta sociedad se caracte3riza por la coerción extraeconómica) engendraba numerosas formas de manifestación de las contradicciones sociales.

La forma superior de ellas la constituían las sublevaciones y las guerras populares, plebeyo-campesinas. La ideología de la época feudal se distingue por la propensión  a las concepciones especulativas, que poco tienen que ver con los conocimientos reales o científicos, y a las religiones mundiales: cristianismo, islam, budismo, confucianismo y otros. En distintas etapas  del desarrollo de la sociedad feudal, su organización política era distinta: desde el mayor fraccionamiento estatal hasta las monarquías absolutas, déspotas, brutales, sanguinarias, mortales, totalmente centralizadas.

Una forma específica era el denominado feudalismo nómada, pero sus rasgos fundamentales eran los mismos. El período tardío del feudalismo se caracteriza  por el nacimiento en sus entrañas de la producción manufacturera, embrión o comienzo de las relaciones capitalistas, o inicio del régimen capitalista en Europa.

En Europa Occidental es el período de maduración y realización de las primeras revoluciones burguesas, hasta registrarse la Revolución Burguesa Francesa, la cual establece formalmente al régimen capitalista o liberalismo europeo.

La liquidación, precisamente, del régimen feudal como modo de producción se produjo en el proceso de las revoluciones burguesas europeas, fundamentalmente. No obstante, las supervivencias  del feudalismo persisten hoy en día  en muchos países del mundo capitalista, incluso económicamente desarrollados, como por ejemplo en Italia, España, en algunos países de África y también en algunas naciones latinoamericanas.

Son particularmente profundas en los países en desarrollo de Asia, África y América Latina. Las supervivencias de relaciones feudales dificultan el progreso de países en desarrollo y obstaculizan la lucha por el renacimiento nacional y la independencia económica.

Lenin lo relacionaba  con el movimiento revolucionario de la clase obrera, con la instauración de la dictadura del proletariado y la victoria del socialismo en un país o en unos cuantos. Por ejemplo, la República Popular de Mongolia ha realizado con éxito y en breve plazo histórico el tránsito del régimen patriarcal-feudal al sistema socialista.

 Fuentes documentales consultadas: Diccionario Político Breve, Editorial Progreso, Moscú; Diccionario de Filosofía, Editorial Progreso, Moscú. Lecturas en Internet.

 

 

 

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Esclavismo, esclavos, esclavos, régimen esclavista del Egipto antiguo, Grecia y Roma antiguas, pareciera vigente al 2018

Esclavismo, o régimen esclavista

Pablo Emilio Barreto Pérez

Formación económico social  de clase –la primera de la Historia Humana–, basada en la explotación  del hombre por el hombre. Las principales clases del régimen esclavista eran esclavos y esclavistas.

Al haber surgido a consecuencia de la descomposición del régimen de la Comunidad Primitiva, el régimen esclavista se afianzó inicialmente en los países de Oriente Antiguo (Egipto, Babilonia, Asiria y otros) y tomó su forma clásica en Grecia Antigua y Roma Antigua en el primer milenio y los primeros tres siglos de la era actual, contándola o partiendo del calendario impuesto por los emperadores romanos.

La base de las relaciones de producción durante el régimen esclavista era la propiedad del esclavista sobre los medios de producción, así como sobre el esclavo, al que el esclavista podía vender, comprar, torturar, mantenerlos con grilletes en tobillos, muñecas y cuellos, enjaulado y matarlo si así se le antojaba.

El régimen esclavista es la primera formación de clase antagónica, que surge a consecuencia de un largo período de descomposición del régimen de la Comunidad Primitiva y el establecimiento de los institutos o instituciones de la sociedad dividida en clases sociales: la propiedad privada y el Estado.

El esclavismo alcanza su apogeo  en Grecia  y Roma Antiguas, donde sobre su base se erigen una economía eficiente en aquel entonces y una elevada cultura clasista, filosofía y arte, todo lo cual le era negado a los esclavos sometidos por verdugos servidores de los esclavistas, los cuales contaban con las barracas y cárceles correspondientes.

Las fuerzas productivas del régimen esclavista estaban compuestas por instrumentos de trabajo manuales y grandes masas de esclavos, quizás millones, como los que fueron usados para construir las pirámides de Egipto.

Las relaciones de producción se basaban en una cruelísima y bárbara explotación y opresión terrorista en contra de los esclavos. Reduciendo al mínimo las necesidades de los esclavos (negación total de comida, vestuario, salud y educación, por ejemplo), dichas relaciones permitieron a los esclavistas obtener un plusproducto considerable, en comparación con el modo de producción  precedente, lo cual condujo  al fortalecimiento  de la propiedad privada y al desarrollo de las relaciones mercantiles: intercambio, comercio, circulación monetaria.

Se libraban constantemente guerras de rapiña (pillaje, saqueo, latrocinio, piratería, despojos, robos descarados) como importante fuente de obtención de esclavos. Además de las clases fundamentales (esclavistas y esclavos), en la sociedad esclavista existían mercaderes, usureros (parecidos a los prestamistas y banqueros de hoy), artesanos y campesinos libres, pequeños propietarios que no gozaban de la plenitud de derechos, y una nutrida masa de elementos desclasados.

La forma de los Estados Esclavistas era la monarquía o la república. En esta última, los ciudadanos “libres” participaban en la actividad de instituciones democráticas (asamblea popular y otras). La Democracia no se extendía a los esclavos, es decir, los esclavos y esclavas no tenían derecho a participar en nada, sólo debían someterse a sus dueños, que generalmente les colocaban grilletes en los tobillos, en las muñecas, en el cuello, y los metían dentro de barracas supervigiladas por sus verdugos carcelarios.

Los esclavos luchaban y se sublevaban contra los esclavistas. Los más famosos fueron varios miles de esclavos, rebelados contra Roma, jefeados por Espartaco, caído en aquella lucha épica en el año 71 antes de la era actual.  Las sublevaciones más grandes se registran, precisamente, en la Roma Antigua (la de Espartaco).

La agudización de la lucha de clases y la irrupción  desde fuera condujeron  a la destrucción del Régimen esclavista y  sustitución por el feudalismo. La esclavitud existía en la mayoría de los pueblos, pero algunos de ellos  soslayaron el Régimen esclavista como formación, pasando del Régimen de la Comunidad Primitiva directamente al Feudalismo. En algunos países, la esclavitud existió tanto bajo el feudalismo como bajo el capitalismo.

Cabe recordar aquí que los promotores principales del esclavismo y del Régimen esclavista fueron los países de civilizaciones coloniales de Europa, los cuales con sus armaduras, cuchillos, cutachas, caballos, armas de fuego, perros entrenados, mecates encebados, látigos, sables, más invasiones militares, se apoderaron de centenares de miles de territorios de comunidades originarias o Primitivas en África, América y Asia, donde saquearon recursos naturales (oro, metales, madera), destruyeron las culturas de nuestros aborígenes, ejecutaron matanzas colosales (más de 50 millones en América) y esclavizaron a nuestros hombres y mujeres por casi 400 años, hasta que nuestros pueblos oprimidos decidieron rebelarse contra aquellas opresiones infames, crueles, sanguinarias, mortales, piratescas, bandidas…

A pesar de las llamadas “independencias nacionales” de los siglos 19 y 20, por ejemplo, hubo países coloniales brutales como Inglaterra o Reino Unido, que mantuvieron aquella esclavitud infernal hasta mediados de la década de 1960 en Australia.

Estos países coloniales y neocoloniales, entre otros: Inglaterra, Portugal, España, Francia, Holanda y Alemania acumulan el nada prestigioso y horrible pasado de colonización brutal de nuestros pueblos originarios, y para colmo se disputaban nuestros territorios y riquezas como aves de rapiña, y obligaban a nuestros pueblos a participar en sus guerras infames de conquistas de unos contra otros.

Los migrantes anglosajones y galos, o franceses, llegados al amparo al amparo de los imperios coloniales inglés y francés al Norte del Continente Americano, específicamente a los territorios de los hoy Estados Unidos y Canadá, mostraron su brutalidad despiadada e infame al exterminar a  casi mil gigantescas comunidades indígenas o primitivas, para robarles sus tierras, destruirles sus culturas, perseguirlos mortalmente, imponerles sus religiones, e instalarse ellos, estos anglosajones y galos, como habitantes propios de estos territorios norteamericanos.

Para colmo de males horribles, todavía un siglo después de la Independencia de Estados Unidos  (ocurrida en 1776), en el lado Sur de este territorio esos anglosajones continuaban con esclavos suyos sometidos en sus plantaciones diversas, lo cual, por supuesto, les permitió acumulación de capitales y de propiedades colosales al amparo de explotar despiadadamente a seres humanos esclavizados.

Thomas Jeferson, uno de los primeros presidentes de Estados Unidos después de la Independencia, era propietario de plantaciones, donde tenía miles de esclavos negros, parte de los cuales inclusive llevaba  la casa presidencial para que le sirvieran a él personalmente.

Aún hoy, en 2018, después de que el gobierno criminal, genocida, agresor, invasor y saqueador de Estados Unidos, llegó en 2003 a matar a centenares de miles de irakíes, incluyendo a su presidente Sadam Husein, y de paso destruir y saquear Irak amparado en mentiras infames, sí allí en Irak, actualmente quienes dominan por parte de Estados Unidos y los traidores locales, están vendiendo como esclavos a miles de ciudadanos que están siendo capturados por ellos. Se dan el lujo de subastarlos como en la época romana y como hacían los negociantes coloniales de esclavos negros africanos como Inglaterra, hoy Reino Unido.

El sistema capitalista hoy nos tiene esclavizados a los trabajadores, usando el argumento de que los trabajadores son “libres” de vender su fuerza de trabajo, mientras en realidad se mantiene a un ejército colosal de proletarios desempleados para que éstos se humillen por un puesto laboral o de trabajo esclavizado.

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Capitalismo de Estado, capitalismo de Estado en la transición revolucionaria del capitalismo al socialismo

Capitalismo de Estado

Pablo Emilio Barreto Pérez

El capitalismo de Estado es una economía que dirige el Estado, bien con capital privado, bien sin él, pero en base a empresarialismo capitalista. El capitalismo de Estado existe como un tipo de economía: en los países altamente desarrollados del capitalismo monopolista de Estado, en los países en desarrollo que luchan por la independencia económica, y en los países que realizan la transición del capitalismo al socialismo.

El papel y la finalidad del capitalismo de Estado en la vida económica vienen determinados los intereses de la clase que representa el Estado. El Estado burgués, al crear el sistema de relaciones capitalistas estables, lo constituye preferentemente en interés  de la burguesía monopolista.

Sin embargo, en el Estado burgués, el capitalismo de Estado, objeto de una aguda lucha de clases, puede, en determinadas condiciones, debilitar a los monopolios privados. Por eso, los partidos revolucionarios, socialistas y comunistas apoyan ciertas medidas capitalistas estatales y son partidarios de ampliar los procesos de nacionalización democrática de las empresas capitalistas privadas.

El capitalismo de Estado tiene una importancia particular para los países en desarrollo. En ellos, la formación de un sector estatal contribuye a democratizar la vida social, permite utilizar el presupuesto público para desarrollar aceleradamente la economía, intensificar el proceso de concentración  de la producción y los elementos de planificación, y de esta suerte acelerar el ritmo de aunmento de la economía nacional. En determinadas condiciones, el capitalismo de Estado puede ser la base económica para la vía no capitalista del desarrollo.

La dictadura del proletariado utiliza el capitalismo de Estado como uno de los medios eficaces de lucha contra el capitalismo privado. Se establecen no sólo relaciones económicas, sino determinadas relaciones político-sociales entre el empresario capitalista y el Estado proletario, las cuales se manifiestan en la subordinación  del primero al segundo y vienen determinadas por la regulación estatal de toda la economía nacional.

Vladimir Ilich Lenin subrayó que instaurada la  dictadura del proletariado, “el capitalismo de Estado no consiste en dinero, sino en relaciones sociales”. En la dictadura  del proletariado, lo importante del capitalismo de Estado no consiste en ser capitalismo, sino en ser un sistema ordenado de registro, control y regulación  estatales del capital privado, utilizado para crear la base material del socialismo.

Dirigir el desarrollo del capital privado por el cauce del capitalismo de Estado, una vez instaurada la dictadura del proletariado, significa combatir el desenvolvimiento espontáneo del capitalismo privado y pequeño burgués; contribuir a los procesos de concentración de la producción; impedir al capital privado toda acumulación expoliadora; no permitir que este capital avasalle a los pequeños productores de mercancías, desplazarlo de las ramas económicas donde cause daños a otras donde, manteniéndolo obligatoriamente bajo el control estatal y concertando con él  determinados acuerdos económicos.

Esto significa, en definitiva, encaminarse hacia la socialización de los medios de producción, hacia la estabilización de los mismos. El paso de la empresa capitalista a propiedad del Estado proletario puede realizarse de una vez o gradualmente.

La transformación socialista gradual de la empresa capitalista se efectúa con ayuda del capitalismo de Estado. Las formas del capitalismo de Estado en la dictadura del proletariado son muy diversas: son diferentes tipos de lazos económicos del Estado  con los empresarios privados tanto en la esfera de la circulación (compra de mercancías de producción capitalista privado por el Estado; abastecimiento, por parte del Estado, de materias primas a las empresas privadas; concesión de anticipos a los capitalistas, etc.), como en el terreno de la producción (creación de empresas mixtas estatales-privadas).

En la Rusia Soviética, las primeras empresas capitalistas-estatales surgieron a principios de 1918. Se utilizó también otra forma de capitalismo de Estado: arrendar empresas estatales a particulares. El capitalismo de Estado no alcanzó gran difusión en la URSS.

En una serie de Democracias Populares se utilizaron más ampliamente los métodos capitalistas-estatales. Ante todo concierne esto a países donde abundaba la empresa capitalista pequeña y mediana, cuya inmediata nacionalización podía frenar el desarrollo de la economía nacional y endurecer la lucha de clases.

El capitalismo de Estado  fue también necesario cuando el atraso general de la economía nacional o su ruina después de la guerra requerían estimular la actividad de las empresas privadas pequeñas y medianas a fin de satisfacer rápidamente la demanda de artículos de amplio consumo popular.

Las medidas de carácter capitalista-estatal fueron también estimuladas por circunstancias políticas cuando su objetivo era captar para el Estado socialista a elementos capitalistas que deseaban colaborar con el poder popular.

El grado de difusión, los métodos y formas  del Capitalismo de Estado son determinados por las condiciones históricas concretas de uno u otros país, en primer lugar el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, el grado de conciencia política y el nivel cultural de la clase obrera, la fuerza de resistencia de la burguesía o grandes capitalistas explotadores.

Se ha utilizado ampliamente el Capitalismo de Estado en algunos países orientales de Democracia Popular (por ejemplo en Vietnam), donde la burguesía nacional que participó  junto con los trabajadores  en el movimiento popular general de Liberación Nacional, era propensa a concertar compromisos con el Estado.

En la economía de estos países, antes de la Revolución, predominaba la pequeña empresa privada, mientras que las empresas capitalistas grandes acaparaban los puestos de mando de la economía nacional, pertenecían a burócratas, a compradores y a capitalistas extranjeros, es decir, a los que sistemáticamente afixiaban a las empresas de la burguesía nacional.

Tras nacionalizar las grandes empresas capitalistas, el Estado se adueñó de los puestos de mando de una economía con una producción bastante concentrada, lo cual le permitió regular las relaciones económicas  con las numerosas empresas capitalistas pequeñas y medianas de la burguesía nacional y de este modo facilitar su transformación socialista.

A la postre, las relaciones capitalistas-estatales, cuando se ha emprendido la construcción del socialismo (científico, real), cambian la esencia económico-social de las empresas capitalistas. En empresas capitalistas-estatales se altera gradualmente el carácter  del beneficio, el cual no sólo adquiere ya la forma de plusvalía, sino también la de renta estatal.

La lucha de clases ostenta formas cada vez más organizadas. Indeclinablemente asciende el papel de los obreros en la dirección de la empresa. Se modifica también la conciencia del empresario, objeto de la reeducación socialista.

Las relaciones capitalistas-estatales terminan con la total transición de la propiedad capitalista privada a propiedad de todo el pueblo. Muchos empresarios se transforman entonces en especialistas asalariados del Estado.

 

Fuentes documentales: “El Estado y la Revolución”, de Vladimir Ilich Lenin, Editorial Progreso, Moscú; Diccionario Político Breve, Editorial Progreso, Moscú; Diccionario de Comunismo Científico, Editorial Progreso, Moscú; lecturas sobre este tema en Internet.

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Capitalismo salvaje, capitalismo salvaje, se apropia de riquezas fabricadas por obreros y proletarios en general

Capitalismo salvaje, capitalismo salvaje y apropiador de riquezas producidas por obreros y proletarios en general

Pablo Emilio Barreto Pérez

El capitalismo es un sistema social basado en la explotación del trabajo asalariado por parte de los capitalistas, en cuyas manos se concentra la propiedad sobre los medios de producción y de la tierra.

Históricamente, el capitalismo sustituyó al feudalismo (sistema feudal, consistente en que los productores campesinos laboraban en servidumbre en las extensas propiedades del señor feudal) en el transcurso de la denominada acumulación originaria del capital, cuando queda eliminada la pequeña producción y surge la propiedad privada capitalista, que permite pasar a la concentración de los medios de producción, a la gran producción y que en determinada etapa propicia las condiciones favorables para el desarrollo de las fuerzas productivas.

Este proceso se caracteriza por la depredación de millones de campesinos y artesanos (por ejemplo, en aquellos tiempos del feudalismo la expropiación de las tierras a los campesinos en Inglaterra, hoy Reino Unido); por la obligación impuesta  por el Estado burgués a los trabajadores marginados de los medios de producción de trabajar como asalariados del capitalista salvaje; por el saqueo  de los pueblos coloniales o colonizados por la fuerza violenta y atroz de los colonizadores y de otros países.

A consecuencia de la acumulación originaria del capital (capitalista), en un polo se forma la clase de los capitalistas, en cuyas manos se concentra el capital y los medios de producción y de la tierra, y en el otro, una masa de personas, individualmente “libres”, pero sin  medios de producción y, por consiguiente, obligadas a vender su fuerza de trabajo a los capitalistas acaparadores, explotadores y opresores.

El rasgo típico del capitalismo es el dominio de la producción de mercancías. Si en las formaciones precapitalistas dominaba la economía natural y por lo general sólo adquiría forma de mercancía aquella producción que excedía las propias necesidades de los productores, la producción capitalista es la producción de mercancías. En el capitalismo la fuerza de trabajo humana adquiere forma de mercancía, de una mercancía de género especial.

El punto de partida de la producción capitalista es la cooperación simple, en la que bajo el control del capitalista se agrupan a un mismo tiempo muchos trabajadores para producir un mismo tipo de mercancías (como en las Zonas Francas, por ejemplo).

La utilización conjunta de los obreros permite efectuar trabajos imposibles para un trabajador separadamente, y el contacto social en el proceso laboral origina  una emulación que eleva el rendimiento individual de los obreros.

La cooperación capitalista, a diferencia  de las precedentes formas de cooperación en el trabajo, presupone desde un principio un obrero asalariado libre, que vende de su fuerza de trabajo al capitalista.

El desarrollo de la cooperación, debido al ahondamiento de la división del trabajo en su seno, conduce a la manufactura capitalista. El proceso de producción se desmembra ahora en diferentes operaciones ejecutadas por distintos obreros que gracias a ellos se transforman en trabajadores parciales.

La manufactura refuerza la dependencia del obrero con respecto al capitalista, contribuye a incrementar las fuerzas productivas y prepara las condiciones para el empleo de las máquinas. La creación de una gran industria maquinizada  durante la revolución industrial que empezó en Inglaterra (Reino Unido actualmente) en la segunda mitad del siglo 18 y culminó a mediados del siglo 19, significó la formación de la base material adecuada  a las relaciones capitalistas de producción. A estas alturas, el capitalismo llega a ser el modo de producción dominante.

La relación fundamental del capitalismo es la relación  de explotación  del trabajo asalariado del capital. El capitalista contrata al obrero  y le paga el valor de su fuerza de trabajo, que adquiere la forma de salario que el obrero percibe por su trabajo.

Aparentemente parece que se paga todo el trabajo del obrero; en realidad, el obrero invierte sólo parte de su trabajo en reproducir  el valor de la fuerza de trabajo (trabajo necesario); el resto es el plus trabajo que no se paga y crea la plusvalía de la que se apropia el capitalista.

La obtención de la plusvalía (ganancias del capitalista muy por encima del salario del obrero) es el objetivo de la producción capitalista, y la ley de la plusvalía es la ley fundamental de la producción capitalista, principal factor de la marcha y funcionamiento  de toda la compleja economía capitalista.

Resultado del proceso de la producción capitalista no sólo son las mercancías, ni sólo la plusvalía, sino también la reproducción de las relaciones capitalistas, puesto que el obrero sale del proceso de producción y el producto de su trabajo se lo apropia el capitalista.

Es característica del capitalismo, con su ilimitada ambición de incrementar la plusvalía (ganancias, robos en este caso), una producción de mercancías a escala ampliada: la reproducción ampliada, que adquiere la forma capitalista: la capitalización parte de los beneficios para aunmentar el capital privado.

En virtud de la variación  de la estructura del capital, en particular con la disminución  relativa  de la parte del mismo  utilizada para pagar la mano de obra, se produce una superpoblación relativa, es decir, el desempleo (“ejército de desocupados”) que acarrea privaciones a la clase obrera y es un instrumento para intensificar su explotación (Explotación del capitalista contra el obrero, o proletario, o trabajador, es decir, explotación del hombre por el hombre).

El  proceso de acumulación  de capital está relacionado con su concentración y centralización. En lugar de un gran número de capitalistas relativamente pequeños se forma una capa numerosa de grandes capitalistas, en cuyas manos se concentran enormes capitales, que realmente son producidos por los trabajadores.

La  base de la concentración y centralización  del capital es el desarrollo de las fuerzas productivas, el incremento del rendimiento del trabajo debido a la intensificación de la división social del trabajo que rebasa las fronteras nacionales y que adquiere un carácter internacional.

“El papel histórico progresivo del capitalismo puede resumirse  en dos breves tesis: aunmento de las fuerzas productivas del trabajo social y socialización de éste”, sostuvo Vladimir Ilich Lenin en su libro “El desarrollo del capitalismo en Rusia”.

No obstante, todas las ventajas de la ampliación de la escala de producción las perciben los grandes propietarios del capital mediante beneficios (ganancias) cada vez mayores. El incremento de la acumulación de capital conduce al agravamiento de la contradicción principal del capital: la contradicción entre el carácter social de la producción y la forma capitalista privada de apropiación de lo que realmente producen los obreros.

A pesar de la interconexión entre las empresas capitalistas y las ramas de producción, la existencia de la propiedad capitalista privada entorpece la regulación  social de la economía, condiciona el dominio de la anarquía y de la competencia (generalmente desleal), el carácter  espontáneo del desarrollo económico.

El regulador espontáneo de la economía capitalista es la ley del valor. Las contradicciones  de la economía capitalista se manifiestan  con la mayor intensidad en las crisis económicas que se repiten periódicamente y que comportan la destrucción de las fuerzas productivas, el retraso de la producción, un marcado descenso del nivel de vida de los trabajadores y un ingente aunmento del paro, es decir, los obreros y trabajadores en general pasan al desempleo masivo.

El capitalismo procura amoldarse a las necesidades de desarrollo de las fuerzas productivas, que cada vez adquieren un carácter social  masivo. Se produce una evolución de las formas de propiedad capitalista. Junto a la propiedad individual capitalista aparece asociada, debido a la formación de compañías anónimas, que permiten concentrar enormes capitales e invertirlos, por ejemplo, en grandes empresas industriales, en bancos privados, en el funcionamiento de grandes centros comerciales que rigen el llamado “mercado libre” e imponen los precios que el capitalista quiere a las mercancías producidas por los obreros.

Luego se desenvuelve la propiedad capitalista estatal, que es propiedad común de la clase de los capitalistas. A determinado nivel, la concentración y centralización  de capitales conduce a la formación de capitales a tal escala que monopolizan la producción y la venta de los artículos o mercancías.

El capital de la libre competencia cede su puesto al capital monopolista, al imperialismo. Con la transición al imperialismo  se intensifica el “carácter internacional de la economía capitalista”, según Carlos Marx.

Al principio, las relaciones capitalistas  aparecen en Holanda e Inglaterra; luego en Italia, Francia,  Alemania y Rusia. En el resto del mundo dominaban las relaciones precapitalistas (feudales, esclavistas, de la sociedad primitiva).

En la época del imperialismo se incrementa la expansión del capitalismo; cada vez es mayor el número de países atraídos a la órbita de las relaciones capitalistas, aunque en los atrasados países coloniales coexisten con las formas precapitalistas de explotación.

A principios del siglo 20, el capitalismo se transforma en sistema universal, lo que obedece al crecimiento de las exportaciones de capitales, a la formación de monopolios capitalistas internacionales (empresas trasnacionales: bancos, Coca-Cola, Standard Oill, Shell, Mcdonald, Bayer, Nestlé, por ejemplo), o sea, a la creación del sistema colonial del capitalismo.

Esto conlleva la explotación intensificada contra los pueblos de los países coloniales (colonizados por la fuerza) y dependientes, la agravación de las contradicciones entre las potencias capitalistas imperialistas, que engendran las guerras entre estos países imperialistas por el reparto, o redistribución, del mundo como si fueran aves de rapiña o fieras contra sus presas.

Al principio, sobre el carácter del régimen  político  del capitalismo influyó la lucha de clases de la burguesía contra las fuerzas o sistema y señores feudales, contra los privilegios feudales; luego, la lucha entre las dos clases fundamentales de la sociedad burguesa o capitalista: el proletariado (trabajadores) y la burguesía.

El régimen estatal de la sociedad capitalista toma forma de república o de monarquía constitucional. En la época del imperialismo, cuando se intensifican las tendencias reaccionarias en la política burguesa, hace acto de presencia la dictadura terrorista del gran capital: el fascismo, al mejor estilo de los nazifascistas alemanes de Adolfo Hitler.

Los intereses de los distintos grupos de la burguesía y ramificaciones  de la burguesía los expresan los partidos políticos burgueses, aunque algunos de ellos se presentan como partidos de los trabajadores.

Para defender sus intereses, la burguesía  también utiliza diferentes formas de la ideología, que proclaman  la inmutabilidad de la propiedad capitalista y encubren la naturaleza explotadora del capitalismo y sus antagonismos. Para propagar la ideología burguesa se utiliza a fondo a la prensa, la radio y la televisión (medios de comunicación privados: prensa escrita, radioemisoras, canales de televisión, cines, producción de películas, editoriales, imprentas, revistas, semanarios, boletines…)

En el proceso de desarrollo del capitalismo se forma la fuerza llamada a terminar con la explotación capitalista. Esta fuerza es la clase obrera y el proletariado en general, incluyendo campesinos pobres e intelectuales progresistas. Su número aunmenta considerablemente, surgen sus organizaciones de masas encabezadas por los partidos revolucionarios populares, socialistas y comunistas, que la movilizan  para luchar contra los capitalistas explotadores.

Al pasar a la fase imperialista, el capitalismo ya ha madura, en su conjunto, para ser sustituido por un nuevo sistema social, el socialismo. Con la ruptura del sistema capitalista, al principio en su eslabón débil, empezó la crisis general del capitalismo.

El ahondamiento  ulterior de esta crisis general del capitalismo se debe a la victoria de las revoluciones socialistas en una serie de países, entre otros, China, Cuba, Corea del Norte y Vietnam. También ha jugado un papel determinante el derrumbamiento del sistema colonial mortal y de saqueo de recursos naturales ajenos, pues con el paso del tiempo ha ido quedando cada vez más claro de cómo las potencias coloniales europeas se repartían territorios ajenos como aves de rapiña, y para imponerse militar y culturalmente mataron a centenares de millones de seres humanos originarios, se apropiaron de los recursos naturales de los territorios colonizados por ellos mediante balazos, machetazos, cuchilladas, ahorcamientos, descuartizamientos de seres humanos con perros entrenados, colocación de cadenas metálicas en los tobillos y las muñecas de las manos para tenerlos de esclavos durante más de 300 años, hasta que nuestros abuelos se rebelaron de forma masiva.

La Primera Guerra Mundial fue desatada por las potencias coloniales europeas, precisamente en sus guerras de rapiña para terminar de repartirse los territorios que todavía no tenían ocupados en África, Asia y América Latina. Fabricaron pretextos burdos para desatar aquella Primera Guerra Mundial sangrienta, cruel, despiadada, mortal, para lograr los objetivos que buscaban de apropiarse de más territorios, o recuperar los que habían perdido.

De algún modo, les “salió el tiro por la culata”, porque en medio de ese escenario de guerra de rapiña les apareció el Triunfo de la Revolución Rusa y el Primer Estado Socialista del Mundo.

Después, ya en 1939, organizaron una dictadura terrorista, o la facilitararon, mediante las ambiciones de conquista y colonización de todo el mundo por parte de los nazifascistas alemanes, encabezados por la camarilla de matones sangrientos, mortales y genocidas del capitalismo, personificados en Hitler y su Estado Mayor de maleantes generales, coroneles, etc., que además eran profundamente racistas.

Aquí también “les salió el tiro por la culata”, porque una parte del plan general de conquista y colonización del mundo entero era aniquilar a la Unión Soviética, y por ahí les vino el derrumbe, porque un pueblo organizado en un régimen socialista es unido, consciente, entrenado y dispuesto a morir por su Soberanía Nacional y por su futuro.

Después, por las luchas anticoloniales en toda nuestra Madre Tierra, les vino el derrumbe del sistema colonial, todo lo cual aceleró la crisis general del capitalismo salvaje.

Las formas de acomodación del capitalismo a las nuevas condiciones están relacionadas con el desarrollo ulterior del capitalismo monopolista de Estado. No obstante, estas formas no cambian la naturaleza de las relaciones capitalistas de producción, no se resuelven ni la contradicción fundamental del capitalismo ni las demás contradicciones, sino que, por el contrario, engendran nuevos antagonismo de clase.

Estas formas no prueban una “democratización del capital”, ni la transformación del capitalismo en “popular”, como proclaman los ideólogos burgueses y reformistas, sino la concentración de la propiedad en manos de la oligarquía financiera, la cual es una parte insignificante de la población, tal vez un medio por ciento de la población total de un país capitalista.

Por estos motivos, se profundiza el antagonismo entre los intereses de la mayoría de la población y la élite monopolista del capitalismo, u oligarquía. En todos los países capitalistas se intensifica  la lucha contra los monopolios o empresas capitalistas monopólicas. Esta lucha golpea las ilusiones propagadas por los apologistas (intelectuales, escritores al servicio del capitalismo) del capitalismo contemporáneo y los reformistas.

Cada vez es más evidente la justeza de las conclusiones del marxismo-leninismo sobre la inevitabilidad histórica del derrumbamiento del capitalismo en toda la Madre Tierra, para dar paso al socialismo real o científico.

 

Fuentes bibliográficas: Diccionario de Comunismo Científico, Editorial Progreso, Moscú; Breve Diccionario Político, Editorial Progreso, Moscú; Diccionario de Filosofía, Academia de Ciencias de Moscú; ¿Qué es la Economía Política?, Editorial Progreso, Moscú; ¿Qué es el Materialismo Histórico?, Editorial Progreso, Moscú; lectura de otros materiales escritos sobre el tema y “bajados de Internet”.

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Socialismo, socialismo, socialismo real o científico, ¿cuánto sabemos de cómo funciona y a quiénes favorece?

Socialismo científico

Pablo E. Barreto Pérez

*Nota explicativa. Escribo este artículo explicativo porque he notado que hay mucha confusión sobre el significado y funcionamiento del régimen socialista, como el que ha venido marchando victoriosamente desde hace 50 años en Cuba, tomando en cuenta también lo que fueron los Estados socialistas del bloque soviético y europeo oriental y del socialismo chino, desempeñándose ya como socialismo desarrollado  en la República Popular China desde hace ya más de 60 años.

El Sistema socialista es radicalmente opuesto al capitalismo. El socialismo es el régimen social que viene a sustituir al capitalismo y cuyas características son la propiedad social sobre los medios de producción, la ausencia de explotación del hombre por el hombre y la producción planificada de mercancías; es el primer escalón de la formación económico-social comunista.

Por cuanto sigue inmediatamente al capitalismo en el proceso de desarrollo histórico y, a veces, se forma cuando en el país subsisten estructuras económicas anteriores, el  socialismo ostenta huellas de la vieja sociedad y utiliza algunas formaciones económico-sociales constituidas por etapas precedentes del desarrollo social.

Con el nivel de expansión de las  fuerzas productivas y de la propiedad social inherente al socialismo, no se superan totalmente la vieja división del trabajo, las diferencias entre el trabajo manual e intelectual, entre la ciudad y el campo.

En el socialismo perduran el carácter mercantil de la producción, determinadas diferencias sociales entre obreros, campesinos e intelectuales y, en el terreno político, el Estado.

La supresión de la propiedad privada sobre los medios de producción y el afianzamiento de la propiedad social transforman la faz económica y política de la sociedad humana.

El objetivo de la producción ya no es  la obtención de beneficios por parte de propietarios privados, sino la satisfacción máxima posible, en los límites del nivel alcanzado por las fuerzas productivas, de las necesidades materiales y espirituales de los miembros de la sociedad (hombres, mujeres, niños, ancianos).

El socialismo pone fin al logro de ingresos procedentes de la explotación por medio del capital y se implanta la obligación para todos de trabajar según el principio de que “quien no trabaja, no come”.   La sociedad se transforma de una sociedad antagónica en una sociedad de trabajadores vinculados por la unidad de intereses fundamentales.

La propiedad social sobre los medios de producción cambia el carácter de la producción de mercancías, transformándose ésta en una producción de mercancías de nuevo tipo de trabajadores para trabajadores. Los productores de mercancías son ahora, con el régimen socialista, colectividades de trabajadores que ponen en acción medios de producción propiedad del Estado o de la colectividad

La producción se efectúa según un plan estatal. La planificación es un rasgo económico muy importante del socialismo, ya que la propiedad social sobre los medios de producción no sólo ofrece la posibilidad del desarrollo planificado de la economía (es posibilidad es originada por la misma envergadura de las fuerzas productivas), sino que condiciona también  la necesidad de la planificación, generando la ley económica objetiva del desarrollo armónico y proporcional de la economía nacional.

El régimen socialista estimula a los trabajadores y a las colectividades a la participación activa en la producción, despertando en ellos el interés material, mediante diferentes formas de distribución según el trabajo, elaboradas conforme el principio del socialismo: “De cada cual según sus capacidades, a cada cual según su trabajo”. Esto es un principio fundamental del socialismo científico o real.

Estas formas tienen en cuenta las condiciones económicas, políticas y nacionales peculiares de cada país, así como el nivel técnico  de las diferentes ramas de la producción, estando orientadas dichas formas a estimular  la elevación del rendimiento del trabajo y de la cualificación de los trabajadores.

Al mismo tiempo que asegura los suficientes incentivos materiales, económicos para el desarrollo  de la producción social, la organización socialista de la sociedad crea estímulos espirituales para el trabajo.

Las masas hacen suyas las ideas del comunismo, de la reestructuración consciente de las relaciones sociales nuevas, de la construcción de una sociedad sin clases, cuyo lema es:   “De cada cual, según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”.

Libre de la explotación, se fortalece el interés por el propio trabajo, por los elementos de creatividad que hay en él y, a conciencia de ello, se convierte para los sectores laborales más avanzados  no sólo en una costumbre, sino también en una necesidad vital. El estímulo moral y material del trabajo se expresa en el desenvolvimiento de la  emulación socialista.

En el sentido social, el  socialismo es la sociedad de dos clases amistosas, la clase obrera y los campesinos, que crean los valores materiales en la industria y en la agricultura. Constantemente aunmenta el número de intelectuales, capa social ocupada en un trabajo cualificado para el progreso de la ciencia, la técnica y la cultura.

Ausentes las clases antagónicas en la sociedad socialista, en ésta se afirma la unidad político-social e ideológica, se borra gradualmente toda diferencia social y clasista en la sociedad.

Las diferencias entre las clases y los grupos sociales se van borrando paulatinamente. Las relaciones entre todos los grupos sociales se definen por la unidad sociopolítica e ideológica, y las relaciones entre naciones socialistas, por su amistad, cooperación y ayuda mutua fraterna.

Sobre la base de la propiedad social se realiza el desarrollo proporcional y armónico de la economía nacional y de toda la sociedad socialista. El fenómeno de la  producción social planificada sirve  a la satisfacción cada vez mayor  de las crecientes demandas materiales y culturales del pueblo.

La vida social se organiza  sobre la base de una amplia democracia popular y de la incorporación  de los trabajadores  a la activa participación en los asuntos sociales. El democratismo socialista asegura tanto  los derechos sociales: al trabajo asegurado, al descanso, a la protección permanente de la salud,  a la asistencia económica en la vejez, a la vivienda también asegurada, a la instrucción o educación totalmente gratuita, a la igualdad de todos los ciudadanos ante las leyes del Estado socialista, etc., como también las libertades políticas (de palabra, de conciencia,  de prensa, de reunión, de mitin,  y  desfiles y de manifestaciones en la vía pública, y especialmente de participación organizada en los asuntos estales y sociales.

En el terreno político, el  socialismo se caracteriza por el fortalecimiento del Estado, sobre de sus órganos administrativos, por el desarrollo de la democracia socialista.

La elevación del nivel cultural e ideológico de los trabajadores, de su actividad política, de la labor formativa y organizadora del partido revolucionario socialista, los sindicatos y otras organizaciones sociales, determinan los aspectos esenciales de este proceso social socialista.

Al mismo tiempo que se diferencia por su peculiaridad , derivada ésta de las particularidades históricas de la construcción de la sociedad socialista  y de las diferencias nacionales y de otro género, el sistema político del socialismo de uno u otro país se caracteriza también por algunos rasgos comunes: el papel dirigente de la clase obrera, del partido revolucionario socialista; la combinación e interacción de las organizaciones estatales y sociales, la captación de las masas para la gobernación de la sociedad y del Estado socialista.

En la vida espiritual de la sociedad, la  revolución socialista inaugura  un proceso de democratización de la cultura, de elevación acelerada del nivel de instrucción o educación de las masas, de rápido incremento de la intelectualidad popular, de florecimiento de la ciencia, la literatura y el arte, o sea,  la revolución cultural.  La cultura capitalista es reemplazada por la cultura socialista, que es una etapa objetivamente dada en la trayectoria de la  cultura de toda la Humanidad.

Con el  socialismo empieza una nueva era en la Historia de la Humanidad, que hasta ahora había avanzado dentro del estrecho marco de los antagonismos sociales. “Sólo con el socialismo comienza un movimiento rápido y auténtico de progreso en todos los ámbitos de la vida social e individual, un movimiento verdaderamente de masas, en el que participa la mayoría de la población, primero, y la población entera,  después”, escribió Vladimir Ilich Lenin en su libro “El Estado y la Revolución”.

El socialismo se diferencia por el ritmo acelerado del desarrollo económico, político-social y espiritual, lo cual es una importantísima ventaja sobre el capitalismo. Este ritmo se debe ante todo  a las nuevas relaciones sociales socialistas y de producción que abren un vasto espacio a la expansión de las  fuerzas productivas.

La actividad de la nueva superestructura, el Estado Socialista, el partido revolucionario socialista y otras organizaciones sociales  que acumulan el entusiasmo y la energía de las masas, contribuye también a acelerar el desarrollo social.

Una fuente importante del avance de la sociedad socialista reside en su situación objetivamente contradictoria como sociedad salida de las entrañas del capitalismo explotador, en la cual lo procedente del pasado se entrelaza con lo que surge y, por ello, le es inherente una áspera lucha entre lo viejo y lo nuevo; esto último relacionado con vestigios del pasado en la conciencia y en la conducta humana.

La necesidad de resolver  contradicciones antagónicas, pero a veces bastante agudas, genera diferentes formas para superarlas, entre ellas la  crítica y autocrítica.

Entre las contradicciones internas de la sociedad socialista aparece, ante todo, la  contradicción entre las relaciones de producción y sociales avanzadas y un insuficientemente elevado nivel material de la producción y cultura de las masas heredado del pasado, contradicción ésta  acentuada  en algunos países socialistas en razón de las dificultades originadas  por las condiciones históricas de la aparición  y el desarrollo de los mismos (la guerra, destrucción de las fuerzas productivas, bloqueo, etc.).

En tanto que se supera esta contradicción, el socialismo pasa por diferentes fases hasta alcanzar el nivel de sociedad socialista desarrollada. El segundo grupo de contradicciones, ya exteriores para la sociedad socialista, son las contradicciones y la lucha entre los dos sistemas sociales, el socialismo y el capitalismo, en el ámbito internacional.

El Socialismo es la salvación de la Humanidad. Sólo eliminando la opresión genocida del capitalismo y estableciendo el régimen socialista justiciero, habrá en el futuro la Paz completa que urge la Humanidad para su desarrollo  material y espiritual plenos, pues el capitalismo opresor y expoliador es un freno cada vez más agobiante para que los trabajadores resuelvan sus necesidades más vitales para la supervivencia de la Humanidad.

El paso del régimen capitalista salvaje al régimen socialista es inevitable. A los trabajadores, al proletariado en general, le corresponde liderar esta lucha, porque ya ha quedado demostrado que la minoría ínfima de seres humanos en dominio del capitalismo monopolista e imperialista, incluyendo las oligarquías locales, no ceden por la vía pacífica el poder político para que sea construido el socialismo científico o real, y la mejor muestra que tienen los trabajadores y campesinos es toda el mar de sangre y matanzas que ejecutaron juntos el gobierno criminal de Estados Unidos, su CIA de espías y asesinos, de su Pentágono o Ministerio de Defensa agresor e invasor de territorios ajenos, los oligarcas infames y traidores de Chile y el Ejército de militares gorilas de la tierra de Salvador Allende Goussen, Víctor Jara, Violeta Parra, Pablo Neruda y Gabriela Mistral.

Fuentes consultadas:  El Estado y la Revolución, Comunismo Científico, Diccionario de Filosofía, ambos de Editorial Progreso, de Moscú; Discursos de Fidel Castro Ruz, escritos consultados en Internet y en libros escritos por algunos nicaragüenses, y el aprendizaje propio, acopiado de numerosas lecturas de autores nicaragüenses y europeos.

 

 

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Criminales sin Castigo, Criminales sin Castigo

Criminales sin Castigo

Pablo Emilio Barreto P.

Primera Parte

Me conducían metido en una alforja, amarrado a las coyundas de la albarda, al trote forzado de una mula, rumbo a los entonces misteriosos y legendarios Hervideros de San Jacinto, mientras el Volcán Cerro Negro vomitaba kilométricas lenguas rojas brillantes de fuego, que aterraban a finqueros y pobladores nerviosos  en zonas urbanas y rurales leonesas, en un mes no precisado de l950.

Los retumbos aterradores y las explosiones relampagueantes del Cerro Negro sacudían el aire enrarecido del medio ambiente. La lava ardiente, con sus dos mil grados rojizos resbalándose por la boca cratérica infernal, como ríos de fuego en distintas direcciones, encendía una gigantesca hoguera encumbrada hacia el cielo, que iluminaba unos 2O kilómetros a la redonda.

Tenía yo apenas un año de nacido, según mi madre Rosa Pérez Juárez.

 El pánico contagioso llenó de histeria colectiva a campesinos y finqueros del Tololar, Pocitos, Lechecuagos, Urroces, Palo de Lapa, Hatillo, Zanjón de Santo Cristo, Rota  y Peineta, comunidades periféricas del Suroeste y Oeste del Cerro Negro, fundadas

supuestamente unos 35 años antes de esta aterrorizante erupción del coloso más chaparro de la familia de la Cordillera Volcánica Maribia, con calderas largas como inmensos surcos subterráneos de fuego de la falla peligrosa de los Maribios

Era la octava erupción del Cerro Negro, diminuto en el horizonte, negro azulado como los pijules, parecido a una casa de campaña oscura, extendida entre matorrales y una sábana de

puntiagudas piedras malpai, ubicado al Este de León, donde parecía brotar con fuego divino intenso de miles de grados centígrados las presiones colosales de las placas tectónicas de

los Cocos y Caribe, que se manifiestan en el infierno terrestre desde el mítico y violentísimo Cosigüina, vigía eterno del Golfo de Fonseca o Chorotega, hasta el Volcán Concepción en la Isla de Ometepe, refugio centenario de nuestros gloriosos indígenas antepasados.

Squier, diplomático inglés-norteamericano, vio nacer en 1850 este Volcán negro azulazo, cuando vomitaba lava en la cúspide de una colina de apenas 50 metros de alturas, y vio entonces cómo ese río rojo de fuego tomaba rumbo adonde es hoy Malpaisillo, ubicado tan sólo a un poco más de cinco kilómetros al Norte. Los ríos de fuego se convertían pronto en una piedra negra, que hoy permanece como colchón de puntiagudos filos en el costado Sur de Malpaisillo.

El espanto producido por los rugidos explosivos del Cerro Negro presagiaba una nueva desgracia colectiva para los pobladores pobres de comarcas o comunidades rurales periféricas leonesas y a la propia Ciudad Universitaria, escenario reciente de  crímenes de la “Estirpe Sangrienta” (tiranía somocista).

En ese momento, yo era el único hijo. En la mula asustada iban colgadas gallinas, perros pequeños, la escasa vestimenta campesina familiar. La angustia, provocada por la erupción volcánica, se transformaba en prisa por abandonar Tololar, Comarca ubicada casi al pie Oeste del peligroso y legendario Cerro Negro, renombrado volcán tan oscuro como la

sombra de arenas y humo vomitados por él,  extendidos como sábana mágicamente tenebrosa sobre la Ciudad de León, Telica, Quezalguaque, Posoltega, Chichigalpa, Corinto, Chinandega y la misma ciudad de Malpaisillo.

Los  árboles, matorrales y hierbas crecidas, los siembros de maíz, frijoles, ajonjolí, trigo, pipianes, ayotes, sandías, melones, pitahayas, granadillas de bejuco y de árboles; chagüites (plátanos, guineos cuadrados, bananos caribe y corrientes), tomates, chiltomas, hierbabuena, pastizales para el ganado, algodón y yuca, se cubrían de arena fina caliente, molesta como una lija en los ojos y la piel, salida de las entrañas rocosas de la Caldera volcánica, del magma hirviente y gases explosivos del Cerro Negro.

El destructivo cultivo de algodón todavía no arrasaba los bosques de tololos, pochotes, corteses, guayacanes, guayabos, tigüilotes, coyoles, cedros, guanacastes, guapinoles, ojoches, caimitos, mangos, almendros, naranjos, zapotes, limones, guayabos, aguacates, caimitos, zapotes, zanzapotes, limones dulces y agrios, naranjas, nancites, papaturros, anonas, guanábanas, jocote jobo, grosellas, mimbros, caraos, toronjas, jocotes, de cuyos ramas emprendían vuelo espantado y desorientado miles de pajaritos y aves de rapiña, hacia el Norte o el Sur, donde se viera el Sol claro, por alguna “ventana” entre la tierra estremecida y el cielo expectante por esta séptima erupción del Cerro Negro.

Nadie lo había “toreado”, pero el Cerro Negro bañaba de cenizas y arena las fincas de agricultores y ganaderos que todavía no habían sido arrebatadas por los voraces geófagos empresarios del algodón, amamantados al amparo de la tiranía sanguinaria  genocida de los Somoza.

Los vómitos de fuego y rocas de varias toneladas, y especialmente las explosiones roncas en las entrañas del coloso chaparro y negro oscuro como el contil, también sacaban de sus refugios o cuevas o madrigueras a garrobos, cusucos, conejos, guardatinajas, guatusas, ratones y serpientes, que despavoridos buscaban otras cuevas en  árboles y en el suelo.

Los conejos y codornices corrían en busca de los matorrales más nutridos de “cola de pato” o en espinos negros al ras del suelo, porque ellos no podían ir tan lejos como los pájaros y las aves de vuelo largo.

Los retumbos histerizaban a caballos, y los destellos relampagueantes de descargas eléctricas en el cono del Volcán Negro provocaban más espanto entre mulas, terneros y vacas, que temblaban como máquinas perforadoras de patas a cabezas.

Mi madre había cubierto mi rostro infantil aterrorizado con un pedazo de sábana rota, para que la arena y cenizas no cayeran en mis ojos.  Montada en una yegua nombrada “Saraza” iba mi madre, Rosa Pérez Juárez;  y mi padre, Octavio Barreto Centeno, jineteaba el inquieto Caballo Blanco, un brioso corcel de patas pintas, entrenado para arriar partidas de ganado, entre  las fincas del Tololar, Tizate y Apante, propiedades de mi abuelo Domingo Barreto Fonseca, ubicadas a casi 2O kilómetros al Norte, en los Municipios de Telica y Malpaisillo, y Tololar en la periferia de la Ciudad de León, respectivamente.

Con la ayuda de obreros agrícolas y familiares,  íbamos aquella noche trágica, más oscura que de costumbre por la nube negra terrífica de arena y cenizas, con una partida de unas 9O reses, caballos y terneros hacia la finca Tizate, un kilómetro al Norte de los Hervideros de San Jacinto, con el fin de protegerlos de la erupción dañina y violenta del Cerro Negro, pues los pastos y cosechas quedarían liquidadas por varios meses –según lo demostraba la experiencia de erupciones pasadas- debido a los materiales eruptados por el arrogante y soberbio Volcán chaparrito azulado.

En dos carretas, jaladas por bueyes, iban las jícaras, molinillos, la piedra de moler las tortillas, las ollas de barro para el agua, los comales, tinajas y tinajones, sacos de maíz y trigo, más los chanchos, gallinas y los perros grandes.

El terror era mucho más manifiesto en los animales. Las gallinas cacareaban sin cesar, las vacas balaban con tono de terror, no acostumbrado en ellas, los caballos relinchaban y querían correr mientras eran mantenidos al trote, y los bueyes resoplaban como si las carretas los molestaran en exceso.

Para muchos campesinos, llenos de espanto, aquel diluvio de arena y cenizas, era “un nuevo castigo divino” porque muchos “impíos” no iban a la Iglesia de la Ermita de Dolores, del

Tololar, de donde  íbamos huyendo. Para algunas mujeres, especialmente ancianas beatas, aquella erupción era el “juicio final”, para limpiar la tierra de tanta maldad.

Éxodo a San Jacinto

Igual que nosotros, centenares de familias campesinas tomaron sus carretas, caballos, mulas, perros, chanchos y gallinas y caminaban sin destino fijo, porque no poseían otras fincas, pero igual que los pájaros iban buscando las “ventanas” con Sol, Tierra y Cielo abierto.

Nosotros, en cambio, teníamos dos fincas adonde ir: Tizate, contiguo a los Hervideros de San Jacinto; y Apante, cercano a Malpaisillo  (Municipio al Noreste de León), ambas propiedades de mi abuelo Domingo Barreto Fonseca, pero controladas por mi progenitor

Octavio Barreto Centeno, mozo y esclavo de su padre en aquellos tiempos.

Los caballos, mulas y ganado vacuno “conocían” bien el camino polvoriento y de zanjones hacia ambos lugares. La travesía comenzó al anochecer, pero con una partida de ganado asustado el avance es lento, complicado y peligroso. Les colgaba la lengua a los terneros cansados, mientras nosotros, íbamos amarillos oscuros por el polvo, especialmente yo, que, según mi madre, lloraba por la incomodidad en la alforja amarrada a las coyundas de una albarda “perfumada” a olor ácido de caballo sudado durante todo el día.

Era un éxodo forzado de campesinos, no registrado por periódicos, ni literatos leoneses curiosos, duró la noche y casi  todo el día.  Las arenas y cenizas quedaron atrás, caían sobre las comarcas y ciudades del Oeste del Cerro Negro. Habíamos logrado alcanzar una “ventana” entre el cielo y la tierra martirizada en este sector poblacional rural de León.

El ganado, finalmente, se repartió entre las fincas Tizate y Apante, ambas ubicadas territorialmente en el Municipio de Telica. La romería de finqueros y obreros agrícolas salidos del Tololar, Los Urroces, Pocitos y Palo de Lapa,  hacia el Norte, se ubicó cerca de los calurosos, misteriosos y legendarios Hervideros de San Jacinto, lo que originó el nacimiento de este poblado, cubierto de un manto rocoso y rodeado de Cerros, Volcanes y montañas, desde entonces tan pobre y solitario como aquellos pueblos olvidados de Macondo, según una de las novelas de Gabriel García Márquez.

Entonces circulaba la leyenda aterradora de que a media noche se escuchaban gritos desgarradores de un campisto, relinchos asustados de un caballo y los balidos amenazantes de un toro, que hacía poco tiempo se habían precipitado a hoyos de agua hirviente y llenos de fuego de los Hervideros de San Jacinto, considerados ventanas o entradas infernales a las entrañas magmáticas del Volcán Santa Clara o San Jacinto, ubicado al pie de los Hervideros famosos.

Pero resultaba más peligroso el Cerro Negro vomitando fuego, lava, arena y cenizas, que los Hervideros de San Jacinto, donde el agua hirviente salta danzarina entre caprichosas

bocanadas de vapor plomizo o blanco elevándose al cielo, mientras deja un olor azufrado como si estuvieran presentes allí el mismo demonio católico o un ser mítico popular como Cadejo..

El terreno junto a los Hervideros de San Jacinto es rojizo, verde y negro en algunas partes, pestilente con sabor a lodo azufrado, con vapor afixiante en algunos momentos y resbaloso, lo que facilitaba -decían campesinos- que toros, caballos, vacas y cerdos se deslizaran a los huecos hirvientes, donde morían, sin que nadie se atraviese a buscar cómo salvarlos por

temor a correr la misma suerte que estos animales.

Pancho Ñato en San Jacinto

Circulaba también la leyenda de que ese Hervidero era refugio nocturno de un misterioso personaje llamado Francisco “Pancho Ñato” Juárez Mendoza, un hombre chaparro, delgado, morenito, de nariz ancha, convertido ya entonces en una leyenda tan grande, pavorosa y terrífica contra las bandas de guardias somocistas asesinos, asaltantes y ladrones de la tiranía somocista en este sector del país.

Este “Pancho Ñato” Juárez Mendoza poseía puntería precisa de franco tirador móvil

justiciero  muy fino y se decía de él: “donde pone el ojo, pone la bala”, especialmente contra sus perseguidores –guardias y orejas de la GN- jefeados por un tal Balto Alvarado. Habían intentado matarlo “en mil ocasiones”, sin lograr siquiera herirlo de refilón o capturarlo, porque (afirmaban en los caseríos) se convertía en chagüite, en piedra, venado, búho, lechuza, en cueva de Hervidero o en guácimo ternero.

Un maestro, llamado Roberto Ponce, investigando por curiosidad científica los Hervideros, se había precipitado en uno de los profundos huecos hirvientes.  Resultó quemado en ambas piernas, lo cual aunmentó el temor de quienes pasaban por allí, pues decían que arrimarse era seguro resultar con el cuero arrancado por el agua hirviente o muerto.

Los más audaces y aventureros por la necesidad apremiante del hambre, afirmaban que en las aguas hirvientes cocían huevos de gallinas y metían allí las varas de guácimo ternero (árbol), para pelarlas y usarlas después‚ como chuzo para bueyes o en el sostén de los cañizos (paredes de paja) en las carretas.

Junto a aquella leyenda impresionante se fincó San Jacinto, sobre un filón de rocas lisas extendidas dos kilómetros de Sur a Norte, al pie de los Volcanes Rota y San Jacinto, con los comarqueños llegados allí huyendo del Volcán Cerro Negro, cuya historia eruptiva había comenzado exactamente un siglo antes, en 185O.

 Tizate es una finca repleta de piedras, de peligros mortales por las cascabeles y corales venenosos, de terrenos llenos de cárcavas, influidos por la configuración geográfica de los Volcanes Telica y San Jacinto, donde hoy (año 2000) existen varios pozos geotérmicos de la Empresa de Energía Eléctrica (ENEL).

Los terrenos del Tizate son también calientes, magmáticos, como la boca rojiza del infierno, porque la casa-hacienda está sobre los mismos Hervideros de San Jacinto.  Los especialistas afirman que en este suelo existe mucho hierro.  Existe allí una casa-hacienda tan vieja, que sus soleras y horcones parecían petrificados, olientes a moho y polvo pegajosos, de siglos, en aquellos días.

Durmiendo en el cráter del Hervidero

Mi madre, sin saberlo, me ubicó debajo de un tapesco colgante de quesos ahumados en la casona, donde hoy,  precisamente, existe abierto uno de los pozos geotérmicos más potentes de los Hervideros del Tizate.

Es decir, me sentaron y durmieron exactamente encima de un sitio, que de estar abierto, me hubiera pulverizado con su calor magmático y convertido en leyenda similar a la del toro y del caballo en los Hervideros de San Jacinto, situados a menos de 500 metros al Sur.

Un poco al Norte, en la misma finca del Tizate, estaban situados no menos de cinco Hervideros, en los cuales, se decía, unos alemanes habían intentado usarlos para producir electricidad, más o menos en 1940, unos 10 años antes del éxodo de los alrededores del Cerro Negro hacia San Jacinto.

Los alemanes dejaron tubos enterrados en estos Hervideros, por medio de los cuales salía vapor blanco con olor a fango podrido y azufre y se escurría agua caliente hacia hondonadas profundas en la masa geológica del Volcán San Jacinto o Santa Clara.

En aquel 195O, el verde de la arboleada, con matices de todos los colores del arcoiris, parecía alfombra mágica al amanecer envuelto en espesa neblina, que volaba como viajante misterioso entre las ramas de los  árboles y de paso “sobaba” los cuernos y el cuero de las vacas, mientras en los seres humanos producía una sensación helada de alegría por la presencia de las lluvias, o de temor cuando las cañadas y los ríos empezaban a crecer bulliciosas y amenazantes.

Muy de mañanita me llevaban a bañarme en las aguas tibias de un “ojo de agua cristalino” cercano, visitado también por venados, tigrillos, cusucos,  pavos y perdices, palomas alas blancas y pataconas, guardatinajas, coyotes, guatusas y ganado silvestre. O también me llevaban a los llamados “Chorros de San Jacinto“, donde nacía un río pequeño de aguas cálidas, llamado San Jacinto, que hacia el Este era nombrado “Terrero” y “Apante”.

Los “Chorros de San Jacinto” eran famosos y temidos también porque se afirmaba que sus aguas recién paridas por la tierra eran preferidas de ceguas, seres terríficos que espantaban a mujeres y hombres campesinos, especialmente obreros agrícolas, pero nunca asustaban a los latifundistas de León. ¿Por qué  sería?

En la maraña de las ramas de árboles encumbrados cantaban alcaravanes, zenzontles, zanates, güises, palomas y se escuchaban interminables los cantos de pajaritos y la bulla de los chocoyitos, cotorras, lapas y alaridos denunciantes de urracas de colores azul y blanco intenso.

En el campo, cubierto de  árboles, arbustos y hierbas, donde se movían serpientes venenosas, alacranes, arañas “pica caballos”, venados, conejos, cusucos, guardatinajas, codornices, perdices, pavos, tigrillos, etc., uno podía encontrar también frutas silvestres como anonas, coyoles, piñuelas, jocote jobo, pitahayas, nancites, jocotes tostados, el guácimo “tapaculo”…

Así era la vida en pleno apogeo silvestre en gran parte de León, Chinandega y en el Tizate, adonde me habían llevado en escape precipitado por la erupción aterrorizante del Cerro Negro.

En los horcones viejos de los corredores de la casona de tejas mohosas y “nacidas”, casi centenarias, del Tizate, se colgaban las hamacas de cabuya y de sacos de bramante y las tijeras de lona crujían en los pasillos de suelo húmedo, lodoso y  disparejo, donde brincaban las pulgas sedientas de sangre humana o de cualquier otro animal, especialmente de perros.

El humo oscuro danzarín de candiles carreteros ponía más negras las tablas o los tapescos en que se guardaba el queso, la cuajada y la mantequilla vaquera de costal.  El relincho nervioso de los caballos, el rebuznido horario de los burros, el balido desesperado de vacas y terneros al momento del ordeño, el canto apurado de gallos por el amanecer próximo, el vuelo corto de las gallinas de los árboles al suelo al empezar a filtrarse el sol por las ramas, la deliciosa cumba de pinol con leche al pie de la ordeñadera, la llenada de mierda y de lodo en el corral…toda esta alegría era parte del ambiente típicamente campesino en las fincas Tizate y Apante, cercanas al municipio de  Malpaisillo, aunque en territorio de Telica (León), donde de esas maravillas de la “opulencia campesina”, sólo quedan piedras peladas, suelos desnudos de vegetación e intoxicados por plaguicidas y el calor insoportable por falta de  árboles y hierbas.

Pastos cubiertos de arena y cenizas

Un mes después, pasado el terror impuesto por el Cerro Negro, volvimos al Tololar, a la inolvidable finca “Lanceña“, donde encontramos los techos de las casonas de tejas y los ranchos campesinos aplastados por el peso de la arena y las cenizas del Volcán Cerro Negro.

Los pastos igualmente estaban cubiertos de arena. Los vientos fuertes y lluvias pasajeras se encargaron de lavar hierbas y ramas de los  árboles. El suelo vegetal tenía más o menos un metro de arena encima.

La alegría de niños y adultos tenía ecos de campanas grandes, pues pronto se regó la noticia de que habían vuelto Damiana Rivera y sus hijos, doña María Jerez, los “Socorreños”, los Carvajales, los Urroces, los Ruices y los Centeno.

El pito estruendosamente ronco del tren, el humo negro de su Chimenea alimentada por trozos de leña en la caldera, volvió a meter bulla alegre y ajetreo comercial en la Estación de un sitio llamado Pocitos, donde subían y bajaban los agricultores (finqueros) y los obreros agrícolas con sus compras.

A pesar de la reciente erupción del Cerro Negro, las carretas rústicas repletas de sacos llenos de maíz, frijoles, millón, ayotes zazones, sandías maduras deliciosas, aves de corral y

cerdos, eran puestas en fila, para subir esa producción a las góndolas o a los vagones de carga, con destino a la Ciudad de León, ubicada tan sólo a seis kilómetros al Suroeste.

Se subía también leña, canastos repletos de mangos maduros, zapotes rojos por dentro, zanzapotes, apetitosos limones y naranjas dulces, nancites olorosos, aguacates afrodisíacos, guayabas con perfume penetrante, mamones en racimos enormes, guanábanas, granadillas amarillas, guineos y plátanos maduros, esperados diariamente como almíbares en el Mercado de León.

 De la Estación del Ferrocarril de Pocitos, “las compras” o mercancías se transportaban lentamente a pie, en caballos, mulas y en carretas, jaladas por bueyes, hacia las comarcas sombrosas del Tololar, Peineta, Zanjón de Santo Cristo, Palo de Lapa, Hatillo, etc, todas con ubicación de víctimas al oeste del Cerro Negro.

 Así era la vida cotidiana y productiva agrícola de estas comarcas alegres, no obstante las heridas dejadas por la apocalíptica erupción del Cerro Negro. En esos momentos todavía abundaban las palomas molinillas, las codornices, los conejos y los garrobos, cuyas manadas ya eran diezmadas por las fumigaciones con plaguicidas mortales, intoxicadores de suelos y aguas subterráneas y alteradores del orden ecológico por los algodonales vecinos, extendidos como peste maldita por burgueses geófagos de León contra la voluntad de los finqueros pequeños y medianos.

Los Gurdianes, Silvio Argüello Cardenal, Oscar Galo, Marcelo Langrand, los Venerio, entre otros, empezaron los despojos en forma organizada y también la destrucción criminal de los suelos y de los animales silvestres y domésticos.

No importaba la oposición de los finqueros pequeños y medianos. Había una orientación de los comerciantes y monopolistas yanquis de que Nicaragua debía convertirse en productora de algodón, como fuese, y muy obedientes Somoza y su camarilla de explotadores locales criminales, iniciaron el despojo de tierras por la vía “legal” (compras forzadas, o mediante hipotecas amañadas) o con tropeles de guardias somocistas genocidas  contra los que se opusieran.

Los  árboles de tololo, de mangos, guayabos, coyoles, cocos, jocotes, guayacanes, laureles, pochotes, robles, caían derrumbados por un torbellino de cuchilladas descomunales de tractores con palas mecánicas y por las hachas, que hacían silbar en el aire los mozos de los algodoneros infernales.

 La finca “Lanceña” perteneció a un hombre al que le apellidaban Reyes y a su mujer Socorro Lanzas. Por este apellido le decían “Lanceña”. Mi abuelo se había quedado con esa finca, porque Reyes y Lanzas no le pudieron pagar una hipoteca, por unos mil córdobas de aquellos días.

 

Era de las pocas fincas a salvo de la destrucción algodonera, pues mi padre y mi abuelo se oponían al riego de plaguicidas en forma indiscriminada, y protestaban cuando aparecían muertas las aves silvestres, las gallinas, cerdos y vacas, porque habían sido víctimas de poderosos venenos, plaguicidas o insecticidas, que entonces se conocían como “orgafosforados” como el DDT, Toxafeno, Aldrina, Clordano, Heptacloro, los cuales eran fabricados un poco al Norte de la Ciudad de León, en la orilla de la Carretera León-Chinandega, por la infame y diabólica empresa trasnacional norteamericana MONSANTO.

 

También murieron envenenados numerosos trabajadores, seres humanos, que los propietarios de algodonales usaban como “banderilleros” de los pilotos fumigadores. Estos “banderilleros” eran bañados por el lanzamiento cernido desde los aviones fumigadores, los cuales también echaban el veneno encima de otros trabajadores de algodonales, por ejemplo los que andaban “deshijando”, cortando hierbas con machetes o asadones.

Seres humanos y animales morían por montones, pero todo esto quedó en total impunidad. Más adelante voy a hablar al detalle de este asunto, pues por estos motivos es que yo llamo a estos algodoneros infames como Criminales sin Castigo.

 

El Cerro Negro, como astuto camaleón, había cambiado de negro a azulito intenso y sin vegetación en la parte más encumbrada, por la lava o magma, piedras y cenizas que él mismo se había echado encima. Mi padre y otros campesinos retornaron del éxodo forzado también parte del ganado, las gallinas, los gallos, los perros y las carretas a estas fincas en el Tololar, Comarca regada de potreros extensos, arboledas de tololos, tigüilotes, caimitos, mangos, guayabos, zapotes, zanzapote, limones dulces, naranjas, jocotes, cocos, mandarinas, anonas, guanábanas, nísperos, mamones, aguacates, ceibones, genízaros, guanacastes, cedros, caobas, jobos, pochotes, jícaros, guayacanes, robles, madroños y sacuanjoches.

 

Aquella “Lanceña” tenía unas 120 manzanas de extensión. La mayor parte de las tierras estaban destinadas a potreros, donde se alimentaban las vacas, toros, terneros, los bueyes, los caballos, mulas, yeguas y burros.

 

En el resto del terreno se sembraba maíz, frijoles, trigo, yuca, chagüites,ayotes, pipianes, melones, granadillas, papayas, tomates, chiltomas y sandías. Además, existía una especie de corral inmenso, para que pusieran huevos unas 100 gallinas.

 

Las dos casonas no muy antiguas de la finca estaban en el centro de una extensión aproximada de cuatro manzanas de tierra, repleta de  árboles frutales, que servían de alimento para los animalitos y los seres humanos.

 

Aunque no hubiese sueldo o empleo, siempre teníamos comida, porque los alimentos se producían con esfuerzo humano y en forma natural, con cultivos rústicos, pero seguros, como el maíz y los frijoles, la extracción de la leche de las vacas, la recogida de los huevos de gallina y la selección de las frutas en los  árboles frondosos, convertidos en casas sombrosas de zenzotles, pájaros carpinteros, zanates, pijules, codornices, palomas, gavilanes, güises, tijeretas, alcaravanes, garrobos, chocoyos, cotorras y lapas.

 

Eran normales, entonces, las cacerías artesanales de conejos, garrobos, cusucos, venados, guardatinajas, codornices, palomas, perdices, lo que se hacía con tiradoras de hule balas de rifles calibre 22, en medio de matorrales y bosques, donde asimismo se alojaban serpientes venenosas como las cascabeles, corales o la “castellana”.

 

De esa forma variábamos la comida cotidiana campesina, sencilla, sin las complicaciones de los suculentos almuerzos o cenas de los millonario egoístas latifundistas explotadores de

León, en aquellos tiempos anunciadores de la tragedia ecológica y económica de hoy. Se cazaba para comer, nunca para vender animales ni vivos ni muertos, pues mi padre, Octavio Barreto Centeno, se oponía rotundamente y además nos educaba sobre cómo cuidar inclusive a los animales silvestres.

 

Mi padre, Barreto Centeno, era un especialista en tiro 22.  Los trabajadores jornaleros  se habían especializado en usar la tiradora con piedras, coyoles zazones o guayabas tiernas, con las cuales se bajaban los garrobos de las ramas de los  árboles o las palomas en vuelo nutrido de centenares cuando asustadas movían las alas hacia el cielo.

 

Aún cuando estaba muy niño, ya de cuatro a cinco años, recuerdo la algarabía nocturna cuando íbamos de cacería de cusucos, mapachines y perezosos con una pandilla de perros formidables, entre los cuales se destacaban “Kaiser”, “Zapoyol”, “Chingo”, “Canelo”, “Susana”, “Veloz” y “León“.

Todos eran canes cazadores espectaculares. Si el cusuco, el venado, la guardatinaja eran agarrados fuera de su madriguera, no corrían muy largo. Los cusucos encuevados eran olfateados y encontrados. Ellos mismos rascaban la cueva y finalmente los sacábamos, aunque hubo ocasiones en que nos salía encuevada una víbora “castellana”.

 

En estas cacerías, mi padre y yo éramos acompañados por vecinos y trabajadores de las fincas. La tirada de los venados era igualmente rifles 22, se hacía  sin perros, ya fuera de noche o de día, porque se buscaba el máximo de silencio, para no ahuyentar a los venaditos. Además, mi padre, siempre decía: “Cazo un solo venado. Nunca dos ni tres. Porque buscamos caza para nuestra comida cotidiana, nunca para vender animales ni domésticos ni silvestres”. En esto mi padre, Octavio Barreto Centeno, era categórico. Inclusive afirmaba: “Jamás cazo hembras, sólo machos, incluyendo en los garrobos, pues hay que garantizar que las hembras nos den más animales silvestres y domésticos”.

 

Los perros eran llevados a rastrear un venado “mal tirado”. Esos perros no eran llevados con nosotros cuando íbamos a atrapar palomas alas blancas y pataconas en las copas de los  árboles de espino negro, para lo cual usábamos tiradoras de hule y las correspondientes piedras y guayabas verdes, más el foco manual en la mano o acomodado en la cabeza.

 

En cambio, cuando queríamos atrapar codornices, conejos, zahínos, mapachines o garrobos, era esencial llevar la pandilla de perros compañeros nuestros en la casa-finca y en el campo.

Comencé a asistir a la escuela en la Ermita de El Tololar, mientras al mismo tiempo mis ojos de chavalo inquieto empezaron a ver con preocupación que aquel mundo natural, de abundancia de comida para animales y seres humanos, empezaba a hundirse por la expansión algodonera, que en 1967 alcanzó más de 200 mil manzanas entre León, Chinandega, Managua, Granada, Rivas, y parte de Masaya, y unos 350 mil obreros agrícolas, temporales y fijos, explotados salvajemente por estos mismos fatifundistas algodoneros.

 

Chinandega y León se convirtieron, en esa época, en los centros principales de explotación laboral, de pauperización de los campesinos, “de barrida de la propiedad pequeña y mediana”, lo cual también contribuía a la alteración ecológica y social.

 

Infierno burgués o criminales sin castigo

 

Era el infierno burgués ensañándose en la Naturaleza y contra los campesinos pobres. Los linderos de las fincas pequeñas y medianas continuaron desapareciendo por presiones directas, con las amenazas de los guardias somocistas sanguinarios genocidas, o simplemente por miedo a enfrentarse a don Silvio Argüello Cardenal, a los Callejas, a Gurdián, Oscar Galo, Marcelo Langrand, Félix Pedro Alfaro, Benigno Reyes Palacios, los Venerio Plazaola, Federico Argüello, etc.

 

En numerosas ocasiones, mi abuelo Domingo Barreto Fonseca fue presionado, pero resistió. Sin embargo, dentro de las finquitas Lanceña y en Apante, más cerca de Malpaisillo, comenzamos a ver con dolor a miles de aves muertas por el accionar de los plaguicidas en el ambiente.

Con movimientos epilépticos, las palomas se balanceaban en las ramas de los árboles, movían las alas con mareos evidentes y finalmente caían fulminadas por los venenos, después que pasaba raudo un avión tirando los plaguicidas desde el aire y rociándolo sobre los árboles y los potreros colindantes con los algodonales.

 

Se hizo frecuente encontrar terneros y vacas muertas, porque comían el pasto envenado. Esto nos obligó, en las fincas, a impedir que el escaso ganado nuestro se acercara por donde había estado pasando el avión fumigador una y otra vez durante varios días.

La maestra en la escuela, mientras tanto, nos alertaba a no comer frutas rociadas con plaguicidas, pues las noticias se regaban acerca de que centenares de obreros agrícolas morían también por la acción mortal de los venenos. 

 

La mayoría de los muertos eran los llamados “banderilleros”, que con una bandera blanca, amarilla o roja indicaban al piloto del avión porque franja de surcos del algodón debía tirar

el veneno en su paso mortal. Los campesinos no sabían, entonces, que el veneno se les podía introducir por la piel y las vías respiratorias. “No te va a pasar nada”, decían los capataces a los “banderilleros”.

 

“Cuidado les cae veneno encima cuando vayan de regreso a sus casas!, o cuidadito van a comer tigüilotes o papaturros de los potreros!”, recomendaban las maestras a los niños y niñas en la escuela de la Ermita del Tololar.

 

Una de aquellas maestras, aparentemente infatigable lectora, nos relataba a manera de cuento cómo los conquistadores españoles habían matado a más de 50 millones de nuestros indios en México, Perú, La Española (República Dominicana) y Nicaragua, porque se habían opuesto gallardamente con sus flechas y piedras a la intromisión de invasores criminales, que venían vomitando balas y fuego por toneladas en nombre de Dios, las Tres Divinas Personas y el rey de España, y dando de filazos con sus espadas con cruces en los cuellos y lomos de nuestros indígenas.

 

Aquella maestra, cuyo nombre no recuerdo, me dijo entonces que Cristóbal Colón sembró primero una inmensa cruz en Martinica (pequeño territorio del Caribe) y poco tiempo después el personalmente inició la matanza de sus pobladores indígenas,

todo en nombre de Jesucristo, quien, por supuesto, jamás pidió masacres en nombre de “Mi Padre” cuando era crucificado por los emperadores genocidas romanos en la Colina del Gólgota.

 

Esa misma maestra de escuela me decía que en Nicaragua los españoles habían matado a no menos de un millón de indígenas o aborígenes, encabezados por el Cacique Diriangén, valeroso guerrero patriota, que dio muestras de dignidad y patriotismo sin precedentes en ese momento, pues prefirió morir (autoinmolarse) a ponerse de rodillas frente a los invasores europeos sanguinarios, crueles, despiadados y genocidas.

 

En aquellos momentos yo no lograba entender, pero me decía que seguramente igual suerte habían corrido los Indios Imabites en las cercanías del Volcán Momotombo, donde en León Viejo había reinado uno de los más sanguinarios y criminales gobernadores españoles: Pedrarias Dávila y su yerno Rodrigo Contreras.

Esos mismos españoles invasores -me añadía- se robaron casi todo nuestro oro, la madera más fina y se repartieron, desde entonces, las tierras a su antojo, lo cual dio origen a los latifundios en el país; mientras las Comunidades Indígenas empezaban a quedarse  sin nada.

 

“Esos criminales no recibieron su castigo por semejantes atrocidades, por el contrario aquí dentro de Nicaragua hay  intelectuales, poetas (como Pablo Antonio Cuadra), historiadores y maestros que los defienden, alegando en favor de esa defensa, que fuimos “culturizados”,

“civilizados”, cuando en realidad aniquilaron nuestra civilización, la cultura y conocimientos nuestros extendidos desde el Río Bravo (México) hasta la Patagonia en el Sur de Argentina”, añadía sentenciosa esta maestra cuando hablaba con nosotros en la Escuela de la Ermita del Tololar.

 

“Cómo es posible que sigan diciendo que fuimos culturizados por  la “madre patria España”, cuando en realidad destruyeron los imperios azteca e incaico y al mismo tiempo destrozaron nuestras culturas centroamericanas, nuestro mundo organizado, y que a esa destrucción infame le llamaron “nuevo mundo”, protestaba la maestra, mientras molesta hojeaba los libros de historia oficial leídos en la escuela.

 

Ella, aquella maestra genial, indicaba a los niños que había leído “Las Brevísimas Historias” relatadas por Fray Bartolomé de las Casas, quien como misionero espiritual de los colonizadores denunciaba las atrocidades cometidas por los bárbaros criminales, rubios europeos, malandrines e infames, que habían entrado como demonios a destruir en los Imperios Azteca e Inca, por ejemplo, y se paseaban como “Alibabá  y los 4O ladrones”, robando todo el oro nuestro y las preciosidades que poseían los indígenas en sus territorios.

 

Estos criminales españoles, genocidas que estremecieron al mundo con sus crímenes, no pagaron nunca por estos atropellos y robos, que para unos pocos serviles rastreros medievales nicaragüenses es una página gloriosa de la “Madre Patria España”, pero en realidad se trata de una de las infamias más trágicas de la Historia Humana”, me decía la maestra.

 

“¿Cuánto nos deben por lo robado? ¿Nos deben el equivalente a unos 100 ó 200 billones de dólares? ¿En qué se gastaron todo ese dinero robado e nuestras tierras, donde mataron a más de 50 millones de nuestros abuelos?”, pregunta la maestra, cuyo nombre no recuerdo.

 

Ante los “chigüines” campesinos, esa profesora se lamentaba también de que, mientras tanto, aquella unidad latinoamericana acariciada y reclamada por Simón Bolívar, José Martí y Augusto C. Sandino, General de Hombres Libres; no fuera posible todavía por el servilismo aldeano de políticos burgueses desvorganzados en América Latina, destrozada por las agresiones militares norteamericanas y el neocolonialismo yanqui en estas repúblicas bananas atrasadas, debido, precisamente, al nuevo saqueo de nuestros recursos naturales, financieros y laborales, practicados ahora por neocolonialistas estadounidenses, ingleses y europeos..

Carga mortífera

 

Crecí en el inicio de aquel infierno de destrucción ecológica, de mortalidad humana y de fauna silvestre provocadas por comerciantes inescrupulosos, amparados en la rapiña somocista, encabezada por los Somoza, jefes de “Estirpe Sangrienta”.

 

El veneno mortal de la docena maldita, prohibida por infernal en los mismos Estados Unidos, como el Nemagón, DDT, Eldrin, etc., quedaba pegado como pintura en los  árboles, en los alambrados, en los postes, en las casas, en las carretas, en los lomos de los caballos y en la piel curtida de los campesinos, que con frecuencia no podían evadir el paso del maldito avión fumigador, que partiendo el aire echaba su carga mortífera sobre los campos sembrados y  árboles, entonces todavía de un verde intenso, llenos de vida.

 

En el suelo, especialmente en las pistas en que cargaban los aviones, y donde se ubicaban los barriles para echar el veneno líquido y en polvo en motomochilas (cargadas en la espaldas por seres humanos), quedaban los charcos pestilentes de plaguicidas, que se hundían e infiltraban en el suelo, hasta mezclarse con las aguas subterráneas de León y Chinandega, hoy también siguen  contaminadas, según informes de organismos oficiales gubernamentales.

 

Estos venenos y fertilizantes también eran arrastrados por correntadas pluviales hacia ríos y costas marítimas, en época de invierno, lo cual también provocaba mortandades de peces, camarones y langostas.

Yo mismo empecé a manipular insecticidas, porque era necesario echarle venenos a los plantíos de maíz, frijoles, trigo, pipianes, ayotes, sandías, y a las mismas frutas de los árboles, pues las plagas del algodón se habían trasladado, como anuncio apocalíptico, a las milpas también.

 

Protestar era exponerse a represalias de los burgueses algodoneros, de los somocistas sanguinarios genocidas y de sus matones a sueldo. Era preciso quedarse callado, según decía mi padre “por conveniencia, hijo”, pero mi “arrechura” fue creciendo, porque

aquellas arboledas nutridas y manadas de pájaros y la fauna silvestre en general, iban desapareciendo ante mi vista y razonamiento asombrados.

 

Virtualmente quedaban  árboles frutales y maderables sólo en las fincas de “Los  Socorreños”, de los Carvajales, donde Damiana Rivera y María Jerez, donde los Centeno, los Ruices, los Urroces, en la Estación de los Pocitos, en las finca de los Barreto, etc., que se negaban a ceder espacio al destructivo monocultivo del algodón.

 

Desde muy pequeño tuve que aprender todas las tareas propias del campo, desde ordeñar las vacas, enrejar los terneros, montar en caballos, uncir los bueyes, arar la tierra, sembrar con espeque,  echar en el suelo arado las semillas de maíz, millón, ayotes, sandías, pipianes y yuca; cultivar guineos y plátanos, aporrear el trigo, frijoles y el ajonjolí, desgranar el maíz con conchas marinas secas (y cuchillos colocados en las manos), circular lleno de miedo entre espantos nocturnos o madrugadores con un candil carretero y un machete en la mano, mientras al mismo tiempo debía recorrer todos los días el trayecto de tres kilómetros hacia la escuela de la Ermita de Dolores.

 

Antes mis ojos se deslizaba una película imcomprensible, que con mi mentalidad infantil no entendía, especialmente porque los jefes de la tiranía somocista sanguinaria hablaban de democracia, respeto a los derechos humanos y naturales, pero seres humanos y animales caían fulminados en los campos algodoneros de 3OO mil manzanas de León, Chinandega, Managua, Granada y Masaya, sin que nadie protestara.

Con sus conocimientos empíricos, pero muy prácticos, mi padre, Octavio Barreto Centeno, decía: “No creo en esa democracia, porque los ricos roban siempre a los pobres, y además los guardias nos reprimen como se les antoja, por ejemplo cuando Rigoberto López Pérez mató a Somoza en 1956, los campesinos de aquí fueron también reprimidos como si algo hubiesen tenido que ver en esa ejecución justiciera”.

Las maestras advertían de los peligros mortales a los niños, pero no se referían a los causantes de estos crímenes organizados desde los centros de poder yanquis, y ejecutados

por sus obedientes serviles burgueses locales.

 

La vida campesina y las relaciones de dominio empezaron a golpearme muy rápido. Como era “letrado”, el hijo mayor de una plebe de ocho, era el virtual director de los trabajadores jornaleros y del quehacer de las fincas, a pesar de mis tan sólo doce años, época en que ya había cursado, con honores, el sexto grado y me iniciaba en la secundaria.

 

A pesar de esta condición de “jefe” y letrado, caminaba yo mayoritariamente descalzo, o con los pies arropados por caites de hule de llanta de tractor o ensartados los pies en zapatos burros, unos que tenían unos clavos con cabezas redondas, que hacían mucho ruido al andar sobre las piedras en el campo, pavimento y andenes en las ciudades.

 

Iba yo con la carreta cargada de ajonjolí, maíz, trigo, ayotes, sandías o pipianes, a venderlos a León, generalmente acompañado de uno o dos de mis hermanos menores: Julio, Mauricio o Rogelio. Este último apenas tenía ocho años, y era uno de los alumnos más brillantes en la Escuela Ermita de Dolores.

 

Matan a mi hermano Rogelio

 

Por esas malas jugadas que le juega repentinamente el “destino” a uno, un sujeto comerciante, cuyo nombre olvido, no me pagó la venta de un ajonjolí y maíz, que le habíamos vendido en León.  Mi padre me dijo que ese dinero era vital para pagarle una semana de labores a los ocho trabajadores de la finca Lanceña, y me insistió en que fuese a cobrarlos.

 

Rogelio era muy “pegado” conmigo y para no ir solo, acepté su compañía. Nos fuimos en un caballo blanco, alto, brioso, pero casi siempre manso y muy “educado” con nosotros.

Trotamos tranquilamente los seis kilómetros entre la Comarca Tololar y la Avenida Debayle (hoy Héroes y Mártires), en el sector Norte de la ciudad de León. Bajé y fui a cobrar el dinero, dejando el caballo amarrado a uno de los  árboles de Laurel de la India, ubicado en el centro del bulevar de la avenida, a unos 2O metros del sitio que iba a visitar.

 

Rogelio había quedado cerca del caballo, cuidándolo, para que no se lo robaran. Nunca supe exactamente qué pasó, pero cuando retorné, unos dos minutos después, un remolino de gente se había formado en el lado derecho de la avenida.

 

Fui a meterme por curiosidad, y para sorpresa mía, Rogelio yacía sobre el pavimento bañado en sangre, sin vida, con el cráneo partido y varias fracturas en las piernas. Versiones de algunos testigos me indicaron que el caballo –que había estado en ese sitio no menos de 3O veces- se había encabritado y que Rogelio trató de controlarlo.

 

Supuestamente, el caballo lo había obligado a salirse del bulevar a la calle, en el momento en que pasaba como bólido meteórico un automóvil, conducido por un cura de la Iglesia La Mercede de León. El sacerdote no estaba allí, cuando yo llegué. Además, nunca lo vi, pero todos decían que “un cura lo mató”.  No hallaba qué hacer. Levanté del pavimento el cadáver de mi hermano con intenciones de llevármelo en el caballo, que irónicamente estaba tranquilo, todavía amarrado en el mismo árbol en que lo dejé.

Varios hombres no identificados me arrebataron el cuerpo sin vida de mi hermano y se lo llevaron al Hospital San Vicente de León, de donde lo llegó a sacar mi padre más tarde. Lo que ocurrió después fue todavía más duro, pues para ocultar el crimen, a mi padre le ofrecieron dinero a cambio de silencio, lo que, por supuesto, fue rechazado.

 

Aquel crimen también quedó sin castigo, pues se trataba de un “honorable” cura y frente a él, la vida de un campesino, la de mi hermano Rogelio, valía menos que un barril de plaguicidas para seguir matando a seres humanos y animales.

 

Aquel hecho me golpeó muy fuerte y seguramente me marcó sicológicamente para toda la vida. Surgieron otros problemas, al mismo tiempo, que demostraron que mi abuelo y mi padre sólo pretendían usarme como virtual jefe de los trabajadores, pero sin darme nada a cambio.

 

El abuelo tramposo y la chancha “comida por el coyote”

 

Trabajaba como bestia. Sin embargo, no tenía zapatos decentes, andaba tan sólo con uno o dos pantalones rotos, tenía que ponerme los caites y los zapatones burros.  Eso sí debía estar levantado a las cuatro de la mañana, hora en que junto a los demás jornaleros debíamos ir en busca de los bueyes a los potreros fangosos, llenos de víboras y zancudos, para uncirlos e ir a las labores propias del campo, después de dejar, también, ordeñadas las vacas.

 

Una de las labores del campo más duras era la de campisto, consistentes en lazar vacas, toros, bueyes, terneros, usando una soga de mecate o de cuero, en carrera abierta de caballo y sorteando espinas, zarzas o ramas de  árboles, que podían estamparse en la cabeza de uno.

 

Era plancentero para mí la tapisca del maíz o el corte del millón, porque me lo comía crudo, o la recogida de sandías, naranjas, limones dulces, zapotes maduros, jocotes zazones, mangos ya madurando, por el deleite de comerlos hasta quedar con el estómago “transparente”.

 

En las tapiscas nos echábamos a quién llenara más rápido el zurrón con mazorcas, mientras la “pica pica” nos barrenaba todo el cuerpo con su aguijón volátil. Una de esas competencias más aleccionadoras para mí fue la que siempre libraron “el sordo Santiago” con Pedro Reyes, quienes sanamente libraban batallas por ser los mejores en deshierba del maíz, limpia del ajonjolí, en la tapisca, en el ordeño o en quien anduviera “más lujosos” los cañizos de las carretas, o el ensillado de los caballos, o el aseo de una yegua, a la cual le revisaban bien sus patas antes de salir al campo o a la huerta de cultivo de granos básicos.

 

Me resultaba divertido arar la tierra con bueyes, para siembra de maíz, frijoles, trigo, ayotes, pipianes, guate, o sandías, porque siempre competíamos por hacer los surcos más rectecitos, aunque tuviéramos que capear troncos, piedras,  árboles de coyoles, genízaros, laureles, madroños y tololos, dejados a propósito para sombra de nosotros los seres humanos y para los bueyes y animales en general.

Las tareas más duras y entrincadas eran las chapodas antes de las siembras en mayo, junio, julio y agosto, o las socolas de las tediosas rondas antes de prender fuego al zacate seco en

abril, con el fin de que el incendio no se pasara a otra propiedad vecinal.

 

Era también duro derrumbar a punta de hacha un  árbol, en la montañita, que tal vez necesitábamos para reforzar los horcones y soleras de los ranchos y de las viejas casonas del Tizate, Apante y Lanceña. O buscar leña, picarla con hacha y cargarla a pie dos o tres kilómetros entre zanjones o abismos peligrosos.  Un día mi abuelo me prometió una chancha engordada, para que yo la vendiera y pudiera comprarme unos zapatos buenos y ropa nueva.

Unos dos meses después de la promesa, le fui a pedir la chancha. “A la chancha se la comió un coyote”, me dijo, lo cual, por supuesto, era falso. De modo que se volvió a burlar de mí, como era su costumbre de viejo absolutamente “pinche”.  Rogelio tendría unos seis meses de muerto, cuando me ocurrió otro suceso especial, similar al del caballo encabritado en León.

 

Arrastrado por caballo y prensado por carreta

 

Como de costumbre, fui a arriar el ganado lechero del potrero al corral, situado ambos a una distancia de unos dos kilómetros. Iba descuidado sobre el lomo del caballo, cuando este saltó un matorral de zarzas, lo que me provocó desequilibrio y resbalé por las ancas del brioso corcel, lo que le asustó mientras mis pies, enfundados en espuelas, se enredaban en el mecate, que servía de riendas.

El caballo iba ya en veloz carrera, asustado, al tiempo que yo caía al suelo y era arrastrado sobre matorrales y hierbas de considerable altura.

 

El brioso corcel no paró de correr, hasta que el mecate se reventó, mientras yo quedaba con el cuerpo escoriado y herido en varias partes, unos 3OO metros de donde se había originado

el incidente.

Tardé casi un mes en recuperarme. Apenas superada esta crisis, me tocó conducir, una vez más, con dos yuntas de bueyes, una carreta cargada de maíz por el abrupto camino pedregoso, de subidas y bajadas pedregosas, entre las fincas Tizate y Apante. Iba solo.

 

Los bueyes, aparentemente asustados, agarraron carrera en una bajada cubierta de lodo resbaloso, piedras y zanjones, lo cual provocó el volcón de la carreta. En el aire intenté evadir los sacos llenos de maíz que se derrumbaban conmigo, pero finalmente varios me cayeron encima.

 

Duré por lo menos diez minutos haciendo esfuerzos sobrehumanos para librarme de los sacos, mientras los bueyes, espantados, seguían dando tirones a la carreta volteada.

 

Usando a los mismos bueyes, logré desvoltear la carreta y cargarla nuevamente en la soledad de una montañita llena de misterios, porque decían que por allí asustaban las ceguas y  se aparecían espantos terríficos.

En esa época era común que me diera tropezones dolorosos en las piedras, o curándome heridas dejadas por enconadas espinas de coyol, cornizuelos, bledos, limones, zarzas y espinos negros, y también por clavos metálicos y astillas de madera.

 

En mi vida estudiantil campesina cotidiana se volvieron tradicionales las competencias de  Geografía e Historia de Nicaragua, los cortes de mangos maduros y también los pleitos a patadas y “puñetazos limpios” a la hora del recreo.

 

Era también propio del campo la competencia de quiénes llevaran más llenos de guayabas, mangos y limones los saquitos de bramante, o digamos la “lonchera” campesina, en la cual

colocábamos un “taco” de pozol con un delicioso pedazo de dulce de rapadura y sal para la tortilla. O una buena dosis de pinol que mi madre elaboraba en el fuego y en una máquina moledora manual.

 

Chapalear lodo, cruzar zanjones, sortear serpientes venenosas, jugar “chibola” en el camino,  sentir frío, calor afixiante, hambre, sudar hasta el agotamiento, era parte del quehacer cotidiano de los chavalos campesinos en estas Comarcas periféricas de León.

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Impresionante y regocijador resultaban ver centenares de miles de palomas migratorias sentarse sobre los plantíos de millón, mientras los venados y mapachines al mismo tiempo se comían los elotes tiernos del maíz.

Los conejos se devoraban los frijoles aún en vainas verdes y las vacas se metían a los plantíos de plátanos, bananos y chagüites, para comerse la cosecha, antes que los malditos algodonales acabaran con aquella vegetación verde y densa en León y Chinandega, donde todavía eran famosos los extensos plantíos de naranjas, a las cuales cantó magistralmente el chinandegado-leonés Tino López Guerra.

 

No éramos nisiquiera acomodados, pero los campesinos manteníamos “contento” el estómago aunque fuese sólo con frutas y consumiendo carnita de animales del campo, producto de la caza esforzada de un venado, y las peripecias para atrapar un cusuco, un garrobo, pescados en los ríos locales o después de luchar para capturar palomas alas blancas y “molinillas” con una “tureca” o trampas hecha con varitas de la misma naturaleza.

 

Los años se fueron deslizando inexorables en el espacio planetario, mientras el sudor de los campesinos iba quedando regado en los caminos y en las huertas de siembra, pues el uso del machete y del arado, lo hace a uno botar por los poros y la vejiga todo el agua bebida en la mañana y durante la jornada laboral bajo sol ardiente o soportando lluvias en pleno invierno o época seca, como dicen los meteorólogos.

 

En esas fincas aprendí a conducir un jeep de mi padre, Octavio Barreto Centeno, en el

cual de vez en cuando salía yo de paseo. Los algodoneros voraces, arrasadores de  árboles y

contaminadores de suelos y aguas, se enriquecieron rápidamente por el boom algodonero de León y Chinandega, mientras unos 3OO mil obreros agrícolas y finqueros pequeños fueron envueltos en la neblina negra de la pobreza extrema.

 

Los potentados algodoneros levantaban nubes de polvo con sus camionetas y carros de lujo. Los pobres, en cambio, tenían que soportar las enfermedades graves, ocasionadas por los venenos y las plagas originadas en los algodonales, además de caminar por caminos polvosos, lodosos, o llenos de piedras y espinas, mientras sus pies iban sobre caites de hule de tractor y zapatos burros. Otros caminaban con los pies desnudos sobre piedras, alambres, troncos y espinas.

 

Enfermé gravemente un día, a los quince años, y fui a parar al Hospital San Vicente, donde me extrajeron la apéndices ya madura.  Después de un amplio interrogatorio, uno de los médicos dijo que demasiados abusos había cometido al echarme al hombro sacos de dos quintales, jalar agua en los pozos a puro pulso, o cargando tucas de madera solo o con otros compañeros obreros agrícolas, y que esto podía ocasionarme una hernia también, según los regaños. Desesperado, me salí del Hospital cuando todavía no me habían dado de alta.

 

Pistolas brillantes en la oscuridad

 

La herida larga estaba fresca y los dolores eran intensos. Sin embargo, tomé una camioneta de pasajeros y llegué en ella hasta San Jacinto (donde están los Hervideros), por donde todavía se escuchaba el ruido y movimientos mecánicos de las máquinas con que se construía la carretera León- San Isidro, en 1968.

 

La noche estaba oscura cuando llegué a San Jacinto. Tuve que irme a pie hacia la finca Apante, en un trayecto solitario, de guindos y acompañado sólo por las luciérnagas y el aleteo ruidoso de las lechuzas y pocoyos.  Cuando iba por un sitio llamado “Las Cuestas“, repentinamente me sentí encañonado y con la amenaza: “Si das un paso, te pasconeo con esta escopeta”.

 

-Soy Pablo Emilio Barreto, el hijo de Octavio Barreto-, dije con voz temblorosa de miedo. “Ah…es muy peligroso andar solo por estos lugares”, dijo el hombre emboscado, que resultó ser Alfredo Chavarría Carvajal, uno de los más famosos criminales-matones-asesinos de Occidente.

 

Recientemente, Chavarría Carvajal había sostenido un enfrentamiento a tiros con doce miembros de la familia López en la Avenida Debayle, varios de los cuales quedaron tendidos, muertos, a la orilla de los rieles del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua.

 

Aquel acontecimiento dejó atónitos a leoneses, porque Chavarría se enfrentó a toda la pandilla de los López, mientras él disparaba con un revólver calibre 38 desde una acera opuesta, pero disparando serenamente, tiro a tiro, contra los que le arrojaban un diluvio de balazos. Se especuló entonces que Chavarría Carvajal se habia emboscado en uno de los árboles de la Avenida Debayle (hoy de los Héroes y Mártires), para atacar con escopetas y pistolas a los López.

En realidad ocurrió que los López, aliados de la Guardia Nacional somocista genocida y residentes en la Comunidad San Ildefonso, periférica de la Ciudad de Malpaisillo, atacaron a Chavarría Carvajal cuando éste estaba descargando sacos de algodón que llevaba en su jeeps, para venderlos allí en la Avenida Debayle.

Cuando sintió silbar las balas cerca de su rostro, Chavarría  Carvajal se tiró al piso de una acera, se parapetó en las ruedas de su jeeps, y desde allí, como acostumbraba, disparó calmadamente, apuntando cuidadosamente, tiro a tiro, con un revólver calibre 38 y un rifle 30-30, y de uno en uno mató a cinco de los López ese día. Su fama de tirador certero creció como reguero de pólvora ese día.

Aquel hombre temido, a quien yo había visto rodar por el suelo, mientras acertaba numerosos disparos a otro que intentó matarlo en Malpaisillo, bajaba en la oscuridad el calibre de la escopeta, allí en Las Cuestas cercanas al Apante, y se la acomodaba en el hombro, mientras extraía, al mismo tiempo una pistola calibre 45, niquelada, de pavón brillante….

“Vos no debieras andar solo por aquí”, me reprendió, “porque esta carretera es usada por algunos criminales, que se dedican a matar por gusto”.  Al identificarnos y estar cerca, pude notarle encima la pistola y un cuchillo, cuyas cachas brillaban en la oscuridad.

 

“Iré a dejarte hasta tu casa, porque Octavio es mi amigo”, dijo convencido. En el camino fangoso y pedregoso hacia la Comunidad del Apante, me explicó que él jamás había querido matar a nadie, pero que los López y otros no le dejaban alternativa, “pues en varias

ocasiones  han intentado matarme, sin que yo antes les hiciese nada”.

 

Antes de este episodio, mi padre me metió en otro lío de balazos cruzados entre rivales feroces por juegos de gallos.  Como en otras ocasiones, me llevó a una gallera de Palo de Lapa (un poblado y Estación del Ferrocarril), adonde llevó un gallo giro, que yo mismo le había cuidado.

 

Por el gallo nuestro se interesó vivamente un tal Roberto Reyes, un chele, quien con aire de “superman” “perdonavidas” cargaba en la cintura un revólver reluciente, calibre 38. Este hombre era famoso en las comarcas vecinas, porque decían habían matado a varios. “Ya tiene su cementerio”, era el comentario generalizado.

 

Gallos crucificados a navajazos, ¡clavan el pico¡

 

La pelea del gallo fue amarrada con un tal Eusebio Sevilla, otro sujeto famoso por sus “hazañas” de matar gente. Su imagen permanece viva en mi cerebro, pues el tipo este andaba una cutacha atravesada como cruz en el pecho y una escopeta calibre 16, colgada hacia atrás, en los hombros.

 

Se formaron dos grupos opuestos por el asunto de los dos gallos, los cuales fueron ennavajados en el centro de un redondel en que ambos debían quitarse la vida sangrientamente para divertir al numeroso grupo de hombres, que reían, gritaban eufóricos, o casi lloraban cuando estos animales teñían de sangre el suelo polvoso de la gallera.

 

Por los cuatro costados de la gallera, relucían los calibres de revólveres 38, escopetas 12, 16 y 20; pistolas 45, rifles 3O-3O y cutachas con el filo brillante, y también abundaban las botellas de licor y las cervezas.  Los dos grupos “amarraron” una apuesta cercana a los cuatro mil córdobas, lo cual resultaba excepcional. Se hacía sólo cuando ambos gallos eran buenos peleadores, según la concepción de estos sacrificadores mortales de gallos en estas comarcas de León.

 

El gallo nuestro era bravo, diestro en la pelea, astuto para golpear a su rival.  Se nombraron dos jueces, y con miradas escrutadoras, fueron revisadas las navajas largas, filosas, puntiagudas y brillantes de los dos gallos.

 

En medio de aquella tensión al rojo vivo, los dos gallos fueron soltados en la cancha redonda construida de madera, y cerrada. Los hombres, la mayoría de ellos armados, se situaron en las orillas de la gallera, mientras los dos jueces permanecían cerca de los gallos, que con patadas voladoras se cortaban las plumas y se hundían las navajas en sus desventurados cuerpos.

La pelea se volvió eterna, sangrienta, por la resistencia a las cuchilladas de ambos animales.

La sangre había enrojecido el suelo polvoso, y jadeantes, moribundos, los dos gallos continuaban alzando sus picos y lanzándose patadas filosas el uno al otro.

 

Aquella crueldad cavernaria, inhumana y de martirio mortal para ambos gallos, duró más de 4O minutos. Finalmente, ambos quedaron desfallecidos, uno sobre el otro. El nuestro tenía el pico encima del otro gallo.

 

Era evidente que ninguno había vencido. Había sido una pelea de titanes, empujados hasta la muerte por los fanáticos sangrientos que estaban apostando alrededor de la gallera. Los dos jueces no se atrevían a dar un veredicto, ni lo podían dar, era muy difícil, porque a lo mejor  les llovían a ellos los tiros.

 

Guerra a tiros deja varios muertos

 

El grupo aliado con mi padre rompió el silencio tenso: “Nosotros ganamos, porque el gallo rojo quedó con el pico encima”.  Los otros sostenían que el gallo nuestro había “clavado” primero el pico en el suelo. La discusión fue subiendo cada vez más a gritos, y las escopetas, revólveres, pistolas y machetes empezaron a ponerse en posición de combate.

 

Los gritos insultantes continuaban. Se acusaban mutuamente de robo de la pelea, al mismo tiempo se replegaban hacia lo  árboles, en busca de parapeto, para el comienzo del titoreo, lo cual ya era una costumbre en estas tierras de León, diezmadas también por las balaceras de este tipo y las vendetas entre familias como las de los López contra Chavarrías, Carvajales y “Socorreños”, etc.

 

De repente, empezaron a tronar los disparos. !Quedé atrapado en medio¡ Me tiré al suelo y comencé a deslizarme a rastras, hasta alcanzar el camino, mientras la guerra campal continuaba. Mi padre hizo lo mismo, pues él, a pesar de ser gallero, nunca agarraba “partido” a nivel de balazos.

 

Apenas salimos del círculo de fuego, nos fuimos por el camino corriendo para la finca Lanceña, ubicada a dos kilómetros del escenario del tiroteo. Hubo tres muertos y unos 2O heridos, según supimos después. Por supuesto, no resultaron lesionados los dos personajes famosos, los pistoleros descritos arriba, pues estos eran expertos en tirar y capearse de los balazos y machetazos.

 

Éxodo a Malpaisillo y pleito con los “amos” algodoneros

 

Quizás por mis intenciones recónditas de no quedarme ignorante, pues ansiaba seguir estudiando, empecé a entrar en contradicciones con mi padre, después de esta operación quirúrgica mencionada, porque él (Octavio Barreto Centeno) consideraba tercamente que lo principal era dedicarse al trabajo del campo y “nada más”.

 

Tenía razón, pero yo quería no quedarme envuelto en el celofán oscuro de la ignorancia. Las contradicciones eran fuertes, pues se empecinaba en enviarme a trabajos pesados, mientras la herida adolorida no me había sanado.

Por otras razones, ya se había peleado con mi madre, quien huyó con mis hermanos menores hacia Malpaisillo, Ciudad convertida en esos días en un emporio comercial, gracias al maldito y destructor “boom algodonero”, impuesto desde afuera por comerciantes inescrupulosos norteamericanos, japoneses y otros, mancornados con los de aquí en Nicaragua.

 

Mi padre y yo, el hijo mayor de ocho hermanos, nos peleamos un medio día y sin analizar más las contradicciones, tomé camino a Malpaisillo, sin más ropa que la puesta encima y un par de zapatos con las suelas rajadas por el uso.

 

Llegué a Malpaisillo con las plantas de los pies llagados, pues las suelas de los zapatos terminaron de arruinarse en los piedrines del trecho de diez kilómetros de carretera, entonces macadanizada, entre la comunidad del  Apante y Larreynaga-Malpaisillo..

 

Aquí comenzó una fulgurante nueva etapa para mí, llena de sorpresas, tristezas profundas y alegrías sin límites también.  Mi madre me recibió en Malpaisillo como al hijo extraviado en la montaña. En la misma semana de mi llegada, fui a apuntarme como cortador de algodón en la finca de Benigno Reyes Palacios, el alcalde somocista y miembro del “escuadrón de la muerte”, y uno de los patrones algodoneros más brutales de Malpaisillo.

 

Casi todos mis hermanos y yo, empezamos a levantarnos a las cuatro de la mañana (a lo cual estábamos acostumbrados), para estar a las cinco y media cortando algodón, mientras al mismo tiempo se comentaban los “sustos” de la noche anterior, pues algunos cortadores llegaban relatando sus supuestos encuentros con una “cegua”, “mocuana” o la “carreta nagua”.

 

La nueva tarea de cortador de algodón resultaba fácil para mí, porque en las fincas “nuestras” habíamos hecho trabajos más duros.  Las tierras estaban todavía pujantes y las matas de algodón nos cubrían todo el cuerpo. El Sol calcinante y el calor del algodón, nos ponían al borde del desmayo cuando iban a ser las doce del día.

 

El calor de los sacos, los pinchazos de las conchas del algodón, el rasquín de la “pica pica”, el arañazo en el ojo, piquetes agudo de insectos, la posibilidad real de ser mordido por una serpiente venenosa…

 

Este ambiente electrizante fue como salirse del camino transitado al abismo, al infierno de los pobres, impuesto por los pocos ricachones algodoneros, quienes tenían un monopolio absoluto sobre el más grande mundo laboral explotadísimo de Nicaragua, entonces, situado, mayoritariamente, en León y Chinandega. No menos de 3OO mil obreros agrícolas, eran los cortadores de algodón, muchos de ellos, inclusive, venidos de El Salvador y Honduras.

 

La advertencia del capataz algodonero era brutal: “!Cuidado le echan basura o piedras a los sacos de algodón. Los jodo, hijueputas, si hacen eso…”, todo formaba parte del ambiente sofocante en las fincas algodoneras, donde, por supuesto, nadie tenía beneficios sociales, ni alimentación, ni agua potable, pues todos cortábamos “por quintal” y los mozos  andaban “al día” y “según arreglo convencional”, vendiendo su fuerza de trabajo por unos cuantos centavos y en condiciones deplorables.

 

Era yo uno de los mejores cortadores de algodón, pues me cortaba entre tres y cuatro quintales diarios, a siete córdobas cada uno. Eso sí, cuando eran las doce del día ya no aguantaba el pellejo de la cintura de tanto arrastrar sacos llenos de algodón entre la ramazón del algodonal y a veces sobre hierbas altas espinosa como bledos y “pica pica”, que al cortador le impedían el paso.

Cada cortador o cortadora, cargaba su dotación de sacos, entregada por capataces mal encarados y armados de escopetas a las cinco de la mañana, mientras los “operarios” hacíamos filas indias interminables en la casa-campamento o dentro del algodonal, mientras una gruesa capa neblinosa, envuelta en humo de las quemas de potreros, se mezclaba con la claridad despuntante, anunciadora de la salida del Sol.

 

En estos algodonales nos encontramos juntos, en el mismo afán jornalero de cortadores de algodón Santiago “Pan de Rosa” Páiz Chavarría, músico y cantautor campesino ya famoso, porque cantaba no menos de 25 canciones de autoría suya, además de que tenía un dominio se diría completo de las canciones mejicanas de moda en esos momentos, como las de Pedro Infante, Miguel Aceves Mejía, Eulalio “Lalo” González (“Piporro”), etc.

 

La canción más famosa de Pan de Rosa Páiz Chavarría en ese momento era una dedicada al también famoso Francisco “Pancho Ñato” Juárez Mendoza, quien se había enfrentado solito y de forma exitosa  una banda de guardias somocista sanguinarios genocidas entre 1948 y 1952 en estos territorios del Norte del Departamento de León.

 

Por órdenes de Anastasio Somoza García, “Pancho Ñato” era oficialmente perseguido por esa banda de guardias, jefeada por un tal Balto Alvarado. La acusación que le hacían era que abigeo y que lo robado lo repartía entre gente muy pobre de comunidades como San Jacinto, Apante, San Ildefonso, Malpaisillo, Terrero y Momotombo. En estos enfrentamientos mató a unos 20 guardias. Siempre se escapaba en un su caballo muy veloz, que saltaba alambrados y se conocía todos estos caminos.

Finalmente, lo capturaron a traición en Malpaisillo con otros 200 campesinos, que fueron acusados de ser sus cómplices. Fueron asesinados en el Fortín de Acosasco en la Ciudad de León, donde el jefe de la GN somocista genocida era el coronel esbirro Pedro Nolasco Romero. Esta historia la  relato en otro libro, porque “Pancho Ñato”, además, era hijo de mi abuelo Domingo Barreto Fonseca.

Vuelvo a “Pan de Rosa” Páiz Chavarría. Era un hombre alegrísimo. Siempre andaba su guitarra dentro de un saco para cortar algodón. Cuando era la hora del almuerzo, en pleno medio día, “Pan de Rosa” cantaba y de forma contagiosa lograba que los demás cortadores de algodón cantáramos y bailáramos con él en medio algodonal, donde por este motivo se levantaba mucho polvo.

Recuerdo aquí que “Pan de Rosa” Páiz Chavarría era analfabeta y se alfabetizó durante la Cruzada Nacional de Alfabetización y compuso aquella famosa canción, alegrísima, dedicada a la Alfabetización y que él en actividades masivas la nombraba: “!Péguele Juego…¡”. “Pan de Rosa” Páiz ya con la Revolución viajaba mucho a Managua en autobús por invitación de programas oficiales de radioemisoras capitalinas. En uno de esos viajes hubo un choque de autobús en que él viajaba y murió, lamentablemente, porque tal como iba pudo convertirse en uno de los mejores artistas nacionales.

 

Sigo, entonces. Al aproximarse las cuatro de la tarde, cada uno de los cortadores cargaba con sus sacos hasta “la pesa”, donde casi siempre le robaban a uno diez y hasta 2O libras.  Pronto “caí mal” porque protestaba por estos robos y debido al trato de desprecio dado a los cortadores de algodón por capataces y los dueños cuando éstos se aparecían.

 

Al verme  ágil en la carga de sacos de algodón, me contrataron como “trailero”, con el fin de cargar los tráilers halados por tractores y camiones, para transportar el algodón a las desmotadoras del mismo Malpaisillo, San Jacinto y la famosa ANSCA de León. Pienso que más bien temían mi consolidación como posible dirigente sindical.  En este trajinar de trailero, pronto me enteré de cómo los propietarios le prendían fuego al algodón transportado en camiones y tráileres jalados por tractores, con la finalidad de cobrar los seguros.

 

Esta modalidad, este negocio sucio y criminal de quemar algodón, era similar a la de los mafiosos “turco-circuitos” en Managua, consistente en prenderle fuego a tiendas comerciales, para cobrar el seguro de millonadas de córdobas después.

 

Por este trabajo, me pagaban un poco mejor. Pronto pasé a manejar un tractor, pues había aprendido a conducirlos mientras permanecía en las fincas de mi abuelo Domingo Barreto Fonseca. Con el tractor anduve un par de meses, porque me pasaron a conducir un camión pequeño.

Pronto me contrarió este nuevo empleo, pues yo deseaba, estudiar, leer libros, revistas, escuchar noticieros y aquello en pleno campo algodonero no me lo permitía. Pasé a trabajar de cobrador de una camioneta de pasajeros de Timoteo Flores. Trabajaba duro, cargaba canastos y sacos de fanega dentro y en el techo de la camioneta, pero ahora estaba en contacto con estudiantes, profesionales, comerciantes e intelectuales de Malpaisillo.

 

López matan a un guardia

 

El chofer de la camioneta de pasajeros era Alberto Salinas, quien una noche me invitó a una fiesta, un baile campesino por unos quince años en la Comunidad de San Ildefonso, sitio de residencia de los famosos matones llamados López. San Ildefonso es una comunidad rural que pertenece al Municipio de Malpaisillo, por su lado Oeste, al pie de las faldas del Volcán Rota.

 

Estando en la fiesta llegó una guardias somocistas genocidas. Era finales del año 1968. Los guardias genocidas llegaban con intenciones de desarmar a los López, pues estos habían matado a alguien en esos días.  Nos pusieron en fila y comenzó el registro. Los guardias, portando fusiles garand y pistolas de reglamento,  casi metían los calibres de sus armas en las narices de la gente.

 

Cuando uno de ellos llegó donde uno de los López, este le disparó con una pistola de abajo hacia arriba, dándole en la garganta. El guardia moribundo cayó a mis pies. Los López desarmaron al resto de guardias y se llevaron los fusiles con rumbo desconocido. Los soldados genocidas montaron, después,  un operativo para desarmar a los López, pero al final no les hicieron nada, pues la tiranía somocista se entendía de maravillas con estos criminales.

 

Por recomendaciones de ricachones, fui a dar como chofer de un viejo somocista malvado, llamado Raúl Valle Molina. Era el diputado del somocismo genocida por Malpaisillo.  Con este somocista recalcitrante y ladrón sufrí en toda su dimensión el desprecio de los burgueses y latifundistas contra los “mozos”.

 

Tenía unas dos semanas de andarle manejando un jeeps lujoso, cuando me llevó, conduciendo el vehículo, hasta Diriamba (meseta de Carazo), donde hacía mucho frío en aquellos días. De regreso, se metió a una cantina de putas de lujo en Managua y me dejó en la calle, dentro del vehículo, sin comer todo un día, una noche, y hambriento le conté a unas vendedoras de comida, las cuales se compadecieron y me dieron unos bocaditos.  Al pasar por León, de regreso, ocurrió lo mismo, pero allí contaba con amigos y los fui a buscar para poder comer.

 

En cuanto retorné a Malpaisillo, le dije a este somocista miserable: “No deseo seguir trabajando con usted”.   Entonces, me amenazó: “Pues te voy a recomendar mal, y no trabajarás en ninguna parte”, me amenazó como era costumbre en el comportamiento de estos criminales del somocismo genocida.

 

“Le agradezco por su amabilidad”, le respondí secamente. “En un ratito me ha enseñado las entrañas del infierno burgués”, y le tiré encima las llaves del jeeps. La noticia se regó en el pueblo, pues a aquel somocista nadie le respondía de aquella manera. Un amigo, Inocencio Martínez, me dijo: “Yo necesito un chofer para el taxi interlocal entre Malpaisillo y León”, pues él mismo me catalogaba como un conductor responsable.

 

Taxista por necesidad entre León y Malpaisillo

 

Comencé mi nuevo y fugaz trabajo de taxista cuando apenas tenía 17 años cumplidos. La pandilla de choferes de taxis me bautizaron como “Recién nacido” por lo jovencito. Pronto me hice famoso, porque al llegar a ambas “paradas de taxis”, en la Estación del Ferrocarril en León y Malpaisillo, me dedicaba a leer libros, revistas, periódicos, novelas,  y claro está, también daba una conversadita con los demás choferes de taxis interlocales.

Para la mayoría de aquellos conductores, o taxistas, yo estaba “loco” por eso de vivir estudiando dentro de un carro taxi. En cambio, una gran cantidad de estudiantes, comerciantes cultos, productores, gozaban viajando conmigo, pues conducía despacio el taxi y entablaban conversaciones de todo tipo conmigo.

En el Diario LA PRENSA salían anuncios sobre cursos especiales por correspondencia. Tomé uno de Mecánica Automotriz y Diesel, y lo terminé en unos seis meses, incluyendo los exámenes. Recuerdo que pagué por este curso el equivalente a 100 dólares. Era relativamente barato.

Yo soñaba con convertirme en periodista. Con frecuencia salía también publicado un anuncio de Radio Difusora Panamericana, de Argentina, la cual ofrecía un curso de Periodismo por correspondencia. Lo tomé. Por este pagué el equivalente a 150 dólares. Igual me lo estudié en unos seis meses.

 

Con este cursos de Periodismo el asunto fue especial, porque igual que en la Universidad, debía estudiar y practicar. Me compraba el Diario LA PRENSA y el Semanario Extra, que entonces dirigían Rolando Avendaña Sandino y Manuel Espinoza Enríquez. Tomaba los datos más esenciales de las informaciones de estos medios informativos, y ensayaba yo mis propias notas informativas, reportajes, reseñas, artículos y crónicas, todo dentro de mi taxi mientras esperaba en las paradas o terminales de León (frente a la Estación del Ferrocarril) y Malpaisillo.

 

Para profundizar sobre estas prácticas, me compré varios libros en la Librería Recalde, de León: Redacción Periodística, Ortografía Básica, un Diccionario de Lengua Española (era un diccionario de casi 2,000 páginas), los libros de Historia de Nicaragua de Alejandro Cole Chamorro y Carlos Cuadra Pasos; la Historia de la Ciudad de León y de León Viejo, un Diccionario de Biografías Breves de personajes de todo el mundo; Revistas como Life en español, Mecánica Popular, Gente de Argentina, Vistazo de Panamá (de la cual me convertí en corresponsal posteriormente), Bohemia de Cuba.

Todas estas publicaciones las estudiaba dentro del carro taxi. Las andaba dentro del automóvil. Mis compañeros taxistas decían que “ese anda loco” porque me veían leyendo. Comencé al mismo tiempo a escuchar programas educativos como “Escuela para Todos del Instituto Centroamericano de Extensión de la Cultura (IECU), ubicado en San José, Costa Rica.

Cuando ya consideré oportuno, comencé a recoger informaciones cotidianas del mismo Malpaisillo y también las redactaba dentro del vehículo, porque en la noche, en la casita de mi madre no podía, debido a que nos alumbrábamos con un candil. No teníamos luz eléctrica.

 

 

 

También ocurrió que me llegaba a ver en el parqueo de los taxis interlocales una joven llamada Perla Marina Vindell, hija de uno de los políticos somocistas más conocidos del casco urbano de Malpaisillo.

Este asunto se hizo conocido pronto, pues esta joven, muy bonita, era considerada como asunto “vedado” para hombres como yo, que no pasaba de ser el cortador de algodón, el cobrador de camionetas y ahora el taxista. Es decir, según la concepción burguesa provinciana, Perla Marina debía ser novia y casarse con alguien de su mismo nivel social o superior al suyo.

La familia de ella me rachazó de inmediato y me lanzaron una campaña realmente odiosa. Esta familia Vindel, incluyendo una profesora llamada Zoila Vindell, vivían en una de los dos calles principales, en una esquina frente al parque, por donde yo pasaba diariamente a pie o en el vehículo porque mi casa estaba en el extremo Sur de esta calle, frente al tanque de agua para todo el poblado.

“Para colmo de males”, como indica un dicho popular, una mañana yo iba conduciendo el taxi de Inocente Martínez, siempre a baja velocidad, cuando repentinamente desde la casa de los Vindell salió corriendo un cerdo, el cual fue a estrellarse al carro que yo conducía. Nunca supe si el cerdo se murió, o qué, el asunto es que la represalia contra perlita Vindell fue terminante: le arreglaron todo y la mandaron donde familiares suyos en Puebla, México. No la volví a ver, ni supe nada de Perla Marina Vindell. No sé si todavía vive.

 

Me iba mejor que como cortador de algodón, trailero, tractorista, cobrador de camionetas o de chofer del viejo mañoso de Raúl Valle Molina. Era todavía 1968. La actividad algodonera comenzaba su declive y de repente, otra erupción del Cerro Negro.

 

De trailero a reportero radial en León

 

Me vestía mejor, ayudaba un poco más a mi madre y a mis hermanos menores. Además de estudiar lo más que podía dentro del taxi, en la noche iba donde un gran amigo, Octavio Madriz, quien me prestaba su máquina de escribir Remington, para que aprendiera a manejarla. Claro, también me había comprado un libro de Mecanografía y Taquigrafía.

 

Me entrenaba en redactar noticias dentro del taxi y en la noche, donde Madriz. Escuchaba con atención esmerada noticieros radiales famosos como La Verdad, Extra y Radio Informaciones, respectivamente de Joaquín Apsalón Pastora, Rolando Avendaña Sandino y Rodolfo Tapia Molina.

 

Leía el Diario LA PRENSA y devoraba revistas y libros, que compraba en varias librerías de León, como ya dije. Un día de ese 1968 se me ocurrió escribirle al periodista Eugenio Leytón,  entonces jefe de los corresponsales de LA PRENSA. Le había enviado varias informaciones noticiosas, redactadas en la máquina vieja Remington  de Octavio Madriz, y para sorpresa mía, salieron publicadas tres días después de haberlas remitido en autobuses interlocales de León a Managua, específicamente al Mercado Böer.

Entonces no había teléfonos celulares y tampoco Internet. La correspondencia debía viajar entre ciudades y pueblos mediante el correo oficial o pagando uno que se la llevaran por medio de autobuses interlocales o taxis interlocales.

 

A los cuatro días recibí una carta de Leytón, en la que me decía que le habían gustado las noticias enviadas a su despacho en Managua, porque se referían al mundo de explotación salvaje en los algodonales de Malpaisillo.

 

También me decía que por instrucciones del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, quedaba yo convertido en corresponsal de LA PRENSA en Malpaisillo, lo cual causó expectación en esta pequeña Ciudad leonesa, que virtualmente nunca había figurado en las páginas de un periódico.

En muy poco tiempo me volví famoso, pues las denuncias periodísticas se volvieron cada vez más impactantes. En el día manejaba el taxi e investigaba noticias, en la noche las escribía donde Octavio Madriz y posteriormente las enviaba en sobres cerrados por medio del autobús hacia LA PRENSA, en Managua.

Reitero, que entonces no habían teléfonos celulares, ni correo electrónico, ni correo ordinario eficiente, y para que un trabajador cualquier pudiera comunicarse con Managua debía ir “al Correo”, “en horas de oficina”, “en días de semana”, “con previa cita”, para poder hacer una llamada telefónica, en este caso mía al Diario LA PRENSA.

 

Como esto era complicado, yo opté por escribir mis informaciones en la noche, y durante el día me las llevaba a León en el taxi, y desde allí mismo en la parada frente a la Estación del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua, en sus respectivos sobre las ponía “en encomienda” en autobuses interlocales que viajaban, precisamente, entre la Estación del Ferrocarril y el Mercado Böer en la Managua de antes del Terremoto de diciembre de 1972.

 

Todo corría por mi cuenta, pues LA PRENSA no me pagaba, pero frecuentemente elogiaban mi trabajo periodístico. Ya convertido en corresponsal, empecé a chocar, precisamente, con mis antiguos patrones, los somocistas Raúl Valle Molina, diputado,  y Benigno Reyes Palacios, el Alcalde, pues se mostraban rabiosos por las denuncias, hechas por un ex-esclavo de ambos, me imagino ahora.

 

Reyes Palacios mandó cartas “aclaratorias” y acusatorias en mi contra al Diario LA PRENSA. Le respondí con más denuncias sobre atropellos a obreros agrícolas y por abusos en la Alcaldía de Malpaisillo, lo cual me fue respaldado por el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal,  Director del Diario LA PRENSA.

 

Tiempo después supe de los supuestos planes de Antonio Urbina, Benigno Reyes Palacios, Raúl Valle Molina  y Eleazar Moraga Cruz (jefe político, alcalde, diputado y juez, respectivamente) para que un par de matones me secuestraran y me fueran a matar a los filones del Cerro de Rota. Cuando yo estaba todavía en Malpaisillo ya se especulaba que estos sujetos y el “oreja” de la Oficina de Seguridad, llamado Antonio Villegas, de la Comunidad de Rota, eran los integrantes del “escuadrón de la muerte” en Malpaisillo.

 

Nunca supe por qué motivos no pudieron ejecutar esos planes, pues los matones a sueldo del somocismo sanguinario genocida funcionaban a la perfección en estas tierras de León, al amparo de la feroz tiranía somocista sanguinaria.

 

Para los choferes de taxis, había dejado de ser “un loco”, ahora era el “intelectual”, “el periodista provinciano”. Pronto “salió a bailar” nuevamente el asunto de mi enamorada Perla Marina Vindell, quien también se hizo más famosa, porque sus padres la “deportaron” a Puebla, México, para que no fuese a cometer la tetupidez de casarse conmigo.

 

El nombre de Perla Marina Vindell era objeto de muchas conjeturas, y al mismo tiempo las opiniones se dividieron entre quienes defendían el supuesto noviazgo de la joven Vindell conmigo, y, por supuesto, quienes se identificaban con los Vindell y el somocismo local de Malpaisillo, condenaban la actitud de Perla Marina por “acercarse a un sucio jornalero, cortador de algodón, deshierbero, trailero, cobrador de camionetas de pasajeros, tractorista, garrobero, en fin, un sujeto cuyo origen era oscuro y desconocido…”.

Quienes defendían aquel supuesto noviazgo entre Perlita y yo, sostenían que yo era hombre joven muy esforzado y ella muy sencilla, y hasta decían que esta joven no estaba de acuerdo en muchas cuestiones políticas somocistas de su familia Vindell. Perla Marina, por supuesto, tenía preparación académica muy superior a la mía.

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Cerro Negro erupta nuevamente y…!venite ya, jodidó¡

 

Una nueva erupción del Cerro Negro volvió a teñir de arenas, cenizas y humo y una extensa sombra apocalíptica se extendió sobre León, Telica, Quezalguaque, Posoltega y Chinandega. Cuando estaba en Malpaisillo, con el taxi o dentro de la casita de tablas de mi madre, podíamos ver las columnas de fuego relampagueantes hacia el cielo nocturno, aunque durante estas erupciones el coloso negro azulado no dañó a la Ciudad de Malpaisillo, ubicada al Norte, mientras sí ocasionaba destrucción en comunidades cercanas a sus faldas como Rota, Urroces, Pocitos, Monte Redondo, Peineta, Tololar, Monal, etc.

 

Los retumbos subterráneos y los movimientos sísmicos estremecían el suelo cercano de

Malpaisillo y las explosiones de gases dentro de la cavidad magmática y  en el aire, formaban juegos pirotécnicos impresionantes. En esta ocasión, los eruptos violentos del Cerro Negro me molestaban cuando traspasaba Telica conduciendo mi taxi y llegaba a la Estación del Ferrocarril en León.

Seguía escribiendo noticias,  reportajes y crónicas, las cuales se trasmitían también en radioemisoras de León. Un día repentino, en los primeros meses de 1969, no recuerdo la fecha, el director de noticiero de una radioemisora, llamada Radio Phillips, cercana a la Estación del Ferrocarril, me dijo: “Necesitamos un reportero. Te necesitamos. ¡!Venite  ya,  jodidó¡¡”.

 

En la noche de ese mismo día tomé la decisión de aceptar la invitación y al dueño del taxi le dejé dicho: “Me voy a trabajar como periodista en León”. Aquella decisión fue una gran sorpresa, para mis compañeros taxistas, pues no esperaban que tan pronto yo diese un salto de tanta envergadura.

 

Más dificultades económicas y de alojamiento

 

Comenzaron otras dificultades para mí.  La primera fue conseguir dónde vivir en León.  Mi abuelo, Domingo Barreto Fonseca, tenía más de  40 casas en la Ciudad de León, pero conseguir una con él era difícil, misión imposible, porque yo no fui de sus privilegiados y mi padre, Octavio Barreto Centeno,  tampoco.

 

Conseguí que mi tío Alfonso me diera donde quedarme en un alerito exterior de su casa, en el patio del fondo, en  el Barrio San Felipe, ubicado en el Noroeste de la Ciudad de León. Una de mis primeras tareas fue conseguirme una máquina vieja Remintong, mecánica, para escribir, lo cual hacía en las tardes bajo un sombroso  árbol de níspero y en la noche en el corredor, iluminado por una bujía de 25 watts. Me había conseguido un colchón portátil, enrollable y amarrable, el cual tenía sobre los ladrillos de barro de ese alero de la casa de mío tío Alfonso.

 

Me fue fácil abrirme paso entre los colegas de León, en las radioemisoras Radio Circuito, Radio Darío, Radio Progreso y Radio Atenas, porque en las páginas de LA PRENSA me había hecho famoso.

 

Pronto llegó lo contradictorio, pues como reportero radial redondeaba apenas 8OO córdobas mensuales, laborando para dos noticieros radiales, a los cuales les aportaba no menos de diez noticias diarias a cada uno. Ganaba mucho más dinero trabajando como chofer de taxi, pero no estaba arrepentido de haber dado aquel paso audaz. El estipendio escaso apenas me daba para comer, mientras las escasas cuatro “mudadas” se ponían descoloridas y los zapatos ya tenían hoyos por debajo.

 

Viajaba a Malpaisillo los fines de semana, para ver a mis hermanos, hermanas y a mi madre, la mayoría de los cuales estaban pasando calamidades tremendas. Puesto en León, tenía oportunidad de escribir más noticias, crónicas y reportajes para LA PRENSA, lo cual se hizo notorio muy pronto.

Publicaba también noticias originadas en Chinandega, Corinto, Chichigalpa, lo cual me granjeó elogios numerosos de la Dirección del periódico, pero también algunas críticas de los corresponsales de LA PRENSA en León y Chinandega. Decían que yo les había invadido su campo de operaciones. Sin embargo, ocurría que las noticias se les iban a ellos de las narices.

Mi sacrificio diario incluía conseguir papel bond para escribir y enviar diariamente las noticias a LA PRENSA, por medio de la Agencia de Distribución que tenía el Diario en León.

 

Corrido de don mi tío y durmiendo en el Cementerio de San Felipe

 

Cuando uno anda rodando y no tiene posesiones donde vivir, le ocurre lo del pobre perrito callejero. Lo corren, lo sacan a empujones cuando ya estiman que uno es un estorbo. Una tarde, mientras regresaba muy cansado, la esposa y mujer de mi tío Alfonso Barreto me estaba esperando en la puerta de su vivienda para decirme que debía irme de su casa, ¡inmediatamente¡, “porque Alfonso ya no quiere que estés aquí”.

 

Pedí permiso, entonces, para ir a recoger el colchoncito derruido y amarrado que tenía en el corredor que mencioné antes; tomé en mis manos una bolsa plástica en que tenía guardados dos pantalones, tres camisas, calzoncillos y mi máquina vieja Remington.

¿Para dónde cojo?, fue mi gran pregunta. Conocía bien la Estación del Ferrocarril, donde había numerosas bancas en el exterior para los pasajeros, y pensé en irme a ese lugar, pero reflexioné sobre que allí podían descuartizarme algunos delincuentes que allí frecuentaban y dormían.

Tenía a tan sólo dos cuadras el Cementerio de San Felipe. Lo conocía bien también. “Allí puedo dormir tranquilo, pues la inmensa mayoría de la gente le tiene miedo a los cementerio, y, por tanto, allí nadie me molestará”, pensé. Ya era de noche y me fui a meter al Cementerio de San Felipe. Acomodé mi colchoncito sobre una loseta amplia de una tumba, me metía dentro de un saco de bramantes que siempre andaba, para resguardarme del frío. Hice una almohada con ramas y hojas verdes, y me dormí.

 

Llegó la mañana siguiente. ¿Para dónde me voy? Andaba todavía un poco de dinero, y fui a buscar qué comer y a la vez a localizar a un amigo que dormía dentro de la Iglesia de San Felipe. Le conté lo que me pasaba y me invitó a quedarme con él en la Iglesia. Era de confianza del cura, porque le ayudaba en cuidar y en algunos quehaceres de la Iglesia.

 

Allí dormí cinco días. Dije antes que mi abuelo Domingo Barreto Fonseca tenía más de 40 casas en León, las cuales eran administradas por León Rivas Barreto, profesor de inglés en institutos de secundaria de León y malandrín de primera. Como él mismo decía que era mi tío, lo fui a buscar al Barrio El Calvario, donde vivía él en una de esas casas.

 

Le conté por la dificultad que estaba pasando por falta de alojamiento, y a “regañadientes” me dijo: “Acomodate en aquel corredor”, el cual daba al patio trasero. Fui a San Felipe a traer mi colchón, la máquina de escribir y la bolsita plástica con ropa. Esta casa de El Calvario era enorme. Tenía numerosas habitaciones y casi todas estaban vacías.

 

En ese corredor había una buena luz y unas bancas que me servían de asiento y de mesa cuando llegaba en la tarde. Era una casa solitaria, silenciosa. Rivas Barreto llegaba ya a eso de las seis de la tarde. No me dirigía la palabra, para nada, a pesar de mis saludos e intentos de entabla pláticas con él. Allí yo leía mucho y practicaba lectura en voz alta, cuando Rivas Barreto no estaba y después de mi llegada de los noticieros radiales de León.

 

Estuve allí unos cinco meses. Me bañaba en una pila que había al fondo y salía a buscar mi comida en ventas callejeras de comidas en la Estación del Ferrocarril y en el Mercado situado al Este de Catedral. Después me iba al reporteo cotidiano a juzgados, mercados, terminales de autobuses, Tribunal de Apelaciones, Comando de la Guardia Nacional somocista genocida, en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, a las manifestaciones callejeras contra la dictadura somocista, etc.

 

Un día de tantos, no recuerdo fecha, fue al final de esos cinco meses, Rivas Barreto llegó temprano y me recibió con un mensaje terminante: “Mi sobrino Francisco Barreto, hijo de Daniel, quien funge como representantes de estas casas, me pidió comunicarte que te vayas inmediatamente de aquí, porque van a traer a alojar una gente en esta casa”.

 

No tuve tiempo de reflexionar. Tomé mis pocas cosas y nuevamente me fui caminando y cargando donde el amigo de la Iglesia de San Felipe, donde fui alojado solidariamente de nuevo. Allí estuve hasta mi traslado en enero de 1970, a Managua.

 

Elogios del Diario LA PRENSA

 

Convertido en corresponsal en todo Occidente

 

Un día de mediados de 1969, LA PRENSA me sorprendió con una página entera de elogios. En esa página publicó noticias curiosas que yo había encontrado, y decían que esto demostraba un grado de interés elevado por arrancar informaciones periodísticas donde pocos las veían.

 

Al final, LA PRENSA  me ponía como ejemplo a todo su personal en Managua. Detrás de aquellos elogios, llegó un nombramiento que me causó asombro.   Por órdenes del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, según me explicaba Eugenio Leytón, me habían nombrado Corresponsal en Occidente y todo el país”, nombramiento que jamás se lo habían dado a nadie, ni lo dieron posteriormente.

 

Además, me anunciaban por primera vez que me pagarían por noticias publicadas. Aquello fue sensacional para mí, porque pronto empecé a ganarme unos dos mil córdobas mensuales, por cantidad de informaciones, reportajes y crónicas publicadas en el Diario LA PRENSA.

 

Incorporado a Redacción central de LA PRENSA

 

Habrían transcurrido unos tres meses de aquel nombramiento, cuando recibí una carta del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, a finales de de diciembre de 1969, en la cual me urgía a presentarme en la Redacción central de LA PRENSA.

Aquello fue otra sorpresa, y realmente estaba asustado, pues creía yo que me llamaban para echarme una regañada de primera o decirme, “prescindimos de tus servicios”, pues otra vez en las páginas de LA PRENSA  en esos días me había acusado Benigno Reyes Palacios, por noticias publicadas en su contra por sus abusos en la Alcaldía de Malpaisillo y también abusos contra trabajadores jornaleros en sus fincas.

 

Estaba realmente asustado, pues no conocía LA PRENSA, ni me imaginaba cómo era, y por Managua solo había pasado de paso, en condiciones crueles, con el diputado somocista Raúl Valle Molina, cuando le servía como chofer o conductor.

 

Tomé la decisión de enfrentar cualquier problema. Abordé un autobús interlocal y me fui a bajar en la parada del Mercado Böer, en la Managua vieja, la Capital concentradita, destruida después por el Terremoto de  diciembre de 1972.

No hallaba hacia dónde coger, a pesar de que por teléfono Leyton me había dicho hacia dónde debía caminar. Abordé un taxi de aquellos Hilman, chiquitos como gallos miniaturas, y por sus ventanas fui viendo sorprendido aquellas calles estrechas con sus casas de adobe o taquezal, mezcladas con las vitrinas lujosas del comercio, mientras un mar de gente caminaba presurosa por las vías comerciales, asunto a lo cual no estaba acostumbrado yo, proveniente de las ciudades occidentales provincianas entonces.

 

Al llegar a LA RPENSA, ubicada al lado de aquel edificio llamado entonces “Zacarías Guerra”, subí por una escalera estrecha a un segundo piso, donde me topé con una mujer delgada, de uñas largas, labios gruesos, de gestos amables… era Rosario Murillo Zambrana.  Me identifiqué. No esperé ni medio minuto, cuando Rosario retornó con una invitación: “Dice el doctor Chamorro que pase usted adelante”.

No conocía personalmente a Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. El célebre director de LA PRENSA, se levantó de un sillón negro, giratorio, y se encaminó efusivo a encontrarme: “Bienvenido. Estás en tu próximo centro de trabajo”, me dijo sin rodeos, lo cual me dejó perplejo, pues yo esperaba otra cosa, sí, a lo mejor una “puteada” de primera.

 

Después de los saludos, de las preguntas sobre salud, estado de la familia, cómo me había ido en el viaje, me dijo secamente: “Te mandé a llamar, porque quiero que trabajés en la Redacción Central de LA PRENSA. Ya sé que no sos graduado de la Escuela de Periodismo, pero vos has mostrado en poco tiempo que sos bueno. Tenés un olfato natural de periodista”, y continuó elogiándome, sentado en su sillón, mientras fumaba una pipa.

 

Me imagino que vio sorpresa en mi rostro. “Calmate -me dijo-, ya he mandado que te compren almuerzo, pero eso sí, debés responderme ahora mismo, para dar instrucciones de que te faciliten todo al venir a instalarte como reportero”.

 

Quedé pensativo. Dar aquel salto me parecía un imposible en tan poco tiempo, pero no vacilé más y le dije: “Está  bien. Me vengo el cinco de enero del próximo año,  en la mañana”. “Trato hecho”, agregó  Pedro Joaquín Chamorro y se volvió a levantar y me abrazó.

 

Esa misma mañana ordenó que me dieran 5OO córdobas en efectivo. “El día que vengás en la mañana, te vamos a presentar al personal”, señaló. Sería la una y media de la tarde, cuando iba de regreso a tomar el autobús en la misma terminal del Mercado Böer. Iba contento.

“!!León, León…vamos de viaje¡¡”, era el pregón sistemático que gritaban los colectores  o cobradores de los autobuses interlocales en el Mercado Böer. Conocía yo muy bien este pregón, pues había sido cobrador en camionetas de pasajeros y taxista interlocal después.

 

“!Enchiladas a dos pesos¡ ¿Le doy una, marchante?, me preguntó casi a gritos una de las numerosas vendedoras ambulantes, muy bulliciosas de aquel mercado de las cercanías del Estadio Rigoberto López Pérez, entonces llamado “Estadio General Somoza”, en honor al jefe de los asesinos de la tiranía del somocismo genocida.

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Mientras el autobús se desplazaba raudo por la llamada “Carretera Nueva a León”, como una película natural desfilaban ante mis ojos las olas lentas, “pacíficas” del Lago de Managua, los  árboles de sus orillas, la Isla de Momotombito, el Volcán Momotombo (“ronco y sonoro”), León Viejo en la lejanía, La Paz Centro en la orilla de la Carretera, la Presa de Izapa, el Río de La Leona y finalmente la Ciudad de León, conocida entonces como “Ciudad Universitaria” y “Metrópolis de Nicaragua”.

 

En aquellos días corrían las noticias como explosiones de un reguero de pólvora por el país. Una pacotilla de asesinos genocidas de la guardia somocista había asesinado a numerosos campesinos en El Cuá , Jinotega, donde también torturaron y violaron mujeres, entre ellas Venancia Hernández, una anciana de 98 años. Los campesinos asesinados eran Juan González, Juan Hernández López, Gabino Hernández y Juan Hernández Sánchez, y esta nueva masacre somocista era, tal vez, la número 2OO.

 

En esos días había caído preso Germán Pomares Ordóñez, uno de los fundadores y miembro de la Dirección Nacional Histórica del FSLN, a quien los somocistas pretendían llenar de vergüenza por su participación guerrillera en Patuca y Pancasán.

 

Lo más doloroso para mí en esos días fue la caída de Luisa Amanda Espinoza y Enrique Lorente, descubiertos por los guardias somocistas genocidas en León gracias a los infames “orejas” de la Oficina de Seguridad de la tiranía somocista. Les comunico a mi madre y hermanos de mi viaje a Managua. En León no digo nada. Simplemente abandono mis empleos radioperiodísticos en las radioemisoras leonesas.

 

Llegué a LA PRENSA el cinco de enero de 197O. Había salido a las cinco y media de la mañana en un autobús de León a Managua. Debí tener parecido a campesinos ambulantes, pues mi escasa ropa la portaba en una bolsa plástica.

 

Me recibieron efusivamente Eugenio Leytón, “Koriko”, Anuar Hasan Morales,  Rosario Murillo Zambrana, Jorge A. Cárdenas, Manuel Salazar, Ángela “Angelita” Saballos y Agustín “Chirizo” Fuentes Sequeira. Muchas miradas curiosas escrutaban dentro de la Redacción de LA PRENSA, me imagino, mi rostro ingenuo, mi cuerpo flaco y un aspecto de jovenzuelo demasiado acentuado ante los rostros con luces experimentadas de gente como Koriko, Eugenio Leytón, el “Chirizo” Agustín Fuentes, Danilo Aguirre Solís, Anuar Hassan Morales, Hermógenes Balladares, Iván Cisneros Uriarte, Manuel Salazar, Jorge A. Cárdenas y el mismo doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal.

Aquella presentación poco protocolaria se vio envuelta en la distribución del trabajo mañanero, mientras el doctor Chamorro Cardenal  exhalaba humo de su pipa y los fumadores eternos como Danilo Aguirre Solís echaban también bocanadas blancas hacia los ojos y narices de los demás.

 

En el infierno de las calles de Managua

 

La distribución del trabajo reporteril-periodístico fue rápida esa mañana. El doctor Chamorro Cardenal se dirigió directamente a Hermógenes Balladares, uno de los reporteros más experimentados, para que me condujera por las entrincadas calles estrechas de Managua.

 

“El periodista es hombre o mujer de la calle”, era la lección esencial grabada en mi memoria. En ese mismo ratito, me dijeron que debía compartir una máquina de escribir, mecánica, con Balladares y otros compañeros, y que al día siguiente me darían la mía y un ladito en un escritorio.

Dichosamente, Balladares tenía buenas referencias mías. Salimos al exterior de LA PRENSA, y con los aires de un sabio frente al neófito, o novato, Balladares recorrió con su mirada los edificios altos que rodeaban el Diario LA PRENSA y me dijo: “Yo te voy a mostrar hoy laberintos, recovecos, oficinas, personajes, calles y caminos, para que después hagás solo los recorridos reporteriles”.

 

Subimos en su automóvil y comenzó a desplazarlo por la Carretera Norte, también llamada “Calle del Triunfo en aquellos días”, por la cual yo nunca había circulado. Me puse en plan de grabarme lo más que pudiera de nombres de edificios y lugares. “Allí son las cárceles de La Aviación”, me dijo apuntando con un dedo, mientras el carro se desplazaba.

 

No pude ocultar que me revolvía de coraje en el asiento, porque La Aviación me recordó inmediatamente parte de los crímenes horrendos de la tiranía somocista, pues allí habían matado hacía poco tiempo a Ajax Delgado, a Cornelio Silva, Edwin Castro Rodríguez y otros.

Llegamos a la oficina de Aduanas, donde me presentó y a la vez buscó información. Después me fue a mostrar la Plaza de la República, la Catedral, el Palacio Nacional, el Distrito Nacional (o Alcaldía), la Escuela de Arte, y luego fuimos al Hormigureo (cárceles) y la Central de Policía de la Guardia Nacional somocista sanguinaria.

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“Aquí fue donde el tirano Somoza García tuvo al General  Sandino antes de asesinarlo por el Aeropuerto Xolotlán”, le dije a Balladares. “Aquí no andés hablando de esas cosas, porque te pueden joder”, me advirtió Hermógenes Balladares. Me vi obligado a callar.

 

Entramos a las oficinas del Hormiguero, donde se buscaba información. En unos quince minutos, Balladares pudo entrar donde estaban dos coroneles de la Guardia Nacional genocida, por cierto “muy amables”: Nicolás Valle Salinas y Alesio Gutiérrez, este último ya famoso por las represiones callejeras contra maestros, estudiantes, sindicalistas y sandinistas. Me presentó y les dijo que yo empezaría a llegar de reportero a la Central de Policía.

 

Me detuve, sin embargo, a contemplar aquel “torreón” encumbrado del Hormiguero, que era como una “joroba” elevada de las paredes enormes de piedras canteras sobresalientes por el lado Norte y Este, es decir, frente a la Compañía Automotriz y la Academia Militar de la guardia sanguinaria del somocismo genocida.

 

Hermógenes siguió recogiendo información dentro de la oficina, mientras yo me fui a buscar gente a los pasillos, donde encontré mujeres llorando y gente protestando, lo que me dio para las primeras notas informativas rojas y de contenido social.

 

De regreso, Balladares me llevó por una de las complicadas avenidas centrales de Managua. Era ya el corre y corre, porque antes del medio día, los periodistas debían estar terminando de escribir para la edición de la tarde. “Como gallo comprado” entré nuevamente ese día a la Redacción buscando máquina de escribir. Había una. Escribí las primeras notas rojas, chorreando sangre, lo cual le encantaba a Anuar Hassan Morales, el responsable de la “Página de Sucesos”.

 

Mis noticias sobre problemas sociales y rojas salieron, al siguiente día, desplegadas a ocho y seis columnas en el Diario LA PRENSA, entonces situado frente al parquecito del hoy TELCOR, casi frente al Monte de Piedad (sitio de despiadada explotación de ricos contra pobres), en un costado del Edificio Zacarías Guerra, a un ladito de la Radio Centauro, en fin, muy cerca de la orilla del Lago de Managua.

Managua me pareció muy estrecha, apretujada como una caja de fósforo, apenas comencé a conocerla, pues la León Universitaria, Metrópoli, me lucía más sobria, de calles más anchas y con menos hipocresía en su población.

Esa Managua que empecé a conocer, me lució dividida en tres grandes bloques: los capitalistas millonarios y los burgueses “de medio pelo”, los cuales se veían con mucho lujo encima y en sus casas y con mucha corrupción dentro de sus filas; los profesionales, unos arrastrados ante este grupo de capitalistas oligarcas y otros, muy pocos por cierto, metidos de lleno en la lucha contra la feroz tiranía somocista sanguinaria; y por último la inmensa masa de pobres, siempre afanados en busca de justicia, empleo, mejoras sociales, económicas y de salud, con graves problemas de viviendas, caminando el calvario diario impuesto por la pacotilla de asaltantes del gobierno somocista.

 

Yo no tenía preparación política formal, pero mi instinto de proletario explotado en el pasado reciente me era suficiente escuela para entender lo que estaba pasando en la Managua maquillada con edificios bonitos, centros comerciales superiluminados y muchos miles de luces de neón parpadeando de noche para regocijo de la burguesía hipócrita, especialmente en las Avenidas Roossevelt y Central, en las Calles Quince de Septiembre, Momotombo, Triunfo y Colón, donde, al mismo tiempo, centenares de niños semidesnudos, descalzos, sin bañarse, más ancianos, ciegos y renquitos andaban pidiendo limosna.

 

Estas fueron parte de los aspectos que más me impactaron en cuanto llegué a la Managua soñada por los provincianos como yo, que nunca habíamos salido de Malpaisillo, de Telica, Quezalguaque o la misma Ciudad de León.

 

Cloacas impresionantes y “Malecón” deslumbrante con prostitutas

 

En el mismo primer día de trabajo periodístico, motivado por la curiosidad, en la tarde, me fui a los barrios costeros del Lago de Managua: “Tejera”, “Quinta Nina”, “Miralagos”, “Pescadores” y “Acahualinca”.

Fue impactante para mi, que soñaba distinta a la Managua-Capital, presenciar cómo desembocaban, como riachuelos procedentes de El Crucero, los torrentes de aguas negras, las cuales salpicaban a las casitas de cartones, plásticos negros y madera podrida de las orillas del Lago Xolotlán o de Managua.

Al llegar al Norte del “Matadero de “Acahualinca”, pude ver cómo centenares de zopilotes se disputaban desperdicios (vísceras y huesos) con decenas de mujeres, hombres y niños y también con perros.

Los desperdicios salían de una de las doce grandes “cloacas” de las aguas negras de Managua. Asqueroso aquello, y más asco me dio el saber de boca de estos seres humanos humildes que los intestinos de vacas y cerdos los usaban para empacar “chorizos”, después de limpiarlos y secarlos.

 

Las calles de todos estos barrios, especialmente de “Miralagos”, “Pescadores” y “Tejera”, estaban anegadas de un lodo hediondo, salpicado en parte por los desperdicios de las “cloacas”.  En la noche de ese mismo día, me fui al “Malecón de Managua”, situado al borde de las aguas del Lago Xolotlán, cuyas aguas salpicaban sus instalaciones hacia dentro de algunos centro turísticos.

Ese “Malecón” era la viva expresión de la alegría desenfrenada de muchos managuas o capitalinos. Allí abundaban las prostitutas,  delincuentes de toda laya, tahúres, casinos, juegos de azahar, apuestas de todo tipo,  bebidas alcohólicas por toneladas y pude notar que al menor descuido “los carteristas” sacaban las carteras de los bolsillos, arrancaban relojes, pulseras, cadenas, dinero, etc., y nadie podía decir nada porque estos delincuentes, mayoritariamente, era aliados de guardias somocistas genocidas.

 

Esa noche fui a hospedarme en un hotelito del Barrio San Antonio, situado en los alrededores del edificio de telecomunicaciones. No recuerdo el nombre de ese hotelito, pero no se me olvida su ruidoso piso de madera “del segundo piso”.

 

Inicié una carrera contra el tiempo entre laborar en la Redacción de LA PRENSA, las oficinas gubernamentales somocistas, las calles y vecindarios, como digo todos apretados uno sobre otros, y mi afán de conocer la Managua pequeña, concentradita, de antes del Terremoto de diciembre de 1972,  como diese lugar.

 

Para esto último me encontré a alguien “perfecto” como compañero de trabajo. Era Manuel Salazar, quien había sido guardia por el peso del desempleo, panadero por necesidad, mujeriego por deporte y uno de los más celebrados fotógrafos del Diario LA PRENSA,  en aquellos días.

Manuel Salazar, “Indio Salazar”, le decían en LA PRENSA, era un hombre que se conocía Managua en  todos sus rincones y por los cuatro costados. El mismo Anuar Hassan Morales, responsable de la Página de Sucesos, consideró que hacíamos “una buena pareja profesional para labores periodísticas”.

Al cuarto día de estar laborando yo en LA PRENSA, Salazar dispuso enseñarme la ciudad en su camionetita roja. Apenas salimos de la jornada rutinaria de la tarde, comenzamos a circular por las principales calles y avenidas, y por  último hacia la periferia Suroriente que entonces andaba por el Colegio Cristo Rey; Monseñor Lezcano por el Oeste; San Judas por el Sur;  Colonia Centroamérica y La Fuente, que era un Asentamiento ya lejano  en el Oriente de Managua.

 

“Hacia la Montaña” en la Vieja Managua

 

“Si vas al Sur, se dice “hacia la montaña” y si vas al Norte, decís “hacia el lago”, o “de la Tortuga Morada”, “del Gato Abraam”, de la Librería Argeñall, del Cine Trébol, del Cine América, del Mercado Böer, del Mercado Oriental, de la Iglesia San José, del Hotel Balmoral “hacia el lago”, de Carlos Cardenal, del Lacmiel, del Gran Hotel, del Club Social, de la Catedral, de La Caimana hacia el Este, de la Litografía San José,  de los Dormitorios Públicos, de Julio Martínez, de LA PRENSA, del Edificio Zacarías Guerra, del Destilatorio, del Monte de Piedad, de la Cruz Roja, de la “Mecatera para el Sur”, del Cuerpo de Bomberos, de la Central de Policía, del Hormiguero, de la Automotriz, de la Academia Militar, del Registro de la Propiedad, de la Corte Suprema de Justicia, del Diario NOVEDADES, de la Radiodifusora Nacional de Nicaragua, de la  Estación X, del Canal Cuatro, del City Club, de la Ciudad del Vicio, de la Casa Amarilla, de Transportes Vargas, del Cine México, del “putero” de los Transportes Vargas, del Hospital del Seguro  Social, del Hospital El Retiro, de la Loma de Tiscapa, del Diario Oficial La Gaceta, del Mercado San Miguel, del Mercado Central, de Emitesa, de Transportes Río Sol, de la Biblioteca Nacional,  del Barrio Frixiones o “Maldito”, del Mercado San Miguel,  etc.

 

Eran parte de la direcciones que uno debía aprenderse para recorrer la Capital nicaragüense. Managua no era así “grandota”, con extensión parecida a la forma de un abanico como ahora. Salazar me prometió que  me enseñaría todos esos rincones lo más rápido posible.

 

Manuel “Indio” Salazar me llevó a su casa, metida “en la montaña” en un sitio remoto, entonces, de Managua, llamado La Fuente, donde entonces un tal Héctor Argüello, lotificador malvado, hacía de las suyas explotando salvajemente a familias pobres con el asunto de los terrenos o lotes de 12 por 15 varas.

 

Salazar tenía un pleito con él, porque pretendía quitarle el lotecito debido a que había un

“atraso de tres meses en los pagos”.  Para llegar hasta allí a esa casita, se circulaba por un camino repleto de polvo. Al paso de buses o camionetas se levantaba una inmensa nube de polvo, que dejaba afixiándose a los habitantes de algunas casitas de la orilla.

 

Vi aquellos buses destartalados y le propuse a Salazar que me acompañara dentro de esos buses para hacer un reportaje periodístico, con el fin de que él hiciera las fotos. Nos montamos en uno de la empresa “Emitesa”, donde es hoy el Mercadito Periférico Jonathan González, frente al Cementerio Oriental.

 

Un viaje al infierno por las calles de Managua

El Nuevo Colón que descubrió Managua

 

Aquel viaje fue espectacular, pues pudimos ver cómo se metía el polvasal dentro del autobús y cómo del humo gaseoso del escape del vehículo también se metía al interior en que iban los pasajeros desesperados cubiertos con pañuelos para que el polvo no se les metiese a las narices, con el pelo amarillo y los labios resecos y duros, una capa de polvo en las espaldas y las piernas.

 

“Un viaje al infierno por las calles de Managua”, fue el sugestivo titular que le puso al reportaje Agustín “Chirizo” Fuentes Sequeira, entonces jefe de Redacción de LA PRENSA.

 La respuesta virulenta de “Estirpe Sangrienta: Los Somoza” no se hizo esperar y el Diario NOVEDADES, propiedad los jefes de la dinastía de asesinos, publicó al siguiente día un artículo titulado: “El Nuevo Colón que descubrió Managua”, refiriéndose a mi reportaje sobre los peligros de salud y de accidentes enfrentados por los pasajeros, virtualmente abandonados.  Despotricaron, pero a los pocos días el Distrito Nacional (Alcaldía) estaba metiendo tractores, camiones y hombres, para

mejorar el camino.

 

Siguiendo la ruta del asesinato de Sandino

 

En esos mismos días, por ahí de mediados de mayo de 1970, le expresé a Salazar mis deseos de conocer personalmente dónde los somocistas sanguinarios genocidas Anastasio Somoza García y los yanquis habían asesinado al General Augusto C. Sandino y varios miembros del Estados Mayor del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional.

 

“Esa mierda… es peligrosa, pero si querés, !vamos¡”, me dijo Salazar. En esos días estaban ya en boga los ataques cada vez más furiosos de los somocistas terroristas contra el clandestino Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), el que había recibido un revés militar en Pancasán, pero que estaba obteniendo un sonadísimo triunfo político al hablarse de su accionar guerrillero al más alto nivel de la dictadura y en toda la sociedad burguesa, especialmente en la mojigata de Managua.

 

Abundaban también los tribunales militares de la dictadura Somocista contra presos políticos sandinistas, o jueces civiles y penales,  “orejas” de la Oficina de Seguridad y de la Guardia Nacional genocida, “jueces de mesta” (estos especialmente en el campo o zonas rurales), que se prestaban a condenar y perseguir a los revolucionarios rojinegros. Noel Estrada Martínez era uno de esos jueces “orejas” de la Guardia Nacional genocida.

 

Hice el reportaje entre vecinos del Barrio Larreynaga y algunos residentes en la Loma de Chico Pelón, donde algunos vecinos ya entrados en años me dijeron que “oyeron” las descargas de fusilería aquella noche del 21 de febrero de 1934 hacia el lado del Aeropuerto Xolotlán, el cual estuvo ubicado donde es hoy el Seguro Social y un asentamiento nuevo, en las cercanías de la Loma de “Chico Pelón”. Es el mismo Aeropuerto que utilizaron los yanquis para bombardear poblados del Norte de Nicaragua y a los miembros del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional. Uno de los pilotos yanquis era de apellido Bruce.

 

Mi reportaje se publicó en LA PRENSA con autorización del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal y al poco tiempo fue reproducido en un libro de varios autores, titulado: “El asesinato de Sandino”.

 

Por supuesto, yo era (y quizás sigo siéndolo) ingenuo,  en relación al mundo de los buitres y venaderos consumados del periodismo en Managua, haciendo las excepciones correspondientes. Esto lo comencé a palpar en los primeros meses de trabajo periodístico en Managua. Les cuento sólo tres hechos para ilustrar este asunto.

 

Los “buitres” o “venaderos” del periodismo

 

Tenía pocos meses de estar en Managua, cuando Manuel “Indio” Salazar y yo nos topamos con un carro Chevrolet antiguo, de los años 40, en una calle de Managua. Aquello era una joya, por lo menos para mi curiosidad reporteril. Resultó que el carro viejo era del viejo Julio Martínez, famoso burgués comerciante capitalino, importador de carros y usurero al momento de revenderlos al crédito y al contado en el país.

 

Escribí un bonito y pintoresco reportaje con fotos de Salazar. Agustín “Chirizo” Fuentes  Sequeira, Jefe de Redacción en LA PRENSA, le dedicó una página entera al trabajo periodístico. Unas dos semanas después, por una necesidad de repuestos para la camioneta de Salazar, fuimos a la Casa Distribuidora de Julio Martínez, donde nos tropezamos en uno de los pasillos con el gerente de la empresa distribuidora.

 

“Recibieron ustedes el dinero (tres mil córdobas en 1970) que les mandamos por el reportaje del carro?”, le preguntó el gerente a Salazar, quien era conocido suyo.  Sorpresa para nosotros. Otros habían cobrado por un reportaje que nosotros hicimos por vocación y buenos deseos de elaborar trabajos curiosos para el periódico.

 

El siguiente fue más grande. No recuerdo en que mes de 1971 fue la primera huelga del transporte colectivo por la famosa subida de 25 a 30 centavos en el pasaje.  Los empresarios privados querían subida del pasaje, mientras los usuarios se negaban a pagar ese aunmento. Salazar y yo nos fuimos a meternos a los garajes de Transporte Río Sol y Emitesa, y al siguiente día publicamos un reportaje demoledor en que demostrábamos cómo se daba mal servicio y que en realidad no era necesario el aunmento del pasaje.

 

El reportaje se publicó en primera página. Asústense. Al siguiente día, se publicó otro reportaje diciendo todo lo contrario de lo que yo había dicho, o escrito,  mediante un trabajo

periodístico firmado por uno de mis colegas de la Redacción de LA PRENSA.

 

No pude conseguir las pruebas correspondientes, pero después supe que los empresarios supuestamente pagaron once mil córdobas por ese “desmentido”. Nadie me dijo nada en la Redacción de LA PRENSA, pero era evidente que algunas cosas que yo empezaba a escribir no eran del agrado de un sector de la burguesía más explotadora de Managua.

 

Movido por deseos de conocer y curiosidad profesional, en esos mismos días me fui a Ocotal (Capital de Nueva Segovia), donde me encontré con que una empresa maderera de empresarios gusanos cubanos estaba arrasando los pinares de Dipilto, sin sembrar ni solo  árbol nuevo. ¡Abrase completo¡

 

Escribí otro extenso reportaje con declaraciones de gente conocida de Ocotal, que denunciaban la barbarie al amparo de la dictadura militar somocista. Al tercer día, en la misma primera página se publicó otro reportaje, firmado por otro colega del mismo periódico, mediante el cual se ponía a los gusanos cubanos como la ultra maravilla, que ejecutaban planes de reforestación, que le ayudaban con dinero a los campesinos…en fin, sólo alabanzas, que chocaban frontalmente con la realidad.

 

Presuntamente, que por este otro reportaje pagaron cinco mil córdobas. Me dolió, francamente, porque esta labor de sapa la hacían mis compañeros de la Redacción, donde yo era nuevecito, neófito, novato. no  sabía “cómo funciona el sistema”.

 

Hubo una huelga en la Simens, empresa alemana de telecomunicaciones. Recuerdo que le hice entrevistas a dirigentes sindicales y empresariales, las cuales se publicaron en LA PRENSA. La segunda parte y el “venado” de este asunto lo conocí hasta hace poco, en 1996, por boca del periodista Ignacio “Nacho” Briones Torres, quien confesó en una rueda de periodistas en el Consejo Supremo Electoral que mi material periodístico le sirvió a él para hacerle una entrevista “a fondo” al secretario general del Sindicato.

 

Presuntamente, “la entrevista” era comprometedora y se la llevó al gerente, quien, según “Nacho” Briones Torres, le dio casi 200 mil córdobas, con lo cual se compró una casa en el Reparto Santa Clara.  “Eso lo logré, gracias a Pablo Emilio Barreto”, confesó “Nacho” Briones Torres ante una rueda de periodistas. ¿Qué les parece?

 

Segunda parte

 

Uno de los acontecimientos inolvidables para mi fue el traslado de gente muy pobre de “Miralagos” al llamado OPEN III (Operación de Emergencia Nacional No. III) a raíz de una tremenda inundación ocurrida en octubre de 1970.

 

Al sitio me llevó la periodista Ángela “Angelita” Saballos, quien francamente me protegía mucho en esos primeros meses de labores en LA PRENSA, y de ella se decía que era mi “madrina”, es decir, protectora. Además de reportear diariamente para LA PRENSA, Angelita escribía una columna muy conocida en esos días: “Mis Preguntas”. Ángela y yo fuimos, acompañados por el infaltable Manuel “Negro” Salazar, para hacer un reportaje sobre aquel drama, que se repetía una vez más en 40 años y que ahora el traslado sería definitivo.

 

Escribimos juntos el reportaje. Yo volví al escenario de “Miralagos”, en la tarde, bajo un copioso aguacero, mientras centenares de pobladores humildes y sus enseres domésticos podridos, sucios y la ropita mezclada con lodo, eran subidos a camiones del entonces llamado “Departamento de Carreteras” del régimen del somocismo sanguinario genocida.

 

Me monté en uno de los camiones de volquete con una de las familias damnificadas, las cuales fueron llevadas a unos terrenos llenos de matorrales, lodo, hierbas abundantes y víboras de cascabel, propiedad de Julio Blandón García, pipito de Anastasio Somoza Debayle, ubicados en el kilómetro doce y medio, donde es hoy Ciudad Sandino.

 

Cuando llegué al llamado OPEN III eran las cinco de la tarde. Decidí quedarme allí, viendo cómo se desarrollaba aquel drama humano, provocado por la Naturaleza y la dictadura  del somocismo, pues sobraban terrenos planos y limpios a la orilla de la entonces ciudad de Managua.

No cesaba de llover. Hombres, mujeres y niños, usaban los machetes para hacer hoyos en el suelo fangoso, con el fin de sembrar pedazos de madera secos o verdes, y sobre ellos colocaban tucos de plásticos, bajo los cuales se refugiaban del agua aquella tardecita.

La noche con su manto oscuro fue cayendo. Algunas familias encendieron candiles carreteros bajo los plásticos mencionados, donde al mismo tiempo encendían fogoncitos para hacer café, con el fin de calentarse un poco, porque hacía frío.

Mi presencia allí llamaba la atención, porque no era vecino conocido. Me identifiqué, y pronto hice amistad con Gilberto Barberena Hurtado, a quien le decían “Barata”, hoy convertido en dirigente comunitario conocido y Orden Servidor de la Comunidad del Movimiento Comunal Nicaragüense.

Esa misma noche conocí al padre católico Pedro Miguel García, quien atendía religiosamente a la comunidad de “Miralagos” en la orilla del Lago Xolotlán o de Managua.

 

Aún en medio de los aguaceros de esa noche, los zancudos no dejaban en paz a niños, hombres, mujeres y ancianos.

Los hombres se preocuparon porque las mujeres y los niños de algún modo estuviesen, al menos, protegidos de la lluvia, mientras al mismo tiempo alternaban solidaridad en  hacer hoyos para sembrar los horcones de las casitas.

Los hombres, encabezados por “Barata” Barberena Hurtado, no durmieron esa noche del ocho de octubre de 1970.

 

Yo tampoco dormí.

 

Al amanecer, me regalaron café y un boyito de pan. “Barata” Barberena Hurtado  me dijo que ese día irían a firmar los contratos” de compra-venta de los terrenos por tres mil, cuatro mil y cinco mil córdobas con Julio Blandón García.

 

Esa misma mañana comencé a conocer dos verdades terribles para la pobre gente: 1) el drama de ellos en la inundación y el traslado oficial a ese lugar era parte de un negocio fabuloso de venta de terrenos que apenas comenzaba con la complicidad plena de Anastasio Somoza Debayle; 2) puestos en esos terrenos sin ninguna mejora, nadie les estaba ayudando; 3) comenzaban a hipotecarse de por vida con Julio Blandón García, uno de los lotificadores más voraces de Managua (invito a leer mi libro “Ciudad Sandino: 30 años”).

 

Amanecer allí me permitió hacer otro reportaje, más dramático que el anterior, pues allí me di cuenta que además del “contrato” mencionado, también era necesario comprarle el agua a los Blandones, y a estas familias se les planteaba un reto muy duro: el transporte desde el kilómetro doce y medio de la Carretera Nueva a León hasta el casco urbano de la Capital (Managua), ubicada, precisamente, doce kilómetros al Este.

Esa misma mañana, “Barata” Barberena Hurtado salió a la carretera a las seis y media de la mañana para tomar una camioneta, la cual lo llevó hasta “La Ceibita”,  en  el Barrio Monseñor Lezcano, de donde continuó a pie hasta su trabajo en una venta de vehículos llamado Julio Martínez.

 

Después me contó que llegó casi a las nueve de la mañana a su puesto de trabajo.

Ese día pude ver a los hombres afanados, primero, en hacer fila para firmar los contratos enfrente de la casona-finca de los Blandones, y después comenzaron los trabajos para levantar los mamarrachos de casitas en aquel montarascal sin caminos, sin calles y llenos de víboras. Cerca de medio día yo estuve en la Redacción de LA PRENSA con mi nuevo reportaje. Después seguí yendo al OPEN III, de lo cual hay numerosos reportajes publicados en el Diario LA PRENSA.

 

Barrio “La Fuente” polvoriento

 

Francamente no recuerdo por dónde era la casa del Negro Manuel Salazar en el Asentamiento “La Fuente”, la cual entonces era una enorme extensión de tierras, propiedad de Héctor Argüello, quien la estaba lotificando también en ese momento. “La Fuente” era lo que es hoy el Barrio Ariel Darce Rivera.

No lo recuerdo, lo cual era contradictorio con mi insistencia permanente para que Salazar me mostrara la Ciudad Capital por los cuatro costados.

 

Para ir a la casa de Salazar, ambos pasábamos, abordo de su camioneta, por caminos polvosos y solitarios, en medio de arboledas, sí arboledas existentes a partir del Gancho de Caminos.

Siempre me llamó la atención, por ejemplo, la ubicación solitaria del Colegio Cristo Rey, ubicado a la orilla del llamado Camino Viejo de Santo Domingo, el cual entonces era éso, un camino lleno de hoyos, montes y árboles bonitos en el trayecto hacia la colonia Centroamérica.

 

Yo dormía sobre un camastro de madera en una bodeguita y gallinero, situado en el patio de la casa de Manuel “Negro” Salazar. Esto para mí fue una salvación en los primeros tres meses de estadía en Managua.

En septiembre de 1970 fui a un hotelito sin nombre, ubicado en el Barrio San Antonio, donde hice un arreglo de pago mensual con desayuno y cena, porque durante el almuerzo andaba reporteando en la calle.

 

Para sorpresa mía, en ese hotelito encontré casi solo estudiantes universitarios, más a una mujer llamada María Elizabeth Mejía Rivas, profesora, salvadoreña, y estudiante universitaria, quien se convirtió en mi primera esposa.

 

Era tranquila la estadía en ese hotelito. Estaba cerca de LA PRENSA, lo cual me favorecía para trasladarme muy de mañana y regresar ya de noche, porque estaba a tan sólo cuatro cuadras del Diario LA PRENSA.

Como siempre, utilizaba la noche, antes de dormirme, para leer libros, periódicos, revistas, informes especiales, y pronto también se produjeron tertulias entre los estudiantes, María Elizabeth y yo.

 

“Si querés conocer Managua de mejor manera, debemos hacerlo a pie, calle por calle”, me dijo Salazar cuando yo ya estaba en el hotelito mencionado.

Dedicamos un fin de semana para recorrer las calles 15 de Septiembre, Colón, Momotombo, 27 de Mayo, Calle del Triunfo, y las avenidas Bolívar, Central, Roossevelt, más todas las calles y avenidas adyacentes.

Fue así como conocí casi al detalle el centro y la periferia de la Managua de antes del Terremoto del 23 de diciembre de 1972.

En esos meses de 1971 era ya fabuloso el negocio combinado de construcciones de Colonias y Repartos con las casas de préstamos hipotecarios leoninos, en las cuales estaban metidos Anastasio Somoza Debayle, sus familiares; también generales, coroneles y allegados al somocismo genocida.

 

Estaban siendo construidos  Repartos y Colonias como: Altamira, Cuidad Jardín, Bolonia, Bosques de Altamira, Los Robles, Xolotlán, Primero de Mayo, Santa Clara, Mántica, El Carmen, Las Colinas, Cinco de Diciembre, Satélite Asososca, Vista Hermosa, Colonia Proyecto Piloto y Bello Horizonte, entre otros.

 

Fui primero a tomar una casa de dos pisos en la Colonia Proyecto Piloto, al crédito, por medio del Banco de la Vivienda, entonces conocido como el Instituto Nicaragüense de la Vivienda (INVI).

A los pocos meses, la casita, de buena construcción, no me gustó porque quedaba muy lejos de mi trabajo en LA PRENSA. Estaba situada al Sur de la Colonia Catorce de Septiembre, construida unos 10 años antes de 1971. Por este motivo, cometí un error: abandoné la vivienda, se la devolví al INVI.

Arrastrado por la publicidad de VIVISA, promotora de las casas de Bello Horizonte y aliada de la Centroamericana de Ahorro y Préstamo, ambas empresas de los Somoza Debayle, Somoza Urcuyo y de los Lacayo-Terán, obtuve al crédito la casa No. H-II-20.

 

Esta era una casa un poco mejor construida, pero con techo de losas inmensas, lo cual la convertía en un enorme peligro. Lo veremos más adelante al hablar del Terremoto del 23 de diciembre de 1972.

La obtención de esta vivienda en el Reparto Bello Horizonte marcó mi rumbo en la historia de lucha social y política, pues me puso, casi inmediatamente, de “estorbo” en los planes de explotación de Anastasio Somoza Debayle, el jefe de la tiranía sanguinaria del somocismo genocida y también jefe de la “Estirpe Sangrienta”.

 

Ese mismo año de 1971, recuerdo, la lucha callejera popular comenzó por las subidas en las tarifas del transporte urbano colectivo, de la leche pasteurizada y por los cobros en los que se llamaron “parquímetros” en los estacionamientos de instituciones como en el Instituto de Telecomunicaciones, ubicado, precisamente, entonces, frente al Diario LA PRENSA y esquina opuesta al “Monte de Piedad”.

 

Este asunto del alza en el transporte urbano, de 25 centavos a 30 centavos, no se me olvida porque sin proponérmelo descubrí algo realmente feo.

Recuerdo que habían unas rutas llamadas EMITESA, los Río Sol y unos “autobuses pelones”.

El fotógrafo Manuel Salazar, uno de los mejores en LA PRENSA, me sugirió que fuésemos a ver el estado mecánico, de los asientos  (tapizado) y la carrocería en los autobuses Río Sol, propiedad, como casi todos, de allegados de Somoza Debayle y generales y coroneles de la guardia somocista.

Hicimos un reportaje escrito y fotográfico del mal estado de los autobuses y de lo poco justificado del aumento de la tarifa, aprobada por la Dirección de Transporte de la tiranía genocida del somocismo.

 

Aquel reportaje mío se publicó destacado en primera página en el Diario LA PRENSA, pero mi sorpresa fue mayúscula al siguiente día al publicarse otro escrito del periodista Filadelfo Alemán Robleto, del mismo periódico, sosteniendo todo lo contrario de lo que yo había escrito.

 

Después pude establecer que los propietarios de las rutas de autobuses le pagaron 11,000 córdobas por decir todo lo contrario en la misma primera página del Diario PRENSA.

 

Para entonces, ya conocía, un poco nada más, de cómo funcionaba el “venadeo” en el periodismo nicaragüense, en Managua en particular y en especial dentro del Diario LA PRENSA, donde varios de los más connotados (“estrellas”)  periodistas recibían cheques mensualmente en instituciones como el Ministerio de Economía, INVI, Ministerio de Educación, en la  Federación de Deportes, etc, mientras el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, Director de LA PRENSA, se enfrentaba abiertamente a la tiranía militar somocista.

 

Ese año 1971 comenzó agitadísimo, pues casi al mismo tiempo fueron asesinados los sindicalistas campesinos Pedro Guerrero y Máximo Martínez Sánchez;  y Fernando Agüero Rocha apareció firmando con Somoza Debayle el llamado “Pacto o Kupia Kumi”, después de haber masacrado a centenares de pobladores del campo y la ciudad en la Avenida Roossevelt el 22 de enero de 1967.

 

Pactos y lucha del Frente Sandinista

 

Ese pacto se firmó el 27 de marzo de 1971. Ese mismo día fueron asesinados por la guardia  del somocismo genocida los directivos sindicales del SCAAS Efraim González y Rommel López.

El 13 de octubre, como parte de las protestas populares, fueron tomadas varias iglesias por jóvenes estudiantes, mujeres y hombres. La Catedral Metropolitana fue invadida por la guardia somocista en Managua.

 

Fueron detenidos, entre otros militantes sandinistas: Germán Pomares Ordóñez, fundador del FSLN y miembro de su Dirección Nacional Histórica; Doris Tijerino Haslam, Filemón Rivera y Catalino Flores, por cuya libertad se estaban haciendo jornadas populares en contra de la tiranía  somocista.

 

En ese marco político y social convulso llegué yo a Bello Horizonte, donde las casas estaban construidas como “en tierra de nadie”, sin verjas, sin árboles, sin perros siquiera, a disposición de pandillas de ladrones.

Lo más grave fue descubrir que los techos eran losetas pesadísimas, convertidas en una trampa mortal a la hora de un Terremoto.

Por las denuncias públicas, pronto me convertí en secretario de la Asociación de Vecinos de Bello Horizonte, la cual comenzó a confrontarse con los representantes de Somoza Debayle en la Centroamericana de Ahorro y Préstamo, VIVISA, AISA, el INVI y el propio Anastasio Somoza Debayle. El presidente de la Asociación de Vecinos era Guillermo Baltodano Serrano, uno de los dirigentes del Partido Socialista Nicaragüense. Baltodano Serrano fue siempre muy solidario conmigo y se convirtió en primer maestro político, en Managua.

 

En este mes de octubre se publicaron mis reportajes sobre Francisco “Pancho Ñato” Juárez Mendoza, famoso personaje de las comarcas aleñadas a León, donde solitario se enfrentó exitosamente a la guardia somocista entre 1948 y 1952. Mató a numerosos guardias y “orejas” de la Oficina de Seguridad del sistema dinástico somocista, hasta que lo capturaron a él con otros 200 campesinos, todos los cuales fueron fusilados en el Fortín de Acosasco por el coronel somocista sanguinario genocida Pedro Nolasco Romero.

 

El fatídico Terremoto del 23 de diciembre de 1972, fue precedido por las luminosas auroras lanzadas al espacio nacional por Carlos Fonseca Amador, jefe de la Revolución Popular Sandinista, quien publico en los primeros días de enero: “Sandino, guerrillero proletario”, “Reseña de la secular intervención norteamericana en Nicaragua” y “Notas sobre la carta testamento de Rigoberto López Pérez”.

 

En esos mismos días yo escribí un reportaje sobre la búsqueda de los restos del General Augusto C. Sandino en los alrededores de lo que fue el Aeropuerto Xolotlán, frente a las Lomas de Chico Pelón. Este reportaje de búsqueda de Sandino se convirtió, como ya dije,  en parte de un libro de varios autores, llamado: “El Asesinato de Sandino”.

 

El 24 de enero estalló la Huelga de Hambre de los Reos Políticos sandinistas en la Cárcel Modelo de Tipitapa, los cuales eran respaldados por sus madres.

La lucha crecía en contra de la tiranía, y por ese motivo el 5 de febrero se produce la Huelga de las Auxiliares de Enfermería de Managua, las cuales solicitan se les resuelven 15 peticiones, entre otras aumentos salariales, cese de las represiones internas, y la guardia genocida del somocismo responde agrediendo a culatazos, patadas y puñetazo a las enfermeras, médicos y auxiliares de enfermería del Hospital del Seguro Social, ubicado entonces de la Iglesia San Antonio hacia el sur, como quien iba rumbo a la Policlínica Central, todo lo cual relato detalladamente en mi libro: FETSALUD Heroica, Escuela de luchadores rebeldes.

 

Se registraron Huelgas de Hambre de las auxiliares y enfermeras en varios departamentos; los taxistas de León se fueron a paro por aumento de precio en la gasolina, la guardia somocista asesinó a los campesinos Carlos Alberto Martínez y Sergio González Dávila,  en El Crucero, Managua.

 

En el mes de octubre comenzó un movimiento de las Madres de Reos Políticos Sandinistas, las cuales pedían una “Navidad sin reos políticos”, exigencia que tuvo amplia resonancia en los medios de comunicación nacionales, incluido NOVEDADES, cuyos periodistas acusaban a los presos de “sandino-comunistas”, “terroristas”, “agentes de comunismo internacional”.

Las protestas se generalizaron por el país porque la guardia del somocismo incendió centenares de ranchos campesinos en Pantasma, Potosí  (Noroeste de Chinandega en el Golfo de Fonseca), Jinotega y Matagalpa. En este último Departamento estas acciones criminales eran jefeada por Juan Palacios, “Jueces de Mesta”, “Orejas” de la Oficina de Seguridad y la misma Guardia Nacional somocista genocida.

“Jueces de Mesta” sujetos campesinos, hombres y mujeres, muy leales al régimen somocista, que presuntamente hacían de “amigables mediadores en conflictos de ganaderos y propietarios de fincas”, y que en realidad eran espías, informantes de la Guardia Nacional y de la Oficina de Seguridad (OSN), e integraban “escuadrones de la muerte” y mataban gente por su propia cuenta.

“Orejas” eran espías o informadores oficiosos (pagados) y adhonorem de la Guardia Nacional y la OSN, especialmente en las ciudades departamentales y municipales en que hubieran actividades políticas o protestas opositoras al régimen militar somocistas, especialmente para denunciar a los militantes y simpatizantes del Frente Sandinista de Liberación Nacional, por supuesto, totalmente clandestino en ese momento. Estos “orejas” eran mayoritariamente militantes del Partido Liberal Nacionalista, jefeado por Anastasio Somoza Debayle.

 

El país se conmocionó más cuando el 10 de noviembre una abundante manifestación de pobladores pobres bajó de las Lomas de El Crucero, específicamente de Torres Molina y Loma Linda (hoy Camilo Ortega y Sierra Maestra), para denunciar la bárbara explotación a que estaban siendo sometidos por el lotificador somocista Humberto Torres Molina, quien para obligarlos a pagar “contratos leoninos” les había cortado la tubería de agua potable. Humberto Torres Molina era uno de los fieles aliados de Anastasio Somoza Debayle.

 

En el mismo mes de noviembre se formó el Comité Nacional Pro-Libertad de Reos Políticos, el cual lanzó la campaña de “Navidad 72 sin Reos Políticos”. A mediados de diciembre de 1972 estalló la Huelga de Reos Políticos, entre los cuales estaban: Daniel Ortega Saavedra, Tomás Borge Martínez, Lenín Cerna Juárez, Jacinto Suárez Espinoza y José Benito Escobar Pérez. Borge Martínez y Escobar Pérez eran fundadores del FSLN y Daniel Ortega Saavedra ya era miembro de la Dirección Nacional Histórica del FSLN clandestino.

Estos mismos reos políticos del cada vez más potente Frente Sandinista político-militar se declaraban en huelga de hambre por segunda ocasión, debido al trato brutal, de torturas y hambre impuesta a que estaban siendo sometidos por el régimen de la “Estirpe Sangrienta” de los Somoza y la Guardia Nacional somocista sanguinaria genocida, creada, entrenada, financiada y sostenida como Ejército interventor permanente por el gobierno criminal de Estados Unidos desde antes del asesinato del General Augusto C. Sandino.

 

Encarcelado  horas antes del Terremoto

 

El propio día del Terremoto del 23 de diciembre de 1972 fui a parar a las cárceles fatídicas del “Hormiguero”, uno de los sitios de torturas preferidos por oficiales de la GN del somocismo. Estas cárceles eran dirigidas personalmente por el coronel genocida Nicolás Valle Salinas.

 

“Hormiguero” era una cárcel con características rústicas y brutales. Las Paredes externas, especialmente por los lados Norte y Este, frente a la Academia de la guardia somocista genocida y de la Compañía Automotriz, eran de “piedra cantera”.

Frente a la Compañía Automotriz, la enorme pared del “Hormiguero” tenía una especie de “joroba” y huecos, por donde los presos lanzaban a la calle cartuchos amarrados con mecates o hilos, mediante los cuales pedían cigarros, comida o enviaban mensajes escritos a la calle.

 

Una de mis fuentes cotidianas de búsqueda de información eran los Mercados Central y San Miguel, situados entonces de donde es hoy el Edificio de PETRONIC hacia el Oeste-sur.

 

Eran las nueve de la mañana del 22 de diciembre de 1972. Me fui a la Librería Argeñal, ubicada en una esquina de la Calle 15 de Septiembre, en busca de algún libro para leer.

 

Iba a pie y solo, con mis dos cámaras fotográficas colgadas, una grabadora chiquita, una libreta, dos lapiceros y más de 500 córdobas en los bolsillos.

Estaba buscando libros, cuando repentinamente vi un gran bochinche callejero frente a la Sección de Policía de la Guardia Nacional en el Mercado San Miguel. Caminé presuroso hasta el sitio, donde me di cuenta que eran varios productores-comerciantes discutiendo acaloradamente por el precio de numerosos quintales de frijoles que uno de ellos había vendido a otros. Uno de ellos alegaba que le habían robado. El grupo se fue haciendo cada vez más grande y más bullicioso.

 

Del cuartel o Sección de Policía salió un teniente GN, quien bajo amenaza de cárcel obligó a los bochincheros a que pasaran dentro de la unidad militar.

 

Yo me fui detrás del grupo de pleitistos hacia el interior de la Sección de Policía. Ya estando dentro, me subí a una especie de “tabanco” o “tapesco”, desde donde comencé a hacer fotografías del pleito, mientras el guardia escuchaba.

 

Los relámpagos o luces del flash no le gustaron para nada a otro oficial de la guardia somocista genocida, quien se subió al tabanco garand en mano y con él empezó a darme de culatazos, patadas y bofetadas, hasta que me tiró al suelo.

 

Me arrebató las cámaras y la grabadora y las estrelló contra el piso, donde se quebraron. Con lujo de violencia, tal como estilaban siempre, me lanzaron a patada limpia hasta una celda hedionda, llena de defecaciones, donde sólo había un hoyo al ras del piso para defecar.

 

El incidente conmigo prácticamente dispersó a los productores comerciantes embochinchados, los cuales buscaron la calle, según pude ver desde dónde me habían metido.

 

Me imagino que esta misma gente me identificó y llamó telefónicamente al Diario LA PRENSA, donde el doctor Danilo Aguirre Solís, el licenciado Agustín Fuentes Sequeira, la Angelita Saballos, Manuel Salazar y Anuar Hassan Morales comenzaron a moverse para que me pusieran libre. También denunciaron mi prisión en noticieros radiales  como Radio Informaciones, Noticiero Extra y La Verdad, dirigidos, respectivamente, por Rodolfo Tapia Molina, Rolando Avendaña Sandino y Joaquín Apsalón Pastora.

 

Eran las once de la mañana cuando me trasladaron en una “zaranda” (microbús-cárcel rodante) de la Guardia Nacional hacia las cárceles del Hormiguero, ubicadas esquina opuesta a la Academia Militar de la Guardia y de la Compañía Automotriz, relativamente cerca del Mercado San Miguel.

 

Me metieron a una de las horrendas celdas del Hormiguero, las cuales, por dentro, eran unos huequitos rectangulares, construidos de piedra cantera, una  sobre de otra, sin hierro, pero con verjas de hierro en cada una de las entradas a las celdas.

Esas cárceles del Hormiguero eran famosas en Managua, pues en ellas metían presos comunes, prisioneros políticos como Daniel Ortega Saavedra y Tomás Borge Martínez, quienes fueron torturados allí por el célebre torturador Gonzalo Lacayo, uno de los hombres más feroces y atroces de la Oficina de Seguridad de Anastasio Somoza Debayle.

 

Por haber leído sobre el asesinato de Sandino por parte de Anastasio Somoza García, la Guardia Nacional, o ejército interventor,  y los yanquis invasores en febrero de 1934, yo sabía que en ese sitio habían metido también al célebre General de Hombres Libres después de capturarlo a traición en la bajada Norte de la Loma de Tiscapa.

Asimismo, debido a que yo, en mi calidad de reportero del Diario LA PRENSA, visitaba casi diariamente esta cárcel en medio de la bulliciosa Managua, donde también estaban las Oficinas de la Central de Policía, encabezada por Nicolás Valle Salinas en esos días.

Serían las dos de la tarde cuando me pasaron un guineíto verde, cocido, con un puñito de arroz y frijoles y un montoncito de sal en un lado de los frijolitos. Me llevaron asimismo un vasito con agua, el cual bebí ansioso, pues no había bebido agua desde que me echaron preso a las nueve de la mañana.

Esas cárceles hedían como a barraco por los orines y defecaciones humanas. Estaban presos centenares de delincuentes, especialmente carteristas.

 

Estaba buscando cómo acostarme en la piedra mugriente de la cárcel, a las nueve de la noche, cuando repentinamente escuché la voz sonora, arrogante, de un guardia frente al portón de la celda: “¿Quién es Pablo Emilio Barreto…? El Coronel Valle Salinas quiere verlo”. Valle Salinas era el Jefe de la Policía de la Guardia Nacional en Managua.

El guardia abrió la verja de la celda y me dejó salir. “Venga conmigo”, me dijo. Me llevó hasta la oficina de Valle Salinas, donde estaban  varios funcionarios del Diario LA PRENSA, quienes llegaron después de las gestiones hechas por Agustín Fuentes Sequeira, Hermógenes Balladares y el mismísimo doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal.

“Aquí te vienen a traer…te dejamos libre, para que veas cómo es de generosa la Guardia Nacional, a pesar de las acusaciones frecuentes del Diario LA PRENSA”, me expresó Valle Salinas.

 

¿Por qué me echaron preso?, le pregunté a Valle Salinas. “Por invasión a un cuartel o Sección de Policía de la Guardia Nacional”, me respondió. “Ah…”, le respondí.

Por supuesto, ni tocar el tema de las cámaras fotográficas y la grabadora destruida, ni de los 500 córdobas que me habían sacado de la bolsa, ni de los apuntes en mi libreta.

 

Los afiliados de la Asociación de Vecinos de Bello Horizonte me estaban esperando, preocupados primero y alegres al verme retornar, lo cual fue aprovechado para un brindis en el parquecito Sur, bautizado después con el nombre de Marta Lucía Corea. Eran ya casi las doce de la noche. Me fui a mi casa H-II-20, donde también me esperaba María Elizabeth Mejía Rivas, mi primera esposa, quien estaba cuidando a Pedro Pablo, mi primer hijo de apenas 10 meses de nacido.

 

Rescatando muertos en los escombros

 

Había hambre, desempleo generalizado, pobreza extrema, prostitución, corrupción, fabuloso enriquecimiento de la familia Somoza y sus allegados, cuando repentinamente, a las doce y media de la noche del 23 de diciembre de 1972, el subsuelo de Managua, las Fallas Geológicas de los Bancos, la del Estadio, la de Chico Pelón, comenzaron a corcovear, poniendo a la Capital contra el suelo, llena de miles de muertos, heridos, golpeados y en confusión total, mientras se iniciaban los incendios incontrolables…

 

Salí corriendo de la casa, semidesnudo, con mi hijo Pedro Pablo en brazos. A María Elizabeth casi le cae encima la pesada loseta de cemento del techo.

La loseta se resbaló por la pared del lado norte y quedó sostenida en la misma pared y en los muebles. Antes de que ésto ocurriera, en segundos, yo había ganado el patio delantero de la vivienda.

Al producirse la réplica, la loseta terminó de caer, pero María Elizabeth y yo, con Pedro Pablo, ya estábamos en la calle, mientras el miedo, el pánico, los gritos de dolor, los gemidos de angustia se multiplicaban en Managua, en medio de polvaredas, incendios y electrocutamientos.

 

En Bello Horizonte no hubo muertos. Hicimos un recorrido rápido, de unos diez minutos, por las casas de los amigos, vecinos y afiliados de la Asociación de Vecinos y pudimos comprobar que estaban vivos.

Llamé por teléfono a mi madre, ubicada en la Colonia Luis Somoza (hoy Diez de Junio), para saber cómo estaban ella y mis hermanos: Josefina, Ángela, Mauricio, Leopoldo, Julio y Anita. “Dichosamente, aquí la casa sólo se rajó en las paredes…no se cayó. Estamos bien. Estamos en los patios delantero y trasero de la casa”, me respondió mi madre, Rosa Pérez Juárez.

“Temo que mi madre y mi hermana hayan muerto”, me dijo Guillermo Baltodano Serrano, presidente de la Asociación de Vecinos, cuando finalizábamos el recorrido por las calles de la ciudadela de Bello Horizonte.

 

“Acompañame al centro de Managua, a la Calle Quince de Septiembre”, me pidió Baltodano Serrano. Los gemidos humanos se mezclaron con el silencio impuesto por el Terremoto a las radioemisoras locales.

El sacudión terráqueo de 6.2 había sido horrible. No sabíamos cómo estaba el centro de Managua. Me aseguré de que Elizabeth y mi hijo Pedro Pablo quedaran resguardados, en compañía de los vecinos más cercanos que ya estaban acomodados en el Parque Sur, hoy conocido como Marta Lucía Corea Solís.

 

Cuando íbamos por la Iglesia de El Calvario empezamos a ver el desastre. Casas de taquezal y edificios en el suelo, postes de los tendidos eléctricos y telefónicos cruzados, oscuridad completa, llantos de dolor como en un valle de lágrimas, una nube de polvo inmensa ascendía al cielo y hacia el Oeste pudimos ver que largas lenguas de fuego ascendían al espacio con columnas de humo negro y blanco.

 

Aullaban los perros todavía vivos. Aquellos aullidos eran como un lamento interminable de los perritos que emitían gemidos de dolor porque una solera les había caído encima.

La angustia y el dolor inmenso estaban apoderados de al menos de un centenar de miles de personas. Las casas de taquezal, de bloques, de tablas o ranchitos, estaban en el suelo, como que hubiesen sido triturados, desbaratados por un gigante, y debajo de los escombros estaban los seres humanos muertos, los heridos, los enseres domésticos desbaratados… y también los animalitos domésticos, como perros, gatos, loras, pajaritos, cerdos, asimismo estaban muertos, o aullaban del dolor por estar igualmente prensados por soleras y paredes.

 

Quienes habían quedado vivos, se sentían dichosos, pero la angustia y el miedo les destrozaban el alma mientras con cobas, macanas, palas y machetes intentaban mover una solera, un horcón, una pared, un ropero, una cama, una refrigeradora, para sacar el cadáver de la madre, del padre, del abuelo, de la tía, de la hermana, la sobrina, al pariente, al amigo, aquello era sencillamente dantesco.

 

Llevábamos una lamparita de mano. Apenas íbamos caminando, sobre escombros, reglas, tablas y paredes partidas, sobre clavos parados y acostados, sobre tejas de barro o láminas de zinc, sobre postes y alambres eléctricos, y la gente, de todas las clases sociales, suplicaban: “Alúmbrenos, ayúdenos, ¡socorro!, nuestros familiares quedaron enterrados”.

En el pedazo entre la Iglesia El Calvario y El Abanico ayudamos a no menos de 20 familias angustiadas a sacar  sus muertos de los escombros. Allí en El Abanico pude ver el semblante de Guillermo Baltodano Serrano lleno de temores.

 

Llevábamos una coba, un machete y un hacha. “Apresurémónos”, me dijo angustiado, “lleguemos adonde están mi madre y mi hermana”.

Dejamos de ayudar cuando eran más o menos la una y media de la mañana. Caminando sobre escombros, machucando cadáveres y hasta heridos, no deteniéndonos ante las súplicas de socorro, nos guiamos por lo que conocíamos de la Calle Quince de Septiembre.

Mientras caminábamos, a mí me lucía aquello un verdadero infierno de dolor, lágrimas, desolación e impotencia de no poder hacer nada, porque de nada servía rescatar gente viva, porque no habían médicos, ni medicinas, ni agua siquiera para lavar las heridas.

Vi cómo estaba en el suelo la llamada Iglesia del Nazareno. Me causó impacto profundo ver cómo había quedado, como un sánguche, el Hotel Reisel, donde casi siempre se mantenía lleno de gente hospedada y que visitaba cotidianamente su restaurante.

Este Hotel tenía varias pisos, los cuales quedaron como que los hubieran comprimidos de arriba hacia abajo, y los cadáveres colgaban prensados en la mitad del cuerpo. Aquellas escenas horribles me indicaban que los huéspedes intentaron lanzarse por las ventanas cuando el sacudión geológico derrumbó todos los pisos del Hotel Reisel.

 

Los cadáveres, más de 15, presentaban un aspecto tétrico, de horror reflejado en el rostro convulsionado.

Baltodano y yo sólo veíamos una partecita del drama colosal por  donde  íbamos caminando, mientras a esa hora ya se elevaban columnas de fuego, las cuales salían, mezcladas con explosiones, de los dos antiguos Mercados Central y San Miguel, y de los comercios de turcos y personajes nacionales, cercanos al Hotel Reisel.

Al Oeste, en medio de la oscuridad llena de lamentos, de olor a sangre y vibrar de explosiones, pude ver que asimismo salían lenguas de fuego del Hotel Balmoral, un edificio nuevecito, de varios pisos, relucientes de lejos, pues por el cobre de las ventanas parecía estar revestido de oro.

 

Un poco al oeste del Reisel, en la misma Calle Quince de Septiembre, no recuerdo exactamente dónde, estaba la casa de la mamá y hermana de Guillermo Baltodano Serrano.

 

Casi todas las viviendas de taquezal y edificios de este sector estaban en el suelo, y se oían los lamentos interminables, mientras se veían por millones las cucarachas y ratones cuando uno dirigía la lamparita hacia el suelo.

 

Llegamos. Quedamos mudos al ver la casa derrumbada en unas partes y en pie otras. “Deben estar muertas…seguramente”, exclamó Guillermo con voz temblorosa. “Tal vez no”, le respondí yo, en un intento de darle ánimo.

La puerta de entrada estaba entrampada completamente. La derribamos con la coba, el hacha y un machete. Con los mismos instrumentos metálicos, a paso muy lento y con desesperación, nos fuimos abriendo paso hacia el aposento en que estaban las dos mujeres: la mamá y hermana de Baltodano.

Era evidente que las soleras, horcones y tejas se les habían venido encima. Luchamos hasta llegar donde estaban los cadáveres. Ya no había nada qué hacer. En la oscuridad, pude ver que gruesas lágrimas cubrían el rostro de Baltodano Serrano.

Desconsolados y a la vez convencidos de que la desgracia dantesca era general, nos dedicamos a ayudar a decenas de familias de allí de los alrededores del Hotel Reisel, cuando ya eran más o menos las tres de la mañana.

 

Bajo toneladas de escombros, fuimos encontrando que centenares de familias ya tenían preparados sus regalos, y los arbolitos navideños para ese 24 de diciembre de 1972.

 

A las cuatro y media de la mañana decidimos caminar sobre escombros hacia el Oeste, para el lado de las cárceles del Hormiguero.

 

Primero giramos hacia dónde fue la Farmacia Managua, donde con espanto pudimos ver que el segundo piso estaba fundido con el primero, y en las orillas sobresalían unos diez cadáveres de personas que al parecer intentaron salvarse en veloz carrera hacia la calle.

Debajo y encima de los escombros del Hormiguero habían centenares de cadáveres de los que estaban presos, unos aplastados por los derrumbes y otros pasconeados a balazos cuando intentaban huir hacia la calle. Allí estaba preso Francisco “Chico Garand” Guzmán Fonseca, quien logró evadir los derrumbes y el diluvio de balazos de los guardias contra los presos.

“Chico Garand” Guzmán Fonseca había sido guardia, francotirador de la GN. Había sido enjuiciado y condenado a prisión por sus simpatías con David Tejada Peralta, quien era teniente GN y abogado  cuando asesinado personalmente por el Mayor Óscar Morales Sotomayor. “Chico Garand” al 79 estaba convertido en uno de los jefes de la Insurrección Sandinista en Managua, para derrocar a la dictadura militar somocista genocida.

 

Según pudimos observar, las descargas de balazos fueron hechas desde los torreones de vigilancia, los cuales habían quedado en pie. En esos torreones estaban los guardias somocistas genocidas que vigilaban hacia adentro y fuera de las cárceles del Hormiguero.

Giramos hacia el Hotel Balmoral, en la Avenida Bolívar, donde bomberos y cruzrojistas intentaban apagar el incendio y auxiliar a centenares de huéspedes de este moderno hotel capitalino.

El Mercado Böer había caído como naipe. El Colegio Divina Pastora, de varios pisos, regentado por monjitas, estaba también en el suelo, el edificio de la Corte Suprema de Justicia estaba dañado, pero en pie.

Dimos la vuelta por el lado del Cine Blanco, por donde no menos del 90 por ciento de las casas y edificios estaban en el suelo, mientras la Tierra seguía corcoveando con réplicas sísmicas, acentuando el terror, el miedo profundo, de que éramos víctimas los managuas sobrevivientes del Terremoto de aquel fatídico 23 de diciembre de 1972.

 

Vimos en el suelo el Monte de Piedad, la edificación de Radio Mundial, los Dormitorios Públicos, el Centro Destilatorio Nacional (guaro  lijón), la Casa del Partido Liberal Nacionalista (somocista de los Somoza), el local de la Radio Centauro…

…Y finalmente, el mundo se me terminó de venir encima al ver cómo había quedado el edificio del Diario LA PRENSA, donde yo laboraba y me ganaba el sustento cotidiano.

En medio de los escombros pude ver a numerosos trabajadores ya luchando por rescatar algunas máquinas, entre otras los linotipos, los levantadores de texto, la fotomecánica, los equipos del Cuarto Oscuro o laboratorio fotográfico.

 

Aquella alucinación realista no terminaba para mí, pues caminando hacia el Parque Central pude entererarme de que el Club Terraza había quedado como un sánguche aplastado y con decenas de personas dentro, las cuales bailaban y bebían al momento del portentoso Terremoto del 23 de diciembre de 1972.

Parte de la Catedral desplomada, el arrogante edificio del Club Social de la Burguesía igualmente en el suelo, el estupendo Ayuntamiento del Distrito Nacional había caído como castillo de naipes, la Escuela de Bellas Artes derrumbada, y enrumbando por la Avenida Roossevelt, estrechísima como el resto de avenidas y calles de aquella Managua Vieja; pudimos que habían postes atravesados, la mayoría de edificios y centros comerciales derrumbados o muy dañados, y lo más sorprendente, casi todo el edificio del Banco Central en el suelo, mientras el edificio del Banco de América se veía intacto, ¿qué pasó?, me pregunté yo y le pregunté a Guillermo Baltodano Serrano, “Ah, me respondió, es que el Banco de América fue bien construido porque es de la gran oligarquía, en cambio la construcción del Banco Central es del Estado, y en estos casos si una columna necesita 10 varillas de hierro, le colocan sólo tres o cuatro, el resto se lo roban. Así de simple es la explicación, hermano”.

“Por este motivo, más la construcciones de taquezal, es que ves la mayoría de las casas y edificios caídos. Si todas las casas y edificios hubiesen sido construidos como el Banco de América, los daños hubieran sido muchísimo menores”, me argumentó Baltodano Serrano mientras seguíamos impactándonos cada vez con aquellas imágenes horrible de la Managua pequeña y concentrada, en el suelo, desbaratada por el Terremoto.

 

¿10 mil muertos? ¿20 mil muertos?

 

En la misma madrugada comenzó el saqueo de los centros comerciales dañados por el Terremoto. Hombres, mujeres y niños, “terremoteados” o no, desafiando el peligro entraban a los edificios comerciales destruidos o semidestruidos, mientras se producían las réplicas violentas del Terremoto.

 

El mayor peligro para ellos estuvo cuando aparecieron centenares de guardias somocistas sanguinarios genocidas en el escenario de destrucción, después de que, se suponía, Somoza Debayle había perdido el control de los cuarteles de la Guardia Nacional en Managua.

Con el pretexto verbal de impedir el saqueo, los guardias, encabezados por Ronald Sampson, cuñado de Somoza Debayle, disparaban a quienes iban cargando electrodomésticos, ropa confeccionada, joyas, muebles, etc. y, por supuesto, esos guardias se quedaban con lo saqueado.

 

Los bomberos y socorristas de la Cruz Roja, estos últimos jefeados por Guillermo Balmaceda, no daban abasto para rescatar tanta gente de los escombros y tampoco ajustaban sus recursos y cantidad de elementos humanos para  dar atención primaria a los heridos mortales y leves.

 

Los heridos más graves los iban colocando en sitios abiertos como en el Instituto Loyola, porque los Hospitales El Retiro, Fernando Vélez Páiz  y del Seguro Social estaban en el suelo, y también habían provocado una mortandad al quedar como sánguches contra el suelo conmovido de Managua.

En medio del caos y del valle de lágrimas, aparecieron, camiones y palas mecánicas del Distrito Nacional, cuyo edificio, llamado entonces Ayuntamiento de Managua, estaba asimismo derrumbado frente al Parque Central.

 

También aparecieron camiones volquetes del que se llamaba entonces Departamento de Carreteras, cuyas edificaciones y planteles quedaron en pie en las cercanías del Estadio Nacional.

Al mismo tiempo, más o menos a las ocho de la mañana, empezaron a ponerse de manifiesto las dudas o confusiones acerca de los muertos, cuyos rostros eran irreconocibles porque estaban destripados o debido a que centenares de cadáveres no eran reclamados por nadie en aquel mar de escombros, de incendios, cenizas, olor a sangre y muertos y de llantos incontenibles.

Esa misma mañana, con el Sol alumbrando imperturbable a  159 millones de kilómetros de distancia  de nuestra Madre Tierra, y mientras la Tierra sequía girando sobre sí misma y trasladándose alrededor del Astro Rey a 107 mil kilómetros por hora en el Universo Infinito, las angustias multiplicadas por seres queridos se convirtieron en arranques de histerismo colectivo al conocerse que centenares o miles de hombres, mujeres, ancianos, niños y jóvenes, estaban atrapados vivos bajo toneladas de escombros.

En algunos casos resultó ser real que estaban atrapados vivos en decenas de toneladas de escombros, pero en la mayoría de las situaciones estaban muertos bajo las soleras, paredes de adobes y concreto, o porque un horcón les había caído encima cuando corrían buscando la calle.

Esa misma mañana ya se decía que la cantidad de muertos podrían ser 20 mil, otros decían 10 mil y los más audaces hablaban de 30 mil muertos.

Me parecían alucinantes las escenas que comencé a ver cuando trabajadores del Distrito Nacional y personas “voluntarias” empezaron la labor de echar los cadáveres en los camiones de volquetes, ya fuese con grúas o lanzados como fardos con brazos fuertes y sin miramientos hacia el fondo metálico de los automotores.

 

Tumbas colectivas

 

Casi al mismo tiempo, con ritmo acelerado de piochas, fueron abiertas tumbas colectivas en el Cementerio Occidental, donde los cadáveres, vestidos unos y desnudos otros, eran echados por decenas o centenares.

 

Decidí retornar a Bello Horizonte, yéndome a pie por el Gancho de Caminos.  Me fui encontrando con rajaduras muy largas y anchas en el pavimento y en el suelo por donde fue la “Mansión Somoza”, después bautizada como Casa Ricardo Morales Avilés.

 

Mientras más caminaba hacia Ciudad Jardín,  Paraisito, El Edén, Barrio Santa Bárbara, la Colonia Salvadorita (hoy llamada Cristian Pérez Leiva), Maestro Gabriel, Nicarao, Catorce de Septiembre, Barrio Santa Rosa y el mismo Bello Horizonte, la destrucción por el Terremoto, por supuesto, era menor.

Al llegar a Bello Horizonte, ya tarde, hambriento, sediento, con olores a sangre y muertos, me encontré con que las mujeres del vecindario, ya tenían “dormitorios” y cocineros en las calles, para no meterse dentro de las casas, muchas de ellas semidestruidas.

Mi primera esposa, María Elizabeth Mejía Rivas, estaba desesperada, nerviosa. “Sólo falta que la tierra se hunda con nosotros”, expresó al verme regresar. Pedro Pablo, tierno, no paraba de llorar al ver asustados a los vecinos y su madre.

Ese mismo día había comenzado un éxodo gigantesco de los managuas “terremoteados” hacia sitios como Masaya, Tipitapa, OPEN III (hoy Ciudad Sandino), Granada, La Paz Centro, León, Chinandega, Diriamba y Jinotepe, entre otras ciudades cercanas y lejanas de la Capital destruida.

 

En la calle de mi casa en Bello Horizonte vivía una profesora cuya familia residía en Masaya. Ella misma me ofreció su casa en Masaya, hacia donde nos fuimos al tercer día del Terremoto.

Para entonces, al mismo tiempo, se habían formado filones de damnificados pidiendo comida, ropa y alojamiento en las cercanías de la Explanada de Tiscapa, donde tenía su sede principal la Guardia Nacional de la dictadura  del somocismo genocida.

Dos de los acontecimientos inolvidables de aquellos días fueron los hechos de que los primeros en llegar con ayudas fueron cubanos, y que entre Puerto Rico y Managua había caído el avión en que venía el famoso pelotero Roberto Clemente, quien venía con ayuda para los damnificados de la Capital nicaragüense.

Los cubanos fueron los primeros en llegar con ayuda al Aeropuerto Sandino, entonces llamado “Las Mercedes”. Recuerdo que Somoza Debayle  se vio obligado a aceptar las donaciones y ayudas médicas cubanas, pero inmediatamente el “Chigüin”, Anastasio Somoza Portocarrero, trató de impedir el acceso de los médicos cubanos a la zona destruida por el Terremoto.

Los médicos cubanos fueron enviados a la Colonia Máximo Jerez, que no había sido dañada gravemente, como una forma de impedir su vinculación con los heridos y damnificados, pero éstos de todas maneras llegaron a buscarlos.

 

A Masaya sólo llevamos ropa, unas cuantas colchas, nada de dinero, porque no hubo tiempo de que nos pagaran el salario en el Diario LA PRENSA, pues estaba previsto que nos dieran el sueldo el 24 de diciembre.

Empecé a viajar a Managua en autobuses, los cuales llegaban hasta la periferia por el lado del Camino de Oriente.

 

De allí era necesario caminar hasta el centro capitalino “terremoteado”, en torno al cual fueron apareciendo los famosos cercos de alambres, instalados por empleados del Distrito Nacional y guardias nacionales somocistas por órdenes de Anastasio Somoza Debayle y su cuestionado Comité de Emergencia Nacional, que se convirtió en su principal instrumento de robo en aquel momento dramático para los managuas.

 

La ayuda para los damnificados comenzó a llegar por miles de toneladas y centenares de millones de dólares desde Estados Unidos, Canadá, México, Europa, el Caribe, Centroamérica y América del Sur, toda la cual era centralizada y robada por Somoza Debayle y su pandilla del Partido Liberal y de la Guardia Nacional somocista genocida.

Mientras yo iba y venía de Masaya, las cuadrillas del Distrito Nacional y del Departamento de Carreteras demolían los escombros, recogían todo lo que encontraban, incluyendo cadáveres de seres humanos y animales, los cuales eran demolidos también y echados a los camiones basureros del fenecido Ayuntamiento de Managua.

 

Apareció, inclusive, en medio de la demolición y llantos de la gente humilde, una compañía de demolición, propiedad de Somoza Debayle, destinada a hacer negocios hasta con la demolición, independientemente de que les gustara o no a los propietarios de casas, edificios y centros comerciales de la vieja Managua.

En Masaya,  el profesor Ricardo Trejos Maldonado y yo, escribimos un periodiquito de cuatro páginas, en las cuales informábamos de los daños causados por el Terremoto y de cómo se estaban ya robando las ayudas para los casi 300 mil damnificados.

El gobierno corrupto, de ladrones y opresores de Somoza Debayle, inició el año 1973, para ser más exactos el 10 de enero, con la promulgación de un “decreto de emergencia para la reconstrucción”, mediante el cual se derogaban varios artículos del Código del Trabajo, particularmente el relacionado a las 48 horas laborales semanales y algunos días feriados.

Somoza Debayle ordenó que la jornada laboral subiera de 48 horas a 60 horas semanales, lo cual significaba un retroceso extraordinario en las conquistas sociales de los trabajadores, quienes, precisamente, han caído asesinados, torturados, “penqueados” o despedidos en el pasado por andar reclamando a los capitalistas la reducción de la jornada laboral de 60 horas semanales a 48 horas semanales.

 

Esto metió al país en una jornada interminable de protestas populares (según veremos más adelante), las cuales se acrecentaron por otro decreto del 23 de enero, mediante el cual Somoza le daba “golpe de Estado” al vergonzoso triunvirato con su “zancudo” Fernando Agüero Rocha, quien llevó al matadero a decenas de miles de personas el 22 de enero de 1967,  día en que la guardia genocida del somocismo mató a no menos de 400 ciudadanos en la Avenida Roossevelt, la vía más importante de Managua antes del Terremoto de 1972.

Casi al mismo tiempo, los periodistas Edgard Tijerino Mantilla y Annuar Hasan Morales me incluyeron en la elaboración de una revista nueva, en la cual se publicaron reportajes sobre la pobreza extrema en el país, datos escalofriantes sobre el Terremoto y una querella en contra del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, Director del Diario LA PRENSA.

 

La querella, incoherente por cierto, era porque no nos habían pagado el salario mencionado de diciembre y las prestaciones sociales respectivas.

Por supuesto, la publicación irritó al doctor Chamorro Cardenal y las relaciones se agriaron, al extremo de que al reabrirse el Diario LA PRENSA, en condiciones muy difíciles, en marzo de 1973, aparentemente, el doctor Danilo Aguirre Solís, jefe de Redacción, había decidido no incluirme en la nómina de periodistas.

 

Tuve que ir a dialogar personalmente con el doctor Aguirre Solís para que me aceptaran nuevamente, porque la verdad fue que yo no tenía intenciones de pelearme con el doctor Chamorro Cardenal.

Una vez más comencé a trabajar bajo la jefatura del doctor Chamorro Cardenal, de Horacio Ruíz Solís, Agustín Fuentes Sequeira y del mismo Danilo Aguirre Solís.

 

Esta vez, recuerdo, comencé a escribir historias dramáticas de seres humanos que estuvieron atrapados en los escombros de Managua. Aquellas historias eran alucinantes, inverosímiles, llenas de horror, llantos y heroísmo humano.

 

También acudía yo a darle cobertura a las reuniones del Comité de Emergencia Nacional, inventado y dirigido por Somoza Debayle, para acopiar las ayudas a los damnificados, centralizar las inversiones nacionales y extranjeras en la reconstrucción de Managua, que en realidad, no se proyectaba como “reconstrucción” en el mismo sitio sino como la construcción de una nueva Managua creciendo como abanico hacia la periferia, tanto al Oeste (OPEN III), al Sur, al Oriente y al Norte.

 

Negociados de Somoza por Terremoto

 

Antes del Terremoto los negociazos de Somoza Debayle y su familia estaban relacionados con las construcciones de repartos, financiamientos de las casas a largo plazo, por medio de empresas, por ejemplo, como VIVISA y Centroamericana de Ahorro y Préstamo.

 

Ahora, por medio del Comité de Emergencia y mil hilos ocultos, Somoza Debayle seguía echándose millonadas de córdobas y dólares a los bolsillos mediante la llamada “reconstrucción” de Managua.

 

Por estos robos sin cesar, descarados, más los pésimos salarios, malos tratos de las jefas y jefes, y la elevación de la jornada laboral a 60 horas semanales, las auxiliares de enfermería y enfermeras se fueron a Huelga el 5 de junio de 1973 en el Hospital Fernando Vélez Páiz, de Managua, e inmediatamente se sumaron el resto de afiliados y simpatizantes del Movimiento de Trabajadores Hospitalarios en todo el país.

 

El 11 del mismo mes de junio, cinco mil trabajadores de la construcción también se fueron a huelga indefinida contra las 60 horas de Anastasio Somoza Debayle, quien le había dado, además, “golpe de estado” al “triunvirato” o Junta de Gobierno fantoche que él mismo había organizado hacía poco tiempo, para lo cual usó al traidor de Fernando Agüero Rocha.

La huelga de la construcción y de las auxiliares de enfermería y enfermeras duró 29 días. Lograron que se derogaran las 60 horas. En ambos casos lograron aunmentos salariales de hasta el 30 por ciento.

 

En este mismo año de 1973 menudearon los escándalos en relación a las casas mal construidas en repartos y colonias como Bello Horizonte, Altamira, Los Robles, Primero de Mayo, Diez de Junio (Luis Somoza, se llamaba), Cinco de Diciembre, Ciudad Jardín

En el caso de Bello Horizonte me tocó comenzar una pelea frontal contra las compañías de la familia Somoza Debayle porque no nos quería quitar las aterradoras planchas o losetas que las viviendas tenían como techos, y que habían caído provocando el derrumbe de las paredes de concreto armado.

La pelea la encabezamos Guillermo Baltodano Serrano, el doctor Álvaro Ramírez González y yo, en representación de la Asociación de Vecinos de Bello Horizonte, una de las más ejemplares organizaciones populares de aquellos días aciagos en Managua.

En noviembre de ese año 1973 desde una avioneta regaron decenas de miles de papeletas en que a Baltodano Serrano y a mí se nos acusaba de “subvertir el Orden Público” y de ser “comunistas” porque estábamos demandando el cambio de los techos al ser reconstruidas las casas, que en ese momento estaban siendo pagadas a “Centroamericana de Ahorro y Préstamo”, empresa propiedad de la familia de Somoza Debayle.

Este tipo de papeletas las habían lanzado (desde avionetas) antes contra nosotros dos, en diciembre de 1971. Entonces nos acusaban de estar azuzando a los vecinos a no pagar “intereses” leoninos por el pago de las casas.

Después establecimos claramente que en el primer caso la papeleta fue elaborada por el periodista tránsfuga Ignacio Briones Torres por encargo de Somoza.

 

En el segundo caso, que en realidad fue el primero, las papeletas fueron elaboradas e impresas por el periodista Julio “Venado” Vivas Benard, quien estaba al servicio completo del General Somoza Debayle.

 

Posteriormente, Ignacio “Nacho” Briones Torres confesaría en rueda de periodistas: “Gracias a las actividades de Pablo Emilio Barreto en Bello Horizonte, a mí me regalaron, en el Banco de la Vivienda, una casa valorada en 250 mil córdobas… Esa es mi casa en el Reparto Santa Clara”.

 

Los vecinos de Bello Horizonte, la mayoría profesionales, respondieron con gallardía y exigieron respeto a Somoza Debayle, pues se sentían agredidos por el dictador o tirano del somocismo genocida.

Niños escolares estudiando en Honduras

 

En esos días de noviembre, recuerdo como ayer, me tocó viajar en camioneta de pasajeros y a pie hasta la Comarca Palo Grande, ubicada a la orilla del Río Negro, fronterizo con Honduras por el Norte de Chinandega, en las cercanías del Guasaule. La camioneta de pasajeros me dejó en un sitio que no recuerdo. El conductor y el cobrador me indicaron el camino que debía seguir, el cual resultó ser de unos 10 kilómetros para llegar a la Comarca Palo Grande, cercana a la también Comarca Cuatro palos, donde después, en 1980, una banda contrarrevolucionaria yanqui-somocista asesinó a Georgino Andrade Rivera.

Viajé solito hasta allí porque casi un centenar de niños pequeños estaban cruzando el Río Negro para ir a escuelas primarias hondureñas, debido a que el gobierno somocista no garantizaba la enseñanza en el lado de Nicaragua.

 

Llegué a ese sitio un poco después de las cinco de la tarde. En la comunidad me estaban esperando un sacerdote, amigo del doctor Chamorro Cardenal, madres de familia y unos 40 niños, que eran quienes cruzaban diariamente el Río Negro (frontera común) para ir a escuelas hondureñas. Al siguiente día, el cura me montó en un caballo y él fue conmigo a dejarme a la Carretera para que abordara el autobús hacia la Ciudad de Chinandega y de Chinandega a Managua.

 

Por orientaciones del doctor Chamorro Cardenal, el reportaje sobre los niños se publicó con un titular enorme en primera página, más fotos en que se veía a los niños cruzando el Río Negro y dentro de una Escuela en Honduras, más un despliegue explicativo amplio en la contraportada.

 

Esto puso más furioso a Somoza Debayle en mi contra. Me mandó a llamar por medio de su secretario de prensa, un tal Rafael O. Cano. Comuniqué  el asunto a la Junta de Vecinos de Bello Horizonte y ésta decidió que fuesen conmigo el ingeniero Eudoro Espinoza Rojas y otro de apellido Espinoza.

Al llegar a la Hacienda El Retiro, donde Somoza Debayle residía en esos días y tenía la Oficina del Comité de Emergencia Nacional, nos estaban esperando, nos registraron y nos hicieron pasar hasta donde estaba “Tacho”.

 

No se me olvida que en la propia entrada, por un pasillo estrecho, estaba un escolta de civil con fusil en mano, una pistola y un cuchillo al cinto, donde al mismo tiempo tenía varios magazzines llenos de tiros.

 

A unos diez metros de caminar hacia el Sur, llegamos a un tope, donde había otro hombre armado con armas parecidas. Caminamos y llegamos a otro tope, ahora hacia el Este, donde igualmente estaba otro gendarme.

De allí doblamos nuevamente hacia el Sur, donde nos topamos con dos hombres armados junto a una puerta de vidrio gruesa y enorme. Los dos hombres, ya informados, nos registraron nuevamente antes de abrir la puerta. “Pasen”, nos dijo secamente uno de ellos.

 

Al entrar por la pesada puerta de vidrio, pudimos ver que  en el techo de una sala de espera había un enorme tapiz de colores variados. Una mujer desconocida para mí salió a la sala. “Buenos días, don Pablo… El General Somoza lo está esperando. Pasen adelante”, expresó la mujer con tono de amabilidad que yo no esperaba.

Nos hicieron pasar a una oficina espaciosa, grandota, donde Somoza Debayle estaba sentado en un sillón negro al frente de una mesa transparente (de vidrio también).

 

Somoza Debayle se lavantó del asiento. “Adelante. Siéntense”, dijo mientras extendía la mano y nos saludaba de uno en uno a los tres. “Venimos a su llamado, General Somoza”, le dije yo adelantándome a cualquier comentario suyo.

“Te agradezco por acudir”, expresó. “Mirá… te quiero comunicar que la gente que no quiera planchetas en Bello Horizonte…se les van a cambiar. Eso sí, esos nuevos techos les van a ser financiados por el Banco de la Vivienda. Eso incluye tu casa”, expuso Somoza.

 

“…pero, además, te quiero decir…yo no le quiero quitar el bocadito a Alvarito Ramírez González ni a Guillermo Baltodano… son comunistas…mejor no andés vos con ellos”, añadió dirigiéndose a mí directamente.

 

“Mire, General Somoza, los asuntos políticos nada tienen que ver con los reclamos de los vecinos de Bello Horizonte por el asunto de los techos de las casas mal construidas en este reparto de Managua. Le agradecemos por recibirnos, pero no admitimos esa vinculación que usted hace con los intereses del vecindario de Bello Horizonte”, le agregó Eudoro Espinoza.

Somoza Debayle me invitó a estar presente en una reunión del Comité de Emergencia, efectuada poco después de habernos recibido en su despacho.

Cuando Somoza entraba al local del Comité de Emergencia, yo estaba en medio pasillo buscando dónde sentarme. El tirano se acercó, puso su mano derecha sobre mi hombro izquierdo y me reclamó por la denuncia acerca de los niños que iban a estudiar a Honduras.

“Pedro Joaquín Chamorro te está utilizando…debieras, mejor, trabajar en NOVEDADES. Te vamos a pagar bien”, me dijo. “Le agradezco por el ofrecimiento de empleo, pero estoy bien en LA PRENSA, donde me pagan un salario modesto, pero que me da para pagar la casa y la comida de mis hijos…eso de los niños cruzando el Río Negro hacia Honduras es un problema que está allí esperando ser resuelto por su gobierno”,  le respondí, mientras un grupo de sus custodios se acercaba al sitio en que estábamos en medio del pasillo.

En LA PRENSA se estilaba una distribución de las “Fuentes Informativas” a cada uno de los periodistas. En mi caso, me tocaba atender una parte de la “reconstrucción” de Managua, sesiones del Comité de Emergencia, la Cruz Roja, Bomberos, Policía, Ministerio de Salud, Mercados, Turismo, Judicatura de Policía (a cargo del malvado coronel Luis Ocón), Juzgados Penales y Civiles y juicios famosos por crímenes y robos; Corte Suprema de Justicia, Tribunal de Apelaciones de Managua, Aduanas, el Distrito Nacional, el INCEI (granos básicos), Supermercados privados, Centro Comercial-Managua, el Sistema de Ahorro y Préstamos, Comercio en general, el Departamento de Carreteras, el Departamento de Urbanismo, Centrales Sindicales como la CAUS, CUS, CGT (i); la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, particularmente el Centro Universitario de los estudiantes (CUUN Y FER); la Universidad Centroamericana, Juntas Comunitarias en Managua, construcciones de Repartos y Colonias, Jefatura de Tránsito de la Guardia, Central de Policía, Accidentes de Tránsito callejeros, Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua, inundaciones en las calles en época lluviosa, incendios de todo tipo en Managua, las manifestaciones callejeras de protestas, actividades políticas de organizaciones opositoras cívicas como Unión Democrática de Liberación (UDEL).

 

“Inverosímil” y “Plasmaféresis”

 

De vez en cuando me enviaban a darle cobertura a las sesiones del Congreso Nacional (Cámara de Diputados y Cámara del Senado). La Cámara de Diputados era presidida por Cornelio H. Hüeck Sálomon, uno de los elementos somocistas más nocivos que haya conocido y al servicio pleno de la dictadura del somocismo genocida.

Pues allí en esa Cámara comenzó a conocerse uno de los escándalos más sonados del régimen somocista, relacionado con los negociados interminables de la “reconstrucción” de Managua, después del Terremoto.

 

Fue conocido este escándalo como “La Inverosímil”. Fue uno de los tantos “destapes de la olla podrida de la corrupción descarada del somocismo”, después del Terremoto, porque hubo muchos, entre otros la compra-venta de sangre humana de “Plasmaféresis”, una empresa propiedad de Anastasio Somoza Debayle y del cubano-gusano Pedro Ramos.

Cuento ésto, porque como periodista del Diario más opositor a Somoza Debayle y su dictadura militar, me vi involucrado en las denuncias sobre operaciones “inverosímiles” cada vez más descaradas de los somocistas en este asunto de la “reconstrucción” de la Capital “terremoteada”.

En esos días, el país entero se quedó asombrado al conocerse que Cornelio Hüeck Sálomon, hombre de confianza de Somoza, había comprado en 13 mil córdobas las tierras en que se estaban construyendo las Colonias Américas I, Américas II, Américas III y Américas IV.

 

Estas tierras eran algodonales antes del Terremoto del 23 de diciembre de 1,972. Estaban ubicadas al Oriente y Norte, allá “en la montaña”, como era conocido todo lo que estaba más allá de la periferia de la Managua destruida por el Terremoto del 72.

 

Hüeck Sálomon, consumado ladrón al amparo del régimen de oprobio y de infamias incontables, vendió el mismo terreno en 13 millones de córdobas al Banco de la Vivienda de Nicaragua, donde estaba a cargo otro hampón llamado Fausto Zelaya Centeno.

Lo más increíble de “La Inverosímil” fue que un organismo estadounidense regaló varias miles de casitas de madera, sólo de armarlas, para colocarlas en los terrenos de las Américas, destinadas a damnificados del Terremoto del 23 de diciembre de 1972, en  Managua.

 

Sí, regaladas, pero se las vendieron a los damnificados. Y en ésto se pusieron de acuerdo Hüeck Sálomon y Zelaya Centeno. Es decir, además de robarse 13 millones de córdobas en la operación de la compra-venta del terreno algodonero, también le robaron a los donantes y a los pobres damnificados del Terremoto del 23 de diciembre de 1972.

 

Tengo el honroso privilegio de haber visto “nacer” las Américas y centenares de Repartos de burgueses, de profesionales y de “gente medio pelo”, Colonias populares, Barrios Progresivos y Asentamientos Humanos Espontáneos, un poco antes y después del Terremoto de Managua en 1972.

Vi cuando los terrenos de las Américas eran chapodados por los damnificados, y cómo éstos desafiando víboras, alacranes, hormigas y otros insectos peligrosos, se dedicaban, de día y de noche, a emparejar sus terrenitos repletos de lodo, unos, y otros de polvo.

 

Las casitas de madera, de apenas 32 metros cuadrados, brotaban como hongos en terrenos sin emparejar. El gobierno tan sólo mandó a trazar líneas para callejones estrechos, convertidos en callejuelas con el paso del tiempo.

 

En las cuatro Américas, por órdenes del Banco de la Vivienda, fueron instalados puestos de agua colectivos y “baños públicos”, en los cuales había también lavaderos o lavanderos de uso masivo.

El agua salía por las tuberías sólo cuando al ENACAL no se le olvidaba que estos miles de damnificados estaban allí creciendo en una nueva vida. En el día, las mujeres se turnaban para bañar a los niños, lavar la ropa. Para obtener el agua en bidones o baldes, mientras  hacían filas interminables bajo el Sol ardiente.

 

El baño, en la madrugada, era todo un drama. Mujeres y hombres, especialmente los que debían estar listos a las seis de la mañana para irse a sus empleos (0 quehaceres de cualquier tipo), hacían filas larguísimas en espera de tener la oportunidad de bañarse al término de 5 minutos, pues si no lo hacían en ese tiempo comenzaban las protestas y por último los sacaban del interior del baño. Era como estar de “turno al baño” en un cuartel militar.

 

Esos baños cuartitos de madera, con piso de tablas y encima un chorro sin ducha. El agua sucia se amontonaba en sitios bajos dejando sabor a contaminación ambiental. Así comenzaron las Américas I, Américas II, Américas III y Américas IV, hoy conocidas como Américas I, Villa Revolución, Villa Venezuela y Villa José Benito Escobar Pérez.

Este escándalo de las Américas fue explotado, periodísticamente hablando, por el Diario LA PRENSA, por orientaciones directas de su director, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal.

 

Paralelamente surgió otro escándalo, y es que mientras el Director de LA PRENSA, antisomocista convencido y de siempre, inclaudicable, actuaba a fondo contra el régimen de Somoza Debayle,  un grupo de periodistas venaderos del mismo Diario LA PRENSA, recibía dinero de Fausto Zelaya Centeno, director del Banco de la Vivienda, con el fin de callar o minimizar las denuncias que cada vez ponían más entre dicho la “reconstrucción” de Managua.

Cornelio Hüeck Sálomon, Somoza Debayle y toda la pandilla de Generales, Coroneles y Mayores de la Guardia Nacional genocida, funcionarios de alto nivel del régimen somocista sanguinario,  y ricachones (burgueses grandotes) relacionados con el mundo de la construcción, en aquellos días aciagos, posteriores al Terremoto, robaron, robaron y robaron sin cesar, descaradamente, lo que dio motivo a que, inclusive, se hicieran canciones de denuncias del saqueo como “Panchito Escombros”, de Carlos Mejía Godoy.

 

En los primeros meses de año de 1973, Somoza Debayle y su pandilla de ladrones procedieron, además, a dinamitar edificios y casas, con la finalidad de ocultar las pésimas construcciones permitidas por la Dirección de Urbanismo del gobierno somocista, tanto las que estaban destinadas a comercios como viviendas y oficinas en Managua.

 

Ladrones borran vestigios

 

Buscaban cómo borrar vestigios, porque grupos de ingenieros nacionales y extranjeros cuestionaban y denunciaban, mediante análisis físico-matemáticos fríos, acerca de que las construcciones eran pésimas, pues no tenían las especificaciones técnicas en el uso del hierro, el cemento, la arena y las prácticas elementales, por ejemplo, de poner las vigas correspondientes arriba, abajo, en medio y en las columnas correspondientes, tal como indicaran los diseños para las construcciones.

(Guillermo Baltodano Serrano, sociólogo y filósofo, me dijo mientras andábamos rescatando cadáveres al ocurrir el Terremoto: “Hermano, este derrumbe general se produjo porque las construcciones de casas, edificios, comercios, etc., fueron diseñadas sus columnas, por ejemplo, para ponerles 10 varillas de hierro en un punto determinado y sólo le pusieron tres o cuatro varillas, el resto se lo robaban los propietarios de las compañías constructoras o los ingenieros a cargo de las obras de construcción…así de sencillo es el asunto. Por eso hubo tantos muertos, heridos y destrucción generalizada”).

 

Hasta se llegó a denunciar, por ejemplo, que si una columna necesitaba 10 varillas de hierro, al estudiarla se encontró que sólo tenía dos o tres varillas, lo cual era una práctica común de los constructores de esos días, con la finalidad de robarse la mayoría de los recursos financieros destinados a que las construcciones fuesen resistentes a Terremotos y otros desastres naturales.

 

Apareció también la bola de hierro colgada de un enorme cable de acero y movida por una grúa potente. Aquella bola de hierro era estrellada en los edificios y casas semidestruidas, y de esa forma terminaban de caer, para que las huellas desaparecieran por siempre.

 

Por supuesto, de esa manera se evitaba el juicio civil, criminal o penal correspondiente a los responsables de las malas construcciones de casas y edificios de la Managua tumbada por el Terremoto del 23 de diciembre de 1,972.

 

Es indispensable destacar en esta parte de la Historia de que los edificios bien construidos, no fueron derrumbados por el Terremoto del 23 de diciembre de 1972.

 

Por ejemplo, el llamado Edificio del Banco de América, donde hoy se alojan las Bancadas de Diputados y otras oficinas del Estado.

Asimismo, no se cayeron algunos otros edificios como la antigua sede de Julio Martínez, en Monseñor Lezcano; el Edificio Carlos Cardenal, donde estaba la “escalera eléctrica”; el Edificio del Seguro Social, el llamado Edificio Zacarías Guerra; el antiguo Cine González, el Palacio Nacional, el antiguo Gran Hotel, el antiguo Cine Alcázar, el Cine Aguerri, el Cine América, el antiguo Banco Nacional, el antiguo Caley Dagnall, el Edificio nuevo que se estaba construyendo esquina opuesta al Gran Hotel, el Edificio Armando Guido, el Edificio de la IBM…

 

En cambio, se cayeron estrepitosamente edificios como: La Protectora, Banco Central de Nicaragua, las instalaciones en que funcionaba la Radiodifusora Nacional de Nicaragua, el Colegio Calazanz, el Colegio Divina Pastora, el Hotel Reisel, el Club Terraza, el Club Social de la burguesía capitalina, el Ayuntamiento o Alcaldía de Managua, la Escuela de Bellas Artes…

¿Cuáles fueron las razones técnicas? Sencillas. La mayoría de los edificios que no se cayeron por el corcoveo del Terremoto, fueron construidos bajo la dirección de ingenieros alemanes, quienes, por supuesto, tenían elevados niveles éticos para su profesión y escrúpulos para no aparecer como irresponsables y criminales ante la Historia Humana y en particular ante la Historia de Managua.

 

Por el derrumbe de muchísimos de estos edificios y viviendas de barrios enteros, murió una enorme cantidad de gente en Managua, cuyos familiares perfectamente pudieron acusar a estos criminales por la mortandad en la Capital, pero Somoza Debayle, quien era jefe del gobierno, jefe de la tiranía somocista y jefe de la Guardia Nacional, prefirió hacer más negocios encima de los cadáveres y de las desgracias de los capitalinos, sumidos en un valle de lágrimas mientras Alí Babá y sus 40 ladrones cargaban con todo el dinero que llegaba de los “sésamos” o gobiernos amigos del extranjero, que piadosamente nos enviaban ayudas.

 

Esto es lo que yo llamo criminales sin castigo.

 

Este asunto de las responsabilidades civiles, criminales o penales fue echado al “olvido” planificado por la tiranía, seguramente en un afán de proteger a sus compinches en los negocios mafiosos de la construcción en Managua.

Entre los Repartos y Colonias posteriores al Terremoto se pueden mencionar: Villa Progreso, Villa Rubén Darío, Villa San Jacinto, Villa Libertad, Villa Flor, Villa Fraternidad, Colonia Colombia, Colonia Don Bosco, Villa La Sabana, Reparto El Dorado, Reparto Valle Dorado, Villa Flor Norte y Sur, la Cuarta Etapa de Bello Horizonte, la parte norte de Linda Vista…

Se ensancharon vecindarios como el OPEN III (hoy ciudad Sandino), Tipitapa, los Barrios ilegales como Torres Molina (Camilo Ortega), Camilo Chamorro, La Fuente (Ariel Darce), Barrio Urbina (Pablo Úbeda), el Sur de San Judas, Loma Linda (Sierra Maestra), Villa Roma, El Rodeo, Santa Julia, el Santa Bárbara (Barrio Venezuela), Ducualí, El Edén, La Tejera, Quinta Nina (Benedicto Valverde), Costa Rica, Santa Rosa, Monseñor Lezcano, aparece el hoy llamado Barrio Cuba, se ensancha también Acahualinca, Santa Ana, Altagracia, y seguían brotando los Asentamientos espontáneos, dándole forma de abanico a Managua hacia su periferia.

 

Casi al mismo tiempo, el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal denunció en LA PRENSA el nuevo negociado de Somoza Debayle y del cubano-gusano Pedro Manuel Ramos Quiroz: la compra de sangre a gente miserable por medio de una compañía asquerosa llamada “Plasmaférisis”, la cual tenía su sede en la Fábrica de Hilados y Tejidos El Porvenir, propiedad del tirano, a quien sus serviles llamaban “El señor presidente de la República, General de División, Don Anastasio Somoza Debayle, protector de las humildes”.

Pedro Manuel Ramos Quiroz era un  médico cubano gusano, fugado de Cuba después del Triunfo de la Revolución en 1959. Instaló una clínica médica en Miami, donde al mismo tiempo se dedicaba al negocio vampiresco de comprar la sangre de gente humilde por menos de cuatro dólares, y luego la revendía en su clínica hasta en 40 dólares o más.

Esta sangre era sacada a centenares de personas desempleadas, hambrientas, que hacían filas muy de mañana en las afueras de Plasmaférisis. Les pagaban el litro a 20 y 30 córdobas. Esa sangre era vendida, supuestamente, a compañías extranjeras, radicadas en Miami y otras ciudades de Estados Unidos.

 

Somoza Debayle y Pedro Ramos Quiroz no soportaron las denuncias. Por medio de Pedro Ramos Quiroz, el doctor Chamorro Cardenal fue acusado en los Juzgados, los cuales funcionaron en la Escuela Josefa “Chepita” de Aguerri, ubicada al Suroeste del Reparto Ciudad Jardín.

Relato ésto también porque me vi involucrado directamente en la cobertura de este caso bochornoso, mediante el cual quedó evidenciado cómo eran de cínicos Somoza Debayle y toda su pandilla de ladrones, asesinos, opresores y socios suyos extremadamente sucios y malvados como este Pedro Manuel Ramos Quiroz, quien fue, además, señalado como uno de los autores intelectuales del asesinato del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, hecho ocurrido el 10 de enero de 1978.

Mientras Managua crecía anárquicamente, hacia cualquier lado en forma de abanico, después del Terremoto de 1972, en los llamados escombros, sólo iban quedando los recuerdos de “aquí fue el Hotel Reisel”, “Aquí estuvo el Hotel Balmoral”, “En este lugar fueron las cárceles del Hormiguero”, “Allá, en aquel predio fue la Compañía Automotriz, enfrente estaba el Colegio Pedagógico de Managua; allí fueron NOVEDADES, el Club Terraza, el Club Social, el Club Internacional, el Lacmiel, Tortuga Morada, “Charco de los Patos”, Tienda Carlos Cardenal, Librería Argeñal, “Mecatera”, el Cine Tropical, el Cine América, el Cine Luciérnaga, El Abanico, la Iglesia del Nazareno, Radio Centauro, Radio Mundial, la Radio Difusora Nacional de Nicaragua, Hospital del Seguro Social, Iglesia San Antonio…

 

Por los cercos de púas, uno no podía pasar más allá de ciertos lugares.

 

LA PRENSA, en marzo de 1973, al mismo tiempo, trasladó su maquinaria en regular estado hasta las instalaciones que tiene hoy contiguo a la Ferretería Richardson en la Carretera Norte, donde para su historia, su personal y yo mismo se inició una nueva etapa, siempre relacionada con la vida aterrorizada de Managua y del resto del país.

 

Reportero de la Media Noche

 

El hambre, el desempleo masivo, las angustias, la inseguridad sobre un futuro incierto, crecían en Managua y todo el país. Decenas de miles de familias se habían ido en busca de lotes y casas, fuera de Managua, a Masaya, Granada, León, Tipitapa, Ticuantepe, El Crucero, “OPEN III” (hoy Ciudad Sandino) y, de paso, comenzaron a aparecer los Asentamientos Humanos Espontáneos o los Barrios promovidos por lotificadores sin escrúpulos, en los rumbos del Oriente, Norte, Oeste, Sur, dándole a la nueva Managua un aspecto francamente anárquico, en forma de abanico, sin planificación alguna,

 

Este fenómeno se inició en febrero de 1973. Cuando el Diario LA PRENSA reapareció, en marzo de 1973, ya instalado en el sitio en que está hoy en el año 2004, tituló: En 30 segundos…Sólo Hiroshima y Managua”.

Era una crónica y mezcla de artículo y reportaje magistral de Horacio Ruiz Solís, un maestro del periodismo nicaragüense, con quien después tuve problemas serios, debido a que, supuestamente, era agente de la CIA.

 

Al retornar a LA PRENSA, le propuse al doctor Danilo Aguirre Solís, entonces jefe de Redacción del Diario, que me permitiera efectuar labor reporteril de noche, argumentando yo que nadie le daba cobertura a acontecimientos nocturnos, relacionados con sucesos, reuniones científicas, asambleas comunitarias, mítines políticos, conferencias de todo tipo, fiestas populares, accionar cotidiano normal de las Universidades, procesiones religiosas, dormidas de pobres en Mercados, aceras, iglesias y en Dormitorios Públicos, funcionamiento de Hospitales Públicos y Privados, escándalos en prostíbulos y cantinas, el servicio de las gasolineras, accidentes de tránsito, el Malecón de Managua, crímenes callejeros, la falta de luces y oscuridades en las calles, la ausencia de transporte nocturno, circos en patios capitalinos, los centros laborales en que se laboraba de noche, las inundaciones o desbordes de cauces en las noches, los estragos de las lluvias en la media noche o de madrugada…

Para entonces, por necesidad, ya me habia convertido en fotógrafo y le hacía también al manejo de las filmadoras sencillas. A pesar del pleito público que habíamos tenido, el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal se mostró contento por mi regreso a la Redacción de LA PRENSA.

 

Uno de los primeros gestos del doctor Chamorro Cardenal, fue que en esos primeros días de marzo de 1973, me acompañó, en su automóvil Volswaguen, al Mercado Oriental, donde yo estaba visitando a gente en estado de miseria, que dormía en los callejones oscuros o bajo los aleros de algunos tramos.

 

“Me imagino que te da algún miedo andar cerca de la Ciudad del Vicio y en estos sitios, que son nido de delincuentes”, me comentó el doctor Chamorro Cardenal mientras caminaba conmigo hacia el interior del peligroso Mercado Oriental.

 

Efectivamente, lo llevé hasta la “Ciudad del Vicio”, donde abundaban los prostíbulos, cantinas con “tragos de a peso” y “escupidas en aserrín”, mientras se respiraba un tufo agrio y una sensación de peligro cercano a la muerte.

 

En la misma primera semana se vio la notoriedad de hacer periodismo nocturno en las calles de Managua. Mis reportajes, crónicas y fotografías nocturnas, comenzaron a llenar la portada, contraportada, Página de Sucesos y páginas interiores del Diario LA PRENSA.

 

Recogía yo informaciones sobre conferencias científicas, acontecimientos culturales, Santo Domingo de Guzmán, el ambiente lleno de luces, y oscuridades, las dificultades de la gente por falta de transporte para llegar a sus casas, inundaciones, atascamientos de vehículos comerciales en las calles fangosas de la Capital, acontecimientos artísticos, descarrilamientos de trenes del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua, choques automovilísticos mortales, asaltos, operativos represivos nocturnos de la guardia del somocismo genocida, el comercio minorista madrugador en el Mercado Oriental, asesinatos, homicidios, pleitos callejeros, jurados famosos en el “Supermercado de las injusticias” o Corte Suprema de Justicia, incendios ocasionados, mayoritariamente, por los comerciantes turcos, debido a lo cual los capitalinos les pusieron el “mote” de “turcocircuitos”, etc.

 

También al gerente de LA PRENSA, Jorge A. Cárdenas, le agradó la idea de este trabajo nocturno y le dio respaldo pleno, al extremo de que ordenó que el Diario me financiara la obtención de un automóvil nuevo, un carrito DATSUN 100A, de dos puertas, con el cual comencé a moverme por el laberinto de calles que iban dejando como huellas los nuevos rumbos o formas de la Managua posterior al Terremoto del 23 de diciembre de 1972.

 

En total, por el carrito pagué 21 mil córdobas en tres años, mientras al mismo tiempo pagaba la mensualidad por mi casa H-II-20, en Bello Horizonte, situada casi contiguo a la Doceava Sección de Policía de la guardia del somocismo sanguinario, enclavada en el parque Sur de Bello Horizonte, que nosotros bautizamos después con el nombre de Marta Lucía Corea Solís, una de las Combatientes Populares de la Insurrección Final en contra de la dictadura sangrienta de los Somoza.

 

La grandísima realidad era o fue que trabajaba de día y de noche, llenaba páginas enteras del Diario LA PRENSA con crónicas, reportajes, noticias, crónicas y fotografías, porque recogía mucha información, la gente me llamaba por teléfono de los vecindarios, de la Cruz Roja, del Cuerpo de Bomberos e informadores oficiosos que yo tenía, y también debido a cierta haraganería de mis compañeros de trabajo, pues algunos hasta decían: “!!…que vaya Pablo Emilio…a él le toca ese asunto!!”.

 

Aunque no me tocara atender cualquier asunto noticioso, yo iba, porque la gente lo estaba demandando. De ese modo, en esta nueva modalidad en periodismo me hice más conocido y popular, al extremo de que el periodista Oscar Leonardo Montalván (contrarrevolucionario después de 1979) me hizo un reportaje titulado: “El Reportero de la Media Noche”.

 

Efectivamente, a media noche andaba “husmeando” por las calles de Managua, mayoritariamente en compañía de Don Shabelo”, un vecino mío en Bello Horizonte, que se encariñó conmigo y cuya experiencia me fue valiosísima porque era viejo conocedor de Managua, conocía a muchos guardias nacionales, era “baqueano” de cantinas, se sabía los “recovecos” de La Ciudad del Vicio, de los prostíbulos, de cómo llegar adonde la Teresa Alfaro, donde era prostituta la Dinorah Sampson, que después fue la famosa querida de Somoza Debayle.

Don Shabelo conocía hasta casas de diputados somocistas, de ladrones, etc. Y eso también me permitió hacer reportaje escandalosos de algunos de estos sujetos. A Don Shabelo lo iba a traer yo a las cinco y media de la tarde y lo regresaba a las doce de la noche a su casa, ubicada exactamente detrás de la mía en Bello Horizonte.

 

Mientras tanto, yo regresaba a las instalaciones del Diario LA PRENSA, a revelar las fotos tomadas esa noche y escribir los reportajes, informaciones y crónicas diferentes. Ocurrió por  miles de veces, que mientras estaba escribiendo o relevando fotos en el Laboratorio Fotográfico, me llamaban de la calle para decirme que había un choque, una balacera, una inundación de un barrio o en las calles de la nueva Managua, y debido a esto, volvía a la calle y retornaba al Diario, al extremo de que eran las ocho de la mañana del siguiente día, o las diez de la mañana, y yo estaba todavía escribiendo.

 

Dormía poco, pero era apasionante este trabajo, pues inclusive me permitió conocer la Managua posterremoto por sus cuatro costados. Por este accionar cotidiano y nocturno, fui uno de los primeros en conocer el sensacional acontecimiento político militar de la toma de la Casa de “Chema” Castillo Quant, por parte del Frente Sandinista de Liberación Nacional, el 27 de diciembre de 1974.

 

“Pablito… se oyeron tiros dentro de la casa de “Chema” Castillo, funcionario del gobierno, y ya está un despliegue militar salvaje…a la Cruz Roja no la dejaron entrar. Debieras ir a ver qué pasa”, me informó por teléfono Guillermo Balmaceda, jefe de Operaciones de la Cruz Roja Nacional en ese momento.

La guardia somocista, sus “orejas” y agentes de la Oficina de Seguridad de Somoza, encabezados por Samuel Genie Amaya, Chéster Escobar y otros asesinos a sueldo, impidieron la entrada de periodistas y curiosos a este sector del Reparto Los Robles, en la misma noche del asalto del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

 

Recuerdo que esa misma noche, temprano, casi me echan preso los guardia somocistas sanguinarios porque le estaba dando cobertura a un mitin de la Unión Democrática de Liberación (UDEL), en el Barrio Acahualinca, al Noroeste de Managua.

 

En UDEL se había agrupado la oposición burguesa antisomocista, incluyendo algunas agrupaciones sindicales de tendencia socialista, como la CGT independiente. Hacía poco tiempo, la guardia somocista había invadido y puesto al revés las oficinas de la CGT independiente, entonces ubicadas en la orilla de la Pista de la Resistencia Sandinista (Bypass), a lo cual también le fui a dar cobertura periodística.

 

La cobertura del asalto, ya en el día, le fue asignada a varios reporteros diurnos. Sin embargo, por supuesto, yo seguí con atención cuidadosa el asunto de las negociaciones entre el Comando Juan Quezada del FSLN, jefeado por Eduardo “Comandante Cero” Contreras Escobar, entre cuyos acompañantes estaban Germán Pomares Ordóñez, Joaquín Cuadra Lacayo, Olga Avilés, Leticia Herrera, Hilario Sánchez…..

Me emocioné profundamente al conocer que el Comando Juan José Quezada había liberado prisioneros, que había logrado el rescate solicitado y que salía victorioso por el Aeropuerto Las Mercedes (hoy Augusto C. Sandino), con todos los rehenes, con destino a Cuba. El FSLN había roto el silencio, después de una silenciosa acumulación de fuerzas en la más rigurosa clandestinidad.

 

El Frente Sandinista guerrillero, clandestino, potente, ya con evidente habilidad militar y potencia de fuego, estaba allí, poniendo en tembladera al sistema opresor del somocismo sanguinario genocida.

Lo más emocionante para millares de pobladores capitalinos, fue cuando ya el Comando Juan José Quezada tomó rumbo al Aeropuerto Sandino (entonces llamado “Las Mercedes”), por la Carretera Norte, en autobuses y microbuses, mientras Banderas rojinegras del FSLN eran azotadas por el viento fuera de las ventanas de los vehículos, lo cual ya se quedaba grabado para siempre en la memoria popular de los pobladores de Managua.

Inmediatamente después de finalizado el operativo del Comando Juan José Quezada, la guardia genocida del somocismo, todo el inmenso aparato opresor de la dictadura, jefeada por Somoza Debayle, su criminal Oficina de Seguridad (espionaje descarado) y los “escuadrones de la muerte” del mismo Somoza Debayle, desataron una verdadera cacería en Managua, donde invadieron domicilios, encarcelaron a centenares de jóvenes, a dirigentes sindicales, a opositores legales, mandaron a cerrar noticieros radiales, cercaron colegios y universidades, le daban persecusión en las calles a estudiantes y jovencitos y yo personalmente fui detenido y registrado varias en las calles, mientras andaba haciendo mi labor periodística nocturna.

En una ocasión, inclusive, a don Shabelo y a mí, una patrulla BECATS de la guardia, jefeada por Ronald Sampson (hermano de Dinorap, querida de Somoza), nos sacó del carro Datsun 100A, azul, nos patearon, nos pusieron boca abajo en plena vía pública por donde es hoy la Rotonda Cristo Rey, Santo Domingo o David Tejada Peralta.

 

“Ustedes son colaboradores, cómplices, de los “sandino-comunistas-terroris2tas”, gritaba histérico Sampson, mientras amenazaba con disparar su fusil-ametralladora que esgrimia con una mano en forma amenazadora.

En los primeros meses de enero de 1975, centenares de ciudadanos aparecieron presos unos, otros desaparecidos, y una buena cantidad denunciaban que habían sido detenidos sin orden judicial y que los había “encapuchado” y torturado a patada limpia, o les habían colocado un “chuzo eléctrico”, o los había metido de cabeza dentro de un barril lleno de agua y con estiércol de animales.

El Diario LA PRENSA y otros medios radiales opositores al régimen genocida informaban de las capturas masivas, pero no se podía hacer  mucho a favor de los detenidos por el nivel de represión imperante, ya que Somoza Debayle y su tiranía estaban con su venganza en apogeo por la humillación sufrida por ellos durante el asalto a la Casa de “Chema” Castillo Quant el 27 de diciembre de 1974.

En ese mes de enero de 1975, la guardia genocida y la Oficina de Seguridad somocista llenaron las cárceles, llamadas también “mazmorras” de la OSN en la que fuera Casa Presidencial, de la Loma de Tiscapa, donde sometían a los reos, acusados con una figura legal inexistente, acomodada, de “sandino-comunistas- terroristas”, “subvertidores del Orden Público”, por “asociación ilícita para delinquir”, mientras en realidad a nadie le habían probado absolutamente nada, pero el arrogante y brutal jefe político del régimen, conocido como Coronel Luis Ocón, gritaba a todo pulmón: “¡Son terroristas!”

Los reos, sacados de sus colegios, universidades, capturados en las calles, en los mercados, en el Estadio Rigoberto López Pérez (Estadio General Somoza García, le decían sus hijos tiránicos asesinos), después de interrogarlos y torturarlos salvajemente, eran llevados ante Ocón en unas instalaciones provisionales o galerones que estuvieron situados en las cercanías del Arbolito, en el Barrio del Arbolito, en la periferia de la Iglesia Santa Ana.

 

Después de este circo ante Luis Ocón, los mismos reos eran llevados a la Corte Militar de la Guardia Nacional, la que funcionó en otros galerones de las cercanías de la Academia Militar y del Hotel Intercontinental.   A esa Corte Militar  fueron llevados, entre otros: Tomás Borge Martínez, Daniel Ortega Saavedra, Lenin Cerna Juárez, Marcio Jáen, José Benito Escobar Pérez, René Núñez Téllez, Charlot Baltodano, Carlos José Guadamuz Portillo, Denis Moncada Colindres…

 

En medio de aquella represión omnímoda de la dictadura, que motivaba miedo por todos lados, me llamaba poderosamente la atención la valentía también infinita con que estos jóvenes sandinistas acusados se enfrentaban a la tiranía somocista sanguinaria y de cómo sus abogados, Aquiles Centeno Pérez y Manolo Morales Peralta, conmovían el ambiente represivo con análisis legales y sociológicos también valientes sobre el por qué la juventud se rebelaba contra el sistema de opresión y genocidio del somocismo.

 

Eran cotidianos los comunicados de la Guardia Nacional, firmado por el coronel Aguiles Aranda Escobar, a quien le población le puso el sobrenombre de “Aquí les miento”,  porque precisamente, esos comunicados contenían una sarta de mentiras y manipulaciones de la dictadura para justificar la represión mortal, los robos sin cesar y el desmedido sometimiento del régimen somocista al gobierno criminal de Estados Unidos. A pesar de las protestas públicas, huelgas de hambres y los argumentos de los abogados defensores, casi todos los reos fueron condenados a larguísimas penas por delitos que nunca cometieron.

 

En medio de enormes medidas de seguridad, los reos condenados fueron llevados a la llamada “Cárcel Modelo de Tipitapa”, a mediados y finales de 1975, que fue considerado uno de los años más represivos por parte de la tiranía genocida del somocismo contra los pobladores y especialmente contra el FSLN.

En ese mes de enero de 1975, mencionado, el pánico y la arrechura popular parecían caminar de la mano, mientras la tiranía somocista, como dije capturaba y condenaba a centenares de colaboradores, fundamentalmente, pues los grupos guerrilleros ya estaban operando exitosamente en las montañas y en zonas urbanas, entre otros, los que eran jefeados por Henry Ruiz Hernández, Carlos Agüero Chavarría, Óscar Turcios Chavarría, Pedro Aráuz Palacios, Germán Pomares Ordóñez, Bayardo Arce Castaño, William Ramírez Solórzano, Jacinto Hernández, Víctor Tirado López,  Edgard “Gato” Munguía y Filemón Rivera.

 

En ese mismo mes de enero, la guardia somocista genocida asesinó en las montañas del norte de Matagalpa a los campesinos:

Ernesto Amador, Luis García, María Felicia de García y su hijo de siete meses; Lucío Martínez, Abelina Muñoz de Martínez, Andrés López, Miguel Angel Pozo, José Montenegro, Alfonso Florián, Teresa Zeledón y Domingo Dávila.

 

Como respuesta inmediata a estos crímenes y nivel brutales de represión genocida, el FSLN guerrillero procede a ajusticiar “jueces de mesta, “esbirros”, “orejas” y paramilitares de la tiranía en numerosos lugares del país, pues por el accionar de estos elementos centenares de pobladores caían presos, eran torturados y asesinados.

 

Además, el FSLN guerrillero se toma el campamento antiguerrillero de la guardia somocista en Waslala. La acción fue dirigida por Carlos Agüero. El nueve de enero de 1975, cae en combate René Tejada Peralta, precisamente en las cercanías de Waslala.

 

En Santa Rosa del Peñón, Municipio de León, la guardia somocista genocida obliga a los pobladores a concentrarse en la placita local, donde procede a fusilar a numerosos campesinos, a quienes acusa de colaboradores del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Hubo una conmoción en las filas de la dictadura cuando un grupo guerrillero se tomó Radio Corporación (de derecha siempre) y emitió un comunicado contra la represión somocista y llamado a la unidad popular.

 

El dos de agosto se produjo la noticia dolorosa de la caída en combate, en El Sauce (León), de los y las militantes sandinistas Arlen Siú Bermúdez, Mario Estrada, Gilberto Rostrán, Julia Herrera de Pomares, Mercedes Reyes, Juan y Leónidas Espinoza y Hugo Arévalo.

El 9 de septiembre cae en combate Jacinto Hernández y el 13 de octubre muere peleando Filemón Rivera, hermano mayor de Francisco “Zorro” Rivera. He citado lo anterior para mostrar cómo la guardia somocista sanguinaria genocida, brazo armado de la dictadura, desató un nivel de represión mortal y a la vez cómo se movía el Frente Sandinista guerrillero después de romper la etapa de silencio y de acumulación de fuerzas.

Por supuesto, esa represión generalizada en todo el país y mortal, ya no paró hasta que el régimen sanguinario somocista fue derrocado para siempre el 19 de julio de 1979.

 

Preso Tomás Borge Martínez

 

El cuatro de febrero de 1976, temprano en la noche, se escuchó un tiroteo nutrido en el cauce que divide en dos a la Colonia Centroamérica. Minutos antes, dos patrullas GN genocida habían rodeado un vehículo en el que viajaba clandestinamente el Comandante Tomás Borge Martínez, uno de los fundadores del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

 

Con la arrogancia que les caracterizaba a los oficiales asesinos y torturadores de la guardia genocida del somocismo, precisamente, un alto oficial de la GN caminó como si fuese “rambo” contra un gato, se paró de frente apuntando  adonde iba el Comandante Borge Martínez, quien se movió rápido, sin perder tiempo,  y disparó su pistola desde la incomodidad en que iba clandestino.

El arrogante y brutal oficial GN somocista genocida se tambaleó y fue cayendo al suelo, mortalmente herido, como en “cámara lenta”. Borge Martínez aprovechó el desconcierto del resto de guardias, se lanzó del vehículo y emprendió veloz carrera por dentro del cauce mencionado.

Los oficiales y soldados de la GN desataron una balacera que parecía un diluvio de tiros en dirección Sur, no importando que hubiesen casas en ambas orillas del cauce y al fondo Sur de la Colonia Centroamérica. A pesar de la balacera que armaron, los guardias se desplazaban llenos de pánico por encima del cauce, pues ya estaban convencidos de que Borge Martínez los podía liquidar, tiro a tiro, a cada uno de ellos, según habían podido comprobar minutos antes.

El jeeps en que Borge Martínez iba fue inmediatamente ametrallado por la guardia, mientras la dulce Midred Abaunza Gutiérrez lograba resistir unos segundos el combate, para que el Comandante Borge, miembro de la Dirección Nacional del FSLN y encargado de las Operaciones Militares en Managua, lograba huir hacia el lado de la Carretera a Masaya, específicamente al Camino de Oriente.

 

Mildred Abaunza Gutiérrez cayó abatida a tiros en las cercanías de la Iglesia de la Colonia Centroamérica.

Borge Martínez salió a la Carretera a Masaya, por donde fue La Morita, frente al Camino de Oriente. Al ingresar al Camino de Oriente, frente a los llamados CINEMAS I y II, detuvo, pistola en mano, el automóvil de una pareja (un hombre y una mujer). El Comandante Borge Martínez vaciló en llevarse el automóvil, porque notó que la mujer estaba con embarazo muy avanzado.

 

En ese momento, varios agentes de la Oficina de Seguridad de Somoza y numerosos soldados de Brigadas Antiterrorista (BECATS) rodearon el vehículo y procedieron a capturar al Comandante Borge Martínez.

“¡¡Soy Tomás Borge, militante sandinista, miembro de la Dirección Nacional del FSLN!!”, gritó el Comandante Borge Martínez, para que lo oyesen en el bullicio de gente, pues la costumbre del régimen  somocista genocida era hacer desaparecer a los prisioneros, después de someterlos a torturas brutales.

 

Relato este hecho asimismo porque este acontecimiento inmediatamente conmovió a la Capital, porque en esos momentos, la dictadura acentuaba los asesinatos, torturas, persecusión masivas, aunmentaba el terror en todos los niveles y continuaba enjuiciando a centenares de sandinistas y opositores  en lo que fue la llamada Corte Militar de la Guardia Nacional.

A pesar del gran alboroto por la captura del Comandante Borge, el tirano Anastasio Somoza Debayle, no aceptaba admitirlo públicamente, hasta que en una conferencia de prensa se lo preguntó el periodista Silvio Mora Mora.

 

A Somoza se le deformó grotescamente el rostro cuando se le hizo la pregunta, pero al final admitió la captura de Tomás Borge, pero haciendo comentarios cínicos al mismo tiempo: “Aquí hay democracia…aquí no se matan prisioneros como en Cuba”, comentó Somoza Debayle, mientras retorcía los ojos hacia donde Silvio Mora Mora.

 

1976 fue un año muy duro, de pruebas de fuego para el Frente Sandinista de Liberación Nacional, especialmente después de la caída del Mildred Abaunza Gutiérrez y la captura del Comandante Borge Martínez. El 30 de abril cae el compañero Augusto César Salinas Pinell en Ocotal, Nueva Segovia (Salinas era de Somoto, Madriz); luego, el 14 de septiembre caen en Yaosca, Matagalpa, Edgard “Gato” Munguía Álvarez, miembro suplente de la Dirección Nacional del FSLN; el 5 de noviembre caen Leonardo Real Espinales y Jorge Matus Téllez,

 

Cae Carlos Fonseca Amador

 

El ocho de noviembre de 1976 cae en combate absolutamente desigual el comandante jefe de la Revolución Popular Sandinista, Carlos Fonseca Amador, quien recorría montañas del Norte de Nicaragua en misión de coordinar las acciones combativas y de la Unidad del Frente Sandinista en montañas y  ciudades. En esos mismos días caen también, en situación militar desventajosa, Eduardo Contreras Escobar, miembro de la Dirección Nacional del FSLN; Silvio Reñazco y Rogelio Picado, en Residencial Satélite Asososca; y Carlos Roberto Huembes Ramírez, miembro suplente de la jefatura del Frente Sandinista, quien igualmente en condiciones desventajosas cayó en el Reparto El Dorado.

El 25 de noviembre cae preso Marcio Jaen Serrano, cuyo encierro político se convirtió en permanente agitación política popular en Managua.

Menciono estos hechos políticos y militares porque en la lucha ya cotidiana en contra de la tiranía  del somocismo genocida o ejército de ocupación permanente del gobierno criminal de Estados Unidos, se calentaba cada día más y más, al extremo de que en 1977 era la conversación obligada diariamente, pues los guardias, Somoza, la Oficina de Seguridad, los escuadrones de la muerte o “mano blanca”, los AMROCS, los orejas, jueces de mesta de la guardia, los matones, los asesinos a sueldos de la tiranía, los coimeros, los ladrones vestidos de legalidad=impunidad, también miembros del Partido Liberal Nacionalista (PLN) imponían el terror generalizado en todo el país, especialmente en zonas rurales y montañosas.

La muerte de Carlos Fonseca Amador fue un golpe demoledor para el FSLN, en noviembre de 1976. Eduardo Contreras Escobar, era asimismo, uno de los mejores cuadros militares, políticos e ideológicos del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Y para colmo, el año 1977 se inició con igual dureza, porque cayeron centenares de compañeros Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares. El precio en vidas valiosísimas era demasiado elevado. Y al mismo tiempo la lucha se agigantaba en Managua y todo el país.

El año 1977 se inició con la caída, en condiciones totalmente desventajosas, de Claudia Chamorro, en un cañal de Jinotega, mientras le cubría la retirada a Francisco “Zorro” Rivera. El 10 de febrero, patrullas de guardias somocistas allanan el Recinto Universitario “Rubén Darío” de la Universidad Nacional en Managua, donde operaba, mayoritariamente, el Centro Universitario de la Universidad Nacional (CUUN), coordinado en esos momentos por Miguel Bonilla Obando.

 

El 7 de abril el FSLN pierde a otro de sus grandes dirigentes militares y políticos, en este caso a Carlos Agüero Echeverría, miembro de la Dirección Nacional del Frente Sandinista en la clandestinidad. Ese mismo día 7 de abril, la Escuadra Urbana “Selim Shible” se toma las radios Mundial (Managua) y una en León, para difundir comunicados del FSLN, llamando a la lucha armada popular para demoler el sistema dictatorial somocista.

 

Todos estos meses y años han sido, para mí, de andar recogiendo datos, investigando sobre la robadera sin parar de los funcionarios y burócratas del sistema somocista y especialmente, los robos colosales ejecutados cotidianamente por Somoza Debayle, su familia de ladrones, los generales, coroneles, mayores y los que aparecían como jefes de su Partido Liberal Nacionalista.

 

En medio de este ambiente de terror impuesto por la dictadura, nosotros: periodistas, fotógrafos, corresponsales, editores y trabajadores en general, departimos por última vez con el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, director de LA PRENSA antidictatorial, el 24 de diciembre de 1977, en la tardecita y en la noche, en las instalaciones del Diario, en la Carretera Norte, en el mismo sitio en que está ahora. Como siempre, el doctor Chamorro Cardenal se quedó hasta muy tarde conversando con nosotros, mayoritariamente los periodistas.

 

La campaña de difamaciones de Somoza Debayle en contra de Chamorro Cardenal eran cada vez más violentas, al extremo de que algunos de nosotros ya estábamos convencidos de que podían mandarlo a matar. En torno a estas sospechas giraron parte de las conversaciones de nosotros con el doctor Chamorro Cardenal, ese 24 de diciembre de 1977.

Pedro Joaquín Chamorro Cardenal acostumbraba invitar amigos para departir con él en su casa de Las Palmas, adonde nos invitó a varios de los periodistas. Allí en su casa continuamos hablando de los peligros que le acechaban, pero Chamorro Cardenal continuó empecinado en que nada le pasaría.

Me parece que confiaba en que Somoza Debayle y su pandilla respetarían el abolengo burgués del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal.

 

En mi caso personal, yo tenía vacaciones acumuladas de varios años de trabajo nocturno y diurno en LA PRENSA, y entonces por orden del jefe de Personal, me mandaron de vacaciones de un mes el mismo día 23 de diciembre, las cuales, por supuesto, no tomé.

El propio 10 de enero de 1978, día en que asesinaron al doctor Chamorro Cardenal, muy de mañana, yo me dí cuenta de que lo habían mandado a matar por una radioemisora nacional, mientras iba yo a hacer unas gestiones familiares a la Ciudad de Rivas.

Al conocer la trágica noticia por radioemisoras locales, giré en redondo mi carrito Datsun 100A, y cuando retorné a Managua, al medio día del 10 de enero, la Capital nicaragüense parecía un hervidero o un polvorín político a punto de estallar.

El cadáver pasconeado del doctor Chamorro Cardenal, por balines de escopeta, estaba ya siendo preparado en la morgue del Hospital “Manolo Morales Peralta”, mientras su sangre ya salpicaba todo el país, y el dedo acusador de centenares de miles de nicaragüense se dirigía inequívocamente hacia el dictador, Anastasio Somoza Debayle, su aparato opresor de la Guardia Nacional, la Oficina de Seguridad, el Servicio Anticomunista de Somoza, los “escuadrones de la muerte” o “mano blanca” del mismo Somoza, hacia sus matones oficiosos como orejas asquerosos, jueces de mesta también asquerosos, burócratas gubernamentales, jefes del Partido Liberal Nacionalista y también hacia algunos mercenarios siempre a sueldo de la tiranía genocida del somocismo.

 

En la medida en que el Sol se deslizaba hacia el Poniente u Oeste, también se calentaba el ambiente político, mientras la presencia del cadáver acribillado a balazos del doctor Chamorro Cardenal, era como el fuego ardiendo con toneladas de gasolina y pólvora en las calles de Managua, especialmente en la Carretera Norte, en las cercanías de las instalaciones del Diario LA PRENSA.

 

El cadáver del doctor Chamorro Cardenal, ya dentro de un ataúd y envuelto con la bandera nacional, fue llevado a las instalaciones del Diario LA PRENSA, adonde llegó seguido por decenas de miles de capitalinos, cuyos seres vibraban de pies a cabeza de arrechura por todo lo que estaba pasando en cuanto a la represión imparable del aparato opresor mortal del somocismo sanguinario genocida, que era lo mismo que decir gigantesco aparato de opresión yanqui, oligárquica  fascistoide.

Un poco después de las cinco y media de la tarde, comenzaron a aparecer decenas de fogatas e incendios de automóviles en la Carretera Norte, especialmente en las cercanías del Diario LA PRENSA, del cual Chamorro Cardenal era su director.

Un trecho largo de la Carretera Norte estaba lleno de gente del pueblo, mientras al mismo tiempo crecía la agitación, y de repente fue incendiado Hilados y Tejidos El Porvenir, propiedad de Somoza, ubicado de LA PRENSA hacia el Oeste, en la misma Carretera Norte. Fueron incendiados otros edificios, automóviles de simpatizantes del somocismo genocida y, en general, la Carretera Norte se convirtió en una colosal fogata desde los semáforos de Portezuelo hasta por la Planta Eléctrica de Managua, colindante con el INCEI.

 

A las instalaciones de LA PRENSA entraban y salían millares de personas que querían “ver por última vez el rostro del doctor Chamorro Cardenal” y que al mismo tiempo llegaban a indagarse sobre detalles del asesinato.

A eso de las diez de la noche, se produjo un tremendo alboroto dentro de las instalaciones del Diario porque presuntamente había algunos sujetos intentando secuestrar el cadáver de Chamorro Cardenal.

La del doctor Chamorro Cardenal fue una vela de trascendencia nacional e internacional, y de tensión política y militar en la Carretera Norte, pues la guardia del somocismo genocida intentó varias veces sofocar la rebeldía popular callejera de esa noche.

 

El entierro del doctor Chamorro Cardenal en el Cementerio Occidental de Managua, estuvo precedido de una manifestación política enorme, que, igualmente, la guardia somocista genocida intentó dispersar y no pudo. Pero reprimieron gente en los alrededores de la procesión fúnebre.

Los afiliados a la Unión de Periodistas de Nicaragua (UPN) fueron reprimidos por la Policía GN de Managua, encabezada por el criminal esbirro coronel Alesio Gutiérrez, cuando le celebraban una misa al doctor Chamorro Cardenal en el sitio en que fue asesinado por los sicarios del somocismo, días después del crimen.

 

Yo seguí laborando de noche en el Diario LA PRENSA. El asunto no volvió a ser igual porque la confianza de muchos trabajadores era con el doctor Chamorro Cardenal y no con el resto de propietarios, que casi nunca llegaban a las instalaciones del Diario ni se comunicaban con los periodistas y resto de empleados.

 

Política y militarmente, la situación también se agravó en las calles de Managua porque las patrullas antiterroristas de la guardia somocista genocida, de la Oficina de Seguridad de Somoza, de los “escuadrones de la muerte” o “mano blanca”, de los AMROCS, “orejas” y jueces de mesta”, se dedicaron a  represión y asesinatos generalizados en todo el país, al extremo de que ya en esos momentos existía pánico en los cuatro puntos cardinales de Nicaragua.

Personalmente, mientras era acompañado por “Shabelo”, nos tocó sufrir esa represión de los gendarmes somocistas en las calles capitalinas, especialmente de las patrullas antiterroristas jefeadas por Alberto “Macho Negro” Gutiérrez, Ronald Sampson (cuñado de Somoza) y Bandor Bayer.

 

Estos sujetos criminales me encañonaron varias, me colocaron boca abajo en distintos sitios de Managua, mientras me acusaban de que andaba apoyando a los “sandino-comunistas del Frente Sandinista”.

Casi todo 1978 fue sangriento, mortal, pues Somoza Debayle con su guardia y demás instrumentos represivos, no cesaron de matar, capturar jóvenes y adultos, campesinos, obreros y a todo aquel sospechoso, que después de capturados eran torturados salvajemente y finalmente asesinados.

 

Ese 1978 fue un año agitadísimo: manifestaciones políticas masivas, quemas de vehículos como autobuses, camiones, camionetas y automóviles, mítines, fogatas, tomas de fincas de los somocistas, paros o huelgas obreras y de trabajadores en general, todo en repudio a la dictadura sangrienta de los Somoza Debayle, su guardia genocida y en contra de los “escuadrones de la muerte”, conocidos en Nicaragua como Mano Blanca (¿¿por qué??).

La manifestación religiosa del primero de enero en Managua, por ejemplo, fue convertida en manifestación política, de reclamo por la desaparición forzada de 64 campesinos en el norte del país y por la libertad de los presos políticos sandinistas.

El 15 de enero, cinco días después del asesinato de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, comenzó la heroica huelga de hambre de los trabajadores de la salud o Movimiento Hospitalario.

El 22 de enero comenzó asimismo el llamado paro empresarial en todo el país. El 25 de enero un grupo de mujeres ocuparon la sede de las Naciones Unidas en Managua, exigiendo justicia y libertad por la desaparición de más de 300 campesinos desaparecidos forzadamente por elementos de la guardia genocida del somocismo y sus escuadrones de la muerte.

El 27 de enero el llamado sector privado pide la renuncia de Somoza Debayle, quien responde: “Ni me voy ni me van” Ese mismo día 27 de enero, la guardia genocida agrede a 250 obreros textiles que se encontraban en una concentración en el Barrio o Colonia Américas II (José Benito Escobar Pérez), los cuales apoyaban, con esa acción, las demandas de las mujeres ocupantes de la sede de las Naciones Unidas.

 

La columna sandinista Pablo Úbeda ocupa militarmente el poblado de Río Blanco, zonas de las minas, y controla la guarnición somocista del lugar, el 29 de enero. El mismo día 29, la misma Columna guerrillera Pablo Úbeda también ataca exitosamente otra guarnición somocista en Boaco.

El “Chigüin”, Anastasio Somoza Portocarrero, hijo criminal del tirano, ataca el 30 de enero la concentración pacífica de mujeres en las Naciones Unidas. Ese mismo día 30 de enero, la guardia somocista genocida impide una manifestación estudiantil y bombardea por 2 horas el Recinto Universitario Rubén Darío de la Universidad Nacional Autónoma (UNAN), en Managua.

Por este motivo de agresión a la Universidad Nacional, en León se produjeron enfrentamientos entre estudiantes universitarios y la guardia somocista genocida, lo que dejó decenas de heridos y varios muertos.

El 31 de enero, Venezuela, presidida en ese momento por Carlos Andrés Pérez, decreta embargo de petróleo a la dictadura del somocismo. Otro hecho especial fue que ese mismo día 31 de enero, los trabajadores de la Refinería ESSO paralizaron sus labores en Managua, en solidaridad con la lucha callejera.

En Peñas Blancas, Rivas, cayó heroicamente en combate el exraso GN Humberto Cruz Guevara, sandinista, el 2 de febrero de 1978.

Ese mismo día 2 de febrero son tomadas las ciudades de Granada y Rivas. El ataque a Granada estuvo encabezado por Camilo Ortega Saavedra, quien ya era conocido como el apóstol de la Unidad Sandinista. Uno de los jefes del ataque a Rivas fue el Padre Gaspar García Laviana.

 

En operativos simultáneos, escuadras del Frente Sandinista atacaron ese mismo día los poblados de La Vírgen, Peñas Blancas, en el Sur de Nicaragua; Mozonte y El Rosario, en el Norte.

Mediante una audaz movilización militar por hondonadas y elevaciones gigantescas, un contingente guerrillero, encabezado por Germán Pomares Ordóñez, Daniel Ortega Saavedra y Víctor Tirado López, atacan el campamento antiguerrillero somocista de Santa Clara, en Nueva Segovia.

 

Se produjeron grandes movilizaciones masivas en León, el 6 de febrero, donde guerrilleros sandinistas pusieron nerviosa a la guardia somocista genocida al colocarle barricadas en las calles de la Ciudad Universitaria.

Escuadras guerrilleras sandinistas, ese mismo día, efectuaron 6 recuperaciones de dinero en asaltos a sucursales bancarias de Nagarote, León; y en La Trinidad, Departamento de Estelí.

Fue asesinado el 10 de febrero de 1978 el compañero Lorenzo Díaz Vásquez, en Monimbó, Masaya, lo cual fue como la “chispa” incendiaria para que explotara la Insurrección de Monimbó el 19 de febrero de 1978.

De esa forma, llegamos al 9 de septiembre, a la insurrección de septiembre de 1978, cuando centenares de Jefes Guerrilleros, Combatientes Populares, pobladores urbanos y campesinos se insurreccionan en contra de la tiranía somocista, lo cual constituyó un calentamiento previo a la Insurrección Final de junio de 1979.

Había huelga general, mientras el caso de Nicaragua estaba siendo conocido por la Organización de Estados Americanos, la misma que fungía en esos momentos como “ministerio de colonización yanqui”, según denunciaba el Comandante Fidel Castro Ruz.

 

Ese 9 de septiembre, la guardia del somocismo sanguinario captura, tortura y asesina brutalmente a los compañeros Gustavo Adolfo Argüello y César Amador Molina.

 

Temprano en la noche del mismo 9 de septiembre se registran ataques simultáneos del Frente Sandinista guerrillero contra la guardia somocista genocida en el OPEN III (hoy Ciudad Sandino) y Américas II (hoy José Benito Escobar Pérez). La guardia sufre varias bajas en Américas II y la destrucción de uno de sus vehículos de las “Brigadas Antiterroristas”. Tuvieron que movilizar un camión repleto de guardias para rescatar a los muertos que habían quedado dentro del cauce intermedio de la Colonia Américas II.

Esta Insurrección de Septiembre se hizo célebre en el país porque la omnipotente guardia de asesinos jamás había sido desafiada con las armas en la mano dentro de las ciudades más importantes del país. El 10 de septiembre, muy de mañana, escuadras guerrilleras del Frente Sandinista asaltaron, quemaron y destruyeron completamente el “comandito GN” en Monimbó, Masaya.

 

Los combates ya de frente con la guardia genocida arreciaron el 12 de septiembre en León, Masaya, Estelí y Chinandega. En León cayó heroicamente, combatiendo, el joven sandinista Ernesto Castillo Salaverry.

A pesar de su poderío de fuego en balas, cañones, ametralladoras, tanques, tanquetas  y aviones de bombardeo aéreo, todo lo cual estaba siendo usado por la guardia somocista a mansalva en contra de la población civil de las ciudades mencionadas, la dictadura, o sea Somoza Debayle y su pandilla de criminales del Estado Mayor de la GN, se ven obligados (el 14 de septiembre) a imponer el Estado de Sitio en todo el país, más la censura a los medios de comunicación, a las agencias extranjeras de noticias y a sus corresponsales acreditados en Managua.

 

El 15 de septiembre, la guardia genocida somocista asesina a 22 ciudadanos leoneses del Barrio Guadalupe, cuyos cadáveres son lanzando a una zanja de la arrocera, ubicada al Este de la Ciudad de León. Según los relatos de sobrevivientes, la guardia genocida rodeó el vecindario y mediante altoparlantes les ordenó a los pobladores salir de sus viviendas con las manos en alto, mientras los soldados registraban el interior de las casas, los patios, las tuberías, los techos, etc.

 

A los hombres jóvenes y viejos los colocaron en “fila india” y permitieron que salieran las mujeres y los niños. Cuando ya tuvieron prácticamente a todos los hombres en fila, les abrieron fuego y los mataron. En medio de la confusión y por portillos en los cercos, algunos lograron burlar el cerco de la guardia sanguinaria y de esa forma sobrevivieron para contar lo que habían presenciado.

En ese septiembre de 1978 se insurreccionaron Jefes Guerrilleros, Combatientes Populares y pobladores de Estelí, León, Chinandega, Masaya y Managua. Fueron ametralladas y bombardeas, sin misericordia, especialmente Estelí, León, Masaya y Chinandega.

Como yo seguía laborando de noche en el Diario LA PRENSA, asumí, sin que me lo pidieran en el periódico, la cobertura periodística y fotográfica de lo que estaba aconteciendo en las calles de Managua, especialmente donde aparecían quemados autobuses de pasajeros, camiones del Distrito Nacional, jefeado por Orlando Montenegro Medrano; las emboscadas a patrullas GN o BECATS (Brigadas Antiterroristas como las de Bush ahora: 2004), acciones de “propaganda armada” en algunos sectores capitalinos, transitar de grupos de combatientes móviles por la Capital, etc.

 

Estas acciones eran mayoritariamente de noche. Recuerdo que la primera noche insurreccional en Managua (el 9 de septiembre) me vi envuelto en una acción de retención de un autobús de transporte colectivo en las cercanías del Puente San Cristóbal, donde es hoy el semáforo del Reparto Dorado.

 

En mi carrito azul, DATSUN 100A, yo transitaba por ese sitio, en compañía de Don “Shabelo”, a eso de las siete y media de la noche, cuando el autobús fue “cuneteado” por el conductor, mientras al mismo tiempo los pasajeros bajaban apresuradamente. Varios hombres, con apariencia de jóvenes, enmascarados, con pistolas y mechones en mano, se movían aceleradamente dentro del autobús.

Rociaron de gasolina dentro del autobús, se bajaron y tiraron hacia adentro los mechones o “bombas molotov”. Aquel autobús rápidamente tomó fuego, lo que yo aproveché para hacer fotografías, mientras los jóvenes, que me imagino me habían reconocido, tomaban rumbo hacia el Sur, paralelamente al cauce  Dorado, hacia el sitio en que después aparecería el Mercado Carlos Roberto Huembes Ramírez.

 

Previendo la llegada de la guardia  del somocismo genocida con sus “Brigadas Antiterroristas”, “Shabelo” y yo enrumbamos hacia el Sur y fuimos a dar la vuelta por la Colonia Máximo Jerez y a salir por donde es hoy la Rotonda Santo Domingo o David Tejada Peralta.

 

Íbamos rumbo al Mercado Oriental, buscando la Carretera Norte, porque allí se estaban quemando otros autobuses, cuando repentinamente fuimos interceptado, precisamente, por dos de las patrullas militares o “Brigadas Antiterroristas” de Somoza, de su pandilla de guardias asesinos y del gobierno criminal de Estados Unidos. Me obligaron a estacionar el carrito a un lado de la calle. En cuanto puse un pie fuera del vehículo, empezaron a llover las patadas, culatazos e “hijueputazos”.

 

Con aires de “perdonavidas”, se bajó de una las patrullas el archicriminal Ronald Sampson, capitán o teniente del ejército somocista, quien inmediatamente me reconoció. “Póngalos boca abajo”, ordenó Sampson con tono colérico. “Aquí andás vos, otra vez…pareciera que siempre anduvieras defendiendo a terroristas”, me reclamó, mientras me daba un puntapié.

A “Shabelo” también le dieron de culatazos, pero ocurrió que uno de los patrulleros había sido amigo suyo. Ese patrullero se disculpó con él.  Al mismo tiempo, yo le reclamaba a Sampson el hecho de atropellar mis derechos ciudadanos y profesionales, “pues, como ves, yo ando como periodista, laborando para el Diario LA PRENSA. Por eso ando en la calle”.

En esos momentos se escuchó por radio que lo estaban llamando con urgencia de otro lado de Managua, y decidió dejarnos ahí a ambos tirados en el pavimento de las cercanías de lo que entonces se conocía como “Repuestos La Quince”. Apenas desaparecieron las “Brigadas Antiterroristas”, salimos zumbados hacia la Carretera Norte, donde, a la altura de la Planta Eléctrica de Managua, encontramos otros dos autobuses quemados casi por completo.

 

Yo sabía que una de las colonias populares más combativas en ese momento, por el nivel de represión desatado por “Macho Negro” Gutiérrez, era la Colonia Nicarao, y que seguramente ese sitio estaría insurreccionado. Cuando llegué, ya casi a las nueve de la noche, por el lado de Rubenia, la calle principal pareciera haber sido invadida por un río de lava, pues centenares de llantas y leña ardían a manera de fogatas en dos hileras hasta llegar al Barrio Santa Julia.

Como los insurrectos populares ya me conocían, entonces me condujeron hacia Río Seco, un callejón que se hizo famoso por los enfrentamientos con la guardia genocida del somocismo, antes y después de septiembre de 1978.

 

Río Seco igualmente estaba lleno de fogatas, cuyas columnas oscuras de humo dibujaban sombras extrañas sobre los portones y entradas de las casas de las casitas de la Colonia Centroamérica, mientras hombres y mujeres enmascarados o sin máscaras, a pecho descubierto, con pistolitas en mano, o con una metralleta escondida, esperaban parepetados en columnas de cemento, árboles y piedras la llegada de la guardia genocida del somocismo.

Mi paso por Río Seco tenía que ser rápido porque la guardia podía llegar en cualquier momento. Tomé las fotos de las fogatas, y seguí buscando los focos insurrectos de la Capital en contra de la dictadura genocida del somocismo, criatura monstruosa del gobierno criminal de Estados Unidos de Norteamérica.

 

Las Ciudades de Estelí, León, Masaya y Chinandega fueron las más “castigadas” por la tiranía somocista por rebelarse al sistema bárbaro de represión, robos sin cesar y de crímenes injustificados como “defensa del sistema democrático occidental” por Anastasio Somoza Debayle, su camarilla de asesinos y el propio gobierno criminal de Estados Unidos.

 

Además, la guardia y los escuadrones de la muerte (“mano blanca”) de la tiranía mataron, torturaron y encarcelaron a centenares de civiles, mediante bombardeos aéreos, lanzamiento de ataques de infantería en sitios donde no habían personas armadas y finalmente lanzaron lo que los guardias somocistas genocidas y el mismo Somoza llamaban “operaciones limpieza”, que en realidad consistían en hacer una ronda final de matanzas humanas, destrucción de viviendas, feroces ataques militares contra la población civil y saqueo o robos en las viviendas en que se iban metiendo.

 

Los bombardeos aéreos destruyeron centenares de casas en Estelí, León y Masaya. En estas ciudades cabeceras departamentales era común ver casas en escombros después de aquellos bombardeos, para cuya justificación Somoza Debayle decía que su pandilla de asesinos “defendían la democracia y la civilización occidental”, mientras la gente civil no tenía ni la más mínima posibilidad de defenderse de la monstruosidad de que su propio gobierno nacional la estuviese agrediendo y matando.

 

Muchas casas quedaron completamente destruidas, especialmente en León y Estelí. Esta última Ciudad segoviana fue conocida desde entonces como “La Ciudad mil veces heroica”.

No se me olvida aquel operativo feroz de la guardia genocida y de agentes de la Oficina de Seguridad en el Reparto Las Palmas, de Managua, donde desató (el 18 de septiembre) una persecusión a balazo limpio en contra de los compañeros René Herrera, Manuel Olivares, Urania Zelaya, Rolando López, Valentín Barrios, Marcos Sequeira y Mariano Sediles, todos los cuales fueron asesinados a tiro limpio en las calles de la Capital. Todos ellos fueron denunciados por “orejas” miserables que la Revolución dejó vivos por generosidad.

 

El 19, al siguiente día, se denunciaba dentro del país y hacia fuera, que Somoza Debayle y su guardia habían semidestruido el centro de la Ciudad de León mediante un bombardeo aéreo feroz en contra la Metrópoli de Nicaragua.

 

El 20 de septiembre fue asesinado por guardia genocida el sacerdote Francisco Luis Espinoza, cuando se dirigía a Condega, Estelí.

El 21 de septiembre, Somoza Debayle y su guardia de asesinos lanzó la llamada “Operación Omega” u “Operación Limpieza” contra las ciudades de Managua, León, Estelí, Masaya y Chinandega.

 

El 22 de septiembre, finalmente, Somoza Debayle y su guardia de asesinos someten a las ciudades insurreccionadas, especialmente Estelí, la cual quedó semidestruida por los cuatro costados, por los bombardeos aéreos y los ametrallamientos y cañoneos con tanques y tanquetas.

 

Mientras tanto, el 2 de octubre, la Guardia Nacional genocida lanza decenas de miles de papeletas sobre las ciudades martitirizadas por ellos mismos, en las que pedían que los insurrectos fuesen denunciados y que les iban a dar cinco mil córdobas por cada denuncia que fuese comprobada.

 

Continuó la tensión nacional e internacional por los crímenes de la dictadura y la propia Organización de Estados Americanos (OEA) condenó a Somoza Debayle con 19 votos a favor y ninguno en contra.

 

Los llamados Los Doce se asilaron en la Embajada de México en Managua el 26 de octubre de 1978. En Chinandega, el 31 de octubre, caen combatiendo los compañeros Blass Real Espinales, David Martínez, María del Pilar Gutiérrez y José Benito Centeno.

 

El 4 de noviembre del mismo 1978, Somoza Debayle ordenó a su guardia de asesinos allanar el Recinto Universitario Rubén Darío en Managua, con Alesio Gutiérrez a la cabeza, uno de los esbirros criminales más temidos en Managua.

Por las protestas nacionales e internacionales, Somoza Debayle se ve obligado a suspender el Estado de Sitio y la censura de prensa impuesta a medios noticiosos de Nicaragua y del exterior.

El nueve de diciembre, caen en combate el sacerdote Gaspar García Laviana, Luis Arroyo, Ricardo Cárdenas, y Hernán Guzmán, en un sitio llamado “El Infierno”, en la Región de “Punta Orosí, en Rivas.

 

Mientras tanto, ya suena fuerte el accionar del Frente Sur Benjamín Zeledón Rodríguez, en las cercanías del “Naranjo”, donde caen también combatiendo los compañeros José Francisco Gaitán Muñoz, Ramón Escoto Escobar, Ildefonso Montoya, Roberto Lara Pineda, Oriel Sánchez y Danilo Ponce Zavala.

El 18 de diciembre, el Frente Sandinista guerrillero, el Movimiento Pueblo Unido y el Grupo de Los Doce, exhorta al pueblo nicaragüense a formar el Frente Patriótico Nacional para combatir a la tiranía eficientemente en los terrenos políticos y militar.

Diciembre y la Navidad de ese año 1978 llegó con sabor a muertos por la dictadura, pues en el campo millares de campesinos seguían siendo asesinados, torturados y encarcelados por la guardia y su corte asesinos, mientras en las ciudades y pueblos al mismo tiempo se respiraba un aire de terror cada vez horrendo por parte de la GN, la Oficina de Seguridad, el Servicio Anticomunista, los “escuadrones de la muerte” (o “mano blanca”), cuyos agentes o representantes actuaban impunemente en los cuatro costados del país, más las bandas de paramilitares también asesinos.

 

Centenares de jóvenes estaban recluidos en las cárceles de la Oficina de Seguridad a finales de 1978.

 

Al mismo tiempo, en las calles, en el silencio supervigilado de la noche por la tiranía, bajo las sombras de los árboles, al amparo de los patios baldíos, se sentían la angustia, el dolor de sentirse atrapado como en un túnel sin salida, el miedo o pánico a resultar muerto en cualquier momento, pues para los guardias, los agentes de la Oficina de Seguridad o para los integrantes de los “escuadrones de la muerte”, cualquiera era sospecho de ser sandino-comunista, terrorista, agente del comunismo internacional, izquierdista, o simplemente “enemigo de la patria”, “enemigo del general Somoza Debayle”, enemigo de la gloriosa Guardia Nacional de Nicaragua”.

 

Los jefes de la Revolución Sandinista, los Jefes Guerrilleros, los integrantes de escuadras guerrilleras, los Combatientes Populares, los correos clandestinos audaces, mientras tanto, aprovechaban esas sombras nocturnas para moverse a hurtadillas, como se han movido siempre los revolucionarios en distintas ´partes del mundo, para cumplir misiones militares, de espionaje informativo o para articular un grupo en función de una emboscada, un combate, para atacar una guarnición militar,  prenderle fuego a una Sección de Policía de la GN, es decir, continuar la macha de la Revolución Popular Sandinista.

 

Yo, asimismo, vivía esperando la llegada de la guardia somocistas a mi casa en Bello Horizonte, o la presencia de agentes de la Oficina de Seguridad o de los “escuadrones de la muerte”, porque ya para entonces habían anunciado que me matarían por andar defendiendo a “terroristas-sandino-comunistas”, o por ser “cómplice” de ellos.

 

Eso sí, yo no sabía que andaban “pisándome los talones” dos agentes de la Oficina de Seguridad: el periodista Santiago Meneses Vallecillo y Stedman Fagot Müller, quienes se mostraban como “buenos amigos”  míos y participaban en las manifestaciones antisomocistas en Managua. Esto lo supe hasta después del Triunfo de la Revolución Sandinista, cuando me lo dijo oficialmente Jacinto Suárez Espinoza.

 

He relatado con alguna abundancia de datos este asunto de la Insurrección de Septiembre en Managua y resto del país, porque fueron días de terror impuestos por la tiranía sanguinaria en la Capital y resto de ciudades importantes de Nicaragua.

 

Estos acontecimientos históricos tenían mucho que ver conmigo en Managua, pues siempre aspiré a ver libre al país de ataduras dictatoriales criminales, especialmente por venir éstas de las acciones políticas, militares, culturales, económicas y tecnológicas del imperialismo yanqui, cuyo gobierno criminal y de saqueo fue el autor intelectual y material de la creación y respaldo permanente de este tipo de dictaduras militares, que operaron como plagas mortales en todo el siglo 20 en América Latina.

 

Y además, porque la matanza no cesó nunca, pues el mismo primero de enero de 1979, la guardia somocista genocida lo abrió matando, asesinando en el Barrio Waspán Sur a los compañeros Ramón Sánchez, Berta Díaz Hernández, Marta Gioconda García, Mauricio Lara Detrinidad y Armando Bonilla.

 

Y voy a seguirme refiriendo a Managua, fundamentalmente, porque en la Capital he vivido desde 1970.

El tres de enero de 1979 cae heroicamente Roberto Vargas Batres, mientras cubría la retirada a compañeros guerrilleros sandinistas que habían asaltado la Distribuidora San Sebastián (en Managua), con fines de recuperación de dinero para preparar la Insurrección Final contra la tiranía sanguinaria del somocismo.

 

La famosa huelga de hambre de los 18 trabajadores de la salud comenzó el 15 de enero de 1979. Entre los huelguistas estaba la célebre enfermera Silvia Ferrufino Sobalbarro, quien falleció en mayo de ese mismo año. La huelga de hambre era para exigirle a la tiranía del somocismo la reincorporación de mil trabajadores a sus puestos de trabajo en Hospitales públicos y puestos de salud.

A mí me tocó la cobertura periodísticas de estas huelgas, desde el principio hasta su desenlace, tanto de día como de noche.

En otro libro mío, titulado FETSALUD  Heroica,  Escuela de Luchadores Rebeldes, hay abundancia de datos históricos sobre este Movimiento de los Trabajadores Hospitalarios y de la Federación de Trabajadores de la Salud, el cual ya se los entregué a dirigentes sindicales para su pronta publicación.

 

El nueve de marzo, el periodismo capitalino fue conmovido por el secuestro de varios periodistas por parte de una escuadra del Frente Sandinista, con el fin de denunciar la preparación de un golpe militar por parte de Estados Unidos, para frustrar la lucha popular e instalar, según esos planes, un somocismo sin Somoza Debayle y dejando intacta a su pandilla de asesinos. Los secuestradores de los periodistas fueron el Comandante Carlos “Roque” Núñez Téllez, Ramón “Nacho” Cabrales Aráuz, Joaquín Cuadra Lacayo y Mauricio Valenzuela.

 

El 24 marzo cae combatiendo Elvis “Pulga” Díaz Romero.

 

Radio Sandino clandestina anuncia el 26 de marzo de 1979 el Inicio de la Ofensiva Final en contra de la tiranía genocida del somocismo y llama a combatir a su soldadesca criminal  en  zonas urbanas, en zonas rurales y en las montañas de Nicaragua.

En esa audición y en las emisiones radiales posteriores, se afirma que “los días están contado para la dictadura y sus esbirros asesinos y ladrones. De esta no se salva ningún somocista”.

En esas emisiones clandestinas de Radio Sandino se conoce también que la misma está “en algún lugar de Nicaragua”, “en la Base de Palo Alto”; después se conoció que estaba ubicada en Costa Rica y que su coordinador era el comandante Humberto Ortega Saavedra, miembro de la Dirección Nacional del FSLN.

 

Diez mil estudiantes de secundaria de los principales colegios públicos y privados, decretaron un paro de 25 horas en exigencia del cese a la represión somocista, libertad para los reos políticos y en defensa de la libertad de expresión, amenazada por censura nuevamente. La mayoría de los estudiantes eran de Managua.

El 2 de mayo fue conocido el asesinato alevoz del niño mártir Luis Alfonso Velásquez Flores, a quien en numerosas ocasiones vi y escuché hablando a estudiantes universitarios sobre la dictadura militar somocista, mientras estaba subido en el techo del segundo piso de uno de los pabellones del Recinto Universitario Rubén Darío, en Managua.

 

El ocho de mayo, cien mil estudiantes de primaria y secundaria se fueron a huelga indefinida en protesta por el asesinato atroz de Luis Alfonso Velásquez Flores, en Managua, ejecutado personalmente por agentes sanguinarios de la Oficina de Seguridad y de sus “escuadrones de la muerte”.

 

El 20 de mayo, mientras tanto, el gobierno de México rompe relaciones diplomáticas con el régimen somocista, en protesta por los atropellos en contra de la población civil dentro del país.

A esas alturas del mes de mayo de 1979, los asesinatos, niveles de represión incesantes, persecusión a periodistas y periódicos, campesinos secuestrados por centenares  y desaparecidos, estudiantes, guerrilleros y combatientes torturados y asesinados en las mazmorras de la Oficina de Seguridad en Managua y en cárceles clandestinas, el ambiente de terror impuesto por las bandas de asesinos de la guardia somocista genocida y de los “escuadrones de la muerte”, eran ya insoportables en los cuatro costados de Nicaragua.

 

Los muertos aparecían por todos lados; o al revés, los desaparecidos no aparecían por ningún lado en Managua y todo el país, los encarcelados eran ya por montones, el terror dictatorial impedía que los nicaragüenses durmieran tranquilos, y gente como yo asimismo no podía dormir porque “la mano blanca” o “escuadrones de la muerte”, ya me habían sentenciado a muerte.

 

Los aires de Insurrección Final o generalizada se respiraban y se masticaban en silencio, en la clandestinidad rigurosa, o mediante los llamados fogosos de Radio Sandino clandestina, que entraba como fogonazos libertarios hasta el corazón de los hogares nicaragüenses, especialmente de noche cuando sus señales electromagnéticas podían romper el cerco también electromagnético que le tiraban en el espacio aéreo nacional los compinches de Somoza Debayle y de los yanquis genocidas de la Casa Blanca y del Pentágono.

 

Y precisamente el 27 de mayo el Frente Sandinista de Liberación Nacional puso en ejecución de máximo nivel su plan de Ofensiva Final al atacar simultáneamente cuarteles de la guardia somocista genocida en Managua, Masaya, Jinotepe, Diriamba, El Rama, Estelí, Rivas, Chinandega y en León, una de las primeras ciudades liberadas en julio de 1979.

 

Ese día 27, a las cinco de la mañana, numerosos combatientes del Frente Sandinista emboscaron a varias patrullas de la soldadesca sanguinaria en el kilómetro ocho de la Carretera Norte, en Managua. Debido a esto, los sicarios de la tiranía, muy nerviosos, se tomaron toda la Carretera Norte dentro de Managua y militarizaron toda la Capital.

 

El primero de junio aparecen numerosos cadáveres de jóvenes, torturados y asesinados por la guardia genocida somocista en la Gruta Xavier y  Cuesta del Plomo (hoy conocida como “Cuesta de los Mártires”). La guardia somocista hizo un despliegue militar muy violento y muy nervioso hacia el Reparto Ciudad Jardín, el 2 de junio de 1979, porque un grupo de guerrilleros del Frente Sandinista se  tomó Radio Corporación y trasmitió un mensaje llamando a la Insurrección Final contra la tiranía.

Cuando llegaron a los alrededores de la radioemisora por supuesto ya no había allí ninguno de los guerrilleros sandinistas.

Un golpe más demoledor todavía le ocurrió a Somoza Debayle el  mismo 2 de junio al publicarse ese día una comunicación de la Conferencia Episcopal de Managua, la cual, de alguna manera, ratificaba la legitimidad moral y jurídica de la Insurrección Popular Sandinista  en contra de una tiranía evidente y ya muy prolongada”.

Al siguiente día, el tres de junio, el Frente Patriótico Nacional y el Movimiento Pueblo Unido llaman a iniciar la huelga general indefinida, la que efectivamente se inicia el cuatro de junio de 1979.

El mismo cuatro de junio estalla la Insurrección Popular generalizada en la zona Suroccidental y Noroccidental de Managua, específicamente: San Judas, Villa Roma, Loma Linda, Colonia Morazán, Balcanes, Monseñor Lezcano, Altagracia, Acahualinca, Loma Verde, Santa Ana y Linda Vista.

Se insurreccionan asimismo, los barrios orientales y norteños de Managua: Riguero, Américas I, II, III y IV, El Dorado, Santa Rosa, Bello Horizonte, Blandón, Meneses, Santa Bárbara, El Edén, Nicarao, Catorce de Septiembre, Ducualí, Reparto Schick Gutiérrez, La Fuente, Santa Julia, Luis Somoza, Don Bosco, María Auxiliadora, San Cristóbal, Paraisito, San José Oriental, Salvadorita, Maestro Gabriel, Larreynaga, Colombia, Xolotlán, Miguel Gutiérrez, San Jacinto, Manuel Fernández Mora, Colonia Primero de Mayo, Barrio Primero de Mayo.

El paro comercial y de trabajadores se registra ya en un 99 por ciento en Managua y en un 80 por ciento en el resto del país, lo cual indica que Somoza Debayle, su tiranía, su guardia sanguinaria genocida y su pandilla de asesinos y ladrones, ya perdieron políticamente la “partida”.

 

En toda la Ciudad de Managua aparecen barricadas, “pozos tiradores”, Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares moviendo armas y municiones de un lado a otro, instalando ametralladoras en puntos estratégicos como cauces y pistas, todo esto particularmente en vecindarios Orientales-norteños y Suroccidentales y Noroccidentales capitalinos.

 

Esa noche del cinco de junio de 1979, me topo con la gran sorpresa de que la Radio Sandino clandestina denuncia que “la mano blanca” o “escuadrones de la muerte” me andan buscando para matarme. En la trasmisión radial clandestina se aseguraba que escuadras del Frente Sandinista de Liberación Nacional, me protegerían.

 

Radio Sandino era escuchada por un grupo numeroso de Combatientes Populares que se reunían escondidos, de noche, en la casa de Benito Espinoza, quien era uno de los activistas de la Asociación de Vecinos de Bello Horizonte, que conducíamos Guillermo Baltodano Serrano y yo.

 

El seis de junio, a las siete de la mañana, cuando llego a las instalaciones del Diario LA PRENSA, el doctor Edmundo Jarquín me dice: “Estás en las “grandes ligas”… escuché tu nombre anoche en Radio Sandino clandestina, informando que los “escuadrones de la muerte te buscan para matarte”, me dijo Jarquín, quien sería después funcionario del gobierno revolucionario sandinista.

 

El ocho de junio, en la noche, se encienden fogatas por casi todo Managua, en repulsa a la tiranía somocista y anunciando la rebeldía popular a punto de explotar.

 

El diez de junio, a eso de las diez de la noche, se escucha un grito prolongado de ¡Patria Libre o morir, Patria o muerte, venceremos!, al Este del Reparto Bello Horizonte.

 

Ese grito era la alborada del estallido de la Insurrección Final en Managua, donde a continuación se escucharon nutridos tiroteos entre escuadras guerrilleras móviles y patrullas “antiterroristas” de la guardia somocista genocida en el Aserrío Carlos Morales Orozco, situado al Este de Bello Horizonte, un poco al Norte de donde es hoy la Rotonda de La Vírgen.

 

Una de esas patrullas, comandada por Bandor Bayer, sufrió varias bajas mortales en esa entonces zona oscura y solitaria del mencionado Aserrío Carlos Morales Orozco.

A partir de ese momento, fueron ocupados militarmente por el Frente Sandinista Bello Horizonte, Santa Rosa, Santa Bárbara (hoy Barrio Venezuela), Salvadorita (hoy Cristian Pérez Leiva), Maestro Gabriel, Barrio Costa Rica, Luis Somoza Debayle (hoy Diez de Junio), Ducualí, El Edén, parte del Barrio Larreynaga, Nicarao, Catorce de Septiembre, Santa Julia, Jardines de Veracruz, Colonia Primero de Mayo, Américas I, Américas III, Américas IV, Riguero, Paraisito, San José Oriental, Luis Somoza, Laureles (hoy Manuel Fernández),  etc.

 

Mientras tanto, varios centenares de jóvenes armados con fusiles automáticos, rifles 22, revólveres 38 y escopetas calibre 20,  recorrían asimismo las calles de San Judas, Monseñor Lezcano, Linda Vista, Loma Verde, Cortijo, Santa Ana y parte de Altagracia, haciendo llamados a insurreccionarse contra la tiranía genocida del somocismo.

Cuando estos jóvenes se desplazaban por la gasolinera del Cortijo, frente al Reparto Linda Vista, se produjo un tiroteo con agentes mortales de la Oficina de Seguridad somocista, durante el cual cae la combatiente popular Lupita Camacho.

Ese nueve de junio de 1979, al borde de las nueve de la mañana, se produce un combate frontal del Frente Sandinista clandestino contra  un contingente de unos 300 oficiales y soldados de la GN somocista genocida entre la entrada al Barrio La Fuente, rumbo al Reparto Schick Gutiérrez, y la entrada al entonces Hospital Oriental (hoy Manolo Morales Peralta). Este combate fue el primer enfrentamiento a balazos de forma muy violenta, frente a frente, de Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares contra los guardias entrenados para matar en la Academia Militar de Nicaragua y en el Canal de Panamá, donde eran entrenados por el Pentágono Militar yanqui genocida.

Este sonado combate fue protagonizado por unos 50 integrantes de la Columna Juan de Dios Muñoz, comandada por el Jefe Guerrillero Ramón Cabrales Aráuz, sólo conocido en ese momento con el seudónimo de “Nacho”. En mi libro “Insurrección Sandinista Victoriosa y Repliegue Táctico de Managua a Masaya” describo con abundancia de datos lo que ocurrió esa mañana y sobre el resto de la Insurrección en Managua.

 

Durante la media noche del 9 de junio, son atacadas con fuego de metralla guerrillera varias Secciones de Policía de la guardia somocista genocida, específicamente en el OPEN III (hoy Ciudad Sandino), en la Carretera Sur por Las Jinotepes, en Monseñor Lezcano, la tenebrosa “Treceava” del “Macho Negro”, la “Quinceava” del Reparto Schick Gutiérrez y la “Doceava” que estaba ubicada en la Segunda Etapa de Bello Horizonte, específicamente en una esquina del Parque Marta Lucía Corea Solís, a tan sólo 100 metros de mi casa.

Al sentirse atacados y hostigados permanentemente, los guardias optaron por abandonar la Sección de Policía GN  de Bello Horizonte en la madrugada, lo que fue aprovechado para prenderle fuego con gasolina a esos de las cuatro y media de la mañana del diez de junio de 1979.

 

 El Sol de Sandino convertido en victoria

 

A pesar de más de un centenar de miles de guardias, doce mil “orejas”, entre ellos Arnoldo Alemán Lacayo, agentes abiertos y encubiertos de la Oficina de Seguridad, “capitanes de cañada”, los centenares o miles de “jueces de mesta”, todos auxiliares asesinos de la tiranía genocida somocista, los miembros del Partido Liberal Nacionalista de Somoza… no obstante las miles de toneladas de fusiles, tanques, tanquetas, morteros, bombas de 500 libras, municiones por millonadas, ametralladoras, la “gloriosa e invencible Guardia Nacional” se derrumbaba definitivamente en los primeros días de julio de 1979.

 

La medida de la derrota me la dieron los hechos de que el General genocida Fermín Meneses Cantarero huyera con todo y sus asesinos masacradores del cuartel G.N. de Masaya, y que se atrincherara con morteros y ametralladoras en la elevación ornamental verdosa de los cerros del Coyotepe y Barranca, desde donde bombardeaba y ametrallaba la Ciudad de las Flores, de día y de noche, causando más muertos.

 

En los primeros días de julio, Gonzalo “Vulcano” Evertz había huido como vulgar cobarde, primero, hacia el Fortín de Acosasco, una elevación geográfica al Suroeste de León, con centro interno de torturas y asesinatos de la guardia somocista genocida desde l950, cuando era jefe de esa plaza el archiasesino coronel Pedro Nolasco Romero.

 

No soportó el asedio libertario de los escasos fusiles guerrilleros sandinistas y “Vulcano” huyó el siete de Julio, de Acosasco hacia el lado del Volcán Cerro Negro, dejando abandonada la plaza, el “!Viva  León, Jodido!, donde fue ejecutado el fundador de la dinastía somocista (Anastasio Somoza García) por el Poeta, periodista, mecanógrafo y Patriota excepcional Rigoberto López Pérez, hijo legítimo de Sandino.

 

El cinco, dos días antes, huía también despavorido otro somocista genocida despiadado, el coronel Rafael Lola, quien dejó abandonado Jinotepe al ser tomado el comando G.N. por las fuerzas guerrilleras del Frente Interno (FSLN), comandadas por los comandantes Carlos Núñez Téllez, William Ramírez Solórzano, Joaquín  Cuadra Lacayo, Ramón Cabrales Aráuz y Mónica Baltodano Marcenaros.

 

Al ocurrir este episodio militar en Jinotepe, terminé de convencerme de la razonable estrategia de mover (en Repliegue Táctico) a los combatientes de Managua a Masaya, para acelerar la inminente derrota de la dictadura militar somocista.

En mi libro “Insurrección Sandinista Victoriosa y Repliegue de Managua a Masaya”, escribo y relato de forma pormenorizada sobre la Insurrección en Managua, desde el primero de enero hasta el 27 de junio de 1979, en la cual me integro plenamente, y sobre las causas fundamentales del Repliegue a Masaya, en cuyas columnas me marcha hacia Masaya el 27 de junio de 1979, en la noche. El plan era salir a las seis de la tarde de Managua  y llegar a Masaya el 28 a las seis de la mañana, pero ninguno de los dos planes se cumplieron, pues de Managua salimos a las once de la noche y llegamos a Masaya el 29 a la una y dos de la mañana.

 

Huyeron, casi al mismo tiempo, los guardias somocistas genocidas que estaban en Diriamba, en Masatepe, en Niquinohomo, en Catarina, en Diriomo, en todos los Pueblos Blancos o Brujos, y faltaba el asalto a Granada, el cual se produjo el 17 y 18 de Julio en la noche y de mañana, respectivamente, después de  combates muy violentos en los 16 cuarteles que tenía la GN en Granada, en sus calles, hasta que se rindieron en el Cuarte “La Pólvora”, centro de torturas y asesinatos, todo protagonizado por el Batallón Móvil Rolando Orozco Mendoza, organizado en Masaya por el Frente Interno para emprender la liberación total de Carazo y Granada.

 

Las noticias llegaban veloces. Se conoció que Chinandega, la Ciudad de las Naranjas, estaba siendo  liberada totalmente. Los sicarios del régimen genocida, encabezados por el multiasesino Franklyn Montenegro y un tal Pablo Emilio Salazar (“Comandante Bravo”), le habían prendido fuego al Hotel Cocibolca y a parte de la ciudad de Rivas, y al mismo tiempo huían mar adentro, en el Océano Pacífico, para lo cual robaron barcos en  San Juan del Sur.

 

Sin embargo, no cesaban los bombardeos aéreos criminales, con morteros y bombas de 500 libras, prácticamente sobre todas las ciudades, especialmente Masaya, Managua, León, Chinandega, Matagalpa, Estelí, Ocotal, Jinotepe…lo cual produjo miles de muertos y enorme destrucción en viviendas y bienes materiales.

 

Vuelan casas en Masaya

 

Somoza Debayle mandó a recrudecer el bombardeo con barriles de gasolina sobre Masaya y también con bombas de 500 libras, una de las cuales hizo volar en millones de pedazos un grupo de casitas del costado Norte de la Iglesia San Jerónimo, donde murieron 23 combatientes del Repliegue de Managua a Masaya.

 

Los guardias genocidas estaban atrincherados en la Fábrica de Clavos INCA, en los cerros del Coyotepe y Barranca y en la Hielera, mientras Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares, encabezados por Marcos  Somarriba García y César Augusto “Moisés” Silva, trataban de expulsarlos de allí.

 

El 18 de Julio en la noche, mientras regresábamos en caravana triunfante de Granada hacia Masaya, escuché en Radio Sandino clandestina que “Palo Alto”, jefatura militar del Frente Sandinista, encabezada por Humberto Ortega Saavedra, se daba la orden a todos los Frentes de combate para avanzar sobre Managua, y al mismo tiempo se exigía la rendición total e incondicionales de la guardia somocista sanguinaria genocida.

 

Antes de esa comunicación, había escuchado en la misma Radio Sandino acerca de la posibilidad de formar un “Estado Mayor Conjunto” con la guardia somocista genocida, y que uno de los integrantes por el FSLN sería Omar Cabezas Lacayo, pero como se sabe esta posibilidad la echaron a tierra el “tal Urcuyo” y el tal coronel Mejía, quienes prefirieron, según ellos mismos, exigir que el FSLN se rindiera.  “Que se rinda tu madre”, se les respondió, tomando el ejemplo del poeta Leonel Rugama Rugama, cuando el multiasesino general Samuel Genie le pidió que se rindiera el 15 de enero de 1970, en las cercanías del Cementerio Oriental de Managua.

 

Por medio de Radio Sandino escuché que los comandantes Henry “Modesto” Ruíz Hernández y Luis Carrión Cruz, jefes de la Brigada Pablo Úbeda y del  Frente Oriental Carlos Roberto Huembes, respectivamente, habían recibido la orden de enrumbarse a Managua, procedentes de Juigalpa y Boaco, y Costa Caribe Nicaragüense, ya liberados a balazos por el Frente Sandinista de Liberación Nacional.

 

Escuché en Radio Sandino clandestina que los Comandantes Tomás Borge Martínez y Jaime Weelock Román estaban ya coordinando acciones militares, el 18 en la noche, para terminar con los restos de la guardia somocista genocida en Chinandega, Corinto, Chichigalpa, Villa Nueva, Guasaule, Villa Nueva, Cinco Pinos, Posoltega, para disponerse, igualmente, a avanzar sobre Managua, donde  los tales Urcuyo y Mejía pretendían hacerse los “gatos bravos” reteniendo un poder que ya dejaba tras de sí a más de 50 mil muertos, todos asesinados por el inmenso aparato represivo y genocida del somocismo.

“Sombra Zúniga” fusilado

 

Por medio de la Sandino me llegó la noticia de que Estelí había sido completamente liberada el 17 de Julio, al medio día, después de un combate memorable, mediante el cual se vieron las cualidades militares geniales de Francisco “Zorro” Rivera, quien con mañas expulsó del cuartel GN al famoso masacrador genocida coronel Vicente “Sombra” Zúniga.

 

Al ser echado por el fuego de metralla revolucionaria, “Sombra” Zúniga pretendió apoderarse de los niños de la  Aldea SOS, en busca de una fuga segura, pero “Zorro” Rivera previó este asunto, y le salió al paso cuando huía hacia ese lugar.

 

“!Entréguense, malditos asesinos!”, les gritó “Zorro” Rivera, pero no obedecieron y una lluvia de plomo los derrumbó mortalmente al suelo fangoso del Norte de la Ciudad de Estelí.

 

Por supuesto, me llené de inmensa alegría al escuchar, ese mismo día 17, que el tirano había huido como cualquier rata asustada. Esa noche del 17, en una de las trincheras de combate de Masaya, estuve escudrillando el cielo, en busca de ver el avión en que iba el desgraciado genocida mayor (Somoza Debayle), pero no lo vi.

 

Los guardias fueron sacados de los campanarios de la Iglesia Catedral de Matagalpa, y escuché que igualmente se le ordenaba al Frente Norte Carlos Fonseca Amador, jefeado por el Comandante Bayardo Arce Castaño, que avanzara sobre Managua, la Capital nicaragüense.

 

“Clase diluvio de balazos les va a caer a los guardias genocidas somocistas que todavía quedan en Managua”, pensé yo el 18 de Julio en la noche, mientras me habían dado la tarea de vigilar a un coronel somocista de apellido  Ruiz Fonseca, prisionero, el que había sido capturado en el cuartel de Granada.

 

El Frente Sur Benjamín Zeledón, jefeado por Valdivia y Edén Pastora Gómez, también se disponía para avanzar sobre la capital.

 

Guardias huyen del Coyotepe

 

Yo estaba que rascaba por bajar a Managua. Esa noche del 18 se planteó la posibilidad en Masaya de lanzarse al asalto definitivo de las posiciones de los guardias genocidas en la INCA y  Coyotepe, pero no fue necesario, porque los sicarios del régimen genocida no amanecieron el 19 de Julio en la mañana. Todos habían huido, dejando fusiles, tiros, !y todo!, pues parece que se vistieron de “paisanos” civiles para salir huyendo por el lado de Tipitapa, Municipio de Managua, para luego seguir rumbo al Norte por la Carretera Panamericana, hacia Honduras, donde después, apoyados por el gobierno criminal de Estados, se armaron y atacaron al régimen revolucionario sandinista.

 

Esa mañana del 19 de julio fueron liberados los prisioneros sandinistas que estaban allí en los cerros del Coyotepe y Barranca, en la Fábrica de Clavos INCA y en la Hielera del Barrio Santa Rosa, entre otros, recuerdo, a Carlos Emilio “Aguja” Cuadra Rodríguez, “Iguana” Oporta, pero no estaban vivos allí Walter Mendoza Martínez y otros capturados por los asesinos de Fermín Meneses Cantarero.

 

El mismo día 19 de julio de 1979, antes de las siete de la mañana fue capturado Alberto “Macho Negro” Gutiérrez, nada menos, en los Altos de Masaya, lo cual fue una verdadera sorpresa para mí. Este famoso asesino de la Guardia Nacional somocista genocida fue capturado por una escuadra de Combatientes Sandinistas al mando de Francisco “Chico Garand” Guzmán Fonseca y Abraam Delgado Romero, precisamente, en la Comarca Altos de Masaya.

 

¿”Macho Negro” Gutiérrez?, ¿dónde lo hallaron?, pregunté yo. “Estaba escondido en un montón de zacate seco, a la orilla de una letrina de familiares suyos en Los Altos de Masaya”, se me explicó.

 

Yo andaba agitado, pues había ido corriendo al Cerro Coyotepe y a la INCA, a enterarme personalmente de que los guardias somocistas se habían ido, se fugaron. Me parecía un sueño horripilante, pues durante casi un mes se soportaron los bombardeos aéreos  diarios, día y noche, desde el Cerro Coyotepe contra las casas de Masaya. Además, el 18 en la noche, cuando regresábamos de Granada, un mortero lanzado desde el Cerro Coyotepe, cayó dentro de un camión en que traíamos a casi 100 Combatientes Populares, parte de los cuales resultaron heridos graves.

 

Al Coyotepe fui antes de las seis de la mañana del 19 de Julio. Cuando regresé a Monimbó, a las siete, recibí una llamada del Comandante Carlos Núñez Téllez, quien me mandaba a decir que Alberto “Macho Negro” Gutiérrez me había puesto como “testigo de su buena conducta”. Sí, éso dijo “Macho Negro”. Este multiasesino efectivamente me conocía, porque yo lo denuncié en numerosas ocasiones por sus crímenes en la Zona Oriental-norte de Managua, por medio de la infernal Treceava Sección de Policía.

 

“Macho Negro” fusilado en Monimbó

 

“Macho Negro” estaba atado de las manos con una manila blanca, gruesa y un alambre eléctrico negro. Vestía un pantalón azulón y me parece que la camiseta era color violeta. Estaba barbudo y se mostraba tranquilo, tal vez pensaba que no lo fusilarían.

“Sí, hombre, sos tan “buena gente”, que has matado y torturado a centenares de personas en Managua”, le respondí. “Macho Negro” no se conmovió. Me imagino que él sólo quería ganar tiempo

El Comandante Núñez le enumeró un rosario de crímenes, masacres y torturas ejecutadas por él en la Treceava Sección de Policía GN, en Managua.

Unos minutos después de aquella breve conversación conmigo, el Comandante Núñez Téllez ordenó que fusilaran al “Macho Negro” en la entrada al Barrio Monimbó, allí frente al Colegio Salesiano, donde finalmente descansó la multitud del Repliegue Táctico aquel 29 de junio en la madrugada.

 

La noticia del fusilamiento en breve, corrió como reguero de pólvora y se formó una manifestación de unas tres mil personas frente al Colegio Salesiano, porque mucha gente curiosa quería conocer al célebre asesino, y al mismo tiempo pedían a gritos: “!Fusílenlo…fusílenlo!”

 

Se ordenó formar una escuadra pequeña para el fusilamiento, pero en realidad se agrupó casi una compañía de Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares, pues todos querían dispararle un tirito al célebre torturador de la dictadura somocista.

 

Yo temí que los combatientes se hirieran entre ellos, al disparar. “Macho Negro”  Gutiérrez fue ubicado contra el muro de una casa. El grupo numeroso de combatientes se acomodó, apuntaron a corta distancia los fusiles, y yo también me acomodé para tomar las fotos del momento en que el cuerpo de este asesino virtualmente era levantado en el aire por la lluvia de balazos. En mi libro “Insurrección Sandinista Victoriosa y Repliegue de Managua a Masaya explico detalladamente este asunto de la captura y fusilamiento de “Macho Negro”.

 

Fusilados otros esbirros

 

Ya en esos momentos se habían publicado noticias en  Radio Sandino clandestina de que días antes había sido fusilado el también famoso esbirro somocista Cornelio Hüeck Plata, después de un juicio popular sumario, en San Martín, Rivas.

Igual había ocurrido con el “Chele” Aguilera en León, donde uno de los peores criminales era “Pipilacha” Obando.

En Managua se había fusilado, después juicio popular sumario, el también famoso Pedro Pablo  “Poeta Carpintero” Espinoza, periodista defensor fanático de la tiranía somocista genocida.

Eran tan amados por el tirano este “Poeta Carpintero” (hechura de Pablo Antonio Cuadra), que la placa de su carro, un Chevrolet viejo, grandote, era un pedazo de madera con un “Punto y Coma” (signos gramaticales), que era el nombre de su programa despreciable para defender a Somoza Debayle y a la tiranía.

Se había escapado Miguel Angel “Cositas Sueltas” García, otro plumario extremadamente mediocre, ignorante, vulgar, pendenciero y defensor fanático de la tiranía  somocista desde la Radio Difusora Nacional de Nicaragua (del Estado) y Estación X, propiedad de Somoza.

 

En Masaya se buscaba afanosamente a “Pescado Seco”, otro oreja  tenebroso de la guardia y de la Oficina de Seguridad Somocista.

Esa misma mañana del 19 se ordenó que todos los managuas, replegados el 27 de junio de 1979, nos uniéramos a contingentes de masayas, granadinos, jinotepinos, masatepinos, para avanzar sobre Managua.

Había llegado el momento de la dulce venganza popular en contra de los feroces asesinos de la guardia somocista sanguinaria genocida, convertida en tiranía y dinastía, fundada por Estados Unidos como Ejército de Ocupación al ser derrotados sus angelitos invasores (Marinería norteamericana) por el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional en 1934, jefeado por el General Sandino, a quien asesinaron con la vocación traidora que siempre les caracterizó a Somoza García y a los yanquis genocidas y ladrones de recursos naturales en Nicaragua y América Latina.

 

Huyen en estampida

 

Sobró quienes prestaran camiones, camionetas, tractores con trailers, jeeps y autobuses, para subir a los contingentes de Jefes Guerrilleros, Combatientes Populares, Colaboradores Históricos del FSLN  y pobladores en general.

Aquel era el momento cúspide del consenso nacional, logrado a punta de ríos de sangre y de más de 50 mil muertos, en 45 largos años de lucha contra la tiranía, insisto, fundada, sostenida y mimada por los gobernantes sanguinarios genocidas norteamericanos.

 

Sólo los guardias, huyendo en estampida en ese momento, los “orejas solapados”, los fieles seguidores de la dictadura, los agentes de la Oficina de Seguridad, los miembros de la “Mano Blanca”  (“escuadrones de la muerte”) de Chester Escobar y Byron Jerez, los “jueces de mesta”, “los capitanes de cañada…”, ésos, por supuesto, no estarían de acuerdo con el Triunfo de la Revolución Sandinista, la cual comenzó como aurora titubeante con la fundación del FSLN en 1961, pero que en este momento, esa mañana del 19 de Julio de 1979, ascendía en el horizonte geográfico e histórico nacional como el inmenso “Sol de la Libertad” del que hablara Sandino, cuando dijo: “Nosotros iremos hacia el Sol de la Libertad, o hacia la muerte, y si morimos, otros nos seguirán”. Sus seguidores habíamos triunfado, finalmente, a punta de balazos y bombazos.

 

Soy franco en confesar que me parecía un sueño lo que estaba viendo esa mañana. Los guardias genocidas poderosos, omnímodos asesinos por el poder de las armas, inmunes a ser encarcelados y juzgados en los tribunales comunes, huían como ratas asustadas por una manada de gatos, mientras los pobladores sencillos brincaban de alegría en las calles de Masaya esa mañana del 19 de Julio.

 

!Triunfamos! Somos libres!

 

!Triunfamos! !Somos libres, por fin! Malditos Somoza, malditos guardias genocidas, ahora huyen como alimañas”, eran los gritos multiplicados aquella mañana en las calles de Masaya, y  se multiplicaban por miles, millones de gritos de desborde de alegría en Managua, León, Chinandega, Madriz, Nueva Segovia, Jinotega, Matagalpa, en la tres veces heroica Estelí, en Ocotal, en Rivas, en Juigalpa, en Bluefiels, en Puerto Cabezas, en Siuna, en Jinotepe, en Granada, en Boaco, en Madriz…

 

Las lágrimas chorreaban espontáneas por las mejillas pálidas de mujeres, hombres, ancianos, niños, que al fin sentían la ausencia de aquel inmenso aparato militar opresor de la dictadura, pues inclusive había cesado el bombardeo desde El Coyotepe y de la INCA, en el caso de Masaya.

 

En aquellos momentos fugaces pude ver que familiares, amigos, vecinos, se fundían en abrazos interminables, ya fuese por alegría de que la dictadura  desaparecía por siempre, o debido a los recuerdos de los familiares asesinados, del hijo caído, la madre caída en combate, del padre o el hermano caídos heroicamente combatiendo, o masacrados por los sicarios somocistas que en esos momentos huían por tierra, aire y agua hacia Honduras, donde, después hicieron sus bases contrarevolucionarias, para matar más gente en Nicaragua, apoyados y dirigidos, como siempre, por el gobierno criminal de Estados Unidos.

 

En esa mañana del 19 de Julio yo también estaba inmensamente alegre por la desaparición de la tiranía, gracias al heroico y épico  Frente Sandinista de Liberación Nacional y a la población humilde insurreccionada, pero a la vez sentía tristeza porque no sabía nada de lo que había pasado con mis hermanos Mauricio y Leopoldo, quienes de Nindirí se fueron por veredas hacia Tipitapa, cuando íbamos en Repliegue a Masaya.

 

Los camiones y demás medios de transporte, se repletaron. No recuerdo cuántos eran, sólo puedo atinar a recordar que eran, tal vez,  diez mil, doce mil pobladores…

 

Fusiles como espigas de maíz

 

“Ya no alcanza más gente…imposible llevar más”, sentenció el comandante Carlos Núñez Téllez, mientras veía aquella fila interminable. “Montate en una de esas barandas de ese camión, allí te vas colgado”, me dijo el Comandante Núñez. Al subir, tuve una visión más nítida de cómo los fusiles, ahora multiplicados por centenares o miles al huir los guardias genocidas, sobresalían por encima de los vehículos como espigas de maíz, que repentinamente florecían en las manos sencillas de pobladores sencillos (hombres y mujeres, la mayoría de ellos jóvenes), los cuales a la vez tiñeron de rojinegro sus cuellos y extendieron banderas del FSLN en todos los camiones.

 

Salimos ya tarde, después del medio día, recuerdo. Adelante iban, por supuesto, los combatientes más experimentados por si se presentaba una emergencia de combate.

 

En la delantera iban también el Comandante Núñez Téllez, todo el Estado Mayor del Frente Interno, el Estado Mayor de Managua, y todos los Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares que hicieron posible la Insurrección Sandinista en Managua y el Repliegue Táctico de Managua a Masaya.

La caravana avanzaba lenta, primero porque una avanzadilla exploraba el terreno; segundo, debido a que de las comarcas aledañas a la carretera habían salido miles y miles de campesinos a saludar a los combatientes y pobladores, que se dirigían a sacar de sus cuevas a los asesinos de la Loma de Tiscapa, en Managua.

Agitaban banderas rojinegras, se acercaban y extendían ansiosamente sus manos callosas en busca de estrecharlas con las de aquellos Combatientes Guerrilleros y Populares, enflaquecidos por el hambre y el desvelo, barbudos, hediondos por la escasez de baños, porque el combate no lo permitía, y que habían logrado el milagro de liberar al país de una de las tiranías más sangrientas de América Latina.

 

Esos campesinos y resto de pobladores gritaban al paso lento de la caravana: “!Patria Libre o Morir, Patria o Muerte, Venceremos. Ya somos libres, los asesinos se fueron!”.

 

Las fieras del “Chigüin” en la Loma de Tiscapa

 

Sin embargo, las noticias que escuchábamos indicaban que se combatía con guardias somocistas genocidas en distintos sitios de Managua, especialmente frente a la Loma de Tiscapa, donde quedaban grupos de resistencia de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI), un numeroso grupo de militares selectos, entrenados para matar, matar y matar, y jefeados personalmente por Anastasio “Chigüin” Somoza Portocarrero, ascendido a coronel por su padre dictador genocida con la finalidad futura de convertirlo en el jefe de la guardia genocida y de la dictadura.

 

Cuando veníamos entrando a Managua, la algarabía fue sencillamente indescriptible. Dentro de los camiones caían flores, papelitos con razones cortitas de: “ustedes son nuestros ángeles, los salvadores de la patria”.

 

Llegamos a la Loma de Tiscapa, donde los combatientes fueron distribuidos por diferentes lados, para terminar de aniquilar y capturar a los guardias y agentes de la Oficina de Seguridad, que todavía resistían.

Mientras tanto, avanzaban hacia Managua el Frente Occidental Rigoberto López Pérez, en el cual venían los miembros de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional; el Comandante Tomás Borge Martínez y el Comandante Jaime Weelock Román, jefes de este Frente; el Frente Norte Carlos Fonseca Amador, conducido por el comandante Bayardo Arce Castaño; el Frente Oriental Carlos Roberto Huembes Ramírez y la Brigada Pablo Úbeda, jefeados por los Comandantes Luis Carrión Cruz y Henry Ruíz Hernández; y el Frente Sur Benjamín Zeledón, comandado por José Valdivia y Edén Pastora Gómez.

 

El horror había terminado

 

En la tardecita tuve la certidumbre personal profunda de que el horror de la opresión yanqui somocista había terminado. Me sentía como saliendo de un larguísimo túnel oscuro, lleno sólo de fieras mortales, de donde había salido vivo milagrosamente, gracias a que otros 50 mil nicaragüenses murieron en ese túnel somocista infernal.

 

Pensaba en que en ese momento no estaban presentes, para saborear esa alegría indescriptible, los jefes indiscutibles de la Revolución: Sandino, Santos López, Rigoberto López Pérez, Carlos Fonseca Amador, Germán Pomares Ordóñez, Ricardo Morales Avilés, Oscar Turcios Chavarría, Jorge Navarro Martínez, Pedro Aráuz Palacios, Enrique Lorente, Pablo Úbeda, Angelita Morales Avilés, Luisa Amanda Espinoza, Arlen Siú, Claudia Chamorro…

 

Las noticias indicaban que la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, encabezada por el Comandante Daniel Ortega Saavedra, había tomado posesión en León, la capital de la Revolución Sandinista.

 

En emisoras extranjeras y nacionales, y por medio del sistema de comunicaciones sandinistas, se oía que todos los Frentes estaban por llegar a Managua el 20 de Julio en la mañana.

 

Multitudes de campesinos y pobladores urbanos se habían salidos a las carreteras principales a saludar a los contingentes de combatientes que venían a la liberación total de Managua, el reducto final de los genocidas somocistas en ese momento.

En medio de esa multitud se abría paso la Junta de Gobierno, integrada por Daniel Ortega Saavedra, Sergio Ramírez Mercado, Violeta Barrios viuda de Chamorro, Alfonso Robelo Callejas y se me olvidaba decir que Moisés Hassan Morales venía con nosotros de Masaya.

 

Tomás Borge venia en un jeeps renegado con Omar Cabezas Lacayo. Vistiendo la misma ropa verde olivo de hacía unos 15 días seguidos, y hediondo por supuesto, yo llegué temprano a la entonces Plaza de la República.

Aquello era indescriptible. La Plaza estaba al reventar de pobladores, combatientes con ropas sucias, raídas y hediondas, pero a la vez provocaban una hilaridad colectiva de admiración infinita en rostros de niños vivaces y de mujeres, jóvenes y viejas, que parecían ángeles al dedicar sus más bellas sonrisas a los vencedores Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares del FSLN, que en ese momento dejaba de ser clandestino y pasaba a jefear la Revolución Sandinista y el Gobierno Revolucionario.

 

En el centro de la Plaza vi una tanqueta, que esta vez servía de juego a los niños, los cuales se resbalaban por su calibre y caminaban encima de toda su estructura metálica. Días antes, esta tanqueta era usada para matar a miles de managuas o pobladores capitalinos.

 

Empuñados por brazos sudorosos, los fusiles automáticos, los riflitos, las escopetas calibres 12, 16 y 20;  los rifles 30-30, los revólveres calibre 38 y las pistolas de varios calibres, enseñaban los cañones al cielo, en el cual se abrían paso las miles de balas disparadas por alegría incontenible ese 20 de Julio de 1979.

 

Abrazos prolongados

 

Se fundían en abrazos prolongadísimos unos grupos de Combatientes con otros, Combatientes con amigos, vecinos y familiares de Managua, mientras las banderas rojinegras ondeaban como racimos de millón y flores de sacuanjoches azotados por el viento.

 

“Estás vivo, pipito… tenía años de no verte…estás muy flaco, venís muy sucio…aquí estamos esperándote”, eran expresiones comunes de estos encuentros emocionadísimos ese día minutos antes del acto en la Plaza de la República, después bautizada como Plaza de la Revolución Carlos Fonseca Amador.

 

Aquella Plaza vibró, como sacudida por una aurora repleta de clarines anunciando un Triunfo de envergadura histórica colosal, cuando entraban los miembros de la Dirección Nacional del Frente Sandinista y de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, y los aplausos y los vítores estremecían más el ambiente caluroso y soleado al momento en que eran mencionados todos los miembros de la Dirección Nacional del FSLN.

 

Difícil describir con palabras comunes aquel momento histórico emocionante, de trascendencia histórica universal, centroamericana y latinoamericana, pues se trataba, nada menos, que del Triunfo de la Revolución Popular Sandinista, soñada, organizada y echada a andar por Carlos Fonseca Amador y todos los fundadores del FSLN, sólo parecido aquello del 20 de julio de 1979  a lo acontecido con la victoria revolucionaria cubana en enero de 1959, 20 años antes.

Triunfo que había costado más de 50 mil muertos, destrucción generalizada, robos colosales del somocismo  sanguinario y de los yanquis genocidas al erario público nicaragüense, saqueo de los recursos naturales, de las minas, violaciones violentas a decenas de miles de mujeres, vejámenes permanentes contra la población civil humilde, todo lo cual en ese momento se derrumba para siempre, y como que estaba emergiendo por el Este de Nicaragua el Sol resplandeciente del General Sandino y la aurora revolucionaria de los ojos miopes de Carlos Fonseca Amador.

 

Discursos electrizantes

 

Los discursos de los miembros de la Junta de Gobierno y de los integrantes de la Dirección Nacional, todos cortos, electrizaron la sicología popular, la que premió el Triunfo con aplausos prolongadísimos, especialmente por aquellas palabras de Tomás Borge Martínez, que parecían centellas iluminando el panorama oscuro dejado por los genocidas sanguinarios de la dictadura somocista.

 

Miles de cadáveres

 

Efectivamente era tétrico ese panorama, porque ese mismo día 20 de Julio encontramos 200 cadáveres en la superficie irregular de Las Lomas de San Judas, asesinados por los genocidas somocistas después del Repliegue de Managua a Masaya.

 

Ese mismo día 20 de Julio hallamos varios centenares de cadáveres en la Cuesta del Plomo (hoy Cuesta de los Mártires) y en las cercanías de las Cuevas de la Colina de Mokorón, donde fue encontrado el cuerpo mutilado de la doctora Erlinda López de Osorio.

También se destaparon las tumbas colectivas del Campo de Concentración somocista genocida de Río Blanco (Matagalpa), donde personalmente los asesinos “Vulcano” Evertz, el “Tigre” Medina y Franklyn Montenegro, habían dirigido la matanza de más de 3,000 campesinos, capturados en otros sitios del Norte de Nicaragua y llevados hasta allí, para torturarlos y descuartizarlos con  perros feroces dentro de las instalaciones militares.

 

Me acordaba en esos momentos de cómo sacaban de ese Campo de  Concentración a los campesinos, los montaban en helicópteros y desde grandes alturas los dejaban caer sobre las montañas espesas de los Cerros Musún, Kilambé, sobre Peñas Blancas, en la Cordillera Dariense, en la Cordillera Chontaleña, en la Cordillera de los Maribios, en la Cordillera Isabelia, etc.

 

400 masacres genocidas

 

Recordaba las más de 400 masacres somocistas genocidas conocidas, entre otras, las de La Arrocera y Veracruz en León, la de la Montañita en Estelí, las de Batahola, Colina 110, del Kilocho Sur, la matanza de Belén (Rivas, días antes del Triunfo de la Revolución), donde los guardias se presentaron con pañoletas rojinegras en el cuello, traidoramente convocaron a los pobladores a la Plaza y allí los ametrallaron, matando casi a 20 de ellos.

Pasaban por mi cabeza los datos suministrados por la Cruz Roja nacional, cuyos funcionarios sostenían que en Managua habían sido asesinadas no menos de 20, 000 capitalinos durante la Insurrección Final y después del  Repliegue de Managua a Masaya.

 

Me acordaba de los niños Héroes Luis Alfonso Velásquez Flores y Manuel de Jesús “Mascota” Rivera, ambos asesinados por guardias en Managua y Jinotepe, respectivamente.

 

Yo estaba allí, recordando aquella noche larguísima y oscura del somocismo sanguinario, desapareciendo en ese momento histórico del 20 de julio de 1979, que era iluminada por la aurora del 19 de Julio de 1979, día en que se producía un parto revolucionario amparado en el pensamiento genuino de Sandino y de Carlos Fonseca Amador, excepcionales patriotas antiimperialistas.

 

Todos sabemos que el país entero fue sembrado de cadáveres por los genocidas, y esa labor asesina la continuaron los contrarrevolucionarios somocistas y el gobierno criminal genocida de Estados Unidos (otra vez Estados Unidos) después con la guerra de agresión de los años 80, época en que mataron a otros 40 mil nicaragüenses, más la destrucción material valorada en 17 mil millones de dólares, según sentencia de la Corte Internacional de Justicia de las Naciones Unidas, ubicada en La Haya, Holanda,  en 1986.

 

Revolución y sus logros

 

Esos 17 mil millones de dólares fueron “perdonados” por Violeta Barrios de  Chamorro, la iniciadora de la reinstalación del somocismo en aparatos de poder estatal, lo cual, es nuevamente, una amenaza de que vuelva aquel sistema de asesinos profesionales, además de que ya está instalada toda la lacra de ladrones que tenía el somocismo en el país hasta el 19 de Julio de 1979.

Hoy, como en julio de 1979, tenemos obligación de obtener otro triunfo resonante, ahora en las urnas electorales, para que el pueblo pobre vuelva a tener empleo, pues la Revolución  Sandinista redujo el desempleo al 8 por ciento; para que vuelvan la educación y salud gratuitas, la capacitación científica de los obreros, técnicos y profesionales, para que hayan políticas de viviendas, para que los negociantes y ladrones no cobren por los lotes de los asentamientos, para que las cooperativas agrícolas tengan apoyo financiero, para que los productores agrícolas privados tengan financiamiento productivo.

 

En la época de la dictadura somocista existían apenas 173 sindicatos, con 22 mil afiliados; en cambio, la apertura revolucionaria dio como consecuencia la organización de más de dos mil (2,000) sindicatos con casi 400 mil afiliados; los salarios eran revisados y subían cada seis meses; la mitad de los trabajadores mencionados recibían el famoso AFA, subsidio de transporte, capacitaciones técnicas dentro y fuera del país; preparación de profesionales en distintas ramas de las ciencias; el analfabetismo se bajó del 50 por ciento al 12.50 por ciento; las matrículas escolares pasaron de medio millón a casi millón y medio; y de 2, 699 centros escolares a tres mil 972; y de 17, 376 maestros a 43, 988 educadores; la mortalidad infantil se redujo de 121.1 por cada mil nacidos vivos a 57 por cada mil nacidos vivos; El seguro Social subió la atención de 129, 517 trabajadores a 298, 860 trabajadores…

Son sólo algunos ejemplos de los beneficios de la Revolución Sandinista, pues como se sabe se hicieron la Reforma Agraria, se produjeron las intervenciones a los Repartos Ilegales, se construyeron 29, 062 viviendas, se edificaron 309 asentamientos con 10,000 casas, se organizaron tres mil 151 Cooperativas Agrícolas… y la lista de logros es muy larga.

 

Las “barricadas” brotaban como los hongos el ocho de junio de 1979

 

El “Pollón” en la Insurrección de San Judas

 

En esta parte de este libro, decidí incluir un relato breve sobre la Insurrección Sandinista en San Judas, a partir de una entrevista que ya le había hecho al “Pollón” López Gaitán, quien concejal del Frente Sandinista en Managua, durante el período de Herty Lewites Rodríguez del año 2001 y al año 2005.

 

En mi libro “Insurrección Sandinista Victoriosa y Repliegue Táctico de Managua a Masaya” incluí relatos pormenorizados de la Insurrección Sandinista en la Zona Suroccidental y Noroccidental de Managua, identificadas por el mando revolucionario del Frente Interno como “Zona Secundaria de guerra de guerrillas en movimiento, de forma móvil, para golpear a los guardias somocistas genocidas mientras se desarrolla y fortalece la Insurrección en la Zona Principal Oriental-norte de Managua”, todo ocurrido entre el cuatro de junio y el 27 de junio de 1979.

 

“El cuatro de junio nos levantamos masivamente en San Judas. Como no habían armas de guerra, nos dedicamos a improvisar “barricadas” y zanjas en el pavimento, con el fin de impedir el ingreso de los guardias al Barrio San Judas”, me relató Ronald “Pollón” López Gaitán.

Los Combatientes Populares andábamos con rifles 22, pistolitas también 22, escopetas 12, 16 y 20,  y bombas de contacto. Teníamos tomada Vista Hermosa y La Quebradita, donde efectuamos una emboscada; nos tomamos el “Mercadito” cuando se metió la guardia somocista genocida a San Judas, y empezamos a hacer un replieguito hacia el Camino de Bolas, cogimos por el camino que te lleva a Pochocuape, pasamos por un pozo antes de llegar a la Hacienda del Vapor, en los Lomos de El Crucero o montañas del Sur de Managua.

 

La guardia tenía tomada la Hacienda del viejo lotificador Humberto Torres Molina, desde donde nos disparaban hacia la Hacienda El Vapor, cafetalera… Varios compañeros cayeron sobre la vía o camino mencionado.

En El Vapor comíamos papayas verdes, cocidas, como ayote; también otras frutas que encontramos mientras permanecimos replegados en ese sector del Sur de Managua.

Cuando una tropa de la guardia somocista llegó a El Vapor, algunos estábamos descansando en un “gancho de caminos”. Entonces, Geny Soto, miembro del Estado Mayor,  ordenó que nos fuéramos más adentro, porque estábamos muy visibles, pues la soldadesca nos podía sorprender.

 

Nos fuimos al fondo, a la Hacienda San  Francisco, donde se produjo  el primer tiroteo. Algo que nos ocurrió allí, por desconocimiento, es que buscábamos cómo salir del perímetro de las Haciendas San Francisco y del Vapor, distanciadas ambas de 500 metros, y volvíamos a regresar al mismo punto.

Tuvimos que tomar rumbos desconocidos, mientras íbamos dispersos. Algunos fuimos a salir, por ejemplo, al Sur de la Universidad Nacional, mediante veredas de la comunidad Jocote Dulce, hoy también conocida como Silvia Ferrufino Sobalbarro.

 

En el propio Barrio San Judas, un grupo numeroso de Combatientes Populares estuvimos en los alrededores de la Escuela Panamá, una cuadra arriba, tres al lago, donde tuvimos una de las barricadas más grandes.

También estuvimos en la parte Sur, del Puente del Ceibo, cuatro cuadras abajo…allí estuvimos parapetados, combatiendo a la guardia genocida.

 

Conocí un montón de gente en esta lucha político militar de San Judas: Modesto Munguía Martínez, Víctor,  Carlos y Mario Cienfuegos Aguilar;  Beatriz Narváez,  Carlos Jácamo, Medardo Hurtado, Aníbal Bendaña, Hugo Norori, Oscar Loza, Jairo Téllez, Glauco Robelo, Francisco Cano, los “Cheles Urbina”, Geny Soto, los hermanos Navarrete, los Ramírez Fornos, un hijo de Onofre Guevara (caído en la Insurrección de San Judas), los Guillenes, Toño Zepeda, Miguel, un tipo al que le llamaban “Calentura”,  Verónica Cuadra, el “Chaparro” Harris, Danilo Norori, quien salió herido por donde la “Jolota”; Julio García y mucha gente “importada” de otros Barrios,  más los sobrevivientes de la masacre de Batahola.

 

Una buena cantidad de combatientes de San Judas después formaron la famosa columna de Rolando “Cara Manchada” Orozco Mendoza, quien cayó combatiendo heroicamente cuando se producía la toma de Jinotepe, después del Repliegue Táctico de Managua a Masaya. Esta columna anduvo por Masatepe, Jinotepe y llegó hasta Montelimar en las cercanías de San Rafael del Sur, y por Santa Rita, al Sur del Departamento de Managua. Esta columna estuvo a cargo, al final de Omar Gaitán

 

¿Cuáles fueron las motivaciones de la Insurrección en los Barrios Occidentales?

 

Lo fundamental era que las fuerzas sandinistas tenian una beligerancia política y militar constante, sobre todo en la zona del Barrio San Judas y el OPEN III o Ciudad Sandino.

 

La Insurrección Final estaba planteada para todo Managua. Sin embargo, “el centro de la Insurrección” se debía desencadenar en los Barrios Orientales y del Norte capitalinos. Pero para dispersar a la guardia genocida y de desajustarle su capacidad militar, se organizó la “toma o Insurrección de los Barrios Orientales”, incluso iniciando con los Barrios Occidentales para provocar una especie de “diversionismo” en los mandos de la oprobiosa Guardia Nacional.

Cuando se produce la “toma o Insurrección de los Barrios Orientales”, la guardia está dispersa, no ubica dónde es propiamente el “foco” insurreccional o de resistencia de las fuerzas sandinistas de Managua.

Esta táctica sirvió de mucho porque la guardia utilizó mucha fuerza militar para combatir la Insurrección en los Barrios Occidentales, mientras al mismo tiempo tenía la presión en los Barrios Orientales. O sea, la guardia estaba dispersa en todo Managua.

 

La resistencia que se hizo en los Barrios Occidentales permitió que se consolidara el foco principal que eran los Barrios Orientales y del Norte de Managua.

 

¿Se ha especulado sobre que eran fuerzas distintas las de San Judas y las de Santa Ana, por ejemplo?

 

No, era una sola fuerza insurreccional. La Insurrección era una sola. Lógicamente, como Managua estaba dividida en territorios poblados y despoblados en ese momento, en lo que era el Regional, dividido por sectores, lógicamente en el sector Santa Ana, Monseñor Lezcano, Acahualinca, Balcanes, Loma Verde, Morazán, Linda Vista, Las Brisas, Altagracia y  Cristo del Rosario, allí operaba una fuerza de Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares; igual ocurría en el OPEN TRES (Ciudad Sandino), también  en San Judas, Villa Roma, Vista Hermosa, Torrez Molina y Loma Linda era otra fuerza, pero estamos hablando de un todo unificado en cuanto a mando militar revolucionario, jefeado por el Frente Interno, cuyo jefes eran los comandantes Carlos Núñez Téllez, William Ramírez Solórzano y Joaquín Cuadra Lacayo.

 

Incluso, el excomisionado Eduardo Cuadra Ferrey, quien era miembro del Estado Mayor del Frente Sandinista en el sector Suroccidental, en ese momento era uno de los miembros del Regional del FSLN en Managua, y con Ramón Cabrales Aráuz era el responsable del sector de Monseñor Lezcano, Morazán, Acahualinca, Santa Ana y Altagracia. Sin embargo, a la hora de la Insurrección, Cuadra estaba asignado con el resto del Estado Mayor en San Judas.

Ese Estado Mayor Conjunto, de las “tres tendencias”, lo integraban: Gabriel Cardenal Cabrera, Eduardo Cuadra Ferrey, René Cisneros Vanegas, Adrián Meza Soza, Geny Soto Vásquez, Víctor “Dientes de Lata” Romero Pérez, Cristóbal “Gersán” Casaya Guevara, los hermanos Navarrete…

 

Eran jefes de escuadras y otras funciones: Yuri Valle, Víctor y Carlos Cienfuegos Aguilar, Alonso Flores, Danilo Serrano, Antonio “Chele” Zepeda, Boanerges Munguía, Mauricio y Jorge Ramírez.

Gabriel Cardenal Caldera era como el “delegado político-militar” de parte del Estado Mayor Central, para coordinar los trabajos en el sector Suroccidental de Managua.

 

Mientras tanto, la guardia somocista genocida tenía tres convoyes de soldados, todos de las llamadas huestes élites de asesinos de la “Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería” (EEBI), la cual era dirigida personalmente por Anastasio “Chigüin” Somoza Portocarrero, quien ya ostentaba el grado de “coronel” otorgado por su padre-jefe-asesino.

 

¿Por qué el Repliegue al Vapor?

 

La Insurrección se inició con “tomas” de diversos sectores geográficos Suroccidentales,  más guerrilla móvil y emboscadas, con la intención de agitar los Barrios Occidentales. El pueblo, de manera realmente impresionante, se lanzó masivamente a las calles, creyendo que ya era la Insurrección Final y efectivamente ya no se detuvo.

 

Los Barrios quedaron tomados. Se dio una Retirada momentánea, pero después se volvió a tomar el Barrio San Judas. Los Barrios Monseñor Lezcano, Santa Ana, Cristo del Rosario, Linda Vista, la Morazán y demás, se insurreccionaron también.

 

En el caso de San Judas, el Barrio se mantuvo tomado por dos días. Se hizo un Repliegue Táctico a la Comunidad Meneses,  en los Lomos de El Crucero, y a los tres días estamos de vuelta. Se da la toma ya final del Barrio San Judas, pero comienza también a darse la Retirada de los otros Barrios, primero Altagracia, donde desmontan la toma del Barrio, una buena parte se repliega para San Judas, otra parte se queda en la misma Altagracia.

Monseñor Lezcano, Morazán, Acahualinca, Loma Verde, Balcanes, Linda Vista, Las Brisas, Cristo del Rosario, Santa Ana…toda esta gente que tenían tomado esos Barrios durante varios días, deciden replegarse hacia San Judas, que era el lugar más seguro en ese momento, porque estaba allí una fuerza combatiente considerable, y además  había la posibilidad, prevista con anticipación, de un Repliegue Táctico hacia la zona de El Crucero.

Estas fuerzas sandinistas deciden retirarse el 15 de junio, día en que se produce la emboscada y masacre de Batahola, protagonizada por la guardia sanguinaria genocida del somocismo. Allí matan a más de 83 compañeros y compañeras. Esa Retirada ellos la habían organizado para juntarse con nosotros en San Judas, en función de, ´primero, para evitar la acción fuerte de la guardia, porque faltaban armas y municiones…otra parte logra llegar y se quedan con las fuerzas combatientes de San Judas.

 

El mismo 15 de junio se produce el Repliegue a la Hacienda del Vapor, de forma apresurada, por la presión a balazos y cañonazos de la guardia contra los insurrectos, lo cual se da porque ya habían dificultades por escasez de municiones, de medicinas y comida, para resistir las embestidas de la guardia sanguinaria genocida del somocismo.

 

Este 16 de junio, la guardia inició el día roqueteando y mortereando todas las posiciones ocupadas por las fuerzas del FSLN en San Judas. Se resistió hasta el medio día del 16 de junio, y al final se decidió replegar a los combatientes populares hacia los lomos de El Crucero.

 

¿Cuál era la relación de estas fuerzas con las que estaban en Ciudad Sandino?

 

Había una relación, pero al definirse que el grueso de la Insurrección iba para los Barrios Orientales, entonces, los Barrios Occidentales hacen la “toma”, pero con menos fuerza comparándolo con el Oriente de Managua. Entonces, OPEN TRES (Ciudad Sandino) queda como un foco de resistencia, un poco aislado en comparación al grueso de combatientes que estábamos en San Judas y en el sector Oriental. Sin embargo, todo obedecía a un “plan único insurreccional”.

 

¿Qué pasó realmente en El Vapor?

 

Todas las fuerzas se retiraron. Éramos unas mil personas, entre Jefes Guerrilleros, Combatientes Populares y un sector amplio de la población  civil sumada a la Insurrección. Nos ubicamos en tres haciendas, la primera era El Vapor, y habían otras dos haciendas: San Pancho, San Antonio, todas cafetaleras, donde también  habían fuerzas sandinistas insurrectas.

 

Era lógico que la guardia somocista genocida, al ver que el Barrio San Judas quedó “libre” de la Insurrección, decidió seguirnos, y logró ubicar a las fuerzas retiradas. Desgraciadamente,  no se tenían las suficientes armas, lograron hacernos un movimiento envolvente. Sigilosamente lograron atacar la Hacienda del Vapor. Había vigilancia nuestra, pero el problema era de superioridad en armas por parte de la guardia en relación a nosotros, porque voluntad de lucha teníamos, pero no pudimos enfrentar a todo un contingente de la guardia, de la EEBI concretamente, armado hasta los dientes, con armamento pesado, ametralladoras, fusilería, cañones, mientras entre nosotros eran muy escasas las armas de guerra y los tiros.

Después de este ataque, todas las fuerzas se dispersaron en distintas direcciones. Un grupo que andaba en los cerros de El Crucero, decidimos bajar nuevamente al Barrio San Judas, y con la solidaridad de los pobladores, nos escondemos y después desde aquí organizamos el traslado de fuerzas combativas para los Barrios Orientales.

 

En este esfuerzo, cae Gabriel Cardenal Caldera, quien estaba organizando toda la movilización militar revolucionaria. Otro grupo se desplazó hacia El Crucero y estuvo unos días operando en ese sector, algunos llegaron, inclusive, hasta Diriamba.

 

Otro grupo logró llegar hasta León, algunos se quedaron en La Paz Centro y Nagarote. También alguna fuerza militar se quedó operando aquí mismo en estos Barrios Suroccidentales de Managua, aunque con dificultades terribles.

 

Una buena cantidad logró llegar a los Barrios Orientales. Un grupo logró penetrar hasta Ticuantepe, cruzando cerros, después de lo ocurrido en la Hacienda del Vapor..Este grupo participó en los ataques a la guardia en el Municipio de Ticuantepe.

 

¿Dónde capturaron a Gabriel Cardenal Caldera?

 

A él lo capturan saliendo por el lado de Villa Fontana, buscando la zona de los Barrios Orientales. Iba con Douglas Mejía Obando en una camioneta, en la cual llevaban armas hacia los Barrios Orientales de Managua.

A Gabriel Cardenal Caldera ya lo andaban siguiendo. Parece que lo tenían controlado. Cardenal Caldera era una figura que no se perdía por su condición física, pero, además, era el jefe de la Insurrección en los Barrios Suroccidentales de Managua.

 

Las informaciones obtenidas indican que después de capturarlo, lo sometieron a torturas brutales en las mazmorras de la Oficina de Seguridad de Somoza y después decidieron matarlo y lanzar su cadáver a las cercanías de donde es hoy el Club Terraza, donde era común que aparecieron decenas de asesinados por los sicarios de la tiranía genocida del somocismo.

 

En esos días, la guardia “quiebra” otra Casa de Seguridad, en San Judas, donde estaba “Gersán” Guevara Casaya, quien había sido uno de los jefes del Estado Mayor insurreccional en San Judas, y que estaba organizando grupos de Combatientes Populares hacia los Barrios Orientales de Managua.

 

¿En qué momento fue capturada la doctora Erlinda López Osorio?

 

La capturaron en esos días de la Insurrección. Su cadáver fue tirado a las Lomas de San Judas, donde la guardia echó a más de 200 asesinados. Otros aseguraron que la doctora López fue llevada a la Colina de Mokorón, donde supuestamente fue torturada y asesinada. Algunos de esos cadáveres fueron identificados y otros fueron comidos por aves de rapiña, en las Lomas de San Judas,  y no fue posible identificarlos.

 

La guardia hizo allí, en las Lomas de San Judas, un verdadero “matadero”…a todo el que agarraban en San Judas, Altagracia, en el ZUMEN o en cualquier sector Suroccidental, lo mataban y lo lanzaban a los montes de las Lomas de San Judas.

¿Cómo fue la masacre del “Kilocho” Sur?

 

Eso fue el 14 de junio, un grupo de compañeros se va al “Kilocho” Sur a colocar una emboscada. Los “orejas” le informaron a la guardia, y los soldados montan un operativo envolvente y masacran a 36 compañeros, para lo cual usaron helicópteros artillados, tanquetas y ametralladoras. Inclusive, hubo algunos de los Combatientes Populares que se refugiaron en la Iglesia de San Patricio, de donde los sacaron y también los asesinaron.

 

Posteriormente, sus cadáveres fueron recogidos con “palas mecánicas” y llevados a tirar a un guindo de la “Cuesta de la Gallina”, para el lado de San Rafael del Sur. Entre los masacrados se contaron Aura Lila “Guadalupe” Mendoza (ella era la jefa de los CAP o Comités de Acción Popular) y Jorge Serrano.

 

¿Quiénes eran los “orejas” en San Judas?

 

Bueno, los más famosos fueron: “Polvorón”,  el “Pli”, Canoso, Pedro Pistola, “Colocho”… El “Pli” y “Canoso” fueron los responsables de la mayoría de los asesinatos por parte de la guardia somocistas sanguinaria en San Judas, pues ellos denunciaban a los sandinistas ante la soldadesca criminal y la Oficina de Seguridad de Somoza Debayle.

 

El caso de “Pedro Pistola” era muy particular, pues agarraba a balazos las manifestaciones de protesta. Todos éstos fueron “ajusticiados” por las fuerzas combativas populares. Tomado de entrevistas con “Pollón” López Gaitán y Modesto Munguía Martínez

 

 

¿Por qué y Cómo fue el Repliegue a Masaya?

 

Participante y sobreviviente del “Repliegue Táctico a Masaya”

 

Durante el día 27 de junio de 1979, el Estado Mayor del Frente Interno, encabezado por los Comandantes Carlos Núñez Téllez, Joaquín Cuadra Lacayo y William Ramírez Solórzano (fallecido recientemente), mandó a explicar a Jefes Guerrilleros, Combatientes Populares, a Colaboradores Históricos y población civil involucrada en la Insurrección Final de Managua, en absoluto sigilo, que esa misma noche se produciría el célebre Repliegue Táctico de Managua a Masaya. “Vamos en Retirada”, se nos dijo ese día, ¿hacia dónde?, fue la pregunta obligada. “En el momento oportuno lo sabrán”, fue la respuesta de los mandos del Frente Interno del Frente Sandinista de Liberación Nacional, todavía clandestino en ese momento.

 

La explicación sigilosa por parte de los cuadros revolucionarios más confiables, indicaba que faltaban armas de guerra, municiones, medicinas, comida…que la Insurrección Final ya había cumplido sus objetivos de desgastar militarmente a la tiranía somocista en Managua, que debían salvarse las fuerzas combativas de Managua y que era indispensable fortalecer la libración recientísima de la Ciudad de Masaya y al Frente Oriental Carlos Roberto Huembes Ramírez, con la finalidad de ir a liberar también ciudades como Jinotepe, San Marcos, Granada, Diriá y Diriá, Masatepe, Pueblos Blancos; y defender la Ciudad de Masaya de los ataques militares y bombardeos aéreos e día y de noche por parte de los guardias que habían sido desalojados de sus 16 cuarteles militares en Masaya, y que estaban atrincherados en los Cerros del Coyotepe y Barranca, en la Fábrica de Clavos INCA y en la Hielera del Barrio Santa Rosa.

 

A centenares de Combatientes Populares y Colaboradores del FSLN no les gustaba la idea del Repliegue a Masaya, porque consideraban que la guardia genocida del somocismo haría una verdadera carnicería en los Barrios Orientales-norte, en los vecindarios Suroccidentales y Noroccidentales de Managua, donde decenas de miles se habían insurreccionado para propiciar el derrumbe y demolición definitiva del aparato opresor  del somocismo genocida y “Estirpe Sangrienta: los Somoza”.

 

A estos Jefes Guerrilleros Combatientes Populares no les gustaba la idea, pero la realidad era aplastante después del prolongadísimo combate contra la guardia en el Barrio Paraisito, donde se le propinó una derrota militar extraordinaria a la soldadesca criminal del somocismo, pero que a partir de ese momento las balas habían escaseado casi totalmente.

 

El  avión del FSLN que pasó tirando sacos de municiones sobre los Barrios El Edén y Blandón (Costa Rica) no había cambiado esa realidad objetiva, porque, además la mayoría de los tiros lanzados desde el avión, se habían dañado..

Hubo desconcierto. Estos poderosos argumentos militares y de orden estratégico no convencían totalmente a los Combatientes Populares y sus Colaboradores en los sitios insurreccionados del Oriente y del Norte de Managua.

 

En completo sigilo

 

Sin embargo, el Repliegue Táctico de Managua a Masaya comenzó a organizarse en el más completo sigilo desde más o menos las diez de la mañana del 27 de junio de 1979.

Cabe explicar aquí

 

Se organizó, de manera rápida y hasta en los más últimos detalles, inclusive sobre cómo se llevarían casi un centenar de heridos que estaban alojados en los Hospitales clandestinos del Instituto Experimental México y Silvia Ferrufino Sobalbarro, ambos ubicados en el Reparto Bello Horizonte, específicamente en las Etapas III y IV, los cuales habían sido sometidos a feroz bombardeo aéreo con tres aviones push and pull y dos helicópteros artillados con bombas de 500  y mil libras.

 

Cada Combatiente Popular y Colaborador (ra)  Histórico sabía de antemano en qué columna y con qué jefe iría.

 

Cuando comenzó a caer la noche de ese 27 de junio, a las 6:40 pm., comenzamos a salir en gruesas columnas silenciosas, que parecían “cien pies” resbalándose en la oscuridad, procedentes de los Barrios Santa Rosa, Bello Horizonte, Costa Rica, Primero de Mayo, Meneses (hoy Barrio Venezuela), Maestro Gabriel, Salvadorita (hoy Cristian Pérez Leiva), El Edén, Larreynaga, Luis Somoza (Diez de Junio), El Dorado, Don Bosco, San Cristóbal, María Auxiliadora, Ducualí, Paraisito, San José Oriental, Reparto Santa Julia, Nicarao, Catorce de Septiembre, Villa Progreso, Xolotlán, San Jacinto, Miguel Gutiérrez, Américas Uno, Tres y Cuatro, Colonia Primero de Mayo…!todos hacia la Calle, ubicada de la Clínica Don Bosco hacia el Este¡, es decir, por donde estaba la Gasolinera San Rafael, en lo que se conoció como Barrio Santa Bárbara, hoy lado Sur del Barrio Venezuela.

 

Estos momentos de organización y concentración en un solo punto fueron en un silencio tenso, nervioso, en rigurosa clandestinidad, “hablándonos por medio de “señas” y órdenes de “levanten los pies al caminar”, “no hagan ruido”, “no lleven objetos que brillen”, “no fumen, no enciendan focos de manos..”

Uno de los instantes más peligrosos se vivieron en el “puente colgante” (hoy es puente firme) entre Bello Horizonte y el Barrio Meneses (hoy Venezuela), el cual se mecía como una hamaca larga por el peso de los Combatientes Populares que cargaban a los heridos, ya fuese en camillas o en hombros.

El transporte de los heridos fue, precisamente, la complicación más grande que llevábamos al salir de Bello Horizonte, pues no podían ser dejados allí, a su suerte, porque la guardia los hubiera matado a todos.

 

Siete mil personas en tres columnas

 

Es preciso aclarar aquí que la Insurrección Sandinista en Mangua, comandada por el Frente Interno: Comandantes Carlos Núñez Téllez, William Ramírez Solórzano y Joaquín Cuadra Lacayo, jamás tuvo en sus planes la posibilidad de una Retirada o Repliegue. El Plan Militar Insurreccional contemplaba combatir tres días contra la Guardia Nacional somocista sanguinaria genocida en Managua, hacer guerra de guerrilla, emboscadas, ataques en movimiento, para desconcertar a los altos mandos de la GN de Somoza Debayle y de los yanquis genocidas, pues, de acuerdo con esos planes insurreccionales el resto de Frentes de Guerra: Norte Carlos Fonseca Amador, Occidental Rigoberto López Pérez, Sur Benjamín Zeledón Rodríguez, Oriental Carlos Roberto Huembes Ramírez y Brigada Pablo Úbeda, estarían llegando a Managua en esos tres días, es decir, dando la batalla final en Managua.

No fue así, pues el Estado Mayor del Frente Interno y del Estado Mayor de Managua, integrado por Mónica Baltodano Marcenaros, Raúl Venerio Granera y Osvaldo Lacayo Gabuardi, con apenas 110 Jefes Guerrilleros bien entrenados, y con apenas unos tres mil Combatientes Populares y Milicianos mal entrenados, con pocas armas, escasez de municiones y la mayoría de ellos desarmados, se vieron obligados a combatir 18 días en Managua, donde cayeron casi mil de esos Jefes Guerrilleros, Combatientes Populares y pobladores civiles, entre el cuatro de junio y el 27 de junio de 1979.

 

Además, el Plan del Repliegue Táctico de Managua a Masaya (ya tomada la decisión de Retirarse) contemplaba que en este movimiento militar revolucionario sandinista, totalmente clandestino,  irían tan sólo unos tres mil ciudadanos capitalinos entre Jefes Guerrilleros, Combatientes Populares, Milicianos y algunos Colaboradores Históricos implicados directamente en la Insurrección capitalina. No fue así. Cuando eran las ocho de la noche estábamos casi siete mil managuas en la Calle de la Clínica Don Bosco, en el lado Sur del hoy Barrio Venezuela.

Inclusive, el Plan de los Estados Mayores del Frente Interno y de Managua contemplaba que la Retirada o Repliegue Táctico de Managua a Masaya saldría a las seis de la tarde del 27  y llegaría a las seis de la mañana del 28 de junio de 1979, a Masaya. Tampoco fue así como veremos más adelante.

 

Puestos en la Calle de Don Bosco, casi siete mil personas entre Jefes Guerrilleros, Combatientes Populares, Colaboradores Históricos  y población civil desarmada, incluidos niños y ancianos, en silencio sepulcral, en una noche oscura y con una llovizna leve, después de 18 días de heroicos combates en la zona Oriental de Managua, después de una lucha tensa y silenciosa para organizarlo durante el día, el Repliegue de Managua a Masaya fue organizado en tres grandes columnas:

 

Una de vanguardia, jefeada por William Ramírez Solórzano, Raúl Venerio Granera y Joaquín Cuadra Lacayo. En esta columna van, además de Jefes Guerrilleros y Combatientes Populares, civiles y heridos de las colonias Nicarao, Catorce de Septiembre, Luis Somoza, Don Bosco, Colombia, Salvadorita, Maestro Gabriel, Bello Horizonte, Meneses y Santa Bárbara (hoy Barrio Venezuela), etc.

 

Una columna en el centro, comandada por Carlos Núñez Téllez, Osbaldo Lacayo Gabuardi y Walter Ferrety Fonseca. En esta columna van civiles y heridos de los barrios María Auxiliadora, San Cristóbal, Ducualí, El Edén, Blandón o Costa Rica, Larreynaga…

Una columna tercera, comandada por Ramón “Nacho” Cabrales Aráuz, Rolando Orozco Mendoza y Mónica Baltodano Marcenaros. Esta columna era la Retaguardia del Repliegue de Managua a Masaya y en ella van Jefes Guerrilleros como Marcos Somarriba García, Combatientes Populares, Colaboradores Históricos y civiles de vecindarios, en parte, parcialmente, de: Santa Rosa, Bello Horizonte, Villa Progreso, Rubenia, Waspán Sur, Xolotlán, San Jacinto, Miguel Gutiérrez, Américas Uno,  Américas Tres, Colonia Primero de Mayo…

 

Esta organización del Repliegue en tres grandes columnas finalizó casi a las diez y media de la noche. A esa hora empezaron a salir por la entonces Farmacia González, en el Noreste de la Colonia Nicarao y luego enrumbamos hacia los semáforos de Rubenia, donde había una barricada inmensa que la guardia no había podido derrumbar.

 

Tomamos el camino viejo, escabroso, lleno de troncos erizos como clavos, hoyos, piedras y víboras como envoltorios de plantas rastreras, y pasamos rosando las “barbas” de la guardia somocista genocida en Baterías Hasbani, donde la GN tenía acantonado un contingente de casi mil soldados.

En medio de esas condiciones eran transportados los heridos mencionados, entre los cuales iba un hombre gordo, identificado como Carlos Alberto “Sobrino” Dávila Sánchez, quien era uno de los jefes de las batallas en la Pista Bypass, especialmente entre San José Oriental, Paraisito y San Cristóbal. La circulación de semejante cantidad de gente silenciosa y en rigurosa clandestinidad, era lento, tan lento, que parecía el desplazamiento de una tortuga tora en la playa arenosa.

En mi libro Insurrección Sandinista Victoriosa y Repliegue Táctico de Managua a Masaya hay un relato pormenorizado de este acontecimiento político-militar, convertido desde aquel momento del 27 de junio de 1979 como una de las hazañas militares más audaces del Frente Sandinista de Liberación Nacional, profundamente patriótico, voluntario y clandestino.

Después de las doce de la noche estábamos pasando por el famoso “Tanque Rojo” del Reparto Schick Gutiérrez, donde se hizo “un alto”, y después seguimos por unos potreros, cruzando alambrados, machucando serpientes, charcos y púas de alambres, y oyendo los cantos asustados de pocoyos y de las veloces lechuzas que raudas volaban sobre la multitud silenciosa, conspirativa, insegura ante un futuro incierto que le deparaba en las próximas horas, pues todos recordaban la ferocidad sanguinaria y crueldad sin límites de los guardias genocidas del somocismo sanguinario.

Muchos llevaban consigo maletas de ropa, mochilas con un poco de comida, leche en polvo, mucha sed por la caminata nocturna y el miedo de encontrarse repentinamente con la soldadesca somocista en esos potreros y caminos solitarios rumbo a Masaya.

 

La mañanita del 28 nos sorprendió entre matorrales y zacatales, mientras los rayos matutinos del sol, color de oro, se filtraban entre las ramas de los árboles y se estampaban también en los rostros desconcertados de los replegados capitalinos.

 

Un poco después de las siete de la mañana se estaba produciendo el primer incidente militar con la guardia somocista genocida cuando ingresábamos a una finca de la Comarca Veracruz, ubicada del Empalme de Ticuantepe varios kilómetros al Norte.

Allí se produjo un combate con una patrulla de soldados mercenarios del somocismo, los cuales portaban una ametralladora calibre 50, en un camión, el que estaba repleto de tiros. El combate, en medio de una arboleda tupida y chagüital, fue de aproximadamente diez minutos, durante el cual cayeron dos Jefes Guerrilleros y un Combatiente Populares: Aristeo Benavídez, Carlos “Paco” Miranda y Juan Ramón “Ringo” Villagra.

 

En su huida veloz, los guardias dejaron abandonada la ametralladora calibre 50, el camión y varios miles de tiros, mucho dinero en monedas y multitud de cartones de cigarrillos. Sepultamos a Benavídez, Miranda y Villa al pie de un ceibo, en la orilla del camino de Valle Gothel al cruce de Veracruz.

 

Puestos allí, en la finca de Veracruz, fue cuando nos enteramos de que en ese sitio estaba el grueso del Repliegue a Masaya, es decir, la mayor cantidad de gente, compuesta esencialmente por civiles desarmados y Combatientes Populares poco experimentados.

Asimismo, allí quedó establecido que la columna en que iba Walter Ferrety Fonseca posiblemente ya estaba en Masaya, pues habían capturado camiones y camionetas en el Empalme de Ticuantepe, lo cual les había facilitado el viaje a Masaya, antes de las ocho de la mañana. El Comandante Carlos Núñez Téllez era uno de los jefes de esta Columna del Centro, pero no iba con el grupo de Ferrety Fonseca. Tampoco Osbaldo Lacayo Gabuardi.

 

Allí en el Cruce de Veracruz no obtuve información precia de la Columna de Retaguardia, jefeada por los Comandantes Ramón Cabrales Aráuz, Mónica Baltodano Marcenaros y Rolando “Cara Manchada” Orozco Mendoza.

 

Descubren el Repliegue

 

En esa finca fuimos reorganizados por William Ramírez Solórzano en una sola columna, de dos grandes hileras, y se dio la orden de caminar ordenadamente por una encajonada matorralosa y con la instrucción de “vayan cubriéndose” bajo los árboles, para que la guardia no nos descubra”, cuando ya íbamos rumbo a ¨Piedra Quemada”, mientras unos cargábamos bombas de contacto, salveques de tiros, pistolas sin municiones, y un grupo iba hecho cargo de la ametralladora calibre 50. Era un poco después de las ocho de la mañana cuando íbamos por esa “encajonada”. También iban Jefes Guerrilleros al mando de escuadras responsables de unos 150 heridos en la Insurrección en Managua; parte de estos heridos iban caminando, apoyados por otros compañeros, y el resto imposibilitados iban en vehículos que habían conseguido varios Jefes Guerrilleros, entre otros, Frank “Machillo” González Morales y Francisco “Chico Garand” Guzmán Fonseca.

 

Aparentemente, la guardia somocista genocida no había descubierto el Repliegue a Masaya a esa hora del 28 de junio de 1979. Los aviones de la GN genocida empezaron a sobrevolar el Repliegue un poco después de la nueve de la mañana, lo cual nos obligó a permanecer acostados y sentados entre la maleza y bajo  árboles de tigüilote, jocotes, caraos, guásimos, ceibos, chilamates…

 

Al parecer, la guardia se convenció de que esta movilización militar insurreccional iba en ese rumbo cuando ya eran cerca de las diez de la mañana, pues ya en ese momento comenzaron los aviones a sobrevolar bajitos, rasantes, amenazantes sobre el Camino de “Piedra Menuda”, rumbo al lado Norte de Piedra Quemada, o colchón de piedra malpai, negra y puntuda, lanzada por erupciones pasadas del Volcán Masaya.

 

Bombardeo infernal y mortal

 

Fue imposible ocultarnos por mucho tiempo. Cuando entramos a Piedra Quemada, más o menos a las 11 de la mañana, empezó el bombardeo aéreo en lo fino. Eran lanzadas a granel desde tres aviones push and pull y dos helicópteros centenares de rockette y bombas de 500  y mil libras, cuyas explosiones y charneles sobre casas y columnas de seres humanos provocaban estruendos y daños aterradores.

Aquello fue realmente un infierno. El pánico se generalizó entre los campesinos y los replegados, especialmente los que eran civiles, los cuales corrían desesperados de un lado a otro, en vez de buscar protección o perapeto entre las rocas y los troncos de los árboles en el lado Norte de Piedra Quemada, en un trecho de unos 700 metros entre la entrada por un sitio conocido como “Cruce Real de Caminos” y la Carretera a Masaya, entre los kilómetros 21 y 22.

Algunas casitas campesinas volaban en miles o millones de pedazos, mientras a mi alrededor centenares de jóvenes, hombres y mujeres inexpertos, atrapados por el pánico, corrían sin cesar en busca de protección, lo que les acarreó la muerte en segundos. Los charneles de los morteros y las bombas de 500 libras los partían también a ellos en pedazos,

 

El bombardeo feroz duró casi tres horas continuas. Durante un breve “descanso” de los pilotos somocistas de la muerte, se pudo apreciar que la mortandad posiblemente llegaba a cien y más de un centenar de heridos.

Cuando cesó un poco el bombardeo como a las dos de la tarde, el grueso de los replegados seguimos por el Camino Viejo a Nindirí, de cuatro kilómetros y medio, por donde se iban cargando a los heridos y parte de los muertos en el bombardeo.

Antes de salir de “Piedra Quemada” apresuradamente sepultamos superficialmente, en zanjas poco profundas, a no menos de 40 jóvenes (hombres y mujeres) caídos por el bombardeo aéreo infernal. Los cadáveres los cubrimos con arena, tierra, piedras, pedazos de madera y hojas, para que no quedaran al aire libre, disponibles para aves de rapiña.

El bombardeo se reinició un poco después de la tres de la tarde, y esta vez lo concentraron en los alrededores de Nindirí y Cerros Coyotepe y Barranca, por donde ya se movían  Combatientes Populares de Managua.

Al llegar a Nindirí, cayó la combatiente popular Marta Lucía Corea, una muchacha jovencita de Bello Horizonte, Combatiente Popular de las mejores, quien tenía apenas 17 años. Un charnel de rockette, lanzado desde un avión push and pull por un piloto somocista de la muerte,  le partió la vida. Su cadáver lo sepultamos detrás de la Iglesia Católica, en medio de una ceremonia militar revolucionaria muy solemne.

Ya puestos en Nindirí, entre cuatro y media y cinco de la tarde de ese 28 de junio de 1979, se organizó nuevamente el Repliegue para que todo mundo diera una comidita ligera y a disponerse a seguir hacia la Ciudad de Masaya, la cual estaba ya tomada, mientras la pandilla de asesinos, jefeados por el general esbirro Fermín Meneses Cantarero, había huido y estaba posesionada de la Fortaleza del Coyotepe, ubicada enfrente, al Este de Nindirí, y desde donde bombardeaban constantemente a todos los Barrios de la Ciudad de Masaya o “Ciudad de las Flores”. También estaban atrincherados los guardias en el Cerro Barranca, en la Fábrica de Clavos INCA y en la Hielera del Barrio Santa Rosa.

 

Por los desfiladeros verticales de la Laguna de Masaya

 

La columna central del Repliegue Táctico a Masaya fue reorganizada más cuidadosamente para caminar, esta vez, por los desfiladeros, o paredones profundos de la Laguna de Masaya, con la finalidad de sortear a la guardia genocida, que estaba acantonada y superarmada en el Cerro Barranca, ubicado en una colina entre estos zanjones del lado Este de la Laguna de Masaya y el lado Noroeste de la Ciudad de Masaya.

Fueron los momentos más peligrosos desde el punto de vista de la movilización, en silencio total, despacito, arrastrándose en los desfiladeros y piedras, en la oscuridad completa, para, finalmente, llegar a Masaya.

Esta caminata lentísima y peligrosa comenzó a las siete de la noche. Entre esta hora y la una de la mañana, apenas se caminaron unos dos kilómetros hasta San Carlos, adonde los replegados llegamos más o menos a la una de la mañana.

 

Era el 29 de junio de 1979, en la madrugada. Centenares de pobladores, Jefes Guerrilleros y  Combatientes Populares de Masaya, jefeados por Hilario Sánchez Vásquez, Alma Lubi Morales y Ramón “Macaco” Moncada Colindres, estaban esperando allí a los replegados, los cuales fueron recibidos con vítores, abrazos efusivos, acompañado todo esto con tibio y café calientes, tortillas tostaditas con cuajada y frijolitos. Llegamos hambrientos y sedientos al tercer día de haber salido en Repliegue, procedentes de Managua.

Estábamos en Territorio Libre de asesinos. Los replegados fueron llevados por una calle tachonada de minas, debido a lo cual se nos decían dónde debíamos poner los pies.

 

El cansancio era acentuadísimo. Aquella masa de combatientes y pobladores civiles de Managua fueron ubicados en el Colegio La Salle, en los Barrios San Miguel y Monimbó, en la casa que fue de Cornelio Hüeck Sálomon, en varias casas ya confiscadas a guardias somocistas, orejas de la OSN y militantes conocidos del Partido Liberal Nacionalista, donde durmieron hasta las seis de la mañana, hora en que fuimos formados para organizar inmediatamente la defensa circular de Masaya y para los asaltos o tomas de las ciudades de Granada, Jinotepe, Diriamba, Pueblos Blancos, Diriá, Diriomo y Masatepe.

Asimismo, una gran cantidad de estos Combatientes Populares de Managua llegaron a reforzar las filas combativas de Masaya, mientras la columna jefeada por el Comandante Carlos Núñez Téllez llegó hasta el mismo 29 un poco después de las dos de la mañana, debido a que tuvieron que hacer una gran vuelta por el lado Sur de la Laguna de Masaya, como yendo hacia Masatepe.

 

Tomado del libro “20 Años cumplidos-Crónicas del Triunfo y dos Repliegues Tácticos del FSLN”, de Pablo E. Barreto P.

 

III Parte

 

Mientras se efectuaba el apoteósico acto político del Triunfo de la Revolución Popular Sandinista, el 20 de julio de 1979, en el cual se sintió un nivel de consenso social y político extraordinario en la Plaza de la República, bautizada ese mismo como Plaza de la Revolución, William Ramírez Solórzano, uno de los jefes del célebre Repliegue Táctico de Managua a Masaya, me propuso mi incorporación al que sería, inmediatamente, el Ejército Popular Sandinista.

 

“No tengo vocación militar… voy a seguir sirviendo a la gente mediante labores cotidianas del periodismo y en acciones comunitarias”, le respondí a Ramírez Solórzano.

Saludé, esa mañana, medio día y parte de la tarde, a centenares de amigos, vecinos y familiares con quienes me encontré allí en la Plaza de la Revolución. Nos fundíamos en abrazos interminables, y muchos de ellos lloraban por la emoción profunda del triunfo revolucionario y por vernos vivos “de puro milagro, sorteamos la muerte como magos caminando sobre hilos muy delgados”, me comentó Ernesto Chacón Blandón, mi vecino en Bello Horizonte, quien se fue en el Repliegue a Masaya y perdió una mano por el estallido de una bomba de contacto.

Me sentía hediondo, pues andaba puestos un pantalón y una camisa verde olivos desde hacía más o menos un mes y, además, tenía varios días de no bañarme porque lo impedían los combates cotidianos con la guardia genocida somocista en Masaya.

 

En los bolsillos del pantalón verdeolivo no andaba ni un centavo, ni las llaves de mi casa en Bello Horizonte y tampoco sabía nada de mis dos hijos: Pedro Pablo y Nelson Alberto, ni de mi primera esposa, profesora María Elizabeth Mejía Rivas.

 

Eran las cuatro de la tarde cuando tomé la decisión de irme a pie desde la Plaza de la Revolución hasta mi casa en Bello Horizonte. Mientras caminaba hacia el Este, por calles de vecindarios como los Barrios Rigoberto López Pérez, Riguero, Dorado, María Auxiliadora, San Cristóbal, El Edén y finalmente, la Maestro Gabriel y Bello Horizonte, me iba encontrando con conocidos que me saludaban contentos y me expresaban que me creían muerto.

Asimismo, me iba topando con “retenes” de controles guerrilleros y Combatientes Populares, muchos de los cuales, quizás la inmensa mayoría, me conocían porque juntos habíamos andado en las trincheras de combate y en el Repliegue Táctico de Managua a Masaya.

 

Finalmente, llegué a la calle de mi casa en Bello Horizonte, donde me recibieron cariñosamente. La casa fue invadida por la guardia somocista genocida, la cual rompió puertas, revolvió todo y me robaron ropa y lo más que pudieron.

 

El carrito Datsun 100 A estaba en la calle, cerca de la esquina Norte de la calle. Las llaves de la casa me las tenían resguardadas los vecinos, pues María Elizabeth se había ido para El Salvador, de donde es originaria, con Pedro Pablo  y Nelson, uno de siete años y el otro, de apenas cuatro años.

 

Inmediatamente, los vecinos me rodearon y pidieron hablar conmigo, para comenzar a trabajar en organización comunitaria de los CDS y del Frente Sandinista de Liberación Nacional, recién triunfante después de casi 20 años de lucha armada en contra de la tiranía genocida del somocismo sanguinario.

Aunque saqueada por la guardia somocista genocida, la casa tenía agua y luz, dichosamente para mi, pues tenía casi dos meses de no bañarme con tranquilidad, ni ponerme ropa limpia, aunque en ese momento no tenía. Tuve que recurrir a los amigos para que me prestaran un pantalón y una camisa, pues todo lo había perdido.

Ya terminada la ceremonia de bañarme, mi casa número H-II-20, comenzó a llenarse de gente a eso de las ocho de la noche del 20 de Julio de 1979. Hombres y mujeres, jovencitos, adultos y ancianos, andaban en busca de orientaciones e informaciones sobre lo que iba a ocurrir de forma inmediata, pues por la represión de la guardia genocida habían escaseado la comida, el transporte estaba paralizado, el funcionamiento del Estado (antiguo Estado dictatorial somocista, de poder omnímodo de una familia, de la guardia y su pandilla de generales, coroneles, mayores, capitanes, “jueces de mesta”, orejas de la Oficina de Seguridad, matones de la “mano blanca” o “escuadrones de la muerte”), decenas de miles de ciudadanos capitalinos habían quedado sin empleo, reinaba en ese momento un caos generalizado, pues estábamos saliendo de un poder criminal y entrando a otro que venía portando la justicia revolucionaria, el orden nuevo y una mentalidad humanística profunda.

Como digo, no tenía ni un centavo en los bolsillos. No alcanzamos dentro de mi casa. Tuvimos que salirnos a la calle porque eran unas 300 personas amigas, vecinas, la mayoría de ellas miembros de la Asociación de Vecinos de Bello Horizonte, la cual me había tocado dirigir en compañía de Guillermo Baltodano Serrano, quien también estaba en la reunión.

Raúl Munguía (recién fallecido en 2003) me llevó un plato de comida, mientras Arnulfo Oviedo se apareció con una cajilla de gaseosa para celebrar el Triunfo de la Revolución Popular Sandinista, de cuya celebración en la Plaza de la Revolución habían llegado casi todos los vecinos de Bello Horizonte.

La primera gran sorpresa que me llevaron los vecinos a la casa, encabezados por Raúl Munguía y Benito Espinoza Henríquez, es que habían rescatado parte de mi primer libro “44 años de dictadura”, el cual fue apropiado por la guardia somocista sanguinaria genocida y tirado a las aguas del Lago Xolotlán.

Parte de este libro fue repartido en las trincheras de combate de la Insurrección de Managua. Varios centenares, al mismo tiempo, fueron escondidos en huecos del Cauce que atraviesa los vecindarios Venezuela, Bello Horizonte y Costa Rica, según me explicó Raúl Munguía.

A mí me entregaron unos 400 ejemplares del libro “44 años de dictadura”, los cuales, según Munguía, habían sido salvados de esa manera, más entierros que numerosos vecinos hicieron en los patios de sus casas.

Esos 400 ejemplares de este libro fueron, de alguna manera, mi salvación económica para los próximos dos meses posteriores a julio de 1979.

Esa misma noche del 20 de julio de 1979, comenzamos a hablar de revivir la Asociación de Vecinos de Bello Horizonte, los Comités de Defensa Civil, fundados en septiembre de 1978  y consolidados en medio de los fragores de los combates libertarios en junio de ese mismo año de 1979.

 

La verdad es que esa misma noche ya hablamos de transformar los Comités de Defensa Civil en Comités de Defensa Sandinistas (CDS), pero no quedó formalizado. Sí fue formal que hicimos un plan de trabajo comunitario, político, ideológico y de orden militar, pues esa misma noche se estaban instalando las unidades militares de los “compas”, “para mantener controlados a los enemigos somocistas”.

 

Efectivamente, organizamos y al mismo tiempo dispusimos de tomarnos una casa, propiedad de un somocista, en la Etapa II de Bello Horizonte. A partir de estos momentos, yo asumí la dirección comunitaria  y política de Bello Horizonte y otros sectores aledaños, porque Guillermo Baltodano Serrano expresó que necesitaba tiempo para dedicarse a realizar proyectos laborales personales.

 

A los pocos días fue oficializado en Managua y todo el país, el nombre de Comités de Defensa Sandinistas, mediante los cuales pasamos a organizar la Vigilancia Revolucionaria, para controlar realmente a los enemigos o adversarios  del proceso revolucionario sandinista.

Poco a poco fue normalizándose la situación general en Managua, y a la vez comenzó a cambiar la cara política de la Ciudad Capital. Ya no andaban los guardias somocistas genocidas sembrando el terror, muerte, desesperación y angustia en las calles de Managua.

 

Ahora, en cambio, empezaron a ser notorios los civiles armados (unos Jefes Guerrilleros, otros Combatientes Populares), todavía en medio de la anarquía natural al ser demolido el Estado y régimen político y militar somocista, engendro criminal genocida del gobierno yanqui en Nicaragua.

Algunos de aquellos guardias genocidas y muchos familiares de éstos, lograron infiltrarse en las filas del Frente Sandinista triunfante y causaban confusión y hasta pánico porque realizaban acciones que mucha gente no podía entender claramente.

 

Poco a poco asimismo se fueron organizando las unidades de la nueva Policía Sandinista, como parte del nuevo Ministerio del Interior. Esta Policía fue instalada en Bello Horizonte, de la Rotonda hacia el Este, un poco después del 25 de Julio de 1979.

En el caso de Bello Horizonte, nos tomamos la casa mencionada, en la cual comenzaron a funcionar los Comités de Defensa Sandinistas, las Unidades de Base del Frente Sandinista y las que fueron Milicias Populares Sandinistas.

Mi casa, la H-II-20, también funcionaba como sede de los tres organismos, así como ocurría desde 1971 para el funcionamiento de la Asociación de Vecinos de Bello Horizonte.

El Diario LA PRENSA había sido bombardeado e incendiado por la guardia genocida del somocismo. Allí desaparecieron, además del archivo general del Diario, un archivo que yo tenía de más de 20,000 fotografías de la Managua de antes y después del Terremoto de 1972.

Casi al mismo tiempo, en pocos días, yo armé una crónica, un relato de los 18 días de heroicos combates en el sector oriental de Managua, antes que nos fuéramos en el hoy llamado “Repliegue Táctico de Managua a Masaya”, para publicarlo en el Diario LA PRENSA.

Mientras tanto, se trabajaba afanosamente para la fundación del Diario BARRICADA, fundado el 26 de Julio de 1979. Las principales fotografías de su portada fueron las que le tomé a doña Angélica González González, cuya familia fue asesinada por la guardia genocida con una bomba de 500 libras lanzada desde un helicóptero al patio de una colonia en que vivían ella y todo su familión en la parte Norte del Barrio Ducualí. Allí murieron siete seres humanos, tres de ellos niños.

Doña Angélica estaba enterrada hasta el cuello, y fue rescatada por socorristas de la Cruz Roja de Managua, los cuales, al mismo tiempo, rescataron numerosos cadáveres de niños y niñas que fueron sepultados por la explosión de la bomba de 500 libras.

BARRICADA también publicó en su primera edición varias fotos mías de distintos aspectos de la Insurrección de Managua y del Repliegue Táctico de Managua a Masaya.

De esa manera, comencé a relacionarme como uno de los fundadores del Diario BARRICADA, Órgano Oficial del FSLN, en el cual trabajé desde su fundación el 26 de julio de 1979 hasta su cierre dramático el 21 de febrero de 1998.

Los primeros jefes en BARRICADA fueron Ignacio Briones Torres, Marcio Vargas y Carlos Fernando Chamorro Barrios, entre otros. Briones Torres, al final, se fue con los liberales arnoldistas; Vargas también anduvo al lado de Arnoldo Alemán Lacayo, y Carlos Fernando cerró filas con los llamados “ramiristas” en 1995.

 

Sin embargo, yo no tenía sueldo. A BARRICADA llegábamos a trabajar voluntariamente en los primeros meses. Cada quien llevaba su comida. BARRICADA se comenzó a imprimir en la antigua rotativa del Diario Novedades, el cual era propiedad de Anastasio Somoza Debayle y había sido fundado por Hernán Robleto Huete, periodista liberal y que fue el primer Ministro del Distrito Nacional, por disposición del tirano Anastasio Somoza García. Robleto Huete, además, fue uno de los ayudantes militares de Benjamín Zeledón Rodríguez cuando éste Héroe Nacional y un grupo de obreros e intelectuales defendieron la patria contra los agresores yanquis y los traidores conservadores en octubre de 1912.

 

Esta imprenta o rotativa estaba ubicada en la Colonia Mántica, de la Estatua de Montoya una cuadra al Norte, una cuadra al Oeste y media cuadra al Sur.

 

Este “rollo” de BARRICADA merece un libro completo, para lo cual no hay espacio suficiente en este trabajo. Sólo me refiriré a aquellos acontecimientos, de alguna manera más importantes.

BARRICADA irrumpió con potencia enorme por la fuerza de la Revolución Popular Sandinista y del gobierno revolucionario. Desde las primeras ediciones salió con más de 50,000 ejemplares diarios, y con frecuencia los tirajes alcanzaban los 120,000 ejemplares diarios, especialmente cuando habían de por medio agresiones militares yanquis o mercenarias de la contrarrevolución yanquisomocista.

 

BARRICADA realizaba cotidianamente un periodismo revolucionario, sandinista, científico, polémico, clasista, distinto al periodismo burgués, oligárquico, tendencioso, desinformador, de diversionismo ideológico, de confrontación en contra de los pobres y de los seres humanos progresistas en general.

 

En los primeros meses después del Triunfo de la Revolución Popular Sandinista, me convertí en fundador del Diario BARRICADA, en cofundador de los Comités de Defensa Sandinistas (“Ojos y Oídos de la Revolución”), en cofundador de las Milicias Populares Sandinistas, en cofundador de Sindicatos de la Central Sandinista de Trabajadores, en cofundador de la Coordinadora Sindical de Nicaragua, en cofundador de Unidades de Base Sandinistas, en cofundador de Batallones de Reserva para defender la Patria agredida por los mercenarios o contras del somocismo genocida, que era lo mismo que decir agresión militar, económica, científica y tecnológica por parte del gobierno criminal de Estados Unidos.

Asimismo, me tocó darle cobertura periodística a la célebre Campaña Nacional de Alfabetización, a partir del 23 de marzo al 23 de agosto de 1980, la cual alfabetizó a más de 500,000 nicaragüenses. Para esta hazaña alfabetizadora del gobierno revolucionario se movilizaron 115,000 estudiantes de secundaria y universitarios, unos 50,000 funcionarios y militares del gobierno revolucionario sandinista, hasta dejar reducido el analfabetismo al 12:30 por ciento.

 

En otras palabras, en poco tiempo, yo andaba en Managua y fuera de la Capital portando libretas de apuntes, lapiceros, grabadora, cámara fotográfica y fusil automático, por si me tocaba defenderme de una emboscada mercenaria.

 

Mientras trabajaba para el Diario LA PRENSA, mis labores periodísticas eran de denuncia cotidiana al régimen somocista genocida. Ahora, al funcionar la Revolución Popular Sandinista, mis labores reporteriles estaban encaminadas a destacar la heroicidad cotidiana de los pobladores más humildes, organizados en Sindicatos, CDS, Cooperativas Agrícolas y Ganaderas, en las Milicias Populares Sandinistas, en los Batallones de Reserva, las labores defensa del Ejército, del Ministerio del Interior, de la Policía Sandinista (“guardianes de la ternura”), las labores de la Junta de Reconstrucción de Managua (sucesora del Distrito Nacional) y de otras Juntas de Reconstrucción de fuera de la Capital; también reportero del accionar de los organizaciones y grupos internacionalistas, tanto en el campo sindical como intelectuales, escritores, combatientes…

 

Le daba cobertura a la Asociación de Niños Sandinistas, a la Asociación de Mujeres “Luisa Amanda Espinoza”, a las Asociaciones de Comerciantes de los Mercados de Managua, al accionar de la Vigilancia Revolucionaria en todos los Barrios de Managua, a las Asambleas de los Comités de Defensa Sandinistas, las Asambleas de los Profesionales sandinistas, a las Asambleas y trabajo de la Central Sandinista de Trabajadores, a las Asambleas y trabajos de la Asociación de Trabajadores del Campo, a los cortes de café, algodón, caña de azúcar, labores en los puertos, en los Lagos Cocibolca y Xolotlán, en los asuntos de las movilizaciones militares, lo que fue conocido como Corresponsales de Guerra.

 

Me tocó, al mismo tiempo, que darle cobertura periodística a las labores cotidianas de la Junta de Reconstrucción de Managua, especialmente cuando ya se convirtió en ministro de la misma Samuel Santos López, quien ha sido uno de los mejores Alcaldes de la Capital.

Samuel Santos López inició lo que se ha conocido como la más extraordinaria participación ciudadana de Managua, pues con este Alcalde se iniciaron las jornadas de trabajo voluntario, las cuales abarcaron movilizaciones masivas (CDS, Sindicatos, Trabajadores de la Salud, Brigadistas Populares de Salud, Milicias, Batallones de Reserva, Unidades de Base Sandinistas, Ejército Sandinista, Policía Sandinista, Trabajadores de la Alcaldía o Junta de Reconstrucción de Managua) para sembrar árboles en toda la Capital, limpiar cauces, tragantes, calles, chapodar predios montosos, por ejemplo.

 

En esa misma época, de 1980 a 1989, me tocó también darle cobertura a los famosos De Cara al Pueblo, que eran los encuentros entre Daniel Ortega Saavedra, ministros y funcionarios del gobierno revolucionario con pobladores barriales, comarcales, con profesionales, maestros, obreros, campesinos, empleados públicos…es decir, la mayor participación ciudadana jamás vista en toda la Historia Nacional, porque en esos “De Cara al Pueblo” se hacían denuncias, peticiones, sugerencias, acusaciones contra funcionarios, y a partir de allí se resolvían centenares de asuntos relacionados a los pobladores en cuanto a educación, salud, asuntos comunitarios, actividades universitarias, asuntos de transporte, discusiones públicas sobre leyes nacionales, concentraciones para ir a los cortes de café y algodón, por ejemplo.

 

Entre los acontecimientos más impactantes en Managua, recuerdo cuando en abril de 1982 fueron fundados los Mercados Carlos Roberto Huembes, Iván Montenegro Báez, Róger Deshón Argüello (en San Judas), Israel Lewites Rodríguez, Ciudad Sandino, la reactivación del Periférico o Jonathan González y del Candelaria o Leonel González.

 

Para entonces, se efectuaban asambleas masivas en prácticamente todos los Barrios y Comarcas de Ciudades, Pueblos, y cañadas del país, porque la Revolución Sandinista había alcanzado un grado de consenso popular jamás presenciado en la Historia Nacional.

 

Le daba cobertura periodística a estos mercados capitalinos, a los ministerio de Salud, Educación, a la Universidades, Centrales Sindicales, Trabajadores de la Cultura, Milicias Populares Sandinistas, Batallones de Reserva, al Ministerio de Recursos Naturales, Asentamientos Humanos Espontáneos, al Ministerio de la Vivienda y Asentamientos Humanos, Juzgados Civiles y del Crimen, Corte Suprema de Justicia

 

 

 

 

Se efectuaban asambleas de consultas, discusiones y aprobaciones sobre diversas e interminables temáticas entre los pobladores y autoridades estatales y municipales, entre otras: Educación, Salud, Defensa armada y organizada de la Patria, Vigilancia Revolucionaria de los Comités de Defensa Sandinistas, asambleas y concentraciones de los Sindicatos, reuniones masivas de las Milicias Populares Sandinistas, entrenamientos también masivos del naciente Ejército Popular Sandinista y de la Policía Sandinista, actos masivos en los cafetales y algodonales, concentraciones o asambleas de productores de todo el país.

Concentraciones de trabajadores, pobladores, comerciantes y técnicos, para realizar jornadas voluntarias de salud, limpieza de cauces y oficinas, puesta en orden de la documentación de las empresas. Y lo principal, por supuesto, era que los trabajadores, pobladores, militares, educadores, científicos, campesinos, ¡todos juntos¡, decidían, en una participación ciudadana jamás vista en la Historia Nacional, qué debían hacer en cuanto a la economía, defensa de la patria, atención a los niños y mujeres, sobre educación, salud, producción agrícola, el transporte, la electricidad domiciliar, en torno al agua potable, e inclusive, demandas para destituir a algún funcionario del régimen revolucionario sandinista.

Como periodista, yo le daba cobertura periodística y tomaba fotos de este accionar cotidiano de los pobladores, lo cual incluía, la vigilancia revolucionaria, para que los enemigos no se burlaran del régimen revolucionario sandinista.

 

Yo era, al mismo tiempo, dirigente comunal y del FSLN en la que se llamó Zona Nueve de Managua. Era, asimismo, secretario general del Sindicato y directivo de la Unidad de Base Sandinista del Diario BARRICADA, directivo nacional y uno de los fundadores de la Unión de Periodistas de Nicaragua, directivo también de la Coordinadora Sindical de Nicaragua (de la cual fui uno de sus fundadores), político de los Batallones de Reserva de la Carretera Norte, entrenador de reservistas en los campos de entrenamientos militar ZINICA camino a Boaco y en la orilla de la Península de Chiltepe (en la orilla Oeste del Lago de Managua), editor de páginas del Diario BARRICADA, etc.

 

En aquellos días duros de la defensa de la Patria revolucionaria sandinista agredida por los mercenarios somocistas, la Central de Inteligencia sanguinaria y genocida; y el gobierno criminal de Estados Unidos, entre 1981 y 1989,  fue común encontrarse, en el ambiente del gobierno revolucionario, con el argumento falaz de los directores de empresas y de medios periodísticos y sus serviles privilegiados, en el sentido de que ellos…”yo no puedo ser movilizado, porque soy indispensable, vital para la producción…”, sí, eso decían, mientras a los que criticábamos algunos desmanes procuraban tenernos movilizados todo el tiempo. Eso me ocurrió a mí en el Diario BARRICADA, donde el director y otros funcionarios, que luego aparecieron enredados con el llamado “ramirismo” o Movimiento de Renovación Sandinista (MRS), argumentaban que ellos era “inmovibles”. Y fueron los primeros traidores al más alto nivel, después que perdimos las elecciones en 1990, porque eran diputados por el FSLN en ese momento (1995) y Sergio Ramírez Mercado había sido miembro de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional y vicepresidente de la República.

 

Debo contar aquí que precisamente me tocó enfrentar solo a este grupo de traidores dentro del Diario BARRICADA, porque casi todos los periodistas y fotógrafos, con excepción única de Carlos Durán Palavicini, cerraron filas con Carlos Fernando Chamorro Barrios, el Director, y sus jefes del MRS, que estaban operando desde la Asamblea Nacional, en virtual alianza con el gobierno conservador, neoliberal, derechista, proyanqui de Violeta Barrios viuda de Chamorro.

 

Yo le sacaba tiempo al tiempo para darle cobertura a las actividades diurnas y nocturnas de obreros y pobladores organizados, por ejemplo, y al mismo tiempo estaba en los sitios de entrenamiento de los Batallones de Reserva, y a la vez participando como Corresponsal de Guerra del Diario BARRICADA en zonas geográficas agredidas por bandidos contrarrevolucionarios.

He dicho que el asunto particular de BARRICADA lo abordaré al detalle en otro libro, ya que la existencia de este Diario revolucionario sandinista fue todo un acontecimiento histórico en el país.

Sólo voy a mencionar algunos rasgos particulares como el asunto de su circulación de casi 150 mil ejemplares cuando se produjo el célebre fallo del Tribunal Internacional de LA HAYA, de las Naciones Unidas, en junio de 1986, el cual condenó a Estados Unidos a pagar 17 mil millones de dólares por su agresión mortal sistemática y destructiva en contra de Nicaragua, la cual volvió a sufrir la pérdida de alrededor de 40 mil vidas humanas, las que se suman a los 50 mil asesinatos y masacres ejecutados por la dictadura sanguinaria genocida del somocismo, organizado, entrenado y sostenido siempre por el gobierno criminal norteamericano.

En los Centros de Entrenamiento Militar de Batallones de Reserva, ya mencionados: ZINICA camino a Boaco y en la orilla de la Península de Chiltepe (Lago de Managua), me tocaba, precisamente, organizar la participación de los reservistas, dirigir las actividades políticas y de capacitación en estas Escuelas Militares del Ejército Popular Sandinista.

Allí dormía yo en hamacas y colchones, o sobre hojas secas,  en los Campamentos camino a Boaco y en Chiltepe, y en la madrugada, a las cuatro y media de la mañana, me tocaba levantarlos, mediante altoparlantes y música romántica,  con aquella canción Un solo corazón, de Roberto Carlos, brasileño.

 

Era frecuente que se nos escaparan reservistas por medio del Canal que llevaba agua del Lago Artificial  de Las Canoas hacia el Ingenio Victoria de Julio. Se iban de noche a la Comunidad de  Las Banderas, donde bebían licor, pachangueaban y luego se regresaban a media noche o en la madrugada, con la complicidad de algunos oficiales del Ejército Popular Sandinista.

 

Supimos el asunto y montamos una especie de emboscada. Los agarramos en “el mero canal” y los llevamos castigados a una celda improvisada.

 

A raíz de esta indisciplina, el Mayor Torres ordenó formación de los reservistas muy de mañana, a las seis, para abordar el tema. Se tiró un “chagüite” “moralistas” en torno a la disciplina militar y política, y estaba en ello, cuando Raúl Munguía, uno de los reservistas, gritó:

“!Permiso para hablar, Mayor Torres!”. Al mismo tiempo, se cuadró y dio un paso adelante. Torres lo quedó viendo desde su tribuna y guardó silencio expectante unos segundos.

-¡Qué quiere, soldado!-,  le respondió Torres.

“Mayor…usted ha dicho que “usemos los canales para toda gestión…¡eso fue lo que hicimos al usar el canal para irnos a dar una divertidita en Las Banderas. Ninguno de nosotros estaba buscando cómo escaparse del Centro de Entrenamiento Militar, Mayor Torres!”.

La ocurrencia de Raúl Munguía causó mucha risa entre todo mundo allí en el Campamento de Zinica, y al final el Mayor Torres dijo que la indisciplina quedaba perdonada y olvidada. No fue reportada oficialmente al Mando Superior.

En otra ocasión, en 1987, se había planeado una práctica de tiro “al blanco”, de noche, contra uno de los cerros de la Península de Chiltepe. En ese lugar teníamos casi un centenar de mujeres entrenándose.

A hombres y mujeres se los colocó “en posición de tiro, boca abajo, en el suelo”. Cada uno (y una) tenían en sus manos un fusil Aka y la orden era de  que se iba “a tirar tiro a tiro”.

El entrenador del Ejército Popular Sandinista, revisó una por una a las mujeres reservistas que estaban ya en posición de tiro. Eran unas 40 mujeres en posición de tiro. También revisó a los hombres, unos 100 en total.

Con la parsimonia acostumbrada, el entrenador se situó en el centro de donde estaban las mujeres en una fila que acostadas tenían parecido a una tabla misteriosa en medio de la noche alumbrada por fogones encendidos a corta distancia.

 

“¡Pongan el fusil bala en boca!”, gritó el entrenador. Casi al unísono, se oyeron los ruidos metálicos producidos por las piezas mecánicas de los fusiles deslizándose, cuando las balas se colocaban en dirección al cañón.

Unas nubes leves de polvo se levantaban en el terreno plano, rodeado de cerros y volcanes de los alrededores en la Cordillera de Chiltepe, que de noche lucía como un gigante negro elevándose por encima del nivel del Lago Xolotlán o de Managua.

 

”¡Apunten al blanco…!”, volvió a ordenar el entrenador del EPS. “¡Qué no se les muevan los fusiles!”, comentó en segundos, mientras con la mirada, acostumbrada a resbalarse hábilmente en la oscuridad, recorrió todos los cuerpos y posiciones de las mujeres, listas para disparar los fusiles.

El entrenador volvió a salir de donde estaba situado. Recorrió a las mujeres nuevamente, de una en una. A los hombres sólo les echó una mirada como de asentimiento, y volvió a fijar su preocupación paciente hacia las mujeres, porque, aparentemente, desconfiaba de que algo inesperado le  podía ocurrir.

Todos los reservistas estaban esperando la orden de disparar. “¡Respiren despacio y tranquilos!”, volvió a comentar el entrenador.

“¡¡”Disparen!!”, ordenó el entrenador, al mismo tiempo que se lanzaba de rodillas al suelo.

Se produjo un diluvio de tiros al mismo tiempo, lo cual ocasionó un eco interminable en los bosques y cerros montañosos de la Península de Chiltepe.

Y repentinamente, ¡!uno de los fusiles estaba disparando en ráfagas¡¡

 

Efectivamente, una de las mujeres, una que estaba en el centro del grupo, tenía en ráfaga el fusil, el cual no soltaba y, además, el mismo fusil iba haciendo un giro hacia a la izquierda, montado en un trípode pequeño.

 

Se produjeron gritos de terror y carreras hacia distintos rumbos. Yo me tiré al suelo y el entrenador hizo lo mismo, pero al mismo tiempo con la agilidad de una gacela que se desliza como una serpiente, llegó veloz hasta donde estaba la mujer con el fusil vomitando balazos casi al ras del suelo.

 

Se tiró sobre la muchacha, porque era una joven, logró separarla del fusil y le desactivó el mecanismo de ráfaga. Todos los que estábamos esa noche en el polígono de tiro, estábamos realmente asustados.

Inmediatamente, el entrenador dijo que la culpa en gran parte era suya, porque no había revisado detenidamente cómo estaban los fusiles de cada uno (y una) de los reservistas que practicaban tiro al blanco al pie de la Cordillera de Chiltepe, guardián eterno del Lago Xolotlán o de Managua.

Los reservistas, especialmente las mujeres, pasaron comentando jocosamente y con risotadas este suceso toda esa noche y en los días posteriores. “!Esta maje… nos pudo matar a todos…sólo imaginate si el entrenador no ha logrado detener la ráfaga del fusil¡, eran los comentarios más comunes.

Era común, cotidiano, que como periodista capitalino en el Diario BARRICADA, desde 1980, estuviera como enfrentado todos los días a sucesos relacionados con la economía cotidiana de los mercados, de la producción agrícola, las agresiones militares yanquis-mercenarias-somocistas, al bloqueo económico gringo en contra de Nicaragua, las masacres ejecutadas por contrarrevolucionarios somocistas en poblados aislados del país, el llamado “agiotismo”, las filas para obtener comida, medicinas, utilaje escolar, atención médica, para abordar los autobuses, todo en orden mientras había empleo seguro, educación y salud gratuitas a pesar de las agresiones militares criminales de Estados Unidos y sus lacayos locales, calificados como traidores por el gobierno revolucionario sandinista.

 

Al mismo tiempo, debía atender asuntos culturales, la corresponsalía de guerra en las montañas, poblados y ciudades, los actos políticos de miembros de la Dirección Nacional del FSLN y de funcionarios del gobierno y organizaciones de masas como la CST, las asambleas sindicales y de pobladores, reportajes especiales de la producción de cooperativas agrícolas, las actividades productivas de mujeres, obreros fabriles y campesinos cooperados, las entregas de tierras en Reforma Agracia, la distribución de lotes y casas en colonias y repartos nuevos, operativos secretos como los cambios de moneda, los la Operación Danto, por ejemplo; las movilizaciones militares masivas para disuadir a los gringos de que no se metieran al país, los ordenamientos del Mercado Oriental, las limpiezas en todos los Mercados de Managua (escribí un libro sobre estos Mercados capitalinos)…

En medio de estas febriles transformaciones de la Revolución Popular Sandinista, con su funcionamiento de nuevas instituciones estatales, con una Managua cambiada, ahora llena de árboles y con una Alcaldía más ágil; llegamos a 1987, año inolvidable para mí porque hicimos aquel famoso desfile militar en la orilla del Malecón del Lago de Managua, donde desfilé como jefe político de Batallones de Reserva de la Carretera Norte, al mismo tiempo que nos desplazamos, en despliegue militar, del Aeropuerto Augusto C. Sandino hacia el Este, en práctica por si acaso los yanquis osaban invadir en mayor escala el país, mientras, al mismo tiempo, se negociaba con los jefes contrarrevolucionarios ( o mercenarios de la Agencia Central de Inteligencia yanqui) y sus jefes de la CIA y del Departamento de Estado de Estados Unidos.

 

Después de esto, se registraron la Operación Danto y las Conversaciones de Paz en Esquipulas (Guatemala), para ponerle fin a la agresión militar yanqui-mercenaria-somocista, en la cual anduvieron directamente involucrados sujetos como Edén Pastora Gómez, quien inicialmente hizo papel de “revolucionario”, que en realidad siempre ambicionó propaganda política para él como cualquier ególatra burgués.

 

Acudí a darle cobertura a numerosas agresiones militares contrarevolucionarias mientras se efectuaban las conversaciones finales de Sapoá, donde realmente se produjeron las victorias diplomáticas finales del Frente Sandinista contra sus agresores yanquis, quienes son, realmente, los agresores del país desde 1852 cuando llegó William Walker para hacerse “presidente esclavista” y trabajar el proyecto político y militar de construir lo que él y su pandilla de bandidos terratenientes esclavistas del Sur, llamaron “Imperio del Círculo Dorado”, el cual incluía apoderarse de todo México, toda Centroamérica, las Antillas Caribeñas, Panamá y parte de Colombia. Desde entonces nos vienen agrediendo. Lo de la década de 1980 a 1990 es parte de esa dinámica criminal del régimen imperialista genocida y agresor de Estados Unidos.

Era evidente que esa guerra sucia impuesta por el gobierno criminal de Estados Unidos a Nicaragua deterioró el consenso logrado por el Triunfo de la Revolución Sandinista. Las madres, arrastradas por la propaganda manipuladora y perturbadora de Estados Unidos y la extrema derecha local (al servicio de la CIA y del Departamento de Estado gringo), eran las que más protestaban en silencio o abiertamente contra la movilización de sus hijos jóvenes al Servicio Militar Patriótico, más resentimientos acumulados por maltratos a pobladores en general, especialmente en lo relacionados al asunto del comercio de alimentos como la carne de res, productos como azúcar, frijoles, carne de pollo, queso, cuajadas, etc.

 

Fui uno de los que más padeció en silencio la madrugada del 26 de febrero de 1990 cuando se conoció que el Frente Sandinista de Liberación Nacional había perdido las elecciones, debido, precisamente, a la campaña sucia y criminal que le fue montada por organismos oficiales de la CIA, del Departamento de Estado y del Pentágono (Ministerio de Agresiones militares de Estados Unidos), lo cual ha sido una constante del gobierno criminal norteamericano, el que acumula, al 2005, 252 agresiones militares a otros países lejanos a sus fronteras, con un rédito negativo de 23 millones de muertos (asesinatos, genocidio), más los robos descarados de recursos naturales como petróleo, oro, madera, otros metales. De esa misma forma fuimos agredidos nosotros, hasta ocasionarnos pérdidas por 17 mil millones de dólares, los cuales fueron “perdonados” por Ña Violeta Barrios viuda de Chamorro, la presidenta progringasomocista-conservadora-neoliberal a partir del 90, con la “bendición” del gobierno de Estados Unidos.

 

Ese día y noche de las elecciones de del 25 de febrero de 1990, me tocó darle cobertura periodística a centenares de centros de votaciones en Managua, donde ya a la una de la mañana del 26 era notorio que habíamos perdido las elecciones, revolcados por el miedo, el pánico a la guerra impuesta a la gente humilde por los jefes asesinos del gobierno criminal de Estados Unidos y sus lacayos locales, es decir, los vendidos, los vendepatrias miserables como Emiliano Chamorro Vargas y José María “Chema” Moncada Tapia.

 

A partir de ese momento, abril de 1990, comenzó una nueva etapa para quienes siempre defendimos la Revolución Popular Sandinista sin vacilaciones, sin búsqueda de privilegios, sin persecusión de cuotas de poder o de la “mielita” o “lechita” que significaba el poder del gobierno revolucionario del Frente Sandinista. En mi caso personal, nunca acepté cargos de relevancia más allá de las labores de periodista, fotógrafo y editor de páginas del Diario BARRICADA, en el cual laboré desde su fundación hasta el día de su cierre oficial el 21 de febrero de 1998.

Esa misma madrugada del 26 de febrero de 1990, comenzamos a presenciar “el desparpajo”, el pánico de algunos dirigentes sandinistas acomodados, los “indispensables”, los que no podían movilizarse a la defensa militar de la Patria agredida, porque eran “indispensables en la producción” (¿¿??) que comenzaron a lanzarse del barco de la Revolución Popular Sandinista, como cuando las ratas abandonan la embarcación ante el peligro de naufragio.

Recuerdo que comenzaron las famosas movilizaciones, tomas de carreteras y calles en Managua, León, Chinandega, Masaya, Granada, Sébaco, tomas de fincas, cooperativas, unidades militares, porque el nuevo régimen de Ña Violeta Barrios viuda de Chamorro había iniciado el desmantelamiento de más 500 empresas estatales, cuya organización portaba, de alguna manera, el espíritu de la Revolución Popular Sandinista.

Ña Violeta Barrios viuda de Chamorro decidió lanzar de sus empleos a más de medio millón de nicaragüenses que estaban ubicados laboralmente en empresas estatales, en el Ejército Popular Sandinista, en el Ministerio del Interior, en la Policía Sandinista, en Educación de Adultos; mandaron a despedir a todos los técnicos de la Alfabetización, personalmente Humberto Belli Pereira (ministro de Educación ultrarreaccionario y muy devoto de las Tres Divinas Personas), el archiladrón de Arnoldo Alemán Lacayo ordenó la desarticulación de empresas y despidió a centenares o miles de trabajadores sandinistas de la Alcaldía de Managua, donde asimismo fue desarticulado el Sindicato Único Héroes y Mártires de la Alcaldía de Managua, fue desmantelado y desaparecido el Museo de la Alfabetización, Alemán Lacayo desencadenó una campaña sucia de difamación en contra de todo lo que tuviera color y olor sandinista, con el apoyo de sus compinches oligarcas, de terratenientes reaccionarios, de obispos también bandidos y reaccionarios y el respaldo yanqui o gobierno criminal de Estados Unidos, el agresor permanente de Nicaragua y de centenares de pueblos en el mundo.

 

Estos enfrentamientos se producían mientras se firmaban los Protocolos de Transición, mientras al mismo tiempo se despojaba de sus tierras, lotes y casas a 350 mil familias pobres, beneficiadas por el régimen revolucionario mediante la Reforma Agraria y Reforma Urbana, al amparo de las Leyes 85, 86 y 88, emitidas por el régimen revolucionario al darse el cambio de gobierno entre febrero  y abril de 1990.

 

Se produjeron los enfrentamientos con los trabajadores de las empresas estatales desmanteladas, que exigieron se les diera  el 25 por ciento de las propiedades mediante la Concertación Económica y Social, Fases I y II, firmadas el 26 de octubre de 1990 y 13 de agosto de 1991.

Esto fue conocido después como el Área Propiedad de los Trabajadores (APT), lo cual era torpedeado y saboteado por los sectores más reaccionarios del país, entre otros, don Arnoldo Alemán Lacayo, quien, al mismo tiempo, se dedicaba a organizar su Partido Liberal Constitucionalista con recursos financieros y el poder de la Alcaldía de Managua, atrapada por él personalmente porque varios concejales (electos por primera vez en 1990, conforme la Ley de Municipios, aprobada en 1988) se vendieron a este connotado corrupto, que llegó a ser uno de los presidentes más corrompidos de América Latina y del mundo.

 

Estos enfrentamientos populares con el nuevo régimen proyanqui, jefeado por Ña Violeta Barrios viuda de Chamorro y su yernazo Antonio Lacayo Oyanguren, eran seguidos de cerca, periodísticamente, desde el Diario BARRICADA, donde además de mis obligaciones reporteriles cotidianas, tenía yo a mi cargo una página llamada La Capital, la cual se publicaba todos los lunes.

En esta página La Capital y otros espacios del Diario BARRICADA ya se denunciaban las prácticas corrompidas, de robos, de saqueo, de desvío de fondos por parte de don Arnoldo Alemán Lacayo, quien comenzó sus “malandrinadas” con los Stiker de rodamiento, con el llamado “Ticomazo”, el Parqueo del Estadio Rigoberto López Pérez, con los vehículos refaccionados traídos por Byron Jerez Solís desde Miami, Estados Unidos, hasta que, finalmente, mandó a que don Arturo Harding le “lavara” todo lo robado en la Alcaldía.

Como yo era uno de los principales denunciadores de esos robos, entonces don Alemán Lacayo y su pandilla, entre otros, Roberto Cedeño Borgen, Julio Morales González, Clemente Guido Martínez, Yamileth Bonilla Madrigal, Medardo Umaña Traña, Adolfo Torrez Romero, Adolfo Brenes Mejía, Julio Espinal Sandino, José Antonio Jiménez López, Miriam Fonseca López, Gloria Orozco Quijano y Virginia Orozco Cruz, concejales serviles todos, inventaron que yo fui uno de los “jefes” de la quema de instalaciones de la Alcaldía de Managua el 10 de noviembre de 1991, y me acusaron de  terrorismo y asonada.

 

Ese día de la quema de la Alcaldía, precisamente, estaba yo preparando mi página de La Capital. Es decir, no estuve ni en los alrededores de la Alcaldía, ubicada en el Centro Cívico “Camilo Ortega Saavedra”.

Alemán Lacayo, Alcalde pútrido y saqueador de la Comuna capitalina, y su pandilla de concejales vendidos, llegaron a sostener que los “jefes” de la quema de la Alcaldía, eran el Comandante Daniel Ortega Saavedra y yo, quien supuestamente fui visto dirigiendo el incendio en el “Edificio H” y en el Plantel “Los Cocos”, dedicado a la Limpieza Pública del casco urbano de Managua.

 

Dijeron tener en su poder una filmación que reflejaba de “manera inobjetable” que yo andaba dirigiendo los grupos que quemaron la Alcaldía de Managua en esos primeros días de noviembre de 1991. ¡Nunca mostraron nada¡ porque ciertamente no tenían con que probar nada!, porque sencillamente jamás estuve allí al momento de ese incendio en la Comuna capitalina.

El colmo de todo este asunto es que Clemente Guido Martínez hasta escribió un folleto sobre esos sucesos, en el cual afirma descaradamente que yo lo llamé por teléfono–antes del incendio—para amenazarlo y amenazar con prender fuego, y que además al ratito me vio (¿¿??) jefeando a grupos en el Centro Cívico “Camilo Ortega Saavedra”, allí frente al llamado Centro Comercial ZUMEN.

El corrupto mencionado, don Arnoldo Alemán Lacayo, me mandó a echar preso, argumentando, precisamente, que yo había jefeado la quema de la Alcaldía de Managua.

 

Estaba yo al día siguiente, precisamente, escribiendo la página La Capital, a las dos de la tarde, cuando llegaron dos patrullas de la Estación III de la Policía, con varios oficiales al mando, a traerme preso.

Tanto el director del Diario BARRICADA, como el resto de trabajadores y yo, creíamos que era de “cortesía” la visita de la Policía esa tarde. Pasaron adelante como cualquier visitante, y ya estando dentro de las instalaciones del Diario BARRRICADA, en Camino de Oriente, los oficiales dijeron que llegaban en mi busca, para llevarme detenido.

 

Los oficiales me comunicaron que por acusaciones directas del Alcalde Arnoldo Alemán Lacayo me llegaban a traer detenido. “Ya fueron detenidos otras once personas”, me comunicó uno de los oficiales de la Estación III de la Policía, cuyo jefe en ese entonces era el Subcomisionado Ernesto “Tito” Zamora.

Me montaron a una de las dos patrullas y me llevaron ante Zamora, quien me confirmó las acusaciones de terrorismo y asonada en mi contra. “Yo sólo cumplo con mi deber de policía…me disculpa, compañero Barreto”, me dijo Zamora.

Me condujeron a una celda, de donde me sacaron varias horas después para que fuese a declarar ante un oficial de apellido Castillo, quien, según supe después, era un amigo solapado de don Arnoldo Alemán Lacayo.

“¿Quiénes anduvieron con vos en la quema de la Alcaldía?”, me incriminó Castillo. “No he participado en la quema de la Alcaldía de Managua”, le respondí agregándole con lujo de detalles en qué lugares había estado dentro de las instalaciones del Diario BARRICADA, todo el día, elaborando, precisamente, la página La Capital.

 

Los oficiales de la Policía corroboraron que yo había estado todo el día en las instalaciones del Diario BARRICADA y que nisiquiera había salido a recoger noticias a la calle, a pesar de que yo le daba cobertura periodística a la Alcaldía, lo que venía haciendo en mis labores periodísticas cotidianas desde 1970, año en que comencé a laborar en el Diario LA PRENSA, donde laboré como periodista y fotógrafo desde enero de 1970 al  nueve (9) de junio de 1979. Otros reporteros y fotógrafos fueron enviados a la cobertura cuando estalló la quema de la Alcaldía.

 

Me dejaron preso en una de las celdas de prisión preventiva, donde dormí esa noche. Al siguiente día, los altos mandos de la Policía me decretaron casa por cárcel, con prohibición de salir fuera de la vivienda, y la advertencia de que oficiales de la Policía estarían llegando a comprobar si estaba o no estaba dentro de la habitación en el kilómetro once y medio de la Carretera Sur.

“Ordenan arrestar a PEB”, decía el titular principal de BARRICADA al siguiente día. El asunto de mi prisión por la quema de la Alcaldía se mantuvo varios días en la portada del Diario BARRICADA, medios noticiosos radiales, en El Nuevo Diario y en el Diario LA PRENSA.

Recuerdo que en El Nuevo Diario hasta publicaron cuentos sobre mis relaciones tensas con don Arnoldo Alemán Lacayo.

Finalmente, los once presos y yo salimos por amnistía el 23 de diciembre de 1991.

Con cinismo muy particular, Alemán Lacayo quiso disculparse en público mientras se realizaba una sesión del Concejo Municipal, que él presidía mañosamente.

A lo interno del Diario BARRICADA, mientras tanto, se gestaba el futuro comportamiento político del grupo de los llamados “ramiristas”, o MRS, encabezado allí por Carlos Fernando Chamorro Barrios, el “director de siempre”.

 

A mí me sorprendieron con lo que llamaron “periodismo profesional”, que inicialmente fue presentado como un sistema metodológico para mejorar el trabajo periodístico profesional.

Pronto salieron las “uñas escondidas”, pues en realidad se le quitaron al Diario BARRICADA lo de “Órgano Oficial del Frente Sandinista”, ya no lucía la bandera rojinegra y al final se buscaba, aparentemente, distanciamiento de la Asamblea Sandinista Nacional y de la Dirección Nacional del Frente Sandinista.

 

Debo confesar que inicialmente caí en la trampa y hasta me contrapunteé en una reunión con el Comandante Daniel Ortega Saavedra.

Muy pronto entramos en contradicciones, pues al mismo tiempo sentía yo que el Comité de Base Sandinista de BARRICADA se reunía con fines diferentes a los intereses del FSLN, o no se reunía del todo, cada vez se hablaba más de “volver a las mayorías”, asunto cada vez más incoherente, porque este grupo se alejaba del Sindicato local, de los pobladores y de las mismas organizaciones oficiales del Frente Sandinista.

 

Mientras tanto, yo como periodista comprometido me veía comprometido directa y abiertamente en la defensa de centenares de miles de pobladores que estaban siendo demandados judicialmente y desalojados violentamente de sus lotes, tierras y viviendas, en ocasiones masivamente, como ocurrió a inicios de 1994 en las cercanías de los que fueron los “Autocinemas” de Managua, ubicados en el lado Sur de la Colonia Centroamérica y por el lado Este del llamado “Camino de Oriente”.

Desde 1991 yo estaba viviendo en uno de los seis (6) Apartamento del Kilómetro 11 Sur, que habían sido propiedad de doña Angélica Argüello.

En estos Apartamentos vivieron temporalmente revolucionarios salvadoreños, alemanes y nicaragüenses, entre otros, la nefasta y malvada jueza Ruth Chamorro Martínez, quien al final fue clave en el desenlace trágico de mi estadía en el Apartamento No. I, ubicado exactamente en la entrada.

Por sus pleitos con los inquilinos, la anciana mencionada fue intervenida por el Ministerio de la Vivienda y Asentamientos Humanos en la época del gobierno revolucionario sandinista.

Como no aceptaba negociaciones, le impusieron que fuese a retirar los valores de los alquileres por los seis Apartamentos en la Caja del Ministerio de la Vivienda y Asentamientos Humanos, cuando todavía estaba allí el compañero Perfecto Arróliga Flores (ya fallecido).

 

Doña Angélica falleció fuera del país un poco después de 1990. Entonces, el “vivián” de su supuesto nieto, Frutos Chamorro Argüello, un consumidor de drogas, pendenciero, pelo rojizo y con aspecto de gringo fascistoide, y presunto amigo personal de don Arnoldo Alemán Lacayo, inició sus intentos armados de apoderarse de los Apartamentos del Kilómetro 11 de la Carretera Sur, en el Municipio de Managua.

Primero se presentó exhibiendo pistolas y escopetas y amenazando con sacarnos a tiro limpio si no nos íbamos de los  Apartamentos. Repitió estos actos amenazantes, a finales de 1993, ya con fusiles Aka 47, más la compañía de distintos hampones que le acompañaban, con la finalidad de intimidarnos.

Yo nunca estuve presente cuando este sujeto llegó y no tuve el privilegio de conocerlo personalmente. Como no le funcionó la intimidación con armas de fuego, entonces se buscó otros “compinches” para acusarnos por “comodato precario” en tres juzgados civiles, dirigidos por jueces venales: Encarnación Castañeda, Vida Benavente y Ruth Chamorro Martínez; contra esta última pesaban, en ese momento, no menos de 30 quejas por abusos diversos en la Corte Suprema de Justicia.

Frutos Chamorro Argüello sostenía que era el “nieto heredero” de la antigua propietaria de los Apartamentos, lo cual, por supuesto, no pudo demostrar, y tampoco pudo demostrar el tal “comodato precario”, pues los inquilinos venían pagándole al Ministerio de la Vivienda y Asentamientos Humanos desde hacía varios años, y ese dinero lo recibía doña Angélica Argüello.

En febrero y marzo de ese año 1994 hubo centenares o miles de desalojo con violencia estatal y judicial, pues los lanzamientos de gente humilde de sus lotes, casas y tierras eran protagonizados por jueces venales al servicio de somocistas y “vivianes” como Frutos Chamorro Argüello, jueces y juezas venales como la Chamorro Martínez y agentes policiales que cumplían órdenes de sus jefes, específicamente de Fernando Caldera Azmitia, quien fungía como Director de la Policía Nacional.

Entre las víctimas de intentos de desalojo estábamos los habitantes de los Apartamentos mencionados, que por cierto son de construcciones de madera, muy viejas.

Por supuesto, el objetivo fundamental del desalojo era yo por andar defendiendo a miles de víctimas y defendiendo al mismo tiempo a las seis familias de los Apartamentos del Kilómetro Once Sur.

La jueza Chamorro Martínez y Frutos Chamorro Argüello hicieron varios intentos de desalojo en el mes de marzo de 1994, lo que motivó que dirigentes del Movimiento Comunal Nicaragüense (nacional) y dirigentes sandinistas de las Carretera Sur y Carretera Vieja a León, inclusive de la Ciudad de Diriamba, se movilizaran hasta los Apartamentos del Kilómetro Once Sur para impedir el desalojo.

 

Y efectivamente, se rechazó el desalojo en varias ocasiones.

 

Sin embargo, el 14 de abril de 1994, la jueza Ruth Chamorro Martínez, Frutos Chamorro Argüello, Henry Núñez Abarca y Juan Pablo Rivas Castro, se presentaron al Kilómetro 11, a las cinco de la tarde, con 180 hombres, algunos armados y otros desarmados, en camiones de mudanza y camiones con trailers, sin agentes policiales, con el fin de hacer ellos por su cuenta el desalojo que tanto habían planeado cuidadosamente con Arnoldo Alemán Lacayo, según se pudo conocer después.

 

Al parecer, el plan era desalojar y robar, pues llegaron, como queda expresado con camiones y 180 sujetos, todos fuera del control de la Policía Nacional.

Llegaron frente a los Apartamentos, se bajaron, se dividieron en dos grupos: uno dirigido personalmente por Henry Núñez Abarca y el otro por Juan Pablo Rivas Castro, mientras la jueza Ruth Chamorro Martínez y Frutos Chamorro Argüello se ubicaron en la puerta de entrada con radiocomunicadores en las manos, dando órdenes y dirigiendo todo el operativo de desalojo e incendio en el Apartamento No. I.

 

Efectivamente, se dirigieron al Apartamento No. I, donde –relatan testigos—personalmente Núñez Abarca y Juan Pablo Rivas Castro  me buscaban y gritaban que me encontraran para matarme.

Dentro del Apartamento No. I estaban mi esposa Anabelle Barrera Argueta, mi hija Sofana Orquídea, de apenas ocho meses; mi suegra Ercilia Argueta Cruz, Iván Ramírez Barrera y  la trabajadora doméstica Marcia Cabrera Lacayo.

 

Núñez Abarca y Juan Pablo Rivas Castro, dirigidos por Frutos Chamorro Argüello y la misma jueza Chamorro, rompieron las puertas de entrada, mientras Anabelle buscaba cómo salvar a la niña y a los demás.

 

Con gestos y vociferaciones, Anabelle Barrera Argueta logró salir por el frente, mientras Iván Ramírez Barrera lanzaba por el aire, por encima de una malla, a Sofana para que otro niño la agarrara en el aire en el patio vecino del lado Norte, en un taller de mecánica.

Mi suegra Ercilia Argueta Cruz y Marcia Cabrera Lacayo lograron salir por pasillos traseros, mientras, en segundos, casi al mismo tiempo, Henry Núñez Abarca y Juan Pablo Rivas Castro, prendían fuego con gasolina en el interior del Apartamento No. I, en que yo habitaba con mi familia.

El fuego consumió rapidísimo las instalaciones viejas de este Apartamento No. I y dañó parcialmente el lado Oeste del Apartamento No. II, que era habitado por Julio y Cecilia.

 

 

Estaba yo en la Redacción del Diario BARRICADA cuando recibí una llamada desesperada de Anabelle, mi esposa, en la cual sólo me decía que centenares de hombres desconocidos se estaban metiendo a la casa.

Sólo atiné a llamar al Puesto de Mando nacional de la Policía, de donde movieron a decenas de agentes, los cuales todavía lograron capturar a 48 de los hombres que habían llevado Ruth Chamorro Martínez, Frutos Chamorro Argüello, Henry Núñez Abarca y Juan Pablo Rivas Castro, para que desalojaran y prendiera fuego al Apartamento No. I, situado en el Kilómetro Once Sur.

Yo me movilicé en el automóvil que tenía entonces. El tráfico se paralizó por completo en la Carretera por el incendio. Yo sólo pude llegar a media subida del kilómetro nueve y medio Sur, donde dejé el automóvil y me fui a pie.

Cuando llegué, un poco después de las cinco y media de la tarde de ese 14 de abril de 1994, el incendio estaba casi concluyendo, todo estaba quedando en cenizas. La Policía tenía a 48 detenidos en el patio del Norte, mientras la juez Ruth Chamorro Martínez, Frutos Chamorro Argüello, Henry Núñez Abarcas y Juan Pablo Rivas Castro, los jefes incendiarios, habían ya huido del escenario del crimen incendiario planificado, según se dijo después, en los locales de los Juzgados de Managua.

 

Encontré a Anabelle, a Sofana, mi suegra, Iván y Marcia Cabrera Lacayo en uno de los predios montosos del Este de los Apartamentos, pues la Policía y los Bomberos tenían “tomado”, todo el sector del Apartamento No. I, más el patio Norte del Taller mecánico mencionado.

 

Los jefes policiales, agentes de la Estación III de la Policía y especialistas de la Dirección de Bomberos (SINACOI), pasaron toda la noche interrogando a vecinos y recogiendo pruebas de aquel incendio que conmovió a todo el país por sus características hamponescas y de revancha política derechista, como nunca antes visto ni con el accionar de la guardia sanguinaria genocida del somocismo.

Entre las pruebas encontradas, bomberos y policías recogieron muestras de combustible en uno de los puntos en que comenzó el fuego, más botellas llenas de combustible, conocidas como “bombas molotov”.

Estos hallazgos mostraron que el incendio del Apartamento No. I fue planeado cuidadosamente. Sin confirmación oficial en el juicio se pudo conocer que el desalojo e incendio fue planeado en uno de los Juzgados de Managua con la presencia supuesta de don Arnoldo Alemán Lacayo.

Pronto, muy pronto, se hizo notoria la protección de que gozaban los incendiarios, pues el jefe de la Policía, Fernando Caldera Azmitia, hizo la pantomima descarada de que buscaban a los tres jefes pirómanos en Managua, León, Chontales, Boaco, etc.

 

Mientras tanto, se pudo establecer que los tres jefes criminales llegaban, por ejemplo, a la Estación V de la Policía, donde contaba con “protectores”, y se había confirmado plenamente que Frutos Chamorro Argüello permanecía en su casa de Las Colinas, que Juan Pablo Rivas Castro seguía jefeando a su grupo de CPF  en “Los Altos de Santo Domingo”, en las Sierritas de Managua, y que Núñez Abarca andaba libre en las calles de Managua, o moviéndose muy “campante” en centros comerciales y productivos agrícolas de Nueva Guinea, al Este del país.

Fuimos a declarar, en calidad de acusadores, todos los perjudicados por el crimen incendiario, especialmente Anabelle y yo; los vecinos del Kilómetro Once también; se describió cómo llegaron los cuatro jefes criminales de este incendio infame, se contó cómo fue visto el pavoroso incendio, qué y cuántos fueron los daños provocados, los cuales ascendieron a más de 100 mil córdobas en bienes materiales personales, sin incluir el valor del inmueble (es decir, las instalaciones del Apartamento No. I).

 

Insisto se sabía, se supo con precisión dónde estaban los jefes criminales, pero no fueron capturados ninguno de ellos, ni castigada la malvada jueza Chamorro Martínez, quien también actuó como jefa del incendio, a pesar de una ola de protestas en su contra en esos días, especialmente de periodistas, abogados, miles de pobladores y hasta editoriales de medios de comunicación masiva.

 

Hasta se dijo, al revés, que un jefe policial más bien recibía sacos de carne del matadero de Nandaime, donde laboraba Frutos Chamorro Argüello, para que nadie pudiera localizar a los criminales mencionados.

Estos criminales no cayeron presos, no fueron condenados conforme leyes penales del país, a pesar de que se presentaron miles de toneladas de pruebas en su contra, y al final, la jueza me mandó los expedientes, todos sin las condenas correspondientes que debieron emitir en sus juzgados.

Los 48 detenidos en el patio Norte por la Policía, en el taller de mecánica, fueron puestos en libertad, porque, se argumentó, que habían sido engañados por los tres incendiarios. Se afirmó que les habían ofrecido 100 córdobas “por ir a hacer un traslado”.

¿Qué pasó? ¿Por qué tanta impunidad en este caso del incendio al Apartamento No. I, donde casi queman a mi hija Sofana (entonces de ocho meses), a mi esposa Anabelle y demás miembros de la familia.

El caso quedó en la más completa impunidad, como han quedado otros casos en que se atropellaron los derechos de los pobladores, o de familias enteras en cualquiera parte del país.

Yo seguiré denunciando al sistema opresor, responsable de estas impunidades brutales y cotidianas. ¿Cómo explican en los Juzgados, en el Tribunal de Apelaciones de Managua, en la misma Policía y en la Corte Suprema de Justicia que no haya habido ni sentencias ni condenados en este caso de este incendio criminal tan sonado en el país?

En el lote en que estuvo el Apartamento No. I  ubicamos a una familia sandinista, mientras nosotros nos trasladamos a vivir a la Colonia del Periodista, donde ya tenía derecho a lote y casa, conforme un acuerdo de la Unión de Periodistas de Nicaragua, quien recibió un proyecto de construcción de casas para periodistas sandinistas por parte del gobierno revolucionario sandinista.

 

En esos días anduvimos rodando donde amigos, entre otros, en la casa de Carlos García Castillo, de donde tuvimos que salir porque las relaciones se “agriaron” con la familia que nos dio lugar y sombra en su vivienda del “Reparto Planetarium”, ubicado en el Kilómetro 15 de la Carretera Vieja a León.

 

“Para colmo de males”, el director de BARRICADA, Carlos Fernando Chamorro Barrios, me ofreció una casa prefabricada, de las que se estaban usando para los premios de un famoso álbum histórico de esos días, para que yo repusiera la casa quemada.

¡Vaya sorpresa¡ La casa ya se la había regalado Max Kreiman, el gerente, a uno de sus amigotes. Inclusive, ya la tenía instada en las cercanías del Autocinema, al Este del Camino de Oriente. O sea, ¡nada de casa¡

Sin embargo, la solidaridad conmigo y mi familia fue inmensa. Algunos hasta se aprovecharon de esa solidaridad, pues, por ejemplo, a la Nueva Radio Ya me llevaron cinz y madera, la cual de allí fue retirada por desconocidos.

En esos días me regalaron ropita para mi hija, para Anabelle y para mí, un colchón grande, dinero en efectivo, lo cual me permitió comprar algunas cositas indispensables para la vida cotidiana.

 

Sobre este episodio infame del incendio de mi casa en el Kilómetro Once Sur he escrito otro libro, en el cual relato detalladamente todo lo que pasó desde que Frutos Chamorro Argüello inició su ofensiva malvada, infame, mentirosa, tramposa, para sacar a las seis familias de los Apartamentos Argüello.

Casi al mismo tiempo, como es sabido, creció la crisis con el llamado “grupo de los ramiristas”, la cual explotó en 1995. Me tocó prácticamente solo enfrentarlos en la Redacción del Diario BARRICADA.

Este grupo estaba integrado, mayoritariamente, por los periodistas y algunos fotógrafos. Es decir, entre los trabajadores comunes no tenían ninguna base. Recuerdo cuando llegaron en grupo, al momento de estallar la crisis, adonde yo estaba escribiendo en la Redacción del periódico. Me acusaron, me incriminaron, me dijeron hasta cobarde por no seguirles, precisamente, su cobardía, pues hasta salieron diciendo que no debíamos pelearnos con los yanquis genocidas.

Para entonces, el Diario BARRICADA enfrentaba una crisis financiera profunda, debido al saqueo a que estuvo sometido en estos últimos años de enfrentamiento con la derecha, henchida de soberbia por el respaldo que les estaban dando desde los centros de poder del gobierno criminal de Estados Unidos.

A raíz de esta crisis, asumió la Dirección de BARRICADA Lumberto Campbell, miembro de la Dirección Nacional del Frente Sandinista. Con él, llegaron al mismo tiempo Julio López Campos y William Gribsby Vado, miembros de otro grupo que ha tenido contradicciones con la estructura superior oficial del FSLN.

Me tocó darle cobertura, nuevamente, a las elecciones nacionales en 1996, cuando decenas de miles de boletas aparecieron en cauces, potreros, caminos, barriles, solares baldíos, lo cual mostraba cómo Alemán Lacayo y su pandilla habían llevado a cabo el fraude electoral, para “ganarse” las elecciones.

A pesar del fraude, el FSLN  ganó 52 Alcaldías.

A lo interno de BARRICADA, la crisis financiera continuó acentuándose. Se hizo cargo de la Dirección el Comandante Tomás Borge Martínez, en 1997, con el fin de buscar su salvación frente a una agresión cuidadosamente planificada de quitarle anuncios y posibilidad de financiamiento para que sobreviviera.

En esta nueva etapa se pusieron a prueba los intelectuales (periodistas) que se decían “militantes probados del Frente Sandinista”.

La crisis subió y subió de nivel, hasta que llegó el momento en que no había dinero para seguir sosteniendo el célebre Diario BARRICADA, “otrora Órgano Oficial del Frente Sandinista de Liberación Nacional”.

Llegó febrero de 1998. La crisis llegó a su máxima expresión. Editores, periodistas, fotógrafos, trabajadores en general, tomaron el camino de la huelga en contra del periódico.

Yo le comuniqué ceremoniosamente al Comandante Borge Martínez, en los primeros días de febrero de 1998: “Yo, primero, soy militante del Frente Sandinista. Esta empresa no es una empresa cualquiera, es el Diario del FSLN, aunque no es el “Órgano Oficial” ahora. Por tales motivos, yo no me voy a la huelga. Estaré con usted hasta las últimas consecuencias”.

No acompañé a la huelga, una parte de la cual se convirtió en “huelga de hambre”. El 21 de febrero de 1998 se produjo el “cierre dramático del Diario BARRICADA” ante la faz de la nación, terminándose de ese modo, uno de los aspectos más gloriosos de la Revolución Popular Sandinista, pues este periódico, a pesar de las novatadas, combatió con eficiencia política e ideológica a los enemigos del proceso revolucionario sandinista, especialmente porque contó con hombres geniales como Róger Sánchez, a quien siempre admiré por su talento, por su agudeza profunda para burlarse de los enemigos con una genialidad intachable para producir caricaturas que calaban profundamente entre los enemigos de la Revolución Popular Sandinista.

El “cierre dramático de BARRICADA” me produjo una impresión profunda, pues yo nunca esperé que ocurriera ese momento que para mí fue, precisamente, dramático, pues quedaba en el desempleo y “marcado” por siempre por lo de ser un militante fiel al Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Recibí mi paga, la “cancelación” de mis labores en el Diario BARRICADA, que ayudé a fundar el 26 de julio de 1979.

 

Pronto sentí “en carne propia” las consecuencias de esa fidelidad mía al FSLN. En ninguna parte me quisieron dar empleo, en ninguno de los periódicos conocidos, ni en aquel al que le serví con tanto esmero de enero de 1970 al nueve de junio de 1979.

 

Recorrí radioemisoras, colaboré lo más que pude, pero empleo, ¡no, nada¡ En uno de esos diarios me encontré con que había una orden de no publicarme absolutamente nada por haber osado enfrentarme a los ramiristas o MRS en BARRICADA.

 

Tuve que hacer un giro en mi vida para sobrevivir. Me dediqué a hacer investigaciones y escribir libros sobre Municipios. Así nacieron libros como “Ciudad Sandino, 30 años cumplidos”, “Ticuantepe, suelo siempre codiciado”; Tipitapa, suelo cubierto de Historia Nacional”; Malpaisillo, pueblo joven arrasado por algodoneros”, “Mercados de Managua”; “Mateare Misterio o Cuevas del Cacique”; “Parrales Vallejos o 21 de Enero”; FETSALUD Heroica”; “Américas, a 30 años de la Inverosímil”; “Basura Explosiva y Mortal”, entre otros libros, cuya elaboración negocié con los alcaldes respectivos en Ciudad Sandino, Tipitapa, Mateare, Malpaisillo y Ticuantepe, por ejemplo.

Investigando y escribiendo estos libros sobreviví, en compañía de mi sacrificada y ejemplar esposa, Anabelle Barrera Argueta, entre febrero de 1998 y marzo del 2004, cuando, finalmente, ingresé en la Secretaría del Concejo de la Alcaldía de Managua, bajo el arreglo de dedicarme a investigar para escribir lo que yo llamo una nueva Historia de Managua, con un enfoque progresista, revolucionario, para dejar atrás los enfoques de servilismo con los yanquis, los liberales somocistas y conservadores vendepatrias, que según esos historiadores parecieran ser los políticos más preclaros y predestinados a hacerle el “bien” a la Nación nicaragüense.

 

La penúltima gran etapa de esta vida complicada que he llevado es la de haberme, primero, convertido en candidato a concejal en las Elecciones Primarias del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Logré conquistar un honroso segundo lugar en las Elecciones Primarias, a pesar de que andaba a pie, sin dinero, sin propaganda política ni electoral, sin gráficas, sin fotos, en la mayoría de los casos hambriento, pues en algunos momentos no tenía dinero ni para subirme al autobús, mientras otros andaban consigo hasta dos rastras, dos autobuses, tres y cuatro taxis, camionetas; tenían a su favor o controlados los hilos de poder de la estructura oficial del FSLN, es decir, todas las ventajas “habidas y por haber”, mientras este servidor sólo contaba, quizás con lo más importante, el conocimiento popular que la gente tiene de mí desde hace más de dos décadas de transitar por el mundo del periodismo, del Movimiento Comunal Nicaragüense, de las Centrales de Trabajadores sandinistas, de los pobladores sandinistas, con quienes he andado “en las duras y en las maduras” como en el asunto de los desalojos.

La gente me premió votando masivamente por mí y en este momento, marzo del 2005, estoy convertido en concejal del Frente Sandinista en Managua, con el fin de seguir sirviendo a los pobladores en lo que más pueda.

Por estos servicios populares he sido honrado con la Orden Servidor de la Comunidad del Movimiento Comunal Nicaragüense, Orden José Benito Escobar Pérez de la Central Sandinista de Trabajadores, Orden Juan Ramón Avilés de la Alcaldía de Managua; distinciones especiales de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, de ANDEN, del Frente Nacional de los Trabajadores, de la Unión de Periodistas de Nicaragua, etc.

 

Este libro se comenzó a escribir en el año 2002 y se finalizó en marzo del 2004.

 

Managua, marzo del 2005.

 

 

 

 

 

 

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